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Alianza Pacífico, ¿resurgimiento del ALCA?
 Hedelberto López Blanch

 Rebelión

 [ACTUALIZADO: 03.06.2013]

 Los gobiernos neoliberales del continente americano se estan agrupando alrededor de Estados Unidos para tratar por todos los medios de debilitar la unión e integración lograda por Latinoamérica en los últimos años.

 La idea es volver a resucitar el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) que había sufrido un contundente golpe durante la IV Cumbre de las Américas gracias a las posiciones asumidas por un grupo de presidentes, encabezados por Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Luiz Inacio Lula da Silva, que avizoraban el grave peligro que correrían sus pueblos si se llegaba a crear dicho engendro.

 Durante la reciente celebración en Cali, Colombia de la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico, integrada por México, Chile, Perú y Colombia (ahora se le unió Costa Rica), los participantes acordaron impulsar el intercambio de bienes y servicios y el libre comercio como metas prioritarias pero no hablaron de la satisfacción de las necesidades básicas de sus pobladores ni la disminución de la pobreza que padecen muchos de sus ciudadanos.

 Recién llegado a la presidencia colombiana, el propio Juan Manuel Santos confesó en conferencia de prensa con su homólogo estadounidense, Barack Obama que desde hacía dos décadas soñaba con la suscripción del Tratado de Libre Comercio (TLC) con el gigante norteamericano.

 Claro que los cuatro mandatarios cuyos países integran la Alianza del Pacífico, Sebastián Piñera, de Chile; Enrique Peña Nieto, de México; Ollanta Humala, de Perú y Santos, de Colombia, conocían la famosa declaración realizada por el ex secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, en 2005

 En aquella fecha Powell afirmó, “nuestro objetivo con el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) es garantizar a las empresas norteamericanas el control de un territorio que va del polo Ártico hasta la Antártica, libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio”.

 Hace solo un mes, el nuevo jefe del Departamento de Estado, John Kerry expresó a los medios de prensa que Estados Unidos veía a Latinoamérica como su traspatio.

 Todo hace indicar que la Alianza del Pacífico gestada en 2011 en Lima por iniciativa del entonces presidente peruano, Alan García, y consolidada el 16 de junio de 2012 en Chile, se encamina a disminuir, o mejor dicho, tratar de corroer la fuerza integradora latinoamericana que han alcanzado los gobiernos progresistas y nacionalistas surgidos en los últimos años.

 Recordemos que en noviembre de 2005 cuando fue derrotada el ALCA, los modelos neoliberales aplicados desde los años 80 habían agudizado los problemas económicos y sociales en la región y se hizo un hecho habitual ver a niños viviendo en las calles, ancianos mendigando y familias comiendo de los latones de basura.

 Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de 1980 a 2005, 95 millones de personas se convirtieron en pobres, 226 millones vivían con menos de dos dólares al día lo cual no les alcanzaba ni para una sola comida.

 Las privatizaciones habían hecho mella en la mayoría de los habitantes al perder muchos sus empleos con las reducciones de plantillas o la desaparición de pequeños y medianos negocios ante el empuje de las poderosas compañías transnacionales.

 Entonces ocurrió una rebelión pacífica y los pueblos comenzaron a elegir a dignatarios que anhelaban la mejoría económica y social de las grandes mayorías, así como de una integración genuina de los países del sur del hemisferio.

 Surgieron organizaciones como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), PETROCARIBE, La Unión de Naciones del Sur (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y se reforzó el Mercado del Sur (MERCOSUR).

 El ejemplo más ilustrativo de lo que ocurre cuando se imponen convenios neoliberales y de privatizaciones, es el de México.

 Según el oficial Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), después de 19 años de la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) entre Estados Unidos, Canadá y México, este último país tiene 55,1 millones de pobres.

 Para Coneval, con sede en Ciudad de México, los índices de pobreza se elevaron debido al alza internacional en los precios de los alimentos, así como a la abrupta disminución de la producción nacional de maíz, granos y carnes que ahora deben importarse, en su gran mayoría, desde Estados Unidos.

