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Claudio Katz China, un socio para no imiltar






DOS ETAPAS DIFERENCIADAS

China ocupa en la actualidad un lugar tan significativo como el alcanzado por la URSS en el pasado. No sólo es una gran economía en ascenso. Su expansión introdujo en las últimas décadas cambios significativos en el orden internacional.
El país ya integra el club de las economías centrales luego de multiplicar 13 veces su PBI (1978-2010). Logró prosperar en medio de tres grandes temblores contemporáneos. No fue afectada por las décadas pérdidas que demolieron a los países subdesarrollados en los años 80-90, se mantuvo al margen del desplome sufrido por el bloque soviético y actuó como socorrista de los bancos internacionales en la reciente crisis del 2008 (Lo, Zhang, 2011).
Su crecimiento no partió de cero, puesto que ya poseía en los años 80 un PBI superior a muchos emergentes actuales. Pero posteriormente consumó un salto histórico que aproxima, empareja o sitúa a China por encima de varias potencias.
Es evidente la importancia del acervo acumulado durante las transformaciones anticapitalistas previas al avance actual. Sin la industrialización, la alfabetización, la superación del hambre, la modernización productiva y la acumulación extensiva hubiera sido imposible la extraordinaria expansión posterior. Basta comparar esas mutaciones con el subdesarrollo continuado que por ejemplo afectó a la India (Amin, 2012).
Pero la incógnita radica en lo ocurrido posteriormente. ¿En la nueva trayectoria afianzó o abandonó el proyecto socialista? La tesis oficial subraya la continuidad. El Partido Comunista continúa dirigiendo los destinos del país y sus líderes declaran oficialmente la preeminencia de un modelo de “socialismo de mercado”, compatible con los principios del marxismo. Esta visión resalta la presencia de elementos pos-capitalistas, junto a las reglas de la acumulación y la ganancia imperantes en la economía.
El enfoque oficial destaca que los principios socialistas introducidos en los años 50-70 fueron posteriormente ajustados a las necesidades de la modernización. Considera que esa evolución se adapta a la tradición milenaria de una civilización, que ha seguido rumbos de desarrollo muy distintos al patrón occidental.
El diagnóstico opuesto subraya la preeminencia de un proceso de restauración capitalista, asentado en la explotación del trabajo, la polarización social y la corrupción de las elites (Hart-Landeberg, 2011). Otros enfoques intermedios caracterizan al proceso en curso como una fase de acumulación primitiva transitoria, que puede desembocar en la estabilización capitalista o en la renovación del socialismo (Yi, 2009). ¿Quién tiene razón?
Para clarificar este complejo problema conviene reconocer la existencia de las dos situaciones diferenciadas. Entre 1978 y 1992 se reintrodujo limitadamente el mercado dentro de un sistema de propiedad pública. Se buscaba fomentar el desarrollo agrícola, la expansión del consumo y la gravitación de la pequeña empresa, en un marco de precios parcialmente libres.
En esa etapa se registró un crecimiento balanceado impulsado por el mercado interno y la flexibilizaron los precios agrícolas. Este cambio incrementó el poder compra en el sector rural y generó un desahogo urbano. La tasa de crecimiento repuntó aceleradamente y la inversión fue incentivada mediante una rigurosa selección estatal de los sectores priorizados.
Ese modelo incluía cierta diferenciación social y zonas francas para las transnacionales, pero mantenía restricciones compatibles con una construcción socialista. Pero a principios de los 90 se implementó una orientación distinta. Comenzaron las privatizaciones en gran escala, la generalización de normas capitalistas de gestión y la formación de una clase de grandes empresarios con exponentes directos en los organismos dirigentes.
Este nuevo esquema comenzó con inversiones destinadas al mercado interno y se afianzó privilegiando las exportaciones. En la última década se acrecentó la apropiación privada de las grandes empresas, en un escenario de creciente desigualdad y precarización del empleo.
La principal transformación social generada por esta reconversión ha sido el surgimiento de una clase capitalista local, asociada a las empresas transnacionales y promotora de una ideología neoliberal. La gravitación de este sector en las altas esferas del régimen político se verifica en el pragmatismo de esta conducción. La tradición maoísta de la revolución cultural es rechazada y los empresarios son bienvenidos dentro del partido. El pensamiento de Marx y Confucio son combinados, en función de las necesidades políticas de cada momento (Xie, 2009).
En esta segunda etapa varios rasgos clásicos del capitalismo han quedado incorporados a la economía china. Hay competencia, beneficio, explotación y acumulación. La desigualdad aumenta a un ritmo más acelerado que en el resto de la región y los niveles de explotación se ubican por encima de Corea, Taiwán o Singapur.
EL ALCANCE DE LA RESTAURACIÓN
Los teóricos del “socialismo de mercado” reivindican la acelerada industrialización y el desarrollo tecnológico autónomo, que le permitieron a China contar primero con los resguardos defensivos requeridos para afrontar la presión imperialista. El país construyó una bomba primero atómica (1964), luego otra de hidrógeno (1970) y finalmente colocó un satélite en el espacio (1970). Sobre estos pilares negoció la apertura hacia Occidente, a partir del emblemático viaje de Nixon (1972).
También consideran que ese período de economía planificada se agotó y fue sucedido por mecanismos de gestión mercantil que revitalizaron el socialismo, permitiendo el gran desenvolvimiento de las últimas décadas (Yang, 2009).
Pero este razonamiento confunde la extensión de la gestión mercantil con la introducción de normas capitalistas. Desde los años 90 no sólo se flexibilizó el manejo de los precios, sino que también se afirmó la nueva propiedad de los capitalistas sobre un sector muy significativo de la economía. Este cambio en la posesión de las empresas estratégicas es incompatible con cualquier perspectiva de socialismo.
Una transición hacia la sociedad igualitaria puede incluir formas de gestión centralizadas o descentralizadas, con modalidades más o menos flexibles de planificación. Pero el afianzamiento de clases propietarias y desposeídas de los medios de producción sólo augura la vigencia del capitalismo.
Los teóricos de las mixturas entre ambos sistemas afirman que esa combinación se está consumando en los hechos, a través de modificaciones paralelas en el capitalismo mundial, que habría incorporado formas del estado de bienestar y valores de igualdad (Yang, 2009).
Pero omiten que la tendencia contemporánea predominante de este sistema ha sido exactamente la opuesta. El neoliberalismo de las últimas décadas ha sepultado las conquistas sociales de posguerra, para garantizar las ganancias de los grandes bancos y empresas. En lugar de un amoldamiento del capitalismo al ímpetu socialista de China se verifica un proceso opuesto: aumenta la gravitación de los patrones de rentabilidad y explotación en la economía asiática.
Esta incidencia es incluso inocultable para defensores del curso actual. Reconocen la magnitud de las diferencias de ingreso y esperan que la propia dinámica del mercado achate esas inequidades (Yang, 2009).
Pero nunca explican cómo ese mecanismo corregiría el defecto que ha introducido. Su expectativa es inconsistente y desconoce que las brechas sociales se originan en la existencia de una nueva clase capitalista interesada en afianzar esas diferencias.
Otros enfoques del mismo tipo aceptan la existencia de segmentos patronales pero relativizan su influencia. Presentan la incorporación de empresarios al Partido Comunista, como un signo de patriotismo de los enriquecidos y una manifestación de madurez del funcionariado (Ding, 2009).
Pero, en los hechos, los nuevos capitalistas consolidan su posición social al ganar influencia en las cúpulas del sistema político. Cualquiera sea la veracidad de sus pronunciamientos patrióticos afianzan una fractura de clases, que contradice los enunciados básicos del socialismo. Se puede discutir cuál es el grado de intercambio mercantil que debería prevalecer en una sociedad pos-capitalista ya avanzada, pero resulta insólito imaginar que ese estadio incluiría explotación, plusvalía y altos niveles de desigualdad social.
Estas incongruencias han sido resaltadas por muchos críticos del curso actual, que presentan indicios contundentes del curso de la restauración. Un ejemplo son los cambios en el sistema de fijación de precios planificados. El declive de esos guarismos a favor de cotizaciones mercantiles ha sido monumental.
El primer tipo de precios decayó del 97,8% (1978) al 2,6% (2003) en el rubro minoristas y del 100% (1978) al 10% (2003) en el sector industrial. Otra evidencia de la misma tendencia se verifica en la pérdida de gravitación de la propiedad estatal en la industria, que declinó del 100% (1978) al 41.9% (2003). El estado sólo mantiene la supremacía en cinco sectores y ha perdido peso en las 23 actividades más dinámicas (Hart-Landeberg, 2011).
Esta misma evolución pro-capitalista se corrobora en la erosión del tejido social generado por el avance de la precarización y la declinación del empleo tradicional. De los 30 millones de obreros que fueron despedidos entre 1998 y 2004 quedaron 21,8 millones viviendo con el ingreso mínimo.
En muchas empresas rigen, además, jornadas laborales de 11 horas durante 26 días al mes. Las super-explotación afecta duramente a los 200 millones de trabajadores rurales que emigraron a las ciudades en los últimos 25 años, sin lograr el status de residencia (Hart-Landeberg, 2011).
China se ha ubicado al tope de los índices de desigualdad medidos por el coeficiente Gini. En la región es tan sólo superada por Nepal y luego de Estados Unidos alberga al mayor número del billonarios del mundo. Por esta razón florecen los negocios del lujo y los clubs de yate. Toda la generación de ahijados del viejo liderazgo comunista maneja las grandes compañías. Allí se concentra la nueva elite. Basta observar que un tercio de los 800 individuos más ricos del país son miembros del PCCH.
Estos datos económicos, sociales y políticos no dejan ningún margen de duda sobre la tendencia a la restauración del capitalismo que rige en China. Los neoliberales se congratulan de este cambio y los heterodoxos se limitan a presentarlo como un momento necesario de la acumulación.
Pero muchos teóricos del marxismo enfrentan este escenario con desconcierto. Algunos hacen malabarismos para presentar los datos de China como signos de modernización del socialismo. Más allá del desgastado recurso de subrayar las singularidades del país (”socialismo con características chinas”), no logran demostrar cómo se compatibiliza ese sistema con el creciente poderío de los acaudalados.
El lenguaje diplomático, las abstracciones y el reemplazo del término capitalismo por mercado, no alcanzan para disfrazar un curso evidente. Es discutible el grado de consolidación alcanzado por la restauración capitalista, pero no la primacía de esta tendencia (Weil, 2009).
LAS NUEVAS RESISTENCIAS
Al caracterizar la existencia de dos períodos diferenciados -introducción del mercado en una economía planificada (1978-92) y giro pro-capitalista (1992-2014)- se puede entender la naturaleza de la transformación en curso. El pasaje del primer modelo al segundo marca una ruptura cualitativa, que ha bloqueado (o sepultado) cualquier transición socialista.
Ese cambio no implicó sólo otra política económica (de primacía del consumo a la inversión) o de entrelazamiento del sector financiero con el productivo. Tampoco se redujo a un pasaje de las comunas rurales a unidades agro-industriales o a una conformación de zonas francas en la costa para fabricar bienes exportables mediante inversiones extranjeras.
La modificación central entre ambos períodos ha sido un cambio en la reglas de propiedad, que facilitó la conversión de una elite de funcionarios en dueños de grandes empresas. Este giro fue acompañado con el otorgamiento de mayores atribuciones a los gerentes para reorganizar las unidades de producción. Mientras que el elevado crecimiento económico permitió reducir la pobreza, el esquema de gran desigualdad instaurado impide actualmente a las familias obreras afrontar los gastos corrientes de salud y educación (Li, Piovani, 2011).
La segunda etapa económica de China estuvo signada por un explosivo crecimiento económico y acompañado de agudas manifestaciones de corrupción. Por esa vía la nueva clase privilegiada se apropia de una gran tajada del desarrollo actual.
Esos grupos de la alta burocracia debieron tolerar -durante el largo período que sucedió a la revolución- la preeminencia de grandes conquistas populares, que obstruían su enriquecimiento. Cuando alcanzaron el poder suficiente para arrebatar esas mejoras, comenzó el salto hacia su nuevo status capitalista. Actualmente sostienen su poder en el manejo del estado y cuentan con el apoyo social de una clase media, que ascendió soñando con alcanzar el estilo de vida norteamericano (Li, 2009).
Entre los autores que resaltan este nítido curso pro-capitalista muchos dejan abierta una definición sobre la madurez de esta involución. ¿Se ha consumado por completo la restauración, como ocurrió en Rusia o los países de Europa Oriental?
El carácter irreversible de este giro es puesto en duda por quienes cuestionan la solidez de la nueva clase capitalista. Afirman que el estado mantiene un gran poder de intervención y una consiguiente capacidad para introducir cambios de tendencias (Lin, 2009; Lo, Zhang, 2011).
Otros destacan la persistencia del legado socialista en la vida cotidiana y la sensibilidad (o temor) de las autoridades ante cualquier expresión de descontento popular. Señalan que la reacción de estas elites es muy distinta a la conducta de clases opresoras de Occidente, que acumulan siglos de experiencia en el ejercicio de su dominación (Wang, 2009).
