Declaración de la Asamblea de los Movimientos Sociales - FSM 2015


Túnez 27 de marzo

Nosotras y nosotros, nos hemos reunido en la Asamblea de los Movimientos Sociales, durante el Foro Social Mundial de Túnez 2015, teniendo en cuenta toda nuestra diversidad para construir una agenda común de luchas contra el capitalismo, el imperialismo, el patriarcado, el racismo y todas las formas de discriminación y de opresión.

Hemos construido una historia y un trabajo en común que ha permitido avances, con la esperanza de conseguir la victoria contra el sistema dominante y poder concretar alternativas en pro de un desarrollo socialmente justo y respetuoso de la naturaleza.

Los pueblos de todo el mundo sufren actualmente los efectos del agravamiento de una profunda crisis del capitalismo, en la que sus agentes (bancos, transnacionales, conglomerados mediáticos, instituciones internacionales) buscan potenciar sus beneficios a costa de una política intervencionista y neocolonialista, con la complicidad de gobiernos neoliberales.

Guerras, ocupaciones militares, tratados neoliberales de libre comercio (Transatlántico, Transpacífico, ALECA, UE-MERCOSUR <http://cadtm.org/Mercosur,1074>, ADE, e Israel-MERCOSUR y diferentes tratados bilaterales) y políticas de austeridad se traducen en paquetes económicos que privatizan los bienes comunes<http://cadtm.org/Bienes-comunes> y los services publiques, rebajan los salarios, violan los derechos, multiplican el desempleo, aumentan la precariedad y la sobrecarga de las mujeres en el trabajo de los cuidados, y destruyen la naturaleza.

Estas políticas neoliberales afectan con intensidad tanto a los países del Sur como a los países del Norte, aumentando las migraciones, los desplazamientos forzados, los desalojos, el endeudamiento, y las desigualdades sociales. Refuerzan el conservadurismo y el control sobre el cuerpo y la vida de las mujeres. Además, nos imponen la “economía verde”, como falsa solución a la crisis ambiental y alimentaria, que no solo agrava el problema, sino que resulta en la mercantilización, privatización y financiarización de la vida y de la naturaleza.

Afirmamos que los pueblos no son responsables de esta crisis y por lo tanto no deben pagar sus consecuencias. No hay salida posible dentro del sistema capitalista. Aquí, en Túnez, nos reafirmamos en nuestro compromiso para la construcción de una estrategia común de combate contra el capitalismo. Y por ello, los movimientos sociales luchamos:

● Contra las transnacionales y el sistema financiero (FMI <http://cadtm.org/Fondo-monetario-internacional>, BM y OMC <http://cadtm.org/Organizacion-Mundial-del-Comercio>), principales agentes del sistema capitalista, que privatizan la vida, los servicios públicos y los bienes comunes como el agua, el aire, la tierra, las semillas, los recursos minerales, promueven las guerras, violan los derechos humanos y saquean los recursos. Las transnacionales reproducen las prácticas extractivistas perjudiciales para la vida, acaparan nuestras tierras y desarrollan semillas y alimentos transgénicos que privan a los pueblos de su derecho a la alimentación y destruyen la biodiversidad.

Luchamos por la anulación de la deuda <http://cadtm.org/Deuda> ilegitima y odiosa que hoy es instrumento global de dominación, de represión y de asfixia económica y financiera de los pueblos. Rechazamos los tratados de libre comercio que los Estados y las transnacionales nos imponen y afirmamos que es posible construir una integración de otro tipo, por los pueblos y para los pueblos, basada en la solidaridad y en la libertad de circulación para todos los seres humanos.

Apoyamos el llamamiento a una jornada de acción <http://cadtm.org/Accion> internacional contra los tratados de libre comercio prevista para el día 18 de abril de 2015

● Por la justicia climática y la soberanía alimentaria, porque sabemos que el calentamiento global es resultado del sistema capitalista de producción, distribución y consumo. Las transnacionales, las instituciones financieras internacionales y los gobiernos a su servicio no quieren reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Denunciamos la “economía verde” y rechazamos todas las falsas soluciones a la crisis climática como los agrocombustibles, los organismos genéticamente modificados, la geoingeniería y los mecanismos del mercado de carbono, como el REDD (reducción de Emisiones debido a la Deforestación y a la Degradación), que ilusionan a poblaciones empobrecidas con el progreso, mientras privatizan y mercantilizan los bosques y territorios donde han vivido miles de años.

Defendemos la soberanía alimentaria y la agricultura campesina que son la solución real a la crisis alimentaria y climática, y que significan también el acceso a la tierra para la gente que la trabaja.

Llamamos a una gran movilización sobre el clima para el mes de diciembre de 2015 en París. En paralelo a la COP21. Hagamos de 2015 el año de las movilizaciones de los movimientos sociales en todo el mundo por la justicia climática.

● Contra la violencia hacia las mujeres, que se ejerce con regularidad en los territorios ocupados militarmente, pero también contra la violencia que sufren las mujeres cuando son criminalizadas por participar activamente en las luchas sociales. Luchamos contra la violencia doméstica y sexual que se ejerce sobre ellas cuando son consideradas como objetos o mercancías, cuando la soberanía sobre sus cuerpos y su espiritualidad no es reconocida. Luchamos contra el tráfico de mujeres, niñas y niños.

Defendemos la diversidad sexual, el derecho a la autodeterminación de género, y luchamos contra la homofobia y la violencia sexista.

Llamamos a apoyar las acciones de la 4ª Marcha Mundial de Mujeres entre marzo y octubre de 2015.

● Por la paz y contra la guerra, el colonialismo, las ocupaciones y la militarización de nuestros territorios. Denunciamos el falso discurso en defensa de los derechos humanos y de la lucha contra los integrismos, que muchas veces justifica las intervenciones militares. Defendemos el derecho de los pueblos a su autodeterminación y a su soberanía. Denunciamos la instalación de bases militares extranjeras utilizadas para fomentar conflictos, controlar y saquear los recursos naturales y promover dictaduras en diversas partes del mundo.

Exigimos reparaciones para todos los pueblos del mundo víctimas del colonialismo

● Por la democratización de los medios de comunicación masivos y por la construcción de medios alternativos, que son fundamentales para derrocar la lógica capitalista.

● Por la resistencia y la solidaridad: Luchamos por la libertad de poder organizarnos en sindicatos, movimientos sociales, asociaciones y en cualquier otra forma de resistencia pacífica.

Denunciamos el aumento de la represión contra los pueblos rebeldes, los arrestos, encarcelamientos y asesinatos de activistas, estudiantes y periodistas, así como la criminalización de nuestras luchas.

Inspirada en la historia de nuestras luchas y en la fuerza renovadora del pueblo en las calles, la Asamblea de los Movimientos Sociales convoca a todas y todos a desarrollar acciones, coordinadas en todo el mundo, durante una semana global de luchas contra el capitalismo, del 17 al 25 de octubre de 2015.

¡Movimientos sociales de todo el mundo, avancemos hacia la unidad global para derrotar al sistema capitalista!

Reforcemos nuestra solidaridad con los pueblos del mundo que combaten cotidianamente contra el imperialismo, el colonialismo, la explotación, el patriarcado, el racismo y la injusticia, en Túnez, Palestina, Kurdistán, Siria, Irak, Libia, Grecia, España, Burkina Faso, Malí, República Democrática del Congo, en el África central, en el Sahara occidental…

¡Viva la lucha de todos los pueblos!

¡Los pueblos unidos jamás serán vencidos!

Emir Sader El neocolonialismo intelectual

La izquierda occidental tuvo siempre un fuerte acento eurocentrista. Las mismas definiciones de izquierda y de derecha de Europa se han difundido por todo el mundo


La izquierda europea fue básicamente socialista – o social demócrata – y comunista. Tenía como sus componentes esenciales a sindicatos y a partidos políticos – con representación parlamentaria, disputando elecciones, aliados entre sí. Y grupos más radicales, en general trotskistas, que eran parte del mismo escenario político e ideológico.

Como uno de sus componentes –que se volvería un problema– el nacionalismo fue clasificado como una ideología de derecha, por su modalidad chovinista en Europa. La responsabilidad atribuida a los nacionalismos en las dos guerras mundiales ha consolidado esa clasificación.

En otros continentes, especialmente en América Latina, esa clasificación aparecía como esquemática, mecánica. La inadecuación de ese esquema se fue volviendo cada vez más clara, conforme surgían fuerzas y liderazgos nacionalistas.

