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Greg Grandin: La Guerra que fue el comienzo de todas las guerras


Rebelión

Traducido del inglés para Rebelión por Carlos Riba García

De cómo la guerra de Iraq empezó en Panamá
Introducción de Tom Engelhardt
Después de tantos años y tantas guerras, es fácil olvidar lo que fue un éxito televisivo total: la primera guerra del Golfo, la de 1991. Si acaso ya no os acordáis –¿por qué deberíais recordarla?– aquella fue la guerra en la que se enterró para siempre la derrota estadounidense en Vietnam y señaló el advenimiento de la mayor Gran Potencia de la historia mundial después de la desaparición de la Unión Soviética: Estados Unidos. La primera invasión –parcial– de Iraq, con su millón largo de extras uniformados, sus enormes decorados y los seis meses de su preproducción, llenos de milagros logísticos, fueron algo digno de ser visto. Durante todo el invierno de 1990, la producción nos adelantó sus “próximas atracciones”, las muchas variaciones sobre “enfrentamiento en el Golfo”, con Saddam Hussein, el tipo con el seño fruncido y el bigote negro que hasta la noche anterior había sido el hombre de Washington en Bagdad.
Esas imágenes anticipadas de las guerras por venir acicatearon a los televidentes estadounidenses con la promesa de una posible apertura en enero de una superproducción a escala nacional. Cuando esta llegó, la producción no decepcionó. Tenía sus deslumbrantes gráficos al estilo de Star Wars, sus propios temas musicales y logotipos, y su sorprendente inicio programado para la hora de máxima audiencia (unos fuegos artificiales en le cielo de Bagdad propios de Disneylandia). Como un show que era, fue calibrado para controlar los estremecimientos, la ansiedad y el alivio con los primeros misiles guiados por láser; un espectacular son et lumière que nos condujo hasta el triunfal helicóptero descendiendo sobre la embajada de Estados Unidos en Kuwait (que no era otra cosa que un replay –al revés– de las últimas e indelebles imágenes de los helicópteros huyendo de Saigon).
¡Qué show fue esa guerra! Una especie de largo comercial parecido a aquellos de los fabricantes de juguetes de la década anterior que habían convertido los dibujos animados de la TV en catálogos animados de juguetería. Fue como si toda la época posterior a Vietnam hubiera sido una preparación para ese anuncio de 43 días de duración, un intento de vender –en el mercado nacional y en el internacional– el renacimiento del poder estadounidense y a la vez los distintos sistemas de armas que estaban renovando ese poder. De este modo, la guerra del Golfo de 1991 pregonó los aspectos de avanzada de los dos productos de exportación más importantes de EEUU: las armas y el entretenimiento.
Casi un cuarto de siglo más tarde, en medio de los escombros de un caótico Gran Oriente Medio, la tercera guerra estadounidense de Iraq se dilata, y los funcionarios de Washington insisten en que aún quedan unos años por delante. Mientras tanto, Iraq, después de haber sufrido dos invasiones estadounidenses, una larga ocupación y un tiempo de “reconstrucción” (que ha terminado siendo un tiempo de gran “deconstrucción”), así como –en medio de su propio territorio– el nacimiento de un miniestado petrolero y yihadista, y últimamente la amenaza de una división en tres cantones (shií, sunní y kurdo). Con todo lo que ha pasado allí en los pasados 24 años, ¿quién se acuerda de las glorias triunfalistas del primer conflicto armado en el Golfo? Sin embargo, hay una certeza indudable: no importa cuántos puedan ser quienes todavía recuerden los acontecimientos más destacados de ese momento. Son aún menos quienes recuerdan la guerra de EEUU en la que, en cierto sentido, comenzó todo; la guerra que Greg Grandin, colaborador de TomDispatch y autor de The Empire of Necessity: Slavery, Freedom, and Deception in the New World nos trae hoy: la invasión de Panamá.
* * *
El 25º aniversario de la olvidada invasión de Panamá
Conforme terminamos otro año de interminable guerra en Washington, es posible que sea el mejor momento para reflexionar sobre la “La guerra que fue el comienzo de todas las guerras”, o al menos la guerra con la que Washington empezó la sucesión de guerras posterior a la Guerra Fría: la invasión de Panamá.
Hace 25 años, en la mañana del 20 de diciembre de 1989, el presidente George H.W. Bush lanzó la operación “Causa justa”, y envió decenas de miles de soldados y cientos de aviones a Panamá para cumplir la orden de detención cursada contra Manuel Noriega, acusado de narcotráfico. Las tropas controlaron rápidamente todas las instalaciones estratégicas, incluyendo el principal aeropuerto del país, varias bases militares y los puertos. Noriega se escondió pero el 3 de enero se rindió y entonces fue extraditado oficialmente a Estados Unidos para iniciarle juicio. Poco tiempo después la mayor parte de la fuerza invasora estadounidense abandonó el país.
Entrada y salida. Rápido y sencillo. Un plan de invasión y una retirada estratégica en un solo paquete. Y funcionó, haciendo de la operación Causa justa una de las acciones militares más exitosas de la historia de Estados Unidos. Al menos en sus aspectos tácticos.
