Mostrando entradas con la etiqueta Paul Krugman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paul Krugman. Mostrar todas las entradas

Paul Krugman:Un mundo aún no salvado


La crisis asiática de los noventa fue un ensayo de la del mundo desarrollado 10 años después

 El País,1 de septiembre 2'13



La rupia se desploma. ¡Huyamos a las montañas! Pensándolo mejor, mantengamos la calma y sigamos adelante.

Por si se lo están preguntando, la rupia es la moneda nacional de Indonesia y, al igual que las monedas de otros mercados emergentes, se ha depreciado mucho a lo largo de los últimos meses. La cosa es que la última caída en picado de la rupia tuvo lugar en 1997 y 1998, cuando Indonesia estaba en el epicentro de una crisis financiera en Asia. Vista en perspectiva, esa crisis fue una especie de ensayo general para la crisis mucho mayor en la que se ha visto sumido el mundo desarrollado 10 años después. Por tanto, ¿deberíamos aterrarnos por la situación de Asia otra vez?

No lo creo, por razones que explicaré en un minuto. Pero los acontecimientos actuales nos traen recuerdos, y son sobre todo un recordatorio de lo poco que aprendimos de esa crisis que tuvo lugar hace 16 años. No reformamos el sector financiero, sino todo lo contrario: la liberalización siguió adelante a toda máquina. Ni tampoco aprendimos las lecciones correctas sobre cómo reaccionar cuando la crisis golpea. De hecho, no solo hemos estado cometiendo muchos de los mismos errores otra vez, sino que en muchos sentidos importantes, lo estamos haciendo ahora mucho peor de lo que lo hicimos entonces.

Algunos antecedentes: el periodo previo a la crisis asiática guarda un fuerte parecido con el periodo previo a la crisis que ahora aflige a Grecia, España y otros países europeos. En ambos casos, los orígenes de la crisis residen en el optimismo excesivo del sector privado, con enormes entradas de préstamos extranjeros que iban a parar principalmente al sector privado. En ambos casos, el optimismo se convirtió en pesimismo con sorprendente rapidez y precipitó la crisis.

Sin embargo, a diferencia de Grecia y demás, los países en crisis en 1997 tenían su propia divisa, que pasó a depreciarse fuertemente frente al dólar. Al principio, esta depreciación de la moneda causó agudos trastornos económicos. En Indonesia, por ejemplo, muchas empresas tenían grandes deudas en dólares, de modo que cuando la rupia se hundió frente al dólar, esas deudas se dispararon en relación con los activos y los ingresos. La consecuencia fue una grave contracción económica, en una escala que no se veía desde la Gran Depresión.

Afortunadamente, los malos tiempos no duraron tanto. La propia debilidad de las monedas de estos países hizo que sus exportaciones fueran muy competitivas, y pronto todos ellos —incluso Indonesia, que fue la más afectada— experimentaban fuertes recuperaciones impulsadas por las exportaciones.

A diferencia de Grecia y demás, los países en crisis en 1997 tenían su propia divisa, que se depreció frente al dólar

Aun así, la crisis debería haber servido de lección sobre la inestabilidad de los sistemas financieros no regulados. En lugar de eso, la recuperación de Asia llevó a las autoridades occidentales a alardes excesivos de autocongratulación, como ilustraba la famosa portada en 1999 de la revista Time —en la que aparecían Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, con Robert Rubin y Lawrence Summers, en aquella época secretario y subsecretario, respectivamente, del Tesoro— con el titular El Comité que ha de salvar el mundo. El mensaje era: “No se preocupen, tenemos todo esto bajo control”. Ocho años después, descubrimos lo poco apropiada que era esa confianza.

De hecho, como ya he mencionado, en esta ocasión lo estamos haciendo mucho peor. Piensen, por ejemplo, en el país en peor situación durante cada crisis: Indonesia entonces, Grecia ahora.

La recesión de Indonesia, que vio cómo la economía se contraía un 13% en 1998, fue terrible, pero hacia 2000 ya estaba en marcha una sólida recuperación. En 2003, la economía de Indonesia había superado su máximo anterior a la crisis; el año pasado, había crecido un 72% en relación con 1997.

