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Atilio Borón¿Tangos de izquierda? No, batalla de ideas







 El pasado domingo 29 de marzo el semanario Miradas al Sur publicó una nota de Miguel Russo titulada “Debate sobre el debate” en la cual se refería a la controversia suscitada en torno al Foro Emancipación e Igualdad que sesionó en Buenos Aires entre el 12 y el 14 de ese mismo mes. (1) En ella menciona un texto de mi autoría -que circuló exclusivamente por las redes sociales y algunos periódicos digitales- en donde se vuelcan unas pocas reflexiones sobre el “Manifiesto de Buenos Aires” dado a conocer por los organizadores una vez finalizado el evento. (2) Para ilustrar  los alcances de las divergentes posturas al respecto Russo alude a un artículo escrito por José Steinsleger en el periódico mexicano La Jornada el 25 del mismo mes. (3) Interesado en conocer una opinión distinta lo busqué y al hallarlo tropecé con algo insólito.


 Esperaba un artículo en el que se cuestionase mi interpretación con argumentos razonados y nuevas evidencias pero, en cambio, encontré un texto que comienza con una pieza ficcional en la cual soy objeto de un ataque en donde se ridiculiza mi persona y que oficia como preámbulo a una serie de aseveraciones reveladoras de un intelecto que parece movido más que nada por el odio y el resentimiento y dotado de un infrecuente desprecio por las reglas de la lógica y los datos de la experiencia. Sobre el ataque personal no voy a hablar. Dejo a los lectores interesados la ingrata tarea de repasar esas líneas y juzgar por su cuenta la espesura moral de quien las escribió. 


Paso por ello a referirme al contenido de las ocurrencias, que no ideas, expuestas en esa nota. Primero  debo decir que mi crítico confunde un acontecimiento como el Foro con un texto, el “Manifiesto de Buenos Aires” (MBA), redactado como supuesto producto de aquél. Si el evento fue valioso por la diversidad de opiniones, enfoques teóricos y experiencias concretas aportadas por los participantes, el MBA es exactamente lo contrario: una etérea reflexión disociada de las apasionantes intervenciones escuchadas en ese encuentro y centrada sobre generalidades y cuestiones abstractas. Es debido a esto que las cosas no son llamadas por su nombre, se apela a claudicantes eufemismos (por ejemplo, se habla de “países poderosos” que motorizan una ofensiva destituyente contra algunos gobiernos latinoamericanos en lugar de decir “Estados Unidos”) y las principales categorías teóricas del pensamiento crítico brillan por su ausencia. No voy a repetir aquí lo dicho en el breve texto que enfureció a mi censor, pero en lo esencial esa era la tesis que desarrollaba en ese escrito. 


Esperaba, reconozco ahora que con ingenuidad, que el debate propuesto hubiese sido aceptado. La respuesta hasta ahora ha sido el silencio y un ataque personal. Parece que el disenso y la controversia -aún al interior de un amplio campo ocupado por ideas de izquierda, progresistas o populistas- producen un malestar intolerable en algunos espíritus y ante la falta de argumentos se apela a la descalificación personal.          Habiendo establecido que mi crítica se dirige al MBA y no a la realización del Foro paso al segundo tema. Luego del ataque el columnista de La Jornada se embarca en una serie de consideraciones de fondo. Ofrece, para comenzar, una curiosa tipología de la izquierda latinoamericana, dividida en cuatro categorías: una “idealista”, otra “realista”, una tercera “heroica” y una cuarta que no tiene nombre, aunque presumiblemente estaría refiriéndose a las transformaciones políticas, sociales y económicas en curso en América Latina y el Caribe desde comienzos del siglo. 


Pues bien: como lo sabe cualquier alumno de ciencias sociales que pretenda aprobar su primer examen de Metodología de la Investigación las categorías de una tipología deben ser mutuamente excluyentes y exclusivas. En caso contrario la construcción se derrumba bajo el peso  de sus propias inconsistencias y el valor heurístico de la taxonomía se extravía en la confusión general. Por eso al leer el aporte esclarecedor de mi crítico vino a mi mente un pasaje de “El Idioma Analítico de John Wilkins”, cuento en el cual Jorge Luis Borges habla de una enciclopedia china que en una entrada del “Emporio celestial de conocimientos benévolos” clasifica a los animales del siguiente modo:  “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.” 

La tipología en cuestión tiene la misma falla: sus categorías no son ni excluyentes ni exclusivas, y un caso concreto puede caber en más de una. No sólo eso: tampoco se explicitan los criterios de clasificación ni aporta ejemplos que permitan ponderar su validez y su fecundidad interpretativa.   En su nota el crítico dice textualmente que “en el siglo pasado, la mesa de las izquierdas latinoamericanas tuvo cuatro patas: la idealista (que imaginó el socialismo brotando naturalmente del capitalismo), la realista (que aupó burocracias políticas increíbles con pretextos ideológicos creíbles), la heroica (que cayó en el precipicio) y la que, interpelando a sus compañeras, cruzó el Rubicón del nuevo siglo.” Y a renglón seguido agrega que “la primera fracasó por ilusa, la segunda por antidemocrática, la tercera por arrogante, y la cuarta se pregunta hoy hasta dónde es razonable seguir divagando en los qué hacer, cuando los pueblos apenas pueden resolver las cosas diarias del hacer.”  


Al igual que el MBA mi censor se refugia en la vaguedad porque se abstiene de señalar  quienes son las figuras prototípicas –líderes, partidos, movimientos o procesos- que caben en cada una de sus categorías. ¿Quién en Latinoamérica imaginó al socialismo como floración del capitalismo? Juan B. Justo, en la Argentina de inicios del siglo veinte. Correcto, pero, ¿sólo él? ¿Cuántos más cayeron, ayer y hoy, en esa vieja trampa y cuya expresión actual es el “posibilismo”? Por otro lado, ¿quiénes son los realistas, los heroicos y los que ayer atravesaron el Rubicón? ¿Dónde colocaría en su tipología a Fidel, al Che, a Allende, a Bosch, a Chávez, a Evo, a Correa, a Chafik Handal, a Farabundo Martí, a Sandino, a Marulanda, a Raúl Sendic (padre, ¡no al hijo!), a Luiz Carlos Prestes, al Subcomandante Marcos, para quedarnos en esta parte del mundo y no indagar sobre la pertinencia de esas categorías para clasificar a personajes como Lenin, Trotsky, Bujarin, Rosa Luxemburg, Gramsci, Mao, Ho Chi Mihn, Lumumba, Mandela y tantos otros. ¿Cuáles son los criterios de clasificación? Peor aún: ¿no hubo acaso izquierdistas que fueron idealistas y simultáneamente heroicos luchadores por el socialismo y la revolución? 

¿Quiénes son los Julio César actuales, que cruzaron el Rubicón desembarazándose de esas “fijaciones de las izquierdas”, como el Manifiesto Comunista, para abrazar al “Consenso de Buenos Aires”, esa nefasta traducción de la tercera vía de Tony Blair, Gerhard Schröder, Bill Clinton y compañía que Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger propusieran a fines del 1997 a un conjunto de políticos latinoamericanos. ¿No han caído, algunos de ellos, en el atolladero del idealismo “posibilista”, en la quimera de un “capitalismo racional” humanizable? (4)

 Aún más desafortunadas son sus ocurrencias a la hora de identificar las causas del fracaso de todas las izquierdas latinoamericanas, a excepción de las de su preferencia. Lamentablemente nuestro autor se abstuvo de definir sus contornos, pero sospechamos que abarcarían un heterogéneo espectro que iría desde los gobiernos “progresistas” del Cono Sur (Argentina, Brasil, Uruguay, Chile) que se proponen solucionar la cuadratura del círculo construyendo un “capitalismo serio y racional” hasta el chavismo, el gobierno de los movimientos sociales de Evo Morales y la “revolución ciudadana” de Rafael Correa que tienen como horizonte la instauración de distintas variantes de un socialismo bolivariano y antiimperialista adaptado a las condiciones imperantes en la época actual. 

Va de suyo que las diferencias entre ambos proyectos: “capitalismo racional” o “socialismo del siglo veintiuno” es lo suficientemente significativa como para que carezca de sentido incluirlos dentro de una misma categoría sociopolítica. Sin embargo, mi censor parece no estar interesado en esas minucias. En la oscuridad de la noche, dice el refrán, todos los gatos son pardos. ¿Fracasaron los idealistas sólo porque eran unos ilusos? No podemos saberlo, porque ignoramos de quienes está hablando. ¿Aconteció lo mismo con los realistas por su talante pretendidamente antidemocrático? Tampoco lo sabemos, si bien tenemos algunas sospechas que precipitarían nuevos cuestionamientos que por ahora nos reservamos para otra ocasión. ¿Fracasó la izquierda heroica -que en el aquí y ahora de Nuestra América tiene una referencia emblemática en Ernesto “Che” Guevara- por su arrogancia? ¿Fue la soberbia del “guerrillero heroico” la que acabó con su vida? ¿No será que la guerra de contrainsurgencia lanzada por Estados Unidos tuvo algún papel en el trágico desenlace de la epopeya del Che? 

En este caso no sólo estaríamos en presencia de un diagnóstico erróneo sino también indignante por la pedantería de quien se arroga el papel de “censor de revolucionarios” o “inspector de revoluciones”, un vicio bastante extendido entre quienes jamás protagonizaron una y miraron todas desde afuera. No tenemos información, al momento de escribir estas líneas, sobre el juicio que le merece a Steinsleger la suerte corrida por el heteróclito conglomerado de la izquierda que cruzó el Rubicón. 