Hubo bajas. Murieron más de 20 soldados estadounidenses y entre 300 y 500 miembros del ejército panameño. No hay acuerdo en relación con el número de civiles muertos. Washington sostiene que fueron unos pocos. El Comando Sur del Pentágono dice que fueron “unos pocos centenares”. Pero otros acusan a los oficiales estadounidenses de no haberse molestado en contar los muertos en El Chorrillo, un barrio pobre la ciudad de Panamá bombardeado indiscriminadamente por los aviones de EEUU porque se suponía que era un bastión de apoyo a Noriega. Organizaciones de base de derechos humanos reclaman que los civiles de civiles muertos fueron miles y los desplazados, decenas de miles.
Tal como escribió Human Rights Watch, incluso con las estimaciones más prudentes, las cifras de víctimas civiles sugerían “que el principio de proporcionalidad y el deber de minimizar el daño a civiles... no fueron escrupulosamente observados por las fuerzas de invasión de EEUU”. Esta es una manera demasiado suave de explicar los hechos cuando se trata del bombardeo indiscriminado de una población civil, pero al menos se hizo la puntualización. Los civiles no fueron advertidos. Los helicópteros Cobra y Apache que llegaron volando sobre las colinas no se molestaron en anunciar su inminente arribo haciendo sonar a todo volumen La cabalgata de las valquirias de Wagner (como en Apocalipsis now). El sismógrafo de la Universidad de Panamá detectó 442 explosiones mayores en las primeras 12 horas de invasión, aproximadamente una bomba cada dos minutos. Los incendios envolvieron las casas del barrio, la mayor parte de madera, y destruyeron unas 4.000 viviendas. Algunos residentes del lugar empezaron llamar “Guernica” o “Pequeña Hiroshima” a su barrio. Poco acabadas las hostilidades, llegaron unas máquinas topadoras que excavaron fosas comunes y empujaron los cuerpos dentro de ellas. “Los enterraron como si fueran perros”, dijo la madre de uno de los civiles muertos.
En el medio del periodo que va de la caída del Muro de Berlín –9 de noviembre de 1989– al inicio de la primera guerra del Golfo –17 de enero de 1991–, la operación Causa justa podría ser tomada como una curiosidad de una época casi olvidada, y su efemérides apenas merecería una mención. Desde entonces han ocurrido muchos acontecimientos que sacudieron el mundo. Sin embargo, la invasión de Panamá debería ser recordada como un hecho importante. Después de todo, ayuda a explicar muchos de esos acontecimientos. De hecho, es imposible captar la substancial deriva del militarismo estadounidense en los tiempos que siguieron al 11-S –cómo la unilateralidad y la prevención del “cambio de régimen” se convirtió en una opción aceptable de política exterior, cómo la “promoción de la democracia” se convirtió en el ingrediente fundamental de la estrategia de defensa y cómo la guerra se convirtió en una marca de espectáculo público– sin entender la invasión de Panamá.
Nuestro hombre en Panamá
La operación Causa justa se realizó de forma unilateral, sin la sanción de Naciones Unidas ni de la Organización de Estados Americanos (OEA). Además, la invasión fue la primera operación militar después del fin de la Guerra Fría que se hizo en nombre de la democracia: “democracia militante” iba a llamar George W. Bush a lo que el Pentágono instalaría unilateralmente en Panamá.
Sin embargo, la campaña para capturar a Noriega no empezó con unas metas tan ambiciosas. Durante años, mientras Saddam Hussein era el hombre de Washington en Iraq, Noriega también era una baza de la CIA y aliado de Washington en Panamá. Era una pieza clave en la oscura red de anticomunistas, tiranos y narcotraficantes que pusieron en pie lo que se convertiría en la “Contra”. Que, por si lo habéis olvidado, fue una conspiración en la que estaba involucrado el Consejo de Seguridad Nacional del presidente Ronald Reagan para vender misiles de última generación a los ayatollahs iraníes y luego desviar los dineros obtenidos hacia la ayuda de los rebeldes anticomunistas de Nicaragua [la Contra] con la intención de desestabilizar el gobierno sandinista. La utilidad de Noriega para Washington se agotó en 1986, después de que el periodista Seymour Hersh publicara una investigación en el New York Times que le vinculaba con el tráfico de drogas. Se descubrió así que el autócrata panameño trabajaba a dos bandas. Noriega era “nuestro hombre”, pero aparentemente también informaba sobre nosotros a la inteligencia cubana.
De cualquier modo, cuando en enero de 1989 George Bush padre se hizo cargo de la presidencia de EEUU, Panamá no era un asunto importante en su agenda de política exterior. Refiriéndose al proceso por el cual, en menos de un año, Noriega se convertiría en el autócrata más perseguido, el asesor en seguridad Nacional Brent Snowcroft decía: “En realidad, no puedo describir la sucesión de acontecimientos que nos llevó por ese camino... ¿Estaba Noriega traficando con drogas y esas cosas? Seguro que sí, pero mucha gente hace lo mismo. ¿Le estaba tocando las narices a Estados Unidos? Sí, claro”.
‘Keystone Kops’...
La política nacional proporcionó el punto crítico para la acción militar. Aunque con poco entusiasmo, durante la mayor parte de 1989, los funcionarios de la administración Bush estuvieron pidiendo un golpe contra Noriega. Aun así estaban completamente desprevenidos cuando en octubre empezaron a darse los primeros pasos para ese golpe. En ese momento, la Casa Blanca estaba notablemente a ciegas. No tenía una información clara de lo que en realidad estaba sucediendo. “Para entonces, todos estábamos de acuerdo en que sencillamente teníamos muy poco para ir avanzando”, informó tiempo después el secretario de defensa Dick Cheney. “En ese momento había mucha confusión porque en Panamá había mucha confusión.”

