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Isabel Rauber:Hugo Chávez, sentimiento, compromiso y lucha



Homenaje
-A un año de su partida-

 Este es un día de recogimiento, reflexión y renovación de votos de compromiso sin condiciones por la vida digna de los pueblos, por nuestra vida digna y en paz, libre e independiente de ataduras coloniales o neocoloniales. Estas pretenden ocupar nuestras mentes, invadir nuestro espíritu y anular nuestras voluntades para sujetarnos en la servidumbre, encandilados por las falsas luces reflejadas en los espejitos decadentes, baratijas traídas del Norte para marearnos y confundirnos, para saquearnos, explotarnos y aniquilarnos.
Hugo Chávez destapó las marañas de los colonialistas del siglo XXI, no les tuvo miedo ni mostró por ellos más respeto del que ellos muestran hacia nosotros. En cada uno de sus acciones y actos nos enseñó la fuerza política de la irreverencia cuando responde a la fuerza de los pueblos en lucha por su dignidad y justicia. 
Hugo Chávez es estandarte de la rebelión contemporánea de los pueblos en busca de libertad.
 No dijo que fuera fácil, no dijo que fuera simple, no dijo que fuera rápido. Cuando los agoreros del capitalismo global anunciaban el "fin de la historia", él mostró que la justicia no había muerto, que era posible luchar, que siempre hay caminos para la vida si ellos son construidos desde abajo por los pueblos.
Hugo Chavez alzó su voz para hacer vibrante el llamado a los pueblos de Nuestra América a liberarnos del yugo colonial, a poner fin a la opresión e indignidad, y lo impulsó concretamente empleando las herramientas de poder que tuvo a su alcance y todas las que pudo crear o inventar junto con el pueblo venezolano y con los pueblos de este continente, para ir esbozando los vitales caminos de unidad hacia la libertad.
Hugo Chávez vive en el sentimiento profundo de amor y compromiso con la justicia, la dignidad y la descolonización. Su prédica práctica se afianza y multiplica cotidianamente en las resistencias, luchas y construcción y sostén de alternativas de los pueblos de la Patria Grande, en cuyo corazón, late.
¡Hasta la vitoria siempre comandante compañero!

Isabel Rauber Unirnos o Hundirnos



 Tal la disyuntiva que apremia articular una conducción político-social continental: Soporte para una integración latinoamericana anclada en procesos populares de participación

 “Unirnos o Hundirnos”, tal la nítida y contundente sentencia y convocatoria expuesta por el presidente Evo Morales Ayma al clausurar la Cumbre Internacional por la Defensa de los Derechos Humanos y la Soberanía de Nuestros Pueblos, el 3 de agosto último, en Cochabamaba.

 Esta sentencia pone al descubierto un vacío político, patentizado en la ausencia de convergencia político-programática de movimientos y partidos, vacío que cada vez se hace más imperioso superar en los ámbitos locales y regionales y continental a partir de la articulación de movimientos sociales y partidos políticos de izquierda y progresistas, en aras de construir una conducción político-social colectiva (unificada y plural) en el continente. Esto supone la puesta en común –al menos‑ de lo que se entiende por: sujetos, conducción, articulación, horizontalidad, interculturalidad y descolonización.[1]

 La cuestión clave está en identificar y converger colectivamente en dónde esta el ancla de la política: si en el pueblo organizado participando con autonomía, o en acuerdos de cúpulas entre minorías. Estas últimas no pocas veces propensas a la mediación para la extorsión y el negocieo, presionando ‑con acuerdos por arriba‑, para conseguir beneficios a cambio de brindar apoyos coyunturales a la fuerza política gobernante. Contrariamente a tales prácticas, si una fuerza política gobernante está abocada a promover y respaldar el cambio social, entre sus tareas centrales debe estar también la construcción (política, cultural, organizacional) del sujeto político, conducción sociopolítica colectiva del proceso de cambio, en su país y en el continente. Esto es: aglutinar fuerza política parlamentaria con fuerza social extraparlamentaria, pero sin pretender subordinar ésta a la parlamentaria, sino conjugando ambas, en articulación horizontal, para constituir(se) el sujeto político colectivo, conducción político-social del proceso. Y esta labor no cesa, es una tarea política permanente.

 En el caso del PT de Brasil, por ejemplo, con los acuerdos de cúpulas el gobierno petista mantuvo la “gobernabilidad” y también impulsó y obtuvo logros significativos en lo social, sobre todo en sus primeros años de gobierno. Pero si esto se toma como horizonte político y social de la gestión, queda –como quedó‑ subsumido por el sistema en el corto plazo. La pulseada con el poder es de largo aliento y no puede quedarse entrampada en las apetencias partidarias-sectoriales propias de una coyuntura. Allí no se abrieron las puertas a la participación popular como motor de los cambios, no se dieron pasos concretos para transformar de raíz las instituciones estatales y su funcionamiento, abriéndolas a la participación ciudadana, no se hizo del gobierno una herramienta política para apuntalar y fortalecer la construcción de un sujeto socio-político colectivo. Por el contrario, se mantuvo el viejo esquema piramidal, jerárquico subordinante entre el partido y los movimientos sociales, ampliando brechas en vez de acortarlas. Ello es parte de las razones del estallido reciente de movilizaciones multitudinarias en las grandes ciudades brasileras.

 Allí ‑como ocurre también en diversas latitudes del continente‑, la ciudadanía movilizada recupera socialmente –de hecho‑ la política, anquilosada en aparatos partidario-estatales-gubernamentales. Con su accionar rebasa a los partidos políticos tradicionales de derecha, de centro, y también de la izquierda; los manifestantes expresan claramente: ¡queremos participar! Revitalizan así el corazón revolucionador de todo proceso de cambio social popular: la participación de los de abajo en las decisiones gubernamentales‑estatales y en la ejecución y control de las políticas públicas.

 Una política joven

 Con la instalación del conflicto social, la juventud movilizada reabre un tiempo político que parecía “superado” y ausente de la realidad brasileña. Estaba latente en los movimientos sociales, pero desarticulados en su analítica y orgánica no lograron estructurar un quehacer político común. De cierta manera, muchos de estos actores también relegaron –de hecho‑ el quehacer político a los partidos de izquierda, imaginando algo así como una “asignación de roles” diferenciados y distribuidos entre movimientos y partidos, que cada uno debía respetar en aras de llevar una “convivencia armónica”.

 Pero las prácticas de lucha y construcción de l@s sujeto@s afirman –en diversas latitudes‑, que este es el tiempo del protagonismo político de la juventud, de las mujeres, de los indígenas, de l@s afrodescendientes, de los movimientos sociales del campo y la ciudad. La ampliación y renovación de la política y lo político está en ellos, en sus resistencias, protestas y propuestas. Los partidos de izquierda ya deberían haber tomado nota de ello y cambiar.

 Superar la defensiva…

 El desafío en relación con el sujeto político, en tanto conducción política y social de los procesos revolucionarios, no pasa por resolver el (falso) dilema: “movimientos o partidos”, inclinando la balanza a favor de unos u otros; la tarea implica abocarse a la articulación (horizontal) de todos los actores sociales y políticos del campo popular, construyendo la convergencia estratégica común, emprendiendo –si es menester‑, las transformaciones en los formatos organizativos que reclamen las organizaciones (sociales o partidarias) en aras de avanzar hacia objetivos colectivos y dejar atrás su condición (y proyección) sectorial defensiva.

 Y esta amenaza no acecha solamente a los movimientos sociales; es el juego permanente del poder y actúa con fuerza –tal vez con mayor fuerza‑, sobre el accionar de los partidos de izquierda recortando sus proyecciones políticas y sociales de transformación confinándolos a cíclicas prácticas defensivas. Vale recordar que, como señala István Mészáros, “Con la constitución de los partidos políticos obreros —bajo la forma de la división del movimiento en un “brazo industrial” (los sindicatos) y un “brazo político” (los partidos socialdemócratas y vanguardistas)—, la defensiva del movimiento se arraigó todavía más, pues los dos tipos de partido se apropiaron del derecho exclusivo de toma de decisión, que ya se anunciaba en la sectorialidad centralizada de los propios movimientos sindicales. Esa defensiva se agravó todavía más por el modo de operación adoptado por los partidos políticos, cuyos éxitos relativos implicaron el desvío del movimiento sindical de sus objetivos originales. Pues en la estructura parlamentaria capitalista, a cambio de la aceptación de la legitimidad de los partidos obreros por el capital, se hizo absolutamente ilegal usar el brazo industrial para fines políticos.” [Mészáros, 2001: 66] Aislando la política de la economía y los sujetos sociales, aseguraban el metabolismo del sistema en sus términos de explotación y ganancias.

 Construir la ofensiva política de los pueblos

 Luchar es siempre importante, pero para quienes buscan encaminar procesos de cambios revolucionarios es imprescindible construir propuestas y agendas para gobernar las coyunturas, para que sean las luchas sociales desarrolladas a partir de ellas las que marquen el rumbo y el ritmo de los acontecimientos y definan a su favor los conflictos entre los sectores del poder y no al revés. Es decir, para que las luchas populares no sean arrastradas e instrumentalizadas en función de los conflictos entre los sectores dominantes pues, en tal caso, quedarán encerradas dentro de la lógica del poder hegemónico y serán acomodadas a sus requerimientos. De las nefastas consecuencias de ello hay sobradas experiencias en nuestra historia. Por eso, como señala Samir Amín: “De lo que se trata es de no subordinar las luchas a los conflictos, sino obligar a los conflictos a subordinarse a las luchas.” [Amin, 2001: 13]

 Precisamente por ello, construir un frente unitario de todo el pueblo como barrera infranqueable por los poderosos, diseñar un programa común capaz de guiar las luchas sociales populares evitando que éstas queden aprisionadas por los conflictos del poder, resultan tareas de suma importancia en este tiempo político continental. Es clave atender en todo momento a la relación entre conflictos y luchas, no para explicar post factum determinadas conductas erróneas, no como guía para reiteradas autocríticas improductivas entre actores del campo popular, sino para que estos desarrollen las capacidades de adelantarse en todo lo posible a los acontecimientos, de modo que les sea factible gobernar las coyunturas y no ser arrastrados por ellas.

 Es tiempo de construir y transitar nuevos caminos. Por ejemplo ‑en realidades sociales que cuentan con gobiernos populares revolucionarios‑, haciendo de los instrumentos estatales-gubernamentales herramientas de los cambios definidos con la participación popular y comunitaria gestada desde abajo. Ciertamente esto configura nuevos espacios de conflictividad sociopolítica.

 Los conflictos surgen de las nuevas realidades y sus problemas que demandan también nuevas interrelaciones entre actores diversos. En el conflicto está presente lo nuevo y desconocido, lo no previsto, y también las viejas prácticas y los viejos pensamientos y culturas, el viejo “saber hacer” y, de conjunto, desatan interrelaciones que cuajan y se expresan en los conflictos. En este sentido es importante reconocerlos como parte de los nuevos ámbitos de construcción política. Es decir: los conflictos no constituyen un obstáculo o una molestia en el proceso sociotransformador; en tanto emergen de las dinámicas sociales del proceso de cambios, son una parte natural del mismo. En los conflictos reside, específicamente ‑según se desarrollen políticamente‑, la posibilidad de que los diversos actores sociales, reducidos históricamente por el capital a una expresión demandante reivindicativa, vayan encontrándose, reconociéndose integrantes de un sujeto político colectivo que, en tanto tal, cuenta con capacidades para definir protagónicamente, en cada momento, los rumbos su historia y traccionar hacia ellos los cambios.