En suma: son demasiados los interrogantes que quedan sin respuesta y que cuestionan de raíz la fecundidad de esta tipología. (5) Dos últimas consideraciones. Una sobre el marxismo, esa molesta “fijación de las izquierdas” que tanto escandaliza a nuestro crítico y que recomienda someter a urgente revisión. Lamento (por él, no por mí) decirle que hasta hoy el marxismo es la única crítica radical de la sociedad capitalista y que, en consecuencia, sin esta tradición intelectual y política, teórica y práctica a la vez, cualquier cuestionamiento al orden del capital es, como decía Marx, una “jeremiada”, una protesta insanablemente superficial porque soslaya la cuestión fundamental de una sociedad construida sobre el irresoluble conflicto entre quienes sólo pueden sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo y la cada vez más pequeña minoría que dispone de los recursos suficientes para comprarla. 

Puede argüirse que con el marxismo sólo no basta para dar cuenta de la complejidad actual dEste sofisma continúa vigente en el mundo actual, y si algo ha ocurrido con el advenimiento del neoliberalismo ha sido la decadencia de las instituciones de la democracia. Es precisamente por esto que han comenzado a surgir voces de alarma ante la degradación de la democracia en Estados Unidos -que solía ser ensalzada como la más perfecta encarnación de ese tipo de régimen político- hoy convertida en una prosaica plutocracia. La decisión de la Corte Suprema de ese país de proteger el derecho de propiedad y derogar, en consecuencia, la legislación que imponía un tope al financiamiento que personas y empresas podían destinar a las campañas políticas ha convertido a la antigua competencia por los votos de la ciudadanía en un nostálgico anacronismo. Ahora lo que cuenta es la lucha por recaudar fondos ilimitados entre los muy ricos y las grandes empresas. Es decir, quien aspira a gobernar Estados Unidos se ofrece al servicio del mejor postor, que primero financiará su campaña política y luego exigirá las retribuciones del caso por medio de contratos, licencias, subsidios y toda la parafernalia de argucias con las cuales la Casa Blanca recompensa a sus mentores y financistas. La democracia se recorta desde arriba, otorgándole poderes inconmensurables a los ricos y a las corporaciones; y desde abajo, debilitando la eficacia de la influencia que pudiera ejercer la ciudadanía. Como dice Tom Engelhardt, uno de los observadores más agudos de la sociedad norteamericana, la próxima elección presidencial en Estados Unidos se decidirá al interior del 1 % más rico del país. En sus propias palabras, “la primera etapa de las primarias, la que cuenta, se celebra entre un pequeño grupo de millonarios y multimillonarios , una nueva casta adinerada que personalmente, o mediante complejas redes de donantes, invierten miles de millones de dólares en las campañas de los candidatos que han decidido apoyar. Por eso la primera etapa de las primarias –que este año es sobre todo un asunto republicano– está teniendo lugar en destinos turísticos como Las Vegas, Rancho Mirage, California o Island Sea (Georgia), tal y como los medios han informado ampliamente. En estas ‘contiendas’ participan políticos serviles que están a disposición de los ricos y poderosos, reflejándose en ello nuestro nuevo sistema electoral del 1%.” (9)  

Por lo tanto, la clásica fórmula acuñada por Abraham Lincoln para definir la democracia: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha sido impiadosamente sepultada y sustituida por “gobierno del gran capital, por el gran capital y para el gran capital” o, si se prefiere, “gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.”  No es este el lugar para abrumar al lector con citas y referencias bibliográficas, pero bastaría con que mi crítico hubiera leído algo de lo publicado por autores tan notables como Sheldon Wolin, Peter Dale Scott, Jeffrey Sachs (¡si, el mismísimo Jeffrey Sachs!), Noam Chomsky y, en Europa,  Ellen Meiksins Wood y Giovanni Vattimo entre tantos otros para percatarse de esta contradicción que condena aún a las democracias formales del capitalismo a su progresiva inanición y a ser reemplazadas por una desembozada y ostentosa plutocracia. Si hubiera procedido de esta manera se habría evitado el bochorno de escribir que en el capitalismo se puede “profundizar la democracia” -y construir una sociedad que luche eficazmente contra la desigualdad- como si la cisura estructural que opone propietarios versus no propietarios de los medios de producción pudiese tolerar de brazos cruzados un desenvolvimiento político que, llevado a sus límites, acabaría con el despotismo del capital. Toda la evidencia disponible confirma que hoy los “capitalismos democráticos” son menos democráticos que antaño, y que la tendencia no es hacia la profundización de la democracia o su radicalización sino exactamente hacia su contrario: la instauración de omnipotentes plutocracias. El financista George Soros tuvo un rapto de franqueza al reconocer esta tendencia y decir que los pueblos votan cada dos o cuatro años, pero “los mercados votan todos los días”.

 Es más, según él “los mercados fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares que, sin embargo, son indispensables.” (10) el orden social burgués, y que otras perspectivas teóricas (como el feminismo radical, el ecologismo anticapitalista y el pensamiento postcolonial, por ejemplo) son también necesarias. Es cierto: pero también lo es que sin el marxismo y su visión de la dialéctica histórica como una totalidad surcada por permanentes contradicciones ninguna de estas otras perspectivas -para ni hablar las que provienen del saber convencional de las ciencias sociales o del pensamiento único- puede ofrecer una explicación mínimamente satisfactoria para entender los problemas y desafíos de la sociedad contemporánea. 

El señalamiento de las contradicciones del capitalismo, que no han hecho sino agravarse con el paso del tiempo, es el telón de fondo del Manifiesto Comunista cuya actualidad ha sido ratificada en estos días por el famoso libro de Thomas Piketty. A pesar de la distancia que el economista francés toma del marxismo, su obra corrobora empíricamente el acierto de los pronósticos de Marx y Engels que, con singular clarividencia, identificaron como una de las tendencias históricas fundamentales del capitalismo la creciente polarización económica y el incremento de la desigualdad, término amable a menudo utilizado por algunos analistas y gobernantes para no hablar lisa y llanamente de “explotación”.(6)  Pese a ello esta fecunda tradición teórica es descalificada como una “fijación” decimonónica que debe ser arrojada al “museo de antigüedades” junto con, dice nuestro crítico, una bula papal emitida poco después de la publicación del Manifiesto consagrando la virginidad de María. 

Paralelismo absurdo, que revela el sesgo reaccionario y antimarxista que informa su perspectiva política.   Segunda consideración: nuestro autor afirma, y cito, “los sufrimientos que a escala industrial están convirtiendo al mundo en cósmica fosa neoliberal podrían ser conjurados si lo revolucionario se tomara como sinónimo de democracia radical.” Gracias a un truco del lenguaje la revolución, es decir, la cruenta y laboriosa construcción de un nuevo orden social en donde las clases sometidas y dominadas comienzan a escribir su historia a partir de la supresión de toda forma de explotación y opresión, se identifica con  -y agota en- ¡la radicalización de la democracia! Este es un viejo e insostenible argumento originalmente expuesto por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en varias de sus obras y retomado como principio cardinal por el funesto “Consenso de Buenos Aires”.

 En este documento, ya citado, se dice que “la misión de la izquierda consiste en confrontar la desigualdad al combatir el dualismo mediante la profundización de la democracia.”  Así, mediante una prestidigitación terminológica mi censor reintroduce subrepticiamente, veinte años después, la misma fallida receta que Castañeda y Mangabeira Unger proponían  para acabar con los “sufrimientos” producidos por el capitalismo (más no para superar al sistema capitalista) a los políticos “sensatos y racionales” reunidos en Buenos Aires. ¿Así que de eso se trata? Toda esta corriente de pensamiento -que a falta de mejor nombre podríamos denominarla como “socialdemocracia vergonzante”- parece ignorar que el capitalismo y la democracia son incompatibles y que la profundización o radicalización de la democracia no es una meta alcanzable  modificando las instituciones políticas sino que sólo podrá lograrse si se avanza en la desmercantilización de la vida social, rompiendo los férreos moldes clasistas de la democracia burguesa e instaurando una democracia emancipada de las restricciones que, por diversos conductos, el capitalismo impone a la democracia. (7) 

Esto es, desmantelando sin pausa el proceso por el cual en las últimas décadas la educación, la salud, la recreación, la cultura, la seguridad social y las más diversas esferas de la sociedad fueron integradas a lo que István Mészáros denominara “el metabolismo del capital” que, cual moderno Leviatán, convirtió antiguos derechos   -tanto formales como consuetudinarios- en mercancías. Sólo bajo esta condición podría detenerse la regresión de las democracias cada vez más “secuestradas” por las megacorporaciones, todo lo cual confirma plenamente que el avance y la profundización del capitalismo tuvo como contrapartida el vaciamiento y la crisis del proyecto democrático.

 En este sentido hay una innegable involución política y social en los capitalismos democráticos. Estados Unidos, los países europeos y Japón atestiguan, con diversas tonalidades, la intensidad de esta decadencia.  Obsérvense los lamentables alcances de este proceso en España (para ni hablar de casos más espectaculares y ominosos como Grecia) donde la infame Ley Mordaza recientemente sancionada es apenas el último eslabón de una larga secuencia de degradación de la vida democrática que tiene su origen en los Pactos de la Moncloa, lo que demuestra que la recomendación emitida por los teóricos de la Comisión Trilateral no cayó en saco roto y conserva una deplorable actualidad. 

