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HASTA SIEMPRE COMANDANTE


“Fidel”, por Juan Gelman


fidel-castrodDrán exactamente de fidel
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el caballo y es cierto
fidel montó sobre fidel un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma
la Historia parlará de sus hechos gloriosos
prefiero recordarlo en el rincón del día
en que miró su tierra y dijo soy la tierra
en que miró su pueblo y dijo soy el pueblo
y abolió sus dolores sus sombras sus olvidos
y solo contra el mundo levantó en una estaca
su propio corazón el único que tuvo
lo desplegó en el aire como una gran bandera
como un fuego encendido contra la noche oscura
como un golpe de amor en la cara del miedo
como un hombre que entra temblando en el amor
alzó su corazón lo agitaba en el aire
lo daba de comer de beber de encender
fidel es un país
yo lo vi con oleajes de rostros en su rostro
la Historia arreglará sus cuentas allá ella
pero lo vi cuando subía gente por sus hubiéramos
buenas noches Historia agranda tus portones
entramos con fidel con el caballo.
Fuente: Gelman, Juan (2003). Pesar todo (Antología). La Habana: Fondo Editorial de Casa de las Américas. Pág.51

Atilio Boron Fidel, su legado

La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad. Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. Sin duda que Fidel era un gran estratega militar, comprobado no sólo en la Sierra Maestra sino en su cuidadosa planificación de la gran batalla de Cuito Cuanevale, librada en Angola entre diciembre deb1987 y marzo de 1988, y que precipitó el derrumbe del régimen racista sudafricano y la frustración de los planes de Estados Unidos en África meridional. Pero además era un consumado político, un hombre con una fenomenal capacidad para leer la coyuntura, tanto interna como internacional, cosa que le permitió convertir a su querida Cuba -a nuestra Cuba en realidad- en una protagonista de primer orden en algunos de los grandes conflictos internacionales que agitaron la segunda mitad del siglo veinte. Ningún otro país de la región logró algo siquiera parecido a lo que consiguiera Fidel. Cuba brindó un apoyo decisivo para la consolidación de la revolución en Argelia, derrotando al colonialismo francés en su último bastión; Cuba estuvo junto a Vietnam desde el primer momento, y su cooperación resultó de ser de enorme valor para ese pueblo sometido al genocidio norteamericano; Cuba estuvo siempre junto a los palestinos y jamás dudó acerca de cuál era el lado correcto en el conflicto árabe-israelí; Cuba fue decisiva, según Nelson Mandela, para redefinir el mapa sociopolítico del sur del continente africano y acabar con el apartheid. Países como Brasil, México, Argentina, con economías, territorios y poblaciones más grandes, jamás lograron ejercer tal gravitación en los asuntos mundiales. Pero Cuba tenía a Fidel …
Martiano y también bolivariano: para Fidel la unidad de América Latina y, más aún, la de los pueblos y naciones del por entonces llamado Tercer Mundo, era esencial. Por eso crea la Tricontinental en Enero de 1966, para apoyar y coordinar las luchas de liberación nacional en África, Asia y América Latina y el Caribe. Sabía, como pocos, que la unidad era imprescindible para contener y derrotar al imperialismo norteamericano. Que en su dispersión nuestros pueblos eran víctimas indefensas del despotismo de Estados Unidos, y que era urgente e imprescindible retomar los iniciativas propuestas por Simón Bolívar en el Congreso Anfictiónico de 1826, ya anticipadas en su célebre Carta de Jamaica de 1815. En línea con esas ideas Fidel fue el gran estratega del proceso de creciente integración supranacional que comienza a germinar en Nuestra América desde finales del siglo pasado, cuando encontró en la figura de Hugo Chávez Frías el mariscal de campo que necesitaba para materializar sus ideas. La colaboración entre estos dos gigantes de Nuestra América abrió las puertas a un inédito proceso de cambios y transformaciones que dio por tierra con el más importante proyecto económico y geopolítico que el imperio había elaborado para el hemisferio: el ALCA.
Estratega militar, político pero también intelectual. Raro caso de un jefe de estado siempre dispuesto a escuchar y a debatir, y que jamás incurrió en la soberbia que tan a menudo obnubila el entendimiento de los líderes. Tuve la inmensa fortuna de asistir a un intenso pero respetuoso intercambio de ideas entre Fidel y Noam Chomsky acerca de la crisis de los misiles de Octubre de 1962 o de la Operación Mangosta, y en ningún momento el anfitrión prestó oídos sordos a lo que decía el visitante norteamericano. Una imagen imborrable es la de Fidel participando en numerosos eventos escenificados en Cuba –sean los encuentros sobre la Globalización organizados por la ANEC; los de la Oficina de Estudios Martianos o la Asamblea de CLACSO en Octubre del 2003- y sentado en la primera fila de la platea, munido de un cuadernito y su lapicera, escuchando durante horas a los conferencistas y tomando cuidadosa nota de sus intervenciones. A veces pedía la palabra y asombraba al auditorio con una síntesis magistral de lo dicho en las cuatro horas previas, o sacando conclusiones sorprendentes que nadie había imaginado. Por eso le decía a su pueblo “no crean, lean”, fiel reflejo del respeto que sentía por la labor intelectual.
Al igual que Chávez, Fidel un hombre cultísimo y un lector insaciable. Su pasión por la información exacta y minuciosa era inagotable. Recuerdo que en una de las reuniones preparatorias de la Asamblea de Clacso del 2003 nos dijo: “recuerden que Dios no existe, pero está en los detalles” y nada, por insignificante que pareciera, debía ser librado al azar. En la Cumbre de la Tierra de Río (1992) advirtió ante el escepticismo o la sonrisa socarrona de sus mediocres colegas (Menem, Fujimori, Bush padre, Felipe González, etcétera) que la humanidad era “una especie en peligro” y que lo que hoy llamamos cambio climático constituía una amenaza mortal. Como un águila que vuela alto y ve lejos advirtió veinte años antes que los demás la gravedad de un problema que hoy está en la boca de cualquiera.
Fidel ha muerto, pero su legado –como el del Che y el de Chávez- vivirá para siempre. Su exhortación a la unidad, a la solidaridad, al internacionalismo antiimperialista; su reivindicación del socialismo, de Martí, su creativa apropiación del marxismo y de la tradición leninista; su advertencia de que la osadía de los pueblos que quieren crear un mundo nuevo inevitablemente será castigada por la derecha con un atroz escarmiento y que para evitar tan fatídico desenlace es imprescindible concretar sin demora las tareas fundamentales de la revolución, todo esto, en suma, constituye un acervo esencial para el futuro de las luchas emancipatorias de nuestros pueblos.