Finalmente, las nuevas resistencias populares que irrumpieron en los últimos años son vistas como otro síntoma de grandes reservas de oposición al rumbo capitalista, que subyacen en la sociedad china (Li, Li, Xie, 2012).
Esta variedad de argumentos ilustra cuán complejo es definir el grado de concreción de la restauración capitalista. Este proceso no supone solamente transformaciones objetivas en la escala de la propiedad privada vigente, sino también drásticos cambios en el nivel de aceptación subjetiva del capitalismo. La restauración implica un proceso dual de consolidación de ambos componentes.
En nuestra caracterización de estos procesos establecimos cinco criterios para mensurar esa restauración, subrayando tres aspectos económicos (precios libres, planificación reducida, crisis por acumulación), un pilar político (modalidad institucional) y un elemento social-subjetivo de resistencia y defensa del ideal socialista (Katz, 2006: 72-76).
En el plano económico las reglas del capitalismo se encuentran muy avanzadas en China, tanto en la forma que asume el ciclo y la gestión macroeconómica, como en el manejo de las empresas. Este dato es reconocido por los propios defensores del modelo actual, que describen el comportamiento de una clase capitalista con influencia preeminente en todas las instituciones y medios de comunicación. Pero las elites más neoliberales no dominan todo el aparato del estado y los grandes desequilibrios regionales, sociales y agrarios que desata la acumulación ponen en duda la consistencia del naciente capitalismo.
El desemboque final de este proceso es incierto, puesto que a diferencia de lo ocurrido en la URSS la clase obrera está recuperando protagonismo. Hay grandes huelgas que imponen concesiones a los gobernantes. El número de protestas creció de 58.000 (2003) a 87.000 (2005) y a 94.000 (2006). Desde el 2009 el incremento de estas resistencias determinó un cambio de conducta de los dirigentes, que optaron por sustituir la reacción represiva inicial por negociaciones y concesiones (Yu, 2012).
Este cambio converge con la multiplicación de corrientes críticas y planteos anticapitalistas de tendencias de izquierda, que demandan medidas de renacionalización y reversión de las privatizaciones. Exigen restaurar la gratuidad de la educación y la salud y confrontan con los enriquecidos (Zhu, Kotz, 2011).
Estos segmentos militantes son más influyentes que lo supuesto en Occidente. Suelen combinar reivindicaciones básicas con demandas de cambio en los impuestos y los patrones de crecimiento. Muchos mixturan la defensa del igualitarismo con propuestas de democratización política. Todas las referencias a un “modelo chino al socialismo” deberían ser identificadas con estas vertientes de resistencia por abajo a la restauración (Choi, 2009).
LA POLITICA INTERNACIONAL
Algunos analistas registran líneas de continuidad de China con su pasado antiimperialista. Consideran que el país retoma los principios de soberanía y cooperación impulsados durante el emblemático encuentro de 1955 con Egipto (Nasser) e India (Nehru) (Revista Bandung, 2011).
Pero resulta muy difícil corroborar algún resabio de esos proyectos. China está embarcada en un curso radicalmente opuesto de ampliación de las inversiones en el exterior y afianzamiento de los tratados de libre-comercio.
Otros autores estiman que el país edifica los basamentos del nuevo modelo global, que reemplazará la decadente hegemonía de Estados Unidos. Suponen que erigirá un esquema de cooperación favorable al grueso de la periferia. Esta visión fue difundida por Arrighi, al contraponer el belicismo yanqui en declive, con un ascendente “Consenso de Pekín” basado en el pacifismo de la potencia asiática (Arrighi, 2007: cap 5-6).
Este mismo enfoque es presentado por quienes suponen que este país orientará la economía mundial hacia el igualitarismo, liderando el nuevo bloque contra- hegemónico de los BRICS.
Pero no es sensato concebir algún devenir pos-capitalista bajo la dirección de una potencia que emerge en términos capitalistas y con tanta rivalidad como asociación con Estados Unidos. Los propios dirigentes chinos enfatizan este perfil en todas las iniciativas que asumen a escala mundial. Suelen exhibir una ideología más próxima a la idolatría mercantil- liberal que a cualquier vestigio de mensajes socialistas.
La significativa asociación de las elites chinas con los principales bancos y empresas de Occidente contradice la esperada formación de un bloque de economía cooperativa global. Ese entrelazamiento con el capital extranjero se verifica dentro de China en la incidencia de ese sector en las ventas industriales. También se expresa en la fanática adopción de principios del libre comercio luego del ingreso a la OMC. El país asciende en el escenario mundial como socio de las grandes compañías y es un natural custodio del status quo vigente.
Este importante vínculo con la producción, el comercio y las finanzas globalizadas impide a la nueva potencia cumplir con un papel progresista. Se ha convertido en un pilar de la mundialización neoliberal y no puede actuar simultáneamente como gestor de modelos pos-capitalistas.
Las propias tendencias generadas por la crisis del 2008 confirman esa imposibilidad. Si China decide reforzar su posición en el escenario mundial -transformando en propiedades sus enormes acreencias en dólares- consolidará su asociación con grandes empresas capitalistas. Los bienes adquiridos a su rival serían reciclados bajo el mismo esquema de la globalización neoliberal, afectando a todos los perdedores de la reorganización capitalista[3].
Pero no es necesario evaluar estas hipótesis para verificar cuál es el comportamiento internacional predominante de las elites chinas. Los acuerdos concertados con sus abastecedores de materias primas están regulados por estrictos principios de libre-comercio.
La asociación de los capitalistas chinos con sus pares occidentales ha obstruido, además, el esperado desacople internacional y el consiguiente giro chino hacia el crecimiento interno. Los efectos de esta limitación ya pesan severamente sobre una economía que ha reducido significativamente su ritmo de crecimiento. Los vínculos transnacionales recortan los márgenes de acción autónoma de la nueva potencia.
En la propia dirección china los partidarios de estrechar la relación con Occidente (elite de la Costa) chocan con los críticos de esa asociación (elite del Interior). Pero ninguna de las dos vertientes promueve los cursos de ruptura antiimperialista requeridos para gestar un modelo internacional cooperativo.
En este terreno se verifica una significativa diferencia con la estrategia postulada por los dirigentes de la vieja URSS. También allí todos los sectores de la burocracia gobernante habían archivado cualquier perspectiva de estrategia socialista. Pero la coexistencia pacífica que mantenían con el imperialismo se basaba en un principio de división territorial (”áreas de influencia”), que recreaba los permanentes conflictos de la guerra fría. Los campos de acción económica estaban totalmente separados y los vínculos comerciales, financieros o productivos entre los dos contendientes eran mínimos.
En el curso de las últimas décadas la burocracia china siguió un camino diferente de integración plena al mercado mundial. Por esta razón el programa de Nuevo Orden Internacional (NOEI) -que impulsaba la URSS para asociar al Segundo y Tercer Mundo- no tiene continuidad en el liderazgo chino.
Esta dirección concibe todas sus acciones internacionales partiendo del entrelazamiento que estableció con las empresas y bancos del Primer Mundo. Por eso desarrolla una política exterior más cautelosa que los soviéticos, con bajo perfil, alto realismo y convivencia con la economía estadounidense.
ALIANZAS SIN IMITACIÓN
En su configuración actual China puede ser vista como un socio de los procesos transformadores de América Latina, pero nunca como el modelo a seguir para la construcción del socialismo. El gigante asiático se ha distanciado estructuralmente de ese objetivo.
Al igual que la URSS en el pasado, China es muy importante en la actualidad para Cuba y América Latina. La región necesita aliados para cualquier batalla contra el imperialismo estadounidense. El gigante del Norte sigue tratando a las naciones situadas al sur del Río Grande como piezas de su patio trasero. Nunca abandonó sus pretensiones de anexar Centroamérica y tutelar Sudamérica. Envió marines, organizó golpes de estado y diseñó todas las masacres requeridas para perpetuar su dominación.
Estados Unidos respondió al surgimiento de proyectos socialistas en el hemisferio con sabotajes, invasiones y conspiraciones. Comandó un estricto monitoreo anticomunista y llevó a cabo explícitas acciones de intervención contra Chile y Nicaragua. Las décadas de bloqueo que soporta Cuba o las conspiraciones que afronta Venezuela retratan esta injerencia.
Es totalmente falsa la creencia que Estados Unidos se ha olvidado de América Latina y que ha renunciado al intervencionismo. Basta registrar el protagonismo yanqui en el golpe de Honduras, el despliegue general de la IV Flota o las nuevas bases en Colombia para desmentir esas ilusiones. Hay cambios en el lenguaje (del anticomunismo al antiterrorismo) y mayor delegación de acciones en militares locales. Pero el Pentágono persiste como la principal barrera para cualquier perspectiva no sólo de socialismo, sino de efectiva independencia.
El desahogo que se observa en los últimos años (declive de la OEA, surgimiento de la CELAC, retorno de Cuba a la diplomacia regional) es un resultado provisorio del escenario creado por las rebeliones populares. Hay gobiernos más autónomos, pero la obstrucción imperial a cualquier proyecto de emancipación de la América Latina no ha cambiado.
Resulta por lo tanto indispensable apuntalar las alianzas internacionales que permitan proteger los procesos antiimperialistas en la región del abrumador poderío del Pentágono. Por su peso geopolítico a escala global, China puede actuar como contrapeso de esa amenaza.
La trayectoria seguida por Cuba desde los años 60 aporta un interesante antecedente de la forma de implementar una política exterior revolucionaria, sin subordinación a los mandatos de los grandes jugadores mundiales. El Che puso en práctica una estrategia de expansión internacional del socialismo, en contraposición al status quo permanente con el imperialismo que propiciaban los líderes de la ex URSS. En su discurso de Argelia fue particularmente crítico con la escasa solidaridad de estos dirigentes hacia las sublevaciones del Tercer Mundo.
Guevara convocó a forjar “uno, dos, tres, muchos Vietnam”, en oposición a la pasividad del Kremlin. Impulsaba esas sublevaciones frente a la utopía de restringir la edificación del socialismo a un solo país o región. En el Congo puso el cuerpo y en Bolivia entregó su vida a esos ideales (Katz, 2008; Sánchez Vázquez, 2007).
Más allá del resultado de esas acciones, la experiencia cubana ilustró cómo la alianza con una potencia para contrabalancear el peso del imperialismo, no implica sometimiento o imitación del socio. Ese modelo ofrece un importante punto de partida para concebir las relaciones con China de los procesos radicales actuales y futuros de América Latina.
21-11-2014
REFERENCIAS
-Amin, Samir, (2012), “El mundo visto desde el Sur”, ALAI, 30-3.
-Arrighi Giovanni, (2007), Adam Smith en Pekín, Akal, Madrid.
-Choi, Wai Kit, (2009), “Toward a Communist immnent critique”, Science and Society, vol 73, April.
-Ding, Xiaoqin, (2009), “The socialist market world economy, china and the world”, Science and Society, vol 73, April.
-Dos Santos, Theotonio, (2011), “Algunos comentarios a la entrevista de Wallerstein”, ALAI, 18/8.
-Hart-Landeberg Martin, (2011), “The Chinese Reform experience: A critical assessment”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1.
-Katz Claudio (2014), “La epopeya de Cuba”, www.lahaine.org/katz.
-Katz Claudio, (2008), “El legado del Che”, 2008, www.lahaine.org/katz.
-Katz, Claudio, (2006), El porvenir del socialismo, Edición venezolana: Monte Ávila, Caracas, 2006
-Li, An; Li, Zhongjin; Xie, Fuaheng, (2012), “Guojinmintui: China new public-private debate”, Science and Society, vol 76, n 3, july.
-Li, Minqi, (2009), “A harmony of capitalism and socialism?, Science and Society, vol 73, April.
-Li, Minqui; Piovani, Chiara, (2011), “One hundred millón jobs for the chinese workers”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1.
-Lin, Chun, (2009), “The socialist market economy, Step forward or backward”, Science and Society, vol 73, April.
-Lo, Dic; Zhang, Yu, (2011), “Making sense of China´s economic transformation”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1.
-Revista Bandung, (2011), Vol 1, setembro 2011, Cedebras, Belo Horizonte.
-Sánchez Vázquez, Adolfo, (2007), “La revolución cubana y el socialismo”, El marxismo en América Latina, Antología. Editorial LOM, Santiago de Chile.
-Wang, Fengzhen, (2009), “Crossroads: China´s future under debate”, Science and Society, vol 73, April.
-Weil, Robert, (2009), “Class bases of Chinese marxisms todays”, Science and Society, vol 73, April.
-Xie, Shaobo, (2009), “Crossroads: China´s future under debate”, Science and Society, vol 73, April.
-Yang, Jinhai, (2009), “The historical significance of the combination of socialism and market economy”, Science and Society, vol 73, April.
-Yi, Jiexiong, (2009), “A marxist perspective on chinese reforms”, Science and Society, vol 73, April.
-Yu Au, Loong, (2012), “De maitre a serviteur”, Inprecor 588-589, novembre-décembre.
-Zhu, Andong; Kotz, David (2011), “The dependence of China´s economic growth on exports and investment”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1