Ahora comparen esto con Grecia, donde la producción ha descendido más de un 20% desde 2007 y sigue disminuyendo con rapidez. Nadie sabe cuándo empezará la recuperación, y yo intuyo que pocos observadores prevén que la economía de Grecia se recupere hasta alcanzar los niveles anteriores a la crisis durante esta década.

¿Por qué es la situación mucho peor esta vez? Una respuesta es que Indonesia tenía su propia moneda, y la devaluación de la rupia fue, al final, una buena cosa. Grecia, por otro lado, está atrapada en el euro. Además, los políticos eran más flexibles en la década de los noventa que en la actualidad. El Fondo Monetario Internacional exigió al principio duras políticas de austeridad en Asia, pero pronto cambió de rumbo. Esta vez, las exigencias a Grecia y a otros deudores han sido implacablemente duras, y cuanto más fracasa la austeridad, más sangre se exige.

Entonces, ¿será Asia la siguiente? Probablemente no. Indonesia tiene ahora un nivel de deuda extranjera en relación con los ingresos mucho más bajo del que tenía en la década de 1990. India, cuya moneda también experimenta una caída que preocupa a muchos observadores, tiene una deuda todavía más baja. Por tanto, una repetición de la crisis de la década de 1990, por no hablar ya de una crisis interminable al estilo griego, parece poco probable.

¿Y qué hay de China? Bien, como explicaba hace poco, estoy muy preocupado, pero por razones totalmente diferentes, en su mayoría no relacionadas con los acontecimientos en el resto del mundo.

Pero seamos claros: incluso si nos libramos del espectáculo de otra región más hundida en la depresión, el hecho es que la gente que se felicitaba a sí misma por salvar el mundo en 1999 estaba de hecho predisponiéndolo para una crisis mucho peor, que tendría lugar solo unos años después.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, es profesor de la Universidad de Princeton.

Excel y austeridad. Dossier

Alejandro Nadal · Paul Krugman · · · · 


Sin Permiso, 28/04/13

Este Dossier sobre algunos aspectos de rabiosa actualidad económica consta de los siguientes textos:


1) Alejandro Nadal: Reinhart y Rogoff: el descrédito en los tiempos de crisis.

2) Paul Krugman:  La solución del 1%.


Reinhart y Rogoff: el descrédito en los tiempos de crisis

Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff son economistas de la Universidad Harvard. En 2009 publicaron un libro sobre las crisis de deuda pública que abarcaba un periodo de más de 200 años y cubría varias docenas de países. El libro se hizo famoso, recibió premios y homenajes como si se tratara de una gran obra. En medio de la crisis financiera que tenía como epicentro al sector privado, el libro de Reinhart y Rogoff (de ahora en adelante RR) caía muy bien a los poderes establecidos, pues desviaba la atención hacia el excesivo endeudamiento público.

En 2010, RR publicaron un artículo intitulado Crecimiento en tiempos del endeudamiento. RR calcularon las tasas de crecimiento del PIB de una veintena de países para el periodo 1946-2009 y las compararon con los niveles de endeudamiento público. Encontraron que la tasa de crecimiento promedio oscila entre 3 y 4 por ciento cuando el endeudamiento público es inferior al 90 por ciento del PIB. En cambio, más allá de ese nivel de endeudamiento el PIB decrece a una tasa de –0.1 por ciento anual. Para RR la conclusión era clara: la máxima prioridad es reducir el endeudamiento para poder crecer.

De nuevo el artículo de RR fue citado una y mil veces para justificar la aplicación de políticas de austeridad fiscal en Estados Unidos y Europa. Ese trabajo se convirtió en el principal sustento “científico” para promover la política de consolidación fiscal en los países ya golpeados por la crisis. Y nunca es ocioso insistir en que dicha política ha tenido un terrible impacto sobre el empleo, la desigualdad y la pobreza. El costo social de RR no es despreciable.

