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Guillermo Almeyra México lo viejo y lo nuevo


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el viejo México subsisten la ignorancia bestial de la oligarquía dominante; el conservadurismo; la apatía política; la resignación de muy amplios sectores sociales, principalmente en las clases medias pobres, pero incluso entre los explotados; la desinformación masiva de quienes se informan, recurriendo sólo a la televisión. Esa costra espesa de mugre acumulada en las conciencias de millones por los continuos desastres, derrotas, invasiones, traiciones, matanzas, miseria, incultura y engaño permanente que caracterizan la trágica historia mexicana, empieza, sin embargo, a resquebrajarse. Desde hace rato un México nuevo trata de afirmarse, en particular desde 1968; las luchas de los 70; la movilización tras Cuauhtémoc Cárdenas y su victoria electoral robada en 1988; la rebelión zapatista en 1994 y la movilización popular que impidió su aplastamiento militar; la huelga en la UNAM en 1999; las movilizaciones para evitar el desafuero de López Obrador o, en el 2006, contra el fraude que le robó las elecciones presidenciales, por mencionar sólo las acciones masivas.
El salto que se produjo en las conciencias de cada vez más vastos sectores populares ha sido muy grande. Baste recordar que la Marcha del Color de la Tierra del EZLN, apoyada por los votantes del PRD –entonces cardenista–, tenía como finalidad presionar al Estado y a sus instituciones parlamentarias y judiciales para que incorporasen a la Constitución los derechos de los pueblos indígenas y que las enormes acciones contra el fraude electoral buscaban que el gobierno y el aparato judicial respetasen la ley que acababan de pisotear.
Esas ilusiones no existen ya, por más que haya algunos que quieran mantenerlas. El Estado trazó una honda zanja llena de sangre entre la camarilla oligárquica en el poder y desgobernante y las conciencias de los que eran meros súbditos. Fuerzas armadas, instituciones, (in)Justicia, entrelazadas con la parte más dinámica del capital –la narcodelincuencia– desaparecieron y asesinaron en Ayotzinapa a los normalistas –¡futuros maestros bilingües de indígenas y campesinos, constructores de un México mejor!– y, anteriormente, a tantos otros miles. Hoy, millones de personas se movilizan sabiendo que el Estado capitalista, y no solamente sus representantes o sus órganos de mediación como los partidos de los patrones, es el asesino, y concentran su lucha en unir los movimientos de resistencia; organizar la resistencia civil; preparar una huelga general nacional, imponer un gobierno de transición que convoque a elecciones generales para una Asamblea Constituyente para reconstruir este país vendido al imperialismo, ensangrentado, devastado.
Bertolt Brecht decía ¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros. ¿De quién que acabe? También de nosotros? y añadía¿Quién puede contener al que conoce su condición? Esa toma de conciencia por parte de la mitad de los mexicanos es lo nuevo, el aporte riquísimo de este año feroz y funesto que acaba, la garantía de un México nuevo, libre.
La autorganización; las luchas por las autonomías en las comunidades; la ruptura con el Estado de los opresores formando policías comunitarias, grupos de autodefensa, defendiendo con el furor popular a quienes sufren atropellos, injusticias, crímenes; la creciente tendencia a cerrar los dedos en un puño para golpear unidos, venciendo los sectarismos, forma parte de una corriente subterránea que recorre desde siempre el subsuelo del pueblo de este país y explica los aparentes estallidos y las bolas en su historia, pero ahora tiende a tomar conciencia teórica y política y a organizarse. ¡Hagamos crecer vigorosa esta planta que está surgiendo y tiene múltiples raíces en el zapatismo de los morelianos y en el neozapatismo en Chiapas, en la rebelión estudiantil y democrática, en las resistencias heroicas de los sindicatos combativos!
El equipo de agentes de la oligarquía y las trasnacionales que, como vampiros, medra con la sangre de los mexicanos, prepara meses de enormes dificultades y de aumento de la represión y la injusticia. Ni las remesas ni el turismo se recuperarán de los golpes que les infligió la ilegalidad organizada desde el poder. La venta en barata de los recursos naturales, al igual que la caída del precio del barril crudo que Pemex exporta, agravarán la situación económica, con la consiguiente reducción de los salarios reales y el aumento de la desigualdad social brutal e intolerable y de la miseria.