Frei Betto Mi amigo Fidel

Fidel y Frei Betto el domingo 16 de febrero de 2014.
Fidel y Frei Betto el domingo 16 de febrero de 2014.
He perdido un gran amigo. Nuestro último encuentro fue el 13 de agosto, cuando cumplió los 90 años. Me recibió en su casa, en La Habana, y por la tarde fuimos al teatro Karl Marx, donde fue homenajeado con un espectáculo musical. A pesar de que tenía su organismo debilitado, caminó sin apoyo desde la entrada del teatro hasta su butaca.
Con Fidel desaparece el último gran líder político del siglo 20, y el único que logró sobrevivir más de 50 años a su propia obra: la Revolución Cubana. Gracias a ella la pequeña isla dejó de ser el prostíbulo del Caribe, explotado por la mafia, para convertirse en una nación respetada, soberana y solidaria, que mantiene profesionales de la salud y de la educación en más de cien países, ocluyendo el Brasil.
Conocí a Fidel en 1980, en Managua. Lo que llamaba la atención a primera vista era su imponencia. Parecía mayor de lo que era, y el uniforme militar le revestía de un simbolismo que transmitía autoridad y decisión. Daba la impresión de que cualquier butaca era demasiado estrecha para su corpachón. Cuando entraba en un recinto era como si todo el espacio fuera ocupado por su aura. Todos esperaban que él tomara la iniciativa, escogiera el tema de la conversación, hiciera una propuesta o lanzara una idea, mientras que él persistía en la ilusión de que su presencia era una más y que lo tratarían sin ceremonias ni reverencias. Como en la canción de Cole Porter, él debía preguntarse si acaso no sería más feliz siendo un sencillo hombre de campo, sin la fama de que estaba revestido. En cierta ocasión el escritor colombiano Gabriel García Márquez, de quien era gran amigo, le preguntó si sentía la falta de algo y Fidel respondió: “El poder quedarme parado, anónimo, en una esquina”.
Otro detalle que sorprendía en Fidel era su timbre de voz. Su tono de falsete contrastaba con su corpulencia. A veces hablaba tan suave que sus interlocutores debían ponerle mucha atención. Y cuando hablaba no le gustaba ser interrumpido. Pero no monopolizaba el uso de la palabra. Nunca he conocido a nadie a quien le gustase tanto conversar como él. Siempre que no fuesen encuentros protocolares, en los que las mentiras diplomáticas suenan como verdades definitivas. Fidel no sabía recibir a una persona durante sólo diez o veinte minutos.
Por invitación de los obispos de su país y del propio Fidel, actué en el asunto de la libertad religiosa en Cuba, facilitado por la entrevista contenida en el libro Fidel y la religión, en la cual el líder comunista aprecia positiva el fenómeno religioso.
No sabría decir cuántas conversaciones privadas he tenido con Fidel. Una curiosidad es que este hombre, capaz de entretener a la multitud durante tres o cuatro horas, detestaba, como yo, hablar por teléfono. En las pocas veces que le vi al aparato siempre fue muy parco.
Mis frecuentes viajes a La Habana estrecharon nuestros lazos de amistad. En el prefacio que generosamente escribió para mi biografía, lanzada esta semana por la editora Civilización Brasileña, Fidel subraya que defiendo a Cuba “sin dejar de sustentar puntos de vista discrepantes o diferentes de los nuestros”. En la década de 1980, cuando expresé críticas a la Revolución, el Comandante replicó: “Es su derecho. Es más: es su deber”.
Todas las veces que lo visitaba en su casa, después que dejó el gobierno, le llevaba chocolates amargos, su preferido, castañas y libros en español sobre cosmología y astrofísica. Conversábamos sobre la coyuntura política mundial, su admiración por el papa Francisco y, especialmente, sobre cosmología. Le conté que al visitar a Oscar Niemeyer, poco antes de la muerte del arquitecto brasileño, ya centenario, me dijo éste, animado, que cada semana reunía en su despacho a un grupo de amigos para recibir clase de cosmología. El hecho de que dos eminentes comunistas se interesaran tanto por el tema, comenté con Fidel, me hizo recordar una escena de la película “La teoría del todo”, en la cual el protagonista del famoso físico inglés Stephen Hawking, todavía estudiante en Cambridge, le pregunta a una muchacha con quien iniciaba un romance: “¿Qué estudia usted? Historia, responde ella. Él le dice: Yo estudio cosmología. ¿Qué es eso?, indaga ella. Y él responde: Una religión para ateos inteligentes”.
Tengo para mí que Fidel, alumno interno de colegios religiosos durante diez años, abandonó la fe cristiana al abrazar el marxismo. De algunos años para acá me queda la impresión nítida de que se volvió agnóstico. Varias veces me pidió, al despedirnos: “Ore por nosotros”. Tengo la certeza de que Fidel transvivenció feliz con su coherencia de vida.