Claudio Katz Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal III. Controversias

2 de mayo 2014, Alainet


Las características de la crisis reciente se explican por las transformaciones ocurridas durante la etapa neoliberal de las últimas tres décadas. Ese período comenzó con el Thatcherismo, se reforzó con el desplome de la URSS y persiste en la actualidad atropellando las conquistas sociales. 

Mediante privatizaciones, apertura comercial y flexibilización laboral el neoliberalismo modificó el funcionamiento del capitalismo. Amplió el radio sectorial y territorial de la acumulación, sometiendo nuevas actividades (educación, salud, jubilaciones) y espacios geográficos (ex países socialistas) al reinado del lucro. Ha incentivado formas de consumo más segmentadas y modalidades de producción flexible, que potencian el desempleo, la feminización del trabajo y la polarización de las calificaciones. 

El modelo actual se apoya en el repliegue de los sindicatos y en el reflujo de las ideas anticapitalistas. Propicia una competencia global basada en aumentos de la productividad desgajados del salario. Ha facilitado la recomposición de la tasa de ganancia incrementando la explotación de los trabajadores.

Las grandes empresas aprovechan las diferencias internacionales de sueldos para ampliar sus beneficios. Emigran hacia los países que ofrecen mayor baratura salarial -o utilizan la amenaza de ese traslado- para acentuar el control patronal del proceso de trabajo. Esta orientación confirma que las ganancias provienen de la extracción de plusvalía y que no se avecina el “fin del trabajo”, teorizado por tantos autores.

El neoliberalismo acentuó la precarización de todas las categorías profesionales, creando un duro escenario de informalidad laboral. El aumento de la desigualdad social es una consecuencia de esta regresión.

Polarización social

La enorme expansión de las brechas sociales retrata la ofensiva del capital. Con sus denuncias de enriquecimiento del 1 % de los acaudalados, el movimiento de ocupantes de Wall Street puso de relieve esta fractura. Un documentado libro reciente confirma la magnitud de esta polarización. Ese trabajo aporta detalladas estimaciones del aumento de la desigualdad social en 30 países y establece comparaciones históricas de esta brecha[1]

El texto destaca que el 1% de la minoría más enriquecida de la población (equivalente a la crema de la clase capitalista) es poseedora del 25% del patrimonio total en Europa (2010) y del 35% en EEUU (2010). El 9% siguiente (que corresponde a los sectores privilegiados, gerenciales o directivos) detenta el 35% de ese acervo en ambas zonas. Un 10% de habitantes maneja, por lo tanto, el 60% y 70% del patrimonio en las dos principales regiones económicas del planeta. En el otro polo de la sociedad, el 50% más pobre sólo tiene el 5% de ese total y el 40% restante conforma un sector intermedio, que controla el 35% (Europa) y el 25% (Estados Unidos) de esa suma.

El estudio también señala que este enriquecimiento se amplió dos o tres veces más que el PBI durante los últimos 20-30 años, a un ritmo desconocido desde 1910. Por esta razón algunos super-billonarios, como la heredera de la empresa francesa L´Oreal incrementaron su fortuna de 2000 a 25.000 millones de dólares en 1990-2010. Lo mismo ocurrió con  Bill Gates.

Estas cifras confirman otras evaluaciones que circularon en los últimos años para ilustrar esta explosión de desigualdades. Por ejemplo, una minúscula elite de billonarios detenta el 46% de los activos mundiales y un puñado de 200.000 “ultra-ricos” aumentó el año pasado su patrimonio en un monto equivalente al PBI de la India[2].

Estos datos demuelen todas las justificaciones neoliberales de la brecha social, como “un precio a pagar por el progreso” o como un “mal transitorio hasta que finalice el derrame”. También refutan la fantasía de “erradicar la pobreza mediante el crecimiento”. Los cálculos que habitualmente presenta el Banco Mundial para demostrar esa reducción se basan en una burda identificación de las necesidades básicas con la subsistencia fisiológica. Como miden la pobreza omitiendo su evolución comparativa frente a la riqueza, registran disminuciones porcentuales de la miseria que sólo existen en su imaginación[3].

El aumento de la desigualdad en las economías emergentes se desenvuelve a un ritmo semejante a los países centrales, confirmando que estas fracturas no se acortan con el simple crecimiento. En China el 1% más rico pasó de 4-5% del patrimonio (1980) a 19-11% (2010) y en India del 4% a 12%. La riqueza se ha expandido más rápido que el PBI en las economías asiáticas ascendentes y en las regiones estancadas de Occidente[4].

La estrecha relación entre desigualdad y neoliberalismo se verifica en la evolución histórica de los desniveles sociales. El pico máximo de la brecha social se registró a principio del siglo XX, luego descendió en la posguerra hasta alcanzar a su punto más bajo en 1975 y posteriormente ha retomado una imparable curva ascendente. Dos contrapesos tradicionales de esta polarización -la existencia de una clase media y de estados involucrados en la problemática social- no atenuaron la fractura creada por el capitalismo neoliberal[5].

Es muy significativo que los datos más contundentes sobre el incremento de la desigualdad contemporánea hayan sido aportados por un economista convencional, crítico de Marx y partidario de mejorar al capitalismo con tenues reformas en los impuestos y la educación[6].