 Esto evidencia que la conformación del sujeto político está en juego permanentemente; que es parte del desarrollo del proceso de lucha y transformación, el cual se descubre ‑en ese sentido-, como un proceso interconstituyente de poder, proyecto y sujetos. Esto indica que no existe un ser ni un deber ser definidos a priori, que no hay sujetos, ni caminos, ni tareas, ni rumbos y resultados preestablecidos, ni situaciones irreversibles; todo está en constante disputa y debate.

 Precisamente por ello los actuales procesos democrático-revolucionarios que se desarrollan en el continente en disputa frontal con la hegemonía del poder (neo)colonial-capitalista, reclaman el creciente y renovado protagonismo de los movimientos indígenas, campesinos, de mujeres, de trabajadores, barriales, de ecologistas, pensadores populares, etcétera., junto al de los partidos de izquierda y progresistas, y a militantes funcionarios políticos de los gobiernos populares.

 No basta con que los nuevos gobernantes se aboquen a hacer un “buen gobierno”, según cánones del viejo orden; el desafío es abrir cauces para encaminar colectivamente el proceso político-social a cambiar de raíz las instituciones, la sociedad, la economía, la cultura, el poder. Un paso hacia ello pasa por articular la decisión y gestión gubernamental-estatal con la participación ‑política‑ de los movimientos sociales y el pueblo todo.

 A su vez, estos tienen ante sí la exigencia de asumir este nuevo tiempo político que han gestado desde abajo con sus resistencias y luchas. Esto demanda de los movimientos indígenas y sociales, alzarse sobre la carga cultural histórica heredada y acuñada por el capital, erigirse en protagonistas responsables de co-gobernar para el cambio. No basta con que los representados reclamen a los representantes, no basta con protestar, no basta tampoco con “tomar distancia” pretendiendo “seguir de cerca” las gestiones de gobierno, pero sin compartir responsabilidades. El quemeimportismo político es hijo de la ideología del falso descompromiso liberal, y en las actuales condiciones es funcional a la supervivencia de su hegemonía. Es central participar en la toma de decisiones y asumir la responsabilidad de llevarlas adelante, formular propuestas para impulsar el proceso de cambios haciendo realidad las consignas del pasado y las exigencias de las nuevas realidades del presente, dando –todos, en todas las dimensiones y ámbitos del quehacer político‑, los pasos necesarios para ampliar el protagonismo del conjunto de actores sociales y políticos del campo popular y del pueblo todo.
 Articular el sujeto político-social del cambio

 La construcción de la ofensiva política de los pueblos anida –en síntesis‑, en la posibilidad de trascender la defensiva: la fragmentación entre problemáticas y actores, la sectorialidad corporativa, la fractura entre lo social y lo político, el inmediatismo, la subordinación de las luchas sociales a los conflictos y apetencias de los poderosos, las anteojeras político-culturales, la fractura entre partidos políticos de izquierda y movimientos sociales.

 El proceso de resistencia y lucha de los pueblos ha venido formando y desarrollando conducciones colectivas de diverso carácter, formato y alcance (por ejemplo, Bolivia, 2000, 2003: guerra del agua, guerra del gas…); se han dado también importantes pasos de avance hacia la construcción de espacios mayores de articulación político-social, aunque mayormente aún alrededor de cuestiones puntuales (por ejemplo, Argentina, 2001: Frente Nacional Contra la Pobreza). El problema no es, por tanto, la inexistencia histórica de conducción política en términos absolutos. Si no se logró trascender la coyuntura y articular una conducción colectiva estable, se debe a que los actores participantes no dieron los pasos que la situación reclamaba para lograrlo.

 Se podrá alegar, tal vez, que los obstáculos fueron superiores a las voluntades en juego, pero lo que la historia muestra a las claras, es que han ocurrido incluso levantamientos o insurrecciones populares, pero si estos tiene lugar cuando solo existen conducciones sectoriales, fragmentadas, desarticuladas, no puede lograrse sobre la marcha una conducción del movimiento social y político nacional. Prácticas sectarias de partidos políticos de izquierda y lo sectorial reivindicativo de los movimientos sociales sostenidas fragmentadamente, difícilmente se traduzcan en conducciones colectivas en momentos de crisis social y política. Y así, a la deriva, el proceso social se reencauza, poco a poco, por los canales tradicionales que ofrece la hegemonía del poder. Argentina 2001-2003, es el más nítido ejemplo de ello.

 Reflexionando acerca de esto, decía entonces: Fragmentadas en su capacidad de pensamiento y acción, las distintas conducciones sectoriales, reivindicativas o políticas, participaron como uno más, reclamándose después, a sí mismas y a los demás, por no haber podido “llegar a tiempo” a la conformación de espacios colectivos, integradores, articuladores de la pluralidad de actores, pensamientos, propuestas y organizaciones o población autoconvocada. [Rauber, 2002] Lo que no llega a estar claramente comprendido, expresado y afianzado en las prácticas cotidianas, no se logrará de golpe.[2]

 Hay que aprender –todos‑ a pensar y actuar colectivamente, a construir las confianzas y la complementariedad en vez de la competencia y rivalidad entre las organizaciones…

 El pueblo en las calles forjó, históricamente, las condiciones para conformar una conducción político‑social amplia y unitaria, basada en la horizontalidad y participación plural intercultural, en lo que hace a puntos de vista, a propuestas, y a los propios actores-sujetos. Es tan rica y amplia la experiencia de resistencia, lucha y creatividad de los pueblos, que apelar crítica y autocríticamente a su historia puede abrir las puertas a un caudal inmenso de posibilidades.

 Es hora de cambiar la actitud y entender que no se puede avanzar sobre la base de la condena a las propias limitaciones –las de uno mismo y las del campo popular en su conjunto‑, sino asumiendo tanto los aciertos como las debilidades, buscando caminos y formas para superarlas y seguir adelante.
 El momento requiere madurez, honestidad, humildad, respeto mutuo, y voluntad de seguir adelante. Poco vale que solo unos tengan mayor claridad en el rumbo a seguir si todos “los demás” resultan “incapaces” de visualizarlo. Pretender erigirse por encima de todos esperando que el conjunto del campo popular se subordine a un solo criterio político y de conducción es, cuando menos, una buena forma de perder el tiempo.

 Es hora de abandonar el capitalismo que anida en el interior de cada uno/a: la soberbia, la competencia, el sectarismo y el truchaje ideológico y político. Las prácticas divisionistas –siempre funcionales al sistema‑, resultan hoy muy útiles a los sectores del poder (local y transnacional). Colocados coyunturalmente fuera del poder político en varios países del continente, buscan tiempo y oxígeno político para recomponerse y fortalecerse; lo hacen en todas las dimensiones de la vida social, y particularmente, alentando la confusión en el campo popular.

 Es hora de quitarse las anteojeras que aprisionan nuestras miradas; es hora de espíritu amplio, unitario y solidario, de crear y construir articulando lo existente con lo nuevo que emerge, en organización, participación y propuestas…

 Esto subraya –una vez más‑, la importancia de articular la diversidad fragmentada, de tender puentes –organizativos y propositivos‑ que contribuyan a articular las problemáticas sectoriales y a los actores sociales y políticos del campo popular, en aras de avanzar hacia una convergencia estratégica, personificada en la constitución del sujeto popular colectivo, articulada con la conformación de su instrumento político electoral-gubernamental. Es la fuerza político-social de liberación desdoblada en su quehacer coyuntural y estratégico, articulado en los quehaceres parlamentario y extraparlamentario.
 Horizontalidad

 Un factor crucial para la unidad es abandonar el obsoleto esquema piramidal‑jerárquico subordinante que no logra organizar fructíferamente la interrelación política entre movimientos sociales del campo popular, ni entre partidos de izquierda, ni entre partidos y movimientos. En este empeño, la horizontalidad resulta clave. Se trata de un principio de igualdad entre actores-sujetos, fundamental para construir una interrelación dialogal entre pares. Este principio ha sido subestimado y desestimado, particularmente por los partidos de izquierda, que redujeron el planteamiento de horizontalidad a una cuestión morfológica para, sobre esa base, desecharlo, calificándolo como: basista, espontaneísta, anarquista, etc.; todo, menos pensar en modificar las propias arcaicas estructuras y criterios de organización y funcionamiento partidario acorde con la diversidad de sujetos político-sociales que existen en el continente, con sus identidades, aspiraciones y subjetividades. Esto demuestra que no está claro lo fundamental: La horizontalidad no es el problema, sino la fragmentación, la sectorialización de las luchas y sus actores, y la transición defensiva de estos hacia grupos reivindicativos-corporativos.
 No se supera la fragmentación con la subordinación de unos actores a otros; esto solo reproduce las cadenas alienantes del capital; la clave política está en la articulación horizontal para la construcción de la conducción político-social colectiva, sujeto político (en permanente dinamización y reconstrucción) del proceso sociotransformador emancipatorio hacia una nueva civilización. Por ello, a la vez, lo horizontal supone lo intercultural: reconoce a todos y cada uno de los actores como potenciales sujetos plenos, con capacidades iguales, aunque fragmentados en sus modos de existencia, en sus identidades, subjetividades… realidad que no habla de gradaciones entre actores-sujetos, sino de lo impostergable de su articulación basada en relaciones de equidad horizontal entre todos y viceversa.
 La inaplazable descolonización política
 Colonizados por los conquistadores, colonizados en el pensamiento, el modo de vida, el modo de interrelacionamiento humano, colonizado en el ser y el no ser, colonizados en tanto el ser hombres y el ser mujeres y sus interrelaciones sociales y personales; colonizados además todos y todo, por el capital y su modo mercantil de existencia y exigencias, mercantilizada la vida humana, la razón, y la política, la cultura, la educación, las ciencias tanto como la economía… ¿cómo embanderar la lucha y construcción de lo nuevo sin que ello suponga, simultáneamente, impulsar un raizal e interno y externo proceso de descolonización cultural, política, de saberes y poderes en partidos y movimientos? En este sentido, descolonizar implica, de base, abandonar la pretensión de cambiar la sociedad desde arriba, así como las viejas y fallidas prácticas de buscar acuerdos entre cúpulas.
 En sentido estricto, en política, descolonizar significa construir capacidades populares de empoderamiento… para que todos estén en condiciones de hacerse cargo de su historia y de sus responsabilidades, en tanto movimientos indígenas, sociales y en tanto partidos de izquierda, todos actores constituyentes del sujeto socio-político colectivo articulado.
 Esto señala también uno de los grandes desafíos políticos actuales, tanto para los movimientos indígenas y sociales como para los partidos de izquierda y ‑en particular‑ su Foro de Sao Pablo: poner fin a la fragmentación y paralelismo existente en la relación entre partidos de izquierda y movimientos sociales.
 La inexistencia de una conducción político‑social, colectiva, unificada ‑debilidad histórica de las luchas populares‑, es uno de los principales déficit (y necesidades) actuales del campo popular.
 La foto que retrata dos actos importantes ocurridos recientemente en el continente lo muestra claramente: en Cochabamba los Movimientos Sociales, en Sao Paulo los Partidos de Izquierda. Podría alegarse que ello responde a una casualidad, dado que la Cumbre realizada en Cochabamba no estaba en agenda; pero vale tener presente que la causalidad emerge de una tendencia histórica sostenida.
 Un nuevo tipo de conducción política es necesaria y posible
 Hay muchos obstáculos para la articulación, ciertamente, pero también hay numerosos ejemplos de luchas comunes y solidarias en la historia, que han dejado una valiosa experiencia. Esta es parte del caudal de sabiduría popular acumulada que apunta la posibilidad de constitución de una voluntad política común. Por ello puede afirmarse que: En estas tierras, con históricas luchas sostenidas por movimientos indígenas y demás movimientos sociales, por partidos de izquierda, es factible avanzar hacia la construcción de una conducción político-social, en cada país y en el continente.
 En esta perspectiva resulta de interés convocar a un foro permanente político-social continental y en cada país que articule partidos de izquierda y movimientos sociales. En tal sentido, destaca la horizontalidad: articulaciones en pie de igualdad entre todos los actores-sujetos del campo popular, reconociéndose todos y cada uno de ellos constructores del sujeto sociopolítico colectivo, co-responsables de enfrentar la amenaza del hundimiento, haciendo realidad la promesa de unidad para la vida por la que claman los pueblos del Abya Yala, nuestra América.
 Bibliografía citada
 Amín, Samir (2001), “Los desafíos para el Tercer Mundo”, Revista Pasado y Presente XXI, No. 3, Separata.
 Mészáros, István (2001). The alternative to capital’s social order, K P Bagchi & Company, Calcuta.
 Rauber, Isabel (2002). “Argentina, hora de unidad y de patria.” En: ¿Qué son las asambleas populares?, Continente –Peña Lillo, Buenos Aires