Salim LamraniFidel Castro, eterno héroe de los desheredados

  • Español
Personaje controvertido en Occidente, donde es fuertemente criticado, Fidel Castro es admirado en cambio por los pueblos de América Latina y del Tercer Mundo, que lo consideran un símbolo de la resistencia a la opresión y un defensor de la aspiración de los países del Sur a la independencia, a la soberanía y a la autodeterminación. Rebelde mítico que entró en vida en el Panteón de los grandes libertadores del continente americano, el antiguo guerrillero de la Sierra Maestra ha visto su prestigio superar fronteras continentales para convertirse en el arquetipo del antiimperialismo del siglo XX y el vector de un mensaje universal de emancipación.

Los medios occidentales, por sus crispaciones ideológicas y una condescendencia obvia hacia los pueblos del Sur, no han logrado entender la importancia histórica de Fidel Castro para Cuba, América Latina y el Tercer Mundo. Desde José Martí, el héroe nacional cubano, ningún otro personaje ha simbolizado con tanta fuerza las aspiraciones del pueblo cubano a la soberanía nacional, a la independencia económica y a la justicia social.

Fidel Castro es un símbolo de orgullo, de dignidad, de resistencia y de lealtad a los principios y su prestigio ha superado las fronteras de su tierra natal para irradiar el mundo. El líder histórico de la Revolución Cubana tomó las armas a favor de los oprimidos y reivindicó sus derechos a una vida decente. Procedente de una de las familias más adineradas del país, renunció a todos sus privilegios de clase para defender a los sin voces, abandonados a su suerte e ignorados por los pudientes.

Fidel Castro dispone de una legitimidad histórica. Armas en mano luchó contra la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista durante el ataque al cuartel Moncada en 1953 y durante la insurrección en la Sierra Maestra de diciembre de 1956 a diciembre de 1958. Triunfó contra un régimen militar brutal dotado de un impresionante poder de fuego y apoyado por Estados Unidos. En un contexto de hostilidad extrema ha realizado el sueño de José Martí de una Cuba independiente y soberana y ha guiado a su pueblo en el camino de la emancipación plena y definitiva oponiendo una resistencia a toda prueba frente a las pretensiones hegemónicas de Washington.

Fidel Castro también dispone de una legitimidad constitucional. Cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera sobre el sistema electoral cubano pero fue elegido, cada cinco años, de 1976 a 2006. Antes de esa fecha sólo era primer ministro y no presidente de la República. En efecto, contrariamente a una idea preconcebida, Cuba ha tenido a no menos de cuatro presidentes de la República desde 1959: Manuel Urrutia de enero de 1959 a julio de 1959, Osvaldo Dorticós de julio de 1959 a 1975, Fidel Castro de 1976 a 2006 y Raúl Castro desde 2006, cuyo gobierno terminará en 2018 tras la reforma constitucional que limita el número de mandatos a dos.

Ningún dirigente puede permanecer a la cabeza de un país durante treinta años, en un contexto de guerra larvada con Estados Unidos, sin un apoyo mayoritario del pueblo. Obviamente, como en toda sociedad, existen insatisfechos, críticos y decepcionados. La Revolución Cubana, obra de mujeres y hombres, es por definición imperfecta y jamás ha tenido la pretensión de erigirse en ejemplo. Pero la inmensa mayoría de los cubanos tiene mucho respeto hacia Fidel Castro y jamás ha puesto en tela de juicio sus nobles intenciones. Estados Unidos siempre se ha mostrado muy lúcido al respecto. Así, el 6 de abril de 1960, Lester D. Mallory, subsecretario adjunto de Estado para los Asuntos Interamericanos, recordó en un memorándum a Roy Rubottom Jr., entonces subsecretario de Estado para los Asuntos Interamericanos, el prestigio del líder cubano: “La mayoría de los cubanos apoya a Castro. No hay oposición política eficaz […]. El único medio posible para aniquilar el apoyo interno [al gobierno] es provocar el desencanto y el desaliento por la insatisfacción económica y la penuria”. Washington siguió ese consejo y dio prueba de una hostilidad encarnizada contra los cubanos imponiendo sanciones económicas sumamente severas que duran hasta hoy. Pero la empresa no ha sido coronada de éxito. En efecto, cerca de medio siglo después, la popularidad de Fidel Castro sigue viva. Es lo que ha podido constatar Jonathan D. Farrar, entonces jefe de la diplomacia estadounidense en La Habana quien no ha dejado de enfatizar “la admiración personal significativa para Fidel” por parte de los cubanos, recordando que “sería un error subestimar […] el apoyo del cual dispone el gobierno, particularmente entre las comunidades populares y los estudiantes”.

