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Comentarios al libro de Michel Husson “El capitalismo en 10 lecciones”



 Ivan Gordillo, Viento Sur

“Un libro imprescindible” anuncia el título del excelente prólogo de Manuel Garí y Nacho Álvarez. Ciertamente, el libro del economista Michel Husson, El capitalismo en 10 lecciones /1, es del todo necesario para quienes deseen iniciarse rigurosamente en la crítica marxista del capital. Husson consigue sintetizar en 10 capítulos los elementos fundamentales para entender y criticar el capitalismo, en un volumen de fácil lectura, pensado para el público general y acompañado de las agudas ilustraciones de Charb, sin las cuales el libro no sería igual de incisivo. La propuesta del economista marxista, de origen francés, es también una buena herramienta para activistas que quieran introducir-se en la crítica de la economía política.


¿Qué es el capital?

El orden de los capítulos no es aleatorio, sigue un hilo conductor que va desplegando los elementos y categorías fundamentales para entender el capitalismo en su fase actual. La lección que abre este breve curso ilustrado de economía heterodoxa aborda de qué hablamos cuando hablamos de capitalismo como sistema económico-social. En la primera página se establece una definición de capital, como relación social basada en la propiedad de los medios de producción. Esta apropiación privada diferencia entre quienes tienen y quienes, al no tener nada, deben vender su trabajo para vivir. El capital se define como una relación social basada en la explotación; no es, entonces, sólo una cantidad de dinero ni una inversión mobiliaria, productiva o financiera. Dónde hay capital hay trabajo, y se reproduce mediante un proceso de permanente autovalorización, regido por un régimen de competencia que obliga a cada capitalista a aumentar su capital reduciendo el valor unitario de cada mercancía, y que es sacudido por sus propias contradicciones durante las crisis.

Pero esto no ha sido –ni será– siempre así, se trata de un sistema de producción histórico que, como todos los anteriores, tiene su momento de emergencia, maduración pero también de extinción. La división del trabajo y el mercado son consustanciales al capitalismo, pero también caracterizaron sociedades anteriores, en las que a diferencia del capitalismo el valor de uso regía la producción y el comercio. Si entendemos la historia como un proceso dialéctico observamos como lo viejo da paso a lo nuevo dejando siempre un sedimento donde las nuevas formas desarrolladas de relaciones sociales de la producción, el intercambio y el consumo conviven con otras más arcaicas. Husson combina varios factores para explicar el surgimiento del capitalismo: el mercantilismo de las ciudades estado entre el siglo XIV y XVI; el saqueo de las regiones descubiertas y colonizadas más allá de Europa; la posterior revolución industrial; el acceso a recursos naturales como el carbón y los progresos tecnológicos; la subsunción del trabajo al capital –especialmente a través de la mecanización de la industria–, los aumentos de productividad que esto produjo; la destrucción progresiva de los commons, es decir, las tierras y los recursos de uso colectivo propios de las sociedades campesinas, y los cambios institucionales que facilitaron la conversión de la aristocracia en burguesía agrícola e industrial. Lejos de tratarse de un proceso “natural” más bien asistimos a un proceso histórico caracterizado por la violencia estatal y el enfrentamiento entre grupos sociales. Este escenario complejo no permite explicaciones mecanicistas, monolíticas, de burda lógica monocausal. El surgimiento y expansión del capitalismo adopta diversas formas dependiendo de las peculiaridades autóctonas de cada región, influido por las nuevas características de las fases de su desarrollo por todo el planeta.

¿De dónde viene el beneficio?

¿De dónde viene el beneficio?, es el título del segundo capítulo. Como pilar fundamental de la acumulación del capital, Husson lo aborda partiendo de la noción de excedente: aquello que la sociedad produce por encima de su nivel de mera reproducción de las condiciones de existencia de los productores. En una sociedad de clases como la capitalista este excedente es apropiado por un grupo reducido dentro de ella. El apartado sobre las teorías del beneficio es sin duda uno de los mejores fragmentos del libro. Partiendo de la teoría del valor-trabajo iniciada por los clásicos Smith y Ricardo y perfeccionada por Marx, Husson consigue resumir en pocas páginas las críticas más importantes a los pilares de la teoría económica ortodoxa como el individualismo metodológico, los modelos de equilibrio, la optimización paretiana, la remuneración de los factores capital y trabajo, y la ya demostrada falaz, por los mismos keynesianos de Cambridge, teoría del capital. El autor va más allá del burdo tópico según el cual los economistas son agentes a sueldo del capital o que la mera utilización de las matemáticas en sus modelos es reaccionaria. Lo más grave de la economía dominante, denuncia, es la pretensión de que se basa en una visión científica de la sociedad y, por tanto, no intoxicada de ideología aunque sea obvio que estas afirmaciones ya están, en sí mismas, saturadas de ideología.

¿Por qué los ricos son más ricos?

La tercera lección aborda rigurosamente la evolución y profundización de las desigualdades. Para explicar por qué los ricos son mas ricos hace falta observar la estrecha relación que guardan dos características básicas del capitalismo: el aumento de la productividad y el incremento de las desigualdades. Hasta los años 70 los aumentos de productividad se veían reflejados en aumentos salariales. Después de la crisis de los 70 y la ofensiva neoliberal, los aumentos de productividad se empezaron a revertir mayoritariamente en los beneficios empresariales estancando así los salarios. De este modo las rentas del capital ganaron terreno en detrimento de las rentas salariales en el conjunto de la renta nacional. A pesar de que diversos estudios indican que el número de pobres se ha reducido en los últimos años, no es menos cierto que han aumentado exponencialmente las desigualdades sociales. Así, la pobreza relativa sigue en aumento, pues la pobreza misma no es en sí un valor estanco que se pueda considerar abstractamente, sino que está en función del conjunto de la sociedad, de su modelo de consumo y su cultura. Por ello, a pesar de la aparente paradoja, la inmensa acumulación de riqueza es la responsable de la profundización de las desigualdades. El capitalismo es enormemente excluyente y las necesidades sociales se satisfacen solo si son rentables.

¿Qué necesitamos (realmente)?

Precisamente sobre las necesidades, ¿Qué necesitamos (realmente)?, versa el cuarto capítulo. Husson muestra como los cambios en la estructura de la demanda acentúan la crisis sistémica. Se observan tres tendencias. Primero, el desplazamiento de la demanda social de los bienes manufacturados a los servicios, estos últimos caracterizados por unas tasas de productividad menores. Segundo, la reducción de la presión fiscal, al mismo tiempo que aumenta el consumo del sector público, contrarrestado parcialmente durante las últimas décadas por la ola de privatizaciones. Y tercero, la evolución de la productividad, creciente pero a un ritmo menor. La combinación de estas (contra)tendencias da lugar, según Husson, a una demanda social cada vez menos conforme con las exigencias de rentabilidad, en contradicción con las exigencias de acumulación, porque equivale a un desplazamiento hacia sectores de menor potencial productivo y de menor potencial en términos de beneficio. Dado que lo importante para el capital es la rentabilidad se intentará adecuar las necesidades a este objetivo sin considerar su satisfacción social óptima.

Una de las salidas a esta situación de estancamiento de la rentabilidad en los sectores productivos y de las rentas salariales, comentada anteriormente, es la inversión en sectores de bienes de lujo. Estos sectores son favorecidos por la desigualdad en el reparto del beneficio hacia arriba. Este proceso no es suficiente para explicar el desencadenamiento de la crisis, que veremos más adelante, pero nos muestra la transición hacia un capitalismo que acumula poco y profundiza las desigualdades y en el que su reproducción pasaría necesariamente por una involución social generalizada.

¿Qué no es mercancía?