Hace pocas semanas, tres economistas de la Universidad de Massachusetts, Thomas Herndon, Michael Ash y Robert Pollin (de ahora en adelante HAP), trataron de repetir el ejercicio estadístico de RR y se toparon con varios problemas. Su análisis descubrió que Reinhart y Rogoff incurrieron en errores elementales de estadística, manipulación de datos y errores en el manejo de la hoja de cálculo del conocido programa Excel.

El estudio de HAP revela que el principal resultado de RR se alcanzó al excluir datos sobre la experiencia de Australia, Canadá y Nueva Zelanda a finales de los años cuarenta. Los datos sobre Bélgica para todo el periodo también fueron omitidos. Quizás el ejemplo de manipulación más burda corresponde al tratamiento de Nueva Zelanda e Inglaterra. Resulta que en el periodo estudiado Inglaterra tiene 19 años con endeudamiento superior al umbral de 90 por ciento, pero con crecimiento del PIB de 2.4 por ciento. Por otra parte Nueva Zelanda tiene un año de alto endeudamiento (1951) en el que su economía sufre una caída de -7.6 por ciento. Los 19 años de Inglaterra (con alto endeudamiento y crecimiento positivo) y el año de Nueva Zelanda (con alto endeudamiento y caída en el PIB) fueron promediados como si tuvieran el mismo peso. Esa forma de ponderar es evidentemente tramposa, a falta de otro calificativo.

En síntesis, utilizando la misma base de datos de RR, cuando se corrigen estos problemas se llega al resultado de que para los países con endeudamiento por arriba de 90 por ciento del PIB la tasa de crecimiento es positiva (2.2 por ciento) en lugar de negativa (-0.1 por ciento) como alegan RR. En síntesis, los datos de RR corregidos indican que la tasa de crecimiento para países con alto endeudamiento es ligeramente inferior a la que corresponde a países con menores niveles de endeudamiento.

El problema no está solamente en los errores aritméticos y manipulación de datos identificados por HAP. Ya de entrada la base teórica de la investigación de Reinhart y Rogoff es una zona de desastre. Su libro de 2009 es un amplio catálogo de errores y descuidos. Se dejan de lado regímenes distintos de creación monetaria, de tipos de cambio, se agrega deuda en divisas extranjeras y monedas nacionales y se falla al no distinguir cuidadosamente la deuda soberana de la privada. Las observaciones año-país del artículo de RR para 1946-2009 también dejan mucho que desear en términos analíticos.

Quizás el principal defecto de Reinhart y Rogoff es su visión simplista sobre el vínculo de causalidad entre endeudamiento y crecimiento. RR han promovido de manera explícita y en múltiples ocasiones la idea de que el endeudamiento es la causa del lento crecimiento. Nunca han dedicado su atención a la posibilidad de que la causalidad siga el camino inverso: es decir, que un lento crecimiento sea el origen de un mayor endeudamiento. Esto tiene bases analíticas importantes, además de numerosos ejemplos empíricos. Por ejemplo, el coeficiente deuda/PIB de Japón es el más alto del mundo y fue provocado por dos décadas de crecimiento mediocre.

No es correcto aventurar conjeturas sobre las intenciones de Reinhart y Rogoff. Hoy han respondido aceptando algunos de sus errores, pero insisten en que la crítica no cambia sus resultados principales. Lo que sí podemos observar es que se han hundido cada vez más en el pantano del descrédito.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso



http://www.jornada.unam.mx/2013/04/24/opinion/030a1eco


La solución del 1%



Los debates económicos rara vez terminan con un KO técnico. Pero el gran debate político de los últimos años entre los keynesianos, que abogan por mantener y, de hecho, aumentar el gasto público durante una depresión, y los austerianos, que exigen recortes inmediatos del gasto, se acerca a ello, al menos en el mundo de las ideas. En estos momentos, la postura austeriana ha caído por su propio peso; no solo es que sus predicciones sobre el mundo real fuesen completamente erróneas, sino que la investigación académica que se invocaba para respaldar esa postura ha resultado estar plagada de equivocaciones, omisiones y estadísticas dudosas.

