Emir Sader:¿Restauración conservadora en América Latina?

5 de septiembre 2014, Alainet



           
El fracaso del golpe militar en contra del gobierno de Hugo Chávez en 2002 dejó a la derecha latinoamericana prácticamente desarmada frente a la proliferación de gobiernos progresistas en el continente. Desde entonces solo ha logrado recuperar a dos gobiernos – los de Honduras y Paraguay -, mediante golpes blandos, frente a procesos que no lograban todavía consolidarse.
 
 Pero recientemente hay muestras de procesos de recomposición de fuerzas conservadoras en países de gobiernos progresistas en el continente. Las amenazas a la continuidad en países como Brasil, Uruguay, Argentina, así como problemas enfrentados en Venezuela y, de forma distinta, incluso en Ecuador, apuntan a un fenómeno de ese orden.
 
 ¿En qué consisten esos intentos conservadores y cómo se dan?
 
Hay elementos comunes entre ellos: el rol desestabilizador de los medios de comunicación privados, con la fuerza que su control monopolista propicia. Campañas de denuncias de supuestas irregularidades de los gobiernos, que sirven para debilitar su imagen frente a la opinión publica, así como para descalificar los Estados, gobiernos, partidos, política, como forma indirecta de ensalzar el mercado y las grandes empresas privadas. Una acción que busca crear climas de pesimismo en el plan económico, de desánimo, de desaliento, que baje la misma auto estima de las personas. Sin esa acción del que funge como partido de oposición, no sería posible ningún intento de recomposición conservadora en nuestros países.
 
En base a la fuerza que acumule ese tipo de acciones, se busca proyectar candidatos que representarían la antítesis de los gobiernos progresistas, aunque tengan que reconocer éxitos de esos gobiernos, sobretodo en el área social, cuyos principales programas ellos dicen que van a mantener. Para lo cual necesitan caras jóvenes, “nuevas”, que representarían una renovación de la política y de los partidos, que ellos atacan todo el tiempo.
 
Sus caras pueden ser distintas – Marina da Silva en Brasil, Luis Lacalle en Uruguay, Héctor Capriles en Venezuela,   Mauricio Rodas, alcalde de Quito, en Ecuador, Sergio Massa en Argentina -, pero todos intentan presentarse como “novedades”, personajes que renovarían la política. Tienen todos, por detrás, al gran empresariado y sus intereses mercantiles, en contra de los intereses públicos y de los derechos sociales conquistados en estos años. Tienen alianzas internacionales que tienen a Estados Unidos como su referencia central, en contra de las políticas de integración regional y de intercambios Sur-Sur.
 
La experiencia de Sebastián Piñera en Chile fue un primer intento de ese tipo, con un empresario de éxito en la esfera privada, como supuesto mejor gobernante para el Estado. Su fracaso demuestra cómo esas nuevas caras apenas reproducen los viejos programas de la derecha tradicional y terminan fracasando.
 
 Significativamente, las alternativas que se presentan con alguna fuerza en los países progresistas, están todas a la derecha de los gobiernos, confirmando que las fuerzas que dirigen esos procesos copan el campo de la izquierda y de parte del centro. Los grupos de ultra izquierda, en todos esos países, nunca han logrado conformar alternativas, dejando que ese rol sea jugado siempre por fuerzas de derecha.
 
Sin embargo, ya  no es posible el camino liso y llano de golpes militares al estilo de décadas atrás, la derecha se vuelca hacia los procesos electorales, con grande maquinarias de publicidad, valiéndose además de los medios privados de comunicación como su arma esencial.
 
El éxito que puedan tener suponen, siempre, errores de esos mismos gobiernos, el más destacado entre ellos es la no democratización de los medios de comunicación, lo cual permite a la derecha disponer de un gran arma de acción. Pero hay también errores en las políticas económicas, con sus efectos en las políticas sociales – bastión fundamental del prestigio y del apoyo obtenido por esos gobiernos. Asimismo, cuando fallan las políticas sociales – a veces también por el efecto de la inflación, se pierde apoyo popular.
 
En las elecciones de este y del próximo años, algunos de esos intentos conservadores se juegan todas sus fuerzas, como son los casos de Brasil, Uruguay, Argentina, dado que en Bolivia todo indica que esas fuerzas están derrotadas antes mismo de la fase final del proceso electoral, que debe llevar a la reelección de Evo Morales.
 
 Brasil es un caso significativo, por la proyección que tiene el país en el plano internacional, así como por el peso del Présal para su futuro. La candidata originalmente ecologista, se proyecta como la nueva derecha, que ataca directamente la política externa de Brasil, así como el peso del Presal, así como propone la tradicional tesis de la derecha de la independencia del Banco Central, apoyada por todos los medios de comunicación privados. 
 
La forma cómo las fuerzas progresistas pueden neutralizar esos intentos conservadores disfrazados de “nuevos”, es avanzando en la democratización de los medios de comunicación, así como hacer las readecuaciones en los políticas económicas y sociales, no para retroceder, sino para avanzar en el camino victorioso en América Latina, en que los procesos de integración tienen que ganar, finalmente, la prioridad, siempre anunciada, pero nunca asumida efectivamente por sus gobiernos. El camino es el desarrollo económico con distribución de renta, otorgar un rol protagónico al Estado y dar prioridad a la integración regional y a los intercambios Sur-Sur.
 
Emir Sader, sociólogo y cientista político brasileño, es coordinador del Laboratório de Políticas Públicas de la Universidade Estadual do Rio de Janeiro (Uerj).
 



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Declaración final XX Encuentro del Foro de Sao Paulo