En el contexto de los años setentas del siglo pasado, signado por la estanflación que agobiaba a los capitalismos desarrollados y por las renovadas protestas sociales, ese organismo estableció que los déficits democráticos eran causados por las “excesivas” demandas de la ciudadanía y no por la intransigencia del capital ante una eventual reducción de su tasa de ganancia. De este diagnóstico se desprendía una consigna política muy clara: había que enfrentar esa crisis recortando los “excesos” democráticos. Obrar de otro modo, es decir, “profundizando la democracia” para reconstruir su dañada legitimidad, equivalía a pretender apagar un incendio arrojando gasolina a las llamas. (8) Los gobiernos que asumieron el poder poco después en Estados Unidos (Ronald Reagan) y el Reino Unido (Margaret Thatcher) y muchos otros, tanto en los capitalismos desarrollados como en los periféricos, siguieron al pie de la letra ese consejo. Mismo que también le había ofrecido Friedrich von Hayek al dictador chileno Augusto Pinochet cuando dijo que un buen liberal siempre tiene que estar dispuesto, cuando las circunstancias así lo requieran, a sacrificar la democracia -al fin y al cabo una conveniencia- en el altar de la libertad de mercado, una innegociable necesidad.

 Según el economista austríaco el sacrificio sería temporario porque siendo esta última madre de todas las libertades, la restauración del libre mercado más pronto que tarde abriría la puerta al florecimiento de la libertad política y la democracia. Este sofisma continúa vigente en el mundo actual, y si algo ha ocurrido con el advenimiento del neoliberalismo ha sido la decadencia de las instituciones de la democracia. Es precisamente por esto que han comenzado a surgir voces de alarma ante la degradación de la democracia en Estados Unidos -que solía ser ensalzada como la más perfecta encarnación de ese tipo de régimen político- hoy convertida en una prosaica plutocracia. La decisión de la Corte Suprema de ese país de proteger el derecho de propiedad y derogar, en consecuencia, la legislación que imponía un tope al financiamiento que personas y empresas podían destinar a las campañas políticas ha convertido a la antigua competencia por los votos de la ciudadanía en un nostálgico anacronismo. Ahora lo que cuenta es la lucha por recaudar fondos ilimitados entre los muy ricos y las grandes empresas. Es decir, quien aspira a gobernar Estados Unidos se ofrece al servicio del mejor postor, que primero financiará su campaña política y luego exigirá las retribuciones del caso por medio de contratos, licencias, subsidios y toda la parafernalia de argucias con las cuales la Casa Blanca recompensa a sus mentores y financistas. La democracia se recorta desde arriba, otorgándole poderes inconmensurables a los ricos y a las corporaciones; y desde abajo, debilitando la eficacia de la influencia que pudiera ejercer la ciudadanía. Como dice Tom Engelhardt, uno de los observadores más agudos de la sociedad norteamericana, la próxima elección presidencial en Estados Unidos se decidirá al interior del 1 % más rico del país. En sus propias palabras, “la primera etapa de las primarias, la que cuenta, se celebra entre un pequeño grupo de millonarios y multimillonarios , una nueva casta adinerada que personalmente, o mediante complejas redes de donantes, invierten miles de millones de dólares en las campañas de los candidatos que han decidido apoyar. Por eso la primera etapa de las primarias –que este año es sobre todo un asunto republicano– está teniendo lugar en destinos turísticos como Las Vegas, Rancho Mirage, California o Island Sea (Georgia), tal y como los medios han informado ampliamente. En estas ‘contiendas’ participan políticos serviles que están a disposición de los ricos y poderosos, reflejándose en ello nuestro nuevo sistema electoral del 1%.” (9)  Por lo tanto, la clásica fórmula acuñada por Abraham Lincoln para definir la democracia: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha sido impiadosamente sepultada y sustituida por “gobierno del gran capital, por el gran capital y para el gran capital” o, si se prefiere, “gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.”  

No es este el lugar para abrumar al lector con citas y referencias bibliográficas, pero bastaría con que mi crítico hubiera leído algo de lo publicado por autores tan notables como Sheldon Wolin, Peter Dale Scott, Jeffrey Sachs (¡si, el mismísimo Jeffrey Sachs!), Noam Chomsky y, en Europa,  Ellen Meiksins Wood y Giovanni Vattimo entre tantos otros para percatarse de esta contradicción que condena aún a las democracias formales del capitalismo a su progresiva inanición y a ser reemplazadas por una desembozada y ostentosa plutocracia. Si hubiera procedido de esta manera se habría evitado el bochorno de escribir que en el capitalismo se puede “profundizar la democracia” -y construir una sociedad que luche eficazmente contra la desigualdad- como si la cisura estructural que opone propietarios versus no propietarios de los medios de producción pudiese tolerar de brazos cruzados un desenvolvimiento político que, llevado a sus límites, acabaría con el despotismo del capital. 

Toda la evidencia disponible confirma que hoy los “capitalismos democráticos” son menos democráticos que antaño, y que la tendencia no es hacia la profundización de la democracia o su radicalización sino exactamente hacia su contrario: la instauración de omnipotentes plutocracias. El financista George Soros tuvo un rapto de franqueza al reconocer esta tendencia y decir que los pueblos votan cada dos o cuatro años, pero “los mercados votan todos los días”. Es más, según él “los mercados fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares que, sin embargo, son indispensables.” (10) Concluyo con una breve anotación. Repito: el Foro estuvo muy bien; el problema es el “Manifiesto de Buenos Aires”. 

 La imprescindible “batalla de ideas” a la que nos convocara Fidel requiere la más amplia apertura del debate al interior de las fuerzas de izquierda. Su clausura sólo traerá como consecuencia el empobrecimiento ideológico y la debilidad política porque no se podrá derrotar al imperialismo con fórmulas huecas, abstracciones brillantes y claudicantes eufemismos. Cierro esta nota citando un pasaje del texto que precipitara el enojo de mi crítico y que ilustra esta preocupación: “en una coyuntura como la que hoy marca a fuego a Latinoamérica y el Caribe, y dada la brutal agresión que está sufriendo entre nosotros la República Bolivariana de Venezuela, el documento se despliega sin hacer absolutamente ninguna mención a la ofensiva destituyente y al golpismo en tiempo real en curso en la patria de Bolívar y Chávez, bajo la dirección general de la Casa Blanca. Tampoco hace un llamado para convocar a una solidaridad militante en defensa de la Revolución Bolivariana y para poner fin a más de medio siglo de bloqueo integral en contra de Cuba, repudiando al mismo tiempo la artimaña de Washington de ofrecer la zanahoria a la isla caribeña y pegar con el garrote a Venezuela. Tampoco se alude en el texto al ominoso proceso de fascistización que avanza  con inusitada fuerza en Brasil y que el pasado domingo sobrepasara antiguas cotas; o a la ofensiva destituyente en marcha en la Argentina con el monopolio mediático y el poder judicial como arietes; o a las perspectivas de una “restauración conservadora” tal como la denunciara con nombre y apellido el presidente Correa en varios países del área; o a la imparable expansión de las bases militares norteamericanas, cerca de ochenta ya, instaladas en casi todos los países del área y que más pronto que tarde entrarán en acción. …

. Se habla, eso sí, de la necesidad de criticar el contenido y el régimen de propiedad de los medios de comunicación, pero nada se dice …  del asesinato de tres periodistas de Guatemala durante la misma semana en que se reunía el Foro y las decenas de mujeres y hombres de prensa acribillados por el paramilitarismo en Honduras, México y Brasil, entre los casos más lacerantes.  Se repudian “enérgicamente los intentos destituyentes por parte de los países poderosos” (sic), pero sin subrayar el siniestro papel que Estados Unidos viene desempeñando en Nuestra América desde 1823 en adelante. Porque, ¿qué otro “país poderoso” ha desestabilizado a gobiernos democráticos y de izquierda en la región, o producido golpes de estado, o asesinado –o intentado hacerlo- a grandes líderes políticos latinoamericanos?  ¿Qué “país poderoso” pergeñó una operación tan criminal y monstruosa como el Plan Cóndor? 

Estos silencios y el refugio en una nebulosa conceptual de un documento con las características concientizadoras y movilizadoras que debe tener un Manifiesto (y no está de más recordar aquí la pasión por lo concreto, por el “aquí y ahora” del Manifiesto Comunista) conspira contra su eficacia como un instrumento de lucha en la batalla de ideas y en la disputa por el poder. Un Manifiesto por la Emancipación y la Igualdad en donde términos cruciales como “imperialismo”, “explotación”,  “golpe de estado”, “socialismo”, “revolución”, “reforma”, “clases sociales” brillen por su ausencia y que cuando se habla del “capitalismo” (una sola vez en el texto) sea para denunciar sus “formas irracionales” (sin decir cuáles serían las “racionales”) difícilmente podrá convertirse en un movilizador de conciencias, en un instrumento útil para luchar por la emancipación y la igualdad, ni en Nuestra América ni en Europa”.