La quinta lección: ¿Qué no es mercancía?, presenta otro de los procesos importantes en la dinámica del capital: la mercantilización de la vida. Destaca como el trabajo se ha convertido en una mercancía y como la extensión del capitalismo al conjunto del planeta ha permitido al capital hacerse con reservas inagotables de mano de obra barata mediante la disolución de las formas de vida precapitalista. Esta dinámica aumenta los ejércitos de reserva en los países desarrollados y presiona a la baja los salarios. También aborda los más recientes debates sobre la mercantilización de la naturaleza, el conocimiento, los productos inmateriales y los commons. En uno de los pasajes más interesantes, Husson recupera la crítica a la teoría ortodoxa que pretende reducir todo comportamiento humano a un cálculo individual de utilidad traducible en dinero, algo a todas luces irracional sobre todo si tratamos con bienes públicos o colectivos. Como resistencia a esta dinámica, destaca Husson, que todo progreso social, ha pasado por procesos de desmercantilización, forzosamente impuestos al capitalismo pues van en contra de su lógica profunda.

¿Es posible un capitalismo verde? 

El capítulo sexto aborda otro de los debates más en boga recientemente: ¿Es posible un capitalismo verde? Para justificar su imposibilidad, Husson analiza el efecto que tendría en la rentabilidad una hipotética reducción de la intensidad energética en la producción. Por un lado se observa que si se pretende mantener la tasa de beneficio, al mismo tiempo que se aumenta el coste por la introducción de tecnologías más limpias, indudablemente se hará a costa de las rentas salariales. Por otro lado, la rentabilidad se verá deteriorada pues productos más eficientes energéticamente tendrán un coste superior para los consumidores, y aquí es donde surgen los problemas en la realización de estas mercancías en un contexto de estancamiento salarial. Husson también critica detalladamente como las soluciones de mercado para la cuestión ecológica están condenadas al fracaso, destacando así la contradicción entre eficacia medioambiental y eficacia económica entendida, estrechamente, como la optimización del beneficio. Capitalismo verde es un oxímoron, y sus defensores olvidan que este sistema se basa en la ganancia, la competencia y la ley del valor.

¿A que conduce la globalización?

Otro de los fenómenos importantes en la historia reciente del capitalismo es abordado en la séptima lección: ¿A que conduce la globalización? En ella se describe lo que se ha llamado popularmente como la fábrica global, así como la internacionalización de la división del trabajo, el papel de las multinacionales y los movimientos de la inversión extranjera directa. Una de las consecuencias de este fenómeno ha sido la erosión de los modelos sociales, sobretodo en Europa, mucho más difíciles de defender ahora que no hay fronteras para el capital ni éste siente la presión de la existencia del antiguo bloque soviético.

El papel de Europa 

El papel de Europa y su unión económica y monetaria, abordado en el capítulo octavo, es fundamental en la historia de la globalización. Después de una breve revisión histórica desde la CECA al actual sistema euroliberal, Husson analiza las consecuencias del proceso de integración europeo. Lo que debería haber sido una senda de convergencia hacia arriba de los sistemas sociales de bienestar se ha acabado convirtiendo en la negación de esa Europa social regida por políticas económicas keynesianas. La construcción europea, particularmente la unión monetaria, tenía de entrada enormes complicaciones pues organizar un espacio económico donde coexisten países con niveles salariales y de productividad muy divergentes no es fácil sin grandes dosis de voluntad y coordinación política.

La lógica de la competencia, en plena contrarrevolución neoliberal, fue la bandera izada por los gobiernos, muchos de ellos socialdemócratas, para la mayor ola de privatizaciones de empresas y servicios públicos que jamás se haya visto. Los criterios de Maastritch fueron el corpiño definitivo para encauzar la política económica de los estados miembro: la moneda común y el pacto de estabilidad institucionalizaron la austeridad como única política económica posible. Los favorecidos, una vez más, han sido los grandes grupos empresariales que han visto flexibilizarse los mercados de trabajo y reducirse los salarios. La crisis, señala el autor, no ha hecho más que poner de manifiesto las incoherencias y asimetrías del sistema euro. Pero el objetivo del proceso de integración nunca fue tender a una mayor coordinación y convergencia, sino conseguir la liberalización económica, lógica que se acentúa tras la aplicación de las recetas de austeridad en el actual momento de crisis.

¿Qué es una crisis?

Las dos últimas lecciones abordan el fenómeno de la crisis y la recesión actual. Husson explica como la crisis es intrínseca a la dinámica capitalista y establece cuatro dimensiones para entender como las grandes crisis y sus posteriores consecuencias dieron lugar a las diferentes fases del capitalismo: régimen de acumulación (la economía), paradigma tecnológico (la técnica), regulación social (lo social) y división internacional de trabajo (lo internacional). Una de las conclusiones más contundentes es que los llamados “treinta gloriosos” fueron, en realidad, un paréntesis, una anomalía, en la historia del capitalismo. La crisis de los 70 presentó un aumento de las tasas de desempleo junto con una progresiva caída del crecimiento de la productividad. El auge del neoliberalismo puso fin al crecimiento del Estado de bienestar y estigmatizó la inflación, gran enemiga del capital financiero, que iniciaba un proceso de crecimiento y hegemonía que dura hasta nuestros días. La agenda neoliberal sirvió a los intereses del capital en un momento en que las políticas clásicas de relanzamiento de la economía no funcionaron. Esta nueva fase se caracterizó por un descenso del peso de los salarios y un alza de la tasa de beneficios, simultáneamente al estancamiento de la tasa de acumulación (inversión) y al aumento de la parte destinada a los dividendos de los accionistas. La crisis actual, en lugar de presentar un retorno al tipo de capitalismo regulado, está suponiendo una profundización de las políticas neoliberales junto con una regulación caótica incapaz de hacer frente a las contradicciones que caracterizan el capitalismo en su fase de globalización o internacionalización.

Directos al precipicio

Por último, quienes piensen que el capitalismo verá su fin tras una gran crisis que haga insoportables sus contradicciones no pueden andar más equivocados. Husson es categórico: el capitalismo no es una fruta madura y no se hundirá a pesar de su pérdida de eficacia. La idea misma de una “crisis final” es intrínsecamente absurda, porque el capitalismo no es solamente un modelo económico, sino un conjunto de relaciones sociales; y éstas sólo pueden ser cuestionadas por la iniciativa de fuerzas sociales decididas a superarlas.

La mejor contribución que se puede hacer a la crítica del capitalismo y a la construcción de una teoría que sea una enmienda a la totalidad del sistema es la adecuada explicación de cómo funciona realmente. No hay nada más frustrante y estéril que construir una teoría o emprender una acción política a partir de premisas erróneas. Es necesario conocer qué se esconde detrás de los velos ideológicos con los que se pretende naturalizar relaciones de explotación y dominación que no son más que históricas y sociales, por tanto combatibles y transformables. Para ello hay que tener conciencia de cómo funciona la sociedad, y las 10 lecciones de Husson son un buen comienzo: riguroso, pedagógico y estimulante.

30/09/2013

Ivan Gordillo miembro del Seminari D’economía Crítica Taifa 

1/ Michel Husson, El capitalismo en 10 lecciones, Los libros de Viento Sur-La Oveja Roja, Madrid, 2013.

Una Renta Básica para garantizar la existencia material de la población Daniel Raventós · Sergi Raventós · · · · 


Sin Permiso,16/06/13


Este mes de mayo la UE ha registrado la cifra más alta de desempleo desde 1995. Más de 25 millones de parados, lo que supone una tasa del 12,2%. Y en cuanto al paro juvenil, son ya más de 5,6 millones de parados menores de 25 años. Son por lo tanto frecuentes estos días algunas declaraciones institucionales pidiendo que se necesitan soluciones para el paro juvenil y que se deben aplicar medidas. Normalmente son medidas que rememoran el trabajo esclavo, como las que recomendó al actual gobernador del Banco de España hace pocos días.