Isabel Rauber: Indo-afro-latinoamérica: En las movilizaciones sociales germina una política joven anclada en la participación


 Abriéndonos la cabeza 
Agosto 2013

Indo-afro-latinomérica tiene rostro de pueblos en luchas y resistencias, parapetados en barricadas y en rutas cortando el paso al saqueo, a la exclusión y a la muerte, defendiendo la vida en todas sus dimensiones. Así ha sido por siglos y así es en el presente. Pero no siempre en las mismas condiciones, ni situaciones, ni con las mismas tareas o desafíos.



Indo-afro-latinomérica tiene rostro de pueblos en luchas y resistencias, parapetados en barricadas y en rutas cortando el paso al saqueo, a la exclusión y a la muerte, defendiendo la vida en todas sus dimensiones. Así ha sido por siglos y así es en el presente. Pero no siempre en las mismas condiciones, ni situaciones, ni con las mismas tareas o desafíos.

 El siglo XX puede definirse como el siglo dictatorial marcado por represiones y muertes de militantes del campo popular. Las organizaciones sociales se desarrollaron entonces en gran cercanía con las organizaciones políticas revolucionarias, y no pocas veces, nacieron bajo su inspiración o labor de base. Lo conspirativo-defensivo marcó el estilo de hacer política, la organización de sus actores y las interrelaciones entre ellos. Pero el tiempo de dictaduras saltó por los aires con las luchas de los pueblos que hicieron posible las aperturas democráticas. La caída del sistema socialista, abrió un período de confusión y desasosiego en las filas de gran parte de la izquierda político partidaria que fue aprovechado por el neoliberalismo triunfalista para impulsar sus feroces y regresivas políticas de saqueo prometiendo el advenimiento de un dulce y prospero futuro luego de la “necesaria” etapa inicial de “dolor y dureza”.

 Sin esperar por los partidos de izquierda y sus directivas, los sectores populares, además de los siempre presentes movimientos indígenas, se levantaron prontamente para denunciar y resistir a tales políticas; en algunos territorios nacieron, crecieron y se consolidaron amplios y poderosos movimientos en campos y ciudades. En sus luchas construyeron articulaciones, experimentando la potencialidad de un actor colectivo capaz de constituirse en sujeto político de los cambios.

 En las resistencias de las poblaciones de los barrios periféricos de las grandes ciudades (Santo Domingo 1984), en el levantamiento de Chipas (México, 1994), el Caracazo (Venezuela, 1989), la “guerra del agua” y las “guerras del gas” (Bolivia, 2000 y 2003), los levantamientos indígenas de (Ecuador, 2000), la constante recuperación de tierras por el MST (Brasil), el surgimiento de la central de Trabajadores Argentinos y los posteriores levantamientos piqueteros (Argentina 1991-2002), entre muchos otros ejemplos, germinaron nuevos sujetos socio-políticos y también una nueva dimensión de la política enraizada en lo social y sus luchas, con capacidad para cuestionar el poder establecido y disputarle la hegemonía política y cultural.

 Lo reivindicativo revela su contenido político

 Como nunca antes, las luchas reivindicativas mostraron en este período su rostro raizalmente político, es decir, cuestionador del sistema político, económico y social desde abajo. Pero en las filas de la izquierda partidaria faltó capacidad y sensibilidad para captar esta cualidad política revolucionaria presente en las luchas sociales; no era su práctica. Ello les impidió sumarse desde el inicio a la gesta de los movimientos, descubrir y poner de manifiesto los nexos comunes entre las distintas problemáticas y luchas sectoriales en aras de promover la articulación (convergencia) de las problemáticas sectoriales y de sus actores.

 La convergencia supone, a la vez, la construcción de una subjetividad colectiva común, que es la que –en determinado momento‑, posibilita superar lo sectorial-corporativo y obrar colectivamente por objetivos sociales. Así ocurrió, por ejemplo, en Bolivia, con la formación del MAS, concebido por un conjunto de movimientos indígenas y sociales como su instrumento político para viabilizar las propuestas sociales, convertidas en agenda colectiva en las articulaciones y convergencias construidas por los diversos actores sectoriales en interacción permanente en jornadas de resistencias y luchas y en la elaboración de propuestas superadoras del estado de cosas.

 Desde abajo, es decir, desde la raíz de los problemas reivindicativo-sectoriales, intersectoriales o sociales, con el protagonismo de los propios actores sociales emergía con fuerza una acción política nueva, no dicotomizada de lo social sino integradora, con clara vocación re-totalizadora de la sociedad fragmentada.

 Un nuevo tiempo político: marcado por la emergencia de gobiernos populares y revolucionarios
 Así fue como en diversos territorios de este continente los pueblos en lucha y sus movimientos abrieron posibilidades políticas para disputar y ganar gobiernos participando en elecciones, inaugurando con ello un nuevo tiempo político: el de la emergencia de gobiernos populares y revolucionarios, con las nuevas responsabilidades y tareas que ello implicaba e implica para movimientos, partidos y ciudadanía.

 En su corta trayectoria, las experiencias en curso evidencian que el acceso al gobierno nacional puede dotar a los pueblos de una herramienta política clave para desarrollar/estimular procesos de empoderamiento colectivo capaces de impulsar el proceso socio-transformador. Pero también pone de manifiesto la posibilidad de quedar atrapados por la lógica superestructural y técnica.

 Un gobierno revolucionario no puede limitarse a hacer una “buena administración”. Participar de las elecciones para acceder a espacios/fracciones del poder existente, limitándose luego a ejercerlo “correctamente”, ocupando los espacios parlamentarios o gubernamentales correspondientes ‑nacionales o locales‑, sin hacer de estas instancias institucionales herramientas puestas en función del cambio social y del poder, reduce –hasta anular‑ la perspectiva transformadora.

 Es central tener presente que esta opción no constituye el camino electoral para la “toma del poder”, es parte de una nueva concepción (y prácticas) de transformación social. De ahí la importancia que en estos procesos tiene la participación popular desde abajo, dentro y fuera de las instancias gubernamentales y estatales. Puede afirmarse que las revoluciones democráticas culturales en marcha son proporcionalmente idénticas a la participación protagónica de sus pueblos en ellas.

 No se avanza con una sumatoria de medidas superestructurales por muy justas y razonables que estas sean. Hay que construir protagonismo popular como base política (auto)constituyente del sujeto político colectivo y esto solo puede lograrse forjándolo a cada paso y en cada paso. El aprendizaje ‑como la enseñanza‑ comienza en las prácticas cotidianas. Educar en lo nuevo comienza por desarrollar nuevas prácticas, dando el ejemplo; clave pedagógica vital de las revoluciones desde abajo.

 Impulsar revoluciones desde los gobiernos pasa por hacer de estos una herramienta política revolucionaria: desarrollar la conciencia política, abrir la gestión a la participación de los movimientos sociales y sindicales, de los movimientos indígenas, de los sectores populares, construyendo mecanismos colectivos y estableciendo roles y responsabilidades diferenciados, para cogobernar el país. La fortaleza de los gobiernos populares radica en su profunda y creciente articulación con los pueblos, con los actores sociales, construyendo de conjunto mecanismos que acorten las distancias entre representación política y protagonismo social. Esta es la verdad que cristaliza en las calles, marcando la presencia de la conciencia sociopolítica popular hoy: no basta con acuerdos superestructurales para gobernar (Brasil), no basta con que las decisiones sean correctas (Bolivia), no hay que someterse a los designios del mercado (Chile), no se aceptará la mentira como verdad (México)… Los movimientos sociales y particularmente los jóvenes del continente, ponen sobre el tapete la impronta política de este tiempo: la participación.

 Se trata de avanzar hacia nuevas institucionalidades, modos y vías de ejercerlas; abrir las puertas del gobierno y el Estado a la participación de las mayorías en la toma de decisiones, en la ejecución de las mismas, y en el control de los resultados, en la medida que la construcción política y la transformación de las bases jurídicas de las instituciones estatales y gubernamentales lo posibilite. De ahí el papel central de las asambleas constituyentes en estos procesos.

 El papel fundamental de las Asambleas Constituyentes

 Resulta central la realización de asambleas constituyentes. De ellas emana el sustrato jurídico, político y social para abrir paso a una nueva institucionalidad, engendrada embrionariamente en los procesos de luchas sociales, abanderados por la resistencia, el empuje y los reclamos históricos de los pueblos de este continente (con sus organizaciones sociales y políticas), en primer lugar de los pueblos indígenas originarios y sus comunidades.

 Obviamente, las asambleas constituyentes no son el motor del cambio. Los pueblos han de prepararse para plasmar en ellas sus puntos de vista, proponiendo y defendiendo contenidos acorde con sus intereses y su proyección estratégica. Pero en esto, como en todo, es importante tener presente que el cambio de sociedad es procesal: Habrá que hacer tantas asambleas constituyentes como lo vaya reclamando y posibilitando la profundización y radicalización de cada proceso, marcado ‑en primer lugar‑ por las condiciones específicas y por la maduración política del actor colectivo.

 En las movilizaciones sociales germina una política joven anclada en la participación

 Sumándose a las experiencias de las grandes jornadas de luchas populares contra el neoliberalismo, las masivas movilizaciones recientemente ocurridas en México, en Bolivia, en Brasil, en Chile, en Colombia, han puesto una vez más en el quehacer político la impronta de la participación sociopolítica de los movimientos indígenas y sociales, del pueblo trabajador y de las juventudes en particular. Ellas anuncian claramente la irrupción de una política joven, que no puede equipararse con algunos intentos de maquillar la vieja política y sus estructuras partidarias “con presencia de jóvenes”, aunque estos son sin dudas un pilar esencial del nuevo sujeto colectivo.