"Los partidos integrantes del Foro de Sao Paulo, reunidos en La Paz, Estado Plurinacional de Bolivia, del 25 al 29 de agosto de 2014 bajo la consigna "Derrotar la pobreza y la contraofensiva imperialista, conquistar el Vivir Bien, el Desarrollo y la Integración en Nuestra América" damos a conocer nuestra posición sobre diversos temas relacionados con la situación internacional y de nuestra Gran Patria Latinoamericana y Caribeña.
Agradecemos al Movimiento Al Socialismo - Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) de Bolivia por auspiciar el XX Encuentro del Foro de São Paulo, en este momento en que los países latinoamericanos y caribeños buscamos profundizar la integración regional con base a los principios de solidaridad entre los pueblos, desarrollo con cooperación y complementariedad, justicia social, democracia y participación popular.
Nos complace particularmente estar en un país donde un Gobierno de los Movimientos Sociales lleva a cabo una Revolución Democrática y Cultural fundamentada en la recuperación de los recursos naturales, el liderazgo estatal, la soberanía, el comunitarismo y el socialismo en la perspectiva del Vivir Bien.
Declaramos nuestro respaldo al compañero Evo Morales, a su gobierno y al MAS-IPSP, al mismo tiempo que felicitamos al pueblo boliviano por los grandes logros obtenidos en este proceso de cambios profundos: construcción del Estado Plurinacional y la aplicación de un modelo económico que genera excedentes y los redistribuye en beneficio de toda la población a través de distintos mecanismos. Estamos seguros que esta revolución se profundizará después de las elecciones de octubre próximo.
El FSP rescata el aporte de Bolivia a la teoría y práctica revolucionaria universal a partir del protagonismo de los Movimientos Sociales en la transformación revolucionaria y en la articulación del socialismo con el proyecto emancipador de los pueblos indígenas
Reafirmamos nuestro compromiso con el contenido de declaraciones anteriores, en particular la del XIX Encuentro realizado en São Paulo y la declaración del Grupo de Trabajo aprobada en Managua en febrero de 2014. Éstas apoyan la constitución del Estado Palestino de acuerdo con las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas, con soberanía sobre los territorios ocupados por los israelíes desde 1967.
También apoyan la independencia de Puerto Rico y exigen la inmediata liberación de Óscar López Rivera, así como condenan todas las formas de colonialismo en particular la persistencia de la dominación europea sobre países como Martinica, Guadalupe, Aruba, Bonaire, Curazao y la llamada Guyana Francesa y reafirman su derecho a la autodeterminación.
De la misma forma reivindican la recuperación de la soberanía de Argentina sobre las Islas Malvinas como una causa latinoamericana y caribeña, y desde una perspectiva favorable al establecimiento de una América Latina como región de paz y con relaciones de cooperación y complementariedad respaldan toda iniciativa que apunte a superar, sobre la base del diálogo y el respeto al derecho internacional, el diferendo boliviano-chileno mediante la salida soberana de Bolivia al mar.
A casi veinticinco años de la creación del Foro de Sao Paulo, una de las experiencias más exitosas y unitarias de la izquierda en la región latinoamericana y caribeña, el balance de la situación política es indudablemente favorable a las fuerzas políticas que lo componen.
Cuando fue creado el Foro de Sao Paulo, un solo país de esta región estaba gobernado por un partido perteneciente al Foro, y hoy son más de diez. La izquierda, con diferentes procesos de acumulación, en los últimos años no ha perdido las elecciones en ningún país de América Latina después de haberlas ganado. Los únicos casos donde ha perdido el gobierno han sido por golpes de Estado como en Honduras y Paraguay. Hoy América Latina vive, ya no una época de cambios, sino un cambio de época.
Sin embargo, los procesos progresistas y de izquierda llevados adelante en América Latina y en el Caribe prácticamente representan una excepción en un mundo que transita de un descenso relativo de la unipolaridad norteamericana hacia una situación multipolar en un contexto de crisis económicas, sociales y políticas, así como conflictos armados con implicaciones globales como la nueva agresión y ataque del gobierno de Israel al territorio palestino, particularmente de Gaza; los ataques de EUA y de la OTAN a Irak y Libia, que han llevado al crecimiento de grupos armados fundamentalistas como el "Estado Islámico" (EI) y las agresiones externas multinacionales en contra Siria.
Se señala también la injerencia externa en Ucrania a partir de la alianza entre los EUA y la UE con grupos neo-nazistas, tendientes a aislar a Rusia. Las contradicciones entre esta alianza y los independentistas de ciertas regiones del este de Ucrania provocaron la confrontación de ellos con el ejército de este país. Condenamos los ataques ucranianos contra la población civil y demandamos el inmediato cese de fuego.
Estos conflictos son expresiones del nuevo diseño de la geopolítica mundial donde los Estados Unidos tratan de afirmar la validez de la hegemonía o reaccionar a las presiones que sufren. En Irak está en disputa una de las principales regiones productoras de petróleo. En el caso de la crisis en Ucrania hay una reacción del gobierno de Putin a rechazar las provocaciones de la OTAN a tomar cerca de las fronteras rusas.
En respuesta a las sanciones impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea a Rusia, el gobierno de este país decidió embargar la compra de alimentos de estas economías. Esta medida afecta fuertemente a los agricultores de estos países y anima a nuevos proveedores, especialmente los de América Latina.
El FSP se solidariza con la lucha del pueblo saharaui que está impulsando el Frente Polisario y la RASD por los derechos territoriales que les asisten y que están siendo negados por la monarquía marroquí desde 1975. Saludamos al presidente de la RASD, Mohamed Abdelaziz, e instamos a los gobiernos de Nuestra América a que reconozcan a este gobierno permitiendo la apertura de sedes diplomáticas en sus países.
En este marco de confrontaciones militares, también existe una ofensiva de las fuerzas capitalistas neoliberales y del imperialismo, a través de sus corporaciones multinacionales, empresas y de la banca internacional, buscando controlar los recursos naturales, especialmente los bosques, los mares y las fuentes de agua, que alientan conflictos socio-ambientales, territoriales y culturales con las comunidades campesinas e indígenas originarias en los cinco continentes, comunidades que deberían ser consultadas de acuerdo a la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos colectivos de los pueblos indígenas a fin de respetar sus derechos territoriales.
El FSP lucha por defender el medio ambiente, los recursos naturales, los mares, los bosques y el agua. Asimismo, lucha contra los desastrosos impactos del incremento de los gases de efecto invernadero, en camino hacia la COP 20 en Lima en diciembre de 2014 y la COP 21 en Paris en diciembre de 2015 sobre cambio climático, buscando un acuerdo global que lo mitigue, además de impulsar una economía y cultura productiva sostenible, sustentable, renovable, con prácticas solidarias y de Vivir Bien, combatiendo el tipo de economías primario exportadoras sometidas al mercado mundial.
En este sentido expresamos nuestra solidaridad con la posición ecológica, humanista y reivindicativa del gobierno y del pueblo de Ecuador en su lucha contra la transnacional petrolera Chevron, que tanto daño ha causado a su Amazonía y a varios pueblos del mundo.
En el momento actual afloran dos elementos políticos de la mayor importancia. Uno de ellos es la indiscutible continuidad en el avance de las fuerzas progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribe. Felicitamos al pueblo salvadoreño y al FMLN por la victoria obtenida en las elecciones presidenciales de este año, encabezado por Salvador Sánchez Cerén, miembro de la comandancia general en la guerra civil, negociador y firmante de los Acuerdos de Paz en 1992, quien continuará y profundizará los cambios de transición democrática en El Salvador, iniciados en 2009 con el primer gobierno del FMLN.
Sumado a esto, tenemos el avance sin precedentes de la izquierda en Costa Rica con el Frente Amplio y en Honduras con las posiciones conquistadas con el Partido LIBRE a pesar que el régimen militarista hondureño continúa asesinando a dirigentes políticos de la oposición. En estos dos países, las fuerzas de izquierda constituyen ahora formidables destacamentos organizados en lucha por el cambio social y con importante espacios institucionales.
En Centro América señalamos la importancia del avance de la izquierda, y en particular la presencia y el impacto de la Revolución Sandinista nuevamente en marcha en Nicaragua, luego de la recuperación del poder por el sandinismo en 2006. Dicho proceso revolucionario se ha consolidado sustancialmente mediante la construcción de la hegemonía política revolucionaria que se manifiesta en un abrumador y sostenido respaldo popular a la gestión del actual gobierno sandinista encabezado por el Presidente de Nicaragua, Comandante Daniel Ortega. La existencia de un movimiento social y de fuerzas armadas y de seguridad surgidas de la revolución, así como la hegemonía sandinista a nivel institucional y del poder político en su conjunto, han permitido avanzar en la construcción de la democracia directa como nuevo modelo político, y se ha logrado la democratización de los medios de comunicación, mientras también se construye exitosamente el poder económico popular mediante políticas y programas orientados hacia este objetivo.
Esto ha significado notables avances en el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo nicaragüense, en el marco de un sostenido crecimiento económico que tendrá su consolidación sustancial con la construcción y puesta en marcha del canal interoceánico.
En Chile saludamos la victoria de la presidenta Michelle Bachelet, a la cabeza de la coalición Nueva Mayoría. Nos solidarizamos con el impulso de las reformas estructurales que se llevan a cabo en Chile y celebramos la recuperación del compromiso de su política exterior con los procesos de integración y convergencia regional.
En respuesta a estos logros, la derecha y ultraderecha fascista reinciden en implementar una estrategia de desestabilización en gran medida como reacción a su incapacidad de derrotar políticamente a las fuerzas populares que en sucesivas contiendas han resultado vencedoras. Aquello ocurrió nuevamente este año en Venezuela, donde la oligarquía y la ultraderecha fascista insistieron en llevar a cabo varias acciones golpistas que con anterioridad habían fracasado estrepitosamente, suponiendo a esta vez, que la ausencia física de nuestro recordado Comandante Hugo Chávez haría la diferencia para beneficio de sus planes. Pero en Venezuela hay un pueblo consciente, movilizado y organizado, así como Fuerzas Armadas bolivarianas cuya disciplina tiene como fundamento su conciencia patriótica en defensa de la Revolución.