Ocurre que en Europa la ideología de la burguesía ascendente fue el liberalismo, oponiéndose a las trabas feudales para la libre circulación del capital y de la mano de obra. El nacionalismo se ubicó a la derecha del espectro político e ideológico, exaltando a los valores nacionales de cada país en oposición a los de los otros países y, más recientemente, oponiéndose a la unificación europea, porque debilita a los Estados nacionales.

Mientras que en la periferia del capitalismo, el nacionalismo y el liberalismo tienen rasgos distintos, hasta opuestos a los que tienen en Europa. El liberalismo fue la ideología de los sectores primario exportadores, que vivían del libre comercio, expresando los intereses de las oligarquías tradicionales, del conjunto de la derecha. El nacionalismo, al contrario de Europa, siempre tuvo un componente antimperialista.

La izquierda europea tuvo grandes dificultades con el nacionalismo y el liberalismo en regiones como América Latina. Como uno de los errores provenientes de la visión eurocéntrica, líderes como Perón y Vargas alcanzaron a ser comparados por PCs de América Latina con dirigentes fascistas europeos –como Hitler y Mussolini– por su componente nacionalista y anti-liberal. A la vez, varias fuerzas liberales latinoamericanas fueron aceptadas en la Internacional Socialista porque estarían defendiendo sistemas políticos “democráticos” (en realidad, liberales) en contra de “dictaduras”, que serían protagonizadas por líderes nacionalistas con sus carismas y su supuesta ideología “populista” y autoritaria.

Procesos como las revoluciones mexicana, cubana, sandinista, y liderazgos nacionalistas como los mencionados, fueron difícilmente asimilables por la izquierda tradicional, por las improntas eurocéntricas de esta. Lo mismo ocurre, de cierta forma, con las características de la izquierda latinoamericana del siglo XXI, con la cual la izquierda tradicional europea tiene dificultades para comprender su carácter y sus luchas.

Esas mismas limitaciones afectan a la intelectualidad de izquierda europea, que ha heredado el eurocentrismo y lo ha adaptado a sus visiones de América Latina. Por una parte, están los intelectuales socialdemócratas que, en tanto esta corriente ha asumido el neoliberalismo, han perdido cualquier posibilidad de comprender a América Latina y la izquierda pos neoliberal de nuestra región.

Pero hay también los intelectuales francotiradores  o vinculados a corrientes de ultra izquierda europea, que lanzan sus análisis críticos sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos, con gran desenvoltura, diciendo lo que esos gobiernos harían de equivocado, lo que debieran hacer, lo que no debieran hacer, etc., etc. Hablan como si sus tesis hubieran sido confirmadas en algún lugar, sin poder presentar ningún ejemplo concreto de que sus ideas hayan cuajado y demostrando así que se adecuarían mejor a la realidad que los caminos que esos gobiernos siguen.

Se preocupan de las tendencias “caudillistas”, “populistas”, de líderes latinoamericanos, juzgan a esos procesos a partir de lo que dicen que serían los intereses de tal o cual movimiento social o de una u otra temática. Tiene dificultad para comprender el carácter nacionalista, antimperialista, popular, de los gobiernos pos neoliberales, sus procesos concretos de construcción de una hegemonía alternativa en un mundo todavía muy conservador. Sobrevuelan a las realidades como pájaros, elogian algo, luego critican, sin identificarse profundamente con el conjunto de esos movimientos, que son la izquierda del siglo XXI. Pasa el tiempo y esas visiones eurocéntricas no resultan en construcción concreta alguna, porque son impotentes para captar los nervios contradictorios de la realidad para, a partir de ella, proponer alternativas que puedan ser asumidas por el pueblo.

Se comportan como si fueran “consciencias críticas de la izquierda latinoamericana” y como si necesitáramos de ellas, como si no tuviéramos consciencia de las razones de nuestros avances, de los obstáculos que tenemos por delante y de las dificultades para superarlos. Mientras que sus voces no solo no pueden presentar resultados de sus análisis ni en sus propios países – que pueden ser Francia, Portugal, Inglaterra u otro país – en los que se supone sus ideas debieran tener resultados, como tampoco logran explicar –y ni siquiera abordar– las razones por las cuales, en sus propios países,  la situación de la izquierda es incomparablemente peor que en los países latinoamericanos que ellos critican.

Son actitudes que cargan todavía el paternalismo del eurocentrismo y que se dirigen hacia América Latina no para aprender sino con una postura de profesor, como si fueran portadores de un conjunto de conocimientos y de experiencias victoriosas, a partir de las cuales dictarían cátedra sobre nuestros procesos. Representan, de hecho, a pesar de las apariencias, formas de la vieja izquierda, que no ha hecho la autocrítica sobre sus errores, derrotas y retrocesos. Que no están abiertos a aprender de las nuevas experiencias latinoamericanas.

El aura académica no logra esconder las dificultades que tienen para comprometerse con los procesos concretos y, a partir de ellos, participar de la construcción de las alternativas.

Cada vez presentan menos interés análisis que no desembocan en propuestas concretas de trasformación de la realidad. Las posturas críticas permanecen en el plano de teorías intranscendentes, sin ninguna capacidad de apropiarse de la realidad concreta, menos todavía de transformarla. Para retomar el viejo y siempre actual esquema: sus ideas jamás se transforman en fuerza material, porque nunca penetran en las masas.

- Emir Sader, sociólogo y cientista político brasileño, es coordinador del Laboratório de Políticas Públicas de la Universidade Estadual do Rio de Janeiro (Uerj).

Atilio Borón¿Tangos de izquierda? No, batalla de ideas







 El pasado domingo 29 de marzo el semanario Miradas al Sur publicó una nota de Miguel Russo titulada “Debate sobre el debate” en la cual se refería a la controversia suscitada en torno al Foro Emancipación e Igualdad que sesionó en Buenos Aires entre el 12 y el 14 de ese mismo mes. (1) En ella menciona un texto de mi autoría -que circuló exclusivamente por las redes sociales y algunos periódicos digitales- en donde se vuelcan unas pocas reflexiones sobre el “Manifiesto de Buenos Aires” dado a conocer por los organizadores una vez finalizado el evento. (2) Para ilustrar  los alcances de las divergentes posturas al respecto Russo alude a un artículo escrito por José Steinsleger en el periódico mexicano La Jornada el 25 del mismo mes. (3) Interesado en conocer una opinión distinta lo busqué y al hallarlo tropecé con algo insólito.


 Esperaba un artículo en el que se cuestionase mi interpretación con argumentos razonados y nuevas evidencias pero, en cambio, encontré un texto que comienza con una pieza ficcional en la cual soy objeto de un ataque en donde se ridiculiza mi persona y que oficia como preámbulo a una serie de aseveraciones reveladoras de un intelecto que parece movido más que nada por el odio y el resentimiento y dotado de un infrecuente desprecio por las reglas de la lógica y los datos de la experiencia. Sobre el ataque personal no voy a hablar. Dejo a los lectores interesados la ingrata tarea de repasar esas líneas y juzgar por su cuenta la espesura moral de quien las escribió. 


Paso por ello a referirme al contenido de las ocurrencias, que no ideas, expuestas en esa nota. Primero  debo decir que mi crítico confunde un acontecimiento como el Foro con un texto, el “Manifiesto de Buenos Aires” (MBA), redactado como supuesto producto de aquél. Si el evento fue valioso por la diversidad de opiniones, enfoques teóricos y experiencias concretas aportadas por los participantes, el MBA es exactamente lo contrario: una etérea reflexión disociada de las apasionantes intervenciones escuchadas en ese encuentro y centrada sobre generalidades y cuestiones abstractas. Es debido a esto que las cosas no son llamadas por su nombre, se apela a claudicantes eufemismos (por ejemplo, se habla de “países poderosos” que motorizan una ofensiva destituyente contra algunos gobiernos latinoamericanos en lugar de decir “Estados Unidos”) y las principales categorías teóricas del pensamiento crítico brillan por su ausencia. No voy a repetir aquí lo dicho en el breve texto que enfureció a mi censor, pero en lo esencial esa era la tesis que desarrollaba en ese escrito. 


Esperaba, reconozco ahora que con ingenuidad, que el debate propuesto hubiese sido aceptado. La respuesta hasta ahora ha sido el silencio y un ataque personal. Parece que el disenso y la controversia -aún al interior de un amplio campo ocupado por ideas de izquierda, progresistas o populistas- producen un malestar intolerable en algunos espíritus y ante la falta de argumentos se apela a la descalificación personal.          Habiendo establecido que mi crítica se dirige al MBA y no a la realización del Foro paso al segundo tema. Luego del ataque el columnista de La Jornada se embarca en una serie de consideraciones de fondo. Ofrece, para comenzar, una curiosa tipología de la izquierda latinoamericana, dividida en cuatro categorías: una “idealista”, otra “realista”, una tercera “heroica” y una cuarta que no tiene nombre, aunque presumiblemente estaría refiriéndose a las transformaciones políticas, sociales y económicas en curso en América Latina y el Caribe desde comienzos del siglo. 


