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Tariq Ali, Cuando el uno alimenta al otro El máximo horror



Fue un suceso espantoso. Condenado por la mayor parte del mundo y reflejado de forma especialmente conmovedora por muchos humoristas gráficos. Quienes planearon la atrocidad escogieron su objetivo cuidadosamente. Sabían que un acto así iba a crear el máximo horror. Era la cualidad, no la cantidad lo que buscaban. La respuesta no les habrá sorprendido ni desagradado. Les importaba un comino el mundo de los no creyentes. A diferencia de los inquisidores medievales de la Sorbona, no tienen autoridad legal ni teológica para hostigar a libreros y editores, para prohibir libros y torturar escritores, por eso han ido un paso más allá y decidieron las ejecuciones.
¿Qué sucede con esos soldados de a pie? Las circunstancias que atraen a hombres y mujeres jóvenes hacia esos grupos son una creación del mundo occidental en el que habitan, que es en sí mismo consecuencia de largos años de dominio colonial en los países de sus antepasados. Sabemos que los hermanos parisinos Chérif y Saïd Kouachi eran jóvenes de pelo largo e inhaladores de marihuana y otras sustancias hasta que (al igual que los autores de los atentados del 7 de julio en Londres) vieron los videos de la guerra de Iraq y, en particular, de las torturas que se perpetraban en Abu Ghraib y de los asesinatos a sangre fría de ciudadanos iraquíes en Faluya.

Buscaron consuelo en la mezquita. Y allí se fueron radicalizando bajo la égida de religiosos extremistas para quienes la guerra de Occidente contra el terror se había convertido en una oportunidad de oro para reclutar y dominar a jóvenes, tanto en el mundo musulmán como en los guetos de Europa y Norteamérica. Enviados primero a Iraq a matar estadounidenses y más recientemente a Siria (¿con la connivencia del Estado francés?) para derrocar a Asad, a esos jóvenes se les enseñó a utilizar las armas con eficacia. De vuelta a casa, estaban listos para desplegar esos conocimientos contra quienes ellos creían que les estaban atormentando en tiempos difíciles. Eran ellos los que se sentían perseguidos. Charlie Hebdorepresentaba a sus perseguidores. El horror no debería cegarnos ante esta realidad.

Charlie Hebdo no hacía ningún secreto del hecho de que intentaban continuar provocando a los creyentes musulmanes haciendo blanco de sus chistes al profeta. La mayoría de los musulmanes se sentían indignados por ello pero ignoraron el insulto. El periódico había reproducido las caricaturas sobre Mahoma publicadas por el diario danés Jylland-Posten en 2005, en las que se le describía como un inmigrante pakistaní. El periódico danés admitió que no habría publicado nunca nada parecido para describir a Moisés o a los judíos (aunque quizá lo había hecho ya: ciertamente, había publicado artículos que apoyaban al Tercer Reich), pero Charlie Hebdo consideraba que tenía la misión de defender los valores laicos republicanos contra todas las religiones. En ocasiones ha atacado al catolicismo, aunque apenas se ha referido al judaísmo (aunque los numerosos ataques de Israel contra los palestinos le han ofrecido muchas oportunidades) y ha concentrado sus burlas sobre el islam. El laicismo francés parece abarcarlo todo hoy en día siempre y cuando no sea islámico. Las denuncias contra el islam han sido implacables en Francia, siendo “Soumission”, la nueva novela de Michel Houellebecq (la palabra islam significa sumisión), la salva más reciente. Predice que el país estará gobernado por un presidente de un grupo que denomina Fraternidad Musulmana. Charlie Hebdo, no debemos olvidarlo, publicaba una portada satirizando a Houellebecq el día en que fue atacado. Defender su derecho a publicar sin que importen las consecuencias es una cosa, pero sacralizar un periódico satírico que habitualmente elige como blanco de sus viñetas a quienes son víctimas de una islamofobia rampante es casi tan estúpido como justificar los actos de terrorismo en su contra. Cada actitud alimenta a la otra.