“Estábamos viviendo una especie de Keystone Kops”, así recordó Snowcroft la situación, “sin saber qué hacer ni a quién apoyar.” Cuando Noriega recuperó la iniciativa, Bush fue muy criticado por el Congresos y los medios. Esto le animó a actuar. Snowcroft recuerda el ímpetu que llevó a la invasión: “Es posible que estuviéramos buscando la posibilidad de mostrar que no estábamos tan liados como decía el Congreso constantemente, ni éramos tan tímidos como mucha gente expresaba”. La administración tenía que encontrar una forma de responder a aquel “factor pelele”, como dijo Snowcroft.
Un impulso hecho para la acción; así actuaron las presiones para, dados los hechos, encontrar una justificación apropiada para la acción. Muy poco después del fracasado golpe, Cheney declaró en Newshour, de la cadena PBS que el único objetivo de Estados Unidos en Panamá era “salvaguardar la vida de los estadounidenses” y “proteger los intereses de EEUU” mediante la defensa de ese crucial vía de navegación entre el Atlántico y el Pacífico: el canal de Panamá. “No estamos allí”, enfatizó, “para cambiar el gobierno de Panamá.” Señaló también que la Casa Blanca no tenía planes para actuar unilateralmente contra los deseos de la Organización de Estados Americanos y sacar a Noriega del país. “El clamor y la indignación que percibimos de un extremo al otro del hemisferio”, dijo,”... despierta serias dudas acerca de la evolución de la acción.”
Esto se daba hacia la mitad de octubre. Qué diferente sería todo dos meses después. El 20 de diciembre, la campaña contra Noriega había pasado de ser algo incidental –los policías de Keystone Kops trastabillando en la oscuridad– a ser una acción transformadora: la administración Bush acabaría rehaciendo el gobierno panameño y, de paso, la ley internacional.
.... encienden un fuego arrasador
Cheney no estaba equivocado cuando hablé de “clamor e indignación”. Todos los países de la Organización de Estados Americanos –excepto Estados Unidos– votaron en contra de la invasión de Panamá, pero en ese momento nada podría haber importado menos.
Lo que cambió todo fue la caída del Muro de Berlín justo un mes antes de la invasión. Paradójicamente, mientras la influencia de la Unión Soviética en su “patio trasero” (la Europa oriental) se deshilachaba, Washington se vio con más margen de maniobra en su propio “patio trasero” (América latina). Además, el colapso del comunismo soviético brindó a la Casa Blanca una oportunidad para avanzar en una ofensiva de contenido ideológico y moral. Y sucedió que en ese momento la invasión de Panamá estaba en primera línea.
Como pasa en la mayor parte de las acciones militares, los invasores tenían un abanico de justificaciones para esgrimir pero, en esa coyuntura, el objetivo de instalar un régimen “democrático” en el poder volvió locos a las altas esferas. Al adoptar ese motivo para ir a la guerra, Washington estaba en efecto modificando radicalmente las condiciones de la diplomacia internacional. En el centro mismo de sus argumentos estaba la idea de que la democracia (tal como la definió la administración Bush) estaba por encima del principio de la soberanía nacional.
Las naciones latinoamericanas reconocieron inmediatamente la amenaza implícita. Después de todo, de acuerdo con el historiador John Coatsworth, entre 1898 y 1994 el gobierno de EEUU derribó 41 gobiernos en América latina y muchos de esos cambios de régimen se realizaron con el pretexto, como Woodrow Wilson lo dejó claro en relación con México, para que los latinoamericanos aprendieran “a elegir buenos hombres”. La resistencia de los latinoamericanos solo sirvió para que el embajador de Bush ante la OEA, Luigi R. Einaudi, redoblara la apuesta ética. Rápida y explícitamente vinculó el ataque contra Panamá con la ola de movimientos democráticos que había recorrido la Europa Oriental. “Hoy día estamos viviendo tiempos históricos”, les dijo enfáticamente a sus colegas delegados de la OEA dos días después de la invasión, “unos tiempos en los que un gran principio se extiende por el mundo como un fuego arrasador. Ese principio, como todos sabemos, es la idea revolucionaria de que el pueblo es el soberano, no los gobiernos”.
Las palabras de Einaudi tocaron todos los puntos que pronto, en el siglo siguiente, serían tan conocidos en la “Agenda por la Libertad” de George W. Bush; la idea de que la democracia definida por Washington era un valor universal, de que la “historia” era el movimiento hacia la realización de ese valor y de que cualquier país o persona que se interpusiera en el camino de esa realización sería destruido.
Con la caída del Muro de Berlín, dijo Einaudi, la democracia se ha hecho con la “fuerza de la necesidad histórica”. Era innecesario aclarar que, un año después de su victoria oficial en la Guerra Fría y en su calidad de “superpotencia única” del planeta Tierra, Estados Unidos sería el encargado de ejecutar tal necesidad histórica. El hecho de que los luchadores latinoamericanos por la libertad hubieran estado peleando durante largo tiempo contra estados y escuadrones de la muerte apoyados por EEUU y la derecha anticomunista estadounidense no mereció la menor mención del embajador.
En el caso de Panamá, la “democracia” subió rápidamente en la lista de preseleccionados candidatos de casus belli.
En el discurso del 20 de diciembre en el que el presidente Bush anunció al país la invasión puso la “democracia” como la segunda razón para ir a la guerra, justo por detrás de la salvaguarda de la vida de los estadounidenses, pero por delante del combate contra el narcotráfico o la protección del Canal de Panamá. El día siguiente, en una conferencia de prensa, la democracia había trepado a lo más alto de la lista; entonces el presidente empezó diciendo que “Nuestros esfuerzos para favorecer un proceso hacia la democracia en Panamá y para garantizar la seguridad de los ciudadanos estadounidenses están ahora en su segundo día”.
George Will, el experto conservador, se dio cuenta rápidamente de la importancia de esta nueva justificación post-Guerra Fría para la acción militar. En una columna titulada “Las drogas y el Canal son algo secundario; la restauración de la democracia fue razón suficiente para actuar”, alababa la invasión por “hacer hincapié en la restauración de la democracia”, y agregó que, al hacerlo, “el presidente se sitúa plenamente en una tradición que tiene un distinguido historial. Una tradición que sostiene que el interés nacional fundamental de Estados Unidos es ser Estados Unidos y que la identidad nacional (su sentido de sí mismo, su peculiar determinación de ser) es inseparable del compromiso de extender, no una agresiva universalización sino un avance civilizador, la propuesta a la que nosotros, únicos entre todas las naciones, estamos consagrados, como decían los grandes estadounidenses”.
Esto era pasar de Keystone Kops a John Paine en apenas dos meses, el tiempo que necesitó la Casa Blanca para adueñarse de la modificación radical de los términos con los que Estados Unidos comprometía al mundo entero. En esta tarea, no solo derribaba a Manuel Noriega, sino también los hasta entonces cimientos del orden multilateral liberal: la noción de la soberanía nacional.
Oscuridad hasta la luz
En comparación con las operaciones militares del pasado, la forma en que se informó de la invasión fue un salto cualitativo en cuanto a escala, intensidad y visibilidad. Pensad en el bombardeo ilegal de Camboya ordenado en 1969 por Richard Nixon y su asesor en Seguridad nacional Henry Kissinger, y mantenido con total secretismo durante más de cinco años, o en la demora –a menudo, de un día entero– que había entre las acciones en Vietnam y el momento en que se informaba sobre ellas.