Pues bien: como lo sabe cualquier alumno de ciencias sociales que pretenda aprobar su primer examen de Metodología de la Investigación las categorías de una tipología deben ser mutuamente excluyentes y exclusivas. En caso contrario la construcción se derrumba bajo el peso  de sus propias inconsistencias y el valor heurístico de la taxonomía se extravía en la confusión general. Por eso al leer el aporte esclarecedor de mi crítico vino a mi mente un pasaje de “El Idioma Analítico de John Wilkins”, cuento en el cual Jorge Luis Borges habla de una enciclopedia china que en una entrada del “Emporio celestial de conocimientos benévolos” clasifica a los animales del siguiente modo:  “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.” 

La tipología en cuestión tiene la misma falla: sus categorías no son ni excluyentes ni exclusivas, y un caso concreto puede caber en más de una. No sólo eso: tampoco se explicitan los criterios de clasificación ni aporta ejemplos que permitan ponderar su validez y su fecundidad interpretativa.   En su nota el crítico dice textualmente que “en el siglo pasado, la mesa de las izquierdas latinoamericanas tuvo cuatro patas: la idealista (que imaginó el socialismo brotando naturalmente del capitalismo), la realista (que aupó burocracias políticas increíbles con pretextos ideológicos creíbles), la heroica (que cayó en el precipicio) y la que, interpelando a sus compañeras, cruzó el Rubicón del nuevo siglo.” Y a renglón seguido agrega que “la primera fracasó por ilusa, la segunda por antidemocrática, la tercera por arrogante, y la cuarta se pregunta hoy hasta dónde es razonable seguir divagando en los qué hacer, cuando los pueblos apenas pueden resolver las cosas diarias del hacer.”  


Al igual que el MBA mi censor se refugia en la vaguedad porque se abstiene de señalar  quienes son las figuras prototípicas –líderes, partidos, movimientos o procesos- que caben en cada una de sus categorías. ¿Quién en Latinoamérica imaginó al socialismo como floración del capitalismo? Juan B. Justo, en la Argentina de inicios del siglo veinte. Correcto, pero, ¿sólo él? ¿Cuántos más cayeron, ayer y hoy, en esa vieja trampa y cuya expresión actual es el “posibilismo”? Por otro lado, ¿quiénes son los realistas, los heroicos y los que ayer atravesaron el Rubicón? ¿Dónde colocaría en su tipología a Fidel, al Che, a Allende, a Bosch, a Chávez, a Evo, a Correa, a Chafik Handal, a Farabundo Martí, a Sandino, a Marulanda, a Raúl Sendic (padre, ¡no al hijo!), a Luiz Carlos Prestes, al Subcomandante Marcos, para quedarnos en esta parte del mundo y no indagar sobre la pertinencia de esas categorías para clasificar a personajes como Lenin, Trotsky, Bujarin, Rosa Luxemburg, Gramsci, Mao, Ho Chi Mihn, Lumumba, Mandela y tantos otros. ¿Cuáles son los criterios de clasificación? Peor aún: ¿no hubo acaso izquierdistas que fueron idealistas y simultáneamente heroicos luchadores por el socialismo y la revolución? 

¿Quiénes son los Julio César actuales, que cruzaron el Rubicón desembarazándose de esas “fijaciones de las izquierdas”, como el Manifiesto Comunista, para abrazar al “Consenso de Buenos Aires”, esa nefasta traducción de la tercera vía de Tony Blair, Gerhard Schröder, Bill Clinton y compañía que Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger propusieran a fines del 1997 a un conjunto de políticos latinoamericanos. ¿No han caído, algunos de ellos, en el atolladero del idealismo “posibilista”, en la quimera de un “capitalismo racional” humanizable? (4)

 Aún más desafortunadas son sus ocurrencias a la hora de identificar las causas del fracaso de todas las izquierdas latinoamericanas, a excepción de las de su preferencia. Lamentablemente nuestro autor se abstuvo de definir sus contornos, pero sospechamos que abarcarían un heterogéneo espectro que iría desde los gobiernos “progresistas” del Cono Sur (Argentina, Brasil, Uruguay, Chile) que se proponen solucionar la cuadratura del círculo construyendo un “capitalismo serio y racional” hasta el chavismo, el gobierno de los movimientos sociales de Evo Morales y la “revolución ciudadana” de Rafael Correa que tienen como horizonte la instauración de distintas variantes de un socialismo bolivariano y antiimperialista adaptado a las condiciones imperantes en la época actual. 

Va de suyo que las diferencias entre ambos proyectos: “capitalismo racional” o “socialismo del siglo veintiuno” es lo suficientemente significativa como para que carezca de sentido incluirlos dentro de una misma categoría sociopolítica. Sin embargo, mi censor parece no estar interesado en esas minucias. En la oscuridad de la noche, dice el refrán, todos los gatos son pardos. ¿Fracasaron los idealistas sólo porque eran unos ilusos? No podemos saberlo, porque ignoramos de quienes está hablando. ¿Aconteció lo mismo con los realistas por su talante pretendidamente antidemocrático? Tampoco lo sabemos, si bien tenemos algunas sospechas que precipitarían nuevos cuestionamientos que por ahora nos reservamos para otra ocasión. ¿Fracasó la izquierda heroica -que en el aquí y ahora de Nuestra América tiene una referencia emblemática en Ernesto “Che” Guevara- por su arrogancia? ¿Fue la soberbia del “guerrillero heroico” la que acabó con su vida? ¿No será que la guerra de contrainsurgencia lanzada por Estados Unidos tuvo algún papel en el trágico desenlace de la epopeya del Che? 

En este caso no sólo estaríamos en presencia de un diagnóstico erróneo sino también indignante por la pedantería de quien se arroga el papel de “censor de revolucionarios” o “inspector de revoluciones”, un vicio bastante extendido entre quienes jamás protagonizaron una y miraron todas desde afuera. No tenemos información, al momento de escribir estas líneas, sobre el juicio que le merece a Steinsleger la suerte corrida por el heteróclito conglomerado de la izquierda que cruzó el Rubicón. 

En suma: son demasiados los interrogantes que quedan sin respuesta y que cuestionan de raíz la fecundidad de esta tipología. (5) Dos últimas consideraciones. Una sobre el marxismo, esa molesta “fijación de las izquierdas” que tanto escandaliza a nuestro crítico y que recomienda someter a urgente revisión. Lamento (por él, no por mí) decirle que hasta hoy el marxismo es la única crítica radical de la sociedad capitalista y que, en consecuencia, sin esta tradición intelectual y política, teórica y práctica a la vez, cualquier cuestionamiento al orden del capital es, como decía Marx, una “jeremiada”, una protesta insanablemente superficial porque soslaya la cuestión fundamental de una sociedad construida sobre el irresoluble conflicto entre quienes sólo pueden sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo y la cada vez más pequeña minoría que dispone de los recursos suficientes para comprarla. 

Puede argüirse que con el marxismo sólo no basta para dar cuenta de la complejidad actual dEste sofisma continúa vigente en el mundo actual, y si algo ha ocurrido con el advenimiento del neoliberalismo ha sido la decadencia de las instituciones de la democracia. Es precisamente por esto que han comenzado a surgir voces de alarma ante la degradación de la democracia en Estados Unidos -que solía ser ensalzada como la más perfecta encarnación de ese tipo de régimen político- hoy convertida en una prosaica plutocracia. La decisión de la Corte Suprema de ese país de proteger el derecho de propiedad y derogar, en consecuencia, la legislación que imponía un tope al financiamiento que personas y empresas podían destinar a las campañas políticas ha convertido a la antigua competencia por los votos de la ciudadanía en un nostálgico anacronismo. Ahora lo que cuenta es la lucha por recaudar fondos ilimitados entre los muy ricos y las grandes empresas. Es decir, quien aspira a gobernar Estados Unidos se ofrece al servicio del mejor postor, que primero financiará su campaña política y luego exigirá las retribuciones del caso por medio de contratos, licencias, subsidios y toda la parafernalia de argucias con las cuales la Casa Blanca recompensa a sus mentores y financistas. La democracia se recorta desde arriba, otorgándole poderes inconmensurables a los ricos y a las corporaciones; y desde abajo, debilitando la eficacia de la influencia que pudiera ejercer la ciudadanía. Como dice Tom Engelhardt, uno de los observadores más agudos de la sociedad norteamericana, la próxima elección presidencial en Estados Unidos se decidirá al interior del 1 % más rico del país. En sus propias palabras, “la primera etapa de las primarias, la que cuenta, se celebra entre un pequeño grupo de millonarios y multimillonarios , una nueva casta adinerada que personalmente, o mediante complejas redes de donantes, invierten miles de millones de dólares en las campañas de los candidatos que han decidido apoyar. Por eso la primera etapa de las primarias –que este año es sobre todo un asunto republicano– está teniendo lugar en destinos turísticos como Las Vegas, Rancho Mirage, California o Island Sea (Georgia), tal y como los medios han informado ampliamente. En estas ‘contiendas’ participan políticos serviles que están a disposición de los ricos y poderosos, reflejándose en ello nuestro nuevo sistema electoral del 1%.” (9)  