La ley francesa permite que se suspendan las libertades si existe amenaza de disturbios o violencia. Con anterioridad, esta disposición se invocaba para prohibir las apariciones públicas del comediante Dieudonné (famoso por hacer bromas antisemitas) y para prohibir las manifestaciones a favor de los palestinos; Francia es el único país de Occidente que hace eso. Que muchos franceses no consideren estas acciones como problemáticas lo dice todo. No son sólo los franceses: no hemos visto vigilias con antorchas o asambleas masivas en ningún lugar de Europa cuando se reveló que los prisioneros musulmanes entregados a EEUU por muchos países de la UE (con los valerosos polacos y los laboristas británicos a la cabeza) habían sido torturados por la CIA. Aquí hay algo más en juego que la sátira.

La petulancia de los liberales laicos que hablan de defender la libertad hasta la muerte se corresponde con los liberales musulmanes que parlotean interminablemente de que lo sucedido no tenía nada que ver con el islam. Hay diferentes versiones del islam (la ocupación de Iraq se utilizó deliberadamente para azuzar las guerras entre sunníes y chiíes que han ayudado a crear el Estado Islámico); no tiene sentido pretender hablar en nombre del “verdadero” islam. La historia del islam está repleta desde sus mismos inicios de luchas faccionales. Las corrientes fundamentalistas dentro del islam, así como las invasiones externas, fueron responsables de la aniquilación de muchos de los avances culturales y científicos del período medieval tardío. Esas diferencias siguen existiendo.
Mientras tanto, Hollande y Sarkozy han anunciado que se pondrán a la cabeza de una marcha de unidad nacional (Cameron estará allí también y vete a saber quién más). Como me escribió un amigo francés: “La idea de que Charlie Hebdo ha auspiciado una “unión sagrada” tiene que ser una de esas ironías de la historia que hubiera dejado sin habla incluso al más cínico de los libertarios antisistema post-68.

 
[El presente ensayo se publicó originalmente en la London Review of Books]Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Tariq Ali,Poder e ignominia: obnubilados por Israel, ciegos en Gaza


El Senado norteamericano vota de modo unánime defender a Israel, incluyendo al senador Bernie Sanders, de Vermont. No creo que lo haya hecho por dinero. Es un miembro a sueldo del PETEI (‘Progresistas en Todo Excepto Israel’), el segmento liberal de la sociedad norteamericana, que no es progresista en muchas cosas, incluido Israel.

Tomemos, por ejemplo, el caso del ‘coronel’ Sanders. Yo pensaba que mi difunto amigo Alexander Cockburn era a veces demasiado duro con Sanders, pero me equivocaba. Sanders lleva mucho tiempo siendo un lameculos, tal como nos informó Thomas Naylor deshaciendo los mitos que rodean al senador en un artículo de CounterPunch en septiembre de 2011:

“Aunque pueda haber sido socialista antaño, en los 80, cuando era alcalde de Burlington [Vermont], hoy socialista no es. Más bien se comporta como un tecnofascista disfrazado de liberal, que respalda todas las repugnantes guerritas del presidente Obama en Afganistán, Irak, Libia, Pakistán, Somalia y Yemen. Puesto que siempre “apoya a las tropas”, Sanders nunca se opone a ningún proyecto de ley de gastos en Defensa. Respalda a todos los contratistas militares que llevan a Vermont  puestos de trabajo muy necesarios.   

El senador Sanders rara vez pierde la oportunidad de hacerse la foto con las tropas de la Guardia Nacional de Vermont cuando las envían a Afganistán o Irak. Está siempre en el Aeropuerto Internacional de Burlington cuando regresan. Si Sanders apoyara de verdad a las tropas de Vermont, votaría a toda prisa por acabar con todas las guerras”.

Un voto unánime del Senado es raro, por lo tanto, ¿qué explica ser más leal a Israel de lo que lo son unos cuantos judíos críticos en ese mismo país? Un factor importante es sin duda el dinero. En el año 2006 cuando la London Review of Books publicó un artículo (encargado y rechazado por el Atlantic Monthly) de los profesores Walt y Mearsheimer sobre el grupo de presión israelí, se produjo el habitual revuelo de los sospechosos habituales. No del difunto Tony Judt, que defendió públicamente la  publicación del texto y que se vio él mismo sometido a violentas amenazas y odiosos correos por parte de ya sabemos quién. 

