Carlos Aznarez En Brasil ahora la victoria o la derrota se juega en la calle


El golpe de Estado ya ha sido consumado. Brasil pasa a integrar junto con Honduras y Paraguay el listado de países donde el Imperio probó con indudable éxito, como si fuera un gigantesco laboratorio, la nueva fórmula destituyente de gobiernos neo-desarrollistas. Una receta “moderada” según algunos analistas que no la viven en carne propia, pero brutal, como es el capitalismo en su verdadera esencia, si se la mide teniendo en cuenta el ejemplo argentino, donde en pocos meses decenas de miles de personas perdieron su trabajo y las esperanzas de construir un futuro más o menos estable. Una embestida que es regional en primera instancia y mundial si se piensa en términos absolutos, ya que viene siendo trabajada desde hace varios años, para recuperar el tiempo que les llevó a los estrategas de Washington comprobar que lo que buscaron en Medio Oriente 
-destruyendo un país tras otro- lo podían obtener más fácilmente en Latinoamérica.

En Brasil ahora la victoria o la derrota se juega en la calle
Lo particular de estos golpismos es que no admiten las más mínimas reformas, ya que cada uno de los gobernantes destituídos fueron marcados a fuego sólo por el hecho de iniciar emprendimientos que contemplaban políticas sociales dirigidas a los sectores que el neoliberalismo de los 90 había arrojado a la exclusión pura y dura. Ni siquiera, en los tres casos citados, se puede hablar de planteos revolucionarios de peso, que incluyeran en lo interno nacionalizaciones del comercio exterior o reforma agraria, por citar algunos ítems. Al contrario, como ha quedado patéticamente expuesto  en el caso brasileño, a pesar de que Dilma Rousseff hiciera todo tipo de concesiones y generara alianzas inadecuadas que derivaron en políticas de ajuste notoriamente anti-populares, la poderosa burguesía paulista siguió atacando por todos los flancos y fue desgastando día a día al gobierno del Partido de los Trabajadores.  
A diferencia de la derecha argentina que impuso a Mauricio Macri por las urnas, aunque con un muy ajustado resultado, sus pares brasileños llegan al gobierno por la ventana y con un “candidato” que además de ser ostensiblemente débil (como dice un humorista brasileño:"si Michel Temer se presentara a elecciones dudaría de votarlo, porque lo conoce, hasta su propia esposa") y con suficientes antecedentes delictivos como para ingresar en la emblemática cárcel paulista de Itaí y no en el Palacio de Planalto, como ahora le ha tocado en suerte. Sin embargo, las posibilidades que imponen las cada vez más desacreditadas democracias burguesas le permitirían a Temer intentar llevar adelante un plan de medidas que se han venido elaborando en distintas usinas de la oposición a Dilma. De hecho ya está anunciado el retorno de personajes que cohabitaron en la estructura política del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, máximo exponente del neoliberalismo “a la brasileña”, o los aportes en tecnócratas y amigos del FMI y del Banco Mundial que llegarán de la mano del derechista Aecio Neves.
En ese marco de incorporaciones, quizás la que más ruido provoca es el retorno de Henrique Meirelles, quien acompañara a Lula al frente del Banco Central entre el 2003 y 2011, cuando corrían tiempos de auge económico y no los actuales, donde la novena economía del mundo hace aguas por donde se la mire. Meirelles, actual ejecutivo de grandes empresas trasnacionales y hombre de confianza de sectores del partido Republicano estadounidense, promoverá desde la cartera de Economía, una política de más ajuste y endeudamiento como ya probara su colega Joaquim Levy en la gestión Dilma.
Dulces por la “victoria” obtenida, los partidos de derecha más ligados a instalar a Brasil en la Alianza del Pacífico y emprender relaciones carnales con Estados Unidos y Europa, tratarán de aprovechar el tiempo que va hasta fin de año para evitar no sólo que Dilma vuelva (algo que a esta altura parece improbable) sino que Lula da Silva, el único dirigente carismático de los sectores populares pueda aspirar a vencer en futuras elecciones.
Sin embargo, la derecha puede imaginar escenarios idílicos -desde su punto de vista- de privatizaciones, despidos y devaluaciones encubiertas, pero hay un factor con el que necesariamente tendrá que contar y que no es precisamente un imponderable. Se trata de la inmensa resistencia popular que desde hace meses viene ganando las calles de Brasil. Esos trabajadores y campesinos que no tuvieron dudas de enfrentar las políticas de ajuste del ministro Levy ni las provocadoras gestiones en defensa de los agronegocios de la ministra Katia Abreu, ambos de la gestión que ahora ha sido destituída. Esos hombres y mujeres que bloquean las carreteras, que están a pie de barricada, a los que se les ilumina el rostro cuando se encuentran con sus pares gritando consignas de “tierra, techo y trabajo”, o que marchan de un punto al otro denunciando que el Brasil de los de abajo tiene años de estar esperando por demandas incumplidas. Gente de pueblo que prefirió no ocupar cargos y defender la autonomía de clase, precisamente para no sumergir las ideas revolucionarias que poseen, en las cloacas burocracia y la politiquería.
Allí, precisamente allí está el Brasil real, con los Sin Tierra y los Sin Techo, con los metalúrgicos de ABC o los operarios de la Mercedes Benz, que estos días gritaron para que lo escuche el mundo “Nao vai ter golpe”. En esas andaduras está la savia que alimentará la resistencia que a partir de este fatídico 12 de mayo, deberá intentar que Temer y sus secuaces se den cuenta que cualquier gobernabilidad que trate de llevar a cabo será imposible.
Los pobres de Brasil saben que si no se mueven con fuerza se impondrá el gobierno de los ricos. Por eso lo proclaman en sus asambleas: ya no es tiempo de conciliábulos sino de acción, de paro general, de rutas y calles cortadas por multitudes, de desobediencia civil en todos los órdenes, de sabotaje a quienes intenten vulnerar conquistas obtenidas, de armar frentes de rechazo a empresarios voraces, de denuncia constante al terrorismo mediático practicado por la Red O’Globo y otras similares. Esas rebeldías de las que indudablemente el pueblo brasileño está nutrido, son los elementos básicos para que el golpe producido no funcione. Ahora "es tiempo de guerra” cantaba Chico Buarque hace años, y no de mansedumbre complaciente. Ya habrá espacio para pensar en elecciones anticipadas o potenciar la candidatura de Lula, hoy lo más importante se juega en las calles, que es a lo más le teme la burguesía. El resto, para que esa resistencia no quede aislada, será obra de la solidaridad internacional de todos los pueblos que quieren que Brasil le tuerza el brazo al Imperio.