 Hay avances significativos en esta dirección, sobre todo en los procesos de Venezuela (Consejos Comunales, Gobierno de Calle), y en Bolivia (revitalización de las asambleas de base como dinamizadoras de las transformaciones sociales, rectificación de medidas –aunque justas‑ no comprendidas por una parte de la población; la construcción desde las comunidades del estado plurinacional intercultural). En el caso de Brasil, las movilizaciones recientes, las multitudes de jóvenes en las calles pusieron al desnudo las debilidades del sistema político partidario que asumió el PT, mezclando viejos dogmas de la izquierda con las exigencias del establishment y sus tentadoras alianzas y acuerdos por arriba en aras de sostener la “gobernabilidad”. Rechazando esto, cuando todo parecía brillar y marchar sobre ruedas, la juventud salió a increpar a “la razón política” imperante haciéndose oír en las calles. Desde allí, la ciudadanía movilizada recupera socialmente –de hecho‑ la política, anquilosada en aparatos partidario-estatales-gubernamentales. Con su accionar rebasa a los partidos políticos tradicionales de derecha, de centro, y también de la izquierda; los manifestantes expresan claramente: ¡queremos participar! Revitalizan así el corazón revolucionador de todo proceso de cambio social popular: la participación de los de abajo en las decisiones gubernamentales‑estatales y en la ejecución y control de las políticas públicas.

 Quitarse las anteojeras

 A pesar de la contundencia de su realidad y mensaje, el peso de la vieja cultura que asecha la mentalidad y las prácticas de la izquierda partidaria, se hace presente a la hora de interpretar los acontecimientos. Son muchos los partidos de izquierda persisten defensivamente en su ceguera escudados en viejos tabúes de desconfianza porque, según dicen, “nadie los controla”, “no hay organización ni dirección”. No toman nota que esto es, exactamente, lo que está mostrando (y reclamando) la juventud en las calles: Abrir las compuertas de la política y de las organizaciones políticas, transformándolas, abriéndolas a la participación de los diversos sujetos, es el anhelo que late en el corazón de los reclamos.

 No es un detalle insignificante que esta historia pueda escribirse apenas mencionando a los partidos de izquierda entre los protagonistas. Y ello tiene que ver tanto con las conductas políticas del pasado reciente como con las del presente, agravadas en este caso, si estas izquierdas gobiernan o son parte de gobiernos, puesto que –sin dar cuenta de los cambios- trasladan a estas instancias sus antiguas anteojeras político-culturales: respecto de la acción política (por arriba), y respecto de la organización y conducción políticas, sosteniendo criterios vanguardistas que (auto)otorgan a las élites políticas la capacidad de “saber” lo que hay que hacer, y dejan a las mayorías “alienadas” o sectorializadas y sus movimientos las luchas reivindicativas inmediatas. Es el mismo esquema piramidal, jerárquico y subordinante que la izquierda partidaria sostuvo en el siglo XX, sustentado en el presente como si nada hubiese ocurrido ni cambiado.

 Por mucho que los representantes de tales partidos evoquen a Lenin ‑creador del partido revolucionario “de nuevo tipo”, pensado por él en virtud del sujeto, las condiciones y las tareas de su época‑, está claro que Lenin se espantaría al ver que, en más de un siglo, a pesar de los grandes cambios ocurridos en el sistema-mundo ahora bajo el dominio global del capital, las “vanguardias” de izquierda no modificaron los criterios básicos de su organización político-partidaria para que esta sea convergente con los sujetos, las tareas de este tiempo y las condiciones (objetivo-subjetivas) de transformación revolucionaria de las sociedades en el presente. Resulta casi una obviedad decir esto, pero es parte de la realidad. Y ciertamente, constatar este anquilosamiento es más impactante aun en este continente, donde las luchas sociales y el quehacer político protagonizado por diversos movimientos sociales, indígenas, sindicales, urbanos y rurales, marcaron el rumbo y el camino de lo nuevo y –con ello‑, crearon también las condiciones para que la izquierda partidaria (tradicionalista) modificara sus conductas y posicionamientos políticos. Es parte de sus actuales retos.

 Superar la falsa dicotomía: “partidos o movimientos”

 Las anteojeras político-culturales de esta izquierda influyen en las lecturas que hacen de la realidad social, sus dinámicas y actores, convirtiéndolos en obstáculos para lo que ‑según sus prejucios‑ se “debe hacer”. Revitalizando la falsa y vieja dicotomía entre lo social-reivindicativo-sectorial y lo político, interpretaron que la irrupción protagónica de los movimientos sociales en Indo-afro-latinoamérica en defensa de la vida, era una “amenaza” para su condición de “vanguardia”. Ciertamente la ponía en jaque, pero no por “imponerse”, sino porque reclamaba –de hecho‑ abrir las compuertas de la política al conjunto de actores sociopolíticos. Sin embargo, lejos de ello, la nueva realidad abrió cauces a una nueva fractura: entre los partidos de izquierda y los movimientos indígenas y sociales, fractura que se expresa en sus articulaciones locales, nacionales y continentales, y que ha dado lugar a la formación y permanencia, por un lado, del Foro de San Pablo (sin movimientos) y, por otro, del Foro Social Mundial (sin partidos).

 Construir un foro continental de articulación socio-política

 En este sentido, el desafío es –además de mantener los espacios específicos constituidos‑, construir espacios de articulación, coordinación y conducción política conjunta entre los actores sociales y políticos, dando pasos concretos que impulsen los procesos de conformación‑constitución del sujeto sociopolítico colectivo, en cada país y también en el ámbito continental. Y esto poco y nada tiene que ver con la actual propuesta-invitación del Foro de Sao Paulo a los movimientos sociales para que se agrupen y constituyan “un capitulo” en el seno del Foro.
 Tanto para partidos de izquierda como para movimientos sociales es tiempo de superar fragmentaciones y rivalidades estériles. No se trata de quién es “mejor”. Las críticas a los partidos de izquierda no persiguen su desaparición, ni su sustitución por los movimientos; no se trata de una actitud “contra los partidos”, aunque posiblemente algunos sectores así lo entiendan. Lo importante en este aspecto es tomar conciencia de que las rémoras emergen de las prácticas cotidianas de cada sector (político y social) y que, por tanto, es desde ahí que empieza a construirse el cambio: en las dinámicas e interrelaciones cotidianas entre partidos de izquierda y movimientos indígenas y sociales, construyendo conjuntamente, en cada lugar, las convergencias: mesas de trabajo colectivo, interconsultas, propuestas intersectoriales, coordinaciones, etc. No hay forma de aprender a articular y coordinar como no sea articulando y coordinando. Vale decir que este es también el camino de la cimentación de confianzas mutuas, aspecto que –en el quehacer político actual‑, ocupa un lugar central.
 El desafío político de la articulación va más allá de una asignación de roles y delimitación de espacios entre partido y movimientos. Articular a los diversos sectores y actores sociopolíticos, implica también articular sus problemáticas aparentemente inconexas entre sí, sus identidades y subjetividades, sus modos y caminos diversos de participación política, que nace en el quehacer de las comunidades campesinas y se extiende hasta las redes sociales virtuales. No es una suma, es una multiplicación. Y ello solo puede lograrse a partir de la participación plena de todos y cada uno de los actores sociales y políticos.
 Articular alude a reunión, pero en lo que hace a la construcción de un sujeto político colectivo, esa reunión supone construir las convergencias en aspectos claves articuladores, que conjugados ponen al descubierto el origen social sistémico de los problemas de unos y otros, y buscan caminos conjuntos para encaminarse a su superación, solución etc., impulsando procesos de cambio social. Pero esto no cabe en una concepción que sostiene criterios y prácticas de relación vertical y jerárquica, en la que los partidos confunden capacidad de dirección política, con que sean ellos los que deciden, los que dicen qué y cómo.
 Por eso para la izquierda partidaria el mensaje de las movilizaciones sociales y la presencia multitudinaria de jóvenes en las calles, es claro: urge quitarse las viejas anteojeras acerca de la política y sus actores protagonistas, acerca de los modos y ámbitos de de interrelación, de creación de conocimientos, propuestas y programas políticos.
 Un nuevo tipo de conducción política es necesaria
 Es vital dar cuerpo a modalidades de interrelación horizontal entre partidos y movimientos; estas apuntan a transformar precisamente el viejo esquema jerárquico piramidal. Lo horizontal no alude a una forma organizativa ni la propone; es un principio de igualdad de capacidades entre actores-sujetos, en aras de construir una interrelación dialogal entre pares. Este principio ha sido hasta ahora subestimado y desestimado por los partidos de izquierda, quienes redujeron el planteamiento de horizontalidad a una cuestión morfológica y, sobre esa base, la desecharon por considerarla: basista, espontaneísta, anarquista, etc., todo, menos pensar en modificar los arcaicos esquemas partidarios para ponerlos a tono con la realidad de los sujetos político-sociales, con sus modalidades de existencia y organización, y con las tareas político-sociales-culturales que reclama la transformación raizal (desde abajo) de la sociedad capitalista en el presente.
 La interrelación plural horizontal no es el problema, sino la fragmentación, la sectorialización de las luchas y sus actores, y la transición defensiva de éstos hacia grupos reivindicativos-corporativos.
 Superar la fragmentación social, política, cultural y de conciencia: construir la subjetividad política colectiva común
 Las instancias organizativas articuladoras son importantes, pero trascender la fragmentación (social, política, cultural y de conciencia) implica la simultanea y permanente construcción de una subjetividad colectiva que se proyecta políticamente en las propuestas comunes en función de cambios sociales. Si no se construye simultáneamente con las articulaciones coyunturales, una subjetividad política colectiva para el cambio social que sitúe e identifique a todos en un mismo afán político-social, la fragmentación, las miradas sectoriales y las apetencias corporativas no se superarán.
 Construir el sujeto colectivo del cambio
 Los procesos de cambio abiertos en Indo-afro-latinoamérica reclaman articulaciones sociopolíticas de nuevo tipo: horizontales, plurales, interculturales, dinámicas, como camino de (auto)constitución de los actores-sujetos en sujeto colectivo. Vale tener presente también la emergencia o maduración de nuevos actores sociopolíticos y sus demandas, aspiraciones y propuestas. Por ello reconstruir permanentemente la subjetividad colectiva común y las articulaciones es una constante en las tareas democratizadoras revolucionarias.
 Todas ellas apuntalan un objetivo central: la construcción (permanente) de la fuerza social y política de liberación, sujeto político colectivo de los cambios en procesos de revolución democrático-cultural hacia un nuevo modelo civilizatorio. Esto significa, en apretada síntesis, articular una fuerza político-social de liberación que abarque lo parlamentario-institucional, pero sin limitarse a ello.
 La conducción política del proceso revolucionario reclama la articulación unificada, colectiva y común de ámbitos para los quehaceres parlamentarios y extraparlamentarios: es la fuerza sociopolítica colectiva articulada la que se desdobla y crea su fuerza político electoral, que es parte del conjunto de fuerzas sociopolíticas del cambio raizal del mundo y constructora de la nueva civilización, o sea, en este sentido, la fuerza social, política y cultural de liberación♦