Mundialización productiva 

La desigualdad se expande junto al salto registrado en la internacionalización de la economía. Esta mundialización se ha convertido en un nuevo eje articulador del capitalismo. En la esfera productiva los protagonistas de este cambio han sido las empresas transnacionales, que ampliaron la diversificación internacional de los procesos de fabricación.

Estas firmas aumentaron la elaboración de mercancías “hechas en el mundo” mediante “cadenas globales de valor”. Desenvuelven su producción en función de las ventajas que ofrece cada localidad en materia de salarios, subsidios o disponibilidad de recursos. De esta forma un Ipod se fabrica actualmente con microcircuitos japoneses, diseño norteamericano, pantallas planas coreanas y ensamblado chino[7].

La industria se desplaza al continente asiático para lucrar con salarios bajos, aprovechando el abaratamiento del transporte y las comunicaciones. Esta extensión geográfica condujo a una duplicación de la fuerza de trabajo involucrada en la producción global (1990- 2010). El porcentaje de asalariados comprometidos en esta actividad mundializada aumentó un 190% en las economías intermedias y un 46% en los países desarrollados[8].

La industria automotriz -que con el fordismo o toyotismo siempre marcó la tónica de nuevos modelos productivos- ha incrementado su internacionalización. Fracciona la fabricación de vehículos en incontables países y ya existen tres casos importantes de entrelazamiento global de la propiedad (FIAT-Chrysler, Renault-Nissan y Peugeot-Dongfeng).

La evolución de FIAT es muy ilustrativa de esta tendencia, puesto que ingresó en Chrysler en 2009 bajo la dirección de un italo-canadiense, manteniendo la propiedad de la familia Agnelli. La compañía se despegó posteriormente del mercado italiano y dio lugar a una nueva empresa internacionalizada (FCA) con sede legal en Holanda y domicilio fiscal en Inglaterra

La revolución digital es el soporte tecnológico de esta mundialización productiva. La velocidad de las innovaciones en la informática torna obsoletos los nuevos productos, antes de agotar su comercialización. La crisis no atenuó el vertiginoso ritmo de estos cambios. La expansión de Internet con redes sociales ha generado, por ejemplo, una nueva interconexión entre 1000 millones de usuarios. Los debates sobre la propiedad intelectual y la nueva cultura audiovisual ilustran la magnitud de la revolución tecnológica en curso.

El impacto de estas innovaciones sobre la productividad suscita un intenso debate, que opone a los tecno-eufóricos con los tecno-escépticos. La apología neoliberal del universo virtual que despliega el primer grupo es impugnada por los heterodoxos del segundo alineamiento, con argumentos que relativizan el impacto de los nuevos mecanismos de producción flexible[9].

Pero conviene recordar que el capitalismo siempre ha funcionado introduciendo innovaciones que incrementan la tasa de explotación. Este mecanismo se encuentra en el ADN de un sistema basado en la extracción de plusvalía.

La revolución informática actual repite esa norma, pero generando recortes mayores en el nivel de empleo. Esta pérdida de puestos de trabajo se verifica en las fases de prosperidad y recesión, a medida que se acelera la rotación del capital y se reducen los gastos de administración. 

Algunos críticos marxistas reconocen la presencia de esta revolución tecnológica, pero objetan su alcance industrial. Estiman que la productividad no se expande, ni genera mutaciones comparables a la máquina del vapor o el automóvil[10].

Pero esta caracterización reitera los diagnósticos keynesianos que añoran el viejo capitalismo. Acepta sus cálculos de productividad para las economías avanzadas y aprueba la omisión de estas estimaciones para las economías asiáticas. Es evidente que la gigantesca expansión del PBI chino se consumó junto a los grandes cambios de la informática, que utilizan las empresas transnacionales para fabricar globalmente. 

Es erróneo suponer que el capitalismo eliminó las revoluciones tecnológicas luego de la era del automóvil. Este sistema no puede prescindir de estas mutaciones periódicas, desde el momento que funciona compitiendo por beneficios surgidos de la explotación. Esta concurrencia obliga a los concurrentes a incrementar la productividad para sustraer mercados a sus rivales. La informática simplemente repite lo ocurrido con el vapor, los ferrocarriles, la electricidad, el automóvil o los plásticos[11].

Mundialización comercial-financiera

La fuerte expansión que han registrado los convenios de libre-comercio se amolda al avance de la mundialización productiva.Las compañías necesitan aranceles bajos y libertad de movimientos entre países para concretar sus transacciones intrafirma.

La gravitación actual de esas empresas es enorme. Sólo 737 firmas transnacionales controlan el 80% del valor accionario de las mayores compañías del mundo y una crema de 147 maneja el 40% de esos títulos[12]. 

Como el comercio mundial no se interrumpió en el reciente sexenio de crisis, estas tendencias han persistido. La caída registrada en el volumen de transacciones durante el 2009 se recompuso, sin afectar el eslabonamiento forjado por las empresas globalizadas.

La mundialización comercial continúa extendiéndose con los nuevos mega-tratados que Estados Unidos negocia con la Unión Europea (Transatlántico) y con los países asiáticos (Transpacífico). Obama retomó las tratativas iniciadas durante la administración de Clinton, bajo la presión de los sectores más interesados en ampliar la escala de sus mercados (productos agro-genéticos, informática, automotrices, bancos).

Estas negociaciones corroboran que la crisis no introdujo el giro hacia el proteccionismo que pronosticaron algunos economistas. Al contrario, persistieron los grandes bloques regionales (Unión Europea, Alianza del Pacífico, ASEAN) y los convenios que mantienen entre sí los países miembros de las distintas alianzas. Aquí radica la gran diferencia con los años 30. La economía se encuentra más internacionalizada y se estrechó el margen para recrear áreas monetarias resguardadas con elevados aranceles. 

Por estas razones tampoco hubo reversión de la globalización financiera. En este campo se concentra la mayor escala de internacionalización del capital. La desregulación de las operaciones, la integración de los mercados y la gestión accionaria de las firmas que introdujo el neoliberalismo ha persistido. Los capitales continúan fluyendo de un país a otro con la misma velocidad y libertad de circulación que exhibían antes del 2008. Estos movimientos siguen generando la explosión de liquidez, el descontrol crediticio, la inestabilidad cambiaria y la volatilidad bursátil, que sacuden periódicamente a todos los mercados.

Bajo el impacto inicial de la crisis abundaron las convocatorias a reintroducir regulaciones, controles a los bancos y penalidades a las ganancias especulativas. Pero no ocurrió nada. Todas las iniciativas chocaron con la resistencia de los financistas, que volvieron a demostrar capacidad de veto y creciente entrelazamiento con el capital productivo.

Dos situaciones en la misma etapa

El avance de la mundialización no es sinónimo de sincronización del ciclo económico. Al contrario, cada vez resulta más nítida la coexistencia de situaciones diferenciadas. El crecimiento bajo o nulo de Estados Unidos, Europa y Japón empalma con el continuado ascenso de China y ciertas economías intermedias.

Este segundo bloque no tiene la pujanza suficiente para actuar como consumidor global, ni para generar una desconexión compensatoria del estancamiento en el centro. Pero su continuado crecimiento limitó el alcance de la crisis.

Como resultado de esa combinación coexisten dos tipos de escenarios dentro de la misma economía internacionalizada. Las empresas transnacionales neutralizan la caída de un mercado con el desarrollo de otro. Contrarrestan las pérdidas afrontadas en ciertos países con las ganancias obtenidas en las localidades más prósperas. Este heterogéneo contexto explica las modalidades diferenciadas que presenta en la actualidad el neoliberalismo agobiado por las finanzas en el Centro y basado en el productivismo en Oriente.

En ambas regiones se corrobora el mismo comportamiento turbulento de la acumulación. No rige la expansión auto-sostenida que imaginan los neoliberales, ni el estancamiento generalizado que suponen muchos heterodoxos.

Frente a esta situación conviene ser cuidadosos con los contrapuntos históricos. El período neoliberal no repite la depresión de entre-guerra, ni la pujanza de posguerra. Conforma una nueva etapa que perdura en la coyuntura pos-2008.

Este período incluye un funcionamiento cualitativamente diferenciado del capitalismo. Este sistema tuvo una primera etapa de libre-comercio en el siglo XIX, una segunda de imperialismo clásico a principio del XX y una tercera de pos-guerra con mayor regulación estatal. El neoliberalismo constituye la cuarta etapa del capitalismo.

Esta caracterización permite abordar los problemas actuales mejorando la aplicación de la teoría de las Ondas Largas, para captar la coexistencia de situaciones de recesión y crecimiento. Indagar sólo la preeminencia de un ciclo Kondratieff descendente o de un período contrapuesto ascendente genera múltiples problemas. 

Los teóricos marxistas que postulan la perdurabilidad de un ciclo descendente suelen remarcar la anemia de la acumulación. Reconocen que el neoliberalismo restauró la tasa de ganancia, pero consideran que esa recomposición no incrementó la inversión y la productividad. Explican esa limitación por la dominación de los monopolios, la pérdida de pujanza tecnológica o la gravitación parasitaria del capital financiero[13].

Pero esta mirada omite el fenomenal crecimiento de China y la expansión cualitativa de la mundialización. Razona como si estos datos constituyeran episodios menores o pasajeros, sin notar que modifican el funcionamiento del capitalismo. Reitera imágenes de estancamiento recogidas de los años 30 o 70, olvidando que este sistema no se  caracteriza por parálisis sin fin. Se desenvuelve ampliando la explotación de los trabajadores para acumular beneficios.

Otros autores vislumbran la proximidad de una fase ascendente (en el 2018), al concluir un ciclo Kondratieff descendente que prolongó su duración tradicional[14].

Pero esta determinación cronológica exacta de los períodos largos es más familiar al razonamiento schumpeteriano que a la tradición de Marx. Los seguidores de esa concepción (que aceptan la problemática de los ciclos largos) siempre objetaron las periodicidades fijas. Cuestionaron las justificaciones basadas en la renovación del capital fijo o la maduración de revoluciones tecnológicas, considerando que el dato central de estos procesos es el imprevisible desenlace social de la confrontación clasista.

Más allá de estas controversias, no existe hasta ahora ningún indicio de reversión del bajísimo crecimiento de Europa, Japón o Estados Unidos, que se requeriría para el debut de esa onda ascendente. 