Las fuerzas de la derecha en Venezuela intentan, a través de la violencia, provocar una guerra civil y desconocer la indudable legitimidad del gobierno del Presidente Nicolás Maduro Moros. Rechazamos de la manera más categórica el intento del gobierno de Estados Unidos de secuestrar a un diplomático venezolano, el general Hugo Carvajal, el pasado mes de julio en Aruba, hecho que reitera la campaña orquestada por la derecha contra la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Con este hecho buscaban desencadenar una grave crisis entre los dos países de la región. Expresamos nuestra solidaridad con el pueblo venezolano, que enfrenta una guerra económica y mediática sin precedentes, preparada por los grupos oligárquicos nacionales, consorcios económicos transnacionales y el Departamento de Estado estadounidense.
Como parte de una contraofensiva global del imperialismo y de las derechas, es necesario alertar a los partidos y gobiernos de la región sobre el peligro de la restauración conservadora que pretende introducir en nuestros países, a través de una amplia gama de instrumentos subversivos dirigidos y coordinados por los Estados Unidos, conjuntamente con organizaciones políticas y sociales de la derecha, corporaciones transnacionales, medios de comunicación, entre otros actores contrarrevolucionarios, que atentan contra los gobiernos que en su opinión constituyen un obstáculo o afectan su interés global.
Especial mención merece el seguimiento y denuncia de los Tratados Bilaterales de Inversión firmados por nuestros países en la última década del siglo pasado, durante el auge del oscuro neoliberalismo, cuya aplicación puede constituirse, en estos momentos, en factor de profunda desestabilización económica y en instrumento de chantaje internacional a nuestros países, violando nuestra soberanía.
Estas estrategias mediáticas, económicas, políticas y sociales, implementadas a nivel nacional e internacional, a menudo preceden a una invasión militar directa, pero también están presentes en la aplicación de los preceptos del llamado poder inteligente puesto en práctica en el periodo más reciente.
Actualmente está en curso lo que puede denominarse "guerra no convencional", a ejemplo de agresiones militares como en el caso de Libia, y determinadas prácticas de influencia política de mediano plazo se combinan con una mayor radicalidad en las acciones desestabilizadoras, que desembozadamente procuran el llamado "cambio de régimen" mediante revueltas "supuestamente populares", focos terroristas e injerencias imperialistas que pueden derivar en un conflicto armado, como es el caso sirio.
El pueblo venezolano derrotó las acciones terroristas al inicio de este año, con la movilización popular, con el llamado al diálogo político convocado por el Presidente Nicolás Maduro, la fortaleza de todas las instituciones de la democracia y la firme posición asumida por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, comprometido con la paz y los principios establecidos en la Constitución.
Condenamos la criminalización de las luchas sociales en varios países, particularmente en Guatemala, donde la alianza militar oligárquica que gobierna el país recrudece la represión contra los pueblos indígenas y los movimientos reivindicativos en defensa de los bienes naturales, de la tierra y sus territorios que están siendo invadidos y saqueados por empresas nacionales y transnacionales.
Expresamos también nuestra preocupación por la grave situación de violación a los derechos humanos que padecen los migrantes sudamericanos y caribeños que cruzan por América Central y México. Demandamos el respecto a su integridad física y sus derechos humanos.
Nos preocupa la detención de cientos de niñas, niños y jóvenes por las autoridades migratorias norteamericanas y condenamos las actitudes xenofóbicas de grupos conservadores de Estados Unidos que buscan expulsarlos violando las leyes de este país. Nos solidarizamos con el movimiento migrante en EUA en su demanda de una reforma migratoria integral.
Todos estos planes antidemocráticos contra nuestros pueblos siguen siendo ejecutados en estos días, como la acción de los Fondos Buitres que hoy avanzan sobre Argentina, y constituyen una amenaza para América Latina y el Caribe, atacando la soberanía política y económica. La acción de estos fondos, instrumentos del capital financiero, pretende recuperar la incidencia del neoliberalismo sobre los gobiernos.
En ese sentido, resaltamos los esfuerzos de Argentina de impulsar instrumentos legales para recuperar jurisdicción sobre la deuda.
En Cuba, se mantiene el criminal, injusto e inhumano bloqueo comercial, financiero y económico sobre la Isla, a lo que se suma la práctica unilateral del gobierno estadounidense de mantener a Cuba en el listado anual de países que auspician el terrorismo, y aunque el pueblo y gobierno cubano han sabido salir adelante, debemos continuar nuestra lucha por el levantamiento de ese cerco. Igualmente debemos luchar por impedir la aplicación de leyes de carácter extraterritorial con las cuales los Estados Unidos de América pretenden presionar a gobiernos y empresas amigas de la Isla, y por la libertad de los Héroes cubanos encarcelados en prisiones estadounidenses por luchar contra el terrorismo practicado contra el pueblo cubano.
Destacamos el proceso de actualización del socialismo que tiene lugar en Cuba y que debemos acompañar con atención, debido a su importancia estratégica y económica para el país y para toda América Latina y el Caribe. Su papel protagónico en el ámbito regional e internacional salió fortalecido en la II Cumbre de CELAC cuando se hizo patente el respeto hacia el país y sus líderes y se demostró, una vez más, el aislamiento de la política de EUA hacia Cuba.
Los gobiernos de Chile, Colombia, México y Perú firmaron en abril del 2011 la creación de la Alianza del Pacífico (AP) que, según la Declaración de Lima, trata de "alentar la integración regional, así como un mayor crecimiento, desarrollo y competitividad "de las economías de sus países y "avanzar progresivamente hacia el objetivo de alcanzar la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas".
Además, en 2012 se retomaron las negociaciones para firmar un Acuerdo Estratégico Transpacífico de Cooperación Económica o TPP (por sus siglas en inglés), tratado de libre comercio multilateral, que involucra a 12 naciones: Estados Unidos, Japón, Australia, Nueva Zelanda Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, y los latinoamericanos México, Perú y Chile.
Tanto la AP como el TPP buscan impulsar los Tratados de Libre Comercio (TLC) con los países de la cuenca del Pacífico, que han tenido hasta ahora resultados nefastos para nuestros pueblos. Se trata de una creación de los gobiernos de los EUA y las potencias imperialistas que buscan dividir la integración económica, comercial, política y cultural de los pueblos latinoamericanos y caribeños, expresada en los diferentes procesos propios de Nuestra América. El FSP rechaza estas dos formas de integración subordinada a las grandes potencias.
En este contexto, se destaca la importancia de la reciente reunión de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), celebrada en Fortaleza - Brasil y sus decisiones para crear un Banco de Desarrollo y de la "Cuota Acuerdo de Reserva". Asimismo, la reunión entre los BRICS y UNASUR, así como entre China y la coordinación de la CELAC y la Cumbre del G-77 más China. Estas representan importantes arenas de discusión y cooperación soberana entre bloques que comparten su malestar con los mecanismos actuales de gobernanza global que todavía responden a la escena internacional establecida hace más de medio siglo y que ya no corresponde a la realidad.
Desde la perspectiva de la unidad e integración latinoamericana, así como de las relaciones Sur-Sur, es importante actuar con mayor pro-actividad en el fortalecimiento de todos los mecanismos de integración y foros políticos regionales como la UNASUR y la CELAC - el instrumento de interlocución de América Latina y el Caribe. De la misma forma el Mercosur, el ALBA, PETROCARIBE y CARICOM, así como el Área Complementaria establecida entre ellos. En este sentido el FSP debe avanzar en propuestas concretas y, cuando estos mecanismos de integración plantean la constitución de parlamentos, defendemos que sean de composición plural.
Es fundamental que el Mercosur continúe con el proceso de ampliación de la integración iniciada en el Cono Sur, mediante la realización de las medidas necesarias e imprescindibles para su consolidación en todos los planos, sobre todo en el desarrollo de la iniciativa del Mercosur Social y Productivo. En este marco, debemos darle un impulso definitivo a la integración plena de Bolivia y Ecuador como señal inequívoca de solidez del proceso de crecimiento del Mercosur y de la región a nivel internacional. La realización en Caracas, Venezuela, de la Cumbre de Presidentes del Mercosur después de haber sido postergada varias veces, permitió reanudar la iniciativa regional que requiere acelerar los procesos focales de integración y las cadenas de suministro regionales, la integración energética y de infraestructura, los planes estratégicos, la acción social y la consolidación del Banco del Sur.
El logro de una paz justa y democrática en Colombia es fundamental para la estabilidad de la región. Respaldamos resueltamente el diálogo entre las FARC-EP y el gobierno colombiano, en un ambiente de cese al fuego bilateral y la humanización del conflicto. Apoyamos la apertura formal de negociaciones con el ELN y el inicio de contactos con el EPL
Así vamos avanzando y construyendo nuestros propios caminos, surgidos de nuestra propia realidad y de nuestra propia historia. Debemos coordinar y convocar a las organizaciones sociales de la región a participar en el desarrollo del proceso de integración latinoamericano y caribeño convirtiendo esta causa en una de sus principales reivindicaciones políticas. Sólo el desarrollo de este proceso integracionista garantiza la autodeterminación y la soberanía de nuestros países y, una vez que nuestros pueblos asuman esta bandera, el proceso será irreversible.
Un nuevo modelo económico y social alternativo al neoliberal supone rompimiento radical con el sistema patriarcal de organización social y política. Por eso el FSP se compromete con la igualdad plena de todas las personas y demanda la garantía de sus derechos humanos independientemente de su género, opciones sexuales o el hecho que sean trabajadores sexuales.
Convocamos a todas y todos a la batalla que constituyen las próximas elecciones presidenciales en Bolivia, Brasil y Uruguay en el mes de octubre de este año, respaldando y apoyando las respectivas fórmulas electorales de Evo Morales Ayma y Álvaro Garcia Linera, Dilma Rousseff y Michel Temer y Tabaré Vázquez y Raúl Sendic.
En estas elecciones la disputa es nuevamente intensa entre izquierda y derecha, y los medios siguen cumpliendo el papel de principales "partidos de oposición". Nuestra victoria es vital para la continuación del proceso de transformaciones económicas, sociales y políticas en la región latinoamericana y caribeña.
Finalmente, agradecemos al Partido de la Revolución Democrática y al Partido de los Trabajadores, ambos de México por su ofrecimiento a auspiciar el XXI Encuentro del Foro de São Paulo en el año 2015".
Dado en la Paz, Estado Plurinacional de Bolivia, a los veintinueve días del mes de agosto de 2014