Por el contrario, la cobertura de la guerra de Panamá se hizo con una inmediatez total, prácticamente presencial. Un notable estallido de periodismo de conmoción y pavor (antes de que se inventara la frase “conmoción y pavor”) cuya intención era atrapar y mantener la atención del público. La operación Causa justa fue “uno de los conflictos armados más breves en la historia militar de Estados Unidos”, escribió el brigadier general John Brown, historiador del Centro de Historia Militar del ejército de EEUU. También fue “extraordinariamente complejo, ya que implicó el despliegue de miles de personas y equipos desde instalaciones militares distantes y el ataque contra casi dos docenas de objetivos en un lapso de 24 horas... Causa justa representó la inauguración de una nueva época de la proyección del poder militar estadounidense: velocidad, cantidad y precisión, todo ello junto con la inmediata visibilidad pública”.
Bueno, al menos cierta dosis de visibilidad. La devastación en el barrio de El Chorrillo, por supuesto, fue ignorada por los medios estadounidenses.
En este sentido, la invasión de Panamá fue el olvidado precalentamiento para la primera guerra del Golfo que tuvo lugar poco más de un año después. Este ataque fue específicamente diseñado para que fuera visto por todo el planeta. Las “bombas inteligentes” iluminaron el cielo de Bagdad y las cámaras de TV lo estaban grabando en tiempo real. Aparecieron los nuevos equipos de visión nocturna, la comunicación satelital en simultáneo y la televisión por cable (lo mismo que algunos ex comandantes estadounidenses preparados para relatar la guerra en el estilo de los comentaristas de fútbol, con profusión de repeticiones al momento). Todo esto permitió el consumo generalizado de un tecno-show aparentemente omnipotente que, al menos durante un breve tiempo, ayudó a consolidar una aprobación masiva; además, la intención era dar una lección y al mismo tiempo una advertencia al resto del mundo. “Por dios”, dijo Bush en tono triunfal, “de una vez por todas, le hemos dado una patada al síndrome de Vietman.”
Fue una embriagadora forma de triunfalismo que habría de enseñar, a aquellos que estaban en Washington, exactamente lo que no se debía hacer en relación con la guerra y el mundo.
La Justicia es nuestra marca
En la mitología del militarismo estadounidense que se ha hecho fuerte desde las desastrosas guerras de George W. Bush en Afganistán e Iraq, su padre –George H.W. Bush– es visto frecuentemente como un paradigma de prudencia –sobre todo cuando se le compara con la locura incansable del más tarde vicepresidente Dick Cheney, del secretario de defensa Donald Rumsfelf y del subsecretario de defensa Paul Wolfowitz. Al fin y al cabo, la agenda de estos personajes sostenía que la mesiánica misión de Estados Unidos no solo era librar al mundo de los “hacedores del mal” sino también del mismísimo “mal”. Por el contrario, Bush padre –nos han dicho– reconocía los límites del poder de Estados Unidos. Era un realista, y su acotada guerra del Golfo fue “una guerra de necesidad”, mientras que la invasión de su hijo (en 2003) fue una catastrófica “guerra de elección”. Pero fue el padre el primero en fabricar una “agenda para la libertad” para legitimar la ilegal invasión de Panamá.
De la misma manera, la moderación de Colin Powell, el secretario de defensa de George W. Bush, fue frecuentemente contrastada –favorablemente– con la precipitación de los neocon en los años que siguieron al 11-S. En 1989, mientras era presidente da la junta de comandantes, Powell estaba impaciente por capturar a Noriega. En las discusiones que condujeron a la invasión, él abogaba vigorosamente por una acción militar en la creencia de que brindaba una oportunidad para probar lo que luego llegaría a ser “la doctrina Powell”. Con la intención de garantizar que nunca volvería a haber otro Vietnam o derrota militar estadounidense del tipo que fuera, esta doctrina se basaría en un conjunto de preguntas clave que debían hacerse antes de cualquier operación en la que se emplearan fuerzas de infantería y limitarían las operaciones militares a unos objetivos definidos. Entre ellas estaban: ¿La acción que se emprenda será en respuesta a una amenaza directa a la seguridad nacional? ¿Tenemos una meta clara? ¿Existe una estrategia de salida?
Powell fue el primero que permitió que el nuevo estilo estadounidense de guerra se instalara en su cabeza e insistiera en un nombre más exaltado que fuera la marca de las futuras guerras, uno que acabara con la propia idea de esos “límites” que teóricamente él estaba tratando de establecer. Tal como lo venía haciendo el Pentágono, los planes operacionales para la detención de Noriega llevarían el nombre –sin significado alguno– de “Cuchara azul”. Eso, escribió Powell en My American Journey, “no tiene nada que ver con un entusiasta llamado a las armas... [Entonces] le dimos vueltas a unas cuantas ideas y finalmente nos quedamos con Causa justa. Además de que la expresión sonaba inspiradora, había algo que me gustaba: hasta nuestros críticos más duros tendrían que decir ‘Causa justa’ cuando nos denunciaran”.
Dado que el anhelo de justicia es ilimitado, es difícil ver cuál puede ser tu estrategia de salida una vez que la has convertido en tu “causa”. Recordad que el nombre que George W. Bush le dio a su primera Guerra Total contra el Terror fue el tan poco modesto de Operación Justicia Infinita.
Powell dijo que en la víspera de la invasión titubeaba y se preguntaba si en realidad ese era el mejor rumbo de acción, pero que “lanzó un grito” cuando supo que habían encontrado a Noriega. Unas horas antes de la invasión ya había jurado un nuevo presidente de Panamá en Fort Clayton, una base militar de EEUU en la Zona del Canal.
He aquí la lección que Powell extrajo de Panamá: la invasión, escribió, había confirmado todas “sus convicciones sobre los 20 años precedentes, desde los días de dudas relativas a Vietnam. Tener un objetivo político claro y ceñirse a él. Usar toda la fuerza necesaria, y no pedir disculpas por haberse excedido si eso había funcionado... Mientras escribo estas palabras, casi seis años después de Causa justa, con el señor Noriega condenado por tráfico de drogas y preso en una celda de una cárcel de EEUU. Después de eso, Panamá tiene una nueva fuerza de seguridad y el país sigue siendo una democracia.
Esta apreciación es de 1995. Desde un mirador más tardío, los juicios históricos no son tan optimistas. Como dijo Thomas Pickering, embajador estadounidense en Naciones Unidas en tiempos de George H.W. Bush, sobre la operación Causa justa: “Habiendo usado la fuerza en Panamá... en Washington había una propensión a pensar que la fuerza puede proporcionar una solución más rápida, más eficaz y más quirúrgica que la diplomacia”. La fácil captura de Noriega significó que “la noción de que había que implicar a la comunidad internacional... fue ignorada”.
“Iraq 2003 fue toda esa falta de visión de futuro al ciento por ciento”, dijo Pickering, “Íbamos a hacerlo todo por nuestra cuenta.” Y lo hicimos.
Para decirlo de otro modo: el camino de Bagdad pasaba por la Ciudad de Panamá. Fue la invasión –realizada por George H.W. Bush– de ese pequeño y humilde país hace 25 años lo que inauguró la época del unilateralismo preventivo, utilizó las expresiones “democracia” y “libertad” tanto para justificar la guerra como para elaborar una oportuna marca. Más tarde, después del 11-S, cuando George W. insistió en que la idea de soberanía nacional era una cosa del pasado y dijo que nada se iba a interponer –ni siquiera, ciertamente, la opinión de la comunidad internacional­– en el camino de la “gran misión” de Estados Unidos, que era “extender los beneficios de la libertad por todo el orbe”, lo que él estaba haciendo era derramar más combustible sobre el “fuego arrasador” encendido por su padre. Un fuego arrasador que algunos en Panamá compararon con una “pequeña Hiroshima”.
Greg Grandin, colaborador regular de TomDispatch, es autor de numerosos libros, el más reciente de los cuales es The Empire of Necessity: Slavery, Freedom, and Deception in the New World –finalista del Premio Samuel Johns–, que fue ungido por Maureen Corrigan, de Fresh Air, como el mejor libro del año. También fue el “mejor de” en las listas de Wall Street JournalBoston Globe y Financial Times. Escribe en el blog de la revista de The Nation y enseña en la Universidad de Nueva York.
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175937/tomgram%3A_greg_grandin%2C_how_the_iraq_war_began_in_panama/#more