La atención puesta en dilucidar la primacía de un ciclo de regresión o prosperidad de largo plazo obstruye el registro de la dualidad actual. En esta etapa no perdura la homogeneidad, ni las fracturas de pos-guerra. El centro ya no determina tan directamente la evolución económica mundial y ha desaparecido el movimiento económico específico que caracterizaba al bloque socialista. Probablemente los nuevos movimientos de largo plazo se están amoldando al perfil de un capitalismo más globalizado y de-sincronizado. 

En cualquier caso es más productivo desentrañar las transformaciones cualitativas en curso, que discutir la periodicidad cuantitativa de las Ondas. El concepto de etapa contribuye a esta indagación. Permite afinar los instrumentos conceptuales requeridos para captar la dinámica de un período tan complejo. La evolución en curso no se esclarece con preguntas simplificadas. No basta definir “si la crisis se profundiza o atenúa” para comprender lo que está ocurriendo. Resulta indispensable contextualizar esta convulsión en la nueva etapa que han estudiado varios autores[15]

Una crisis específica

El neoliberalismo cerró el período de convulsión predominante durante el ocaso del boom de posguerra (temblores de 1974-75 y 1981-82). Pero como siempre ocurre bajo el capitalismo el fin de ciertos desequilibrios abrió nuevas contradicciones, que desembocaron en los estallidos financieros y en la recesión de los últimos años. Dos décadas de privatización, apertura comercial y flexibilización laboral generaron esos torbellinos.

Las crisis de la mundialización neoliberal han sido muy frecuentes en distintos puntos del planeta. Salieron a flote con la burbuja japonesa (1993), la eclosión del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001). 

El temblor global del 2008 tuvo una magnitud y un alcance geográfico muy superior a estos precedentes, pero forma parte de la misma secuencia. No ha sido una prolongación de crisis irresueltas de los años 70, sino un resultado de contradicciones específicas de la nueva fase. Las caracterizaciones que subrayan esta peculiaridad han clarificado mucho más el contexto actual, que las interpretaciones centradas en explicar el temblor reciente como una continuidad de la crisis iniciada hace 40-50 años[16].

Las convulsiones de los últimos años no constituyen sólo desequilibrios genéricos del capitalismo, ni efectos exclusivos de las políticas neoliberales. Obedecen a ambas causas. Son productos combinados del capitalismo neoliberal.

Esta síntesis ha sido acertadamente analizada por distintas interpretaciones marxistas, que explican como la crisis emergió de un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación (capitalismo) y de un modelo de ofensiva del capital contra el trabajo (neoliberalismo) [17].

 Estas caracterizaciones se ubican en las antípodas de la visión neoclásica, que atribuye las crisis recientes a desaciertos de los gobiernos o irresponsabilidades de los deudores. No sólo reducen todos los problemas a comportamientos individuales, sino que culpabilizan a las víctimas y apañan a los responsables.

La ortodoxia neoclásica presentó el temblor del 2008 como un episodio pasajero y justificó con pragmatismo todos los socorros estatales a los bancos. No registró que este auxilio contraría sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo. Pondera, además, a los países que presentan menor resistencia al ajuste (Letonia, Irlanda) y despotrica contra las poblaciones que enfrentan esa agresión (Grecia)[18].

Las interpretaciones marxistas también discrepan con las teorías keynesianas, que explican la crisis por ausencia de regulaciones y descontrol del riesgo. Estas visiones postulan resolver estos desajustes con mayor supervisión bancaria[19].

 Pero suelen olvidar que los controles ya existen y son periódicamente socavados por las rivalidades que oponen a los propios bancos. En su idealización de las regulaciones desconocen que esas normas están destinadas a proteger los negocios de las clases dominantes.

La heterodoxia convencional denuncia acertadamente el descaro de Wall Street, la estafa de los ahorristas y el chantaje de las calificadoras. Pero omite que la especulación es una actividad constitutiva y no opcional del capitalismo. 

Los keynesianos que buscan raíces más estructurales de la crisis actual  remarcan el deterioro del poder de compra que introdujo el neoliberalismo[20]. Pero no tienen en cuenta que el capitalismo actual funciona incentivando el consumo y fragilizando los ingresos, mediante la competencia laboral y la degradación del trabajo. El propio sistema propicia metas contradictorias de ampliación de las ventas y reducción de los costos salariales.

Tres explicaciones marxistas

 En polémica frontal con estas visiones los economistas marxistas han presentado en los últimos años tres explicaciones principales de la crisis. 

Una primera visión destaca que el neoliberalismo creó un problema de realización del valor de las mercancías al contraer los salarios. Alentó el consumo sin permitir su disfrute y  amplió la producción estrechando los ingresos. Estas incongruencias derivan en última instancia de la estratificación clasista de la sociedad, pero fueron potenciadas por el deterioro del poder de compra popular que introdujo el neoliberalismo[21].

Pero también conviene subrayar que ese desequilibrio no afectó a todos los países con la misma intensidad. El modelo actual incluye una gran expansión del consumismo y la riqueza patrimonial financiados con endeudamiento.

Un segundo enfoque marxista pone el acento en los problemas de valorización. Destaca que el neoliberalismo incrementó la tasa de plusvalía y redujo los salarios, sin consumar una recuperación suficiente de la tasa de ganancia[22].

Pero como ese porcentual no es un número fijo, lo que debe evaluarse es si esa recomposición alumbró un nuevo esquema de funcionamiento capitalista. Dos décadas y media de neoliberalismo ilustran esa concreción. Los desequilibrios actuales de valorización son resultado del impacto que genera la tasa de inversión sobre un nivel restaurado del beneficio.

La tercera caracterización marxista resalta la existencia de capitales sobre-acumulados en la esfera financiera. Remarca las tensiones que generan esos fondos a través de mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos. La internacionalización de las finanzas, la desregulación bancaria y la gestión bursátil de las grandes firmas agigantan esos desequilibrios[23]. 

Pero es importante vincular estas transformaciones a sus determinantes productivos, para evitar lecturas simplistas. Ciertamente el neoliberalismo abrió las compuertas para un festival de especulación, pero las mutaciones que introdujo con la multiplicación de títulos y la gestión del riesgo han sido funcionales a la mundialización productiva y comercial.

Las tres visiones marxistas ilustran cómo el neoliberalismo erosionó los diques que morigeraban los desequilibrios del capitalismo. Por esta razón el sistema opera con un grado de inestabilidad muy superior al pasado.

Las coincidencias entre esos enfoques son mucho mayores que sus diferencias. Divergen en la identificación de los mecanismos últimos de una crisis que todos atribuyen al funcionamiento intrínseco del capitalismo. El debate concierne a explicaciones teóricas y no entraña divergencias políticas significativas. La vieja identificación del sub-consumismo con el reformismo socialdemócrata y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia con la revolución social ha perdido relevancia. En ningún lugar existen alineamientos orientados por esos parámetros.

Esas compatibilidades pueden desarrollarse profundizando un abordaje metodológico multicausal de la crisis, que indague como el capitalismo se reproduce potenciando una amplia gama de contradicciones.

La heterogeneidad de la mundialización neoliberal es una manifestación de esta combinación de desequilibrios. El modelo incentivó en las economías centrales problemas de demanda, al contraer los ingresos populares y aumentar la desigualdad. En las economías de alto crecimiento introdujo, en cambio, desajustes de sobre-inversión y potencial caída de la tasa de ganancia.

Por estas razones las crisis de realización que prevalecen en el primer bloque, coexisten con los desequilibrios de valorización que despuntan en el segundo. Los temblores financieros que sacuden a todo el sistema expresan esta variedad de contradicciones estructurales.

Conflictos dentro del orden neoliberal

Ningún proceso económico esclarece por sí mismo el rumbo contemporáneo del capitalismo. Si se omiten los cambios geopolíticos o se postula su estudio en forma separada, resulta muy difícil comprender las transformaciones en curso.

El rol de Estados Unidos, las reacciones de China y las actitudes de las sub-potencias intermedias no operan como simples reflejos de exigencias económicas. Se desenvuelven siguiendo tensiones geopolíticas autónomas, en un escenario mundial estratificado por la dominación imperialista.

En este orden global las guerras inter-imperialistas por el reparto del mundo colonial -que predominaban hasta la primera mitad del siglo XX- fueron sucedidas por una gestión imperial asociada, bajo el liderazgo de Estados Unidos. En ese escenario se registraron los choques con Rusia y China y las permanentes agresiones a los países periféricos.

La interpretación de las nuevas situaciones que irrumpieron bajo el neoliberalismo está dificultada por la variedad de coyunturas que ha caracterizado a esta etapa. Basta contrastar la sensación de triunfalismo imperial que prevaleció durante era Bush, con el reajuste estadounidense de los últimos años para calibrar la magnitud de estas modificaciones.

Habitualmente se distinguen tres momentos diferenciados de este período. La fase de predominio bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética (1985-89), el escenario unipolar de supremacía de la primera potencia (1989-2008) y el contexto multipolar en curso (2008-2014). El colapso de la URSS, la ofensiva belicista estadounidense y la conversión de China en país central han sido los acontecimientos más determinantes del pasaje de una fase a otra. 

También en el período previo de posguerra se registraban mutaciones de este tipo. Los momentos de ímpetu imperial eran sucedidos por etapas de mayor gravitación del bloque socialista o del núcleo de países No Alineados. Pero la relativa solidez de la divisoria planetaria durante la guerra fría atenuaba el alcance de esas modificaciones. Por esta razón los virajes actuales son más desconcertantes y generan abruptos cambios de opinión entre los analistas. Un día describen la invencibilidad de Estados Unidos y al otro retratan el fulminante declive de esa potencia.

Para evitar estos vaivenes conviene recordar que el período neoliberal se consolidó cuando fue aceptado por los principales actores del orden internacional. Esta convalidación sucedió a la restauración del capitalismo en el ex bloque socialista. Partiendo de esta coincidencia en torno al sistema socio-económico mundial se desenvuelven los conflictos comerciales, financieros y productivos. La competencia económica y la búsqueda de mayor poder geopolítico operan al interior de esa estructura.

Estas oposiciones se sitúan por debajo de un umbral de antagonismo y se desarrollan sin quebrar la solidaridad de clases dominantes que existe entre los rivales. Todos se alinean en la misma orbita de la opresión social, acompañan la mundialización y aceptan con distinto grado de entusiasmo la modalidad neoliberal prevaleciente. Las empresas transnacionales operan como el gran conector entre los capitalistas nacionales y los nuevos enriquecidos del Este y Oriente, que aspiran a alcanzar la riqueza de sus pares de Occidente.