Samir Amin:The Return of Fascism in Contemporary Capitalism


Samir Amin is director of the Third World Forum in Dakar, Senegal. His books published by Monthly Review Press include The Liberal VirusThe World We Wish to SeeThe Law of Worldwide Value, and, most recently, The Implosion of Contemporary Capitalism. This article was translated from the French by James Membrez.
It is not by chance that the very title of this contribution links the return of fascism on the political scene with the crisis of contemporary capitalism. Fascism is not synonymous with an authoritarian police regime that rejects the uncertainties of parliamentary electoral democracy. Fascism is a particular political response to the challenges with which the management of capitalist society may be confronted in specific circumstances.
Unity and Diversity of Fascism
Political movements that can rightly be called fascist were in the forefront and exercised power in a number of European countries, particularly during the 1930s up to 1945. These included Italy’s Benito Mussolini, Germany’s Adolf Hitler, Spain’s Francisco Franco, Portugal’s António de Oliveira Salazar, France’s Philippe Pétain, Hungary’s Miklós Horthy, Romania’s Ion Antonescu, and Croatia’s Ante Pavelic. The diversity of societies that were the victims of fascism—both major developed capitalist societies and minor dominated capitalist societies, some connected with a victorious war, others the product of defeat—should prevent us from lumping them all together. I shall thus specify the different effects that this diversity of structures and conjunctures produced in these societies.
Yet, beyond this diversity, all these fascist regimes had two characteristics in common:
(1) In the circumstances, they were all willing to manage the government and society in such a way as not to call the fundamental principles of capitalism into question, specifically private capitalist property, including that of modern monopoly capitalism. That is why I call these different forms of fascism particular ways of managing capitalism and not political forms that challenge the latter’s legitimacy, even if “capitalism” or “plutocracies” were subject to long diatribes in the rhetoric of fascist speeches. The lie that hides the true nature of these speeches appears as soon as one examines the “alternative” proposed by these various forms of fascism, which are always silent concerning the main point—private capitalist property. It remains the case that the fascist choice is not the only response to the challenges confronting the political management of a capitalist society. It is only in certain conjunctures of violent and deep crisis that the fascist solution appears to be the best one for dominant capital, or sometimes even the only possible one. The analysis must, then, focus on these crises.
(2) The fascist choice for managing a capitalist society in crisis is always based—by definition even—on the categorical rejection of “democracy.” Fascism always replaces the general principles on which the theories and practices of modern democracies are based—recognition of a diversity of opinions, recourse to electoral procedures to determine a majority, guarantee of the rights of the minority, etc.—with the opposed values of submission to the requirements of collective discipline and the authority of the supreme leader and his main agents. This reversal of values is then always accompanied by a return of backward-looking ideas, which are able to provide an apparent legitimacy to the procedures of submission that are implemented. The proclamation of the supposed necessity of returning to the (“medieval”) past, of submitting to the state religion or to some supposed characteristic of the “race” or the (ethnic) “nation” make up the panoply of ideological discourses deployed by the fascist powers.
The diverse forms of fascism found in modern European history share these two characteristics and fall into one of the following four categories:
(1) The fascism of the major “developed” capitalist powers that aspired to become dominant hegemonic powers in the world, or at least in the regional, capitalist system.
Nazism is the model of this type of fascism. Germany became a major industrial power beginning in the 1870s and a competitor of the hegemonic powers of the era (Great Britain and, secondarily, France) and of the country that aspired to become hegemonic (the United States). After the 1918 defeat, it had to deal with the consequences of its failure to achieve its hegemonic aspirations. Hitler clearly formulated his plan: to establish over Europe, including Russia and maybe beyond, the hegemonic domination of “Germany,” i.e., the capitalism of the monopolies that had supported the rise of Nazism. He was disposed to accept a compromise with his major opponents: Europe and Russia would be given to him, China to Japan, the rest of Asia and Africa to Great Britain, and the Americas to the United States. His error was in thinking that such a compromise was possible: Great Britain and the United States did not accept it, while Japan, in contrast, supported it.
Japanese fascism belongs to the same category. Since 1895, modern capitalist Japan aspired to impose its domination over all of East Asia. Here the slide was made “softly” from the “imperial” form of managing a rising national capitalism—based on apparently “liberal” institutions (an elected Diet), but in fact completely controlled by the Emperor and the aristocracy transformed by modernization—to a brutal form, managed directly by the military High Command. Nazi Germany made an alliance with imperial/fascist Japan, while Great Britain and the United States (after Pearl Harbor, in 1941) clashed with Tokyo, as did the resistance in China—the deficiencies of the Kuomintang being compensated for by the support of the Maoist Communists.
(2) The fascism of second rank capitalist powers.
Italy’s Mussolini (the inventor of fascism, including its name) is the prime example. Mussolinism was the response of the Italian right (the old aristocracy, new bourgeoisie, middle classes) to the crisis of the 1920s and the growing communist threat. But neither Italian capitalism nor its political instrument, Mussolini’s fascism, had the ambition to dominate Europe, let alone the world. Despite all the boasts of the Duce about reconstructing the Roman Empire (!), Mussolini understood that the stability of his system rested on his alliance—as a subaltern—either with Great Britain (master of the Mediterranean) or Nazi Germany. Hesitation between the two possible alliances continued right up to the eve of the Second World War.
The fascism of Salazar and Franco belong to this same type. They were both dictators installed by the right and the Catholic Church in response to the dangers of republican liberals or socialist republicans. The two were never, for this reason, ostracized for their anti-democratic violence (under the pretext of anti-communism) by the major imperialist powers. Washington rehabilitated them after 1945 (Salazar was a founding member of NATO and Spain consented to U.S. military bases), followed by the European Community—guarantor by nature of the reactionary capitalist order. After the Carnation Revolution (1974) and the death of Franco (1980), these two systems joined the camp of the new low-intensity “democracies” of our era.
(3) The fascism of defeated powers.
These include France’s Vichy government, as well as Belgium’s Léon Degrelle and the “Flemish” pseudo-government supported by the Nazis. In France, the upper class chose “Hitler rather than the Popular Front” (see Annie Lacroix-Riz’s books on this subject). This type of fascism, connected with defeat and submission to “German Europe,” was forced to retreat into the background following the defeat of the Nazis. In France, it gave way to the Resistance Councils that, for a time, united Communists with other Resistance fighters (Charles de Gaulle in particular). Its further evolution had to wait (with the initiation of European construction and France’s joining the Marshall Plan and NATO, i.e., the willing submission to U.S. hegemony) for the conservative right and anti-communist, social-democratic right to break permanently with the radical left that came out of the anti-fascist and potentially anti-capitalist Resistance.
(4) Fascism in the dependent societies of Eastern Europe.
We move down several degrees more when we come to examine the capitalist societies of Eastern Europe (Poland, the Baltic states, Romania, Hungary, Yugoslavia, Greece, and western Ukraine during the Polish era). We should here speak of backward and, consequently, dependent capitalism. In the interwar period, the reactionary ruling classes of these countries supported Nazi Germany. It is, nevertheless, necessary to examine on a case-by-case basis their political articulation with Hitler’s project.
In Poland, the old hostility to Russian domination (Tsarist Russia), which became hostility to the communist Soviet Union, encouraged by the popularity of the Catholic Papacy, would normally have made this country into Germany’s vassal, on the Vichy model. But Hitler did not understand it that way: the Poles, like the Russians, Ukrainians, and Serbs, were people destined for extermination, along with Jews, the Roma, and several others. There was, then, no place for a Polish fascism allied with Berlin.
Horthy’s Hungary and Antonescu’s Romania were, in contrast, treated as subaltern allies of Nazi Germany. Fascism in these two countries was itself the result of social crises specific to each of them: fear of “communism” after the Béla Kun period in Hungary and the national chauvinist mobilization against Hungarians and Ruthenians in Romania.
In Yugoslavia, Hitler’s Germany (followed by Mussolini’s Italy) supported an “independent” Croatia, entrusted to the management of the anti-Serb Ustashi with the decisive support of the Catholic Church, while the Serbs were marked for extermination.