Aun así, sigue habiendo dos grandes preguntas. La primera: ¿cómo llegó la doctrina de la austeridad a ser tan influyente en un primer momento? Y la segunda: ¿cambiarán en algo las políticas ahora que las principales afirmaciones austerianas se han convertido en carnaza para los programas de humor de madrugada?

Sobre la primera pregunta: la preponderancia de los austerianos en los círculos influyentes debería inquietar a cualquiera a quien le guste creer que la política se basa en hechos reales o, incluso, que está muy influida por ellos. Después de todo, los dos principales estudios que ofrecen la supuesta justificación intelectual de la austeridad —el de Alberto Alesina y Silvia Ardagna sobre la “austeridad expansiva” y el de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff sobre el peligroso “umbral” de la deuda, situado en el 90% del PIB— tuvieron que enfrentarse a críticas devastadoras nada más publicarse.

Y los estudios no resistieron un análisis pormenorizado. Hacia finales de 2010, el Fondo Monetario Internacional (FMI) refundió el estudio de Alesina y Ardagna con datos mejores e invalidó sus hallazgos, mientras que muchos economistas plantearon dudas fundamentales sobre el de Reinhart y Rogoff mucho antes de que conociésemos el famoso error de Excel. Por otra parte, los acontecimientos del mundo real —el estancamiento en Irlanda, que fue el primer modelo de austeridad, la caída de los tipos de interés en Estados Unidos, que se suponía que iba a enfrentarse a una crisis fiscal inminente— rápidamente convirtieron las predicciones austerianas en sandeces.

Sin embargo, la austeridad mantuvo e incluso reforzó su dominio sobre la opinión de la élite. ¿Por qué?

Parte de la respuesta seguramente resida en el deseo generalizado de ver la economía como una obra que ensalza la moral y las virtudes, de convertirla en un cuento sobre el exceso y sus consecuencias. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, cuenta la historia, y ahora estamos pagando el precio inevitable. Los economistas pueden explicar hasta la saciedad que esto es un error, que la razón por la que tenemos un paro tan elevado no es que gastásemos demasiado en el pasado, sino que estamos gastando demasiado poco ahora y que este problema puede y debería resolverse. Da igual; muchas personas tienen el sentimiento visceral de que hemos pecado y debemos buscar la redención mediante el sufrimiento (y ni los argumentos económicos ni la observación de que la gente que ahora sufre no es en absoluto la misma que pecó durante los años de la burbuja sirven de mucho).

Pero no se trata solo del enfrentamiento entre la emoción y la lógica. No es posible entender la influencia de la doctrina de la austeridad sin hablar sobre las clases y la desigualdad.

A fin de cuentas, ¿qué es lo que quiere la gente de la política económica? Resulta que la respuesta depende de a quién preguntemos, una cuestión documentada en un reciente artículo de investigación de los politólogos Benjamin Page, Larry Bartels y Jason Seawright. El artículo compara las preferencias políticas de los estadounidenses corrientes con las de los muy ricos y los resultados son reveladores.

Así, al estadounidense medio le preocupan un poco los déficits presupuestarios, lo cual no es ninguna sorpresa dado el constante aluvión de historias de miedo sobre el déficit en los medios de comunicación, pero los ricos, en su inmensa mayoría, consideran que el déficit es el problema más importante al que nos enfrentamos. ¿Y cómo debería reducirse el déficit presupuestario? Los ricos están a favor de recortar el gasto federal en asistencia sanitaria y la Seguridad Social —es decir, en “derechos a prestaciones”—, mientras que los ciudadanos en general quieren realmente que aumente el gasto en esos programas.

Han captado la idea: el plan de austeridad se parece mucho a la simple expresión de las preferencias de la clase superior, oculta tras una fachada de rigor académico. Lo que quiere el 1% con los ingresos más altos se convierte en lo que las ciencias económicas dicen que debemos hacer.

¿Realmente redunda en interés de los ricos una depresión prolongada? Es dudoso, dado que una economía próspera suele ser buena para casi todo el mundo. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que los años transcurridos desde que tomamos el camino de la austeridad han sido pésimos para los trabajadores, pero nada malos para los ricos, que se han beneficiado del aumento de los rentdimientos y de los precios de las acciones aun cuando el paro a largo plazo empeora. Puede que el 1% no desee realmente una economía débil, pero les está yendo lo bastante bien como para dejarse llevar por sus perjuicios.