Tres facetas caracterizan al personaje de Fidel Castro. En primer lugar es el arquitecto de la soberanía nacional que ha realizado el sueño del Apóstol y Héroe Nacional José Martí de una Cuba independiente y ha devuelto su dignidad al pueblo de la Isla. Después es el reformador social que se ha ubicado al lado de los humildes y los humillados creando una de las sociedades menos injustas del Tercer Mundo. Finalmente es el internacionalista que ha tendido una mano generosa a los pueblos necesitados y que ha ubicado la solidaridad y la integración en el centro de la política exterior de Cuba.

- Salim Lamrani, Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, es profesor titular de la Universidad de La Reunión y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Cuba, ¡palabra a la defensa!, Hondarribia, Editorial Hiru, 2016.


Emir Sader Fidel, sinónimo de revolución


Fidel se ha vuelto sinónimo de Revolución, desde que las primeras fotos de aquellos barbudos que habían tumbado un dictador en el ya lejano ano de 1959. Más todavía para nosotros, en América Latina, para quienes la revolución era un fenómeno distante en el tiempo y en el espacio – en Rusia, en China, con Lenin, con Mao. Fue Cuba, con Fidel, que nos planteó, a varias generaciones, la revolución como actualidad, señalando que la revolución era posible, aquí mismo en el nuestro continente.

Fidel encarnó la revolución en América Latina, pero también en todo el mundo, porque Cuba levantaba de nuevo la idea del socialismo, cuando éste se había vuelto algo aparentemente petrificado, postergado.

Yo empecé mi militancia política en 1959 repartiendo un periódico –Acción Socialista-, que tenía estampada el imagen de unos barbados que habían tumbado un dictador –en aquel momento no se hablaba por aquí todavía de Caribe -, posando como si fueran jugadores de futbol. Luego mi generación se volvió la generación de la Revolución Cubana, que nos sedujo a tantos, con la convocatoria de los estudiantes para terminar con el analfabetismo en Cuba, con la reforma agraria, con la reforma urbana, con la fundación de la Casa de las Américas, con la soberanía frente al imperialismo, con la proclama de la Revolución como una Revolución Socialista, con la resistencia en contra del intento de invasión de Bahía de Cochinos, frente al intento de cerco naval a la Isla, con todo lo que venía de allá, que nos alentaba y nos señalaba caminos.

Solo pude ver a Fidel cuando el visitó Chile, durante el gobierno de Allende. En sus varias visitas por el país, hasta su discurso final en el Estadio Nacional. Después, inmediatamente después del golpe en Chile, pude encontrarme con él por primera vez, en la Habana, para discutir las consecuencias del golpe.

Inolvidable verlo entrar, enorme, alto, enérgico, simpático, afectuoso. Ver como el tenía infinita capacidad de oír a las personas, de preguntar mucho, sobre Chile, sobre el golpe, sobre Allende, sobre Miguel Enríquez y el MIR, sobre Brasil.

Tuve el privilegio de convivir con su presencia en la vida cubana por muchos años, conocer como un dirigente se interesa por todo lo cotidiano de un país y del mundo, pronunciarse todo el tiempo sobre todos los problemas, ser el más radical crítico de la Revolución, señalando problemas y alternativas, implacable con los errores, pero siempre planteando alternativas y despertando esperanzas.

Haberlo presenciado hablar en la Plaza de la Revolución tantas y tantas veces es de las experiencias más impresionantes que uno pueda tener. En una de esas concentraciones, siempre para millones de personas, se homenajeaba a los muertos por el acto terrorista que tumbó un avión cubano, que mató, entre otras personas, a un equipo de deportistas juveniles cubanos. Con todos los cuerpos presentes en la Plaza, Fidel hizo uno de sus discursos más emocionantes, que concluyo’ diciendo: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla.”  Para provocar las lágrimas de aquellos cubanos que se habían desplazado de todas partes para oírlo hablar durante horas al sol.

Fidel siempre sorprendió a todos con su audacia. Desde aquella primera, del asalto al cuartel Moncada, al desembarco del Granma, hasta sus iniciativas posteriores, ya desde el poder, valiéndose siempre del factor sorpresa de la guerrilla.  Cuando Fidel abrió las puertas de todas las embajadas para que los que quisieran irse de Cuba, que se fueran. Permitiendo que llegaran embarcaciones desde Miami, para recogerlos. Un gesto audaz, que él supo revertir a favor de la Revolución, como todo lo que él hacía.