Atilio Borón Asalto al poder en Brasil

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Una pandilla de bandidos tomó por asalto la presidencia de Brasil. La integran tres actores principales: por un lado, un elevado número de parlamentarios (recordar que sobre unas dos terceras partes de ellos pesan gravísimas acusaciones de corrupción) la mayoría de los cuales llegó al Congreso producto de una absurda legislación electoral que permite que un candidato que obtenga apenas unos pocos centenares de votos acceda a una banca gracias a la perversa magia del “cociente electoral”. Tales eminentes naderías pudieron destituir provisoriamente a quien llegara al Palacio del Planalto con el aval de 54 millones de votos. Segundo, un poder judicial igualmente sospechado por su connivencia con la corruptela generalizada del sistema político y repudiado por amplias franjas de la población del Brasil.
Suspended Brazilian President Dilma Rousseff addresses supporters after the Brazilian Senate voted to impeach her
Pero es un poder del estado herméticamente sellado a cualquier clase de contraloría democrática o popular, profundamente oligárquico en su cosmovisión y visceralmente opuesto a cualquier alternativa política que se proponga construir un país más justo e igualitario. Para colmo, al igual que los legisladores, esos jueces y fiscales han venido siendo entrenados a lo largo de casi dos décadas por sus pares estadounidenses en cursos supuestamente técnicos pero que, como es bien sabido, tienen invariablemente un trasfondo político que no requiere de mucho esfuerzo para imaginar sus contornos ideológicos. El tercer protagonista de esta gigantesca estafa a la soberanía popular son los principales medios de comunicación del Brasil, cuya vocación golpista y ethos profundamente reaccionario son ampliamente conocidos porque han militado desde siempre en contra de cualquier proyecto de cambio en uno de los países más injustos del planeta.
Al separar a Dilma Rousseff de su cargo (por un plazo máximo de 180 días en el cual el Senado deberá decidir por una mayoría de dos tercios si la acusación en contra de la presidenta se ratifica o no) el interinato presidencial recayó sobre oscuro y mediocre político, un ex aliado del PT convertido en un conspicuo conspirador y, finalmente, infame traidor: Michel Temer. Desgraciadamente, todo hace suponer que en poco tiempo más el Senado convertirá la suspensión temporal en destitución definitiva de la presidenta porque en la votación que la apartó de su cargo los conspiradores obtuvieron 55 votos, uno más de los exigidos para destituirla.Y eso será así pese a que, como Dilma lo reconociera al ser notificada de la decisión senatorial, pudo haber cometido errores pero jamás crímenes. Su límpido historial en esa materia resplandece cuando se lo contrasta con los prontuarios delictivos de sus censores, torvos personajes prefigurados en la Ópera del Malandro de Chico Buarque cuando se burlaba del “malandro oficial, el candidato a a malandro federal, y el malandro con contrato, con corbata y capital”. Ese malandraje hoy gobierna Brasil.
La confabulación de la derecha brasileña contó con el apoyo de Washington  -¡imaginen como habría reaccionado la Casa Blanca si algo semejante se hubiera tramado en contra de alguno de sus peones en la región!  En su momento Barack Obama envió como embajadora en Brasil a Liliana Ayalde, una experta en promover “golpes blandos” porque antes de asumir su cargo en Brasilia, en el cual se sigue desempeñando, seguramente que de pura casualidad había sido em​bajadora en Paraguay, en vísperas del derrocamiento “institucional” de Fernando Lugo.  Pero el imperio no es omnipotente, y para viabilizar la conspiración reaccionaria en Brasil suscitó la complicidad de varios gobiernos de la región, como el argentino, que definió el ataque que sus amigos brasileños estaban perpetrando en contra de la democracia como un rutinario ejercicio parlamentario y nada más.
En suma, lo ocurrido en Brasil es un durísimo ataque encaminado no sólo a destituir a Dilma sino también a derrocar a un partido, el PT, que no pudo ser derrotado en las urnas, y a abrir las puertas para un procesamiento del ex presidente Lula da Silva que impida su postulación en la próxima elección  presidencial. En otros términos, el mensaje que los “malandros” enviaron al pueblo brasileño fue rotundo: ¡no se les vuelva a ocurrir votar a al PT o a una fuerza política como el PT!, porque aunque ustedes prevalezcan en las urnas nosotros lo hacemos en el congreso, la judicatura y en los medios, y nuestro poderío combinado puede mucho más que sus millones de votos.
Grave retroceso para toda América Latina, que se suma al ya experimentado en la Argentina y que obliga a repensar que fue lo que ocurrió, o preguntarnos, en línea con el célebre consejo de Simón Rodríguez, dónde fue que erramos y por qué no inventamos, o inventamos mal. En tiempos oscuros como los que estamos viviendo: guerra frontal contra el gobierno bolivariano en Venezuela, insidiosas campañas de prensa en contra de Evo y Correa, retroceso político en Argentina, conspiración fraudulenta en el Brasil, en tiempos como esos, decíamos, lo peor que podría ocurrir sería que rehusáramos a realizar una profunda autocrítica que impidiera recaer en los mismos desaciertos.
En el caso del Brasil uno de ellos, tal vez el más grave, fue la desmovilización del PT y la desarticulación del movimiento popular que comenzó en los primeros tramos del gobierno de Lula y que, años después, dejaría a Dilma indefensa ante el ataque del malandraje político. El otro, íntimamente vinculado al anterior, fue creer que se podía cambiar Brasil sólo desde los despachos oficiales y sin el respaldo activo, consciente y organizado del campo popular. Si las tentativas golpistas ensayadas en Venezuela (2002), Bolivia (2008) y Ecuador (2010) fueron repelidas fue porque en esos países no se cayó en la ilusión institucionalista que, desgraciadamente, se apoderó del gobierno ​y ​del PT desde sus primeros años.
Tercer error: haber desalentado el debate y la crítica al interior del partido y del gobierno, apañando en cambio un consignismo facilista que obstruía la visión de los desaciertos e impedía corregirlos antes de que, como se comprobó ahora, el daño fuera irreparable. Por algo Maquiavelo decía que uno de los peores enemigos de la estabilidad de los gobernantes era el nefasto rol de sus consejeros y asesores, siempre dispuestos a adularlos y, por eso mismo, absolutamente incapacitados para alertar de los peligros y acechanzas que aguardaban a lo largo del camino.  Ojalá que los traumáticos eventos que se produjeron en Brasil en estos días nos sirvan para aprender estas lecciones