Esta coexistencia de intereses no elimina la disparidad de intereses en juego, ni reduce la virulencia de la concurrencia, pero define el marco en que se negocian las disputas. En el G 7, el Consejo de Seguridad o últimamente el G 20 se determina cuál es el grado de consenso o disenso que existe en torno a cada controversia. 

Estas tratativas siempre penalizan a la periferia y ratifican la supremacía del circuito imperial. También disimulan la asimetría militar que mantiene Estados Unidos con el resto y consagran el status ascendente o descendente de las sub-potencias y las economías intermedias. Este escenario de choques en un ámbito acotado ha sido comparado con el contexto histórico de “Concierto de las Naciones” que sucedió al fin de las guerras napoleónicas[24].

Este marco geopolítico del período neoliberal ha persistido luego de la crisis del 2008. La convulsión económica no modificó el consenso en torno a la mundialización. Estados Unidos reorganiza su intervención imperial definiendo la agenda que asumen Europa y Japón. China asciende con grandes vacilaciones sobre la forma de amoldar su escasa incidencia política a su enorme gravitación económica. Las ambiciones sub-imperiales de varias potencias emergentes chocan con su vulnerabilidad económica y sus frágiles alianzas externas. La periferia continúa padeciendo los mayores daños de este reacomodamiento.

Este nuevo escenario es también registrado por las visiones que destacan la sustitución del viejo fordismo nacional por un nuevo post-fordismo global. Pero este reconocimiento choca con su expectativa de gestar una globalización progresista, basada en la competitividad compartida y la redistribución internacional de los ingresos[25].

 No cabe duda que la geografía industrial del mundo se aleja del viejo fordismo. Pero esta transformación se consuma con el activo protagonismo de empresas transnacionales que rivalizan entre sí explotando a los trabajadores. Este modelo de concurrencia por la extracción de plusvalía impide el surgimiento de una globalización cooperativa. Imaginar la forma que eventualmente asumiría un esquema sustitutivo antiliberal no aporta clarifica el contexto actual.

¿Resurgimiento multipolar de las naciones?

Otra caracterización del escenario actual diagnóstica un declive del neoliberalismo, frente al pujante avance de los estados nacionales que priorizan el mercado interno y el proteccionismo. Pondera el desarrollo industrial autónomo de China, Rusia e India que aprovechan los avances ya alcanzados por sus antecesores (“catch up”). También pronostica el inicio de un “siglo de naciones”, en un mundo multipolar con alta fragmentación regional[26].

Estos enfoques convergen con las expectativas de constitución de un bloque contra-hegemónico en torno a los BRICS. El estado nacional es visto como el principal artífice de esa posibilidad si afianza su resistencia al neoliberalismo.

Pero estas miradas presentan la multipolaridad como un dato de la etapa olvidando su carácter reciente. Tampoco notan el conflicto que existe entre una variedad de centros políticos operando en torno a la internacionalización de la economía. Suponen que existe plena compatibilidad entre ambos procesos, sin notar cuántas restricciones introduce la segunda tendencia sobre la primera. 

La presentación de la mundialización como un escenario de oportunidades es ingenua. Este marco no ofrece simples ventajas a los recién llegados. Implica un protagonismo de empresas transnacionales que se expanden seleccionando sus localizaciones, para garantizar los movimientos financieros y el libre comercio.

La multipolaridad política no revierte la mundialización neoliberal. Sólo modifica las relaciones de fuerza al interior de ese esquema. No cambia la etapa prevaleciente, ni induce un retorno al capitalismo de posguerra. Incorpora otra faceta al mismo orden global de las últimas tres décadas.

Este sistema ha funcionado con poca flexibilidad en torno a estamentos muy definidos. Los poderosos negocian acuerdos en el Consejo de Seguridad y la OTAN a costa del resto. Este modelo no decae a favor de otro basado en el resurgimiento de las naciones, por las mismas razones que ha quedado atrás el capitalismo del siglo XVIII. La secuencia histórica de mercados locales que forjan estados nacionales y luego potencias mundiales es una norma del pasado.

Las esperanzas en un esquema multipolar antiliberal están actualmente centradas en la evolución de China, Rusia o los BRICS. Pero estas expectativas no suelen considerar la elevada conexión de esos modelos con la mundialización neoliberal. Por eso sobreestiman sus diferencias con las potencias imperiales y subestiman la aplicación de políticas internas regresivas. Es falso, que el capitalismo funciona bien en los BRICS y mal en las economías desarrolladas. Los desequilibrios del sistema se extienden a todas partes.

Los teóricos del resurgimiento nacional estiman que el inexorable declive de Estados Unidos abre espacios para ese renacimiento. Pero también reconocen la continuada gravitación militar de la primera potencia, cuando retratan el empantanamiento de proyectos alternativos a esa primacía. Los fracasos del eje Rusia-Europa, del rearme autónomo de Francia o del replanteo de la política exterior japonesa confirman ese impasse.  

Los propios previsores de un curso de este tipo resaltan la primacía de las alianzas regionales, sin notar que esas tendencias difieren del renacimiento nacional. Si los países emergen aglutinados en bloques lo que repunta es el regionalismo, como lo prueban la Unión Europea, el Tratado del Pacífico o el ASEAN.  Pero esos bloques no desmienten, ni contradicen la mundialización neoliberal.

Ciertamente existen muchas manifestaciones de renacimiento nacional. Pero incluyen fenómenos muy contradictorios. A veces expresan la resistencia popular a la cirugía neoliberal y en otros casos maniobras derechistas y xenófobas para canalizar regresivamente ese descontento. Sólo excepcionalmente estos procesos reflejan proyectos burgueses de acumulación nacional, contrapuestos o divorciados de la mundialización. Además, la utilización del disfraz nacional es muy frecuente en otros casos, para justificar políticas sub-imperiales de opresión de los pueblos fronterizos.

Es cierto que los estados nacionales continuarán cumpliendo un rol insustituible. Pero ese papel deriva de la función medidora que cumplen entre la internacionalización económica ascendente y la vieja estructuración nacional del capitalismo. Del primer proceso no emerge automáticamente un organismo estatal mundializado y el segundo conglomerado no resucita el pasado. Los estados son utilizados por las clases dominantes para desenvolver formas de acumulación más internacionalizadas a costa de los trabajadores.

Los teóricos del renacimiento nacional conciben un desenvolvimiento flexible del capitalismo que afianzaría múltiples polos de acumulación, disolviendo las polaridades que emergen de la propia expansión del capitalismo. Pero estas fracturas impiden un avance equivalente de todas las economías. El ascenso de una debe consumarse a costa de otra, puesto que el capitalismo enfrenta límites a su ampliación global, que se manifiestan en las grandes crisis. Los rezagados deben cargar con la cuenta de las expansiones que consuman los más avanzados, imposibilitando a largo plazo la simple coexistencia de múltiples procesos de acumulación.

El significado de la amenaza ambiental

Cualquiera sea la evolución predominante en el plano económico o geopolítico la acelerada destrucción del medio ambiente afecta a todas las alternativas. Este peligro acecha en los distintos escenarios. El desastre ecológico tiende a acelerarse con el crecimiento débil en el centro y acelerado en Oriente. Se agrava con los desacuerdos y con las concertaciones entre potencias. Se profundiza con la unipolaridad y con la multipolaridad.

Los últimos seis años han demostrado que el deterioro ambiental no depende del ciclo. Ha persistido con la misma intensidad en la recesión y en la prosperidad. Las crisis enfrían el crecimiento sin alterar el elevadísimo consumo energético. Las emisiones de gas contaminante a la atmósfera ya superan en un 70% los promedios de los años 90. 

El sobreuso de combustibles fósiles ha creado un nivel de CO 2 superior a cualquier otro momento de la historia humana. Las posibilidades de un ingobernable aumento del nivel del agua de 5 a10 metros se multiplican, a medida que la temperatura del planeta llega a los temidos niveles de incremento de 2, 4 o 6 grados. En este último caso el impacto sería catastrófico y podría retrotraer al planeta a la era de la glaciación[27].

Los anticipos más preocupantes de ese peligro ya están a la vista en la dislocación de los glaciares o en el deshielo de Groenlandia y la Antártida. Con su decisión de extraer shale oil e intensificar la extracción de petróleo del Ártico, Estados Unidos continúa encabezando la demolición del medio ambiente. Pero China le sigue muy cerca y Europa no está lejos.

La reiteración de fenómenos climáticos extremos en los cuatro puntos cardinales indica el grado de extensión alcanzado por el calentamiento global. Las sequías son sucedidas por tormentosas inundaciones y las oleadas de frío polar coexisten con agobiantes períodos de calor tropical.

 Durante el 2010 se registraron las temperaturas más altas de la historia en 18 países. Rusia sufrió una marea de calor y gran parte de Pakistán quedó sumergido en el agua. La falta y exceso de lluvia deterioró el suelo de incontables países generando millones de víctimas. Ya nadie duda del impacto de cambio climático, ni observa estas catástrofes como episodios pasajeros. Los accidentes adicionales –como el gran derrame de petróleo en el Golfo de México o el accidente de Fukushima- sólo agravan un deterioro ambiental, que confirma las advertencias formuladas por todos los especialistas. 

Las alertas más recientes resaltan el impacto del cambio climático sobre los rindes de la producción agrícola, como resultado del bloqueo a la expansión natural de los cultivos que genera la acumulación dióxido de carbono. Si la demanda de alimentos sigue aumentando y la productividad agrícola queda afectada, las consecuencias serían muy graves para los desnutridos[28].

Este desastre también amenaza cortar el ascenso de China, que se desenvuelve consumiendo la mitad del cemento, un tercio del acero y más de un cuarto del aluminio total. Algunos expertos estiman que los costos ambientales se asemejan a su tasa de crecimiento. Siete de las 10 ciudades con mayor contaminación atmosférica del mundo se encuentran allí y el 75% del agua en las regiones próximas a las ciudades ha perdido condiciones de potabilidad[29].

Las grandes potencias han desaprovechado la recesión para disminuir el calentamiento global. El socorro que otorgaron a los bancos contrasta con la carencia de cronogramas para alcanzar algún acuerdo de protección de la naturaleza. El impasse de la Cumbre Rio (junio 2012) volvió a ratificar ese empantanamiento. No hubo coincidencias mínimas para detener el calentamiento.