Greg Grandin: De cómo Latinoamérica se ha convertido en la única zona libre de gulags estadounidenses dedicados a torturar por todo el planeta

Darío Vive, 23 febrero 2013


Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández

El mapa nos revela la historia. Para ilustrar un nuevo informe incriminatorio: “Globalizing Torture: CIA Secret Detentions and Extraordinary Rendition” [Globalizando la tortura: las detenciones secretas y las entregas extraordinarias de la CIA], recientemente publicado por el Open Society Institute, el Washington Post introdujo un gráfico asimismo incriminatorio, empapado en rojo, como si de sangre se tratara, mostrando que en los años posteriores al 11-S, la CIA convirtió el mundo entero en un archipiélago de gulags.
 Retrocediendo hasta los primeros años del siglo XX, en aquella época se utilizaba un mapa parecido de tonos rojizos para indicar el alcance global del Imperio Británico, donde, según decían, el sol no se ponía nunca. Al parecer, entre el 11-S y el día en que George W. Bush dejó la Casa Blanca, tampoco se puso el sol en las torturas patrocinadas por la CIA.

Del total de 190 países existentes en el planeta, una impactante cifra de 54 participaron de diversas formas en ese sistema estadounidense de tortura cobijada en las prisiones o “sitios negros” de la CIA, permitiendo que su espacio aéreo y sus aeropuertos se utilizaran para vuelos secretos, proporcionando inteligencia, secuestrando a nacionales de otros países o a sus propios ciudadanos y entregándoselos a agentes de EEUU para que a su vez se los “entregaran” a terceros países, como por ejemplo Egipto y Siria. La marca de esa red, escribe Open Society, ha sido la tortura. Su informe documenta los nombres de 136 personas devastadas en lo que se dice es una operación en curso, aunque sus autores dejan claro que la cifra total, implícitamente mucho más alta, “seguirá siendo desconocida” debido al “extraordinario nivel de secretismo del gobierno en relación con las detenciones secretas y las entregas extraordinarias”.

Ninguna región se libra de la mancha. Ni Estados Unidos, sede del mando central global del gulag, ni Europa, ni Oriente Medio, ni África, ni Asia. Ni siquiera la socialdemócrata Escandinavia. Suecia se encargó de facturar al menos a dos personas en dirección a la CIA, que fueron después entregadas a Egipto, donde se las sometió a electroshock, entre otras torturas. Es decir, ninguna región se salva, excepto Latinoamérica.

Lo que resulta más sorprendente en el mapa del Post es que ninguna porción de ese horror de color vino oscuro tiña a Latinoamérica; es decir, ninguno de sus países, de lo que solía llamarse “patio trasero” de Washington, participó en entregas ni dirigió ni apoyó la tortura y abusos a los “sospechosos de terrorismo” de Washington. Ni siquiera Colombia, que durante las últimas dos décadas se aproximó bastante a la noción de cercanos estados clientelistas de EEUU que existían en la zona. Es verdad que una manchita roja debería aparecer sobre Cuba, pero eso sólo serviría para poner de relieve que Teddy Roosevelt se apoderó “a perpetuidad” en 1903 de la bahía de Guantánamo para instalar allí una base de Estados Unidos.