Y esto hace que uno se pregunte hasta qué punto cambiará las cosas el hundimiento intelectual de la postura austeriana. En la medida en que tengamos una política del 1%, por el 1 % y para el 1 %, ¿no seguiremos viendo únicamente nuevas justificaciones para las viejas políticas de siempre?

Espero que no; me gustaría creer que las ideas y los hechos importan, al menos un poco. De lo contrario, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Pero supongo que veremos qué grado de cinismo está justificado.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008

http://www.caffereggio.es/2013/04/28/la-solucion-del-1-de-paul-krugman-en-negocios-de-el-pais/

Las guerras de clases en 2012


Paul Krugman

2 de diciembre 2012, Sin Permiso

Las elecciones en Estados Unidos fueron en realidad un referéndum sobre política económica


El día de las elecciones, informaba The Boston Globe, el aeropuerto internacional Logan, en Boston, se estaba quedando sin sitio para aparcar. Pero no para los coches, sino para los aviones privados. Los grandes donantes estaban acudiendo en tropel a la ciudad para asistir a la fiesta de la victoria de Mitt Romney.

Pero resultó que estaban mal informados sobre la realidad política. Los decepcionados plutócratas no se equivocaron respecto a quién estaba de su lado. Estos han sido en gran medida unos comicios en los que los intereses de los muy ricos se enfrentaban a los de la clase media y los pobres.

Y la campaña de Obama ha ganado en buena parte porque no ha tenido en cuenta las advertencias de los centristas aprensivos y ha aceptado esa realidad, centrándose en el viso de guerra de clases que definía el enfrentamiento. Esto ha garantizado no solo que el presidente Obama ganara por un enorme margen entre los votantes con menos ingresos, sino también que esos votantes acudieran a las urnas en gran número, rubricando así su victoria.

Lo importante que tenemos que entender ahora es que, aunque ya hayan pasado las elecciones, la guerra de clases no ha terminado. La misma gente que apostó a lo grande por Romney, y perdió, ahora pretende ganar furtivamente —en nombre de la responsabilidad fiscal— el terreno que no fue capaz de ganar en unas elecciones abiertas.

Antes de entrar en eso, permítanme decir algunas palabras sobre el voto real. Evidentemente, el interés económico personal por sí solo no explica la manera en que votan los individuos, y ni siquiera los grupos demográficos más amplios. Los estadounidenses de origen asiático son un grupo relativamente pudiente, pero, aun así, se decantaron por el presidente Obama en una proporción de tres a uno. Los blancos de Misisipi, en cambio, no son especialmente ricos, y, sin embargo, Obama recibió solo un 10% de sus votos.

Pero estas anomalías no bastaron para cambiar la pauta general. Por otro lado, los demócratas parecen haber neutralizado la tradicional ventaja del partido republicano en cuestiones sociales, de modo que las elecciones fueron en realidad un referéndum sobre la política económica. Y lo que los votantes han dicho, claramente, era que no querían que se rebajaran los impuestos a los ricos ni que se redujeran las prestaciones de la clase media y los pobres. Entonces, ¿qué puede hacer un guerrero de clases verticalista?

La respuesta, como ya he insinuado, es confiar en el disimulo: introducir de extranjis políticas amables con los plutócratas con la excusa de que son respuestas sensatas al déficit presupuestario.

Un excelente ejemplo es la campaña para elevar la edad de jubilación, y la edad de elegibilidad para el programa Medicare, o las dos cosas. Esto es lo razonable, nos dicen; al fin y al cabo, la esperanza de vida ha aumentado, así que todos deberíamos jubilarnos más tarde. Sin embargo, en la práctica, sería un cambio de política enormemente regresivo, y que impondría cargas severas a los estadounidenses con ingresos bajos y medios, mientras que apenas afectaría a los ricos. ¿Por qué? En primer lugar, porque el aumento de la esperanza de vida se da especialmente entre la gente con mucho dinero; ¿por qué tendrían que jubilarse más tarde los conserjes solo porque los abogados estén viviendo más tiempo? En segundo lugar, tanto la Seguridad Social como Medicare son mucho más importantes, en relación con los ingresos, para los estadounidenses con menos dinero, de modo que retrasar su disponibilidad afectaría mucho más gravemente a las familias de a pie que al 1% más rico.