The New York Review of Books, acaso avergonzada de su falta de arrestos en esta cuestión, entre otras, le encargó un texto a Michael Massing que señalaba algunos errores del ensayo de Mearsheimer/Walt pero proporcionaba a la vez algunas cifras interesantes. Su artículo merece leerse por sí mismo, pero el siguiente extracto ayuda a explicar el voto unánime de apoyo a la actuación israelí:

“A los defensores del AIPAC [Comité de Acción Política Norteamericano-Israelí] les gusta sostener que su éxito se explica por su capacidad de explotar las oportunidades de las que se dispone en la Norteamérica democrática. Hasta cierto punto, es cierto. El AIPAC dispone de una formidable red de apoya a lo largo y ancho de los EE.UU. Sus 100.000 miembros —han subido en un 60% en los últimos cinco años — tienen la guía de las nueve oficinas regionales del AIPAC, sus diez oficinas satélite, y un equipo en Washington de más de cien personas en el que se cuentan cabilderos, investigadores, analistas, organizadores y publicistas, respaldados por un ingente presupuesto de 47 millones de dólares….Esa descripción, sin embargo, pasa por alto un elemento clave del éxito del AIPAC: el dinero. El mismo AIPAC no es un Comité de Acción Política [entidades que en los EE.UU. recogen dinero para campañas políticas]. Más bien, tras evaluar el historial de voto y las declaraciones públicas, proporcionan información a esos comités, que dan dinero a los candidatos. El AIPAC les ayuda a decidir quiénes son los amigos de Israel de acuerdo con los criterios del AIPAC. El Center for Responsive Politics, un grupo no partidista que analiza las contribuciones políticas, recoge una lista de un total de 36 CAPs pro-israelíes, que en conjunto aportaron 3,14 millones de dólares a los candidatos en el ciclo electoral de 2004. Los donantes pro-israelíes dan muchos millones más. En los últimos cinco años, por ejemplo, Robert Asher, junto a varios de sus parientes (un mecanismo habitual para maximizar las aportaciones), ha donado148.000 dólares, sobre todo en sumas de 1.000 o  2.000 dólares a uno u otro candidato.

Un antiguo miembro del personal del AIPAC me describió cómo funciona el sistema.  Un candidato entra en contacto con el AIPAC y expresa sus fuertes simpatías por Israel. El AIPAC le señala que no respalda candidatos, pero se ofrece a presentarle a gente que sí puede apoyarlos. Al candidato se le asignará alguien asociado al AIPAC para que actúe como persona de contacto. Se juntarán cheques de 500 o 1.000 dólares provenientes de donantes proisraelíes y se le enviarán al candidato con una clara indicación de las opiniones políticas de los donantes (todo esto es perfectamente legal). A esto se añaden reuniones para recaudar fondos en diversas ciudades. Con frecuencia, los candidatos proceden de estados con una insignificante población judía.

Un miembro del personal del Congreso me contó el caso de un candidato demócrata de un estado montañoso que, deseoso de acceder al dinero pro-israelí, contactó con el AIPAC, que le asignó un ejecutivo informático de Manhattan ansioso por ascender en la organización del AIPAC. El ejecutivo organizó una recepción para recaudar fondos en su apartamento del Upper West Side, y el candidato salió de allí con 15.000 dólares encima. En el reducido mercado de anuncios televisados y de prensa de su estado, esa suma demostró ser un factor importante en una carrera en la que se impuso por la mínima. Así se convirtió el congresista en uno de los varios centenares de miembros en los que se podía confiar para que votasen siguiendo los designios del AIPAC (la persona en cuestión me dio el nombre del congresista, pero me pidió que no lo dijera para evitarle el bochorno)”.

Todo esto es posible gracias a la política oficial norteamericana desde 1967. Si los EE. UU. llegasen algún día a modificar su posición en este asunto, los votos unánimes resultarían imposibles. Pero ni siquiera en los EE.U.U se han llegado a prohibir las manifestaciones públicas que se oponen a la brutalidad israelí y a su consecuente despliegue de terror estatal. 

En un fin de semana (18-19 de Julio de 2014) en el que hubo manifestaciones en diversas partes del mundo, el gobierno francés prohibió una marcha en París organizada por numerosos grupos, entre ellos varias organizaciones judías no sionistas de Francia y demás. Desafiaron la prohibición. Varios miles de personas se vieron envueltas en gases lacrimógenos lanzados por los odiados CRS [las Compañías Republicanas de Seguridad, los antidisturbios franceses]. El primer ministro Manuel Valls, desesperado oportunista y neo-con, azote de los roma en Francia, que compite con Le Pen por el voto de la derecha, y es ornato, nada sorprendentemente, de un Partido Socialista Francés que sigue el modelo de un desvergonzado picapleitos y criminal de guerra (Tony Blair), explicaba la prohibición en razón de ‘no alentar el antisemitismo’, etc. El control del grupo de presión de Israel en Francia es total. Domina la cultura y los medios de información franceses y las voces críticas con Israel (tanto judías como no judías) quedan efectivamente acalladas.  