Dos, tres, muchas CIAs

¿Cómo es que Latinoamérica se ha convertido en el territorio libre de este nuevo mundo distópico de sitios negros y vuelos a medianoche, en el Sión de esta matrix militarista (como dirían los fans de las películas de los Wachowskis)? Después de todo, fue en Latinoamérica donde una anterior generación de contrainsurgentes estadounidenses y locales apoyados por los primeros puso en marcha un prototipo de la Guerra Global contra el Terror de Washington del siglo XXI.

Incluso antes de la Revolución Cubana de 1959, antes de que el Che Guevara instara a los revolucionarios a crear “dos, tres, muchos Vietnams”, Washington estaba ya dispuesto a establecer dos, tres, muchas agencias de inteligencia centralizadas en Latinoamérica. Como Michael McClintock muestra en su indispensable libro “Instruments of Statecratf”, de finales de 1954, unos cuantos meses después del infame golpe de la CIA en Guatemala que derrocó a un gobierno democráticamente elegido, el Consejo Nacional de Seguridad recomendó por vez primera reforzar “las fuerzas internas de seguridad de los países amigos”.

En la región, esto significó tres cosas. Primera: que agentes de la CIA y otros funcionarios estadounidenses se pusieran a trabajar en la “profesionalización” de las fuerzas de seguridad de diversos países a nivel individual, como Guatemala, Colombia y Uruguay; es decir, se trataba de convertir los brutales aunque a menudo torpes y corruptos aparatos locales de inteligencia en eficientes y “centralizadas” aunque brutales agencias capaces de recoger información, analizarla y almacenarla. Y más importante aún, se encargaban de coordinar las diferentes ramas de las fuerzas de seguridad de cada país –policía, ejército y escuadrones paramilitares- para que actuaran a partir de esa información, a menudo de formal letal y siempre despiadadamente.

Segunda: EEUU amplió enormemente el mandato de estas agencias mucho más eficientes y eficaces, dejando claro que en su cartera se incluía no sólo la defensa nacional sino el crimen internacional. Tenían que ser la vanguardia de la guerra global por la “libertad” y el reino del terror anticomunista en el hemisferio.

Tercera: nuestros hombres en Montevideo, Santiago, Buenos Aires, Asunción, La Paz, Lima, Quito, San Salvador, la ciudad de Guatemala y Managua tenían que ayudar a sincronizar los trabajos de las fuerzas de seguridad de las diferentes naciones.

El resultado fue el terror de Estado a escala casi continental. En los años setenta y ochenta del siglo XX, la Operación Cóndor del dictador chileno Augusto Pinochet, que reunió a los servicios de inteligencia de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile, fue el más infame de los consorcios del terror trasnacionales de Latinoamérica, llegando a perpetrar masacres hasta en Washington DC, París y Roma. EEUU había ya ayudado con anterioridad a poner en marcha operaciones parecidas en otros lugares del hemisferio Sur, especialmente en Centroamérica durante los años sesenta.

Cuando la Unión Soviética se desmoronó en 1991, cientos de miles de latinoamericanos habían sido torturados, asesinados, estaban desaparecidos o encarcelados sin juicio, gracias sobre todo a las habilidades y apoyos organizativos proporcionados por EEUU. En aquellos momentos, Latinoamérica era el gulag y patio trasero de Washington. Tres de los actuales presidentes de la región –José Mujica, de Uruguay; Dilma Roussef, de Brasil; y Daniel Ortega, de Nicaragua- fueron víctimas de ese reino del terror.

Cuando terminó la Guerra Fría, los grupos por los derechos humanos empezaron la hercúlea tarea de desmantelar la red, profundamente empotrada y de amplitud continental, de operativos de inteligencia, prisiones secretas y técnicas de tortura, sacando de los gobiernos a los ejércitos de toda la región y devolviéndolos a sus cuarteles. En los años de la década de 1990, Washington no sólo no se interpuso en este proceso, sino que en realidad echó una mano en la despolitización de las fuerzas armadas de América Latina. Muchos creían que con la Unión Soviética fuera de juego, Washington podría proyectar ahora su poder en su propio “patio trasero” a través de medios más suaves como acuerdos comerciales internacionales y otras formas de apalancamiento económico. Pero entonces se produjo el 11-S.

¡Cielo Santo!

A finales de noviembre de 2002, precisamente cuando en el resto del mundo iba tomando forma el guión de los programas de detenciones secretas y entregas extraordinarias de la CIA, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld voló 8.000 kilómetros hasta Santiago, en Chile, para asistir a una reunión hemisférica de ministros de defensa. “Ni que decir tiene”, dijo no obstante Rumsfeld, “que no habría hecho toda esta distancia si no pensara que la reunión era extremadamente importante”. En efecto, lo era.

Esto tuvo lugar tras la invasión de Afganistán pero antes de la invasión de Iraq y Rumsfeld volaba alto, dejando caer también la frase “11 de septiembre” cada vez que tenía ocasión. Quizá desconocía el significado especial que la fecha tenía en Latinoamérica, pero 29 años antes, en el primer 11-S, un golpe del General Pinochet y su ejército, con el apoyo de la CIA, acabó con la vida del presidente de Chile Salvador Allende, un presidente elegido democráticamente. ¿O acaso sabía en realidad lo que significaba? ¿Qué objetivo perseguía? Después de todo, una nueva lucha global por la libertad, una proclamada Guerra Global contra el Terror, estaba ya en marcha y Rumsfeld había llegado para alistar reclutas.

Allí, en Santiago, en la ciudad a partir de la cual Pinochet había llevado a cabo la Operación Cóndor, Rumsfeld y otros funcionarios del Pentágono intentaron vender lo que ahora denominaban “integración” de “diversas habilidades especializadas a fin de conseguir capacidades regionales más amplias”, una forma insípida de describir el secuestro, la tortura y asesinato que ya habían puesto en marcha en otros lugares. “Los acontecimientos por todo el mundo antes y después del 11-S nos han hecho ver las ventajas”, decía Rumsfeld, “de que las naciones trabajen juntas para enfrentar la amenaza terrorista”.