Por lo tanto, la clásica fórmula acuñada por Abraham Lincoln para definir la democracia: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha sido impiadosamente sepultada y sustituida por “gobierno del gran capital, por el gran capital y para el gran capital” o, si se prefiere, “gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.”  No es este el lugar para abrumar al lector con citas y referencias bibliográficas, pero bastaría con que mi crítico hubiera leído algo de lo publicado por autores tan notables como Sheldon Wolin, Peter Dale Scott, Jeffrey Sachs (¡si, el mismísimo Jeffrey Sachs!), Noam Chomsky y, en Europa,  Ellen Meiksins Wood y Giovanni Vattimo entre tantos otros para percatarse de esta contradicción que condena aún a las democracias formales del capitalismo a su progresiva inanición y a ser reemplazadas por una desembozada y ostentosa plutocracia. Si hubiera procedido de esta manera se habría evitado el bochorno de escribir que en el capitalismo se puede “profundizar la democracia” -y construir una sociedad que luche eficazmente contra la desigualdad- como si la cisura estructural que opone propietarios versus no propietarios de los medios de producción pudiese tolerar de brazos cruzados un desenvolvimiento político que, llevado a sus límites, acabaría con el despotismo del capital. Toda la evidencia disponible confirma que hoy los “capitalismos democráticos” son menos democráticos que antaño, y que la tendencia no es hacia la profundización de la democracia o su radicalización sino exactamente hacia su contrario: la instauración de omnipotentes plutocracias. El financista George Soros tuvo un rapto de franqueza al reconocer esta tendencia y decir que los pueblos votan cada dos o cuatro años, pero “los mercados votan todos los días”.

 Es más, según él “los mercados fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares que, sin embargo, son indispensables.” (10) el orden social burgués, y que otras perspectivas teóricas (como el feminismo radical, el ecologismo anticapitalista y el pensamiento postcolonial, por ejemplo) son también necesarias. Es cierto: pero también lo es que sin el marxismo y su visión de la dialéctica histórica como una totalidad surcada por permanentes contradicciones ninguna de estas otras perspectivas -para ni hablar las que provienen del saber convencional de las ciencias sociales o del pensamiento único- puede ofrecer una explicación mínimamente satisfactoria para entender los problemas y desafíos de la sociedad contemporánea. 

El señalamiento de las contradicciones del capitalismo, que no han hecho sino agravarse con el paso del tiempo, es el telón de fondo del Manifiesto Comunista cuya actualidad ha sido ratificada en estos días por el famoso libro de Thomas Piketty. A pesar de la distancia que el economista francés toma del marxismo, su obra corrobora empíricamente el acierto de los pronósticos de Marx y Engels que, con singular clarividencia, identificaron como una de las tendencias históricas fundamentales del capitalismo la creciente polarización económica y el incremento de la desigualdad, término amable a menudo utilizado por algunos analistas y gobernantes para no hablar lisa y llanamente de “explotación”.(6)  Pese a ello esta fecunda tradición teórica es descalificada como una “fijación” decimonónica que debe ser arrojada al “museo de antigüedades” junto con, dice nuestro crítico, una bula papal emitida poco después de la publicación del Manifiesto consagrando la virginidad de María. 

Paralelismo absurdo, que revela el sesgo reaccionario y antimarxista que informa su perspectiva política.   Segunda consideración: nuestro autor afirma, y cito, “los sufrimientos que a escala industrial están convirtiendo al mundo en cósmica fosa neoliberal podrían ser conjurados si lo revolucionario se tomara como sinónimo de democracia radical.” Gracias a un truco del lenguaje la revolución, es decir, la cruenta y laboriosa construcción de un nuevo orden social en donde las clases sometidas y dominadas comienzan a escribir su historia a partir de la supresión de toda forma de explotación y opresión, se identifica con  -y agota en- ¡la radicalización de la democracia! Este es un viejo e insostenible argumento originalmente expuesto por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en varias de sus obras y retomado como principio cardinal por el funesto “Consenso de Buenos Aires”.

 En este documento, ya citado, se dice que “la misión de la izquierda consiste en confrontar la desigualdad al combatir el dualismo mediante la profundización de la democracia.”  Así, mediante una prestidigitación terminológica mi censor reintroduce subrepticiamente, veinte años después, la misma fallida receta que Castañeda y Mangabeira Unger proponían  para acabar con los “sufrimientos” producidos por el capitalismo (más no para superar al sistema capitalista) a los políticos “sensatos y racionales” reunidos en Buenos Aires. ¿Así que de eso se trata? Toda esta corriente de pensamiento -que a falta de mejor nombre podríamos denominarla como “socialdemocracia vergonzante”- parece ignorar que el capitalismo y la democracia son incompatibles y que la profundización o radicalización de la democracia no es una meta alcanzable  modificando las instituciones políticas sino que sólo podrá lograrse si se avanza en la desmercantilización de la vida social, rompiendo los férreos moldes clasistas de la democracia burguesa e instaurando una democracia emancipada de las restricciones que, por diversos conductos, el capitalismo impone a la democracia. (7) 

Esto es, desmantelando sin pausa el proceso por el cual en las últimas décadas la educación, la salud, la recreación, la cultura, la seguridad social y las más diversas esferas de la sociedad fueron integradas a lo que István Mészáros denominara “el metabolismo del capital” que, cual moderno Leviatán, convirtió antiguos derechos   -tanto formales como consuetudinarios- en mercancías. Sólo bajo esta condición podría detenerse la regresión de las democracias cada vez más “secuestradas” por las megacorporaciones, todo lo cual confirma plenamente que el avance y la profundización del capitalismo tuvo como contrapartida el vaciamiento y la crisis del proyecto democrático.

 En este sentido hay una innegable involución política y social en los capitalismos democráticos. Estados Unidos, los países europeos y Japón atestiguan, con diversas tonalidades, la intensidad de esta decadencia.  Obsérvense los lamentables alcances de este proceso en España (para ni hablar de casos más espectaculares y ominosos como Grecia) donde la infame Ley Mordaza recientemente sancionada es apenas el último eslabón de una larga secuencia de degradación de la vida democrática que tiene su origen en los Pactos de la Moncloa, lo que demuestra que la recomendación emitida por los teóricos de la Comisión Trilateral no cayó en saco roto y conserva una deplorable actualidad. 

En el contexto de los años setentas del siglo pasado, signado por la estanflación que agobiaba a los capitalismos desarrollados y por las renovadas protestas sociales, ese organismo estableció que los déficits democráticos eran causados por las “excesivas” demandas de la ciudadanía y no por la intransigencia del capital ante una eventual reducción de su tasa de ganancia. De este diagnóstico se desprendía una consigna política muy clara: había que enfrentar esa crisis recortando los “excesos” democráticos. Obrar de otro modo, es decir, “profundizando la democracia” para reconstruir su dañada legitimidad, equivalía a pretender apagar un incendio arrojando gasolina a las llamas. (8) Los gobiernos que asumieron el poder poco después en Estados Unidos (Ronald Reagan) y el Reino Unido (Margaret Thatcher) y muchos otros, tanto en los capitalismos desarrollados como en los periféricos, siguieron al pie de la letra ese consejo. Mismo que también le había ofrecido Friedrich von Hayek al dictador chileno Augusto Pinochet cuando dijo que un buen liberal siempre tiene que estar dispuesto, cuando las circunstancias así lo requieran, a sacrificar la democracia -al fin y al cabo una conveniencia- en el altar de la libertad de mercado, una innegociable necesidad.