 1- Russo, Miguel “Debate sobre el Debate”, http://www.miradasalsur.com.ar/nota/10828/debate-sobre-el-debate 2- “El ‘Manifiesto de Buenos Aires’: aportes para un debate”. 3- Steinsleger, José, “Tangos de Izquierda”, La Jornada (México), 25 de Marzo de 2015. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2015/03/25/opinion/025a1pol 4- Ver Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger, “Después del Neoliberalismo: Un Nuevo Camino”, en el portal de la revista Nexos (México, 1º de Marzo de 1998) http://www.nexos.com.mx/?p=8825 . Una crítica a las tesis socialdemócratas del “Consenso de Buenos Aires”, como se conoce ese manifiesto, se encuentra en Massimo Modonesi, “La Tercera Vía en América Latina y el ‘Consenso de Buenos Aires’ ", en Rebelión  12 Diciembre 2000. Disponible en: http://www.rebelion.org/hemeroteca/izquierda/modonesi121200.htm . Según cuentan Castañeda y Mangabeira Unger participaron en las diversas reuniones promovidas por ellos Carlos “Chacho” Alvarez. Adolfo Aguilar Zinser. John Biehl. José Bordón. Leonel Brizóla. Manuel Camacho, Dante Caputo. Cuauhtémoc Cárdenas. José Dirceu. Marco Aurelio García, Gabriel Gaspar. Tarso Genro Ciro Gomes, Oscar González, Facundo Guardado, Claudio Fermín, Graciela Fernández Meijide, Vicente Fox. Itamar Franco, David Ibarra, Ricardo Lagos, Andrés Manuel López Obrador, Luis Ignacio Lula da Silva, Carlos Ominami, Sergio Ramírez, Federico Storani. Rodolfo Terragno y Vicentinho. Se podrán discutir muchas cosas en relación a las ideas promovidas por los convocantes, menos su fino sentido del oportunismo: ambos fueron los heraldos de los gobiernos de “centroizquierda” (¡mucho más de centro que de izquierda!) que brotarían en la región, como la Alianza en la Argentina, el PT en Brasil (donde Mangabeira Unger se convertiría en Ministro de Asuntos Estratégicos), el Frente Amplio en Uruguay, el PAN mexicano (del cual Castañeda sería su primer canciller), amén de la ya por ese entonces establecida Concertación chilena, para no mencionar sino los casos más conocidos. 5- Sobre el tema del fracaso de los proyectos emancipatorios y la complejidad del mapa sociopolítico de América Latina y el Caribe remitimos al lector a nuestro Socialismo Siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2ª edición ampliada y actualizada, 2014), pp. 11-51. 6- Se trata, obviamente, de El Capital en el Siglo XXI (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014) 7- Hemos examinado en detalle las tesis de Laclau y Mouffe y de autores encuadrados en la misma línea de reflexión teórica en dos libros de nuestra autoría: Tras el Búho de Minerva. Mercado contra Democracia en el Capitalismo de Fin de Siglo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000). Ver asimismo mi “La verdad sobre la democracia capitalista”, en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO, 2006), disponible en http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/social/2006/boron.pdf y también Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en América Latina (Córdoba: Editorial Espartaco, 2009) y publicado en Brasil por la editorial Pao e Rosas (Río de Janeiro,2011) y en Chile, con una nueva introducción, por Ediciones Construyendo América (Santiago, 2013)  8- La metáfora es utilizada por Samuel P. Huntington en su capítulo sobre la crisis de la democracia en Estados Unidos en el libro que publicara junto a Michel Crozier y Joji Watanuki, The crisis of democracy. Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission (Nueva York, New York University Press, 1975) 9- Tom Engelhardt, “El Nuevo Orden Estadounidense”, en Rebelión (26 marzo 2015), http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196927 10- George Soros, Soros, George “Entrevista” concedida al periódico italiano La Reppublica  (Roma, 28 de enero de 1995)

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección: 
http://www.telesurtv.net/bloggers/Tangos-de-izquierda-No-batalla-de-ideas-20150403-0005.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net

Atilio Borón:Preparando la agresión militar a Venezuela


9 marzo 2015
injerencia-eeuu-venezuela
Barack Obama, una figura decorativa en la Casa Blanca que no pudo impedir que un energúmeno como Benjamin Netanyhau se dirigiera a ambas cámaras del Congreso para sabotear las conversaciones con Irán en relación al programa nuclear de este país, ha recibido una orden terminante del complejo “militar-industrial-financiero”: debe crear las condiciones que justifiquen una agresión militar a la República Bolivariana de Venezuela.

La orden presidencial emitida hace pocas horas y difundida por la oficina de prensa de la Casa Blanca establece que el país de Bolívar y Chávez “constituye una infrecuente y extraordinaria amenaza a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”, razón por la cual “declaro la emergencia nacional para tratar con esa amenaza.”
Este tipo de declaraciones suelen preceder agresiones militares, sea por mano propia, como la cruenta invasión a Panamá para derrocar a Manuel Noriega, en 1989, o la emitida en relación al Sudeste Asiático y que culminó con la Guerra en Indochina, especialmente en Vietnam, a partir de 1964. Pero puede también ser el prólogo a operaciones militares de otro tipo, en donde Estados Unidos actúa de consumo con sus lacayos europeos, nucleados en la OTAN, y las teocracias petroleras de la región. Ejemplos: la Primera Guerra del Golfo, en 1991; o la Guerra de Irak, 2003-2011, con la entusiasta colaboración de la Gran Bretaña de Tony Blair y la España del impresentable José María Aznar; o el caso de Libia, en 2011, montado sobre la farsa escenificada en Benghazi donde supuestos “combatientes de la libertad” – que luego se probó eran mercenarios reclutados por Washington, Londres y París- fueron contratados para derrocar a Gadaffi y transferir el control de las riquezas petroleras de ese país a sus amos. Casos más recientes son los de Siria y, sobre todo Ucrania, donde el ansiado “cambio de régimen” (eufemismo para evitar hablar de “golpe de estado”) que Washington persigue sin pausa para rediseñar el mundo -y sobre todo América Latina y el Caribe- a su imagen y semejanza se logró gracias a la invalorable cooperación de la Unión Europea y la OTAN, y cuyo resultado ha sido el baño de sangre que continúa en Ucrania hasta el día de hoy.
La señora Victoria Nuland, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, fue enviada por el insólito Premio Nobel de la Paz de 2009 a la Plaza Maidan de Kiev para expresar su solidaridad con los manifestantes, incluidos las bandas de neonazis que luego tomarían el poder por asalto a sangre y fuego, y a los cuales la bondadosa funcionaria le entregaba panecillos y botellitas de agua para apagar su sed para demostrar, con ese gesto tan cariñoso, que Washington estaba, como siempre, del lado de la libertad, los derechos humanos y la democracia.
Cuando un “estado canalla” como Estados Unidos, que lo es por su sistemática violación de la legalidad internacional, profiere una amenaza como la que estamos comentando hay que tomarla muy en serio. Especialmente si se recuerda la vigencia de una vieja tradición política norteamericana consistente en realizar autoatentados que sirvan de pretexto para justificar su inmediata respuesta bélica. Lo hizo en 1898, cuando en la Bahía de La Habana hizo estallar el crucero estadounidense Maine, enviando a la tumba a las dos terceras partes de su tripulación y provocando la indignación de la opinión pública norteamericana que impulsó a Washington a declararle la guerra a España. Lo volvió a hacer en Pearl Harbor, en Diciembre de 1941, sacrificando en esa infame maniobra 2,403 marineros norteamericanos e hiriendo a otros 1,178. Reincidió cuando urdió el incidente del Golfo de Tonkin para “vender” su guerra en Indonesia: la supuesta agresión de Vietnam del Norte a dos cruceros norteamericanos –luego desenmascarada como una operación de la CIA- hizo que el presidente Lyndon B. Johnson declarara la emergencia nacional y poco después, la Guerra a Vietnam del Norte. Maurice Bishop, en la pequeña isla de Granada, fue considerado también él como una amenaza a la seguridad nacional norteamericana en 1983, y derrocado y liquidado por una invasión de Marines. ¿Y el sospechoso atentado del 11-S para lanzar la “guerra contra el terrorismo”? La historia podría extenderse indefinidamente.
Conclusión: nadie podría sorprenderse si en las próximas horas o días Obama autoriza una operación secreta de la CIA o de algunos de los servicios de inteligencia o las propias fuerzas armadas en contra de algún objetivo sensible de Estados Unidos en Venezuela. Por ejemplo, la embajada en Caracas. O alguna otra operación truculenta contra civiles inocentes y desconocidos en Venezuela tal como lo hicieran en el caso de los “atentados terroristas” que sacudieron a Italia –el asesinato de Aldo Moro en 1978 o la bomba detonada en la estación de trenes de Bologna en 1980- para crear el pánico y justificar la respuesta del imperio llamada a “restaurar” la vigencia de los derechos humanos, la democracia y las libertades públicas. Años más tarde se descubrió estos crímenes fueron cometidos por la CIA.
Recordar que Washington prohijó el golpe de estado del 2002 en Venezuela, tal vez porque quería asegurarse el suministro de petróleo antes de atacar a Irak. Ahora está lanzando una guerra en dos frentes: Siria/Estado Islámico y Rusia, y también quiere tener una retaguardia energética segura. Grave, muy grave. Se impone la solidaridad activa e inmediata de los gobiernos sudamericanos, en forma individual y a través de la UNASUR y la CELAC, y de las organizaciones populares y las fuerzas políticas de Nuestra América para denunciar y detener esta maniobra.