O pongamos un ejemplo más sutil: la insistencia en que cualquier aumento de la recaudación debería proceder de una reducción de las deducciones y no de unos impuestos más altos. Lo esencial que debemos tener en cuenta aquí es que los números no cuadran; de hecho, es imposible que reduciendo las deducciones se pudiera recaudar de los ricos tantos ingresos como se obtendrían simplemente dejando que expiren las partes relevantes de las rebajas fiscales de la era de Bush. De modo que cualquier propuesta para evitar un aumento de las tasas es, digan lo que digan sus partidarios, una propuesta de que permitamos que el 1% se vaya de rositas y de que, de una manera u otra, la clase media o los pobres carguen con el muerto.

La cuestión es que la guerra de clases continúa, ahora con una dosis añadida de engaño. Y esto, a su vez, significa que hay que analizar con mucho cuidado cualquier propuesta que provenga de los sospechosos habituales, incluso —o, más bien, sobre todo— si la propuesta se presenta como una solución bipartidista y de sentido común. En concreto, siempre que algún grupo de intransigentes del déficit hable de “sacrificio compartido”, tenemos que preguntar: ¿sacrificio en relación con qué?

Como es posible que sepan los lectores habituales, no soy un gran admirador del informe de Bowles y Simpson sobre la reducción del déficit en el que presentaban un plan malamente diseñado que, por alguna razón, ha alcanzado el rango de casi sagrado entre las élites sociales y políticas. Así y todo, al menos una cosa se puede decir en favor del informe BowlesSimpsom: cuando hablaba de sacrificio compartido partía de una premisa que ya daba por sentado el fin de las rebajas fiscales de Bush para los más ricos. Sin embargo, a estas alturas, prácticamente todos los cascarrabias del déficit parecen querer que contemos la expiración de esas rebajas —que se vendieron con falsas pretensiones y nunca fueron asequibles— como una especie de gran compensación por parte de los ricos. Pero no lo es.

Así que tengan los ojos abiertos mientras continúe el juego fiscal de a ver quién es más gallito. La verdad incómoda, pero cierta es que en esto no estamos todos juntos; los guerreros de clase verticalistas de EE UU han perdido a lo grande en las elecciones, pero ahora intentan usar su aparente preocupación por el déficit para arrebatar la victoria de las garras de la derrota. No permitamos que se salgan con la suya.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008.

La locura de la austeridad europea

Paul Krugman · · · · ·  

Sin Permiso,30/09/12


Las protestas en Grecia y España demuestran que no puede haber acuerdo.Adiós a la complacencia. Hace tan solo unos días, la creencia popular era que Europa finalmente tenía la situación bajo control. El Banco Central Europeo (BCE), al comprometerse a comprar los bonos de los Gobiernos con problemas en caso necesario, había calmado los mercados. Todo lo que los países deudores tenían que hacer, se decía, era aceptar una austeridad mayor y más intensa —la condición para los préstamos de los bancos centrales— y todo iría bien.

Pero los abastecedores de creencias populares olvidaron que había personas afectadas. De repente, España y Grecia se ven sacudidas por huelgas y enormes manifestaciones. Los ciudadanos de estos países están diciendo, en realidad, que han llegado a su límite: cuando el paro es similar al de la Gran Depresión y los otrora trabajadores de clase media se ven obligados a rebuscar en la basura para encontrar comida, la austeridad ya ha ido demasiado lejos. Y esto significa que puede no haber acuerdo después de todo.