Mientras las inversiones en energías limpias han caído un 11% en el 2013, la próxima cita para lograr un acuerdo será la cumbre de Paris (2015). Los científicos de la Naciones Unidas exigen ir más allá de un Protocolo de Kyoto que nunca se aplicó, señalando la probable irrupción de un nuevo drama de los refugiados climáticos[30].

La propuesta de crear un fondo de 30.000 millones de dólares para reducir la emisión de gases es totalmente rechazada por los países desarrollados, que a su vez confrontan entre sí a la hora de precisar el aporte de cada uno a cualquier iniciativa. Siguen buscando formas de traslado del problema a la periferia, para posponer las restricciones al uso de los combustibles fósiles. Seguramente mantendrán esta actitud hasta que algún descalabro mayor irrumpa brutalmente en los centros.

Los límites de un sistema

El desastre ecológico tiene un alcance comparable a las guerras mundiales e ilustra como el capitalismo funciona generando cataclismos periódicos, que desvalorizan o destruyen el capital sobrante. Pero el potencial de la nueva demolición supera todo lo conocido.

La ausencia de conflagraciones inter-imperialistas ha dejado un vacío en el aniquilamiento de recursos que tradicionalmente utilizó el capital para oxigenar su reproducción. La reorganización destructiva del medio ambiente no aporta un remedio equivalente a la depuración de capitales sobrantes, mercancías excedentes y tecnologías obsoletas. Es un proceso que amenaza la continuidad del género humano. Este peligro es conocido y al mismo tiempo ignorado por las clases opresoras. 

Esta dinámica del sistema puede conducir a la sepultura de toda la sociedad. La irracionalidad del modo de producción vigente radica en esta ceguera. La presión competitiva impide a las grandes empresas frenar la alocada carrera contaminante en que están inmersas. Es evidente que esa rivalidad conduce a la destrucción del entorno físico en que se desarrolla la acumulación. Sin embargo, nadie logra detener la rueda que empuja hacia el descalabro.

Lo mismo ocurre con los gobernantes que advierten contra un potencial suicidio colectivo que no detienen. La presión competitiva que enceguece a los capitalistas también afecta a los funcionarios que dirigen los estados.

La reconversión global hacia un sistema energético basado en fuentes eólicas o solares renovables se demora, a pesar de constituir el único dique efectivo frente al colapso ambiental. Como los capitalistas se benefician con la continuidad inmediata del status quo, resisten una transformación que no puede postergarse. En el modelo energético actual el 60% de las emisiones favorecen al 1,5% de la población de los países más ricos.

Por esta razón los economistas ortodoxos cierran los ojos ante el problema, esperando que el mercado defina espontáneamente los costos de la corrección que asumirían los agentes. Sus adversarios heterodoxos confían en un maná de remedios tecnológicoso en un brote de economía verde que generaría negocios más rentables que la propia contaminación. Mientras tanto todos juegan con fuego, esperando que las respuestas del capitalismo aparezcan antes de la concreción de una situación irreversible. 

El desastre ambiental retrata los límites de un sistema que emergió en cierto período y deberá desaparecer antes de arrasar a un desplome a toda la civilización. La crisis actual puede ser vista en términos históricos como un fenómeno múltiple que involucra la economía, la alimentación o la energía. Pero la dimensión climática sintetiza los contornos más dramáticos de esa convulsión. Retrata el principal aspecto de senilidad del capitalismo, que ha quedado desfasado del tipo de organización que requiere la sociedad.

Este divorcio es un resultado de las transformaciones generadas por el capitalismo neoliberal. Algunos autores van más allá de este diagnóstico y prevén un escenario de confrontaciones y estancamiento económico hasta la disipación del caos (años 2040-2050), al cabo de un largo y turbulento periodo[31].

Pero la catástrofe climática confirma el carácter turbulento de la acumulación y no el inmovilismo del sistema. El capitalismo está más corroído por su inmanejable desenvolvimiento que por su estancamiento productivo o desborde financiero. Este descontrol de la acumulación conduce a torbellinos que presentan aristas caóticas. ¿Pero se puede fechar la conclusión de estos temblores en cierto momento del futuro? 

Al establecer esa cronología se supone que los procesos históricos están sujetos a una rigurosa periodicidad interna, determinada por fuerzas ajenas a los sujetos sociales. Sólo con ese criterio se puede concebir, que el desastre ambiental (o el agotamiento tecnológico, la estrechez de los mercados y la caída de la tasa de ganancia) definirá un punto final del ciclo sistémico, más allá del descontento o la resignación popular.

La experiencia indica que los momentos de giro de la historia siempre han seguido otro patrón. Estuvieron determinados por la irrupción de procesos revolucionarios y por enfrentamientos entre las principales clases sociales. El comportamiento de líderes políticos y el peso de las ideologías incidieron en forma decisiva en esta evolución. Ninguno de estos procesos puede anticiparse con un calendario en la mano.

Las relaciones sociales de fuerza

El neoliberalismo se gestó con la derrota que impusieron el thatcherismo y el reaganismo a los trabajadores en los países centrales. Se consolidó con el posterior declive sindical y se acentuó junto al cansancio político, que genera la alternancia de conservadores y socialdemócratas en la gestión del mismo modelo. Este esquema se reforzó con la desmoralización que produjo en la izquierda la restauración del capitalismo en Rusia y China.

El modelo actual no perdura desde los 80 por sus éxitos económicos. Ha incentivado crisis mucho más severas que en los años de pos-guerra. Desencadenó temblores políticos y rediseños de fronteras, que contrastan con el congelado del mapa mundial de la guerra fría. Introdujo un inédito grado de erosión en los partidos y un desprestigio sin precedentes del sistema político. Si en estas condiciones el neoliberalismo perdura es por el retroceso social, político e ideológico que ha impuesto a los trabajadores. 

Este sector social continúa siendo el único antagonista del capitalismo con capacidad para desafiar, derrotar y sustituir la dominación de la burguesía. Por esta razón su repliegue le ha brindado tanto oxígeno al sistema. 

Esta pérdida de protagonismo de los asalariados explica el peso de las nuevas ilusiones en el renacimiento de las naciones, en la potencialidad de los estados o en la multipolaridad. La expectativa de introducir transformaciones progresistas transitando estos tres caminos deriva del vacío dejado por la menor centralidad de las luchas obreras, la fragilidad de los sindicatos y los cuestionamientos al ideal socialista. 

Este declive se revertirá al calor de triunfos populares que permitan recobrar la confianza en la lucha. Pero hasta el momento el repliegue impuesto por el neoliberalismo en la mayor parte del planeta se recicla con la enorme mutación que está registrando el capitalismo. Estas transformaciones incrementan los atropellos y generan nuevas resistencias entre los oprimidos. 

Las agresiones del neoliberalismo no han sido mayoritariamente impuestas a través de confrontaciones sanguinarias. Las principales armas del capital han sido la angustia del desempleo, la humillación de la flexibilidad laboral, la desgracia de la pobreza y las bofetadas de la desigualdad. En los países del centro utilizaron más la fractura social que la virulencia física. De esta forma debilitaron pero no demolieron a la clase obrera. Los trabajadores no han sufrido las heridas que dejaban en el pasado los aplastamientos brutales de las rebeliones sociales. Este dato permite la recomposición de la acción popular.

Siguiendo la misma dinámica de su aparición el cierre de esta etapa neoliberal tendrá lugar con un desenlace impuesto desde abajo. Sólo con triunfos populares se podrá revertir un período tan oscuro para los trabajadores. Así ocurrió en el pasado y volverá a suceder en el futuro. Las etapas de atropello nunca se eternizan y siempre son revertidas por la resistencia social.

Las oleadas de movilización conforman ciclos relativamente autónomos del contexto económico y geopolítico. Son procesos más dependientes de las experiencias sindicales, las tradiciones políticas y las ideologías predominantes que del comportamiento del PBI o del grado de cohesión de las clases dominantes.

Esta dinámica prevaleció en la etapa de crisis que antecedió al neoliberalismo. Los avatares políticos que rodearon a la oleada revolucionaria del 68 fueron más definitorios de ese periodo que el agotamiento del keynesianismo o el equilibrio del poder entre Estados Unidos y la URSS. Esta centralidad de la lucha social determinará cuándo y cómo decaerá el neoliberalismo.

Las nuevas confrontaciones

Desde el estallido de la crisis reciente despuntaron numerosas luchas en distintos puntos del planeta. Gran parte de estas acciones se localizaron en los últimos dos años en las economías que mantuvieron cierto crecimiento, sin padecer la degradación social que acosa a Europa. Pero estas movilizaciones forman parte de un mismo proceso de resistencia y se caracterizan por un gran protagonismo de la juventud trabajadora, precarizada y desempleada.

Con las anteojeras del liberalismo, algunos autores han interpretado la irrupción callejera de jóvenes en Turquía o Brasil como una expresión de la nueva clase media satisfecha con el consumo, que ahora busca transparencia política y promoción social[32]. 

Pero esa relación es una construcción totalmente artificial que desconoce el sentido de las resistencias contra el ajuste y la represión. Supone que la utilización de facebook determina la pertenencia de los manifestantes a las clases medias, como si una nueva forma de comunicación definiera posicionamientos de clase.Reduce las batallas sociales a meros pronunciamientos contra la corrupción e ignora como el desempleo y la informalidad laboral alimentan el descontento de los indignados.

Otras caracterizaciones sensatas y ubicadas en el campo popular contrastan estos movimientos con la oleada de manifestaciones altermundialistas, que se registraron hace diez años. Remarcan sus perfiles más nacionales y asocian la nueva irrupción a la crisis iniciada en el 2008[33]. Ciertos planteos subrayan la pérdida de atracción y capacidad de movilización de los Foros Sociales y convocan a sustituir las banderas “altermundialistas” por proyecto de “des-mundialización”[34].

Pero estos contrapuntos son prematuros. El neoliberalismo es un atropello mundial y percibido por sus víctimas como una fuerza reaccionaria que opera a escala global. Es cierto que las tendencias de movimientos sociales están cambiando pero sin un norte claro. Por el momento impera una gran diversidad de focos de lucha sin primacía de referentes nítidos.

Es importante notar que las movilizaciones han comenzado a emerger en el interior de la primera potencia. El movimiento de “Ocupar Wall Street” irrumpió sin generalizarse, como un síntoma de esa reacción.

Otro gran gigante que comienza a despertar se localiza en China. La clase obrera protagoniza una ascendente oleada de protestas que tiende a revertir el reflujo post- Tian An Men (1989). Estas resistencias  involucran a millones de trabajadores, en decenas de miles de huelgas, que desde el 2009 han impuesto la actitud contemporizadora que prevalece entre los funcionarios.