 Mediante el TLCAN, la nación azteca se ha convertido en los últimos años en una dependencia de Washington. La profusión de leyes neoliberales permite a las compañías extranjeras utilizar mano de obra barata para sus producciones, explotar sus recursos naturales, extraer petróleo a precios preferenciales y exportar los excesos de mercancías norteamericanas hacia ese país.

 Los cuatro países integrantes de la Alianza Pacífico tienen firmado acuerdos de Libre Comercio con Estados Unidos lo que las hace tener una dependencia mayor del gigante norteamericano.

 A la reunión asistió como invitado especial nada menos que el presidente de España, Manuel Rajoy, impulsor en su país de leyes neoliberales que han dado al traste con la economía y la seguridad social del país y de sus habitantes.

 En declaraciones a la agencia latinoamericana PL, el investigador peruano Carlos Alonso, señaló que la reunión de Cali se propone un resurgimiento de la fracasada ALCA, esta vez en una versión desembozadamente neoliberal. En virtud de fortalecer esa política hacia la región y disminuir la integración latinoamericana, recientemente el presidente estadounidense Barack Obama visitó México y Costa Rica.

 El pasado 26 de mayo, el vicepresidente norteamericano, Joe Biden inició una gira por Colombia, Trinidad y Tobago y Brasil. En entrevista con el diario colombiano El Tiempo, afirmó: "Durante las próximas décadas estaremos poniendo nuestro enfoque en las regiones donde vemos mayores oportunidades, y en realidad no tenemos que buscar más allá del continente americano. No existe otra región en el mundo que contribuya más a la prosperidad de Estados Unidos".

 Los comentarios huelgan. ¿Se estará creando una Quinta Columna en Latinoamérica?

El Transpacific Partnership y el Gran Mercado Trasatlántico, instrumentos al servicio de la hegemonía estadunidense


Pierre Charasse
La Jornada


El 23 de mayo se concluyó en Lima (Perú) la 17 sesión de negociación del Transpacific Partnership (TPP) entre 11 países de la ribera del Pacífico (Estados Unidos, Canadá, México, Perú, Chile, Australia, Brunei, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur y Vietnam), que acordaron poner en marcha dentro de pocos meses una amplia zona de libre comercio bajo la batuta de Estados Unidos. La mayoría de los comentaristas, turiferarios beatos del libre comercio, se alegraron de los beneficios esperados de este acuerdo: más crecimiento, más empleos. Una voz disonante se hizo oír, la del embajador Jorge Eduardo Navarrete en La Jornada del 23 de mayo, quien formula una visión crítica de esta asociación transpacífica y pone en evidencia su dimensión política. De hecho, más que un acuerdo comercial es todo un proyecto político que se inscribe en el contexto de un propósito estadunidense más ambicioso: el de tejer acuerdos de asociación con países del Pacífico políticamente afines como Chile, Perú, México, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, y en América Latina aislar a países como Brasil, Argentina, o los del Alba, que proclaman su voluntad de independencia. México se incorporó muy rápidamente al proceso, sin que nadie supiera cuáles fueron las concesiones que le permitieron alcanzar el avance actual de la negociación.

Es exactamente el mismo proceso que está en marcha entre la Unión Europea y Estados Unidos, con el nombre de Gran Mercado Transatlántico (GMT).

Mediante estos acuerdos Estados Unidos busca imponer su propia legislación y forzar a sus socios a eliminar todas las barreras tarifarias y no tarifarias, denunciadas como obstáculos al comercio. Esta estrategia fue concebida por varios think tanks como el Transatlantic Policy Network (TPN), quienes tratan de proponer estrategias para contrarrestar, con cierta impotencia, el declive de Estados Unidos y de Occidente, progresivamente desplazados por las nuevas gran potencias como el BRICS, y especialmente China. Un muy reciente informe del National Intelligence Council, El mundo en 2030 ( cf. el artículo de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique edición española de mayo de 2013: http://www.monde-diplomatique.es ) confirma el temor de las agencias de inteligencia estadunidenses sobre la pérdida inexorable de influencia de Occidente en el mundo, en beneficio de China y otros países emergentes.