Declaración del Gobierno Revolucionario cubano contra el Golpe de Estado parlamentario-judicial gestado contra la presidenta de Brasil Dilma Rousseff

Declaración del Gobierno Revolucionario


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CubaMinrex 
12 de Mayo del 2016 16:31:47 CDT
El Gobierno Revolucionario de la República de Cuba ha denunciado de manera reiterada el golpe de estado parlamentario-judicial, disfrazado de legalidad, que se gesta desde hace meses en Brasil. Hoy  se consumó un paso fundamental para los objetivos golpistas. La mayoría de los senadores brasileños decidió continuar el proceso de juicio político contra la presidenta legítimamente electa de Brasil, Dilma Rousseff, y con ello, separarla “provisionalmente” de su cargo por un período de hasta 180 días, en que el Senado debe decidir, mediante el voto de dos tercios de sus integrantes, la destitución definitiva.
Se trata, en realidad, de un artificio armado por sectores de la oligarquía en ese país, apoyados por la gran prensa reaccionaria y el imperialismo, con el propósito de revertir el proyecto político del Partido de los Trabajadores, derrocar al gobierno legítimo y usurpar el poder que no han podido ganar con el voto electoral.
Lo que ocurre en Brasil es parte de la contraofensiva reaccionaria del imperialismo y la oligarquía contra los gobiernos revolucionarios y progresistas de América Latina y el Caribe, que amenaza la paz y la estabilidad de las naciones, contraviniendo el espíritu y la letra de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada en la II Cumbre de la CELAC en enero de 2014 en La Habana por los jefes de estado y de gobierno de la región.
Como expresara el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, General de Ejército Raúl Castro Ruz, en la clausura del VI Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional de Poder Popular el pasado 29 de diciembre: “La historia demuestra que cuando la derecha llega al gobierno no duda en desmontar las políticas sociales, beneficiar a los ricos, restablecer el neoliberalismo y aplicar crueles terapias de choque contra los trabajadores, las mujeres y los jóvenes”.
El pueblo brasileño, las fuerzas políticas de izquierda y los combativos movimientos sociales de esa nación rechazan el golpe y se opondrán a cualquier intento de desmantelar los importantes programas sociales desa-rrollados por los gobiernos del Partido de los Trabaja-dores, con Lula y Dilma al frente, como “Bolsa Familia”, “Más Médicos”, “Mi Casa-Mi Vida” y “Hambre Cero”, que cambiaron la vida de decenas de millones de personas en ese país.
Dilma, Lula, el Partido de los Trabajadores y el pueblo de Brasil cuentan y contarán siempre con toda la solidaridad de Cuba.

Michael Roberts Explaining the last ten years: Keynes or Marx – who is right?