 Según el economista austríaco el sacrificio sería temporario porque siendo esta última madre de todas las libertades, la restauración del libre mercado más pronto que tarde abriría la puerta al florecimiento de la libertad política y la democracia. Este sofisma continúa vigente en el mundo actual, y si algo ha ocurrido con el advenimiento del neoliberalismo ha sido la decadencia de las instituciones de la democracia. Es precisamente por esto que han comenzado a surgir voces de alarma ante la degradación de la democracia en Estados Unidos -que solía ser ensalzada como la más perfecta encarnación de ese tipo de régimen político- hoy convertida en una prosaica plutocracia. La decisión de la Corte Suprema de ese país de proteger el derecho de propiedad y derogar, en consecuencia, la legislación que imponía un tope al financiamiento que personas y empresas podían destinar a las campañas políticas ha convertido a la antigua competencia por los votos de la ciudadanía en un nostálgico anacronismo. Ahora lo que cuenta es la lucha por recaudar fondos ilimitados entre los muy ricos y las grandes empresas. Es decir, quien aspira a gobernar Estados Unidos se ofrece al servicio del mejor postor, que primero financiará su campaña política y luego exigirá las retribuciones del caso por medio de contratos, licencias, subsidios y toda la parafernalia de argucias con las cuales la Casa Blanca recompensa a sus mentores y financistas. La democracia se recorta desde arriba, otorgándole poderes inconmensurables a los ricos y a las corporaciones; y desde abajo, debilitando la eficacia de la influencia que pudiera ejercer la ciudadanía. Como dice Tom Engelhardt, uno de los observadores más agudos de la sociedad norteamericana, la próxima elección presidencial en Estados Unidos se decidirá al interior del 1 % más rico del país. En sus propias palabras, “la primera etapa de las primarias, la que cuenta, se celebra entre un pequeño grupo de millonarios y multimillonarios , una nueva casta adinerada que personalmente, o mediante complejas redes de donantes, invierten miles de millones de dólares en las campañas de los candidatos que han decidido apoyar. Por eso la primera etapa de las primarias –que este año es sobre todo un asunto republicano– está teniendo lugar en destinos turísticos como Las Vegas, Rancho Mirage, California o Island Sea (Georgia), tal y como los medios han informado ampliamente. En estas ‘contiendas’ participan políticos serviles que están a disposición de los ricos y poderosos, reflejándose en ello nuestro nuevo sistema electoral del 1%.” (9)  Por lo tanto, la clásica fórmula acuñada por Abraham Lincoln para definir la democracia: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha sido impiadosamente sepultada y sustituida por “gobierno del gran capital, por el gran capital y para el gran capital” o, si se prefiere, “gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.”  

No es este el lugar para abrumar al lector con citas y referencias bibliográficas, pero bastaría con que mi crítico hubiera leído algo de lo publicado por autores tan notables como Sheldon Wolin, Peter Dale Scott, Jeffrey Sachs (¡si, el mismísimo Jeffrey Sachs!), Noam Chomsky y, en Europa,  Ellen Meiksins Wood y Giovanni Vattimo entre tantos otros para percatarse de esta contradicción que condena aún a las democracias formales del capitalismo a su progresiva inanición y a ser reemplazadas por una desembozada y ostentosa plutocracia. Si hubiera procedido de esta manera se habría evitado el bochorno de escribir que en el capitalismo se puede “profundizar la democracia” -y construir una sociedad que luche eficazmente contra la desigualdad- como si la cisura estructural que opone propietarios versus no propietarios de los medios de producción pudiese tolerar de brazos cruzados un desenvolvimiento político que, llevado a sus límites, acabaría con el despotismo del capital. 

Toda la evidencia disponible confirma que hoy los “capitalismos democráticos” son menos democráticos que antaño, y que la tendencia no es hacia la profundización de la democracia o su radicalización sino exactamente hacia su contrario: la instauración de omnipotentes plutocracias. El financista George Soros tuvo un rapto de franqueza al reconocer esta tendencia y decir que los pueblos votan cada dos o cuatro años, pero “los mercados votan todos los días”. Es más, según él “los mercados fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares que, sin embargo, son indispensables.” (10) Concluyo con una breve anotación. Repito: el Foro estuvo muy bien; el problema es el “Manifiesto de Buenos Aires”. 

 La imprescindible “batalla de ideas” a la que nos convocara Fidel requiere la más amplia apertura del debate al interior de las fuerzas de izquierda. Su clausura sólo traerá como consecuencia el empobrecimiento ideológico y la debilidad política porque no se podrá derrotar al imperialismo con fórmulas huecas, abstracciones brillantes y claudicantes eufemismos. Cierro esta nota citando un pasaje del texto que precipitara el enojo de mi crítico y que ilustra esta preocupación: “en una coyuntura como la que hoy marca a fuego a Latinoamérica y el Caribe, y dada la brutal agresión que está sufriendo entre nosotros la República Bolivariana de Venezuela, el documento se despliega sin hacer absolutamente ninguna mención a la ofensiva destituyente y al golpismo en tiempo real en curso en la patria de Bolívar y Chávez, bajo la dirección general de la Casa Blanca. Tampoco hace un llamado para convocar a una solidaridad militante en defensa de la Revolución Bolivariana y para poner fin a más de medio siglo de bloqueo integral en contra de Cuba, repudiando al mismo tiempo la artimaña de Washington de ofrecer la zanahoria a la isla caribeña y pegar con el garrote a Venezuela. Tampoco se alude en el texto al ominoso proceso de fascistización que avanza  con inusitada fuerza en Brasil y que el pasado domingo sobrepasara antiguas cotas; o a la ofensiva destituyente en marcha en la Argentina con el monopolio mediático y el poder judicial como arietes; o a las perspectivas de una “restauración conservadora” tal como la denunciara con nombre y apellido el presidente Correa en varios países del área; o a la imparable expansión de las bases militares norteamericanas, cerca de ochenta ya, instaladas en casi todos los países del área y que más pronto que tarde entrarán en acción. …

. Se habla, eso sí, de la necesidad de criticar el contenido y el régimen de propiedad de los medios de comunicación, pero nada se dice …  del asesinato de tres periodistas de Guatemala durante la misma semana en que se reunía el Foro y las decenas de mujeres y hombres de prensa acribillados por el paramilitarismo en Honduras, México y Brasil, entre los casos más lacerantes.  Se repudian “enérgicamente los intentos destituyentes por parte de los países poderosos” (sic), pero sin subrayar el siniestro papel que Estados Unidos viene desempeñando en Nuestra América desde 1823 en adelante. Porque, ¿qué otro “país poderoso” ha desestabilizado a gobiernos democráticos y de izquierda en la región, o producido golpes de estado, o asesinado –o intentado hacerlo- a grandes líderes políticos latinoamericanos?  ¿Qué “país poderoso” pergeñó una operación tan criminal y monstruosa como el Plan Cóndor? 

Estos silencios y el refugio en una nebulosa conceptual de un documento con las características concientizadoras y movilizadoras que debe tener un Manifiesto (y no está de más recordar aquí la pasión por lo concreto, por el “aquí y ahora” del Manifiesto Comunista) conspira contra su eficacia como un instrumento de lucha en la batalla de ideas y en la disputa por el poder. Un Manifiesto por la Emancipación y la Igualdad en donde términos cruciales como “imperialismo”, “explotación”,  “golpe de estado”, “socialismo”, “revolución”, “reforma”, “clases sociales” brillen por su ausencia y que cuando se habla del “capitalismo” (una sola vez en el texto) sea para denunciar sus “formas irracionales” (sin decir cuáles serían las “racionales”) difícilmente podrá convertirse en un movilizador de conciencias, en un instrumento útil para luchar por la emancipación y la igualdad, ni en Nuestra América ni en Europa”.