Atilio Borón.Acotaciones sobre el golpe frustrado en Venezuela



Hace poco más de un año la derecha fascista venezolana lanzaba una nueva ofensiva dirigida a provocar la "salida" del presidente Nicolás Maduro. La "salida" era un eufemismo para designar una convocatoria a la sedición, es decir, la destitución por medios violentos, ilegales y anticonstitucionales del mandatario legal y legítimamente electo por el pueblo venezolano. Esta iniciativa fue rodeada por un halo de heroísmo por la prensa de derecha de todo el continente, que con sus engañifas y sus "mentiras que parecen verdades" -según la perspicaz expresión de Mario Vargas Llosa- intentó concretar una audaz de operación de alquimia política: convertir a un grupo de sediciosos en épicos "combatientes de la libertad". Todo esto, naturalmente, fue alentado, organizado y financiado desde la Casa Blanca que a la fecha aún no ha reconocido el triunfo de Maduro en las elecciones presidenciales del 14 de Abril del 2013. Washington ha sido en cambio veloz como un rayo para bendecir la elección de Otto Pérez Molina, un general guatemalteco involucrado en una macabra historia de represión genocida en su país; o para consagrar la elección de Porfirio Lobo en un fraudulento proceso electoral urdido por el régimen golpista que destituyó al presidente legítimo José Manuel "Mel" Zelaya y sumió a Honduras en un interminable baño de sangre. Pero una cosa son los amigos y otra muy distinta los enemigos o, mejor dicho, los gobiernos que por no arrodillarse ante los úkases imperiales se convierten en enemigos. La República Bolivariana de Venezuela es uno de ellos, al igual que nuestra Cuba, Bolivia y Ecuador. Al desconocer el veredicto de las urnas Washington no sólo transgrede la legalidad internacional sino que, además, se convierte en instigador y cómplice de los sediciosos cuya obra de destrucción y muerte cobró la vida de 43 venezolanas y venezolanos (en su gran mayoría chavistas o miembros de los cuerpos de seguridad del estado).
En estas últimas semanas Estados Unidos ha redoblado sus esfuerzos desestabilizadores, pero levantando la apuesta. Si antes procedía a través de una pandilla de sediciosos que en cualquier país del mundo estarían en la cárcel y sentenciados a cumplir durísimas condenas, hoy desconfía de sus peones venezolanos, toma el asunto en sus propias manos e interviene directamente. Ya no son aquellos obscenos paniaguados del imperio, tipo Leopoldo López, María Corina Machado o Henrique Capriles los que impulsan la desestabilización y el caos, sino la propia Casa Blanca. Un imperio "atendido por sus dueños" que descarga una batería de medidas de agresión diplomática y sanciones económicas que se montan sobre la campaña de terrorismo mediático lanzada desde los inicios de la Revolución Bolivariana hasta llegar, en los días pasados, a promover un golpe de estado en donde las huellas de la Casa Blanca aparecen por todos lados. Respondiendo a esas imputaciones la vocera del Departamento de Estado Jen Psaki dijo que eran "ridículas" y que "los Estados Unidos no apoyan transiciones políticas por medios no-constitucionales. Las transiciones políticas deben ser democráticas, constitucionales, pacíficas y legales." Es obvio que la vocera es una mentirosa serial y descarada o, hipótesis más benévola, padece de una grave enfermedad que le ha borrado la memoria de su disco duro neuronal. Para repararlo bastaría con invitarla a que vea un despacho de la CBC News que muestra a una de sus superiores, la Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, Victoria Nuland, conversando amablemente con los neonazis que ocupaban la Plaza Maidan de Kiev y exigían la renuncia del Presidente Viktor Yanukovich, cosa que lograron pocos días después luego de una serie de violentas acciones.[1] Más tarde las bandas neonazis del Pravy Sektor atacaron un local sindical en Odessa donde se agruparon los opositores al golpe perpetrado en Ucrania, le prendieron fuego y quemaron vivos una treintena de personas mientras desde afuera disparaban contra quienes trataban de huir del edificio en llamas. Esos bandidos, alentados por Washington con la presencia de Nuland, actuaron al igual que los criminales del Estado Islámico cuando capturaron a un piloto del avión caza jordano, lo encerraron en una jaula y le prendieron fuego. Esto fue una atrocidad incalificable, lo otro un lamentable incidente que apenas si mereció un comentario del Departamento de Estado. Por último, habría que recordarle a la desmemoriada vocera que fue el propio Presidente Barack Obama quien dijo que Estados Unidos "en ocasiones tuerce el brazo a los países cuando no hacen lo que queremos". Venezuela desde 1998 no hace lo que Washington quiere, y por eso trata de torcerle el brazo con una parafernalia de iniciativas dentro de las cuales ahora vuelve a incluirse, como en el 2002, el golpe militar.[2]
Algunos podrían objetar que la denuncia del gobierno bolivariano es alarmista, infundada y que no hubo tentativa golpista alguna. Quienes piensan de ese modo ignoran (o prefieren ignorar) las lecciones de la historia latinoamericana. Estas demuestran que los golpes de estado siempre comienzan como acciones puntuales, aparentemente insensatas y alocadas de un grupo, y que no deben ser tomadas en serio. Es más: se suele acusar a los gobiernos que desbaratan o denuncian este tipo de actividades-¡que son el embrión del golpe de estado!- como irresponsables que llevan zozobra a la población viendo fantasmas donde hay tan sólo un pequeño núcleo de fanáticos que desean llamar la atención de las autoridades. En todo caso, ¿cómo olvidar la labor preparatoria de la derecha venezolana cuando pocas semanas atrás invitó a los ex presidentes Andrés Pastrana, Felipe Calderón y Sebastián Piñera para visitar a Leopoldo López, con el pretexto de participar en un foro sobre el empoderamiento de la ciudadanía y la democracia? O cuando da a conocer un comunicado conjunto firmado por los principales líderes fascistas venezolanos: Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma, oportunamente fechado el 14 de Febrero y que luego de un diagnóstico apocalíptico de la realidad venezolana termina diciendo que "ha llegado la hora del cambio. El inmenso sufrimiento de nuestro pueblo no admite más dilaciones." En todo ese comunicado sólo se utilizan los términos que son marca registrada de la Casa Blanca: "transición, cambio de régimen" sin la menor alusión al referendo revocatorio, dispositivo institucional de recambio de gobierno previsto por la constitución chavista e inexistente en los países de los ex presidentes arriba mencionados, pese a lo cual se acusa a Venezuela de ser un "estado totalitario" a la vez que los países que no disponen de semejante cláusula son caracterizados como ejemplares democracias, cuyos presidentes pueden ir a la República Bolivariana a dar lecciones de democracia. ¿Por qué no se alude a ese recurso? Porque ni Washington ni sus secuaces piensan en un cambio dentro de la legalidad. El libreto imperial es el recambio violento, estilo Libia o Ucrania o, en el mejor de los casos, un "golpe parlamentario", como el que derrocó a Lugo, o en uno "judicial", como el que precipitó la caída de Zelaya.[3] ¡Olvídense de la constitución!
Recapitulando: tenemos la voluntad de Washington para acabar con el proceso bolivariano, como lo hicieron en tantos otros países; están también las tropas de choque locales, la derecha fascista o fascistoide que cuenta con un impresionante apoyo mediático dentro y fuera de Venezuela; y apareció también la vanguardia golpista que fue descubierta y desbaratada por el gobierno de Maduro. La técnica del golpe de estado enseña que hay que proceder metódicamente: siempre se comienza con un pequeño sector que toma la delantera y sirve para probar los reflejos del gobierno y la correlación de fuerzas en las calles y los cuarteles. Nunca son la totalidad de las fuerzas armadas y el bloque sedicioso quienes salen al ruedo y, al unísono, se sublevan en masa. No fue eso lo ocurrido en contra de Salvador Allende en Chile. Fue la Infantería de Marina la que a primeras horas de la mañana del 11 de Septiembre ocupó las calles de Valparaíso, desencadenando una reacción en cadena que terminó con el golpe de estado. Lo mismo ocurrió con el derrocamiento de Juan Perón en la Argentina de 1955, cuando una guarnición de Córdoba se levantó en armas. Y otro tanto se verificó en el Ecuador el 30 de Septiembre de 2010, cuando se produjo la insubordinación de la Policía Nacional que retuvo durante más de unas 12 horas en su poder al presidente Rafael Correa. La inmediata reacción popular abortó el golpe, impidiendo que la vanguardia golpista recibiera el respaldo militar y político necesario para que el proceso rematara en el derrocamiento del presidente ecuatoriano. La inacción o la subestimación oficial ante lo que al principio aparece como una manifestación extravagante, minúscula e inofensiva de una patrulla perdida es lo que termina desencadenando el golpe de estado.[4]
Cabría preguntarse por las razones de esta desorbitada reacción del imperio, evidenciada no sólo en el caso de la República Bolivariana sino también en Ucrania. La respuesta la hemos dado hace tiempo: los imperios se tornan más violentos y brutales en su fase de decadencia y descomposición.[5] Esta es una ley sociológica comprobada en numerosos casos, comenzando por la historia de los imperios romano, otomano, español, portugués, británico y francés. ¿Por qué habría de ser la excepción Estados Unidos? Máxime si se tiene en cuenta que la decadencia norteamericana –reconocida por los principales estrategas del imperio- va acompañada por una rápida recomposición de la estructura del poder mundial, en donde el fugaz unipolarismo norteamericano que brotara de las ruinas de la Unión Soviética –un infantil espejismo alentado por Bill Clinton y George W. Bush y sus inefables asesores- y que anunciaba con bombos y platillos el advenimiento del "nuevo siglo americano" se deshizo como un pequeño pedazo de hielo arrojado en las ardientes arenas del Sahara. Ahora el imperio tiene que vérselas con un mundo multipolar, con aliados más tibios y reticentes, tributarios cada vez más desobedientes y enemigos cada vez más poderosos. En ese contexto Venezuela, la primera reserva de petróleo del planeta, adquiere una importancia esencial y la reconquista de ese país no puede demorarse mucho más. O, como dice el comunicado golpista de la derecha, "sin más dilaciones."
Una última referencia tiene que ver con los blancos escogidos por los frustrados golpistas para realizar sus bombardeos. Aparte de edificios gubernamentales clave la lista incluía las instalaciones de Telesur en Caracas. Se comprenden las razones detrás de este siniestro plan pues tantos los golpistas como sus instigadores, de afuera y de adentro del país, saben muy bien el fundamental aporte de Telesur en informar desde una perspectiva nuestroamericana y en despertar y cultivar la conciencia antiimperialista en la región. Producto de la visión estratégica del Comandante Chávez, que concibió a esa empresa pública multinacional como un instrumento eficaz para librar la gran batalla de ideas en la que estamos empeñados, su gravitación internacional y su credibilidad no han dejado de crecer desde entonces. Su programación tiene un notable contenido informativo y educativo, y la capacidad de quienes allí trabajan ha permitido que millones de personas en todo el mundo puedan comprobar las mentiras propaladas por los medios del establishment. Mencionaremos sólo dos casos, de los tantos que podrían escogerse: el informe sobre el golpe de estado en contra de Zelaya, minuciosamente omitido por la televisión del sistema y cuando ya no podían ocultarlo lo tergiversaban; y el desenmascaramiento de la noticia que decía que la aviación de Gadaffi estaba bombardeando posiciones de indefensos civiles en la ciudad de Bengasi, cabecera de playa de la OTAN en su proyecto, desgraciadamente culminado exitosamente, de matar a Gadaffi y destruir Libia. Mientras toda la prensa internacional mentía alevosamente Telesur fue el único medio que durante cuatro días dijo la verdad que luego todos debieron reconocer. Que no hubo bombardeos y que los supuestos civiles indefensos eran en realidad una sanguinaria pandilla de mercenarios lanzados al saqueo y el asesinato por Estados Unidos y sus compinches europeos. Por eso los fascistas tenían a esa empresa como objetivo a destruir. Y esto es un timbre de honor del cual los colegas y amigos de Telesur pueden enorgullecerse. Habría sido motivo de preocupación que hubieran desestimado a Telesur en sus planes golpistas. Pueden decir, con orgullo, el Quijote: "ladran Sancho, señal que estamos cabalgando."