May 2, 2016
The latest economic data from the major capitalist economies do not make pretty reading.  The global slowdown, as measured in real GDP growth, is worsening.  The first reading for real GDP growth in the US, for the first quarter of 2016, delivered an annualised rise of just 0.5%, or 0.125% quarter over quarter.  If we compare the size of the US economy after taking into account changes in prices (inflation), with the first quarter of 2015, then the American economy is larger by just 1.9%.  That’s the slowest rate of expansion since early 2014. The US economy, the best of the major capitalist economies, is still just crawling along.
US real GDP growth
There was only one of the top seven capitalist economies (G7) apart from the US that was growing by more than 2% at the end of 2015.  It was the UK.  Now in the first quarter of 2016, the UK reported an expansion of just 0.4%, so that the British economy was larger by 2.1% compared to the first quarter of 2015.  And most forecasters are expecting that growth rate to slip below 2% yoy in the current quarter we are now in (April to June).
In the first quarter of 2016, the Eurozone group of economies grew faster than the US or the UK!  The Euro area rose 0.55% compared to 0.4% in the UK and just 0.125% in the US. The EU region as a whole rose 0.5%.  For the first time, Eurozone GDP in real terms has returned to its peak before the Great Recession – but three years after the UK and six years after the US!  Compared to this time last year, Eurozone real GDP is up 1.53%. However, Eurozone growth has also slowed from 1.58% yoy in Q3 2015 to 1.55% in Q4 2015 and now 1.53%. It’s just that the US and the UK economies have slowed even more.
EZ real GDP
Now readers of my blog will know ad nauseam that this rate of growth in the major economies is an indication that the world economy remains in what I call a Long Depression (Jack Rasmus calls it an Epic Recession), where trend real growth is much lower than the long-term average and well below the rate of economic growth before the onset of the Great Recession in 2008-9.  The latest quarterly figures for real GDP growth do no more than confirm that thesis.
Mainstream economics is reluctant to accept this view.  Not only do the major official economic forecasters like the IMF, the OECD and EU Commission, after announcing yet another year of slow growth, keep forecasting a revival for the next year, but the consensus view is that the slowdown will end and growth will recover.
For example, Keynesian economist and former chief economist at Goldman Sachs,Gavyn Davies, now runs a forecasting agency, Fulcrum.  Fulcrum and Davies told readers of the FT this week that, although real GDP figures are looking bad, GDP data look backwards, not forwards.  And looking forward, things are getting better.  Apparently, global activity is now only just below trend growth of 3.6% a year and the world economy has “again stepped back from the brink of outright recession”.  So not to worry.
Moreover, there has been a move to dismiss the validity of the idea of GDP altogether as an indicator of prosperity or the health of the capitalist economy.  The Economist magazine presented all the well-versed arguments for the weaknesses in the measurement of an economy using GDP: it does not measure the value of financial services properly, or the quality of new output and the gains of the new ‘disruptive technologies’ etc.
Many of these arguments may be right.  But it is no accident that theEconomist wishes to dismiss the GDP measure only when it produces depressing results for capitalism.  And GDP does provide a reasonable benchmark for ‘economic change’ over the long term, if not for ‘economic welfare’, i.e. the value and quality of living for the average person.
So if we work with the GDP data as we have it, we find confirmation of my view that we are in a Long Depression.  The best measure of this, in my view, is real GDP (i.e. after inflation) per person.  Real GDP per capita takes into account any expansion of population that would explain some growth in GDP just because of more people.  This applies to countries like the UK where immigration from Europe has been considerable in the last ten years.
After a look at the data,I found that between 1998 and 2006, average annual growth in real GDP per person was much higher (1.5-2% a year) than between 2007 to now (under 0.5% a year) in all the major advanced capitalist economies.  The change was particularly sharp in the US, the UK and the Eurozone, but less so in Japan (where the population has been falling).  In Italy, real GDP per head has been negative since 2007 and France almost zero.  So for nearly ten years, real GDP growth has been depressed way below previous averages.
G7 real GDP per cap growth
In a recent post on his blogsite, British Keynesian economist, Simon Wren Lewis, now an adviser to the British opposition Labour Party, put up the question: how do we explain the last ten years of slow growth or depression?
According to Wren-Lewis, the cause of the depression is the after-effects of the Great Recession and the austerity policies of the governments subsequently.  The Great Recession was caused by a ‘lack of demand’ I suppose, although Wren-Lewis is not clear on this. But no doubt he would agree with that other prominent Keynesian economist, Joseph Stiglitz, another ‘advisor’ to the British Labour party, who stated baldly at the time (2009) that “The lack of global aggregate demand is, in a sense, one of the fundamental problems underlying this crisis.     Lack of aggregate demand was the problem with the Great Depression, just as lack of aggregate demand is the problem today.”
Now I have argued in this blog that to say the cause of the Great Recession was due to a lack of demand is bit like saying that that the cause of the streets being wet today is because it is raining today.  That tells us nothing about why it is raining today and/or what causes rain to happen.  Describing the Great Recession as a lack of demand is just that, a description, not an explanation.
But Wren-Lewis goes onto to consider why the Great Recession has morphed into a Long Depression.  Apparently, it is partly because of the left-over effects of the Great Recession, but mostly because of ‘austerity’ measures by governments that has prolonged the recession instead of boosting government spending to get a recovery.
He admits that the last ten years have not turned out as the mainstream model might have expected, because this time, for some reason monetary policy has failed.  “Here it is helpful to go through the textbook story of how a large negative demand shock should impact the global economy. Lower demand lowers output and employment. Workers cut wages, and firms follow with price cuts. The fall in inflation leads the central bank to cut real interest rates, which restores demand, employment and output to its pre-recession trend.”
But this time, interest rates have been taken to zero with little effect: the economies are zero-bound so more drastic action is needed.  “We know why this time was different: monetary policy hit the zero lower bound (ZLB) and fiscal policy in 2010 went in the wrong direction.”  This was a similar conclusion that Keynes himself reached when his easy monetary policy option also failed in the early 1930s.
Well, Marxist economics could have told the Keynesians that easy money would not do the trick.  But it would also tell the likes of Wren-Lewis that‘reversing austerity’ will not either.
The implication of the Wren-Lewis position and that of all Keynesian explanations of the last ten years is that if governments had never adopted ‘neo-liberal’ policies of austerity, there would never be any recessions. But what if the cause of the Great Recession and the subsequent Long Depression is not the product of a ‘lack of demand’ as such or ‘pro-cyclical’ government spending policies (austerity) but is caused by a collapse of the capitalist sector, in particular, capitalist investment.  And that investment collapsed because profitability in the capitalist sector fell, then the mass of profits fell, leading to investment, employment and incomes to fall, in that order.  Then it’s the change in profits that leads to changes in investment and demand (consumption), not vice versa, as the Keynesians argue.
I have presented evidence for this cause of the cycle of boom and slump on this blog on many occasions.  And to quote the latest empirical study by Jose Tapia Granados (a follow-up to this) “Data show that profits stop growing, stagnate, and then start falling a few quarters before the recession, when investment and wages start falling.” Tapia concludes that“The evidence is quite overwhelming that profits peak several quarters before the recession, while investment peaks almost immediately before the recession. Then profits recover before investment does, as illustrated by the investment trough that occurs around the end of the recession or the start of the expansion but following the profit trough for at least a few quarters”.
Currently, as I have shown, global corporate profits growth has dropped to near zero and in the US corporate profits are falling.  If this is sustained, investment will contract and the major economies will drop into a new recession. Indeed, the most telling figure in the latest US GDP results was for business investment. In the first quarter of 2016, that fell 5.9% annualised, the biggest quarterly fall since the end of the Great Recession. For the first time, business investment was smaller than this time last year (by 0.4%). And even taking into account investment in housing and government, total investment fell. The fall in business investment has been mostly in energy and mining as oil prices collapsed – energy investment is down 75% since 2014!
Personal consumption growth ticked along at 2.7% yoy. Many mainstream economists argue that this is what matters in an economy because 70% of the economy is consumption. But in a capitalist economy, it is investment that decides, in particular business investment. If the negative trend in business investment continues, the US economy will not escape another recession.
The weird irony of the Keynesian/Wren-Lewis position is to argue that reducing profitability and profits (and thus raising wage share) should benefit the capitalist economy by raising consumption.  Wren-Lewis notes the argument of fellow Keynesian Paul Krugman that high profit margins for US corporations might be a result of monopoly rents (control of the market) and if we get more ‘competition’, profit margins will fall to the benefit of all.  I have dealt with the bogus mainstream argument in an article for the Jacobin online magazine.
As Wren-Lewis puts it, if profit margins fall back, that would be “an optimistic story, because an additional demand stimulus would increase wage but not price inflation, and we would see rapid growth in labour productivity as firms reversed their earlier labour for capital substitution.”
The Keynesian conclusion is that lower profits for capitalism will make capitalism work better because there will be more competition and less monopoly; and less profits means more wages and so more demand.  The Marxist conclusion is the opposite: lower profitability and profits will lead to lower investment and productivity growth and a prolongation of the depression.  Only a large destruction of capital values in a slump that restores profitability will create eventual recovery in a capitalist economy.
In effect, what the Keynesians want to see is an end to ‘neoliberal’ policies and their replacement by what used to be called ‘social democratic’ policies of government intervention to manage the capitalist economy and boost investment and demand.  With this sort of help, capitalism can be restored to provide prosperity for the majority, as it was in the Golden Age of the 1960s when Keynesian policies ruled supreme.
This is the argument that Keynesian Brad Delong and his fellow author Stephen Cohen argue in their new book, Concrete Economics.  It was also the argument presented by Brad Delong at this year’s conference of the American Economics Association (ASSA) when critiquing my own paper there on The Long Depression, the arguments of which he totally ignored.
It is a (Keynesian) myth that the brief Golden Age of fast growth, full employment and low inequality in the 1950s and 1960s was due to Keynesian economic policies.  As I have shown on this blog and elsewhere, that brief period of capitalist success (confined to the advanced capitalist economies) was due to relatively high profitability of capital after the world war and the relative strengthening of the labour movement in conditions of relatively full employment that forced concessions from capital.
The subsequent neo-liberal period was not the result of right-wing governments ‘changing the rules of the game’, to use Joseph Stiglitz’s phrasing, but the crisis of falling profitability that necessitated new reactionary policies and governments to restore profits at the expense of labour.  While profitability in the major economies remains near post-war lows, no amount of Keynesian monetary and fiscal policies will deliver a new ‘Golden Age’.
Brad Delong told us Marxist economists at ASSA that we are pessimists ‘waiting for Godot’, when capitalism can be made to work with the ‘concrete economics’ of Keynesian social democracy.  Well, the last ten years cast doubt on that view and the next few years will see who is right.