Lo que sí sería una medida efectiva y contundente contra la pobreza y en favor de la existencia material de la población es la iniciativa ciudadana europea para conseguir una renta básica garantizada para toda la población, sin condiciones ni test de ingresos. La propuesta de la renta básica (RB) no ha tenido ningún tipo de publicidad en los principales medios de comunicación.

Distintas organizaciones de diversos estados como Alemania, Francia, Austria, Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, Italia y el Reino de España iniciaron esta iniciativa ciudadana europea que espera obtener un millón de firmas para que se haga un estudio de viabilidad al respecto por parte de la Comisión Europea.

La RB universal es una propuesta que ya tiene unos años de recorrido en todo el mundo. De hecho, hace años que existe una red mundial, la Basic Income Earth Network, que inició su actividad en 1986 y de la que hay 20 secciones en todo el mundo. En el Reino de España actúa desde el año 2001 bajo el nombre de Red Renta Básica.

La RB, tal como la define nuestra asociación, es un ingreso pagado por el Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente de la sociedad, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de ingresos que pueda tener, y sin importar con quien conviva.

Suele sorprender bastante su carácter universal e incondicional, lo que no significa que, a pesar de que la perciba todo el mundo, salgan todos ganando con ella. En todas las propuestas serias de financiación que pretenden redistribuir la riqueza y acabar con la pobreza, los ricos salen perdiendo. En una propuesta de financiación -por simulación econométrica- que se hizo en 2005 para Cataluña, donde se proponía una cantidad de 5.414 euros anuales para mayores de 18 años y de 2.707 para los menores, más del 60% de la población con menos renta salía ganando con la RB, y el 15% más rico salía perdiendo. El resto se quedaba igual. Actualmente se está realizando un estudio, que pronto se hará público, que actualiza la propuesta con datos ajustados a la crisis. 

La RB universal también quiere superar todos los subsidios condicionados que existen. Esto, aparte de eliminar un montón de costes administrativos, de control y de tiempo, también podría suponer una racionalización y ordenación de las diversas prestaciones, pensiones y rentas que actualmente funcionan (con cuantías por debajo del umbral de la pobreza) y que son un verdadero laberinto burocrático. Además, a menudo estas prestaciones son incompatibles con otras fuentes de ingresos provenientes del trabajo asalariado. Por esto la RB superaría las conocidas "trampas de la pobreza y del paro", que dan por sentado que al no ser acumulativas las fuentes de renta, las personas no tienen mucho estímulo para acceder a un trabajo si esto representa la pérdida de la prestación.

La RB, al ser para toda la población, también evita la estigmatización de los perceptores de prestaciones.Una RB en estos momentos sería una solución a la pobreza, pero siendo fundamental e imprescindible este objetivo y más aún hoy en medio de la crisis, también es una propuesta que quiere dotar de las condiciones materiales de existencia a toda la población. Condición a su vez que puede hacer posible la libertad real de toda la ciudadanía y residentes. Es esta característica radical de la RB la que está haciendo que esta propuesta acapare cada vez más la atención de movimientos sociales, algunos partidos políticos y de la ciudadanía en general.

Daniel Raventós es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. Su último libro es ¿Qué es la Renta Básica? Preguntas (y respuestas) más frecuentes (El Viejo Topo, 2012). Sergi Raventós es trabajador social en una fundación de salud mental. Es miembro del colectivo Dempeus per la salut pública. Forma parte de la comisión promotora de la Iniciativa Legislativa Popular por una Renta Garantizada de Ciudadanía como representante de la Red Renta Básica.

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 www.eldiario.es, 11 de junio de 2013

Desigualdad, tecnología y hambre de plusvalíaAlejandro Nadal · · · · ·  

Sin Permiso, 12/05/13

Uno de los factores determinantes de la actual crisis es la desigualdad económica que creció en el mundo en las últimas cuatro décadas. El estancamiento en los salarios condujo al endeudamiento insostenible de los hogares para mantener el nivel de consumo. Así y con burbujas especulativas se sostuvo la demanda agregada y el proceso de acumulación de capital. Pero esa modalidad de crecimiento económico se acompañó de una inestabilidad creciente en las principales economías capitalistas.

En vista de lo anterior, una pregunta clave concierne las causas de ese aumento de la desigualdad. En el medio académico convencional se ha pretendido encontrar en el cambio tecnológico la causa de esta desigualdad creciente. Esta explicación dice que las innovaciones introducidas en las últimas décadas reemplazaron el trabajo poco calificado con máquinas. Esto tuvo un doble efecto. Desvalorizó el trabajo poco calificado y redujo las oportunidades de empleo de esos trabajadores en la escala inferior de remuneraciones. Por otra parte, se incrementó la recompensa de aquéllos trabajadores de mayor calificación. Así, como los trabajadores menos calificados no pueden adquirir la capacidad técnica de manera rápida y, además, hay menos oportunidades de empleo en los niveles superiores de la escala, el cambio tecnológico transformó la escala de salarios y promovió la desigualdad en los últimos decenios.

Esta narrativa le sienta bien a la ideología neoliberal. La desigualdad sería un efecto colateral o accidental de las transformaciones en la base productiva de las sociedades. No sería la política económica perversa la que está en el origen del problema, sino un proceso natural de cambio técnico. En otras palabras, estamos frente a una explicación políticamente neutra, muy lejos de temas escabrosos como la ofensiva en contra de los sindicatos que ha dominado la política social y económica desde hace décadas.

Esta explicación sobre los orígenes de la desigualdad se encuentra en muchas investigaciones, tanto del mundo académico, como de organizaciones promotoras del neoliberalismo. Por ejemplo, la OCDE realizó una investigación en la que se concluye que el ‘progreso’ tecnológico trajo mayores recompensas para los trabajadores más calificados que para los menos preparados. Según la OCDE el proceso de innovaciones afectó la estructura de los salarios entre los trabajadores. O para decirlo de otro modo, la principal conclusión de la OCDE es que el cambio técnico afectó la desigualdad entre trabajadores.

El tema de la distribución funcional del ingreso, es decir, entre trabajadores y capitalistas, es tocado sólo tangencialmente en este tipo de estudios. Eso es realmente sorprendente si se considera que la participación de los salarios en el ingreso nacional ha sufrido una reducción significativa en las últimas décadas. Pero ese tema está cargado de implicaciones políticas y para los economistas neoclásicos es mejor dejarlo de lado.

Recurrir a la tecnología para explicar la desigualdad al interior de la clase trabajadora permite eludir el tema del impacto de la política macroeconómica sobre la distribución del ingreso. Así se evita hablar sobre cómo la prioridad de la ‘estabilidad de precios’ (lucha contra la inflación) se ha traducido en una postura de contracción fiscal y estancamiento.

Quizás el elemento de política macroeconómica que más impacto ha tenido sobre la mala distribución del ingreso es el de la política de ingresos. La represión salarial ha sido una pieza clave para contener la demanda agregada y frenar así lo que el capital financiero considera la amenaza de la inflación. Sin embargo, los estudios como el de la OCDE no contienen una discusión seria sobre este tema. No debiera sorprendernos: para la OCDE o el Banco Mundial la política macroeconómica y sus instrumentos no debe estar nunca a debate. Esto permite relegar a un segundo plano el análisis de la distribución del ingreso entre la clase capitalista y los trabajadores.

Los estudios que encuentran en el cambio técnico la principal explicación de la desigualdad adolecen de muchos defectos. En su versión más extrema (como en los trabajos de Daron Acemoglu, se pretende encontrar un proceso de cambio técnico dirigido. Hace décadas fue abandonada la pretensión de explicar el cambio técnico a través de variaciones en los precios relativos por falta de bases teóricas. Hoy vuelve a renacer ese proyecto, olvidando las viejas críticas, para explicar la desigualdad como resultado de un proyecto políticamente neutral.