El poeta y crítico israelí Yitzhak Laor (cuyas obras, que retratan la brutalidad colonial de los soldados israelíes han sido a veces prohibidas en su propio país) describe el nuevo ascenso del euro-sionismo en términos mordaces. La ‘ofensiva filosemita’ es ahistórica:

Sería simplista considerar esta cultura memorial como una crisis tardía de la conciencia internacional, o un sentido de la justicia histórica que ha tardado tiempo en materializarse…

La mayoría de los miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas han surgido de un pasado colonial: son descendientes de los que sufrieron genocidios en África, Asia o América Latina. No debería haber ninguna razón por la que la conmemoración del genocidio de los judíos llevara a bloquear la memoria de esos millones de africanos o indígenas americanos asesinados por los civilizados invasores occidentales de sus respectivos continentes.  

La explicación de Laor es que con la desaparición de la vieja dicotomía amigo-enemigo de la Guerra Fría, había que dar pábulo en Europa a un nuevo enemigo global:

En el nuevo universo moral del ‘fin de la historia’, había una abominación —el genocidio judío — que todos podían unirse para condenar; y lo que es igualmente importante, quedaba firmemente en el pasado. Su conmemoración serviría tanto para consagrar la tolerancia liberal-humanista de la nueva Europa frente a ‘el otro (que es como nosotros)’ y redefinir ‘al otro (que es diferente de nosotros)’ en términos de fundamentalismo musulmán. 

Laor desmonta hábilmente a los Glucksmann, los Henri-Levy y los Finkelkrauts que dominan la prensa escrita y la videosfera en la Francia de hoy. Después de abandonar sus creencias marxistas de juventud a finales de los 70, hicieron las paces con el sistema. El surgimiento de una corriente ultrasionista en Francia es anterior, sin embargo, a los ‘Nuevos (sic) Filósofos’. Tal como explicaba el profesor Gaby Piterburg en su reseña de los ensayos de  Laor en la New Left Review:

Al igual que en los EE.UU., fue la guerra de 1967 la que supuso un giro decisivo en la consciencia judía francesa. Un joven comunista, Pierre Goldman, describió la ‘gozosa furia’ de una manifestación pro-israelí en el bulevar Saint-Michel, donde se encontró a otros camaradas, ‘marxistas-leninistas y supuestos antisionistas regocijados por la capacidad guerrera de las tropas de Dayan’. Pero la reacción política del Elíseo fue opuesta a la de la Casa Blanca. Alarmado de que Israel trastocara el equilibrio de poder en Oriente Medio, de Gaulle condenó la agresión, y describió a los judíos como ‘un pueblo de élite, seguro de sí mismo y dominante’. Las organizaciones judías francesas que habían dado por hecha una política exterior pro-israelí comenzaron a organizarse sobre una base política, mientras Pompidou y Giscard continuaban el embargo de armas de de Gaulle en los años 70. En 1976 el Comité Judío de Acción (CJA) organizó un ‘día de Israel’, que movilizó a 100.000 personas. En 1977, CRIF, consejo representativo de unos 60 organismos judíos, anteriormente apacible, elaboró una nueva carta en la que denunciaba el ‘abandono de Israel’ por parte de Francia, publicada por Le Monde como documento de hecho. En las elecciones presidenciales de 1981, el fundador del CJA,   Henri Hajdenberg, llevó a cabo una campaña de perfil alto en favor de un voto judío contrario a Giscard; venció Mitterrand por un margen del 3 %. Se levantó el boicot y Mitterrand se convirtió en el primer presidente en visitar Israel. Quedó así sellada una cálida relación entre el CRIF y la élite del Partido Socialista y se cubrió con un discreto velo de silencio el papel de Mitterrand durante la guerra como funcionario de Vichy. 

[Una nota breve: cuando al profesor Piterburg (antiguo oficial de las FDI, el ejército israelí) le atacan los sionistas en sus intervenciones públicas acusándole de ser un “judío que se odia a sí mismo”, responde así: “No me odio a mí mismo, pero sí a vosotros”.]