¿Qué queda, después de que Fox ofreciera vender mexicanos como jardineros? ¿Venderlos como mercenarios y carne de cañón para las aventuras imperialistas?, ¿vender pedazos del territorio tras haber vendido la soberanía y convertido al Estado mexicano en un semiestado que garantiza los bienes de las trasnacionales?
Con Peña Nieto se prepara un estallido futuro caótico. Esperar su sucesión mediante futuras elecciones limpias equivale a creer en los Reyes Magos y hunde en el pantano de la pasividad. Una Constituyente, construida sobre las ruinas de las instituciones actuales, en cambio, podría salvar la oportunidad, como sucedió en Bolivia, de otro orden, no el de los narcoestadistas, sino el de los trabajadores; de otra justicia, de otras fuerzas armadas, garantías de la democracia. Es hora de unir el repudio al Estado y a sus instituciones de los neozapatistas con el repudio a este Estado y este gobierno de los millones que depositan sus esperanzas en Morena y con el de los estudiantes y demócratas de todo tipo, hartos de las atrocidades cotidianas. Como piden los familiares de los normalistas de Ayotzinapa es hora de que el Estado pague y de echar al gobierno a Peña Nieto. Es hora de unirse. O nos salvamos juntos o nos hundimos por separado.

La Jornada 28 diciembre 2014

Guillermo Almeyra:México: el hilo rojo del cambio por venir


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esde que en los 80 comenzó en México la aplicación de la política neoliberal exigida por el capital financiero internacional, el hilo rojo de las resistencias de masa une continuamente y engarza diferentes momentos de lucha cada vez más radicales.
En 1988 los votantes cardenistas estaban dispuestos a imponer el respeto a su victoria electoral, pero fueron contenidos por su dirección, que encarriló su ardor revolucionario hacia un parlamentarismo conservador y corruptor. Carlos Salinas, con las políticas de desmantelamiento de las redes de protección social en el campo y para los trabajadores, pudo abrir así el camino a la integración subordinada de México en la economía y la política de Washington, con las privatizaciones y el Tratado de Libre Comercio para América del Norte.
El resultado fue el estallido de la rebelión zapatista en Chiapas, que dio voz a la protesta indígena y campesina y a quienes en 1988 habían sido derrotados sin poder combatir, pero deseaban hacerlo. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) demostró que se podía decir no y enfrentar al poder sin ser vencido por éste, y en un primer momento, como con la Marcha del Color de la Tierra y la lucha por incorporar a la Constitución los derechos de los pueblos indígenas, despertó esperanzas y entusiasmo al buscar reforzar la autonomía de las comunidades en algunas regiones de Chiapas, logrando apoyos a escala nacional. Pero después se replegó sobre la consolidación de una autonomía forzosamente parcial en un pequeño sector muy pobre y dispersó desgraciadamente su apoyo, desgastándolo con el vacío de ideas y el sectarismo de las proclamas de su vocero oficial.
Ernesto Zedillo, presidente gracias al asesinato de su predecesor, prosiguió la política criminal de Salinas, enfrentó una huelga de un año en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y sirvió en bandeja de plata el gobierno a la derecha tradicional fascistizante, clerical, antes de irse al extranjero para dirigir una trasnacional.
El hartazgo popular ante los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue canalizado así por la extrema derecha de las clases gobernantes. El país cayó de la sartén a las brasas debido a la incompetencia política y al carácter timorato y oportunista de una oposiciónperredista que estaba siendo asimilada por el sistema y no era una alternativa y a un voto de castigo políticamente inmaduro.
El resultado fue trágico. Los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) acentuaron el servilismo hacia Estados Unidos y, carentes de consenso popular, intentaron primero desaforar a Andrés Manuel López Obrador o recurrieron a un nuevo fraude descarado, dando origen a inmensas movilizaciones populares y la ocupación del centro del Distrito Federal. Más tarde, durante el desgobierno del espurio Felipe Calderón, militarizaron el país y lo sembraron de muertos y desaparecidos en un supuesto combate contra el narcotráfico, que corrompía algunos altos mandos que decían combatirlo, las finanzas y la mayoría gubernamental.