Si la tecnología está relacionada con la historia de la desigualdad, debemos entonces volver la mirada hacia Marx. El capitalismo está marcado por una tendencia constante a aumentar la productividad. Es el hambre de plusvalía lo que impulsa al capitalismo a estar innovando constantemente. Y eso no sólo tiene un impacto sobre la desigualdad y la distribución funcional del ingreso. También tiene profundas consecuencias macroeconómicas que están en la raíz de la actual crisis global.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso



•¿Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis*

, por Samir Amin

* [1]
El capitalismo, un paréntesis en la historia
El principio de acumulación sin fin que define al capitalismo es sinónimo de crecimiento exponencial y este, al igual que el cáncer, conduce a la muerte. Stuart Mill, que había comprendido esto, imaginaba que un “estado estacionario” le pondría fin a este proceso irracional. Keynes compartía el optimismo de la Razón. Pero ni el uno ni el otro pudieron comprender cómo podría imponerse el necesario fin del capitalismo. Marx, al otorgarle a la lucha de clases un nuevo lugar, sí pudo imaginarse la caída de la clase capitalista, concentrada en la actualidad en manos de la oligarquía.
La acumulación, sinónimo de pauperización, dibuja el marco objetivo de las luchas contra el capitalismo. Pero esta se expresa principalmente por el contraste creciente entre la opulencia de las sociedades del centro, beneficiarias de la renta imperialista y la miseria de las sociedades de las periferias dominadas. Este conflicto se convierte en el eje central de la alternativa “socialismo o barbarie”.
El capitalismo histórico “realmente existente” se ha asociado a sucesivas formas de acumulación por apropiación (despojo), no solo en sus orígenes (“acumulación primitiva”), sino en todas las etapas de su desarrollo. Una vez constituido, este capitalismo “atlántico” partió a conquistar el mundo y a reconstruirlo a través de la permanencia de la apropiación de las regiones conquistadas, convirtiéndolas en las periferias dominadas del sistema.
Esta mundialización “victoriosa” ha probado que es incapaz de imponerse de una manera duradera. Medio siglo apenas después de su triunfo, que podía parecer inaugurar el “fin de la historia”, ya estaba cuestionada por la revolución de la semi-periferia rusa y las luchas (victoriosas) de liberación de Asia y África, la cuales escribieron la historia del siglo XX – primera ola de luchas por la emancipación de los trabajadores y de los pueblos.
La acumulación por apropiación (despojo) continúa ante nuestros ojos en el capitalismo tardío de los oligopolios contemporáneos. En los centros, la renta del monopolio, de la cual se benefician las plutocracias oligopólicas, es sinónimo de la apropiación y el despojo a todo el conjunto que conforma la base productiva de la sociedad. En las periferias, este despojo empobrecedor se manifiesta mediante la expropiación a los campesinos y por el pillaje de los recursos naturales de estas regiones. Ambas prácticas constituyen los pilares esenciales de las estrategias de expansión del capitalismo tardío de los oligopolios.
Desde esta perspectiva yo coloco como desafío principal para el siglo XXI a la “nueva problemática agraria”. El despojo a los campesinos (de Asia, África y América Latina) constituye la mayor forma contemporánea de tendencia hacia la pauperización (en el sentido que Marx le otorga a este “ley”) asociada a la acumulación. Su puesta en práctica no puede separarse de las estrategias de captación de la renta imperialista por parte de los oligopolios, con o sin biocombustibles. Yo deduzco que el desarrollo de las luchas en este terreno y las respuestas que darán en el futuro las sociedades campesinas del Sur (casi la mitad de la humanidad) dirigirán ampliamente la capacidad de los trabajadores y de los pueblos de producir avances en la ruta de la construcción de una civilización auténtica, liberada de la dominación del capital y para la cual yo no encuentro otro nombre que el del socialismo.
El saqueo de los recursos naturales del Sur, que exige el modelo de consumo dilapidador para el beneficio exclusivo de las sociedades opulentas del Norte, aniquila toda perspectiva de desarrollo digno de este nombre para los pueblos afectados y constituye, de hecho, la otra cara de la pauperización a escala mundial. Desde esta perspectiva, la “crisis de la energía” no es el producto de la reducción de ciertos recursos necesarios para su producción (el petróleo, por supuesto), ni es tampoco el producto de los efectos destructores de las formas “energívoras” de producción y consumo actuales. Esta descripción – aunque correcta – no va más allá de las evidencias banales e inmediatas. La crisis es el producto de la voluntad de los oligopolios del imperialismo colectivo, quienes pretenden el monopolio del acceso a los recursos naturales del planeta, sean o no escasos estos recursos, para poder apropiarse de la renta imperialista, aunque la utilización de estos recursos siga siendo dilapidadora y energívora, o que se vea sometida ante nuevas políticas ecologistas correctoras. Yo deduzco también que la estrategia de expansión del capitalismo tardío de los oligopolios se enfrentará necesariamente con la creciente resistencia de las naciones del Sur.
La crisis actual no es ni una crisis financiera ni la suma de crisis sistémicas múltiples, sino la crisis del capitalismo imperialista de los oligopolios, cuyo poder exclusivo y supremo está siendo cuestionado, una vez más, por las luchas de las clases populares y los pueblos y naciones de las periferias dominadas, aunque parezcan “emergentes”. Ella es simultáneamente una crisis de la hegemonía de los Estados Unidos. Capitalismo de oligopolios, poder político de las oligarquías, mundialización bárbara, hegemonía de los Estados Unidos, militarización de la gestión de la mundialización al servicio de los oligopolios, declive de la democracia, saqueo de los recursos del planeta y abandono de la perspectiva del desarrollo del Sur son indisociables.
El verdadero desafío es el siguiente: ¿lograrán estas luchas converger para abrir la vía – o las vías – a la larga ruta de la transición al socialismo mundial? ¿O continuarán separadas unas de otras, o incluso entrarán en conflicto unas con otras, y por ello, se volverán ineficaces y le dejarán la iniciativa al capital de los oligopolios?
De una larga crisis a otra
La caída financiera de septiembre de 2008 probablemente sorprendió a los economistas convencionales de la “mundialización feliz” y desorientó a algunos fabricantes del discurso liberal triunfante después de “la caída del Muro de Berlín” como nos hemos acostumbrado a decir. Si, por el contrario, el evento no nos sorprendió – nosotros lo esperábamos (sin por supuesto haber predicho la fecha, como la Sra. Soleil) - fue simplemente porque se inscribía naturalmente en el desarrollo de la larga crisis del capitalismo declinante que había comenzado en los años 70.
Sería bueno volver a comentar acerca de la primera larga crisis del capitalismo, que constituyó al siglo XX, porque es cautivante el parecido entre las etapas del desarrollo de estas dos crisis.
El capitalismo industrial triunfante del siglo XX entró en crisis a partir de 1873. Las tasas de interés cayeron, por las razones puestas en evidencia por Marx. El capital reaccionó con un doble movimiento, de concentración y expansión mundializada. Los nuevos monopolios confiscaron a su interés una renta sobre la masa de la plusvalía generada por la explotación del trabajo. Aceleraron la conquista colonial del planeta. Estas transformaciones estructurales permitieron una nueva alza de los intereses. Ellas abrieron la “época bella” – de 1890 a 1914 – que fue la de una dominación mundializada del capital de los monopolios financieros. El discurso dominante de la época elogia la colonización (misión civilizadora), califica a la mundialización como sinónimo de paz y la socialdemocracia obrera europea se adhiere a ese discurso.
Sin embargo, esta “época bella”, anunciada como “el fin de la historia” por los ideólogos de entonces, terminó en una guerra mundial, como solo Lenin pudo prever. El período siguiente, hasta el fin de la segunda guerra mundial, fue el de las “guerras y revoluciones”. En 1920, habiendo quedado aislada la revolución rusa (“eslabón más débil” del sistema), el capital de los monopolios financieros restauró contra viento y marea el sistema de la “época bella”. Restauración denunciada por Keynes en su momento y que fue la causa de la caída financiera de 1929 y de la depresión que le siguió hasta la segunda guerra mundial.