Lo mismo vale para la Francia oficial. El país es diferente. Las encuestas de opinión revelan que, como mínimo, el  60 % de los franceses se opone a lo que Israel está haciendo en Gaza. ¿Son todos antisemitas? No les han podido influir los medios, ¿verdad? Porque están absolutamente a favor de Israel. ¿No será que la población francesa ignora a Hollande, Valls y los ideólogos mercenarios que les apoyan?

¿Y qué pasa con Gran Bretaña? Aquí el Extremo Centro que gobierna el país, así como la ‘Oposición’ oficial apoyaron debidamente a sus señores de Washington. La cobertura de los recientes sucesos de Gaza en la televisión estatal (la BBC) fue tan espantosamente unilateral que hubo manifestaciones frente a las oficinas de la BBC en Londres y Salford. La mínima experiencia que yo mismo tuve con la BBC revela lo temerosos y pusilánimes que se sienten en su interior. Como conté en mi blog de la London Review of Books, esto fue lo que pasó:

El miércoles, 16 de Julio, recibí cuatro llamadas del programa Good Morning Wales, de la BBC.

Primera llamada por la mañana: ¿podían contar conmigo para entrevistarme sobre Gaza mañana por la mañana? Contesté que sí. 

Primera llamada de la tarde: ¿les podía contar lo que diría? Dije que (a) Israel es un estado matón, mimado y malcriado por los EE. UU. y sus vasallos. (b) Apuntar y matar niños palestinos (sobre todo chicos) es una vieja costumbre israelí. (c) La cobertura de Palestina que hace la BBC es abominable y si no me cortaban les explicaría cómo y por qué.

Segunda llamada de la tarde: estaría dispuesto a debatir con alguien favorable a Israel. Respondí que sí. 

Mensaje por la tarde en mi teléfono: lo sentimos muchísimo. Ha habido un accidente de  autopista en Galés, de modo que hemos decidido prescindir de su intervención. 

Pocos ciudadanos británicos son conscientes del papel que desempeñó su país a la hora de crear este embrollo. Fue hace mucho tiempo, cuando Gran Bretaña era un imperio y no un vasallo, pero los ecos de la historia nunca se desvanecen. No fue por accidente sino intencionadamente que los británicos decidieron crear un nuevo Estado, y no fue sólo Balfour. El Centro de Información Alternativa de Beit Sahour, una organización conjunta israelo-palestina que promueve la justicia, la igualdad y la paz de palestinos e israelíes publicó recientemente un texto. Era una cita del Informe Bannerman, escrito en 1907 por el primer ministro de Gran Bretaña, Sir Henry Campbell-Bannerman, cuya importancia estratégica hizo que se ocultara y no se hiciera público hasta muchos años después. 

“Hay un pueblo que controla espaciosos territorios [los árabes] que bullen de recursos ocultos y a la vista. Dominan las intersecciones de las rutas mundiales. Sus tierras fueron cuna de civilizaciones y religiones humanas. Esta gente tiene una fe, una lengua, una historia y las mismas aspiraciones. Ninguna barrera natural aísla a esas gentes unas de otras…si por azar esta nación se unificara en un Estado, tomaría el destino del mundo en sus manos y separaría a Europa del resto del mundo. Tomando todo esto seriamente en consideración, debería implantarse un cuerpo extraño en el corazón de esta nación para impedir la convergencia de sus alas, de tal forma que puedan agotarse sus poderes en interminables guerras. También podría servirle a Occidente para conseguir sus codiciados objetivos”.[1]

NOTA: [1] Dan Bar-On & Sami Adwan, THE  PRIME SHARED HISTORY PROJECT, en Educating Toward a Culture of Peace, páginas 309–323, Information Age Publishing, 2006.

Tariq Ali  es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

Turquía. Entrevista a Tariq Alí “La mezcla de inteligencia aguda, audacia y renacer de la esperanza que vi me parecen realmente ejemplares”


Zeynep Bilgehan 

Lunes 1ro de julio de 2013
  

[Reproducimos la entrevista a Tariq Alí realizada por Zeynep Bilgehan para el periódico turco Hürriyet]

Usted ha emitido desde Ankara un mensaje de solidaridad con los manifestantes. Antes que nada: ¿desde cuándo se encuentra usted en Ankara y cuál es el motivo de su visita?