The Russian Revolution had obviously changed the situation with regard to the prospects of working-class struggles and the response of the reactionary propertied classes, not only in the territory of the pre–1939 Soviet Union, but also in the lost territories—the Baltic states and Poland. Following the Treaty of Riga in 1921, Poland annexed the western parts of Belarus (Volhynia) and Ukraine (southern Galicia, which was previously an Austrian Crownland; and northern Galicia, which had been a province of the Tsarist Empire).
In this whole region, two camps took form from 1917 (and even from 1905 with the first Russian Revolution): pro-socialist (which became pro-Bolshevik), popular in large parts of the peasantry (which aspired to a radical agrarian reform for their benefit) and in intellectual circles (Jews in particular); and anti-socialist (and consequently complaisant with regard to anti-democratic governments under fascist influence) in all the landowning classes. The reintegration of the Baltic states, Belarus, and western Ukraine into the Soviet Union in 1939 emphasized this contrast.
The political map of the conflicts between “pro-fascists” and “anti-fascists” in this part of Eastern Europe was blurred, on the one hand, by the conflict between Polish chauvinism (which persisted in its project of “Polonizing” the annexed Belarussian and Ukrainian regions by settler colonies) and the victimized peoples; and, on the other hand, by the conflict between the Ukrainian “nationalists,” who were both anti-Polish and anti-Russian (because of anti-communism) and Hitler’s project, which envisaged no Ukrainian state as a subaltern ally, since its people were simply marked for extermination.
I here refer the reader to Olha Ostriitchouk’s authoritative work Les Ukrainiens face à leur passé.1 Ostriitchouk’s rigorous analysis of the contemporary history of this region (Austrian Galicia, Polish Ukraine, Little Russia, which became Soviet Ukraine) will provide the reader with an understanding of the issues at stake in the still ongoing conflicts as well as the place occupied by local fascism.
The Western Right’s Complaisant View of Past and Present Fascism
The right in European parliaments between the two world wars was always complaisant about fascism and even about the more repugnant Nazism. Churchill himself, regardless of his extreme “Britishness,” never hid his sympathy for Mussolini. U.S. presidents, and the establishment Democratic and Republican parties, only discovered belatedly the danger presented by Hitler’s Germany and, above all, imperial/fascist Japan. With all the cynicism characteristic of the U.S. establishment, Truman openly avowed what others thought quietly: allow the war to wear out its protagonists—Germany, Soviet Russia, and the defeated Europeans—and intervene as late as possible to reap the benefits. That is not at all the expression of a principled anti-fascist position. No hesitation was shown in the rehabilitation of Salazar and Franco in 1945. Furthermore, connivance with European fascism was a constant in the policy of the Catholic Church. It would not strain credibility to describe Pius XII as a collaborator with Mussolini and Hitler.
Hitler’s anti-Semitism itself aroused opprobrium only much later, when it reached the ultimate stage of its murderous insanity. The emphasis on hate for “Judeo-Bolshevism” stirred up by Hitler’s speeches was common to many politicians. It was only after the defeat of Nazism that it was necessary to condemn anti-Semitism in principle. The task was made easier because the self-proclaimed heirs to the title of “victims of the Shoah” had become the Zionists of Israel, allies of Western imperialism against the Palestinians and the Arab people—who, however, had never been involved in the horrors of European anti-Semitism!
Obviously, the collapse of the Nazis and Mussolini’s Italy obliged rightist political forces in Western Europe (west of the “curtain”) to distinguish themselves from those who—within their own groups—had been accomplices and allies of fascism. Yet, fascist movements were only forced to retreat into the background and hide behind the scenes, without really disappearing.
In West Germany, in the name of “reconciliation,” the local government and its patrons (the United States, and secondarily Great Britain and France) left in place nearly all those who had committed war crimes and crimes against humanity. In France, legal proceedings were initiated against the Resistance for “abusive executions for collaboration” when the Vichyists reappeared on the political scene with Antoine Pinay. In Italy, fascism became silent, but was still present in the ranks of Christian Democracy and the Catholic Church. In Spain, the “reconciliation” compromise imposed in 1980 by the European Community (which later became the European Union) purely and simply prohibited any reminder of Francoist crimes.
The support of the socialist and social-democratic parties of Western and Central Europe for the anti-communist campaigns undertaken by the conservative right shares responsibility for the later return of fascism. These parties of the “moderate” left had, however, been authentically and resolutely anti-fascist. Yet all of that was forgotten. With the conversion of these parties to social liberalism, their unconditional support for European construction—systematically devised as a guarantee for the reactionary capitalist order—and their no less unconditional submission to U.S. hegemony (through NATO, among other means), a reactionary bloc combining the classic right and the social liberals has been consolidated; one that could, if necessary, accommodate the new extreme right.
Subsequently, the rehabilitation of East European fascism was quickly undertaken beginning in 1990. All of the fascist movements of the countries concerned had been faithful allies or collaborators to varying degrees with Hitlerism. With the approaching defeat, a large number of their active leaders had been redeployed to the West and could, consequently, “surrender” to the U.S. armed forces. None of them were returned to Soviet, Yugoslav, or other governments in the new people’s democracies to be tried for their crimes (in violation of Allied agreements). They all found refuge in the United States and Canada. And they were all pampered by the authorities for their fierce anti-communism!
In Les Ukrainiens face à leur passé, Ostriitchouk provides everything necessary to establish irrefutably the collusion between the objectives of U.S. policy (and behind it of Europe) and those of the local fascists of Eastern Europe (specifically, Ukraine). For example, “Professor” Dmytro Dontsov, up to his death (in 1975), published all his works in Canada, which are not only violently anti-communist (the term “Judeo-Bolshevism” is customary with him), but also even fundamentally anti-democratic. The governments of the so-called democratic states of the West supported, and even financed and organized, the “Orange Revolution” (i.e., the fascist counter-revolution) in Ukraine. And all that is continuing. Earlier, in Yugoslavia, Canada had also paved the way for the Croatian Ustashis.
The clever way in which the “moderate” media (which cannot openly acknowledge that they support avowed fascists) hide their support for these fascists is simple: they substitute the term “nationalist” for fascist. Professor Dontsov is no longer a fascist, he is a Ukrainian “nationalist,” just like Marine Le Pen is no longer a fascist, but a nationalist (as Le Monde, for example, has written)!
Are these authentic fascists really “nationalists,” simply because they say so? That is doubtful. Nationalists today deserve this label only if they call into question the power of the actually dominant forces in the contemporary world, i.e., that of the monopolies of the United States and Europe. These so-called “nationalists” are friends of Washington, Brussels, and NATO. Their “nationalism” amounts to chauvinistic hatred of largely innocent neighboring people who were never responsible for their misfortunes: for Ukrainians, it is Russians (and not the Tsar); for Croatians, it is the Serbs; for the new extreme right in France, Austria, Switzerland, Greece, and elsewhere, it is “immigrants.”
The danger represented by the collusion between major political forces in the United States (Republicans and Democrats) and Europe (the parliamentary right and the social liberals), on one side, and the fascists of the East, on the other, should not be underestimated. Hillary Clinton has set herself up as leading spokeswoman of this collusion and pushes war hysteria to the limit. Even more than George W. Bush, if that is possible, she calls for preventive war with a vengeance (and not only for repetition of the Cold War) against Russia—with even more open intervention in Ukraine, Georgia, and Moldova, among other places—against China, and against people in revolt in Asia, Africa, and Latin America. Unfortunately, this headlong flight of the United States in response to its decline could find sufficient support to allow Hillary Clinton to become “the first woman president of the United States!” Let’s not forget what hides behind this false feminist.
Undoubtedly, the fascist danger might still appear today to be no threat to the “democratic” order in the United States and Europe west of the old “Curtain.” The collusion between the classic parliamentary right and the social liberals makes it unnecessary for dominant capital to resort to the services of an extreme right that follows in the wake of the historical fascist movements. But then what should we conclude about the electoral successes of the extreme right over the last decade? Europeans are clearly also victims of the spread of generalized monopoly capitalism.2 We can see why, then, when confronted with collusion between the right and the so-called socialist left, they take refuge in electoral abstention or in voting for the extreme right. The responsibility of the potentially radical left is, in this context, huge: if this left had the audacity to propose real advances beyond current capitalism, it would gain the credibility that it lacks. An audacious radical left is necessary to provide the coherence that the current piecemeal protest movements and defensive struggles still lack. The “movement” could, then, reverse the social balance of power in favor of the working classes and make progressive advances possible. The successes won by the popular movements in South America are proof of that.