El largo siglo XX – 1873 / 1990 – fue el siglo del despliegue de la primera crisis sistémica profunda del capitalismo declinante (a tal punto que Lenin pensó que el capitalismo de los monopolios o capitalismo monopolista constituía la “fase suprema del capitalismo” y también fue el siglo de una primera ola triunfante de revoluciones anticapitalistas (Rusia, China) y de movimientos antimperialistas de los pueblos de Asia y de África.
La segunda crisis sistémica del capitalismo comienza en 1971, con el abandono de la convertibilidad oro del dólar, casi exactamente un siglo después del inicio de la primera. Las tasas de interés, de inversión y de crecimiento cayeron (mas nunca recuperaron los niveles que tuvieron entre 1945 y 1975). El capital respondió al desafío al igual que en la crisis precedente, con un doble movimiento de concentración y mundialización. Volvió a utilizar las mismas estructuras que definieron la segunda “época bella” (1990/2008) de mundialización financiera y que permitieron a los grupos oligopólicos llevarse su renta de monopolio. Los discursos de acompañamiento fueron los mismos: el “mercado” garantiza la prosperidad, la democracia y la paz; es el “fin de la historia”. Idénticas adhesiones de los socialistas europeos al nuevo liberalismo. Y sin embargo, esta nueva “época bella” estuvo acompañada desde sus inicios por la guerra, aquella del Norte contra el Sur, comenzada desde 1990. Y al igual que la primera mundialización produjo a 1929, la segunda produjo a 2008. Estamos en la actualidad en un momento crucial que anuncia la posibilidad de una nueva ola de “guerras y revoluciones”. Sobre todo porque los poderes no persiguen otra cosa que la restauración del sistema tal cual era antes de su caída financiera.
La analogía entre los desarrollos de estas dos crisis sistémicas largas del capitalismo decadente es asombrosa. Sin embargo, hay algunas diferencias cuyo alcance político es importante.
¿Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis?
Detrás de la crisis financiera, la crisis sistémica del capitalismo de los oligopolios
El capitalismo contemporáneo es de entrada y ante todo un capitalismo de oligopolios, en el amplio sentido de la palabra (en parte no lo era hasta ahora). Yo comprendo por ello que los oligopolios controlan solos la reproducción del sistema productivo en su conjunto. Ellos son “financiarizados” en el sentido que ellos solos tienen acceso al mercado de los capitales. Esta particularidad financiera le da al mercado monetario y financiero – su mercado, en el que ellos compiten – el estatus de mercado dominante, el cual construye a los mercados del trabajo y del intercambio de productos.
Esta particularidad financiera mundializada se expresa a través de una transformación de la clase burguesa dirigente, la cual se ha convertido en una plutocracia rentista. Los oligarcas no son solamente rusos, como decimos a menudo, sino más bien estadounidenses, europeos y japoneses. El declive de la democracia es el producto inevitable de esta concentración del poder para el beneficio exclusivo de los oligopolios.
Es igualmente importante precisar la nueva forma de la mundialización capitalista, que corresponde a esta transformación, en oposición a la que caracterizaba a la primera “época bella”. Yo la expreso en una frase: el paso del imperialismo conjugado en plural (el de las potencias imperialistas en conflicto permanente entre ellas) al imperialismo colectivo de la tríada (Estados Unidos, Europa y Japón).
Los monopolios que emergieron en respuesta a la primera crisis de las tasas de interés se constituyeron sobre bases que reforzaron la violencia de la competencia entre las potencias imperialistas más grandes de la época, y condujo al gran conflicto armado de 1914, seguido de la paz de Versalles y, luego, a la segunda guerra hasta 1945. Lo que Arrighi, Frank, Wallerstein y yo mismo hemos calificado desde los años 70 como la “guerra de los treinta años”, término retomado por otros después.
Por el contrario, la segunda ola de concentración oligopólica, que comenzó en los años 70, se constituyó sobre otras bases, en el marco de un sistema que yo he calificado como “imperialismo colectivo” de la tríada (Estado Unidos, Europa y Japón). En esta nueva mundialización imperialista, la dominación de los centros ya no se ejerce a través del monopolio de la producción industrial (como era antes) sino a través de otros medios (el control de las tecnologías, los mercados financieros, el acceso a los recursos naturales del planeta, la información y las comunicaciones, las armas de destrucción masiva). Este sistema que yo he calificado como “apartheid a escala mundial” implica la guerra permanente contra los Estados y los pueblos de las periferias recalcitrantes, guerra que comenzó en 1990 a través del despliegue del control militar del planeta por parte de los Estados Unidos y sus aliados subalternos de la OTAN.
La particularidad financiera de este sistema es indisociable, en mi análisis, de su carácter oligopólico afirmado. Se trata de una relación orgánica fundamental. Este punto de vista no es el que domina, no solamente en la voluminosa literatura de los economistas convencionales, sino también en la mayor parte de los escritos críticos acerca de la crisis en curso.
Es todo el sistema en su conjunto el que está ahora en dificultades
Los hechos están ahí: la caída financiera está produciendo no una “recesión” sino una verdadera depresión profunda. Pero más allá, otras dimensiones de la crisis del sistema habían emergido en la conciencia pública incluso antes de la caída financiera. Conocemos los grandes títulos – crisis energética, crisis alimentaria, crisis ecológica, cambios climáticos – y numerosos análisis de estos desafíos contemporáneos se producen cotidianamente, algunos de ellos con gran calidad.
Yo soy cuando menos crítico de ese modo de tratar la crisis sistémica del capitalismo, que ve aisladas las diferentes dimensiones del desafío. Yo redefino entonces a las “crisis” diversas como las facetas del mismo desafío, el del sistema de la mundialización capitalista (liberal o no) fundado sobre el tributo que la renta imperialista cobra a escala mundial para provecho de la plutocracia de los oligopolios del imperialismo colectivo de la tríada.
La verdadera batalla se libra en ese terreno decisivo, entre los oligopolios que buscan producir y reproducir las condiciones que le permiten apropiarse de la renta imperialista y todas sus víctimas - trabajadores de todos los países del Norte y del Sur, pueblos de las periferias dominadas y condenados a renunciar a toda perspectiva de desarrollo que sea digno de ese nombre.
¿Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis?
La fórmula fue propuesta por André Gunder Frank y por mí mismo en 1974.
El análisis que nosotros propusimos de la nueva gran crisis que estimábamos que había comenzado nos condujo a la conclusión de que el capital respondería al desafío a través de una nueva ola de concentración sobre la base de la cual procedería a deslocalizaciones masivas. Las evoluciones posteriores lo confirmaron ampliamente. El título de nuestra intervención en un coloquio organizado por Il Manifesto en Roma en esa fecha (“No esperemos 1984”, en referencia a la obra de George Orwell, provocó ronchas en esa ocasión) invitaba a la izquierda radical de la época a renunciar a socorrer al capital para buscarle “salidas a la crisis” y a comprometerse en estrategias de “salida del capitalismo en crisis”.
Yo continué en esa línea de análisis con una obstinación que no lamento. Propuse una conceptualización de las nuevas formas de dominación de los centros imperialistas fundada en la afirmación de los nuevos modos de control que sustituyen al antiguo monopolio de la exclusividad industrial, algo que la ascensión de los países calificados después como “emergentes” me confirmó. Yo califiqué a la nueva mundialización en construcción como “apartheid a escala mundial”, haciendo alusión a la gestión militarizada del planeta, que perpetuaba bajo nuevas condiciones la polarización indisociable de la expansión del “capitalismo realmente existente”.