Atilio Boron: El denso diálogo EEUU-Cuba



Comenzaron este miércoles en el Palacio de Convenciones de La Habana las conversaciones para normalizar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, dando así cumplimiento a lo anunciado conjuntamente por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro el 17 de Diciembre pasado. El jueves se incorporó a la reunión Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental. Con su llegada la agenda temática se ampliará considerablemente haciendo lugar a un nutrido listado de asuntos pendientes, producto de largas décadas de confrontaciones.
El inicio de estos intercambios será apenas el primer paso de un largo y dificultoso trayecto, erizado de acechanzas. Hay quienes en Cuba y fuera de ella sostienen que la reanudación de las relaciones diplomáticas pondrá en peligro la continuidad de la Revolución al abrir la Isla a los aplastantes influjos económicos, políticos e ideológicos del imperio. Pero se equivocan: primero porque aquellos ya se hacen sentir, y bajo sus formas más perversas. ¿O es que el bloqueo no ejerce una influencia crucial, y enormemente perniciosa, sobre la economía cubana? La condición insular de Cuba, por otra parte, no la pone a salvo de las nefastas influencias de las corrientes políticas e ideológicas prevalecientes en el país del Norte o en Europa, o de las modas de diverso tipo, desde la música hasta la literatura, pasando por los gustos estéticos, los estilos de vida, la indumentaria y el arreglo personal. Y se equivocan también porque si hay algo que con certeza puede dañar irreparablemente a la Revolución Cubana es la prolongación indefinida del bloqueo, sobre todo teniendo en cuenta la lenta pero inexorable desaparición de los cubanos que nacieron poco antes o en los primeros años de la Revolución y el inevitable recambio generacional que más pronto que tarde tendrá que llevarse a cabo en su núcleo dirigente. Es menester recordar que la fortaleza de la Revolución Cubana no radica en su economía, sino en su cultura y su política; y que si resistió sin desmoronarse luego de la desintegración de la Unión Soviética y más de medio siglo de bloqueo no fue por la salud de su economía sino por la formidable solidez de una tradición político-ideológica que hunde sus raíces en la guerra de la independencia contra España, en el luminoso magisterio de Martí y en la extraordinaria obra político-pedagógica de Fidel. Para resumir: no se trata de minimizar el daño realizado por el bloqueo más prolongado de que se tenga noticia en la historia universal, y sin el cual los logros de la Revolución habrían sido aún mayores de lo que fueron. Si ahora Washington está dispuesto a ponerle fin es porque resultó ser un arma de doble filo: al intentar asfixiar a Cuba atizó las contradicciones al interior de Estados Unidos entre crecientes segmentos de la población y grupos empresariales que rechazaban esa política, y enfrentaban a los “halcones-gallina” -como los denominara el inolvidable Juan Gelman- y a la mafia de Miami, especie que afortunadamente ya se bate en humillante retirada. Enfrentaban también, hasta épocas recientes, al retrógrado establishmentmilitar y a la “comunidad de inteligencia”, por razones que, como veremos más abajo, han perdido vigencia en la coyuntura geopolítica actual. Además, para colmo de males, el bloqueo no sirvió, como lo reconocieran Obama y el Secretario de Estado John Kerry, y enrareció la relación de Washington con sus cada vez más díscolos vecinos del sur e, inclusive, con países europeos afectados, como recientemente ocurriera con Francia y Alemania, por las absurdas sanciones económicas de una legislación extraterritorial como la Ley Helms-Burton diseñada para perjudicar a Cuba pero que produce significativos “daños colaterales” en la economía de terceros países. Habrá tal vez sido obra de la “astucia de la razón” invocada por Hegel, pero lo cierto es que si el bloqueo fue concebido como una forma de aislar a Cuba quien terminó aislado fue Estados Unidos, y quien tuvo que aceptar sentarse a la mesa de negociaciones fue Washington, a pesar de haber rechazado esa invitación que le formulara el gobierno cubano durante medio siglo. No es un dato menor que las encuestas de opinión pública en Estados Unidos confirmen que dos de cada tres norteamericanos están a favor del levantamiento del bloqueo y la normalización de la relaciones con la isla rebelde.
La inminente apertura de embajadas en ambos países será el primer paso para poner fin al bloqueo. Sería un ridículo mundial que Estados Unidos estableciera relaciones diplomáticas con un país, lo que supone sujetarse a lo estipulado en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas en un marco de igualdad jurídica y respeto por la soberanía de las partes y, al mismo tiempo, mantuviera una agresiva política destinada a derrocar al gobierno con el que se está negociando la normalización de sus relaciones.
La agenda incluye numerosos ítems muy litigiosos, algunos de los cuales apenas si podemos mencionar aquí: el tema migratorio es uno de ellos, lo cual requeriría derogar la absurda legislación estadounidense en la materia. Creemos no equivocarnos si decimos que Estados Unidos es el único país del mundo que tiene no una sino dos políticas migratorias: una, exclusiva para Cuba –regida por Ley de Ajuste Cubano y la política ‘pies secos, pies mojados’ – y otra para el resto de los países. Mediante la primera se reprime la migración legal a Estados Unidos, creando tensiones para el gobierno cubano, al paso que perversamente se estimula la migración ilegal, concediéndosele a quienes llegan a sus playas la residencia, permiso de trabajo y todas las franquicias imaginables. La otra política se aplica a todos los países, que en el caso de los migrantes centroamericanos, mexicanos y caribeños, es de una extrema crueldad: no sólo que no se los recibe como a los cubanos sino que se los persigue como a bestias feroces -aún en el caso de los niños, como nos hemos enterado recientemente- y si llegan a entrar a Estados Unidos en cuanto se los descubre se los deporta sin más contemplaciones. Si a lo largo de toda su historia 223 personas cayeron en su intento por cruzar el Muro de Berlín (1961-1989), en la frontera que separa México de Estados Unidos se registraron en los últimos quince años 5.600 muertes por la misma causa. Para empeorar las cosas, el gobierno de George W. Bush puso en vigor, en el año 2006, una serie de regulaciones destinadas a fomentar la deserción de los médicos y trabajadores de la salud cubanos trabajando en el exterior, en su gran mayoría en países muy pobres y en los cuales la atención médica es un privilegio disponible para unos pocos. Pese a su calculada malevosía el plan fue un fracaso pues fue ínfimo el número de quienes cayeron en esa trampa. Casi todos los trabajadores de la salud siguieron firmes en sus puestos, fieles al noble internacionalismo de la Revolución Cubana. Todos estos asuntos que hacen a la política migratoria de Estados Unidos deberán ser sometidos a una drástica revisión en las conversaciones en curso.
Otro tema apremiante es la eliminación de Cuba de la lista de países que patrocinan al terrorismo, y que año tras año publica el Departamento de Estado. La inclusión de Cuba en esa lista es una maniobra incalificable porque ha sido un país que ha combatido como muy pocos al terrorismo y, por otra parte, uno de los que más ha sufrido a causa de ese flagelo desde los primeros días de la Revolución. Por haber ido a luchar contra esta peste en su madriguera de la Florida cinco de sus hijos purgaron largos años de injusta prisión en Estados Unidos. No deja de ser una cruel ironía que quien elabora puntualmente esa “lista negra” sea, a juicio de algunos insignes norteamericanos como Noam Chomsky, el gobierno de un país que con el paso del tiempo se convirtió en el principal terrorista del planeta y santuario y refugio de criminales como Orlando Bosch, Luis Posada Carriles y tantos otros, apañados y protegidos por importantes figuras del establishment político norteamericano. Mantener a Cuba en esa lista no es sólo una infamia sino además un factor que dificulta enormemente las relaciones económicas internacionales de La Habana ya que la somete a innumerables restricciones que se agregan a las originadas por el bloqueo.
Otro de los asuntos que deberá estar en la mesa de discusiones es el de los pasos a dar para comenzar a desarticular las políticas y regulaciones que configuran el bloqueo, y que la Casa Blanca tiene atribuciones que le permiten hacerlo, teniendo a la vista la derogación de la Ley Helms-Burton, votada en el Congreso en 1996.Tal como lo ha demostrado Salim Lamrani en un artículo reciente, el presidente Obama puede tomar algunas iniciativas que, en la práctica, relajen considerablemente los efectos asfixiantes del bloqueo. Habrá que trabajar para derogar aquella ley, pero mientras tanto es mucho lo que se puede hacer. [1] Bastaría, como lo anota Lamrani, que se levante la prohibición existente para que los estadounidenses viajen a Cuba como turistas ordinarios para derramar importantes beneficios y estímulos económicos sobre grandes sectores de la población vinculada, directa o indirectamente, con el turismo. Tan absurda es la postura actual de Washington que mientras pesa esa prohibición de viajar a Cuba cualquier ciudadano de Estados Unidos puede visitar Corea del Norte y, ni digamos, China o Vietnam sin obstáculo alguno. Si el levantamiento de esta restricción se acompaña con una política de permitir mayores adquisiciones de productos cubanos, como tabaco y ron, por ejemplo, los efectos benignos serían mayores aún. Habrá que ver si Obama tiene las agallas necesarias para afrontar esta tarea, pero presiones internas para poner fin al bloqueo procedentes del mundo empresario y, sobre todo, de la “comunidad de inteligencia” y el Pentágono, no le faltarán. Además, sería inconcebible mantener el bloqueo con un país vecino con el que se pretende normalizar las relaciones y que tiene una comunidad de inmigrantes de casi tres millones de personas concentrados en la Florida. Un mínimo de coherencia obliga a acabar con el bloqueo sin más dilaciones.
Según el muy reaccionario senador republicano Marco Rubio Washington debería incluir en la discusión con los cubanos la compensación por las propiedades o empresas de nacionales de Estados Unidos nacionalizadas en los primeros años de la Revolución. Si tal cosa llegar a ocurrir Cuba podría replicar exigiendo una compensación infinitamente mayor como reparación por medio siglo de ataques, agresiones, destrucción de propiedades, pérdida de vidas humanas; otro tanto por la invasión de Playa Girón y sus consecuencias; y, antes, por la ocupación y usurpación del territorio de Guantánamo, que debería ser reintegrado a la soberanía cubana una vez desahuciado el fraudulento tratado de 1903 mediante el cual una Cuba desangrada por la guerra contra España y cuya victoria le fuera arrebatada por Estados Unidos le arrendaba en perpetuidad la zona de la Bahía de Guantánamo. En todo caso, como se desprende de esta muy sucinta enumeración, la agenda del diálogo cubano-estadounidense promete ser muy controversial.
Al anunciar su viaje, Roberta Jacobson dijo que el día viernes desayunaría con representantes de los disidentes y los supuestos “presos políticos” cubanos luego de lo cual ofrecería una conferencia de prensa. Arduo trabajo le espera a los representantes de Cuba en la segunda ronda de conversaciones, que presumiblemente se realizaría en Estados Unidos, cuando en reciprocidad con el gesto insolente e ingerencista de Jacobson pidan desayunar también ellos con los representantes de los 474 presos políticos de los que se tiene registro en el país del Norte (con exclusión de los 5 héroes cubanos recientemente liberados), amén de muchos otros que no alcanzan todavía a ser identificados como tales. Este listado incluye a los 122 presos políticos que al día de hoy continúan aherrojados en Guantánamo violando todas las normas del debido proceso; los más de doscientos prisioneros de los pueblos originarios de Norteamérica y de los cuales jamás se habla; el caso escandaloso del patriota puertorriqueño y nuestroamericano Oscar López Rivera, recluído desde hace más de treinta años en cárceles de máxima seguridad por el crimen de luchar por la independencia de su bello país; el del soldado Bradley Manning, que hizo posible junto a otros dos que Washington arde en deseos de apresarlos a como de lugar: Julian Assange y Edward Snowden, la revelación de las siniestras maquinaciones y los crímenes que perpetra el imperialismo para sojuzgar a pueblos y naciones de todo el mundo. [2]
Para concluir: las negociaciones no serán fáciles, pero nada lo es en el mundo de la política. Conviene recordar, empero, que Washington tiene más premura que La Habana para avanzar por el camino de la normalización de las relaciones, y no por razones humanitarias, altruistas o por respeto a la legalidad internacional. En su audiencia de confirmación ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos en 2011 la señora Jacobson dijo algo cuyo profundo significado muy pocos supieron interpretar pero que ahora se torna evidente: “Las embajadas estadounidenses no son un regalo para los países. Además de las funciones consulares y otras, una embajada también puede mantener una observación cercana sobre los regímenes acusados de medidas severas contra los derechos humanos”. Jacobson expresó subliminalmente la grave preocupación de la “comunidad de inteligencia” yankee y del Pentágono por no contar con un adecuado puesto de observación en la mayor de las Antillas, con proyección sobre todo el Mar Caribe. Esto, además, en momentos en que los países que en los documentos oficiales de la CIA, la NSA y el Pentágono aparecen como los enemigos a contener y de ser posible derrotar, China y Rusia, acrecentaron significativamente su presencia en Cuba y en la cuenca del Gran Caribe. Nada mejor que una embajada para desempeñar esas “otras” funciones a la que aludía sibilinamente Jacobson y que no son otras que la recolección de inteligencia y espionaje sobre las actividades de países enemigos y el estímulo para el surgimiento de actores y fuerzas sociales que podrían convertirse en los protagonistas del tan ansiado “cambio de régimen” en Cuba, objetivo al que Washington jamás renunciará y que se estrellará, como tantas veces en el pasado, con la conciencia y la voluntad revolucionaria del pueblo cubano. Una oportuna coincidencia subraya la importancia de esta dimensión geopolítica oculta bajo el discurso de la normalización diplomática y migratoria: un día antes de que comenzaran estas conversaciones entre Cuba y Estados Unidos atracaba en el puerto de La Habana el “Viktor Leonov”, un buque de inteligencia de la Marina de Guerra de Rusia dotado de las más perfeccionadas tecnologías de vigilancia y monitoreos electrónicos. Como decía Martí, en política lo más importante es lo que no se ve, o no se habla.
* Una versión resumida de este artículo fue publicada por el diario Página/12 en su edición del jueves 21 de Enero.