In the current state of things, the electoral successes of the extreme right stem from contemporary capitalism itself. These successes allow the media to throw together, with the same opprobrium, the “populists of the extreme right and those of the extreme left,” obscuring the fact that the former are pro-capitalist (as the term extreme right demonstrates) and thus possible allies for capital, while the latter are the only potentially dangerous opponents of capital’s system of power.
We observe, mutatis mutandis, a similar conjuncture in the United States, although its extreme right is never called fascist. The McCarthyism of yesterday, just like the Tea Party fanatics and warmongers (e.g., Hillary Clinton) of today, openly defend “liberties”—understood as exclusively belonging to the owners and managers of monopoly capital—against “the government,” suspected of acceding to the demands of the system’s victims.
One last observation about fascist movements: they seem unable to know when and how to stop making their demands. The cult of the leader and blind obedience, the acritical and supreme valorization of pseudo-ethnic or pseudo-religious mythological constructions that convey fanaticism, and the recruitment of militias for violent actions make fascism into a force that is difficult to control. Mistakes, even beyond irrational deviations from the viewpoint of the social interests served by the fascists, are inevitable. Hitler was a truly mentally ill person, yet he could force the big capitalists who had put him in power to follow him to the end of his madness and even gained the support of a very large portion of the population. Although that is only an extreme case, and Mussolini, Franco, Salazar, and Pétain were not mentally ill, a large number of their associates and henchmen did not hesitate to perpetrate criminal acts.
Fascism in the Contemporary South
The integration of Latin America into globalized capitalism in the nineteenth century was based on the exploitation of peasants reduced to the status of “peons” and their subjection to the savage practices of large landowners. The system of Porfiro Diaz in Mexico is a good example. The furtherance of this integration in the twentieth century produced the “modernization of poverty.” The rapid rural exodus, more pronounced and earlier in Latin America than in Asia and Africa, led to new forms of poverty in the contemporary urban favelas, which came to replace older forms of rural poverty. Concurrently, forms of political control of the masses were “modernized” by establishing dictatorships, abolishing electoral democracy, prohibiting parties and trade unions, and conferring on “modern” secret services all rights to arrest and torture through their intelligence techniques. Clearly, these forms of political management are visibly similar to those of fascism found in the countries of dependent capitalism in Eastern Europe. The dictatorships of twentieth-century Latin America served the local reactionary bloc (large landowners, comprador bourgeoisies, and sometimes middle classes that benefited from this type of lumpen development), but above all, they served dominant foreign capital, specifically that of the United States, which, for this reason, supported these dictatorships up to their reversal by the recent explosion of popular movements. The power of these movements and the social and democratic advances that they have imposed exclude—at least in the short term—the return of para-fascist dictatorships. But the future is uncertain: the conflict between the movement of the working classes and local and world capitalism has only begun. As with all types of fascism, the dictatorships of Latin America did not avoid mistakes, some of which were fatal to them. I am thinking, for example, of Jorge Rafael Videla, who went to war over the Malvinas Islands to capitalize on Argentine national sentiment for his benefit.
Beginning in the 1980s, the lumpen development characteristic of the spread of generalized monopoly capitalism took over from the national populist systems of the Bandung era (1955–1980) in Asia and Africa.3 This lumpen development also produced forms akin both to the modernization of poverty and modernization of repressive violence. The excesses of the post–Nasserist and post–Baathist systems in the Arab world provide good examples of this. We should not lump together the national populist regimes of the Bandung era and those of their successors, which jumped on the bandwagon of globalized neoliberalism, because they were both “non-democratic.” The Bandung regimes, despite their autocratic political practices, benefitted from some popular legitimacy both because of their actual achievements, which benefited the majority of workers, and their anti-imperialist positions. The dictatorships that followed lost this legitimacy as soon as they accepted subjection to the globalized neoliberal model and accompanying lumpen development. Popular and national authority, although not democratic, gave way to police violence as such, in service of the neoliberal, anti-popular, and anti-national project.
The recent popular uprisings, beginning in 2011, have called into question the dictatorships. But the dictatorships have only been called into question. An alternative will only find the means to achieve stability if it succeeds in combining the three objectives around which the revolts have been mobilized: continuation of the democratization of society and politics, progressive social advances, and the affirmation of national sovereignty.
We are still far from that. That is why there are multiple alternatives possible in the visible short term. Can there be a possible return to the national popular model of the Bandung era, maybe with a hint of democracy? Or a more pronounced crystallization of a democratic, popular, and national front? Or a plunge into a backward-looking illusion that, in this context, takes on the form of an “Islamization” of politics and society?
In the conflict over—in much confusion—these three possible responses to the challenge, the Western powers (the United States and its subaltern European allies) have made their choice: they have given preferential support to the Muslim Brotherhood and/or other “Salafist” organizations of political Islam. The reason for that is simple and obvious: these reactionary political forces accept exercising their power within globalized neoliberalism (and thus abandoning any prospect for social justice and national independence). That is the sole objective pursued by the imperialist powers.
Consequently, political Islam’s program belongs to the type of fascism found in dependent societies. In fact, it shares with all forms of fascism two fundamental characteristics: (1) the absence of a challenge to the essential aspects of the capitalist order (and in this context this amounts to not challenging the model of lumpen development connected to the spread of globalized neoliberal capitalism); and (2) the choice of anti-democratic, police-state forms of political management (such as the prohibition of parties and organizations, and forced Islamization of morals).
The anti-democratic option of the imperialist powers (which gives the lie to the pro-democratic rhetoric found in the flood of propaganda to which we are subjected), then, accepts the possible “excesses” of the Islamic regimes in question. Like other types of fascism and for the same reasons, these excesses are inscribed in the “genes” of their modes of thought: unquestioned submission to leaders, fanatic valorization of adherence to the state religion, and the formation of shock forces used to impose submission. In fact, and this can be seen already, the “Islamist” program makes progress only in the context of a civil war (between, among others, Sunnis and Shias) and results in nothing other than permanent chaos. This type of Islamist power is, then, the guarantee that the societies in question will remain absolutely incapable of asserting themselves on the world scene. It is clear that a declining United States has given up on getting something better—a stable and submissive local government—in favor of this “second best.”
Similar developments and choices are found outside of the Arab-Muslim world, such as Hindu India, for example. The Bharatiya Janata Party (BJP), which just won the elections in India, is a reactionary Hindu religious party that accepts the inclusion of its government into globalized neoliberalism. It is the guarantor that India, under its government, will retreat from its project to be an emerging power. Describing it as fascist, then, is not really straining credibility too much.
In conclusion, fascism has returned to the West, East, and South; and this return is naturally connected with the spread of the systemic crisis of generalized, financialized, and globalized monopoly capitalism. Actual or even potential recourse to the services of the fascist movement by the dominant centers of this hard-pressed system calls for the greatest vigilance on our part. This crisis is destined to grow worse and, consequently, the threat of resorting to fascist solutions will become a real danger. Hillary Clinton’s support for Washington’s warmongering does not bode well for the immediate future.
Notes
  1.  Olha Ostriitchouk, Les Ukrainiens face à leur passé [Ukrainians Faced with Their Past] (Brussels: P.I.E. Lang, 2013).
  2.  For a further elaboration, see Samir Amin, The Implosion of Contemporary Capitalism (New York: Monthly Review Press, 2013).
  3.  For the spread of generalized monopoly capitalism, see ibid.