Muchos comentarios indican que los ciudadanos de España y Grecia simplemente están posponiendo lo inevitable, protestando en contra de unos sacrificios que, de hecho, deben hacer. Pero la verdad es que los manifestantes tienen razón. Imponer más austeridad no va a servir de nada; aquí, quienes están actuando de forma verdaderamente irracional son los políticos y funcionarios supuestamente serios que exigen todavía más sufrimiento.

Pensemos en los males de España. ¿Cuál es el verdadero problema económico? Esencialmente, España sufre las consecuencias de una enorme burbuja inmobiliaria que provocó un periodo de auge económico e inflación que hizo que la industria española se volviese poco competitiva respecto a la del resto de Europa. Cuando la burbuja estalló, España se encontró con el complejo problema de recuperar esa competitividad, un proceso doloroso que durará años. A menos que España abandone el euro —una medida que nadie quiere tomar—, está condenada a años de paro elevado.

Pero este sufrimiento, posiblemente inevitable, se está viendo tremendamente magnificado por los drásticos recortes del gasto, y estos recortes del gasto solo sirven para infligir dolor porque sí.

En primer lugar, España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fuesen derrochadores. Al contrario: justo antes de la crisis, España tenía de hecho superávit presupuestario y una deuda baja. Los grandes déficits aparecieron cuando la economía se vino abajo y arrastró consigo los ingresos, pero, aun así, España no parece tener una deuda tan elevada.

Es cierto que España tiene ahora problemas para financiar sus déficits. Sin embargo, esos problemas se deben principalmente a los temores existentes ante las dificultades más generales por las que pasa el país (entre las que destaca la agitación política debida al altísimo paro). Y el hecho de reducir unos cuantos puntos el déficit presupuestario no hará desaparecer esos temores. De hecho, una investigación realizada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) da a entender que los recortes del gasto en economías profundamente deprimidas reducen la confianza de los inversores porque aceleran el ritmo del deterioro económico.

En otras palabras, los aspectos puramente económicos de la situación indican que España no necesita más austeridad. No está para fiestas, y, de hecho, probablemente no tenga más alternativa (aparte de la salida del euro) que soportar un periodo prolongado de tiempos difíciles. Pero los recortes radicales en servicios públicos esenciales, en ayuda a los necesitados, etcétera, son en realidad perjudiciales para las perspectivas de un ajuste eficaz del país.

¿Por qué, entonces, se exige todavía más sufrimiento?

Una parte de la explicación se encuentra en el hecho de que en Europa, al igual que en Estados Unidos, hay demasiadas personas muy serias que han sido captadas por la secta de la austeridad, por la creencia de que los déficits presupuestarios, no el paro a gran escala, son el peligro claro y presente, y que la reducción del déficit resolverá de algún modo un problema provocado por los excesos del sector privado.

Aparte de eso, en el corazón de Europa —sobre todo en Alemania— una proporción considerable de la opinión pública está profundamente imbuida de una visión falsa de la situación. Hablen con las autoridades alemanas y les describirán la crisis del euro como un cuento con moraleja, la historia de unos países que vivieron por todo lo alto y ahora se enfrentan al inevitable ajuste de cuentas. Da igual que eso no sea en absoluto lo que sucedió (o el asimismo incómodo hecho de que los bancos alemanes desempeñasen una función muy importante a la hora de inflar la burbuja inmobiliaria de España). Su historia se limita al pecado y sus consecuencias, y se atienen a ella.

Y, lo que es aún peor, esto es también lo que creen los votantes alemanes, en gran parte porque es lo que los políticos les han contado. Y el miedo a la reacción negativa de unos votantes que creen, erróneamente, que les toca cargar con las consecuencias de la irresponsabilidad de los europeos del sur hace que los políticos alemanes no estén dispuestos a aprobar un préstamo de emergencia esencial para España y otros países con problemas a menos que antes se castigue a los prestatarios.

Naturalmente, no es así como se describen estas exigencias. Pero en realidad todo se reduce a eso. Y hace mucho que llegó la hora de poner fin a este cruel sinsentido. Si Alemania realmente quiere salvar el euro, debería permitir que el Banco Central Europeo haga lo que sea necesario para rescatar a los países deudores. Y debería hacerlo sin exigir más sufrimiento inútil.



Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008.