 1- Russo, Miguel “Debate sobre el Debate”, http://www.miradasalsur.com.ar/nota/10828/debate-sobre-el-debate 2- “El ‘Manifiesto de Buenos Aires’: aportes para un debate”. 3- Steinsleger, José, “Tangos de Izquierda”, La Jornada (México), 25 de Marzo de 2015. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2015/03/25/opinion/025a1pol 4- Ver Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger, “Después del Neoliberalismo: Un Nuevo Camino”, en el portal de la revista Nexos (México, 1º de Marzo de 1998) http://www.nexos.com.mx/?p=8825 . Una crítica a las tesis socialdemócratas del “Consenso de Buenos Aires”, como se conoce ese manifiesto, se encuentra en Massimo Modonesi, “La Tercera Vía en América Latina y el ‘Consenso de Buenos Aires’ ", en Rebelión  12 Diciembre 2000. Disponible en: http://www.rebelion.org/hemeroteca/izquierda/modonesi121200.htm . Según cuentan Castañeda y Mangabeira Unger participaron en las diversas reuniones promovidas por ellos Carlos “Chacho” Alvarez. Adolfo Aguilar Zinser. John Biehl. José Bordón. Leonel Brizóla. Manuel Camacho, Dante Caputo. Cuauhtémoc Cárdenas. José Dirceu. Marco Aurelio García, Gabriel Gaspar. Tarso Genro Ciro Gomes, Oscar González, Facundo Guardado, Claudio Fermín, Graciela Fernández Meijide, Vicente Fox. Itamar Franco, David Ibarra, Ricardo Lagos, Andrés Manuel López Obrador, Luis Ignacio Lula da Silva, Carlos Ominami, Sergio Ramírez, Federico Storani. Rodolfo Terragno y Vicentinho. Se podrán discutir muchas cosas en relación a las ideas promovidas por los convocantes, menos su fino sentido del oportunismo: ambos fueron los heraldos de los gobiernos de “centroizquierda” (¡mucho más de centro que de izquierda!) que brotarían en la región, como la Alianza en la Argentina, el PT en Brasil (donde Mangabeira Unger se convertiría en Ministro de Asuntos Estratégicos), el Frente Amplio en Uruguay, el PAN mexicano (del cual Castañeda sería su primer canciller), amén de la ya por ese entonces establecida Concertación chilena, para no mencionar sino los casos más conocidos. 5- Sobre el tema del fracaso de los proyectos emancipatorios y la complejidad del mapa sociopolítico de América Latina y el Caribe remitimos al lector a nuestro Socialismo Siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2ª edición ampliada y actualizada, 2014), pp. 11-51. 6- Se trata, obviamente, de El Capital en el Siglo XXI (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014) 7- Hemos examinado en detalle las tesis de Laclau y Mouffe y de autores encuadrados en la misma línea de reflexión teórica en dos libros de nuestra autoría: Tras el Búho de Minerva. Mercado contra Democracia en el Capitalismo de Fin de Siglo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000). Ver asimismo mi “La verdad sobre la democracia capitalista”, en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO, 2006), disponible en http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/social/2006/boron.pdf y también Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en América Latina (Córdoba: Editorial Espartaco, 2009) y publicado en Brasil por la editorial Pao e Rosas (Río de Janeiro,2011) y en Chile, con una nueva introducción, por Ediciones Construyendo América (Santiago, 2013)  8- La metáfora es utilizada por Samuel P. Huntington en su capítulo sobre la crisis de la democracia en Estados Unidos en el libro que publicara junto a Michel Crozier y Joji Watanuki, The crisis of democracy. Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission (Nueva York, New York University Press, 1975) 9- Tom Engelhardt, “El Nuevo Orden Estadounidense”, en Rebelión (26 marzo 2015), http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196927 10- George Soros, Soros, George “Entrevista” concedida al periódico italiano La Reppublica  (Roma, 28 de enero de 1995)

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección: 
http://www.telesurtv.net/bloggers/Tangos-de-izquierda-No-batalla-de-ideas-20150403-0005.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net

James Petras:Mentiras y engaños en la izquierda: la política de la autodestrucción



La Haine
Las políticas de izquierda serán las perdedoras durante toda una generación, al menos en Brasil, Francia y Grecia