“¡Cielo Santo!”, dijo Rumsfeld a un periodista chileno, “el tipo de amenazas a que nos enfrentamos es global”. Latinoamérica estaba en paz, admitió, pero tenía que hacer una advertencia a sus dirigentes: no deberían dormirse y creer que el continente estaba a salvo de los nubarrones que se concentraban por doquier. Los peligros existen: “antiguas amenazas, como las drogas, el crimen organizado, el tráfico ilegal de armas, la toma de rehenes, la piratería y el blanqueo de dinero; nuevas amenazas, como el delito informático; y otras amenazas, que desconocemos y que pueden aparecer sin previo aviso”.

“Esas nuevas amenazas”, añadió de forma inquietante, “deben contrarrestarse con nuevas capacidades”. Gracias al informe de Open Society, podemos captar muy bien qué quería decir exactamente Rumsfeld con lo de las “nuevas capacidades”.

Por ejemplo, pocas semanas antes de la llegada de Rumsfeld a Santiago, EEUU se puso en marcha partir de la información falsa proporcionada por la Real Policía Montada del Canadá y detuvo a Maher Arar, que ostenta doble ciudadanía, siria y canadiense, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York y después se lo entregó a una “Unidad Especial de Traslado”. Primero le hicieron volar a Jordania, donde le estuvieron golpeando, después a Siria, un país con una zona horaria cinco horas por delante de Chile, donde lo transfirieron a los torturadores locales. El 18 de noviembre, cuando Rumsfeld estaba dando su discurso en Santiago, daban las cinco de la tarde en la celda “estilo tumba” de una prisión siria donde iba pasar el siguiente año sometido a torturas.

Ghairat Baheer fue capturado en Pakistán unas tres semanas antes del viaje a Chile de Rumsfeld, para arrojarle a una prisión controlada por la CIA en Afganistán llamada Salt Pit [Hoyo Salado]. Mientras el secretario de defensa alababa el retorno de Latinoamérica al imperio de la ley tras los oscuros días de la Guerra Fría, pudiera ser que Baheer estuviera siendo sometido a una de sus sesiones de tortura “colgado desnudo durante horas y horas”.

Un mes antes de la visita de Rumsfeld a Santiago, el nacional saudí Abd al Rahim al Nashiri fue transportado a Salt Pit, después de haber pasado “por otro sitio negro en Bangkok, Tailandia, donde fue sometido a simulacros de ahogamiento”. Después le hicieron pasar por Polonia, Marruecos, Guantánamo, Rumanía y de vuelta a Guantánamo, donde permanece ahora. Durante el camino, los interrogadores estadounidenses le sometieron a un “simulacro de ejecución con una taladradora mientras le mantenían desnudo y encapuchado”; también le atormentaron “pegando a su cabeza un revólver semiautomático mientras le mantenían sentado y con grilletes delante de ellos”. Sus interrogadores “le amenazaron también con traer a su madre y abusar sexualmente de ella frente a él”.

De forma similar, un mes antes de la reunión de Santiago, trasladaban en un vuelo al yemení Bashi Nasir Ali Al Marwalah al Campo Rayos-X en Cuba, donde permanece hasta el momento.

Menos de dos semanas después de que Rumsfeld jurara que EEUU y Latinoamérica compartían “valores comunes”, el Mullah afgano Habibullah murió “tras los graves malos tratos” a que le sometieron bajo custodia de la CIA en algún lugar denominado “Punto de Recogida de Bagram”. Una investigación militar estadounidense “concluyó que la utilización de posiciones de estrés y privación de sueño, combinada con otros malos tratos… causaron, o contribuyeron de forma directa, a su muerte”.

Dos días después del discurso del secretario de defensa en Santiago, el agente encargado del caso en Salt Pit había desnudado a Gul Rahma y le había dejado encadenado al suelo de hormigón sin mantas. Rahma murió congelado.

Y el informe de Open Society continúa… con más y más casos parecidos.

Territorio Libre

Rumsfeld abandonó Santiago sin haber conseguido compromisos firmes. Algunos de los ejércitos de la región se vieron tentados por las supuestas oportunidades ofrecidas por la visión del Secretario de fusionar la lucha contra el crimen con una campaña ideológica contra el Islam radical, una guerra unificada en la que todo quedaba subordinado al mando estadounidense. Como ha señalado el politólogo Brian Loveman, más o menos en el momento de la visita de Rumsfeld a Santiago, la cúpula del ejército argentino recogía la última serie de planteamientos de Washington, insistiendo en que “había que tratar la defensa de forma integral”, sin falsas divisiones que separasen la seguridad interna de la externa.

Pero la historia no se puso del lado de Rumsfeld. Su viaje a Santiago coincidió con el épico torbellino financiero de Argentina, de los peores que se recuerdan de la historia. Supuso el enorme colapso del modelo económico –considerado como reaganismo a lo bestia- que Washington había estado promoviendo en Latinoamérica desde los últimos años de la Guerra Fría. Pronto llegaría al poder en gran parte del continente una nueva generación de izquierdistas comprometidos con la idea de la soberanía nacional y de limitar la influencia de Washington en la región, con una visión muy distinta a la de sus predecesores.

Hugo Chávez era ya el presidente de Venezuela. Tan sólo un mes antes del viaje de Rumsfeld a Santiago, Luiz Inácio Lula da Silva ganó la presidencia de Brasil. Pocos meses después, a principios de 2003, en Argentina elegían a Néstor Kirchner, quien poco después puso fin a los ejercicios militares conjuntos de su país con EEUU. En los años siguientes, EEUU fue experimentando un revés tras otro. Por ejemplo, en 2008, Ecuador desalojó al ejército estadounidense de la Base Aérea de Manta.

En ese mismo período, la administración Bush corría a invadir Iraq, un acto al que se oponían la mayor parte de los países latinoamericanos y que ayudó a liquidar lo que quedaba de benevolencia estadounidense hacia la región tras el 11-S. Iraq pareció confirmar las peores sospechas de los nuevos dirigentes del continente: que lo que Rumsfeld estaba intentando vender como fuerza internacional “de pacificación” era poco más que el intento de utilizar a los soldados latinoamericanos como gurkas en una unilateral y renovada guerra imperial.