Como cuando proclamó que el chico Elián seria recuperado por Cuba, objetivo que parecía imposible pero que él, transmitiendo siempre una enorme confianza, lo logro. Como cuando él afirmo que Cuba recuperaría a sus 5 héroes presos en EUA, lo cual parecía absolutamente inviable, pero él supo construir, una vez más, la estrategia victoriosa para conseguir una vez más lo imposible.

Fidel fue el sinónimo de Revolución por más de 50 años. Quien quisiera saber de Revolución y del Socialismo, bastará dirigir sus miradas hacia él. El, junto con el Che, señalaron para tantas generaciones el horizonte del socialismo, de la revolución, del compromiso militante.

Fidel fue la personificación de la Revolución y del Socialismo. Su vida y sus palabras han sonado siempre como la voz más fuerte, más digna, más vibrante, con más esperanza, con más coraje que la Historia ha conocido

Luis Suárez SalazarUno de los legados de Fidel Castro-la unidad de América Latina y el Caribe

Opinión
  • Fidel Castro por Oswaldo Guayasamin (extracto)
    Como se conoce, en las últimas horas de la noche del 25 de noviembre del 2016, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba y Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, general de ejército Raúl Castro Ruz, con “profundo dolor” le anunció al pueblo de Cuba y a los demás pueblos del mundo que a las 10:29 de esa noche había dejado de latir el noble corazón de su hermano, el líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz.

    En medio de las diversas reacciones nacionales e internacionales causadas por esa inesperada y conmovedora noticia, busqué en mis archivos el escrito que en la última semana de mayo de 2016 había propuesto para un libro que desde los primeros meses de ese año estaba compilando la prestigiosa colega cubana Ana Cairo con vistas a celebrar el 90 Aniversario del natalicio de Fidel Castro.

    Comoquiera que ese volumen aún está inédito, con algunos pequeños arreglos, he decidido divulgar ese escrito dirigido a relievar uno de sus principales aportes a la multifacética obra humanista, solidaria e internacionalista de la Revolución Cubana. También como un testimonio personal de agradecimiento por todo lo que aprendí en el estudio de su profundo y para mi imperecedero legado ético y teórico-práctico.

    En mi concepto, ese legado hace y harán a Fidel merecedor de lo que dijo José Martí con relación a los que denominó “tres héroes” de las luchas de los pueblos latinoamericanos contra el colonialismo español (Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo): “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que le roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados”. Y agregó:

    Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

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    Fidel Castro: artífice de la proyección externa de la revolución cubana en nuestra América

    Por: Luis Suárez Salazar

    Introducción

    Como parte de las observaciones-participantes y de las investigaciones que desde hace cerca de cinco décadas he venido realizando y, en algunos casos, publicando sobre la que he denominado “proyección externa de la Revolución Cubana”,[1] a fines de 2006 emprendí una cuidadosa identificación, lectura o relectura de los cerca 400 discursos pronunciados desde los primeros días de enero de 1959 por el líder histórico de esa revolución, Fidel Castro Ruz, en los que refería sus multidimensionales y profundas reflexiones sobre la historia, la realidad, las disyuntivas y perspectivas de los Estados nacionales o plurinacionales, así como de algunas de las islas y los territorios continentales sometidos a diferentes formas de dominación colonial por parte de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Holanda ubicados en el espacio geográfico, humano y cultural que en 1891 José Martí denominó Nuestra América.[2]

    Como fruto de esa investigación y tratando de evitar que se dogmatizara su pensamiento dialéctico y creador, preparé tres compilaciones contextualizadas y anotadas de los principales discursos o fragmentos de ellos en los que Fidel –como comúnmente lo denomina el pueblo cubano— había difundido sus siempre bien informadas consideraciones sobre las multiformes luchas populares, democráticas, anticoloniales, anti neocoloniales, antiimperialistas y, en algunos casos, anticapitalistas o socialistas que desde el triunfo de la Revolución Cubana se habían desplegado al sur del río Bravo y de la península de Florida. Asimismo, sobre los cambiantes contextos económicos, sociales y políticos internacionales y hemisféricos en que éstas se habían desplegado.[3]

    La preparación de esas tres compilaciones,  mis propias experiencias personales,[4]  al igual que la mayor parte de las entrevistas que, junto a mi estimado colega y amigo holandés Dirk Kruijt, les realizamos entre el 2010 y el 2014 a cerca de 40 compañeras y compañeros cubanos y de otros países del mundo que, en uno u otro momento de sus vidas, habían participado en la implementación de las multiformes solidaridades de Cuba con los pueblos y con algunos gobiernos del continente americano,[5] me confirmaron que, sin negar los aportes de otros dirigentes de la Revolución Cubana, desde los primeros días de 1959 hasta, al menos, el 2006 Fidel Castro había sido el principal artífice, conductor, analista y a la vez cronista de las multifacéticas, consistentes y, en ciertos casos, cambiantes estrategias y tácticas desplegadas por el liderazgo político-estatal cubano hacia la que, en 1953, el entonces recién graduado médico argentino Ernesto Guevara de la Serna había denominado “nuestra Mayúscula América”.