La segunda ola de emancipación de los pueblos: ¿un “remake” del siglo XX o algo mejor?
No hay alternativas ante la perspectiva socialista
El mundo contemporáneo está gobernado por las oligarquías. Oligarquías financieras en los Estados Unidos, Europa y Japón, que dominan no solamente la vida económica, sino también la política y la vida cotidiana. Oligarquías rusas a su imagen que el Estado ruso intenta controlar. Estatocracia en China. Autocracias (a menudo escondidas detrás de algunas apariencias de democracias electorales “de baja intensidad”) dentro del sistema mundial en el resto del planeta.
La gestión de la mundialización contemporánea por parte de estas oligarquías está en crisis.
Las oligarquías del Norte cuentan con que se van a quedar en el poder cuando pase el tiempo de la crisis. Ellas no se sienten amenazadas. Por el contrario, la fragilidad de los poderes de las autocracias del Sur es bien visible. La mundialización es por ello frágil. ¿Será cuestionada por una revuelta del Sur, como fue el caso del siglo pasado? Probable, pero triste. Porque la humanidad no se comprometerá con la alternativa del socialismo, única alternativa humana ante el caos, hasta que los poderes de las oligarquías, de sus aliados y de sus servidores sean derrotados simultáneamente en los países del Norte y los del Sur.
Viva el internacionalismo de los pueblos frente al cosmopolitismo de las oligarquías.
¿Es posible “arreglar” a los oligopolios financieros y mundializados?
El capitalismo es “liberal” por naturaleza, si entendemos por “liberalismo” no el bonito calificativo que inspira el término, sino el ejercicio pleno y entero de la dominación del capital, no solamente sobre el trabajo y la economía, sino sobre todos los aspectos de la vida social. No hay “economía de mercado” (expresión vulgar para decir capitalismo) sin “sociedad de mercado”. El capital persigue obstinadamente ese único objetivo. El dinero. La acumulación en sí misma. Marx, y después de él otros pensadores críticos como Keynes, lo comprendieron perfectamente. No es el caso de nuestros economistas convencionales, incluso los de izquierda.
Ese modelo de dominación exclusiva y total del capital se impuso con obstinación por las clases dirigentes a lo largo de la crisis precedente hasta 1945. Solo la triple victoria de la democracia, del socialismo y de la liberación nacional de los pueblos permitió, de 1945 a 1980, la sustitución de ese modelo permanente del ideal capitalista por la coexistencia conflictual de tres modelos sociales regulados, que fueron el Welfare State de la social democracia del Oeste, los socialismos realmente existentes del Este y los nacionalismos populares del Sur. La caída de estos tres modelos hizo posible un retorno a la dominación exclusiva del capital, calificada como neo - liberal.
Yo asocio este nuevo “liberalismo” a un conjunto de caracteres nuevos que me parecen merecer la calificación de “capitalismo senil”. El libro que lleva ese título, publicado en 2001, era uno de los probablemente raros escritos de esa época que, lejos de ver en el liberalismo mundializado y financiero el “fin de la historia”, analizaba al sistema del capitalismo decadente como inestable, condenado al fracaso, precisamente a partir de su dimensión financiera (“su Talón de Aquiles”, escribí).
Los economistas convencionales permanecieron obstinadamente sordos ante todo cuestionamiento de sus dogmas. A tal punto de ser incapaces de prever la caída financiera de 2008. Aquellos a quienes los medios de comunicación dominantes presentaron como “críticos” merecían poco este calificativo. Stiglitz estaba convencido de que el sistema, tal como estaba – el liberalismo mundializado y financiero – podía ser arreglado mediante algunas correcciones. Amartya Sen predicó la moral sin osar pensar en el capitalismo realmente existente como era necesario.
Los desastres sociales que el despliegue del liberalismo – “la utopía permanente del capital” escribí – no dejará de provocar, inspiraron nostalgias del pasado reciente o más lejano. Pero esas nostalgias no respondieron al desafío. Porque ellas son el producto de un empobrecimiento del pensamiento crítico teórico que progresivamente se había prohibido comprender las contradicciones internas y los límites de los sistemas después de la segunda guerra mundial, por lo que las erosiones, desviaciones y caídas aparecieron como cataclismos imprevistos.
Al menos en el vacío creado por los repliegues del pensamiento teórico crítico, una toma de conciencia de las nuevas dimensiones de la crisis sistémica de la civilización encontró un medio para abrirse camino. Yo hago aquí referencia a los ecologistas. Pero los Verdes, que pretendieron distinguirse radicalmente, al igual que los Azules (conservadores y liberales) y los Rojos (socialistas) se encerraron en un callejón sin salida, en vez de integrar la dimensión ecológica en una crítica radical del capitalismo.
Todo estaba en su lugar para asegurar el triunfo – pasajero de hecho, pero que se vivió como “definitivo” – de la alternativa llamada “democracia liberal”. Un pensamiento miserable – un verdadero no pensamiento – que ignoraba lo que sin embargo Marx había dicho como decisivo con respecto a esta democracia burguesa, que ignora que aquellos que deciden no son aquellos que están afectados por sus decisiones. Aquellos que deciden tienen la libertad reforzada por el control de la propiedad y son hoy las plutocracias del capitalismo y los Estados que son sus deudores. Los trabajadores y los pueblos son sólo sus víctimas. Tales futilidades pudieron parecer creíbles, durante un tiempo, como consecuencia de las desviaciones de los sistemas resultantes después de las guerras, dada la miseria de sus dogmáticos que no lograban comprender las causas. La democracia liberal podía parecer entonces “el mejor de los sistemas posibles”.
En la actualidad los poderes, que no habían previsto nada, tratan de restaurar el mismo sistema. Su éxito eventual, como el de los conservadores de los años 20 – que Keynes denunció sin encontrar eco en su época – solo agravará la amplitud de las contradicciones que fueron la causa de la caída financiera de 2008.
No menos grave es el hecho de que los economistas de “izquierda” se han adherido desde hace tiempo a lo esencial de las tesis de la economía vulgar y han aceptado la idea – errónea – de la racionalidad de los mercados. Ellos han concentrado sus esfuerzos en la definición de las condiciones de esta racionalidad, abandonando a Marx juzgado como “obsoleto” – quien descubrió la irracionalidad de los mercados desde el punto de vista de la emancipación de los trabajadores y los pueblos. En su perspectiva, el capitalismo es flexible, se ajusta a las exigencias del progreso (tecnológico e incluso social) si se le obliga. Estos economistas de “izquierda” no estaban preparados para comprender que la crisis que estalló era inevitable. Estaban aún menos preparados para enfrentar los desafíos a los cuales se enfrentaron los pueblos. Al igual que los otros economistas vulgares, buscaron reparar los desgastes sin comprender que era necesario, para hacerlo con éxito, comprometerse con otra vía – la de sobrepasar las lógicas fundamentales del capitalismo. En lugar de buscar salir del capitalismo en crisis, pensaron poder salir de la crisis del capitalismo.
La crisis de la hegemonía de los Estados Unidos
La reciente reunión del G20 (Londres, abril de 2009) no detonó de ninguna manera una “reconstrucción del mundo”. Y quizás no fue casualidad que después de ella vino la de la OTAN, brazo armado del imperialismo contemporáneo, y por el reforzamiento de su compromiso militar en Afganistán. La guerra permanente del “Norte” contra el “Sur” debe continuar.