Isabel Rauber:Vitalidad epistemológica de los movimientos indígenas y sociales en Indo-afro-latinoamérica

Isabelrauber.blogspot.com

Consideraciones de partida
Las resistencias y luchas sociales indígenas y populares han generado –particularmente en los últimos 30 años‑, experiencias políticas de nuevo tipo, con las que construyeron las coyunturas políticas que posibilitaron la formación de gobiernos democrático-populares o revolucionarios en el continente. En aras de promover cambios sociales, políticos, económicos y culturales orientados a fortalecer procesos de transformaciones sociales raizalmente revolucionarios, los nuevos actores configuraron un nuevo tiempo político caracterizado por su protagonismo, con nuevas concepciones, nuevos contenidos, modalidades y formas de representación y acción políticas.
Sin embargo, pretender que los actuales procesos de cambio articulados a la gestión estatal‑gubernamental, inmediatamente representan “lo nuevo”, desconoce que la conciencia política está anudada a las prácticas (y viceversa). Los caminos de cambios sociales en democracia ‑hasta hace poco impensados en el continente‑, interpelan permanentemente a los propios actores protagonistas de los procesos convocándolos a superar los paradigmas preexistentes respecto del cambio social, a la par que van buscando, creando y construyendo nuevos paradigmas, caminos, propuestas y proyectos, y van creando las condiciones para (auto)constituirse en actor colectivo, sujeto plural popular revolucionario.
 Esto coloca en el centro del quehacer político y epistemológico a los nuevos actores sociales y políticos, y al conflicto social como dimensión vertebradora de articulaciones sociopolíticas, ámbitos de desarrollo de potencialidades colectivas que pueden emerger de la convergencia programática de actores sociopolíticos diversos del campo indopopular. Han sido y son:
o       Protagonistas de la resistencia, social, cultural y política.
o       Constructores de nuevos paradigmas de transformación social.
o      Creadores-constructores de nuevas modalidades y formas organizativas para la representación política.
o       Nueva concepción del poder y la democracia: ciudadanía, intercultural, descolonizada, plurinacional.
Baluarte de esperanza y recreación de las utopías libertarias, socialistas, humanistas en el siglo XXI.

En el tiempo de los procesos de cambios sociales, políticos, económicos y culturales abierto a partir de la conformación de los gobiernos populares, una parte de los actores sociopolíticos protagonistas de las luchas y resistencias –evidenciando deficiencias o ausencia de conducción política colectiva-, han ido replegándose y desplazándose del terreno de las decisiones políticas hacia la recuperación de la pertenencia sectorial como eje de su quehacer sociopolítico, retomando el punto original de su constitución en actor socio-sectorial con predominio de lo sectorial-corporativo. 

La no apropiación del tiempo histórico que han construido, provoca un extrañamiento-alejamiento de procesos políticos en los que una articulación creciente de actores sociopolíticos del campo indopopular debería ser co-protagonista del proceso de cambios, mancomunadamente con los gobernantes, compartiendo tareas y desafíos del tiempo político que ‑de modo directo o indirecto‑, han gestado y están gestando. En este sentido, las experiencias de los gobiernos populares en el continente evidencian que el aparato gubernamental estatal puede coadyuvar a la ampliación de procesos democráticos participativos y promover procesos de constitución del actor colectivo, pero también pueden frenarlos, tal vez por el predominio de viejas prácticas centralistas y personalistas sobrevivientes en movimientos sociales y políticos, situación que en estos procesos actúa como factor retardatario de lo nuevo y elemento conservador del viejo orden, de la vieja política, de la vieja cultura y representación políticas, en resumen, de la sobrevivencia de la hegemonía del capital.
 Esta realidad es parte de la complejidad del proceso de cambios y llama a reflexionar acerca del quehacer político de este tiempo y sus protagonistas, evitando quedar atrapados por apasionamientos obnubilantes que pretendiendo un mundo en “blanco y negro”, rechazan toda reflexión crítica de los procesos en curso. La polarización ‑además de falsa‑ destruye la construcción plural en diversidad y es ajena a la revolución democrática cultural. 
 Se ha abierto un profundo tiempo de disputa raizal con los poderosos y no puede pretenderse que “se transite” por él sin estar en el corazón de las contradicciones y sin ser afectado por las tiranteces que genera la construcción de lo nuevo, siendo tal vez promotor de algunas de ellas, en constante confrontación con los poderes históricos del capital y el coloniaje que impone e irradia. En este sentido, tal vez, una de las primeras miradas a cambiar es que, en este tiempo, la tarea no consiste en “transitar” por un camino supuestamente ya establecido; el desafío de la transición para los actores sociopolíticos es que ésta tiene lugar en la medida en que ellos van creando y construyendo el camino del tránsito, haciéndolo posible al mismo tiempo que lo recorren en experiencia viva, asumiendo todos los riesgos que ella implica.
 Debatir entre pares –y como pares‑ acerca de las contradicciones y las nuevas problemáticas que van planteando, por parte de la diversidad de actores sociopolíticos protagonistas y sostén de los procesos de cambios abiertos en el continente, es parte de la naturaleza constitutiva de ellos; el desafío es –sobre esta base‑ construir pensamiento y propuestas colectivas, orientados a cambiar la sociedad y sus instituciones, estructuradas históricamente con sentido y funcionalidad colonial-colonizadora. Ocupar las viejas instituciones es apenas un primer paso, pero si se limita a ello implica no solo el estancamiento sino la obturación del proceso a a favor de las fuerzas retardatarias. Comprender esto es parte de nuevos aprendizajes y de una nueva cultura política sociotransformadora en gestación.
 El debate político fundamental no es el que ocurre en los ámbitos cerrados de las élites, sino el que ha sido protagonizado en el ámbito público a través de las luchas sociales por los actores sociopolíticos diversos que han puesto de relieve, de hecho, la crisis de representación político-partidaria, los límites de la democracia representativa, dando lugar –con nuevas y diferentes experiencias‑ a nuevas modalidades de organización y participación, horizontal, diversa, plural, colectiva y unitaria, en base a la articulación entre pares y no por subordinación jerárquica a las élites. [Ver: Rauber, 2004] Y esto indica una nueva concepción, construcción y acumulación de poder, saber; una nueva cultura política, hegemonía y cosmovisión sociales, raizalmente cuestionadoras de la civilización colonial-capitalista.   
 En esta perspectiva, está claro que las luchas sociales no solamente pusieron en cuestión el proyecto económico-societal neoliberal, sino también una modalidad de democracia y gobierno, un modelo clasista de conformación del Estado y de relacionamiento Estado-sociedad basado en la exclusión y el racismo. A través de “un cuestionamiento práctico del monoculturalismo de la institucionalidad dominante” [Chavez, S/F: p.15], los movimientos indígenas y sociales han cuestionado las formas de existencia y dominio del coloniaje y han configurado y abierto un nuevo tiempo político en el continente.