La Coordinadora Guatemalteca en Solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela

Manifiesta:

1.     Los pueblos, organizaciones, colectivos, personas y partidos políticos de izquierda integrantes de la Coordinadora Guatemalteca en Solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela, estamos conscientes que dentro del marco de la profunda crisis estructural del capitalismo se agudiza la disputa de los grandes capitales y del Imperio por los territorios, bienes naturales y los seres humanos/as de nuestra Patria Grande. Se trata, ni más ni menos, de una ofensiva contrarrevolucionaria que pretende a corto plazo restaurar los privilegios políticos y económicos de las rancias y fracasadas elites regionales, subordinar a nuestra región a los dictados e intereses geoestratégicos del Imperio y del capital, y debilitar los procesos socio-políticos revolucionarios y emancipatorias que se desarrollan en nuestra región. 

2.     Esta contraofensiva se ha ensañado con particular intensidad contra la República Bolivariana de Venezuela, utilizando para tal fin la guerra económica, la violencia, el chantaje político, la interferencia imperial y las perversas maquinaciones de las empresas de comunicación que tergiversan y falsean información sobre la realidad de nuestro país hermano.

3.     Entendemos que las fuerzas políticas de derecha pretenden aniquilar el enorme legado que nos ha dejado el Comandante Hugo Chávez Frías, quien con una increíble, coherencia, disciplina revolucionaria y visión estratégica, permitió aun en los momentos de mayor incertidumbre estratégica, abrir un horizonte para la liberación de nuestros pueblos.  El Comandante Chávez, profundo conocedor de nuestra historia y del legado filosófico-político de los libertadores, de la dinámica geopolítica mundial y de la importancia que dentro de este marco juega América Latina y el Caribe, sentó una nueva plataforma estratégica de integración regional, impulsó la cooperación sur-sur y aportó indudablemente al impulso de la constitución de un Mundo Multipolar frente a la agresiva expansión mundial de la política imperial. Logró mediante una diplomacia y fineza política tejer los hilos que han permitido el reencuentro entre los países latinoamericanos y del Caribe, reduciendo significativamente el poder intervencionista de los EEUU en la región.

4.     Estamos convencidos y convencidas que esta ruta trazada es la que debe profundizarse, que tenemos la responsabilidad histórica de defender las conquistas, de direccionar nuestros esfuerzos comunes para abortar esta contraofensiva mediante la profundización de los procesos de unidad entre las fuerzas socio-políticas comprometidas con la liberación de nuestros pueblos. Debemos avanzar en profundizar y ensanchar la praxis que nos lleve a romper con el capital y sus bases filosóficas, políticas y económicas y avanzar en la marcha hacia un nuevo modelo civilizatorio.

5.     En la Patria Grande se juega hoy una lucha sin tregua por el futuro de la humanidad. Defender la República Bolivariana de Venezuela constituye entonces una tarea política de alta significación a la cual nos debamos sumar todos y todas. Reiteramos nuestro incondicional respaldo al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y a su Presidente Nicolás Maduro.

¡Qué viva la República Bolivariana de Venezuela!
¡Qué viva Nicolás Maduro!
¡Qué viva el Comandante Eterno Hugo Chávez Frías!
¡Qué vivan los pueblos de nuestra Patria Grande que luchan por un nuevo amanecer!