Atilio Borón; El terror en París: raíces profundas y lejanas


* Una versión muy resumida de esta nota, escrita ayer “en caliente” ni bien enterado de los hechos,  fue publicada en el día de hoy, 8 de Enero de 2015, por Página/12. Ahora, con más tiempo, la doy a conocer con todos sus detalles.  
                                                                  
(Atilio A. Boron ) El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que -desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas- ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. La barbarie perpetrada en París concitó el repudio universal. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no basta con llorar, es preciso comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido? 

Cabu, Wolinski, Charb y Tignous; los dibujantes muertos por el ataque terrorista a Charlie Hebdo. Fotos: EFE


La respuesta no puede ser simple porque son múltiples los factores que se amalgamaron para producir tan infame masacre. Descartemos de antemano la hipótesis de que fue la obra de un comando de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidió aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam y también  de otras confesiones religiosas. Que son fanáticos no cabe ninguna duda. Creyentes ultraortodoxos abundan en muchas partes, sobre todo en Estados Unidos e Israel. Pero, ¿cómo llegaron los de París al extremo de cometer un acto tan execrable y cobarde como el que estamos comentando? Se impone distinguir los elementos que actuaron como precipitantes o desencadenantes  –por ejemplo, las caricaturas publicadas por el Charlie Hebdo,  blasfemas para la fe del Islam- de las causas estructurales o de larga duración que se encuentran en la base de una conducta tan aberrante. En otras palabras, es preciso ir más allá del acontecimiento, por doloroso que sea, y bucear en sus determinantes más profundos.  

A partir de esta premisa metodológica hay un factor merece especial consideración. Nuestra hipótesis es que lo sucedido es un lúgubre síntoma de lo que ha sido la política de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Es el resultado paradojal –pero previsible, para quienes están atentos al movimiento dialéctico de la historia- del apoyo que la Casa Blanca le brindó al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética a Afganistán en Diciembre de 1979, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era combinar la guerra de guerrillas librada por los mujaidines con la estigmatización de la Unión Soviética por su ateísmo, convirtiéndola así en una sacrílega excrecencia que debía ser eliminada de la faz de la tierra. En términos concretos esto se tradujo en un apoyo militar, político y económico a los supuestos “combatientes por la libertad” y en la exaltación del fundamentalismo islamista del talibán que, entre otras cosas, veía la incorporación de las niñas las escuelas afganas dispuesta por el gobierno prosoviético de Kabul como una intolerable apostasía. Al Qaeda y Osama bin Laden son hijos de esta política. En esos aciagos años de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, la CIA era dirigida por William Casey, un católico ultramontano, caballero de la Orden de Malta cuyo celo religioso y su visceral anticomunismo le hicieron creer que, aparte de las armas, el fomento de la religiosidad popular en Afganistán sería lo que acabaría con el sacrílego “imperio del mal” que desde Moscú extendía sus tentáculos sobre el Asia Central. Y la política seguida por Washington fue esa: potenciar el fervor islamista, sin medir sus predecibles consecuencias a mediano plazo.   