    Igualmente, el inspirador de las acciones emprendidas hacia ese continente por las direcciones de las diferentes organizaciones políticas, sociales, de masas, juveniles-estudiantiles y profesionales que han actuado o todavía actúan en la sociedad política y civil cubanas, al igual que de las conductas altruistas asumidas por los decenas de miles de cubanas y cubanos que han cumplido diversas misiones solidarias o internacionalistas en todo el mundo y, en particular, en buena parte de los 33 estados latinoamericanos y caribeños.  

    La unidad antiimperialista: táctica y estrategia de la victoria

    En el breve espacio disponible para este escrito me resulta imposible sintetizar todos los  aportes teórico-prácticos realizados por Fidel a la elaboración e implementación de las estrategias, las tácticas y las acciones desplegadas por todos los actores sociales y políticos, estatales y no estatales, antes mencionados, así como a la comprensión de la historia y de la cada vez más compleja realidad latinoamericana y caribeña. Pero, partiendo de la narrativa y de los elementos empíricos que he sistematizado en algunos de mis escritos antes referenciados, puedo afirmar que todas ellas fueron emprendidas partiendo de las convicciones de su máximo líder acerca de la estrecha imbricación existente entre la Revolución Cubana y los demás procesos de cambios favorables a los intereses nacionales y populares que, en cada momento histórico-concreto, se estaban o todavía se están desplegado en  América Latina y el Caribe.

    Esas convicciones, tributarias del legado de los próceres y mártires de las luchas por  las que José Martí denominó “primera” y “segunda independencia” de Nuestra América, así como de las tradiciones provenientes de la diversas interpretaciones revolucionarias e internacionalistas del marxismo, guiaron as multifacéticas solidaridades de la Revolución Cubana con los pueblos y algunos gobiernos del continente americano; incluido, el pueblo estadounidense. Estas fueron definidas por Fidel no solo como un ineludible deber histórico (“ser internacionalista es pagar nuestra propia deuda con la humanidad”), sino también como una necesidad estratégica para la preservación, la consolidación y el exitoso desenvolvimiento de la transición socialista cubana.

    Mucho más por su temprana y reiterada comprensión de que el imperialismo –y en particular, el estadounidense— había sido, era y aún sigue siendo el enemigo principal y, en algunos casos, el enemigo inmediato de la emancipación política, económica, social y cultural de todas las naciones y pueblos de la que, en 1959, el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, denominó “nuestra preterida, maltratada y exprimida súper patria común”.[6]

    Aunque esa comprensión ya estaba implícita en La Historia me absolverá y en las intervenciones públicas que Fidel realizó tanto en los Estados Unidos como en México durante la preparación de la expedición revolucionaria que, a bordo del yate Granma, finalmente arribó a las costas cubanas el 2 de diciembre de 1956,  comenzó a hacerse explícita en los diversos discursos que él pronunció, así como en las entrevistas y conferencias de prensa que ofreció durante las visitas que realizó a Venezuela, Estados Unidos, Argentina, Brasil y Uruguay entre fines de  enero  y los primeros días de mayo de 1959.

    También en los innumerables discursos que antes y después de esos meses pronunció en Cuba para concientizar, movilizar y organizar al pueblo cubano para enfrentar y derrotar las diversas agresiones imperialistas que comenzaron a fraguarse desde el propio triunfo de la Revolución, así como para que, simultáneamente, expresara su solidaridad con las inter vinculadas luchas por la democracia, el desarrollo económico y social y la independencia política que entonces se estaban librando en diferentes Estados y territorios latinoamericanos y caribeños aún sometidos a diferentes formas de dominación colonial o neocolonial.

    En mi concepto, el clímax de toda esa tenaz labor política y pedagógica fue el discurso que pronunció Fidel Castro el 2 de septiembre de 1960 en la ahora denominada Plaza de la Revolución José Martí. En ese discurso, le propuso a la entonces llamada Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba la aprobación a mano alzada de la ahora denominada Primera Declaración de La Habana. Sobre la base de las primeras realizaciones económicas, sociales y políticas de la Revolución, así como en respuesta a las primeras agresiones imperialistas contra el pueblo cubano y al apoyo que estas ya comenzaban a encontrar en buena parte de los gobiernos latinoamericanos entonces integrantes de la Organización de Estados Americanos (OEA), en esa declaración se proclamó a los cuatro vientos “el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que éstos se encuentren y la distancia geográfica que los separe”.[7] 

    También se reafirmó la fe de la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba “en que la América Latina marchará pronto, unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impiden hacer oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres domesticados, hacen de coro infamante al amo despótico”. Asimismo,  ratificó “su decisión de trabajar por ese común destino latinoamericano que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todos”.[8]

    Antecedida por la fulminante derrota de la invasión mercenaria de Playa Girón organizada por la administración del republicano Dwight Eisenhower y emprendida por la del demócrata John F. Kennedy (a partir de la cual, a decir de Fidel Castro, “todos los pueblos latinoamericanos serían más libres”), y por las demoledoras críticas que, en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA, efectuada en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961, le realizó el comandante Ernesto Che Guevara a la Alianza para el Progreso,[9] esos y otros enunciados de la Primera Declaración de La Habana fueron ratificados y ampliados en la que en otros escritos he denominado “Manifiesto Comunista de la Revolución Latinoamericana” aprobado a mano alzada por los cerca de dos millones de cubanas y cubanos que el 4 de febrero de 1962 se congregaron en la Plaza de la Revolución José Martí.[10]