He estado en Ankara durante tres días para participar en una conferencia pública, invitado por la alcaldía de Çankaya; la fecha la habíamos acordado varios meses atrás. Claro que estuve observando los acontecimientos al anochecer: las cargas no provocadas contra manifestantes pacíficos, el uso constante de gases lacrimógenos y de chorros de agua. Fui al parque y hablé con los jóvenes que estaban allí.

¿Qué piensa de los recientes incidentes? Desde su punto de vista, ¿qué ha ocurrido o está ocurriendo en Turquía?

La mezcla de inteligencia aguda, audacia y renacer de la esperanza que vi me parecen realmente ejemplares. Me recuerdan hasta cierto punto a lo que sucedió en Europa (París y Praga) en 1968, mucho más que a la primavera árabe. Lo que está sucediendo en Turquía es muy claro: un gobierno autoritario elegido, partidario del neoliberalismo y de la guerra, pensaba que podía hacer lo que quisiera en virtud de su naturaleza democrática. Eso fue un error garrafal.

Cuanto estuve en Estambul hace unos meses era imposible no palpar un velo de depresión que había envuelto a los activistas y opositores. El cierre del cine más antiguo de la ciudad, en la avenida de Istiklal, apenas había provocado protestas. Estas fueron tan tímidas que el gobierno pensó que podía acelerar su misión destructiva. Se equivocaron groseramente. El primer ministro, en particular, un verdadero sultán de la construcción, se ha negado a dimitir y ha optado por la represión. Esta fue la gota que colmó el vaso. Gente que no se sentía concernida por la destrucción prevista del parque de Gezi salió entonces a la calle masivamente. A mayor represión, más crecía la protesta, extendiéndose prácticamente a todo el país, salvo cuatro ciudades de predominio kurdo. Una campaña por salvar un parque se había convertido en un levantamiento nacional contra un régimen obstinado y prepotente.

Usted ha dicho que los manifestantes turcos han despertado la esperanza en Europa. ¿En qué sentido han despertado la esperanza?

En el sentido de que lo que está ocurriendo en Turquía forma parte de la crisis del capitalismo neoliberal. En España, Grecia y Portugal ha habido huelgas generales, manifestaciones, etc. Justo cuando Erdogan recurría a la maquinaria represiva del Estado para favorecer al sector de la construcción, la coalición de gobierno de Grecia cerró la radiotelevisión pública para echar a periodistas. Los valientes ciudadanos turcos abrieron un nuevo frente en un momento importante. Y su ejemplo bien podría cundir en Francia y, quién sabe, tal vez incluso en el Reino Unido y Alemania en los próximos meses.

¿Cuál será a su juicio el resultado de estas protestas?

Lo que resulta crucial, como dije en mi mensaje de solidaridad, es el hecho de que el gobierno se ha desacreditado con la ayuda de unos medios de comunicación turcos dóciles y serviles, que han ninguneado, restado importancia y difamado a los ocupantes de la plaza Taksim durante las primeras semanas. A los periodistas que colaboraron debería caérseles la cara de vergüenza. En cuanto a cómo se reagrupará la nueva oposición, es difícil preverlo, pero si se forma un nuevo movimiento político estructurado democráticamente (como por ejemplo Syriza en Grecia), podría dar voz de un modo permanente a los de abajo. Una asamblea pública mensual en Estambul, Ankara, Esmirna, Bodrum, Antakiyya y otras ciudades para discutir la situación del país e internacional e informar sobre la construcción de un nuevo movimiento crearía algo permanente y restaría importancia al desalojo repetido de las plazas. Esa es mi esperanza.

En su mensaje, usted señala de pasada que “a largo plazo cambiará la política de Turquía”. ¿Podría entrar más en detalles? ¿Qué piensa que ocurrirá? ¿Cómo cambiará Turquía?

Turquía ha cambiado. Esto lo estamos viendo claramente. Como he dicho antes, la clave está en cómo se institucionaliza este cambio de manera que salga reforzada la democracia turca. La democracia real frente a la democracia realmente existente es una flor delicada: hay que cultivarla y alimentarla, pero no con la sangre de los ciudadanos o bajo la vigilancia regular (que recuerda, a pesar de su nivel tecnológico más elevado –y por tanto de naturaleza más envilecida– al de la antigua Stasi en la difunta Alemania del Este), ni tampoco a base de drones y torturas o el encarcelamiento de quienes dicen la verdad. El capitalismo neoliberal está vaciando la democracia de contenido. Quienes combaten la ofensiva capitalista también refuerzan la democracia.