La “cortina de humo” de Brasil

Los cables diplomáticos publicados por WikiLeaks muestran el nivel de rechazo de Brasil ante los esfuerzos de Washington para pintar la región de rojo en su nuevo mapa global de gulags.

Por ejemplo, un cable de mayo de 2005 del Departamento de Estado revela que el gobierno de Lula rechazó “múltiples peticiones” de Washington para que admitiera a los prisioneros liberados de Guantánamo, especialmente un grupo de unos quince uigures que EEUU retenía desde 2002 y que no podía enviar de vuelta a China.

“La posición de Brasil respecto a este tema no ha cambiado desde 2003 y no es probable que cambie en el predecible futuro”, decía el cable. Seguía diciendo que el gobierno de Lula consideraba todo el sistema que Washington había levantado en Guantánamo (y por todo el mundo) como una burla del derecho internacional. “Todos los intentos de discutir esta cuestión con las autoridades brasileñas”, concluía el cable, “fueron rotundamente rechazadas o aceptadas de mala gana”.

Además, Brasil se negó a cooperar con los esfuerzos de la administración Bush para crear una versión del Acta Patriótica en el Hemisferio Occidental. Por ejemplo, se negaron a revisar su código legal de forma que se rebajaran los niveles de pruebas necesarias para demostrar una conspiración, a la vez que trataban de ampliar la definición de lo que una conspiración criminal suponía.

Lula estuvo mareando la perdiz durante años, pero parece que el Departamento de Estado no se daba cuenta de lo que estaba haciendo hasta abril de 2008, cuando uno de sus diplomáticos escribió un memorando tildando de “cortina de humo” el supuesto interés de Brasil en reformar su código legal para ajustarse a los deseos de Washington. El gobierno brasileño, se quejaba en otro de los cables revelados por WikiLeaks, tenía miedo de que una definición más amplia de terrorismo pudiera utilizarse para ir contra los “integrantes de lo que consideran legítimos movimientos sociales en lucha por una sociedad más justa”. Al parecer, no era posible “redactar una legislación antiterrorista que excluyera las acciones” de la base social de izquierdas de Lula.

Un diplomático estadounidense se lamentaba de que esta “mentalidad” –es decir, una mentalidad que respetaba realmente las libertades civiles- “supone serios desafíos a nuestros esfuerzos para reforzar la cooperación en contraterrorismo o promover la aprobación de legislación antiterrorista”. Además, al gobierno brasileño le preocupaba que la legislación fuera a utilizarse contra los árabes-brasileños, de los que hay muchos en el país. Uno puede imaginar que si Brasil y el resto de Latinoamérica se hubieran apuntado para participar en el programa de entregas extraordinarias de Washington, la Open Society habría tenido que añadir a su lista muchos más nombres de resonancias árabes.

Finalmente, cable tras cable, WikiLeaks reveló que Brasil ninguneaba los esfuerzos de Washington para aislar a Hugo Chávez de Venezuela, lo que habría sido un paso necesario si EEUU hubiera arrastrado a Sudamérica hacia su panda contraterrorista.

Por ejemplo, en febrero de 2008, el embajador de EEUU ante Brasil Clifford Sobell se reunión con el Ministro de Defensa de Lula, Nelson Jobim, para quejarse de Chávez. Jobim le dijo a Sobell que Brasil compartía “su preocupación ante la posibilidad de que Venezuela exportara inestabilidad”, Jobim le indicó, en cambio, que su gobierno “apoya la creación de un ‘Consejo de Defensa de Sudamérica’ para integrar a Chávez en la corriente mayoritaria”.

Hay sólo un truco ahí: ¡que el Consejo de Defensa de Sudamérica había sido idea de Chávez! Era parte de sus esfuerzos, en asociación con Lula, para crear instituciones independientes paralelas a las que Washington controlaba. El memorando concluía con el embajador estadounidense señalando lo curioso que era que Brasil utilizara la “idea de Chávez para cooperar en defensa” como parte de una “supuesta estrategia de contención de Chávez”.

Poniéndole la zancadilla a la maquinaria perfecta de la guerra perpetua

Incapaz de poner en marcha su estrategia contraterrorista post-11/S en toda Latinoamérica, la administración Bush tuvo que retroceder. A cambio, intentó construir una “maquinaria perfecta de guerra perpetua” en un corredor que iba desde Colombia a través de Centroamérica hasta México. El proceso de militarización en esa región más limitada, a menudo con el pretexto de combatir “las drogas”, ha ido en todo caso incrementándose durante los años de Obama. Centroamérica ha sido, de hecho, el único lugar donde el SOUTHCOM –el mando del Pentágono que cubre Centroamérica y Sudamérica- puede actuar más o menos a voluntad. Una mirada a ese otro mapa, reunido por el Fellowship of Reconciliation, hace que la región parezca una inmensa pista de aterrizaje de aviones no tripulados y vuelos para contener el narcotráfico.

Washington sigue presionando y sondeando más hacia el sur, intentando establecer de nuevo un bastión militar más fuerte en la región y tendiendo el lazo en lo que ahora es una cruzada menos ideológica y más tecnocrática pero que sigue teniendo aspiraciones globales. Por ejemplo, a los estrategas militares estadounidenses les gustaría muchísimo tener una pista de aterrizaje en la Guyana francesa o en la parte de Brasil que sobresale por el Atlántico. El Pentágono la utilizaría como trampolín para su cada vez mayor presencia en África, para coordinar el trabajo del SOUTHCOM con el último mando global, el AFRICOM.

Pero, por ahora, Sudamérica le ha puesto la zancadilla a la maquinaria. Volviendo a lo del mapa del Washington Post, merece la pena celebrar el simple hecho de que en una parte del mundo, en este siglo al menos, el sol no se levanta nunca sobre la tortura coreografiada por Estados Unidos.

Greg Grandin es un colaborador habitual de TomDispatch y autor de “Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford’s Lost Jungle City”, finalista del Premio Pulitzer. Próximamente publicará “Empire of Necessity: Slavery, Freedom and Deception in the New World”, en Metropolitan Books.