Cambiar la cultura de subordinación a la colonialidad del poder y sus tentáculos

Estos son tiempos de preeminencia de la política, pero de una política nueva, creada y constituida por los actores constructores de este tiempo. Las viejas formas de representación político-partidarias han caducado rebasadas por el protagonismo de los nuevos actores socio-políticos. Afirmadas en la delegación-apropiación de las decisiones de los representados, los partidos tradicionales de derecha e izquierda han sido y son funcionales a la sobrevivencia y sostén del dominio colonial del capital y sus tentáculos hegemónicos. 
 La sobrevivencia de la vieja cultura de izquierda –mayoritariamente partidaria‑ trata de interpretar los trascendentales hechos políticos revolucionarios acomodándolos en su obsoleto tablero mental-cultural y, como no lo logra, desdeña todo aquello que no encaja, o sea, todo lo nuevo. Sus representantes no alcanzan a comprender la profundidad de cambios que no protagonizaron y, en vez de contribuir al proceso de maduración de los nuevos actores, compiten con ellos mostrando ‑por todos los medios y modos a su alcance‑, lo que definen como limitaciones de su accionar sociopolítico y de sus propuestas, descalificándolos con calificativos de todo tipo, como si ello tuviese alguna trascendencia aparte de compensar a su ego lastimado por la historia. No han asumido aun este nuevo tiempo de confrontación con el capital colonial, en el cual mantener y reproducir las prácticas de la vieja política (monoculturalismo, sectarismo, vanguardismo, verticalismo, jerarquización, pensamiento único, etcétera), significa abonar el camino para la restauración reaccionaria, atrapados y anulados por las redes de la arraigada hegemonía ideológica, política, cultural del sistema hegemónico del capital colonial, productor y reproductor de subjetividades y herramientas institucionales y jurídicas afines a su omnipresencia y perpetuación.
 La nueva realidad política integrada por múltiples y complejas aristas sociales, culturales, cosmovisivas e identitarias plantea nuevas interrogantes urgidas de propuestas-respuestas nuevas, interculturales. De ellas subrayaré aquí las siguientes:
 --Por un lado, convoca a impulsar permanentes procesos de transformación de las formas y normas del ejercicio de funciones institucionales del gobierno y el Estado, es decir, de la institucionalidad misma. Esto implica ‑entre varios aspectos‑, crear espacios y mecanismos de participación popular en la toma de decisiones y para el ejercicio del control popular en todas las instancias superestructurales, recortando cada vez más –a través de ello‑, el dominio de los poderes instituidos –funcionales e ideológicos‑ del capitalismo colonial y de la burocracia que lo acompaña y recicla. 
 Quienes pretenden que para conservar el proceso de cambios hay que hacer “buena letra” con los poderes históricos, se equivocan, es ‑cuando menos‑ al revés… Los recientes sucesos de Paraguay lo evidencian con total claridad: La única vía para “conservar” el poder logrado es profundizar el proceso de cambios y democratización raizal de la sociedad, fortalecer la construcción de hegemonía popular y de la fuerza indopopular de liberación, corazón de los procesos sociotransformadores.
 --Por otro lado, reclama también de los actores sociales asumir las complejidades del nuevo tiempo y sus tareas. Ya no se es oposición, no basta con salir a protestar. Sin subestimar la importancia de los reclamos sociales en determinados momentos, es vital apropiarse de las oportunidades sociopolíticas que se han abierto con sus luchas y resistencias, redefinir la nueva coyuntura política, sus características, la correlación de fuerza en disputa y las nuevas articulaciones que demanda. Esto es fundamental para pensar colectivamente las tareas, elaborar propuestas con responsabilidad y construir soluciones concretas rearticulando la unidad indopopular, basamento para la construcción de una fuerza plural sociopolítica de liberación.
 La participación, la formación y la apertura a la diversidad intercultural están en la base de esta posibilidad. De ahí que la interculturalidad y descolonización –junto a la propuesta de Buen Vivir y convivir‑, constituyan el corazón cosmovisivo de los procesos de transformación que nacen en el interior y en la raíz del proceso y sus protagonistas: Sin este cambio cultural germinado en el interior de los actores protagonistas no hay ni habrá procesos raizalmente revolucionarios de cambios sociales. A ello me referiré sucintamente, resaltando aspectos que hacen al fortalecimiento de la perspectiva descolonizadora intercultural desde propuestas pedagógicas que tienen en las prácticas interculturales de descolonización de los actores sociopolíticos concretos, sus ámbitos pedagógicos de construcción de los nuevos saberes, de la nueva hegemonía y poder indo-popular en gestación, cuestionadores del viejo poder colonial y su hegemonía.
Interculturalidad y descolonización liberadora
 La posibilidad actual de superación del capitalismo y su devastadora colonización y fragmentación sinfín, se abre paso a través de sinuosos caminos, enriquecidos por la diversidad y pluralidad de miradas, cosmovisiones, identidades, subjetividades, culturas, nacionalidades. Es importante, en un primer momento, reconocer esta diversidad para avanzar en la construcción de ámbitos y propuestas que arraiguen convivencias interculturales nutridas por todas las subjetividades oprimidas y negadas, aportando a la formación del pensamiento indo-afro-latinoamericano propio de la historia y experiencia de cada pueblo, pensamiento intercultural abierto a la permanente creación colectiva de los pueblos.
 Las identidades sojuzgadas han sobrevivido defendiendo/preservando sus comunidades, sus identidades, sus cosmovisiones e institucionalidades (como es el caso de las institucionalidades indígenas); ellas coexisten de modo yuxtapuesto y, en cierta medida articulado, en estado de conflicto, resistencia y lucha de sobrevivencia permanentes con las estructuras, poderes y modos de vida dominantes. Y todo esto entra en ebullición en el actual volcán indo-afro-latinoamericano.
 En este sentido, lo intercultural –a diferencia de lo multicultural‑, desde la perspectiva liberadora y de liberación, hace referencia a la interrelación entre los/las diferentes en condiciones de paridad y complementariedad, es decir, sin establecer un centro cultural hegemónico. Desde el punto de vista político, esto implica un reconocimiento y relacionamiento equidistante entre sí de todas las culturas, identidades y cosmovisiones, y reclama la construcción de plataformas jurídicas que sirvan de soporte institucional para que las diversidades sociales, culturales, etc., puedan interrelacionarse en un efectivo soporte jurídico de igualdad. La convivencia en equidad de los y las diferentes exige el reconocimiento institucional de derechos civiles, políticos, sociales, sexuales, reproductivos y culturales, que garanticen su ejercicio real, y ello requiere ‑al mismo tiempo‑ de la voluntad para comprender al otro, que la tolerancia se abra paso ante tanta intolerancia acumulada, para transitar ‑desde ahí‑ hacia la aceptación mutua.[1] Por eso esta concepción de la interculturalidad liberadora se diferencia de la multiculturalidad y la inclusión.
 --Lo multicultural –al igual que lo plural‑ se orienta al registro de la diversidad étnica social de base y señala –tal vez‑ la necesidad de buscar canales para pensar, construir y ejercer lo público con otros modos de interrelacionamiento (político, económico, social y cultural).[2] Pero ni lo multicultural ni lo plural presuponen una interrelación entre iguales; hay un multi o  pluriculturalismo que en realidad solo acepta lo diverso “para la foto”, pero mantiene las relaciones jerárquicas subordinantes entre los que estarían ubicados en la cúspide que “sabe, decide y manda” y los de abajo que “no saben, no deciden y obedecen” (o deberían obedecer). Es el multiculturalismo que aceptan los poderosos: el que no cuestiona, el que no modifica nada, el que proclama una pluralidad que los deja en el centro y con el cetro. Por ello, es central que la multiculturalidad se conciba articulada con la interculturalidad, que la presuponga. 
 --La inclusión social hace referencia a excluidos que ahora serían incluidos. Pero, ¿quién o quiénes incluyen? Cuando hay “alguien que incluye”, el día de mañana puede volver a excluir. Por eso, el concepto de inclusión resulta cuando menos inexacto: acepta la multiculturalidad pero rechaza la interculturalidad. 
Los excluidos no reclaman inclusión sino reconocimiento, justicia, trato equitativo, horizontalidad en las relaciones. La propuesta intercultural no responde a una actitud  “solidaria” para con los excluidos/as. Es una opción de vida y por la vida, una gesta que envuelve y convoca a todos y todas. Por eso la mirada intercultural no llama a incluir, sino a construir desde abajo una nueva identidad colectiva, un Estado nuevo, plurinacional e intercultural.
La posibilidad de la plurinacionalidad está raizalmente anudada a la interculturalidad y descolonización. Este es un replanteo raizal para la nueva democracia (descolonizada, intercultural, participativa) en Indo-afro-latinoamérica. Alude a la necesaria modificación o redefinición de las relaciones y papeles entre Estado, sociedad (civil) y ciudadanía, entre lo público y lo privado, y entre lo local, lo nacional y lo global. En realidad no existe “una” sociedad civil, lo que se (mal)entiende por sociedad civil es una trama social heterogénea y compleja, integrada por una diversidad de clases, etnias, sectores sociales, actores y organizaciones, que condensan y expresan múltiples identidades, intereses, culturas, modos de vida y aspiraciones hasta hora en situación de conflicto. Los estados plurinacionales suponen nuevas bases para pensar ‑simultáneamente‑, el desarrollo y progreso social sobre nuevas bases.
Un estado multicivilizatorio significaría precisamente el reconocimiento de múltiples mecanismos, de múltiples técnicas y sentidos de entender, practicar y regular las pulsiones democráticas de la sociedad en correspondencia a las múltiples formas de ejercer ciudadanía a partir de la pluralidad de las matrices civilizatorias de la sociedad.[García Linera, 2006: 81]
La interculturalidad liberadora supone la descolonización del modo de vida, de pensamiento e interrelacionamiento sociales, es decir, se replantea también la interrelación entre Estado, sociedad y ciudadanía, en búsqueda (construyendo) un nuevo tipo de interrelación, desde la ciudadanía y la sociedad al Estado, dando vida a un nuevo tipo de interactuación Estado‑sociedad‑ciudadanía. Y ello solo es posible sobre la base de construir relaciones horizontales (de equidad, justicia y reconocimiento) en lo económico, político, cultural e identitario entre todos los actores sociopolíticos y todos los habitantes de un país, independientemente de la comunidad o grupo humano al que pertenezcan. La interculturalidad presupone la descolonización porque es incompatible con la concepción monocultural, jerárquica, discriminadora, descalificadora y excluyente impuesta por la colonia y omnipresente en la estructuración, organización y jurisprudencia de los estados modernos y en las interrelaciones entre los seres humanos.
 El entrelazamiento entre interculturalidad descolonización se concibe y proyecta, por primera vez, como parte intrínseca de un proceso raizal de liberación: de las cadenas del capital y de su cultura colonizadora esterilizante. La descolonización interna y externa (espiritual, cultural, económica, política, jurídica e institucional), es la clave para lograrlo y es la que está presente –de hecho‑, en las prácticas cotidianas crecientes de los movimientos indígenas y sociales en diversos países de Indo-afro-latinoamérica.
 De conjunto, los actuales procesos liberadores descolonizadores perfilan y proponen un camino: la construcción/constitución en cada país, de un Estado descolonizado, intercultural y plurinacional. El proceso boliviano actual, heroicamente creado y construido por sus pueblos indígenas y trabajadores desde abajo, es la primer y más grande muestra de que esto ‑además de posible‑, es vital para que en tierras de Indo-afro-latinomérica comience a abrirse paso el nuevo mundo.
 En el ámbito del quehacer político-pedagógico, interculturalidad y descolonización remiten de inmediato, en primer lugar, al terreno de las prácticas sociopolíticas y cognitivas de los diversos actores sociopolíticos que constantemente contradicen los paradigmas predominantes en el pensar, el saber (y el ejercer saberes) y el “deber ser” dominantes, hasta hace poco considerados los únicos valederos y eficientes.
 Esto se aúna con la crisis profunda que atraviesa a las racionalidades construidas y acuñadas hasta ahora como verdades universales. Por un lado, porque lo intercultural significa ‑de entrada‑ un reconocimiento de la diversidad de identidades, culturas, modos de vida y organización sociales (económicas, políticas y jurídicas), todas racionalidades válidas que es necesario rearticular sin exclusiones ni jerarquizaciones en sus interrelaciones. Por otro lado, porque esto pone en cuestión el sentido y el contenido de la racionalidad –del poder occidental‑ predominante hasta ahora. Todo ello remite las miradas hacia los creadores de las diferentes racionalidades, es decir, a los sujetos de la producción y reproducción de la vida (comunitaria, urbana, social), a los sujetos de los saberes, a los sujetos de la transformaciones sociales (culturales, políticas, económicas). En segundo lugar, es saludable tener en cuenta que el propio planteo de la interculturalidad es intercultural. Es decir, sus contenidos, definiciones y significaciones, son diversos y múltiples. No hay una única propuesta intercultural, una sola y monolítica (dogmática) interpretación y posicionamiento; lo intercultural es inherente también al propio postulado de la interculturalidad. El abordaje de esta dimensión en estas páginas no pretende, por tanto, ser “la interpretación” de la interculturalidad, ni todo “lo que hay que saber” acerca de ella, sino brindar los elementos claves a partir de los cuales concibo a la interculturalidad como una de las piedras conceptuales (y prácticas) fundantes de una nueva racionalidad, plural, diversa y multidimensional en gestación.