Ya sabíamos que los gobiernos de la tríada – Estados Unidos, Europa y Japón – perseguían el objetivo exclusivo de una restauración del sistema tal y como había sido antes de septiembre de 2008 y no hay que tomar con seriedad las intervenciones en Londres del presidente Obama y de Gordon Brown de una parte y de Sarkozy y Ángela Merkel por otra, las cuales estuvieron destinadas a divertir al público. Las “diferencias” pretendidas, acusadas por los medios de comunicación, sin consistencia real, respondían solo a las necesidades de los dirigentes involucrados de sentirse valorados por sus opiniones ingenuas. “Refundar el capitalismo”, “moralizar las operaciones financieras”: grandes palabras para evitar abordar las verdaderas cuestiones. Es por ello que la restauración del sistema, lo cual no es imposible, no resolverá ningún problema, sino que más bien agravará la gravedad. La “comisión Stiglitz”, convocada por las Naciones Unidas, se inserta en esta estrategia de construir un engaño. Evidentemente no podíamos esperar otra cosa de las oligarquías que controlan los poderes reales y sus deudores políticos. El punto de vista que yo desarrollé, que coloca el acento en las relaciones entre la dominación de los oligopolios y la particularidad financiera necesaria de su gestión de la economía mundial - indisociables el uno del otro – fue bien confirmado por los resultados del G 20.
Más interesante aún es el hecho de que los líderes de los “países emergentes” invitados guardaron silencio. Una sola frase inteligente fue pronunciada a lo largo de esa gran jornada circense, fue dicha por el presidente chino Hu Jintao, que observó como de paso, sin insistir y con una sonrisa (¿irónica?) que habría que terminar por concebir la puesta en marcha de un sistema financiero mundial que no fuese fundado sobre el dólar. Algunos pocos comentarios inmediatamente hicieron la asociación – correcta – con las propuestas de Keynes en 1945.
Este “señalamiento” nos llama a la realidad: la crisis del sistema del capitalismo de los oligopolios es indisociable del hecho que la hegemonía de los Estados Unidos está al borde del colapso. Pero ¿quién tomará el relevo? Ciertamente no será “Europa”, la cual no existe fuera del atlantismo y no nutre ninguna ambición de independencia, como la asamblea de la OTAN lo ha demostrado más de una vez. ¿China? Esta “amenaza” que los medios de comunicación invocan hasta la saciedad (un nuevo “peligro amarillo”) sin dudas para legitimar el alineamiento atlantista, no tiene fundamentos. Los dirigentes chinos saben que su país no tiene los medios, y ellos no tienen la voluntad. La estrategia de China es contentarse con obrar por la promoción de una nueva mundialización, sin hegemonías. Algo que ni los Estados Unidos ni Europa consideran aceptable.
Las probabilidades entonces de un desarrollo posible en tal sentido reposan enteramente en los países del Sur. Y no es casualidad que la UNCTAD sea la única institución de la familia de las Naciones Unidas que ha tomado iniciativas muy diferentes a las de la comisión Stiglitz. No es casualidad que su director, el tailandés Supachai Panitchpakdi, considerado hasta ese día un neoliberal, haya osado proponer en el informe de la organización titulado “The Global Economic Crisis” y con fecha de marzo de 2009, avances realistas que se inscriben en la perspectiva de un segundo momento del “despertar del Sur”.
China por su parte ha comenzado la construcción – progresiva y regulada – de sistemas financieros regionales alternativos sin el dólar. Iniciativas que completan, en el plano económico, la promoción de alianzas políticas del “Grupo de Shanghai”, mayor obstáculo al belicismo de la OTAN. La asamblea de la OTAN, reunida en la misma etapa en abril de 2009, confirmó la decisión de Washington de no comenzar su desmovilización militar, sino por el contrario, de acentuar su ampliación, siempre bajo el pretexto falaz de la lucha contra el “terrorismo”. El presidente Obama desplegó todo su talento para intentar salvar el programa de Clinton, luego de Bush, de control militar del planeta, único modo de prolongar los días de la amenazada hegemonía americana. Obama marcó puntos y obtuvo la capitulación sin condiciones de la Francia de Sarkozy – fin del Gaullismo – que se reintegró al mando militar de la OTAN, algo que era difícil cuando Washington hablaba a través de Bush, desprovisto de inteligencia pero no de arrogancia. Para colmo, Obama actuó, al igual que Bush, dando lecciones. Sin respetar “la independencia” de Europa, invitó a que fuese aceptada Turquía dentro de la Unión Europea.
Hacia una segunda ola de luchas victoriosas por la emancipación de los trabajadores y de los pueblos.
¿Son posibles nuevos avances en las luchas de emancipación de los pueblos?
La gestión política de la dominación mundial del capital de los oligopolios es necesariamente de una violencia extrema. Porque para conservar sus posiciones como sociedades opulentas, los países de la tríada imperialista están obligados a reservarse para su exclusivo beneficio el acceso a los recursos naturales del planeta. Esta nueva exigencia es la causa de la militarización y la mundialización, algo que yo he calificado como el “imperio del caos” (título de uno de mis libros publicado en 2001), expresión que después ha sido retomada por otros.
En el camino de despliegue del proyecto de Washington de control militar del planeta, de conducir para ello “guerras preventivas” bajo el pretexto de la “lucha contra el terrorismo”, la OTAN se ha autocalificado como la “representante de la comunidad internacional” y ha marginado a la ONU, única institución calificada para hablar en su nombre.
Por supuesto, los objetivos reales no pueden ser confesados. Para ocultarlos, las potencias involucradas han elegido instrumentar el discurso de la democracia y se han concedido el “derecho de intervención” para imponer el “respeto de los derechos humanos” ¡!.
Paralelamente, el poder absoluto de las nuevas plutocracias oligárquicas ha dejado sin contenidos a la práctica de la democracia burguesa. En tanto que antes la gestión exigía la negociación política entre las diferentes componentes sociales del bloque hegemónico necesario para la reproducción del poder del capital, la nueva gestión política de la sociedad del capitalismo de los oligopolios, instaurada como consecuencia de una despolitización sistemática, ha fundado una nueva cultura del “consenso” (modelo de los Estados Unidos) que sustituye al ciudadano activo por el consumidor y el espectador político, como condición para una democracia auténtica. Este “virus liberal” (para retomar el título de mi libro publicado en 2005) elimina la apertura de opciones alternativas posibles y sustituye el consenso por el solitario respeto del procedimiento de la democracia electoral.
El declive y la caída de los tres modelos de la gestión social evocados anteriormente es la causa de este drama. La página de la primera ola de luchas por la emancipación se cerró, la de la segunda ola aún no se abre. En la penumbra que las separa se “dibujan monstruos” como dice Gramsci.
En el Norte estas evoluciones son la causa de la pérdida de sentido de las prácticas democráticas. El retroceso se oculta en las pretensiones de un discurso llamado “post – modernista”, según el cual las naciones y las clases sociales le han dejado su lugar al “individuo”, el cual se ha convertido en el sujeto activo de la transformación social. En el Sur otras ilusiones ocupan la escena. Ya sea que se trata de la ilusión de un desarrollo capitalista nacional autónomo dentro de la mundialización, potente para las clases dominantes y medias de los países “emergentes”, e incitado por el éxito inmediato logrado en las últimas décadas. O se trata de ilusiones nostálgicas (para - étnicas o para – religiosas) en los países abandonados a su suerte.
Más grave aún es el hecho de que las evoluciones incitan a la adhesión general a la “ideología del consumo”, a la idea de que el progreso se mide según el crecimiento cuantitativo de éste. Marx demostró que el modo de producción es el que determina el consumo y no a la inversa, como lo pretende la economía vulgar. La perspectiva de una racionalidad humanista superior, fundada en el proyecto socialista, se pierde entonces de vista. El potencial gigantesco que la aplicación de las ciencias y de la tecnología ofrecen a la humanidad entera y que debería permitir la plenitud real de los individuos y las sociedades, tanto en el Norte como en el Sur, se disipa en las exigencias de su sometimiento ante las lógicas de la búsqueda sin fin de la acumulación de capital. Más grave aún, el progreso continuo de la productividad social del trabajo se asocia a un despliegue vertiginoso de los mecanismos de pauperización (visibles a escala mundial, entre otros, por la ofensiva generalizada contra las sociedades campesinas), tal y como Marx lo había comprendido.