Las heroicas luchas de los campesinos de Atenco, salvajemente reprimidos por el entonces gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, o de los mineros y los electricistas del SME; las crecientes protestas y movilizaciones estudiantiles y de los millones que seguían a López Obrador y la enorme emigración de jóvenes que, al precio de su libertad y hasta de su vida, huían del país en busca de trabajo, revelaron en todo ese periodo la creciente resistencia popular.
Aparecieron así las policías comunitarias, ante la corrupción de los organismos estatales por el crimen organizado; los grupos de autodefensa; los estudiantes que, con el lema antipeñista Yo soy 132, protestaban contra el fraude, hasta que todo estalló cuando el Estado, mediante la complicidad del alcalde de Iguala, el gobernador de Guerrero –perredistas provenientes del PRI y aliados con éste– y la justicia, desaparecieron o asesinaron a los que estudiaban para maestros rurales bilingües para servir a sus comunidades y al futuro del país. Entonces la conciencia de vastos sectores populares dio un salto, pues quedó claro que estamos enfrentando los crímenes de un Estado al servicio de una oligarquía entreguista y racista.
¿Y ahora? A pesar de las divisiones y temores en las clases dominantes, éstas no se disponen a cambiar de caballo en medio del río rugiente de la protesta y la movilización populares.
La violencia popular armada es prematura, no sería comprendida por más de la mitad de la población; sería una aventura sangrienta con la que sueñan unos pocos irresponsables que no tienen paciencia para construir una nueva relación de fuerzas, una dirección unitaria y a la vez plural, un objetivo claro y común más allá de la expulsión de Peña Nieto. La otra violencia, la pacífica, organizada, de masas, de la mayoría, no se ejerce sólo con manifestaciones, por necesarias que éstas sean, sino también con el desconocimiento de los ilegítimos, con la construcción de organismos de poder popular, como los concejos municipales o las policías comunitarias y grupos de autodefensa.
Esa lucha debe unir además todas las distintas resistencias: la de los obreros que quieren reconquistar su trabajo y su independencia sindical; la de los campesinos que quieren trabajar honestamente y remodelar su territorio; la de quienes luchan contra los secuestros, desapariciones, prisiones de activistas, torturas y asesinatos y, al mismo tiempo, por un apoyo a la acción cultural de los maestros sindicalizados. Si los zapatistas se limitan a atrincherarse en sus pocas tierras y se encierran sin encontrar aliados en todo el país, corren el riesgo de ser aplastados tarde o temprano. Los hermanos sean unidos. Es tiempo de unir esfuerzos, no de sectarismos o declaraciones de que todos los partidos son igualesporque no es lo mismo quien –aunque procapitalista– defiende el marco legal y quien, en cambio, asesina, desaparece, tortura, viola, encarcela y se apoya sólo en la kalashnikov delnarco o del soldado.

Guillermo Almeyra: Brasil Uruguay: un voto de importancia continental

La Jornada 26 Octubre 2014
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ste domingo, en la segunda vuelta de la elección presidencial brasileña y la primera de la uruguaya, se juega mucho más que el futuro equilibrio político en los países respectivos.
Brasil, en efecto, es el país más extenso y poblado de toda la llamada América Latina. Con sus 200 millones de habitantes, es una de las llamadaspotencias emergentes que forman el grupo BRICS con Rusia, India, China y Sudáfrica. Posee la economía más fuerte del Mercosur y de la Unasur y es el centro de las inversiones chinas en la región y el principal socio comercial de Argentina y un importante sostén para las economías cubana y venezolana. Uruguay, por su parte, a pesar de su pequeñez y de su escasa población, de 3.4 millones de personas, desempeña en el Mercosur un papel de bisagra entre Brasil y Argentina, sus vecinos más poderosos, y está más ligado a Brasilia que a Buenos Aires.
Tanto Brasil, en varios momentos de su historia, como Uruguay, han sufrido las presiones de las grandes potencias colonialistas y, desde el siglo pasado, de Estados Unidos, que buscaban utilizar a estos países (y a Chile) como peones contra la más díscola Argentina, que tiene fuertes tradiciones nacionalistas e incluso recurrentes veleidades de potencia regional.