Coordinadora Guatemalteca en Solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela


Guatemala 29 de abril 2016





Jorge Beinstein Origen y auge de las lumpenburguesías latinoamericanas


+A
A raíz de la llegada Mauricio Macri a la presidencia se desató en algunos círculos académicos argentinos la reflexión en torno del “modelo económico” que la derecha estaba intentando imponer. Se trató no solo de hurgar en los curriculum vitae de ministros, secretarios de estado y otros altos funcionarios sino sobre todo en la avalancha de decretos que desde el primer día de gobierno se precipitaron sobre el país. Buscarle coherencia estratégica a ese conjunto fue una tarea ardua que a cada paso chocaba con contradicciones que obligaban a desechar hipótesis sin que se pudiera llegar a un esquema mínimamente riguroso. La mayor de ellas fue probablemente la flagrante contradicción entre medidas que destruyen el mercado interno para favorecer a una supuesta ola exportadora evidentemente inviable ante el repliegue de la economía global, otra es la suba de las tasas de interés que comprime al consumo y a las inversiones a la espera de una ilusoria llegada de fondos provenientes de un sistema financiero internacional en crisis que lo único que puede brindar es el armado de bicicletas especulativas.

Algunos optaron por resolver el tema adoptando definiciones abstractas tan generales como poco operativas (“modelo favorable al gran capital”, “restauración neoliberal”, etc.), otros decidieron seguir el estudio pero cada vez que llegaban a una conclusión satisfactoria aparecía un nuevo hecho que les tiraba abajo el edificio intelectual construido y finalmente unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la conclusión de que buscar una coherencia estratégica general en esas decisiones no era una tarea fácil pero tampoco difícil sino sencillamente imposible. La llegada de la derecha al gobierno no significa el reemplazo del modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano o como se lo quiera calificar) por un nuevo modelo (elitista) de desarrollo, sino simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde cada banda de saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor tiempo posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las víctimas pero también si es necesario de sus competidores. La anunciada libertad del mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino el despliegue de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una reconversión elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco proceso destructivo.  

Si estudiamos los objetivos económicos reales de otras derechas latinoamericanas como las de Venezuela, Ecuador o Brasil encontraremos similitudes sorprendentes con el caso argentino, incoherencias de todo tipo, autismos desenfrenados que ignoran el contexto global así como las consecuencias desestabilizadoras de sus acciones o “proyectos” generadores de destrucciones sociales desmesuradas y posibles efectos boomerang contra la propia derecha[1]. Es evidente que el cortoplacismo y la satisfacción de apetitos parciales dominan el escenario.

En la década de 1980 pero sobre todo en los años 1990 el discurso neoliberal desbordaba optimismo, el “fantasma comunista” había implotado y el planeta quedaba a disposición de la única superpotencia: los Estados Unidos, el libre mercado aparecía con su imagen triunfalista prometiendo prosperidad para todos. Como sabemos esa avalancha no era portadora de prosperidad sino de especulación financiera, mientras la tasas de crecimiento económico real global seguían descendiendo tendencialmente desde los años 1970 (y hasta la actualidad) la masa financiera comenzó a expandirse en progresión geométrica. Se estaban produciendo cambios de fondo en el sistema, mutaciones en sus principales protagonistas que obligaban a una reconceptualización. En el comando de la nave capitalista global comenzaban a ser desplazados los burgueses titulares de empresas productoras de objetos útiles, inútiles o abiertamente nocivos y su corte de ingenieros industriales, militares uniformados y políticos solemnes, y empezaban a asomar especuladores financieros, payasos y mercenarios despiadados, la criminalidad anterior medianamente estructurada comenzaba a ser remplazada por un sistema caótico mucho más letal. Se retiraba el productivismo keynesiano (heredero el viejo productivismo liberal) y comenzaba a instalarse el parasitismo neoliberal.

El concepto de lumpenburguesía

Existen antecedentes de ese concepto, por ejemplo en Marx cuando describía a la monarquía orleanista de Francia (1830-1848) como un sistema bajo la dominación de la aristocracia financiera señalando que “en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía , desenfreno en el que, por la ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y en que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpenproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa”[2]. La aristocracia financiera aparecía en ese enfoque claramente diferenciada de la burguesía industrial, clase explotadora insertada en el proceso productivo. Se trataba, según Marx, de un sector instalado en la cima de la sociedad que lograba enriquecerse “no mediante la producción sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada”[3]. Ubiquemos dicha descripción en el contexto del siglo XIX europeo occidental marcado por el ascenso del capitalismo industrial donde esa aristocracia navegando entre la usura y el saqueo aparecía como una irrupción históricamente anómala destinada a ser desplazada tarde o temprano por el avance de la modernidad. Marx señalaba que hacia el final del ciclo orleanista “La burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la pequeña burguesía estaba moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos. “La dinastía de los Rothschild”, “Los usureros, reyes de la época”, etc. en lo que se denunciaba y anatematizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia financiera” [4].

Resulta notable ver aparecer a los Rothschild como “usureros”, imagen claramente precapitalista, cuando en las décadas que siguieron y hasta la Primera Guerra Mundial simbolizaron al capitalismo más sofisticado y moderno. Karl Polanyi los idealizaba como pieza clave de la Haute Finance europea instrumento decisivo, según él, en el desarrollo equilibrado del capitalismo liberal, cumpliendo una función armonizadora poniéndose por encima de los nacionalismos, anudando compromisos y negocios que atravesaban las fronteras estatales calmando así la disputas interimperialistas. Describiendo a la Europa de las últimas décadas del siglo XIX Polanyi explicaba que: “los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez”[5].