Fidel Castro Ruz:Triunfarán las ideas justas o triunfará el desastre

Granma 1 de septiembre 2014


Si hoy resulta posible prolongar la vida, la salud y el tiempo útil de las personas, si es perfectamente posible planificar el desarrollo de la población en virtud de la productividad creciente, la cultura y desarrollo de los valores humanos ¿Qué esperan para hacerlo?

La sociedad mundial no conoce tregua en los últimos años, particularmente desde que la Comunidad Económica Europea, bajo la dirección férrea e incondicional de Estados Unidos, consideró que había llegado la hora de ajustar cuentas con lo que restaba de dos grandes naciones que, inspiradas en las ideas de Marx, habían llevado a cabo la proeza de poner fin al orden colonial e imperialista impuesto al mundo por Europa y Estados Unidos.

En la antigua Rusia estalló una revolución que conmovió al mundo.

Se esperaba, que la primera gran revolución socialista tendría lugar en los países más industrializados de Europa, como Inglaterra, Francia, Alemania y el Imperio Austrohúngaro. Ésta, sin embargo, tuvo lugar en Rusia, cuyo territorio se extendía por Asia, desde el norte de Europa hasta el Sur de Alaska, que había sido también territorio zarista, vendido por unos dólares al país que sería posteriormente el más interesado en atacar y destruir la revolución y al país que la engendró.

La mayor proeza del nuevo Estado fue crear una Unión capaz de agrupar sus recursos y compartir su tecnología con gran número de naciones débiles y menos desarrolladas, víctimas inevitables de la explotación colonial. ¿Sería o no conveniente en el mundo actual una verdadera sociedad de naciones que respetara los derechos, creencias, cultura, tecnologías y recursos de lugares asequibles del planeta que a tantos seres humanos les gusta visitar y conocer?¿Y no sería mucho más justo que todas las personas que hoy, en fracciones de segundo se comunican de un extremo a otro del planeta, vean en los demás un amigo o un hermano y no un enemigo dispuesto a exterminarlo con los medios que ha sido capaz de crear el conocimiento humano?