Durante los ocho años (2003-2011) de gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, y los de Dilma Rousseff, que cesará su mandato en 2015 y se ha postulado para la relección, el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) llevó a cabo una política económica de tipo neoliberal de alianza con el gran capital extranjero y el agronegocio, pero con ribetes asistencialistas y planes sociales que, ahora, cuando la crisis mundial aprieta también a Brasil, la oligarquía local y el gran capital consideran un despilfarro que afecta su tasa de ganancias. En el plano internacional, en cambio, y sobre todo en el sudamericano, Lula, y en parte también Dilma Rousseff, mantuvieron una política integracionista con sus vecinos, defendiendo su independencia.
El gobierno del PT ahora está siendo jaqueado por la derecha clásica, que ha sumado a sus fuerzas importantes sectores de las nuevas clases medias conservadoras (desarrolladas por el mismo PT) y, a la izquierda, por el descontento social difuso y por una extrema izquierda inmadura y sectaria que condena la política conciliadora con el gran capital del gobierno del PT sin darse cuenta de que, al no ofrecer alternativas viables, trabaja en realidad para la derecha y lleva al país a salir de Guatemala cayendo en Guatepeor.
En Uruguay el primer gobierno del Frente Amplio, con el masón Tabaré Vázquez como presidente de la república, fue más que moderado, tuvo una política extractivista lesiva para el ambiente y estuvo marcado por la tensión con Argentina y por los constantes intentos de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos. El ala centroderechista presidida por Vázquez-Danilo Astori fue derrotada en 2008 en el congreso del Frente Amplio, donde triunfó el centro, que impuso a José Mujica como candidato a presidente; éste también llevó a cabo una política antiambiental, impulsó la gran minería y chocó con los sindicatos, pero amplió los derechos civiles y mantuvo una política latinoamericanista. Sin embargo, apoya ahora a Vázquez en su nueva candidatura, que toma como modelo a Bachelet u Hollande, es resistida por buena parte de los militantes frenteamplistas y que no despierta simpatías en los sectores urbanos más pobres, lo cual da posibilidades a la derecha histórica en caso de balotaje.
De modo que las amenazas a la continuidad de la integración latinoamericana y del apoyo a Venezuela y Cuba, y al funcionamiento sin problemas mayores del Mercosur, provienen de la posibilidad de un viraje a la derecha de los gobiernos del Mercosur, en lo inmediato en Brasil y en Uruguay, y en octubre de 2015 en Argentina. Sin duda la crisis mundial y sus efectos en esos países contribuye poderosamente a este cambio político, pero la derecha no está más fuerte porque crezca electoralmente (por el contrario, sus votos no aumentan e incluso disminuyen) sino porque las políticas neoliberales de los gobiernosprogresistas han desilusionado a muchos de sus antiguos simpatizantes y desmoralizado y desmovilizado a otros.
En Brasil, Dilma probablemente ganará por unos pocos puntos, y en Uruguay es muy posible que gane el Frente Amplio. En Argentina también es previsible que en 2015 gane un candidato peronista mucho más a la derecha que el gobierno kirchnerista actual. Lo importante será saber si esos ganadores centristas y conservadores podrán contar con una mayoría parlamentaria sólida, como hasta ahora, o si se abrirá una guerra de usura en el Congreso y una fase continua de negociaciones, empates y compromisos podridos y, sobre todo, qué capacidad de movilización popular podrá mantener el núcleo duro petista, frenteamplista o kirchnerista, que conservaría un 25 por ciento de los votos a sus candidatos.
En efecto, si en Brasil hay una importante ultraizquierda sectaria reacia a hacer política, no hay en cambio una fuerte izquierda en el PT –que se burocratizó y desorganizó en el gobierno– y lo mismo pasa en el Frente Amplio uruguayo y en Argentina. Ante la ofensiva social de una derecha débil, pero cuya fuerza principal consiste en el apoyo del gran capital extranjero, y ante el vacío de ideas y propuestas para salir de la crisis capitalista por la izquierda, lo esencial es medir bien cuál es la situación y cuál es la real disposición de la mayoría de los trabajadores para combinar la resistencia a la inevitable ofensiva de la derecha con la construcción de poder popular y local y de una alternativa.