Horrorizado por la monstruosidad del genio que se le escapó de la botella y produjo los confusos atentados del 11 de Septiembre (confusos porque las dudas acerca de la autoría del hecho son muchas más que las certidumbres) Washington proclamó una nueva doctrina de seguridad nacional:  la “guerra infinita” o la “guerra contra el terrorismo”, que convirtió a las tres cuartas partes de la humanidad en una tenebrosa conspiración de terroristas (o cómplices de ellos) enloquecidos por su afán de destruir a Estados Unidos y el “modo americano de vida” y estimuló el surgimiento de  una corriente mundial de la “islamofobia”.  Tan vaga y laxa ha sido la definición oficial del terrorismo que en la práctica este y el Islam pasaron a ser sinónimos, y el sayo le cabe a quienquiera que sea un crítico del imperialismo norteamericano. Para calmar a la opinión pública, aterrorizada ante los atentados, los asesores de la Casa Blanca recurrieron al viejo método de buscar un chivo expiatorio, alguien a quien culpar, como a Lee Oswald, el inverosímil asesino de John F. Kennedy. George W. Bush lo encontró en la figura de un antiguo aliado, Saddam Hussein, que había sido encumbrado a la jefatura del estado en Irak para guerrear contra Irán luego del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, privando ala Casa Blanca de uno de sus más valiosos peones regionales. Hussein, como Gadaffi años después, pensó que habiendo prestado sus servicios al imperio tendría las manos libres para actuar a voluntad en su entorno geográfico inmediato. Se equivocó al creer que Washington lo recompensaría tolerando la anexión de Kuwait a Irak, ignorando que tal cosa era inaceptable en función de los proyectos estadounidenses en la región. El castigo fue brutal: la primera Guerra del Golfo (Agosto 1990-Febrero 1991), un bloqueo de más de diez años que aniquiló a más de un millón de personas (la mayoría niños) y un país destrozado. Contando con la complicidad de la dirigencia política y la prensa “libre, objetiva e independiente” dentro y fuera de Estados Unidos la Casa Blanca montó una patraña ridícula e increíble por la cual se acusaba a Hussein de poseer armas de destrucción masiva y de haber forjado una alianza con su archienemigo, Osama bin Laden, para atacar a los Estados Unidos. Ni tenía esas armas, cosa que era archisabida; ni podía aliarse con un fanático sunita como el jefe de Al Qaeda, siendo él un ecléctico en cuestiones religiosas y jefe de un estado laico.

Impertérrito ante estas realidades, en Marzo del 2003 George W. Bush dio inicio a la campaña militar para escarmentar a Hussein: invade el país, destruye sus fabulosos tesoros culturales y lo poco que quedaba en pie luego de años de bloqueo, depone a sus autoridades, monta un simulacro de juicio donde a Hussein lo sentencian a la pena capital y muere en la horca. Pero la ocupación norteamericana, que dura ocho años, no logra estabilizar económica y políticamente al país, acosada por la tenaz resistencia de los patriotas iraquíes. Cuando las tropas de Estados Unidos se retiran se comprueba su humillante derrota: el gobierno queda en manos de los chiítas, aliados del enemigo público número uno de Washington en la región, Irán, e irreconciliablemente enfrentados con la otra principal rama del Islam, los sunitas. A los efectos de disimular el fracaso de la guerra y debilitar a una Bagdad si no enemiga por lo menos inamistosa -y, de paso, controlar el avispero iraquí- la CasaBlanca no tuvo mejor idea que replicar la política seguida en Afganistán en los años ochentas: fomentar el fundamentalismo sunita y atizar la hoguera de los clivajes religiosos y las guerras sectarias dentro del turbulento mundo del Islam. Para ello contó con la activa colaboración de las reaccionarias monarquías del Golfo, y muy especialmente de la troglodita teocracia de Arabia Saudita, enemiga mortal de los chiítas y, por lo tanto, de Irán, Siria y de los gobernantes chiítas de Irak.

Fusilamiento de un policía a la salida de las oficinas de Charlie Hebdo

Claro está que el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, no se limita tan sólo a Irak o Siria. Es de más largo aliento pues procura concretar el rediseño del mapa de Medio Oriente mediante la desmembración de los países artificialmente creados por las potencias triunfantes luego de las dos guerras mundiales. La balcanización de la región dejaría un archipiélago de sectas, milicias, tribus y clanes que, por su desunión y rivalidades mutuas no podrían ofrecer resistencia alguna al principal designio de “humanitario” Occidente: apoderarse de las riquezas petroleras de la región. El caso de Libia luego de la destrucción del régimen de Gadaffi lo prueba con elocuencia y anticipó la fragmentación territorial en curso en Siria e Irak, para nombrar los casos más importantes. Ese es el verdadero, casi único, objetivo: desmembrar a los países y quedarse con el petróleo de Medio Oriente. ¿Promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia? Esos son cuentos de niños, o para consumo de los espíritus neocolonizados y de la prensa títere del imperio para disimular lo inconfesable: el saqueo petrolero.
  
El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, a poco andar los fundamentalistas sunitas exaltados como “combatientes por la libertad” y utilizados como fuerzas mercenarias para desestabilizar a Siria hicieron lo que en su tiempo Maquiavelo profetizó que harían todos los mercenarios: independizarse de sus mandantes, como antes lo hicieran Al Qaeda y bin Laden, y dar vida a un proyecto propio: el Estado Islámico. Llevados a Siria para montar desde afuera una infame “guerra civil” urdida desde Washington para producir el anhelado “cambio de régimen” en ese país, los fanáticos terminaron ocupando parte del territorio sirio, se apropiaron de un sector de Irak, pusieron en funcionamiento los campos petroleros de esa zona y en connivencia con las multinacionales del sector y los bancos occidentales se dedican a vender el petróleo robado a precio vil y convertirse en la guerrilla más adinerada del planeta, con ingresos estimados de 2.000 millones de dólares anuales para financiar sus crímenes en cualquier país del mundo. Para dar muestras de su fervor religioso las milicias jihadistas degüellan, decapitan y asesinan infieles a diestra y siniestra, no importa si musulmanes de otra secta, cristianos, judíos o agnósticos, árabes o no, todo en abierta profanación de los valores del Islam. Al haber avivado las llamas del sectarismo religioso era cuestión de tiempo que la violencia desatada por esa estúpida y criminal política de Occidente tocara las puertas de Europa o Estados Unidos. Ahora fue en París, pero ya antes Madrid y Londres habían cosechado de manos de los ardientes islamistas lo que sus propios gobernantes habían sembrado inescrupulosamente.

De lo anterior se desprende con claridad cuál es la génesis oculta de la tragedia del Charlie Hebdo. Quienes fogonearon el radicalismo sectario mal podrían ahora sorprenderse y mucho menos proclamar su falta de responsabilidad por lo ocurrido, como si el asesinato de los periodistas parisinos no tuviera relación alguna con sus políticas. Sus pupilos de antaño responden con las armas y los argumentos que les fueron inescrupulosamente cedidos desde los años de Reagan hasta hoy. Más tarde, los horrores perpetrados durante la ocupación norteamericana en Irak los endurecieron e inflamaron su celo religioso. Otro tanto ocurrió con las diversas formas de “terrorismo de estado” que las democracias capitalistas practicaron, o condonaron, en el mundo árabe: las torturas, vejaciones y humillaciones  cometidas en Abu Ghraib, Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA; las matanzas consumadas en Libia y en Egipto; el indiscriminado asesinato que a diario cometen los drones estadounidenses en Pakistán y Afganistán, en donde sólo dos de cada cien víctimas alcanzadas por sus misiles son terroristas; el “ejemplarizador” linchamiento de Gadaffi (cuya noticia provocó la repugnante carcajada de Hillary Clinton); el interminable genocidio al que son periódicamente sometidos los palestinos por Israel, con la anuencia y la protección de Estados Unidos y los gobiernos europeos, crímenes, todos estos, de lesa humanidad que sin embargo no conmueven la supuesta conciencia democrática y humanista de Occidente. Repetimos: nada, absolutamente nada, justifica el crimen cometido contra el semanario parisino. Pero como recomendaba Spinoza hay que comprender las causas que hicieron que los jihadistas decidieran pagarle a Occidente con su misma sangrienta moneda. Nos provoca náuseas tener que narrar tanta inmoralidad e hipocresía de parte de los portavoces de gobiernos supuestamente democráticos que no son otra cosa que sórdidas plutocracias. Hubo quienes, en Estados Unidos y Europa, condenaron lo ocurrido con los colegas de Charlie Hebdo por ser, además, un atentado a la libertad de expresión. Efectivamente, una masacre como esa lo es, y en grado sumo. Pero carecen de autoridad moral quienes condenan lo ocurrido en París y nada dicen acerca de la absoluta falta de libertad de expresión en Arabia Saudita, en donde la prensa, la radio, la televisión, la Internet y cualquier medio de comunicación está sometido a una durísima censura. Hipocresía descarada también de quienes ahora se rasgan las vestiduras pero no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado por Israel hace pocos meses en Gaza. Claro, Israel es uno de los nuestros dirán entre sí y, además, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, no valen lo mismo que la vida de doce franceses. La cara oculta de la hipocresía es el más desenfrenado racismo.