 Incorporar el principio de interculturalidad como elemento de base para pensar las articulaciones y los nexos posibles entre los actores y sectores sociales y políticos, sus modalidades de vida y sus planteamientos políticos y organizacionales, evidencia de inmediato la existencia de disímiles propuestas reconstituyentes del cuerpo social de nuevo tipo: basadas en su rearticulación a partir de la equidad, horizontalidad y el reconocimiento equitativo de legitimidad y racionalidad entre las diversas culturas, cosmovisiones, cosmopercepciones y modos de vida. Y como señala Álvaro García Linera: “Una igualación política sustancial entre culturas e identidades requiere de una igualación de modos de producir política en todos los niveles de la gestión gubernamental (general “nacional”, regional y local); esto es, igualación de prácticas políticas, de instituciones políticas, de modos de ejercer la democracia y sistemas de autoridad política diferentes, pertenecientes a las distintas comunidades culturales y regímenes civilizatorios que coexisten en el territorio boliviano.” [García Linera, 2006: 79] Es el tiempo que transitamos. En él, la “igualación” –que entiendo como la articulación de los diversos modos de producción en todos los niveles sobre bases de equidad‑, configura un escenario de conflictos cognitivos, culturales, sociales, económicos, políticos, éticos y de valores, en el que referencio estas reflexiones.
 En lo relativo a lo cultural y la cultura, es bueno reiterar su carácter diverso, amplio y no siempre convergentes entre sí. A modo de referencia ‑con un criterio operativo‑, señalaré que, cuando me refiero a cultura, aludo, en primer lugar, a los modos de vida, pensamiento y cosmovisiones de las clases, sectores y actores sociales y políticos, y a sus posibles interrelaciones, interinfluencias e intersignificaciones, es decir, también, a los intersticios interculturales compartidos, configurados en y por las interrelaciones complejas –de modo consciente o no‑, por los seres humanos que integran una determinada comunidad, sector social o sociedad.
 Todo modo de vida está avalado/referenciado, a su vez, en un “sistema de creencias, valores, costumbres, conductas y artefactos compartidos, que los miembros de una sociedad usan en interacción entre ellos mismos y con su mundo, y que son transmitidos de generación en generación a través del aprendizaje.” [Plog y Bates, 1997: 64]
 En tanto diversa y compleja, la cultura de una sociedad no puede considerase entonces una resultante de la adición de las partes (las producciones materiales o simbólicas de los distintos sectores, etnias, clases o actores sociales). Lo medular de la cultura es intangible e invisible, es parte del mundo interior de los hombres y las mujeres que la producen, reproducen y comparten, sobre el cual moldean, aprehenden y acuñan sus hábitos y costumbres, base de sus interrelaciones humanas. Es por ello que la cultura, a la vez que se produce, se reproduce e internaliza individualmente, y al ser socializada, compartida y resignificada en forma permanente en las interrelaciones e interacciones sociales, resulta un proceso omnipresente en las dinámicas del movimiento social.
 En las sociedades indo-afro-latinoamericanas esto implica, desde el vamos, el reconocimiento de la existencia de diversas culturas que coexisten en un mismo territorio definido como “nación”, “Estado”, “país”, etcétera. Teniendo en cuenta que desde tiempos de la conquista y colonización de América hasta el presente, se construyeron e instituyeron jerarquizaciones, subordinaciones, sometimientos y exclusiones hacia los pueblos indígenas y sus culturas, a los que se sumaron las exclusiones posteriores de los esclavos arrancados de África o China, y las discriminaciones por rechazo al mestizaje y también a la condición de trabajadores/as. Sobre esta base se construyó el predominio hegemónico de los remanentes de la cultura colonial asociada a los poderes locales. Esto explica, sintéticamente, la raíz compleja de las interrelaciones de los miembros de las diversas culturas que viven en un mismo territorio (país). Cuanto más intensa sea la cadena de subordinaciones y exclusiones, más complejas y conflictivas tenderán a ser sus interrelaciones (entre desiguales).
 Construir colectivamente el pensamiento emancipador y las alternativas emancipadoras requiere articular horizontalmente diferentes experiencias, saberes y cosmovisiones a partir de equidad e igualdad entre culturas diversas. Y esto hace imprescindible superar viejos prejuicios discriminatorios y jerárquicos, en lo organizativo y también en lo cultural, para reconocer(nos) y aceptar(nos) en la diversidad, entendiéndola –no como una “desgracia” que hay que soportar, sino‑ como fuente enriquecedora, forjadora de nuevas capacidades colectivas para conocer, saber y poder actuar con sabiduría colectiva, además de justicia, equidad y mayor tino en lo que hace a la relación social, el desarrollo y el progreso. Esto supone, obviamente, desterrar la concepción (y las prácticas propias) de pensamiento y verdad únicas correspondiente con la ideología, cultura y hegemonía monocultural y colonialista de los poderosos.
 Hablar de los aportes de los pueblos y movimientos indígenas y sociales supone también a los movimientos por el reconocimiento de la diversidad de identidades sexuales, de los movimientos de mujeres y sus aportes político-culturales desde las concepciones feministas y de género. Estos enfoques ‑anclados en las luchas de millones de mujeres durante décadas y siglos‑, han contribuido claramente a pensar la unidad, lo colectivo, sobre nuevas bases, haciendo del reconocimiento de las diferencias ‑en vez de un obstáculo‑ fundamento de interenriquecimiento, un pilar para las articulaciones. Este es un granito de arena aportado por las mujeres militantes al caldero de la construcción colectiva, plural y diversa de lo nuevo.
Una perspectiva intercultural-crítica
 La perspectiva intercultural reconoce y abre cauces para las interrelaciones entre varias culturas diversas dentro de un mismo territorio sobre la base del reconocimiento, la aceptación y la reciprocidad con el/los otro/s/as. La visión intercultural del desarrollo “va más allá de la acumulación económica y está relacionada esencialmente con la libertad cultural para decidir, el respeto a la diversidad, a la diferencia, la heterogeneidad social y con la forma en que se organiza la vida, las sociedad y el Estado.” [PND, Bolivia, 2006]  Por eso, para escapar a lo reclamativo formal, algunos autores/as hablan de interculturalidad crítica.[3]
 Se procura acotar entonces que el reconocimiento de las diferencias esté presente en todos los planos y dimensiones de la interculturalidad, escapando a lo general abstracto que –en tal caso‑, favorecería a las culturas tradicionalmente hegemónicas o dominantes. La interculturalidad crítica llama a no establecer relaciones de igualdad entre desiguales. En tal caso, la supremacía de lo históricamente hegemónico y dominante se reeditaría y relegitimaría aunque disfrazada e invisibilizada por un nuevo lenguaje, incluso más allá de la voluntad de los actores participantes.
 Ir mas allá de lo formal-abstracto en este ámbito es parte de los desafíos, y también parte del proceso de construcción de poder propio de los sectores históricamente marginados. Esto supone la irrupción de nuevos conflictos que se hacen presentes en los nuevos espacios donde los sectores tradicionalmente hegemónicos ‑aun desde la izquierda o, a veces, sobre todo en la izquierda‑, pretenden que la interculturalidad está lograda por la sola presencia de la diversidad, cuando en realidad no es así. Se trata de abrir cauces concretos a la expresión de la diversidad con toda las manifestaciones de sus diferencias, y habilitarlas y escucharlas –todas unas  a otras‑ , en aras de construir nuevas formas de convivencia plurales. Esto hace a la lucha interna con el poder hegemónico, es por ello, una de las aristas mas difíciles de abordar y modificar, implica para amplios sectores otrora auto-considerados esclarecidos, vanguardia, etc., mirar hacia su interior y cuestionar su fuente de saber, de poder y hegemonía. Significa: transformarnos para transformar, evidentemente más difícil de hacer que decir.
 El aporte de los pueblos indígenas originarios a este debate civilizatorio resulta profundamente cuestionador de la civilización colonial dominante, basada en el saqueo, la conquista territorial, la destrucción, la exclusión racial y la muerte de millones de seres humanos. Por ello reclaman –junto con la reparación histórica‑, el reconocimiento de sus derechos, saberes, cosmovisiones, identidades, modos de producción materiales y espirituales, y de sus formas institucionales y no institucionales de organización para su vida. Con sus propuestas apuntalan las tendencias que defienden la necesidad de construir un nuevo modo de interrelacionamiento social como base para un nuevo modo de organización de las comunidades sociales entre sí y con el Estado y sus interrelaciones, dando paso a la emergencia de un nuevo tipo de ciudadanía y democracia: raizalmente participativa, intercultural y descolonizada. Interculturalidad y descolonización constituyen cualidades imprescindibles del proceso revolucionario civilizatorio porque suponen remover del pensamiento homogéneo, monocultural, colonizado, colonizador y revanchista, heredado de la colonia y el colonialismo cultural acuñado durante por siglos.
Hacia una pedagogía descolonizadora intercultural
La pedagogía práctica de las resistencias, luchas y construcciones alternativas de los pueblos, y la práctica pedagógica que desarrollan, resultan, sin duda, un componente central e insustituible del proceso transformador-liberador.
Las prácticas populares producen/reproducen vida, conocimientos y saberes. Las mujeres y los hombres en su interrelacionamiento con la sociedad van tomando conciencia de las injusticias de género, clase, raza, entre otras, reflexionando críticamente ‑desde sus culturas, desde sus modos de vida‑, acerca de la realidad en la que viven. Así lo evidencian las innumerables experiencias de movimientos indígenas y sociales de este continente. En esta peculiar dimensión de la pedagogía (pedagogía práctica‑práctica pedagógica), se condensan hoy los mayores desafíos para el pensar‑actuar sociotransformador en lo referente a la formación y desarrollo de la conciencia político-social de sí y para sí (transformadora), de actores sociales involucrados en los actuales procesos de cambios sociales. 
En tanto para Marx la superación positiva de la enajenación de la clase —y del conjunto de sectores oprimidos— es el núcleo central articulador y proyectivo de la lucha de clases, dotándola de sentido concreto para sí, la liberación que a esa superación corresponde no puede entenderse fragmentariamente como económica, política, social o cultural, sino de un modo integral; porque, para que la transformación real de la sociedad resulte liberadora para los hombres y las mujeres que la encarnan, ellos mismos tienen que poner fin a la fragmentación de sus prácticas y, consiguientemente, de la conciencia que se van formando sobre la realidad social y sobre sí.
En este sentido, la propuesta pedagógica transformadora‑liberadora resulta rearticuladora, integradora teórico-práctica de la realidad como totalidad y de seres humanos con conciencias y subjetividades fragmentadas en sujetos plenos, capaces también de reposicionarse en la sociedad como reconstituyente práctico‑concreto de esa totalidad extraviada, rearticulándola –en el sentido de articularla sobre nuevas bases en proceso simultáneo de desarticulación de la existente‑, y reconstituyéndola desde la raíz. Esto llama a atender especialmente a los procesos concretos de construcción y de formación de la subjetividad y la conciencia política individual, sectorial-colectiva de los trabajadores, de los pueblos indígenas originarios, de los sectores populares, de las comunidades, etc., como así también en lo nacional, regional, continental y global.
Se trata de un complejo e integral proceso social, cultural, político y épico, intercondicionado, intercondicionante, interarticulado e interarticulador, continuo y discontinuo, que –si se desarrolla‑, abre, desencadena, configura y desencadena ‑en la dimensión teórico-práctica‑, un proceso simultáneo de construcción de conciencia por parte de los actores‑sujetos —por eso se identifica como autoconstrucción, como autoconciencia—, en tránsito hacia su constitución o autoconstitución en sujeto popular en proceso constante de cambio y necesaria rearticulación de subjetividades también enriquecidas y transformadas en todo momento por las prácticas y las realidades que estas generan y en las que se desarrollan.
Centralidad de las prácticas
El levantamiento indígena de Chiapas es impensable sin la toma de conciencia de sus integrantes acerca de su realidad en el proceso de resistencia, lucha y construcción de propuestas superadoras. Similares procesos pueden referirse respecto del Movimiento Sin Tierras, en Brasil, o el movimiento de mujeres indígenas campesinas de Bolivia, “Bartolina Sisa”. Según lo testimonian sus protagonistas, esto se vio fortalecido con la concepción y las prácticas de Educación popular, articuladas con la búsqueda y construcción de propuestas de transformación de las condiciones de vida que fue, a la vez, un empeño en la construcción de alternativas para la vida. 
Y esto subraya un postulado epistemológico-político liberador: La conciencia no puede ser traída de afuera de los sujetos; ellos construyen y desarrollan su conciencia a partir de su participación en los procesos de lucha y transformación, reflexionando críticamente acerca de ellos y de las condiciones de vida en las que construyen y desarrollan esa conciencia. Esto subraya, al menos dos elementos:
1. Lejos de aceptar la hipótesis de que la conciencia viene de afuera, en América Latina se han desarrollado creadoras propuestas: parte de nuestras grandes riquezas culturales1 que ponen al descubierto que a partir de las propias experiencias de vida (modo de vida) y de lucha de los pueblos (la clase y los diversos sectores explotados, marginados, discriminados y oprimidos que lo componen), se forma y desarrolla la conciencia individual, social y política. Está claro que no existen espacios donde se cultiven in vitro “conciencias puras”, por encima de las realidades concretas, carentes de los “pecados” propios de la contaminación con el capital y, por tanto, poseedoras de las “verdades absolutas”, las que están más allá de las contingencias del curso de la historia y de las acciones de los seres humanos que en ella intervienen (negando precisamente su carácter práctico, activo, transformador).
Lo anterior reafirma también aquella tesis de que todo educador (militante, dirigente político-social, referente ideológico, etc.), en tanto es parte del sistema capitalista, resulta influido en mayor o menor grado por su lógica mercantil. De modo que por muy consciente que sea de esa situación y se encuentre a favor de los cambios, está influido por esa lógica y necesita también ser educado. Antiguo saber filosófico, político y cultural cuya centralidad fue acuñada por Marx en sus apuntes sobre Feuerbach:
“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.[…] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana solo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.” [Marx, 1976: 8]