En nuestra anterior entrevista hablamos de la “primavera árabe”. Usted dijo entonces que “la primavera ha dado paso al invierno”. Se puede comparar lo que ocurre en Turquía con la primavera árabe? ¿Cuáles son las similitudes y dónde están las diferencias?

Lo único en lo que se parecen es en la magnitud de la revuelta, pero en todo lo demás la situación es diferente. Como ya he dicho, Turquía está por su vida intelectual y su cultura política mucho más cerca de Europa. Basta mirar los libros traducidos de otras lenguas europeas, los planes de estudios universitarios y escolares, etc. para darse cuenta de ello. El estilo y el instinto de los manifestantes vienen a confirmarlo, al menos en mi opinión. Hubo dictaduras militares en España, Portugal, Grecia y Turquía. En el periodo actual, en que EE UU ha dejado de apoyar dictaduras en sus países clientes, Turquía ha resultado beneficiada. Sin embargo, el nuevo régimen, y en particular el brutal primer ministro, piensan que puede gobernar a la manera de antes. El proyecto de Erdogan consiste en erigirse en el anti-Ataturk utilizando el lenguaje de la OTAN con el disfraza del islam “moderado”. En las últimas semanas hemos comprobado lo “moderado” que es. La noción de que el conservadurismo islámico puede resolver los problemas reales con Turquía como modelo aparece ahora como un chiste malo en este país, por no hablar ya de Egipto y Túnez.

¿Podemos hablar de una primavera turca? ¿Por qué?

¿Por qué molestarnos en utilizar esta expresión? Ya está obsoleta.

¿Es posible que este movimiento también se convierta en invierno? ¿Qué habría que hacer para evitarlo?

La historia enseña que es imposible mantener un movimiento continuamente en el mismo nivel, de manera que no deberíamos ni siquiera admitir esa posibilidad. Lo que de verdad importa es cómo seguir adelante después de la primera fase. Y a este respecto ya he hecho algunas propuestas. Organizarse desde abajo para impulsar una nueva política. Un movimiento amplio y unido necesitará una plataforma política, algo por lo que se pueda luchar en los próximos años.

¿Cómo afectará este movimiento a Oriente Medio?

Cuando hace poco el ministerio de Exteriores sirio advirtió a sus ciudadanos de que se abstuvieran de visitar Turquía debido a los desórdenes y la represión, asistimos a una sátira oficial en estado puro que contesta a su pregunta. En Ankara, el culto a la personalidad de Erdogan me recuerda un poco a Mubarak y Assad.

Finalmente, en su mensaje usted dice “tomad la iniciativa de atenuar la ocupación, pero manteneos unidos para demostrar que seguís allí”. ¿Puede explicar esto un poco más? ¿Cómo deberían seguir los manifestantes?

Lo que quise decir es que siempre es mejor que el movimiento decida una retirada temporal que no es política, sino táctica.

¿Cree usted que de esto puede surgir un movimiento político? ¿Debería surgir o es mejor que se mantenga como resistencia civil?

Como he dicho antes, la mejor manera de avanzar sería el nacimiento de un nuevo movimiento político. Turquía es un país que carece de una oposición real, pues tanto el islamismo conservador como el nacionalismo conservador preconizan el neoliberalismo, la pertenencia a la OTAN, el control estricto de los medios, el encarcelamiento de periodistas (Turquía tiene la medalla de oro en este frente), etc. Así que existe un vacío. El tiempo es propicio, y la demagogia de Erdogan ha espantado a algunos de sus colegas.

Conservador en lo social, falto de escrúpulos en lo político, vinculado a determinadas industrias en lo económico y, en lo militar, la corriente islamista preferida de la OTAN, el partido en el poder en Turquía ha hecho oídos sordos a las voces de la calle. Que en una ciudad tras otra se lance la verdad a gritos puede disgustar al gobierno, pero esa verdad merece más que las melosas entonaciones de los columnistas mercenarios, sostenes televisivos de los medios oficiales. ¿Qué ha ocurrido con los 60 “sabios” escogidos por el régimen? ¿Acaso ha muerto su conciencia colectiva?

18/06/2013

http://www.counterpunch.org/2013/06/18/flames-of-resistance-and-hope-in-turkey/

Traducción: VIENTO SUR