    Nuevamente, a instancias de Fidel y luego de reiterar que “la historia de Cuba era parte de la historia de América Latina” y ésta de la historia de los demás países del mundo subdesarrollado y dependiente, al igual que rompiendo con el reduccionismo sociológico y con el sectarismo entonces imperante en diversos destacamentos de la ahora llamada “izquierda social, política e intelectual” de América Latina, así como de algunos países del Caribe insular y continental, en la ahora llamada Segunda Declaración de La Habana se indicó que:

    En la lucha antiimperialista y anti feudal es posible vertebrar la inmensa mayoría del pueblo tras metas de liberación que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales, la pequeña burguesía y las capas más progresistas de la burguesía nacional. Estos sectores comprenden la inmensa mayoría de la población, y aglutinan grandes fuerzas sociales capaces de barrer el dominio imperialista y la reacción feudal. En ese amplio movimiento pueden y deben luchar juntos, por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de América, desde el viejo militante marxista, hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y los señores feudales de la tierra. Ese movimiento podría arrastrar consigo a los elementos progresistas de las fuerzas armadas, humillados también por las misiones militares yanquis, la traición a los intereses nacionales de las oligarquías feudales y la inmolación de la soberanía nacional a los dictados de Washington.[11]

    Tales afirmaciones –posteriormente sintetizadas por Fidel en su llamado a la “unidad estratégica entre cristianos y marxistas” y en su sintagma: “La unidad antiimperialista es la táctica y la estrategia de la victoria”— guiaron la política internacional desplegada por la Revolución Cubana; incluida su apoyo político-diplomático, mediático y, en algunos casos, militar a las luchas por la democracia, la liberación nacional y social desplegadas por diferentes destacamentos de la izquierda, así como  como sus multiformes solidaridades hacia todos los gobiernos que, con independencia del horizonte programático de sus liderazgos civiles o militares o de las fuerzas sociales y políticas que lo hayan conducido, han emprendido diversos procesos de cambios revolucionarios, reformadores, nacional-populares e incluso reformistas en diferentes estados latinoamericanos y caribeños. También hacia aquellos que han mantenido una actitud respetuosa hacia la transición socialista cubana.

    Paralelamente, Fidel Castro fue desarrollando sus trascendentales conceptos con relación a la importancia estratégica que ha tenido, tiene y tendrá para el porvenir de América Latina y el Caribe la unidad de sus pueblos, así como la integración política y económica de todos los Estados de ese continente. En mi consideración, él formuló por primera vez esas utopías en los antes referidos discursos que pronunció en Venezuela a fines de enero de 1959, así como en Argentina y Uruguay a comienzos de mayo del propio año. Sin embargo, acorde con los cambios que se fueron produciendo en la economía capitalista mundo, en el sistema internacional de los Estados, al igual que en el escenario hemisférico las fue perfilando a lo largo de su fecunda vida política. Al tal grado que, en el Cuarto Encuentro del Foro Sâo Paulo efectuado en La Habana en 1994, entre otras muchas ideas vinculadas a ese trascendental tema, señaló:

    ¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración.[12]

    Todo lo antes dicho contribuye a explicar el enorme esfuerzo personalmente realizado por Fidel Castro con vistas a crear las condiciones políticas continentales que posibilitaron resistir la “globalización neoliberal” y  que posteriormente condujeron a la derrota, en el 2005, del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) impulsando por las administraciones de William Clinton y George W. Bush, así como apoyada por sus principales aliados latinoamericanos y caribeños. También para  lograr –en consuno con el ya físicamente desaparecido líder histórico de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez— la institucionalización y progresiva ampliación y profundización de la ahora llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP). Muchos más porque él previó, como pocos, que esa alianza estaba llamada a desempeñar un papel central en los diferentes proyectos de concertación política, cooperación e integración económica que, no obstante las grandes dificultades que los afectan y los afectarán, se han desplegado y se siguen desplegando en Nuestra América, incluidas la Asociación de Estados del Caribe (AEC), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).      

    A modo conclusión

    En mi concepto, esas y otras facetas de la obra teórico-práctica de Fidel Castro no incluidas en este escrito requieren ser estudiadas profundamente por las actuales y futuras generaciones latinoamericanas y caribeñas; en particular por las nuevas generaciones de cubanas y cubanos. Sobre todo porque aún en el hipotético caso de que algún día se logre la que he denominado “anormalización de las relaciones oficiales entre los gobiernos de Estados Unidos y de Cuba”,[13] su pueblo, sus organizaciones políticas sociales, de masas, juveniles y estudiantiles, así como su vanguardia política tendrán que seguir luchando para defender la soberanía y la independencia política y económica de la Mayor de las Antillas.