En América Latina, esta tesis fue creativamente rescatada por Paulo Freire como nudo teórico‑práctico de sus fundamentos de la Educación Popular, cuyo ejercicio y desarrollo enriqueció durante décadas tanto las concepciones estrictamente pedagógicas, como las culturales y políticas en nuestro continente, aunque todavía, en este ámbito, su aceptación e integración plenas orgánicamente articuladas a las construcciones colectivas de pensamiento y organización, permanecen rezagadas, quizá por su contenido y carácter profundamente cuestionador, práctico y directo del pensamiento y las prácticas elitistas y vanguardistas que sobreviven aún en el espacio considerado “político”.

2. Si la conciencia de los actores-sujetos se va conformando y desarrollando a partir de su participación en los procesos de lucha y transformación, la subjetividad también, no es un peldaño que se sube de una vez para siempre. Es decir: La intersubjetivación es constante. 

 La conciencia y subjetividad política de los actores sociales y políticos se está formando siempre, constituyéndose y deconstituyéndose permanentemente, enhebrando cada acto, cada paso, volviendo hacia ellos en sus reflexiones en interrelación con las modalidades y vías con las que aprehenden la realidad que van creando, y en la que viviendo van desarrollándose como actores políticos.
 En este sentido, vale destacar un elemento generalmente no tenido en cuenta en este tiempo: Una realidad (objetivo-subjetiva) es la que existe en tiempos de oposición y lucha, y otra es la que se va configurando cuando los actores sociales que protagonizaron las luchas ayer tienen que hacerse cargo hoy de las responsabilidades gubernamentales, estatales y sociales, o aspiran a ello. La nueva situación configura nuevas interrelaciones y acciones y todo ellos germina nuevas subjetividades e identidades, por ejemplo, otrora antigubernamental, hoy gubernamental o progubernamental. Y esto prefigura nuevos conflictos culturales y políticos.

 Las luchas y pugnas internas que tienen lugar en los procesos de gobiernos populares en el continente evidencian que los actores sociopolíticos que lucharon y constituyeron gobiernos, una vez alcanzado dicho objetivo se replantean su papel social y sectorial, no se mantienen como en el período de lucha que los llevó a sobreponerse a intereses particulares; su subjetividad y conciencia son parte de las dinámicas sociales y cambian con ellas. El desafío político medular de este tiempo es descubrir/construir los nudos rearticuladores que posibiliten a los actores sectoriales a reconocerse y reconstituirse como sujeto colectivo de y en la nueva realidad.
 Y eso no es un defecto o una limitación particular, ni se debe a que los movimientos indígenas y sociales protagonizaron los cambios políticos ocurridos en el continente, como tendenciosamente pretenden concluir algunos para poner a salvo su vieja cultura de izquierda partidaria. Las subjetividades son siempre intersubjetividades que ‑en interactuación con otras subjetividades y las dinámicas de la realidad‑, están en permanente situación de interdefinición. Como advirtiera Zavaleta, son las dinámicas sociales concretas las que hacen que: “…incluso lo que se ha hecho general, tarde o temprano tiende a convertirse en el símbolo conservador de lo particular. La intersubjetivación debe, por tanto, reproducirse de un modo constante.” [Zavaleta Mercado, 1986:27]  Atender a ello es parte de las tareas políticas vitales del proceso socio-transformador, en tanto el proceso de la revolución democrático-cultural es una suerte de pulseada social política y cultural colectiva permanente, en pugna por afianzar la hegemonía indígena-popular en la misma medida que la configurando y construyendo.

La vieja tradición marxo-kantiana que separa lo objetivo de lo subjetivo y que considera por ende que hay condiciones objetivas ‑o sea, realidad social‑, independientemente de la acción de los sujetos en conflicto y que, consiguientemente, hay subjetividades constituidas o que se pueden constituir independientemente de tales “condiciones objetivas”, es cocreadora de las situaciones de estancamiento y retroceso de los procesos sociales vivos, cuyas dinámicas inter-subjetivo-objetivas no logran captar, ni proyectar, ni potenciar.
Para desandar estos caminos en Indo-afro-latinoamérica, la educación para la descolonización y la descolonización de la educación resultan vitales. A construirlas contribuyen la Educación Popular, la Investigación Acción Participativa (IAP), las historias de vida (mediante la historia oral) y la construcción (colectiva) de conocimiento colectivo, a través de la gestión intercultural del conocimiento.
La Educación Popular se asienta en un posicionamiento y una concepción de la relación poder-saber que articula las condiciones de vida, la práctica que en ella desarrollan los distintos actores y actoras individuales y sociales, y la conciencia que tienen o pueden llegar a tener acerca de ello si, reflexión crítica mediante, se (re)apropian de su quehacer y de su realidad.

¿Cuál sería el lugar y papel de la Educación Popular en el proceso intercultural de construcción de los nuevos pensamientos emancipatorios? 

Si coincidimos en que el proceso de descolonización intercultural está articulado con la construcción‑reconstrucción de saberes desde abajo, que implica la recuperación y articulación de la memoria histórica (de los pueblos), la recuperación y sistematización crítica de las experiencias de lucha, organización y propuestas de los movimientos indígenas y populares, la educación popular resulta una propuesta político-metodológica y a la vez una herramienta intercultural descolonizadora en interacción con la investigación participativa, y las historias de vida, apelando ‑fundamentalmente‑ a la historia oral. Todo ello fructificará en el enriquecimiento o refundación del pensamiento emancipador colectivo, es decir, intercultural y descolonizado. Precisamente por ello, la educación popular es parte de una raizal batalla cultural que se desarrolla desde abajo y desde el interior del proceso socio-transformador y sus protagonistas.

La definición y el posicionamiento político-ideológico raizalmente descolonizador resulta imprescindible para romper con la estructura monocultural y jerárquica establecida entre saber y poder, y las consiguientes relaciones de subordinación y dependencia que a partir de ello se establecen. Precisamente por ello, sería erróneo abocarse a labores de descolonización, interculturalidad de forma abstracta, fragmentada y desarticulada de las prácticas concretas de la construcción de las nuevas realidades por parte de los actores indo-populares que son, a la vez, las de sus autoconstrucción en sujetos protagonistas en cada momento. 
Descolonización, interculturalidad, educación popular y prácticas sociales se interdefinen, intercondicionan e interpotencian y es importante comprenderlas, apropiarse y desarrollarlas a partir de este postulado-principio. Esto, además de sostener una coherencia elemental entre el decir y el hacer.
El proceso de construcción de nuevos pensamientos emancipatorios descolonizados e interculturales, conforma ‑junto con la educación  popular en tanto pedagogía liberadora y de liberación‑, un núcleo articulador y potenciador convergente con el de (auto)construcción de nuevos sujetos del conocimiento y el quehacer sociopolítico. En él, la educación popular constituye una herramienta y un posicionamiento político sine qua non, puesto que abre las puertas de la razón y el corazón al reconocimiento del otro/a, a valorizar al otro/a, a escuchar y ser escuchados: claves interculturales para la construcción de competencias interculturales para la formación y la gestación-construcción de un nuevo tipo de pensamiento emancipatorio (social-individual), y también para la transformación raizal de las instituciones estatales-gubernamentales, abriendo las compuertas a la participación protagónica de los movimientos indígenas y sociales en ellas, potenciando la proyección descolonizadora intercultural de su accionar.

Bibliografía citada
Chávez, patricia. s/f. “Como pensar la descolonización en un marco de interculturalidad.” En:  Descolonización en Bolivia. Cuatro ejes para comprender el cambio. fBDM, La Paz 
García Linera, Álvaro (2011) Las tensiones creativas de la revolución. La Paz, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.
García Linera, Mignolo, y Walsh (2006) Interculturalidad, descolonización del estado y del conocimiento. Ediciones del Signo. Buenos Aires.
Hunacuni Mamani, Fernando. (2010) Vivir Bien / Buen Vivir. Filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales. III-CAB, La Paz.
Marx, carlos. “La Ideología alemana”, En: Marx, Carlos y Engels, F. (1976) Obras Escogidas en 3 tomos, T I., Editorial Progreso, Moscú.
Mészáros, istván (2001) Más allá del capital, Vadell Hermanos Editores, Caracas.
Plan nacional de Desarrollo. (2006) La Paz. Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.
Plog y Bates (1997) Citado en Graciela Malgesini y Carlos Jiménez: Guía de Conceptos sobre migraciones, racismo e interculturalidad. Editorial La cueva del oso, Madrid.
Rauber, Isabel (2010) Dos pasos adelante, uno atrás. Lógicas de ruptura y superación de la civilización regida por el capital. Caracas, Vadell. [Titulo en otras ediciones: Revoluciones desde abajo, para la edición de Bolivia (2011) y Argentina (2012)]
------------(2004) Movimientos sociales y representación política. Articulaciones. Ciencias  Sociales, La Habana. [Cuarta edición: 2007, fDBM, La Paz]
Zavaleta Mercado, René. 1986. Lo nacional-popular en Bolivia. México, Siglo XXI Editores.

[1] El concepto “tolerancia” es empleado aquí como un concepto de transición  para la transición. Tolerancia-intolerancia son conceptos que encierran intereses y posiciones de poder. ¿Quién tolera a quién/nes y por qué? Lo ideal sería la aceptación natural de los diferente y diverso, pero para llegar a ello, entretanto, apelar a la tolerancia puede contribuir a la modificación de las relaciones de intolerancia, exclusión y discriminación. 
[2] Existe una marcada tendencia a identificar, igualar ‑y por tanto confundir‑, lo multicultural con la diversidad étnica y, más concretamente, exclusivamente con lo indígena. Esto restringe los planteamientos de multi e interculturalidad, por un lado, a una cuestión étnica y, por otro, deja fuera del mapa sociopolítico a una parte del campo popular, del mismo modo que –aunque por otras vías‑, lo hace la posición hegemónica tradicional (monocultural).
[3] Véase por ejemplo: García Linera, Álvaro, Mignolo, Walter, y Walsh, Catherine (2006). Interculturalidad, descolonización del estado y del conocimiento. Buenos Aires, Ediciones del Signo. Y: Viaña Jorge, Tapia, Luis, Walsh Catherine (2010). Construyendo Interculturalidad Crítica. La Paz, Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello. 
 Publicado por Isabel Rauber  en 09:53 
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