Lo que para Marx era una anomalía, un resto degenerado del pasado, para Polanyi era una pieza clave de la “Pax Europea”, del progreso liberal de Occidente quebrado en 1914.  La permanencia de los Rothschild y de sus colegas banqueros durante todo el largo ciclo del despegue y consolidación industrial de Europa demostró que no se trataba de una anomalía sino de una componente parasitaria indisociable (aunque no hegemónica en ese ciclo) de la reproducción capitalista. Por otra parte el estallido de 1914 y lo que siguió desmintió la imagen de cúpula armonizadora, estableciendo acuerdos, negocios que imponían equilibrios. Sus refinamientos y su aspecto “pacificador” formaban parte de un doble juego peligroso pero muy rentable, por un lado alentaban de manera discreta toda clase de aventuras coloniales y ambiciones nacionalistas como por ejemplo las carreras armamentistas (y de inmediato pasaban la cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban producir desastres, pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a monstruos que absorbían drogas cada vez más fuertes terminó como tenía que terminar: con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.

El concepto de “lumpenburguesía” aparece por primera vez hacia fines de los años 1950 a través de algunos textos de “Ernest Germain” seudónimo empleado por Ernest Mandel haciendo referencia a la burguesía de Brasil que el autor consideraba una clase semicolonial, “atrasada”, no completamente “burguesa” (en el sentido moderno-occidental del término). Fue retomado más adelante, en los años 1960-1970 por André Gunder Frank generalizándolo a las burguesías latinoamericanas[6]. Tanto Mandel como Gunder Frank establecían la diferencia entre las burguesías centrales: estructuradas, imperialistas, tecnológicamente sofisticadas y las burguesías periféricas, subdesarrolladas, semicoloniales, caóticas, en fin: lumpenburguesas (burguesías degradadas).

Pero ese esquema empezó a ser desmentido por la realidad desde los años 1970 con la declinación del keynesianismo productivista y sus acompañantes reguladores e integradores.  Se desató el proceso de transnacionalización y financierización del capitalismo global que desde comienzos de los años 1990 (con la implosión de la URSS y la aceleración del ingreso de China en la economía de mercado) adquirió un ritmo desenfrenado y una extensión planetaria. Mientras se desaceleraba la economía productiva crecía exponencialmente la especulación financiera, una de sus componentes principales, los productos financieros derivados equivalían a unas dos veces el Producto Bruto Mundial en el 2000 y representaban en 2008 unas 12 veces el Producto Bruto Mundial, por su parte la masa financiera global (derivados y otros papeles) equivalía en ese momento a una 20 veces el Producto Bruto Mundial. Hegemonía financiera apabullante que transformó completamente la naturaleza de la elites económicas del planeta, la desregulación (es decir la violación creciente de todas las normas), el cortoplacismo, las dinámicas depredadoras, fueron los comportamientos dominantes produciendo veloces concentraciones de ingresos tanto en los países centrales como en los periféricos, marginaciones sociales, deterioros institucionales (incluidas las crisis de representatividad). 

Todo ello se ha agravado desde la crisis financiera de 2008 confirmando la existencia de una lumpenburguesía global dominante (resultado de la decadencia sistémica general) cuyos hábitos de especulación y saqueo enlazan con ascensos militaristas que potencian su irracionalidad, los Estados Unidos se encuentran en el centro de esa peligrosa fuga hacia adelante. Escalada militar en el Este de Europa, Medio Oriente y Asia del Este acompañada por claros síntomas de descontrol financiero donde por ejemplo el Deustche Bank acumula actualmente unos 75 billones de dólares en productos financieros derivados[7], papeles altamente volátiles que representaban en 2015 unas 22 veces el Producto Bruto Interno de Alemania y unas 4,6 veces el Producto Bruto Interno de toda la Unión Europea, del otro lado del Atlántico solo cinco grandes bancos norteamericanos (Citigroup, JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America y Morgan Stanley) acumulaban derivados por cerca de 250 billones de dólares[8], equivalentes a 3,4 veces veces el Producto Bruto Mundial o bien unas 14 veces el Producto Bruto Interno de los Estados Unidos. Imaginemos las consecuencias económicas globales del muy probable desplome de esa masa de papeles, mientras tanto los grandes lobos de Wall Street juegan alegremente al poker admirados por pequeñas aves carroñeras de la periferia deseosas de “abrirse al mundo” y participar del festín. 

América Latina

América Latina no ha quedado fuera de esa mutación de carácter global. Existe un consenso bastante amplio en cuanto a la configuración de las elites económicas latinoamericanas durante las dos primeras etapas de la “modernización” regional (es decir su integración plena al capitalismo) entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX: la agro-minera-exportadora con sus correspondientes “oligarquías” seguida por el llamado período (industrializante) de sustitución de importaciones con la emergencia de burguesías industriales locales. Especificidades nacionales de distinto tipo muestran casos que van desde la inexistencia de  “segunda etapa” en pequeños países casi sin industrias hasta desarrollos industriales significativos como en Brasil, Argentina o México con burguesías y empresas estatales poderosas. Desde prolongaciones industriales de las viejas oligarquías hasta irrupciones de clases nuevas , advenedizos no completamente admitidos por las viejas elites hasta integraciones de negocios donde los viejos apellidos se mezclaban con los de los recién llegados.

En torno de los años 1960-1970 el proceso de industrialización fue siendo acorralado por la debilidad de los mercados internos y su dependencia tecnológica y de las divisas proporcionadas por las exportaciones primarias tradicionales, apabullado por un capitalismo global que impuso ajustes y destruyó o se apoderó de tejidos productivos locales. La transnacionalización y financierización globales se expresaron en la región como desarrollo del subdesarrollo, firmas occidentales que pasaron a dominar áreas industriales decisivas mientras bancos europeos y norteamericanos hacía lo propio con el sector financiero, al mismo tiempo se agudizaba la exclusión social urbana y rural. La llamada etapa de industrialización por sustitución de importaciones había significado el fortalecimiento del Estado y en varios casos importantes la “nacionalización” de una porción significativa de las elites dominantes con la emergencia de burguesías industriales nacionales inestables, pero eso comenzó a ser revertido desde los años 1960-1970 y el proceso de colonización se aceleró en los años 1990.   