    Y, tales luchas, como pensó y reiteradamente planteó Fidel Castro forman y formarán parte de las multiformes contiendas de los demás pueblos latinoamericanos y caribeños para lograr juntamente su desarrollo económico, político y social, así como para obtener y preservar su verdadera y definitiva independencia. En ese contexto, mantiene y mantendrá toda su vigencia, la alegoría planteada por José Martí en su célebre ensayo Nuestra América:

    Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.  El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa […] No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene el tigre encima. 

    La Habana, 23 de mayo de 2016   

    - Luis Suárez Salazar es Licenciado en Ciencias Políticas, Doctor en Ciencias Sociológicas y Doctor en Ciencias. Escritor y ensayista integrante de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), así como Profesor Titular del Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” de La Habana, Cuba, al igual que de diversas cátedras de la Universidad de La Habana.

     

    [1] Luis Suárez Salazar: “La política de la Revolución cubana hacia América Latina y el Caribe: Notas para una periodización”, en Cuadernos de Nuestra América, La Habana, Julio-Diciembre de 1986, no. 6, pp. 137-180; Cuba: ¿Aislamiento o reinserción en mundo cambiado?, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997; “La proyección externa de la Revolución cubana: Oportunidades y desafíos”, en Temas, La Habana, Octubre de 1997-Mayo de 1998, no. 12-13, pp. 178-190; El Siglo XXI: posibilidades y desafíos para la Revolución Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000; “El ALBA: Un hito en la proyección de la Revolución Cubana hacia América Latina y el Caribe”, en Relaciones Internacionales, no. 6, La Habana, junio-diciembre del 2005, pp. 42-53; “La revolución cubana y los nuevos liderazgos latinoamericanos”, en Temas, No. 58, La Habana, abril-junio 2009, pp. 111-119; y “La cincuentenaria proyección externa de la Revolución Cubana: Nuestroamericanismo vs. Panamericanismo”, en Enfoques, Interpress Service, La Habana, primera quincena, julio 2009.
    [2] José Martí: “Nuestra América” en José Martí: Nuestra América, Casa de las Américas, La Habana, 1974, pp. 19-30.
    [3] La primera de esas compilaciones se publicó en el 2009 por parte de la Editorial Ocean Press-Ocean Sur con el titulo Fidel Castro: Latinoamericanismo vs. Imperialismo. La segunda, titulada Fidel Castro: Las crisis de América Latina: diagnósticos y soluciones está en proceso de publicación por la Editora Política como parte de sus contribuciones a la celebración del 90 Aniversario del natalicio de Fidel. Y la tercera, que aún espera su terminación y eventual publicación, la titulé Fidel Castro: La unidad antiimperialista: Táctica y estrategia de la victoria.
    [4] Cuando apenas había cumplido 20 años y en medio de la multiforme solidaridad expresada por el gobierno y el pueblo cubano con el pueblo y el gobierno peruano antes y durante el violento terremoto que sacudió a ese país en mayo de 1970, tuve el privilegio de conocer personalmente a Fidel Castro. En razón de las diversas tareas políticas que entonces estaba cumpliendo y que en los años posteriores cumplí en las interrelaciones de la Revolución Cubana con América Latina y el Caribe, en diversas ocasiones tuve la oportunidad de participar en las reuniones que él sostuvo con varios dirigentes políticos y con destacados intelectuales latinoamericanos. En ellas pude aquilatar la sistemática dedicación de Fidel a la comprensión y transformación de la realidad latinoamericana y caribeña. También la acendrada ética con la que siempre desarrolló sus interrelaciones con sus diversos interlocutores.
    [5] Luis Suárez Salazar y Dirk Kruijt: La Revolución Cubana en Nuestra América: el internacionalismo anónimo, RUTH Casa Editorial, La Habana, 2015.
    [6] Raúl Roa: Discurso pronunciado en la V Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA, efectuada en Santiago de Chile entre el 12 y el 18 de agosto de 1959.
    [7] Luis Suárez Salazar (compilación y prólogo)  Fidel Castro: Latinoamericanismo vs. Imperialismo. Editorial Ocean Press-Ocean Sur, La Habana, México y Caracas, 2009.
    [8] Ibídem.
    [9] Ernesto Che Guevara: “Discurso en la Conferencia del CEIS de la OEA”, en Guevara, Ernesto Che: Obras (1957-1967), Casa de las Américas, La Habana, 1967, tomo II, pp. 466-468.
    [10] Luis Suárez Salazar: “La Segunda Declaración a La Habana: Manifiesto Comunista de la Revolución Latinoamericana”, en CUBADEBATE, 7 de febrero de 2012. También fue publicado en América Latina en Movimiento, Quito, Ecuador.
    [11] Al igual que otros escritores y oradores, Fidel Castro emplea la frase “los dictados de Washington” como sinónimo de “los dictados del Gobierno de Estados Unidos”.
    [12] Luis Suárez Salazar (compilación y prólogo)  Fidel Castro: Latinoamericanismo vs. Imperialismo. Editorial Ocean Press-Ocean Sur, La Habana, México y Caracas, 2009.
    [13] Luis Suárez Salazar: “La anormalización de las relaciones oficiales de los Estados Unidos con Cuba: una mirada después de la VII Cumbre de las Américas”, en Revista Voces en el Fénix, Buenos  Aires, 2015