Introducción
En el último año, las que parecían ser esperanzadas señales del surgimiento de gobiernos de izquierda que serían vigorosas alternativas a los regímenes de derecha favorables a Estados Unidos se convirtieron en un calco de aquéllos; en los años venideros, esto les relegará al basurero de la historia. El ascenso y la rápida decadencia de los gobiernos de izquierda en Francia, Grecia y Brasil no son el resultado de un golpe militar, ni tampoco de las maquinaciones de la CIA. La debacle de esos gobiernos de izquierda es el resultado de unas decisiones políticas deliberadas que rompen decididamente con unos programas progresistas, unas promesas y unos compromisos que los líderes políticos hicieron al electorado compuesto por trabajadores y representantes de las clases medias que finalmente les eligieron.
Cada vez más, los votantes ven como traidores a aquellos gobernantes de izquierda que han vendido a sus partidarios que están a su entera disposición y los comparan con sus más importantes enemigos de clase: los banqueros, los capitalistas y los ideólogos liberales.
Los gobiernos de izquierda cometen suicidio
La autodestrucción de la izquierda es una imprevista victoria de lo más retrógrado de las fuerzas políticas neoliberales. Estas fuerzas han procurado destruir el sistema de bienestar, imponer sus reglas mediante funcionarios no elegidos, han ampliado y profundizado la desigualdad, debilitado los derechos de los trabajadores y privatizado los sectores más lucrativos de la economía.
Hay tres casos de incumplimiento de promesas que destacan en este proceso de suicidio: en Francia, la segunda principal potencia de Europa, el gobierno socialista de François Hollande (2012-2015); en Grecia, el gobierno del izquierdista Syriza elegido el 25 de enero de 2015, que se presentó como el invalorable propulsor de una política alternativa a la de “austeridad fiscal”; y Brasil, con el Partido de lo Trabajadores gobernando (2003-2015) el país más extenso de América latina y miembro importante de los BRICS.
El “socialismo” francés: el gran salto atrás
En su campaña presidencial, François Hollande prometió aumentar los impuestos a los ricos hasta el 75 por ciento; rebajar la edad de jubilación de los 62 a los 60 años; lanzar un programa de inversión pública para reducir el desempleo; incrementar significativamente el gasto público en educación (contratando a 60.000 nuevos maestros), salud y vivienda social; y retirar las tropas francesas de Afganistan, como primer paso de la reducción del papel de París como colaborador del imperio.
Desde 2012, cuando fue elegido, hasta este momento (marzo de 2015), ha incumplido todas sus promesas y todos sus compromisos políticos: la inversión pública no se materializó y el desempleo creció; hoy, los parados superan los tres millones. El recién nombrado ministro de economía Emmanuel Macron, un ex socio de la Banca Rothschild, redujo drásticamente –50.000 millones de euros– los impuestos al sector de los negocios. Manuel Valls, su primer ministro [nombrado en marzo de 2014], un liberal entusiasta, implementó importante recortes en los programas sociales, debilitó la regulación gubernamental de los negocios y los bancos, y erosionó la seguridad laboral. Hollande nombró a Laurence Boone, proveniente del Bank of America, como su principal asesor en economía.
El “presidente socialista” francés envió tropas a Mali, aviones de bombardeo a Libia, asesores militares a la junta de Ucrania y ayudó a los llamados “rebeldes” sirios (en su mayor parte mercenarios yihadistas). También aprobó la venta de equipo militar por 1.000 millones de euros a la monarquía dictatorial de Arabia Saudí y se echó atrás en un contrato de venta de barcos de guerra a Rusia.
Hollande se sumó a Alemania en la exigencia a Grecia del cumplimiento total y en término de los pagos de deuda a los banqueros privados y el mantenimiento del brutal “programa de austeridad”.
Como consecuencia de la estafa a los votantes franceses, la traición a los trabajadores y el abrazo con los banqueros, los grandes negocios y los militares, la visión positiva del gobierno “socialista” por parte del electorado francés se ha reducido a menos del 19 por ciento, y el PSF ocupa ahora el tercer puesto entre los principales partidos. La política en favor de Israel de Hollande y su línea dura respecto de las negociaciones EEUU-Irán, los ataque islamofóbicos del ministro Valls en los suburbios de las grandes ciudades francesas –donde predominan los musulmanes– y el apoyo a las intervenciones militares contra los movimientos islámicos [en Oriente Medio y norte de África] han polarizado cada vez más a la sociedad francesa e incrementado la violencia étnico-religiosa en el país.
Grecia: la súbita transformación de Syriza
Desde que Syriza ganó las elecciones griegas el 25 de enero de 2015 hasta la mitad de marzo, Alexis Tsipras, primer ministro, y Yanis Varoufakis, nombrado ministro de economía, faltaron a cada una de las promesas –las más importantes y las menos– del programa electoral. Adhirieron, en cambio, a lo más retrógrado de los procedimientos, medidas y relación con la Troika (el FMI, la Comisión Europea y el BCE) que Syriza había denunciado en su programa de Salónica poco tiempo antes.
Tsipras y Varoufakis repudiaron la promesa de rechazar los dictados de la Troika. En otras palabras, aceptaron la regla colonialista y la continuación del vasallaje.
Rasgo típico de su demagogia y engaño: ambos procuraron encubrir su sumisión a la universalmente odiada Troika apodándola “la institución” –sin engañar a nadie más que a sí mismos– y se convirtieron en el hazmerreír de los más cínicos observadores de la Unión Europea.
Durante la campaña, Syriza había prometido impugnar toda o buena parte de la deuda griega. Una vez en el gobierno, Tsipras y Varoufakis aseguraron inmediatamente que la reconocían y prometieron hacerse cargo de todas las obligaciones relacionadas con la deuda.
Syriza había prometido priorizar el gasto humanitario y negar la austeridad, aumentando el salario mínimo, volviendo a emplear a los destituidos en la salud y la educación y aumentando las pensiones. Después de dos semanas de humillarse servilmente, los “reformados” Tsipras y Varoufakis priorizaron la austeridad realizando pagos de deuda y “postergando” incluso los gastos más magros contra la pobreza. Cuando la Troika le dejó al gobierno Syriza 2.000 millones de euros para que pudiera alimentar a los griegos hambrientos, Tsipras alabó a los supervisores y prometió que les presentaría una lista de regresivas “reformas” por varios miles de millones de euros.
Syriza había prometido reexaminar las sospechosas privatizaciones de lucrativas empresas públicas realizadas por los anteriores gobiernos de derecha y parar aquellas que estaban en proceso y las proyectadas para el futuro. Una vez en el gobierno, Tsipras y Varoufakis renegaron rápidamente de esa promesa. Aprobaron todas las privatizaciones; las pasadas, las presentes y las futuras. De hecho, hicieron tanteos para conseguir nuevos “socios” privatizadores, ofreciendo jugosas concesiones para deshacerse de más empresas públicas.
Syriza prometió enfrentar la alta tasa de desempleo (26 por ciento en el ámbito nacional, con el 55 por ciento en el sector juvenil) por medio del gasto público y la reducción en el pago de la deuda. Diligentemente, Tsipras y Varoufakis satisficieron los pagos de deuda y ¡no asignaron dinero alguno para la creación de puestos de trabajo!
Syriza no solo continúa las políticas de la derecha; además, lo hace con un estilo y una sustancia grotescos, adoptando ridículas posturas públicas y gestos demagógicos sin coherencia alguna: un día, Tsipras dejará una corona de flores en la tumba de 200 guerrilleros griegos asesinados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial y al día siguiente se prosternará ante los banqueros alemanes para satisfacer sus exigencias de austeridad presupuestaria, negando dinero público a dos millones de griegos en el paro.
Una tarde, el ministro Varoufakis posará en una sesión de fotos para Paris Match que lo muestra, con un cóctel en la mano, en la terraza de su lujoso ático con vistas a la Acrópolis y ¡unas horas más tarde estará haciendo un discurso para las masas empobrecidas!
Incumplimiento de promesas, engaño y demagogia, todo durante los dos primeros meses en el gobierno; Syriza ha establecido un récord en su conversión de un partido de izquierdas contrario a la austeridad en un vasallo conformista y servil de la Unión Europea.
La exigencia de Tsipras a Alemania de que pague reparaciones por los daños a Grecia durante la Segunda Guerra Mundial –una reclamación que, aunque correcta, ha sido largamente postergada– es otra farsa demagógica diseñada para distraer a los empobrecidos griegos de la capitulación de Tsipras y Varoufakis ante los actuales requerimientos alemanes de austeridad. Un cínico funcionario de la UE le dijo al Financial Times (12/MAR/2015, p. 6), “Ahí está (Tsipras) dándoles (a los militantes de Syriza) un caramelo para que chupen”.
Nadie espera que los líderes germanos cambien su línea dura por unas injusticias del pasado, sobre todo porque son traídas a colación por un interlocutor que está arrodillado... En la UE, nadie toma en serio la exigencia de Tsipras. Es vista como una retórica de lo más vacía hecha para el consumo interno.
Hablar de unas reparaciones alemanas de 70 años evita hablar de la adopción de medidas prácticas hoy, como repudiar la deuda o reducir los pagos de una deuda ilegítima a los bancos alemanes o negarse a obedecer los dictados de Merckel. La diáfana traición de los compromisos más elementales con el arruinado pueblo griego ya ha dividido a Syriza. Más del 40 por ciento de la comisión central, incluido el presidente del parlamento, repudiaron los acuerdos de Tsipras-Varoufakis con la Troika.
La gran mayoría de los griegos que votaron por Syriza esperaba algún alivio inmediato y unas reformas. Sin embargo, está cada día más desencantada. No esperaba que Tsipras nombrara a Yanis Varoufakis, un ex asesor económico de George Papandreu, el corrupto líder del neoliberal PASOK, como ministro de economía. No se marcharon en masa muchos votantes del PASOK en los últimos cinco años para encontrar a los mismos cleptócratas e inescrupulosos oportunistas ocupando los cargos más altos de Syriza puestos allí por el dedo índice de Alexis Tsipras.
El electorado tampoco puede esperar una lucha, una resistencia, una decisión de romper con la Troika de los profesores anglo-griegos* llamados de regreso a Grecia por Tsipras. Estos izquierdistas de salón (seminaristas marxistas) nunca se implicaron en los conflictos urbanos ni sufrieron las consecuencias de la prolongada depresión.
Syriza es un partido liderado por acomodados profesionales, académicos e intelectuales con movilidad social ascendente. Aunque en nombre de los trabajadores empobrecidos y asalariados de clase media, los gobiernan desde su posición prominente, pero atienden a los intereses de los banqueros –tanto los griegos como especialmente los alemanes–. Priorizan la pertenencia a la UE por encima de una política independiente y nacional. Su actitud respecto de la OTAN es de tolerancia, que se manifiesta en su apoyo a la junta de Kiev en Ucrania, a las sanciones contra Rusia, a la intervención de la OTAN en Siria e Iraq, y en ¡el mantenimiento de un sonoro silencio en relación con la amenaza militar a Venezuela!
Brasil: recortes presupuestarios, corrupción y revuelta popular
El gobierno del supuesto Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, en el poder durante 13 funestos años, ha sido uno de los más corruptos de América latina. Respaldado por las principales confederaciones de trabajadores y varias organizaciones de campesinos sin tierra, y compartiendo el poder con partidos de centroizquierda y de centroderecha, fue capaz de atraer la inversión de decenas de miles de millones de dólares de capital extranjero proveniente de la industria extractiva, las finanzas y los agronegocios. Gracias al boom de un decenio de altos precios de las materias primas del agro y la minería, al crédito fácil y a las reducidas tasas de interés, hubo un alza en los ingresos, el consumo y el salario mínimo mientras se multiplicaban los beneficios de la elite económica.