Lo que ahora constatamos son combinaciones entre asentamientos de empresas transnacionales dominantes en la banca, el comercio, los medios de comunicación, la industria, etc. rodeados por círculos multiformes de burgueses locales completamente transnacionalizados en sus niveles más altos rodeados a su vez por sectores intermedios de distinto peso. Los grupos locales se caracterizan por una dinámica de tipo “financiero” combinando a gran velocidad toda clase de negocios legales, semilegales o abiertamente ilegales, desde la industria o el agrobusiness hasta el narcotráfico pasando por operaciones especulativas o comerciales más o menos opacas. Es posible investigar a una gran empresa industrial mexicana, brasileña o argentina y descubrir lazos con negocios turbios, colocaciones en paraísos fiscales, etc. o a una importante cerealera realizando inversiones inmobiliarias en convergencia con blanqueos de fondos provenientes de una red-narco a su vez asociada a un gran grupo mediático. Las elites económicas latinoamericanas aparecen como una parte integrante de la lumpenburguesía global, son su sombra periférica, ni más ni menos degradada que sus paradigmas internacionales. Muy por debajo de todo ese universo sobreviven pequeños y medianos empresarios industriales, agrícolas o ganaderos que no forman parte de las elites pero que si consiguen ingresar al ascensor de la prosperidad inevitablemente son capturados por la cultura de los negocios confusos, si no lo hacen se estancan en el mejor de los casos o emprenden el camino del descenso.

Aunque cuando estudiamos a esas elites rápidamente descubrimos que su dinámica puramente “económica” solo existe en nuestra imaginación, un negocio inmobiliario de gran envergadura seguramente requiere conexiones judiciales, políticas, mediáticas, etc., por su parte para llegar a los niveles más altos de la mafia judicial es necesario disponer de buenas conexiones con círculos de negocios, políticos, mediáticos, etc. y ser exitoso en la carrera política requiere fondos y coberturas mediáticas y judiciales. En suma, se trata en la práctica de un complejo conjunto de articulaciones mafiosas, grupos de poder transectoriales vinculados a, más o menos subordinados a (o formando parte de) tramas extra-regionales a través de canales de diverso tipo: el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, un mega banco occidental, una red clandestina de negocios, alguna empresa industrial transnacional, etc. 

A comienzos del siglo XX la elites latinoamericanas formaban parte de una división internacional del trabajo donde la periferia agropecuaria-minera exportadora se integraba de manera colonial a los capitalismos centrales industrializados, en aquellos tiempos Inglaterra era el polo dominante[9]. Luego llegó el siglo XX y su recorrido de crisis, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, keynesianismos, fascismos, socialismos… pero al final de ese siglo todo ese mundo quedaba enterrado, triunfaba el neoliberalismo y el capitalismo globalizado y cuando este entró en crisis en América Latina emergieron y se instalaron las experiencias progresistas que intentaron resolver las crisis de gobernabilidad con políticas de inclusión social a sistemas que eran más o menos reformados buscando hacerlos más productivos, menos sometidos a los Estados Unidos, más igualitarios y democráticos. Las elites dominantes se pusieron histéricas, aunque no habían sido seriamente desplazadas perdían posiciones de poder, se les escapaban de las manos negocios suculentos y su agresividad fue en aumento a medida que la crisis global dificultaba sus operaciones. Por su parte los Estados Unidos en retroceso geopolítico global acentuó sus presiones sobre la región intentando su recolonización. Al comenzar el año 2016 los progresismos han  sido acorralados como en Brasil o Venezuela o derrocados como en Paraguay o Argentina, Obama se frota las manos y sus buitres se lanzan al ataque, los capriles y macris cantan victoria convencidos de que estamos retornando a la “normalidad” (colonial), pero no es así; en realidad estamos ingresando en una nueva etapa histórica de duración incierta marcada por una crisis deflacionaria global que se va agravando acompañada por señales alarmantes de guerra. 

Las éĺites dominantes locales no son el sujeto de una nueva gobernabilidad sino el objeto de un proceso de decadencia que las desborda, peor aún esas lumpenburguesías aportan crisis a la crisis más allá de sus manipulaciones mediáticas que tratan de demostrar lo contrario, creen tener mucho poder pero no son más que instrumentos ciegos de un futuro sombrío. Aunque la declinación real del sistema abre la posibilidad de un renacimiento popular, seguramente difícil, doloroso, no escrito en manuales, ni siguiendo rutas bien pavimentadas y previsibles. 

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Este texto ha sido publicado en el número 6 de la revista Maíz, Facultad de Periodismo y Ciencias de la Comunicación – Universidad Nacional de La Plata, Argentina, mayo de 2016.            

- Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires.
         
  




[1]    Jorge Beinstein, "Serra contra o Mercosul: o auge das direitas loucas na América Latina" http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Internacional/Serra-contra-o-Mercosul-o-auge-das-direitas-loucas-na-America-Latina%0D%0A/6/15507

[2]    Carlos Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”,  en Carlos Marx-Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo I, páginas 128-129, Editorial Progreso, Moscú 1966.
[3]    Ibid.
[4]    Ibid.
[5]    Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and Economic Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston, Massachusetts, 2001.
[6]    Andre Gunder Frank, “Lumpenburguesía: lumpendesarrollo”, Colección Cuadernos de América, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1970.
[7]    Tyler Durden, "Is Deutsche Bank The Next Lehman?", Zero Hedge, http://www.zerohedge.com/news/2015-06-12/deutsche-bank-next-lehman

[9]    "La inversión de las naciones industriales, en especial de Inglaterra, fluyó hacia América Latina. Entre 1870 y 1913, el valor de las inversiones británicas aumentó de 85 millones de libras esterlinas a 757 millones, una multiplicación casi por nueve en cuatro décadas. Hacia 1913, los inversores británicos poseían aproximadamente dos tercios del total de la inversión extranjera". Skidmore, Thomas E. y Smith, Peter H., "Historia contemporánea de América Latina. América Latina en el siglo XX", Ed. Grijalbo. 4a. edición, España, 1996.
http://www.alainet.org/es/articulo/177207
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