Por creer que los seres humanos podrían ser capaces de albergar tales objetivos, pienso que no hay derecho alguno a destruir ciudades, asesinar niños, pulverizar viviendas, a sembrar terror, hambre y muerte en todas partes. ¿En qué rincón del mundo se podrían justificar tales hechos? Si se recuerda que al final de la masacre de la última contienda mundial el mundo se ilusionó con la creación de las Naciones Unidas, es porque gran parte de la humanidad la imaginó con tales perspectivas, aunque no estuviesen cabalmente definidos sus objetivos. Un colosal engaño es lo que se percibe hoy cuando surgen problemas que insinúan el posible estallido de una guerra con el empleo de armas que podrían poner fin a la existencia humana.

Existen sujetos inescrupulosos, al parecer no pocos, que consideran un mérito su disposición a morir, pero sobre todo a matar para defender privilegios bochornosos.

Muchas personas se asombran al escuchar las declaraciones de algunos voceros europeos de la OTAN cuando se expresan con el estilo y el rostro de las SS nazis.  En ocasiones hasta se visten con trajes oscuros en pleno verano.

Nosotros tenemos un adversario bastante poderoso como lo es nuestro vecino más próximo: Estados Unidos. Le advertimos que resistiríamos el bloqueo, aunque eso podía implicar un costo muy elevado para nuestro país. No hay peor precio que capitular frente al enemigo que sin razón ni derecho te agrede. Era el sentimiento de un pueblo pequeño y aislado. El resto de los gobiernos de este hemisferio, con raras excepciones, se habían sumado al poderoso e influyente imperio. No se trataba por nuestra parte de una actitud personal, era el sentimiento de una pequeña nación que desde inicios de siglo era una propiedad no solo política, sino también económica de Estados Unidos. España nos había cedido a ese país después de haber sufrido casi cinco siglos de coloniaje y de un incalculable número de muertos y pérdidas materiales en la lucha por la independencia.

El imperio se reservó el derecho de intervenir militarmente en Cuba en virtud de una pérfida enmienda constitucional que impuso a un Congreso impotente e incapaz de resistir. Aparte de ser los dueños de casi todo en Cuba: abundantes tierras, los mayores centrales azucareros, las minas, los bancos y hasta la prerrogativa de imprimir nuestro dinero, nos prohibía producir granos alimenticios suficientes para alimentar la población.

Cuando la URSS se desintegró y desapareció también el Campo Socialista, seguimos resistiendo, y juntos, el Estado y el pueblo revolucionarios, proseguimos nuestra marcha independiente.

No deseo, sin embargo, dramatizar esta modesta historia. Prefiero más bien recalcar que la política del imperio es tan dramáticamente ridícula que no tardará mucho en pasar al basurero de la historia. El imperio de Adolfo Hitler, inspirado en la codicia, pasó a la historia sin más gloria que el aliento aportado a los gobiernos burgueses y agresivos de la OTAN, que los convierte en el hazmerreír de Europa y el mundo, con su euro, que al igual que el dólar, no tardará en convertirse en papel mojado, llamado a depender del yuan y también de los rublos, ante la pujante economía china estrechamente unida al enorme potencial económico y técnico de Rusia.

Algo que se ha convertido en un símbolo de la política imperial es el cinismo.

Como se conoce, John McCain fue el candidato republicano a las elecciones de 2008. El personaje salió a la luz pública cuando en su condición de piloto fue derribado mientras su avión bombardeaba la populosa ciudad de Hanói. Un cohete vietnamita lo alcanzó en plena faena y nave y piloto cayeron en un lago ubicado en las inmediaciones de la capital, colindante con la ciudad.

Un antiguo soldado vietnamita ya retirado, que se ganaba la vida trabajando en las proximidades, al ver caer el avión y un piloto herido que trataba de salvarse se movió para auxiliarlo; mientras el viejo soldado prestaba esa ayuda, un grupo de la población de Hanói, que sufría los ataques de la aviación, corría para ajustar cuentas con aquel asesino. El mismo soldado persuadió a los vecinos que no lo hicieran, pues era ya un prisionero y su vida debía respetarse. Las propias autoridades yankis se comunicaron con el Gobierno rogando que no se actuara contra ese piloto.

Aparte de las normas del Gobierno vietnamita de respeto a los prisioneros, el piloto era hijo de un Almirante de la Armada de Estados Unidos que había desempeñado un papel destacado en la Segunda Guerra Mundial y estaba todavía ocupando un importante cargo.

Los vietnamitas habían capturado un pez gordo en aquel bombardeo y como es lógico, pensando en las conversaciones inevitables de paz que debían poner fin a la guerra injusta que le habían impuesto desarrollaron la amistad con él, que estaba muy feliz de sacar todo el provecho posible de aquella aventura. Esto, desde luego, no me lo contó ningún vietnamita, ni yo lo habría preguntado nunca. Lo he leído y se ajusta completamente a determinados detalles que conocí más tarde. También leí un día que Mister McCain había escrito que siendo prisionero en Vietnam, mientras era torturado, escuchó voces en español asesorando a los torturadores qué de­bían hacer y cómo hacerlo. Eran voces de cubanos, según McCain. Cuba nunca tuvo asesores en Vietnam. Sus militares conocen sobradamente cómo hacer su guerra.

El General Giap fue uno de los jefes más brillantes de nuestra época, que en Dien Bien Phu fue capaz de ubicar los cañones por selvas intrincadas y abruptas, algo que los militares yankis y europeos consideraban imposible. Con esos cañones disparaban desde un punto tan próximo que era imposible neutralizarlos sin que las bombas nucleares afectaran también a los invasores. Los demás pasos pertinentes, todos difíciles y complejos, fueron empleados para imponer a las cercadas fuerzas europeas una bochornosa rendición.

El zorro McCain sacó todo el provecho posible de las derrotas militares de los invasores yankis y europeos. Nixon no pudo persuadir a su consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger, de que aceptara la idea sugerida por el  propio Presidente cuando en momentos de relajamiento le decía ¿Por qué no le lanzamos una de esas bombitas Henry? La verdadera bombita llegó cuando los hombres del Presidente trataron de espiar a sus adversarios del partido opuesto ¡Eso sí que no podía tolerarse!

A pesar de eso lo más cínico del Sr. McCain ha sido su actuación en el Cercano Oriente. El senador McCain es el aliado más incondicional de Israel en las marañas del Mossad, algo que ni los peores adversarios habrían sido capaces de imaginar. McCain participó junto a ese servicio en la creación del Estado Islámico que se apoderó de una parte considerable y vital de Irak, así como según se afirma, de un tercio del territorio de Siria. Tal Estado cuenta ya con ingresos multimillonarios, y amenaza a Arabia Saudita y otros Estados de esa compleja región que suministra la parte más importante del combustible mundial.

¿No sería preferible, luchar por producir más alimentos y productos industriales, construir hospitales y escuelas para los miles de millones de seres humanos que los necesitan desesperadamente, promover el arte y la cultura, luchar contra enfermedades masivas que llevan a la muerte a más de la mitad de los enfermos, a trabajadores de la salud o tecnólogos que según se vislumbra, podrían finalmente eliminar enfermedades como el cáncer, el ébola, el paludismo, el dengue, la chikungunya, la diabetes y otras que afectan las funciones vitales de los seres humanos?

Si hoy resulta posible prolongar la vida, la salud y el tiempo útil de las personas, si es perfectamente posible planificar el desarrollo de la población en virtud de la productividad creciente, la cultura y desarrollo de los valores humanos ¿Qué esperan para hacerlo?

Triunfarán las ideas justas o triunfará el desastre.


Fidel Castro RuzAgosto 31 de 201410 y 25 p.m.