Los dos procesos avanzan de manera paralela, pero con dificultades. En Estados Unidos el proyecto TPP se tropieza con la clásica oposición de los republicanos a los acuerdos de libre comercio, y será muy difícil para el presidente Obama obtener una autorización fast track para concluir estos acuerdo en los próximos meses. Por otra parte, varios países, muy cercanos a Estados Unidos, se muestran preocupados por la ofensiva estadunidense porque tienen intereses nacionales que proteger. Es el caso en particular de Japón, quien duda en entrar en este proceso. Sin embargo, es una pieza clave en el dispositivo estadunidense.

Del lado europeo, después de un inicio laborioso, las cosas se aceleran. El principio de un acuerdo de libre comercio tras atlántico fue lanzado en la cumbre Estados Unidos-Unión Europea en Madrid en 1995, como parte de un acuerdo político más amplio, la Nueva Agenda Trasatlántica (NAT), conjunto de declaraciones de principios que establecen el marco de las nuevas relaciones transatlánticas después del derrumbe de la Unión Soviética en 1991. Naturalmente el NAT tenía un componente comercial, pero sobre todo una reafirmación de sometimiento de la UE a la política de seguridad estadunidense, especialmente por medio de la OTAN, estructura político-militar cuyo campo de intervención no para de extenderse más allá del Atlántico norte. En 2007 se pone en marcha la primera institución del GMT, el Consejo Económico Trasatlántico (CET), encargado de armonizar las legislaciones de los dos lados del Atlántico. Su funcionamiento es todo menos transparente. Sin embargo, se ha establecido un diálogo entre los sindicatos (AFL-CIO y confederación de sindicatos europeos), pero son encuentros muy formales. Lo mismo pasa entre asociaciones de consumidores. Un grupo de trabajo sobre medio ambiente nació muerto, disuelto por George Bush, que encontraba que sus propuestas eran demasiado limitantes para las empresas. En junio de 2010 se creó un grupo de estudio sobre la ciberseguridad y el cibercrimen. En junio de 2012, un grupo mixto entregó un informe que retoma como base de discusión las exigencias estadunidenses y establece la entrada en vigor del GMT para 2015. Como se trata de un acuerdo comercial (aun si su verdadera intención es política), los 27 estados de la Unión Europea deben negociar entre ellos y con la Comisión Europea un mandato de negociación. La Comisión Europea es el único organismo autorizado a negociar acuerdos comerciales: una vez empezada la negociación los estados miembros ya no podrán oponerse a lo negociado, todo el poder lo tendrá la comisión, cuyas orientaciones ultraliberales y pro-estadunidenses son bien conocidas. Varios países tiene objeciones, Francia en especial, que quiere defender su excepción cultural, es decir, el derecho para cualquier país de proteger sus industrias culturales y su producción intelectual y artística. Pero su posición no será de mucho peso a la hora de negociar el mandato, texto de carácter muy general y consensual entre los 27 miembros, lo que deja a la comisión un gran margen de libertad de negociación. El mandato debería estar listo en julio próximo para una conclusión de la negociación en 2015.

Estas dos amplias coaliciones detrás de Estados Unidos, el TPP y el GMT, tienen un mismo objetivo estratégico: crear un cerco alrededor de China, e impedir la emergencia de poderes que no sean controlados por los occidentales. La ausencia de China en el TPP tiene como excusa oficial que su moneda, el yuan, no es convertible. Pero nadie se deja engañar, y las autoridades y los medios de comunicación chinos no dejaron de criticar esta ofensiva estadunidense directamente orientada contra ellos.

Numerosos gobiernos y parlamentos aceptan sin objetar acercarse a los estadunidenses, aun si comercialmente no es de su interés, pero no es lo mismo con la opinión pública, muy preocupada por estos acuerdos que tendrán fuerte impacto en cuestiones de medio ambiente, de organismos transgénicos, de libertades públicas, de control de Internet y de limitaciones de los derechos sociales. Por estos motivos, estos acuerdos (el TPP y el GMT) se negocian en la discreción más absoluta, por el temor que tienen los gobiernos de provocar reacciones muy violentas en las opinión pública.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/06/01/opinion/016a1pol