La adhesión a la alienación ideológica producida por el capitalismo no marca solo a las sociedades opulentas de los centros imperialistas. Los pueblos de las periferias, en su mayoría ampliamente privados del acceso a niveles de consumo aceptables, enceguecidos en sus aspiraciones a lograr niveles de consumos análogos a los del Norte opulento, pierden la conciencia de que la lógica del desarrollo del capitalismo histórico hace imposible la generalización del modelo al planeta entero.
Comprendemos entonces las razones por las cuales la caída financiera de 2008 ha sido el resultado exclusivo de la agudización de las contradicciones internas propias a la acumulación de capital. Ahora bien, solo la intervención de fuerzas portadoras de una alternativa positiva permite imaginar la salida del simple caos producido por la agudización de las contradicciones internas del sistema (en este espíritu, yo he opuesto la “vía revolucionaria” al modelo de la sucesión de un sistema históricamente obsoleto por la “decadencia”). Y, en la actualidad, los movimientos de protesta social, a pesar de su visible crecimiento, permanecen en su conjunto incapaces de cuestionar el orden social asociado al capitalismo de los oligopolios, a falta de un proyecto político coherente que esté a la altura de los desafíos.
Desde este punto de vista la situación actual es muy diferente a la que prevalecía en los años 30, cuando se enfrentaron las fuerzas portadoras de las opciones socialistas y los partidos fascistas, produciéndose la respuesta nazi, el New Deal y los Frentes populares.
La agudización de la crisis no podrá ser evitada, incluso en el caso de la hipótesis de un éxito eventual – pero no imposible – de una corrección al sistema de dominación del capital de los oligopolios. En estas condiciones la radicalización posible de las luchas no es una hipótesis imposible, aunque los obstáculos serían considerables.
En los países de la tríada esta radicalización implicará debatir la expropiación de los oligopolios, algo que parece imposible en un futuro visible. En consecuencia, no hay que desechar la hipótesis de que a pesar de las turbulencias provocadas por la crisis, la estabilidad de las sociedades de la tríada no se verá amenazada. El riesgo de un “remake” de la ola de luchas de emancipación del siglo pasado, es decir, el cuestionamiento del sistema exclusivamente desde algunas de sus periferias, es muy serio.
Una segunda etapa del “despertar del Sur” (para retomar el título de mi libro publicado en 2007, que ofrece una lectura del período de Bandoung como el primer momento de este despertar) está por venir. En la mejor de las hipótesis, los avances producidos en esas condiciones podrían obligar al imperialismo a retroceder, a renunciar a su proyecto demente y criminal del control militar del planeta. Y en esta hipótesis el movimiento democrático de los países del centro podría contribuir positivamente al éxito de esta neutralización. Además, el retroceso de la renta imperialista beneficiaría a las sociedades concernidas, producto de la reorganización de los equilibrios internacionales a favor del Sur (en particular de China) y podría perfectamente ayudar al despertar de una conciencia socialista. Pero, por otra parte, las sociedades del Sur quedarían confrontadas a los mismos desafíos que en el pasado, produciendo éstos los mismos límites a sus avances.
Un nuevo internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos es necesario y posible.
El capitalismo histórico es todo lo que queramos excepto duradero. Él es solo un breve paréntesis en la historia. Su cuestionamiento fundamental – que nuestros pensadores contemporáneos, en su gran mayoría, no imaginan ni “posible” ni incluso “deseable” – es, sin embargo, la condición inevitable para la emancipación de los trabajadores y de los pueblos dominados (los de las periferias, el 80% de la humanidad). Y ambas dimensiones del desafío son indisolubles. No habrá salida del capitalismo si solo luchan los pueblos del Norte o si solo luchan los pueblos dominados del Sur. Solo habrá salida del capitalismo cuando, o en la medida que, estas dos dimensiones del mismo desafío se articulen. No es necesariamente “cierto” que esto ocurra, entonces en ese caso el capitalismo será “sobrepasado” por la destrucción de la civilización (más allá del malestar en la civilización, para emplear los términos de Freud) y quizás de la vida en el planeta. El escenario de un “remake” posible del siglo XX quedará entonces más allá de las exigencias de un compromiso de la humanidad en la larga ruta de la transición al socialismo mundial. El desafío es el de la construcción/reconstrucción permanente del internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos frente al cosmopolitismo del capital oligárquico.
La construcción de este internacionalismo solo puede concebirse a través del éxito de los nuevos avances revolucionarios (como los que se vislumbran en América Latina y en Nepal), que abren la perspectiva de sobrepasar al capitalismo.
En los países del Sur el combate de los Estados y las naciones por una mundialización negociada sin hegemonías – forma contemporánea de la desconexión – sostenido por la organización de las reivindicaciones de las clases populares puede circunscribir y limitar los poderes de los oligopolios de la tríada imperialista. Las fuerzas democráticas en los países del Norte deben apoyar este combate. El discurso “democrático” propuesto, y aceptado por la mayoría de las izquierdas tales como son en la actualidad, las intervenciones “humanitarias” conducidas en su nombre, así como las prácticas miserables de la “ayuda”, desvían de sus consideraciones a la confrontación real del desafío.
En los países del Norte los oligopolios son visiblemente “bienes comunes” cuya gestión no puede ser solo confiada a los intereses particulares (cuya crisis ha demostrado resultados catastróficos). Una izquierda auténtica debe tener la audacia de concebir su nacionalización, primera etapa ineludible en la perspectiva de su socialización a través de las prácticas democráticas. La crisis actual permite concebir la cristalización posible de un frente de fuerzas sociales y políticas que una a todas las víctimas del poder exclusivo de las oligarquías actuales.
La primera ola de luchas por el socialismo, la del siglo XX, demostró los límites de las socialdemocracias europeas, de los comunistas de la tercera internacional y de los nacionalismos populares de la era de Bandoung, el declive y luego la caída de sus ambiciones socialistas. La segunda ola, la del siglo XXI, debe aprenderse estas lecciones. En particular asociar la socialización de la gestión económica y profundizar la democratización de las sociedades. No habrá socialismo sin democracia, pero igualmente no hay avances democráticos fuera de la perspectiva socialista.
Estos objetivos estratégicos invitan a pensar en la construcción de las “convergencias en la diversidad” (para retomar la expresión del Fórum Mundial de Alternativas), formas de organización y de luchas de las clases dominadas y explotadas. No está en mi intención condenar de entrada aquellas formas que, a su manera, se acercarán o alejarán de las tradiciones socialdemócratas, los comunismos y nacionalismos populares. En esta perspectiva, me parece necesario pensar en la renovación de un marxismo creador. Marx nunca ha sido más útil y necesario para comprender y transformar el mundo, hoy tanto o más que ayer. Ser marxista es partir de Marx y no quedarse en él. O en Lenin o en Mao, como lo concibieron y practicaron los marxismos históricos del siglo pasado. Es darle a Marx el lugar que merece: la inteligencia de haber comenzado un pensamiento crítico moderno, crítico de la realidad capitalista y crítico de sus representaciones políticas, ideológicas y culturales. El marxismo creador debe tener como objetivo enriquecer sin vacilación este pensamiento crítico por excelencia. No debe temer integrar todos los aportes a la reflexión, en todos los dominios, incluyendo los aportes que han sido considerados, equivocadamente, como “extranjeros” por los dogmáticos de los marxismos históricos del pasado.
[1] Original en francés. Traducción al castellano: Dra. Juana Elvira Suárez Conejero, colaboradora de Pasado y Presente XXI.Domingo 15 de noviembre de 2009 
Nota: Las tesis presentadas en este artículo han sido desarrolladas por el autor en su obra La crisis, salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis (editorial Le Temps des Cerises, París, 2009).