Como consecuencia de la crisis financiera de 2009 y la bajada de los precios de los commodities, la economía brasileña se estancó justo cuando fue elegida la nueva presidenta, Dilma Rousseff. El gobierno de Rousseff, como el de su predecesor, Lula Da Silva, favoreció los agronegocios en detrimento del reclamo de una reforma agraria por parte de los trabajadores rurales sin tierra. Su gobierno dio alas a los barones de la madera y los productores de soja, y propició el avance de estas industrias en las tierras de las comunidades indígenas y la selva amazónica.
Elegida para un segundo mandato, Rousseff se encontró ante una importante crisis política y económica: profundización de la recesión económica, déficit fiscal, y detención y proceso de muchos miembros corruptos del PT y legisladores aliados, directivos de la empresa Petrobras.
Los líderes del PT como las finanzas de campaña del Partido recibieron millones de dólares de sobornos de las empresas de construcción para asegurar contratos de la gigantesca empresa petrolera semipública. Durante su campaña electoral, la presidenta Rousseff prometió que “continuará apoyando los programas sociales en beneficio del pueblo” y que “erradicará la corrupción”. Sin embargo, inmediatamente después de ser elegida abrazó la ortodoxia de la política neoliberal y nombró un gabinete de neoliberales de la derecha dura, entre ellos al banquero Joaquín Levy, de Bradesco, en el ministerio de finanzas. Levy propuso reducir las prestaciones por desempleo, las pensiones y los salarios del sector público. También se manifestó en favor de una mayor desregulación del sector bancario y propuso debilitar la legislación de protección del trabajador para atraer al capital. Además, reclamó el superávit presupuestario y la necesidad de atraer la inversión extranjera a expensas del sector laboral.
Rousseff, en coherencia con la adopción de la ortodoxia neoliberal, designó a Katia Abreu, senadora de derecha, líder de toda la vida de los intereses del agronegocio y acérrima enemiga de la reforma agraria, para que se haciera cargo del ministerio de agricultura. Apodada “Miss Deforestación” por Greenpeace, la senadora Abreu se ha opuesto con vehemencia al Movimiento de Trabajadores sin Tierra (MST) y a la confederación de trabajadores, pero ha sido en vano. Con el total respaldo de Rousseff, Abreu está empeñada en acabar con la muy mínima redistribución de la tierra emprendida por la presidenta en su primer mandato (estableciendo colonias que beneficiaron a menos del 10 por ciento de los ocupantes sin tierra). Abreu aprobó normas que facilitan la expansión de cultivos genéticamente modificados y promete el desalojo forzoso de los indígenas amazónicos que habitan tierras productivas para favorecer a las corporaciones del agronegocio a gran escala. Además, promete defender vigorosamente a los terratenientes contra las ocupaciones de tierra por parte de trabajadores rurales sin tierra.
La incapacidad de Roussef y/o su falta de voluntad para llevar a los tribunales al tesorero del Partido de lo Trabajadores, involucrado en un escándalo por 1.000 millones de dólares en sobornos y coimas que ya lleva 10 años, ha profundizado y ampliado la oposición popular.
El 15 de marzo de 2015 más de un millón de brasileños se lanzaron a la calle en todo el país; las manifestaciones estaban convocadas por los partidos de derecha pero consiguieron el apoyo de las clases populares, que exigen inmediatos juicios contra la corrupción y duras condenas pero también la revocación de los recortes en el gasto social implementados por Levy.
La contramanifestación en apoyo de Rousseff organizada por la CUT –la central de los trabajadores– y el MST solo movilizó la décima parte de aquélla; a unas 100.000 personas.
La respuesta de Dilma Rousseff fue llamar al “diálogo” y asegurar que está “abierta a [considerar] propuestas” sobre la corrupción aunque rechazó explícitamente cualquier cambio en su regresiva política fiscal, sus nombramientos para un gabinete neoliberal y su opción por la agenda del sector del agronegocio y el de la minería.
En menos de dos meses el PT y su presidenta han manchado indeleblemente a sus líderes, sus políticas y sus apoyos con la brea de la corrupción y la regresión en las políticas sociales.
El apoyo popular se ha ido a pique. La derecha está creciendo. En las grandes manifestaciones del 15-M incluso estuvieron presentes los activistas que abogan por el autoritarismo y el golpe de estado militar; llevaban carteles que reclamaban el “juicio político” y el regreso al gobierno de los militares.
Como en la mayor parte de América latina, la derecha autoritaria brasileña es una fuerza que está en ascenso y se posiciona para la toma del poder mientras el centroizquierda adopta la agenda del neoliberalismo en todo el continente. Los partidos apodados “de centroizquierda”, como el Frente Amplio en Uruguay y el progubernamental Frente para la Victoria en Argentina están estrechando los vínculos con el capitalismo corporativo del agronegocio y la minería a cielo abierto.
Opiniones sin fundamento de escritores izquierdistas de Estados Unidos, como Noam Chomsky, que dicen que “América latina es la vanguardia contra el neoliberalismo” están atrasadas al menos un decenio y, ciertamente, equivocadas. Fueron engañados por declaraciones políticas de tipo populista y se niegan a reconocer que las políticas de corte neoliberal están fomentando el descontento popular. Los gobiernos que adoptan políticas regresivas en lo socio-económico no constituyen una vanguardia hacia la emancipación social...
Conclusión
¿Cómo se explican estos bruscos retrocesos y rápidos incumplimientos de las promesas electorales por parte de los –supuestamente– “partidos de izquierda” recientemente elegidos en Europa y América latina?
Se podía esperar este tipo de comportamiento en América del Norte: del Partido Demócrata de Obama en EEUU o del Nuevo Partido Democrático de Canadá... Pero estábamos dispuestos a creer que en Francia, con su tradición republicana de izquierdas, un gobierno socialista –“críticamente”– respaldado por izquierdistas anticapitalistas iba al menos a poner en marcha reformas sociales progresistas. Un ejército de blogueros progresistas también nos había dicho que Syriza, con su carismático líder y retórica radical iba a cumplir al menos las promesas electorales más básicas levantando la dominación impuesta por el yugo de la Troika, empezando a poner fin a la miseria y proporcionando electricidad a las 300.000 viviendas iluminadas con velas. Los “progresistas” nos repitieron una y otra vez que el Partido de los Trabajadores había sacado de la pobreza a 30 millones de personas. Proclamaron que “un ex trabajador de la industria automotriz” (Lula Da Silva) nunca permitiría que el PT volviera a los recortes presupuestarios neoliberales y se abrazara con sus supuestos “enemigos de clase”. Los profesores izquierdistas de EEUU se negaron a dar crédito al burdo robo de 1.000 millones de dólares al Tesoro Nacional de Brasil durante el mandato de dos presidentes del PT.
A nuestra mente llegan varias explicaciones para estas traiciones políticas. Una es que a pesar de su discurso popular y “obrerista”, estos partidos estaban dirigidos por abogados, profesionales y burócratas sindicales de clase media, desconectados orgánicamente de su base militante. Durante las campañas electorales, en procura de los votos, se unen un momento con los trabajadores y los pobres, pero después pasan el resto del tiempo en restaurantes caros para conseguir “acuerdos” con los banqueros, hombres de negocios propensos al soborno e inversores extranjeros para financiar las elecciones siguientes, la escuela privada de sus hijos y el lujoso piso de su querida...
Durante un tiempo, cuando la economía estaba en alza, los beneficios de las grandes corporaciones, las compensaciones y los sobornos iban de la mano con los aumentos de salarios y los programas contra la pobreza. Pero cuando se desencadenó la crisis, los líderes “populares” se quitaron la insignia del partido de la solapa y dijeron “la austeridad fiscal era inevitable” mientras mendigaban algo a sus financistas internacionales.
En todos esos países, que ahora viven tiempos difíciles, los líderes de la izquierda procedentes de la clase media le temían tanto al problema (la crisis capitalista) como a la auténtica solución (la transformación radical de la sociedad). En lugar de enfrentar el problema se volvieron hacia la “única solución”: se acercaron a los líderes del capitalismo y trataron de convencer a las asociaciones del mundo de los negocios y, por sobre todo, a los financistas, de que ellos eran “políticos serios y responsables” deseosos de renunciar a la agenda social y adoptar la disciplina fiscal. Para el consumo interno, insultaron y amenazaron a las elites, esto es, un poco de teatro para entretener a los seguidores de la plebe, ¡antes de capitular!
Ninguno de estos líderes –académicos devenidos en izquierdistas– tenía un vínculo profundo y durable con las luchas populares. Su “activismo” se limitaba a la lectura de documentos en “foros sociales” y al aporte de ponencias en congresos sobre “emancipación e igualdad”. La sumisión política y la austeridad fiscal no ponen en peligro su posición económica. Si sus partidos de izquierda son derrotados por electorados enfadados y movimientos sociales radicales, los líderes izquierdistas hacen la maleta y regresan a su cómodo empleo de siempre o a su bufete de abogado. Ellos no tienen por qué preocuparse por los despidos en masa o la reducción de las pensiones de subsistencia. En los ratos libres podrán sentarse y escribir un artículo más sobre la forma en que la “crisis del capitalismo” afectó a su bien intencionado proyecto o cómo vivieron la “crisis de la izquierda”.
Debido a su desconexión con el sufrimiento de quienes han caído en al pobreza y los votantes que están en el paro, los izquierdistas de clase media en el gobierno no ven la necesidad de romper con el sistema. En realidad, comparten los puntos de vista de sus supuestos adversarios conservadores: ellos creen también que se trata de “el capitalismo o el caos”. A este lugar común adoptado se lo hace pasar por una profunda reflexión propia de los dilemas de la socialdemocracia. Los funcionarios y asesores izquierdistas de clase media siempre utilizan la excusa de las “limitaciones institucionales”. “Teorizan” su impotencia política; nunca reconocen el poder de los movimientos protagonizados por las organizaciones de clase.
La cobardía política de estos izquierdistas de clase media es estructural y facilita las traiciones morales: sostiene que “la crisis no es el momento para hacer ajustes en el sistema”.
Para la clase media, el “tiempo” se convierte en una excusa política. Los líderes de clase media de los movimientos populares, carentes de audacia o programas de lucha, siempre hablan de cambio... en el futuro...
En vez de comprometerse en la lucha popular, corren de un lado a otro, de un centro del poder financiero al Comité Central, confundiendo el “diálogo” que termina en sumisión con la resistencia consecuente.
Al final, el pueblo les corresponderá dándoles la espalda y rechazando sus pedidos de reelección para “una segunda oportunidad”.
La tragedia es que toda la izquierda resulta manchada. ¿Quién puede creer las bonitas palabras de “liberación”, “la voluntad de tener esperanza” y “recuperar la soberanía” después de haber vivido lo contrario durante años?
Las políticas de izquierda serán las perdedoras durante toda una generación, al menos en Brasil, Francia y Grecia.
La derecha ridiculizará el cierre de cremallera de Hollande, la falsa humildad de Dilma Rousseff, los gestos vacíos de Tsipras y las payasadas de Varoufakis.
El pueblo maldecirá su recuerdo y su traición a una causa noble
Texto completo en: http://www.lahaine.org/mentiras-y-enganos-en-la