Los sectores dominantes buscan negociar concesiones con un proletariado que ha crecido y asume una conducta muy diferente a la pasividad que sepultó a la Unión Soviética. Esta intervención no determina aún el rumbo de la sociedad china, pero ya anticipa la gravitación de un próximo protagonista.

Otro foco de lucha se ha localizado en el mundo árabe desde la gran primavera que sorprendió al mundo e inicialmente impuso el derrocamiento de mandatarios neoliberales en Egipto y Túnez. Posteriormente este despertar derivó en un duro otoño y puede desembocar en un terrible invierno, si se afianza la contraofensiva que despliegan el imperio y el islamismo reaccionario.

Estas fuerzas están desangrando a la población en guerras sectarias que facilitan la reconstitución del poder de los dictadores, los jeques y los clérigos. Luego de lo ocurrido en Libia y Siria, nadie sabe si el empuje democrático recobrará vitalidad o quedará enterrado por esa agresión.

Pero el gran test de la pulseada entre el neoliberalismo y los trabajadores se procesa en Europa. Esta región ha sido escenario de grandes movilizaciones durante el último sexenio. En España las marchas de resistencia contra los desalojos y el desempleo convergen con demandas nacionales, debilitando a una monarquía que ha perdido el consenso que mantuvo durante la transición.

Las manifestaciones de lucha en el Viejo Continente son numerosas del Oeste (Portugal, Islandia) y en el Este (Rumania, Hungría, Eslovaquia). Pero ningún país ha logrado actuar como catalizador del resto. El lugar que tradicionalmente ocupaba Francia, como centro la acción callejera continental no ha sido reemplazado. Esa gravitación se mantuvo incluso bajo el neoliberalismo con las movilizaciones de 1984, 1986, 1995 y 1998.

La principal expectativa de modificación de las relaciones de fuerza se ha trasladado a Grecia. Las protestas alcanzaron gran intensidad y traducción política, en construcciones de izquierda que mantienen en vilo al establishment. Pero la gravedad de la crisis confirma la necesidad de acciones y programas radicales. Es la única respuesta progresiva frente al despiadado ajuste que continúan imponiendo los acreedores. 

La radicalidad se ha tornado decisiva en el Viejo Continente frente al cansancio que exhibe una población defraudada con la Unión Europea. Los votantes emiten reiterados mensajes de oposición. Si estos rechazos no encuentran una canalización radical en la izquierda, continuarán alimentando la despolitización o el crecimiento de las corrientes derechistas.

El voto castigo ya sepultó a 17 gobiernos europeos en la geografía cambiante de la protesta. Pero ese descontento también genera el ascenso de la extrema derecha, que maquilla su defensa del capital con banderas de identidad nacional. Victorias populares en la calle son indispensables para neutralizar esa amenaza y colocar a la izquierda en un escenario favorable.

Pero las nuevas relaciones de fuerza que están emergiendo a escala global se perfilan con mayor nitidez en América Latina. Lo que allí sucede tiene actualmente gran incidencia y el análisis de esta región nos conduce a nuestro próximo texto.

30-4-2014

Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal III. Controversias 

Claudio Katz

RESUMEN. 

Las transformaciones regresivas del neoliberalismo persisten. La internacionalización productiva se amplía con más localizaciones y nuevas tecnologías. Hay nuevos tratados de mundialización comercial y la globalización financiera impide restaurar las viejas regulaciones.

El estancamiento del centro coexiste con el crecimiento asiático en una etapa que no sigue los parámetros de las Ondas Largas. El neoliberalismo cerró una crisis pero abrió nuevas contradicciones que los marxistas explican con tesis compatibles y centradas en el consumo, la tasa de ganancia y el capital financiero.

Los conflictos entre potencias se desenvuelven resguardando la solidaridad entre opresores en un marco común del capitalismo neoliberal. La multipolaridad reordena las relaciones de fuerzas dentro de ese esquema. No anticipa la resurrección nacional, ni el retorno al proteccionismo.

El capitalismo actual recrea la estratificación entre el centro, la semiperiferia y la periferia con avances de una economía a costa de otra. Es erróneo suponer que funciona bien en los BRICS. El fin del período actual depende de la acción de los sujetos sociales y no puede ser fechado.

La destrucción del medio ambiente se acentuó con la recesión. La competencia impide frenar una auto-destrucción y concertar los costos de la reconversión verde. Las consecuencias son mayores que en las guerras del pasado.

El neoliberalismo se mantiene expandiendo el desempleo y la pobreza. No impuso aplastamientos físicos, pero si el repliegue de los trabajadores, el debilitamiento de los sindicatos y el cuestionamiento del ideal socialista. Estos ciclos siempre fueron revertidos, pero las nuevas luchas no lograron aún modificarlo. Las batallas centrales se dirimen hoy en Europa.

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- Claudio Katz es Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz


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[2] Kliksberg, Bernardo. “La explosión de las desigualdades”, 8/1/2014, www.pagina12.com.ar

[3]Un ejemplo de este abordaje en: Llach, Juan. El desafío de la desigualdad, 15/04/2014, www.lanacion.com.ar

[4] Toussaint, Eric. “Que faire de ce que nous apprend Thomas Piketty sur Le capital au XXIe siècle” 10/4/2014 www.pressegauche.org

[5] Piketty, Thomas. “Nunca ha habido tanta riqueza privada en el último siglo”, 13/4/2014, economia.elpais.com

[6]Pettit, Jean Paul. A propos du Capital au XXI siecle de Thomas Piketty, 10/2/2014
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[7]Rubinzal,Diego. “Mundialización de la producción cadenas globales”, 
30/3/2014 www.pagina12. Ver: Andreff Wladimir. Les multinationales globales. La decouverte, Paris, 1996.

[8] Husson, Michel. “La formación de clase obrera mundial”, 8/1/2014, www.kaosenlared.net.

[9] La primera visión Alex Tabarrok y la segunda en Robert J Gordon, La Nación, 12/1/2014.  Nuestra revisión de ese debate en: Katz Claudio. “La concepción marxista del cambio tecnológico”, Revista Buenos Aires. Pensamiento Económico, n 1, Bs As otoño 1996. 

[10] Sáenz, Roberto. “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”, Socialismo o Barbarie n 20, febrero 2012,  

[11] Nuestro enfoque en Katz Claudio, Bajo el imperio del capital. Edición argentina, Luxemburg, diciembre de 2011 (cap 8). 

[12] Basterra, Juanjo. “737 multinacionales monopolizan” 1/2/2013 www.rebelion.org. 


[13] Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, october 2009

[14] Roberts, Michael.  “Tendencies, triggers and tulips”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014.

[15]Un abordaje de este tipo en: Harvey David, A brief history of Neoliberalism, Oxford University Press, New York, 2005. Harvey David, “El neoliberalismo como proyecto de clase” vientosur.info/ 08/04/2013. 

[16]El primer enfoque: Panitch Leo, Gindin Sam. “Capitalismo global e imperio norteamericano”. El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005. El segundo en: Brenner Robert, “The economics of global turbulence”, New Left Review 229, May-June 1998

[17] Nuestra visión en polémica con los autores neoclásicos y keynesianos en: Katz Claudio “Interpretaciones de la crisis”, La crisis capitalista mundial y América Latina”, CLACSO, Buenos Aires, 2012.


[18] -Greenspan Alan 2010 “The Crisis Greenspan Associates LLC” en www.brookings.edu, Ocampo Emilio, “Cuando el remedio es peor que la enfermedad”, ambito.com/diario 11/01/2013. Raghuram Rajam, “El boom commodities crea problemas”, www.ambito.com/noticia 23/08/2012. 

[19]Stiglitz Joseph 2010. Caída libre. (Buenos Aires: Taurus).  Wyplosz Charles, “En Europa habrá una enorme reestructuración de la deuda”, www.ambito.com/noticia. 27/07/2012.

[20]Aglietta Michel, Berrebi Laurent 2007. Desordres dans le capitalisme mondial  (Paris : Odile Jacob). Bhaduri Amit, Cesaratto Sergio, Palma Gabriel, “Economistas heterodoxos”, www.pagina12.com. 19/11/2012.

[21]-Husson Michel, Capitalismo puro, Maia Ediciones, Madrid, 2009, -Bhir Alain, “Le triomphe catastrophique du neoliberalisme”, 10-11-2008, Presse toi a Gauche, Canadá.

[22] Harman, Chris Zombie Capitalism, Bookmarks, 2009. Kliman, Andrew. “The destruction of capital and the current crisis”, January 15, 2009, http://www.permanentrevolution.net/entry/2760

[23] Chesnais, Francois. “La recesión mundial: el momento, las interpretaciones y lo que se juega en la crisis,  Herramienta 37, marzo 2008, Buenos Aires. 

[24] Anderson, Perry. “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”,  C y E, año II, n 3, primer semestre 2010. Anderson, Perry. “Apuntes sobre la coyuntura actual”, New Left Review, n 48, 2008.

[25]Lipietz, Alain. El mundo del Post-Fordismo, Ensayos de Economía n°12, vol.7, Julio 1997. Strange, Gerard “Globalisation, structural dependecy theory and regionalism, 2002,citeseerx.ist.psu.edu/viewdoc/

[26] Sapir, Jacques. El nuevo siglo XXI, El Viejo Topo, 2008, Madrid, (pag 33-34, 149, 162, 92, 258-259).

[27] Tanuro, Daniel. “Energy transition and anticapitalist alternative”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014.

[28] La Nación, Un viejo pronóstico de hambruna podría hacerse realidad, 6/4/20,www.lanacion

[29] The Economist, China, “Special Report”, 2008

[30] El País No queda margen, 15/4/2014,  elpais.com

[31]Wallerstein, Immanuel. The Modern World-System IV: Centrist Liberalism Triumphant, 1789-1914, University of California Press, 2011, Preface. Wallerstein, Immanuel, “E se nao houver saida alguma”? www.outraspalavras.net, 17/08/2012.


[32]Es la nueva tesis de Fukuyama, Francis en. La Nación, Rebelión mundial: los nuevos dueños de las calles 7/7/2013, www.lanacion.com.ar 

[33] Gerbaudo, Paolo.“Son movimientos nacionales”, 8/7/2013, www.pagina12.com.ar 

[34]Cassen, Bernard. “Ha llegado la hora de la "desmundialización",17/9/2011, www.rebelion.org