Claudio Katz Dependencia y Teoría de valor


La teoría marxista de la dependencia postuló una explicación del subdesarrollo asentada en la dinámica del valor. Con ese fundamento explicó el intercambio desigual y los ciclos industriales de América Latina, en una época previa al actual predominio del extractivismo y las maquilas. ¿Cuáles son los conceptos vigentes de esa caracterización? ¿Cómo deben evaluarse sus omisiones o insuficiencias?
Las causas del intercambio desigual
En los años 70 Marini estudió los desequilibrios de la industria que impedían a Brasil, México o Argentina repetir el desarrollo de las economías centrales. Describió cómo la preeminencia del capital extranjero incentivaba las transferencias de valor al exterior, mientras la provisión foránea de maquinaria obsoleta aumentaba la pérdida de divisas. Destacó que las grandes empresas remuneraban a los trabajadores por debajo del promedio imperante en las metrópolis y señaló que sus pares locales compensaban sus debilidades competitivas con una mayor extracción de plusvalía (Marini, 1973: 16-66).
Ese diagnóstico presentaba numerosos parentescos con las teorías del intercambio desigual de la época. Todos los autores razonaban suponiendo escenarios de transferencias de valor de las economías retrasadas a las avanzadas. Esas asimetrías eran atribuidas a la retribución internacional diferenciada del trabajo incorporado en los bienes elaborados en ambos polos.
Estas visiones extendían al contexto mundial el esquema expuesto por Marx, para ilustrar de qué forma los precios de producción alteran los valores de las mercancías, en función de la productividad vigente en las distintas ramas de la economía. Consideraban las transacciones entre productos de distinta complejidad, generados en países con grandes desniveles de desarrollo.
El debate comenzó con las tesis de Emmanuel que explicaba la desigualdad en los intercambios por las divergencias de los salarios. Postulaba que la fuerza de trabajo no acompañaba la mundialización de los precios de producción y las tasas de ganancia. Ese divorcio determinaba la perpetuación de las brechas entre ambos tipos de economías (Emmanuel, 1972: cap 3).
Como esa caracterización resaltaba la centralidad de la explotación y anticipaba descripciones de las maquilas, algunos analistas observan coincidencias con el modelo de Marini (Rodrigues, 2017). Pero en los hechos, las afinidades del pensador brasileño eran mayores con los críticos marxistas de Emmanuel. Estos objetores atribuían el intercambio desigual a las diferencias de productividad y no de salarios. Consideraban que las distancias en el desenvolvimiento de las fuerzas productivas explicaban las brechas en las remuneraciones y no a la inversa (Bettelheim, 1972a).
Esta mirada subrayaba que el salario es un resultado y no un determinante de la acumulación. Estimaba que el nivel de los sueldos depende en cada país de la productividad, el ciclo, el acervo de capital y la intensidad de la lucha de clases (Mandel, 1978: cap XI).
Esas objeciones alertaron también contra la magnificación de la brecha salarial internacional. Recordaron que el análisis de esa fractura, debe registrar la mayor productividad de las actividades calificadas imperantes en las economías centrales (Bettelheim, 1972b).
Ninguna de esas caracterizaciones puso en tela de juicio la existencia del intercambio desigual. Pero señalaron que esa asimetría en el comercio constituía tan sólo una causa del subdesarrollo, con efectos disímiles en cada estadio del capitalismo mundial (Arrighi, 1990).
El debate también desembocó en otros planteos que postularon la presencia del intercambio desigual, cuando las divergencias entre los salarios son mayores que sus equivalentes en las productividades (Amin, 1976: 159-161). Esta mirada señaló que el divorcio se asienta en la creciente movilidad internacional de los capitales y las mercancías, frente a la inalterada inmovilidad de la fuerza de trabajo (Amin, 2003: cap 4).
La visión de Marini sintonizaba con estos enfoques correctivos. En su presentación del ciclo dependiente, destacó que las transferencias de plusvalía hacia las economías avanzadas eran consecuencia de las grandes brechas existentes en los niveles de desarrollo. Reconoció las fuertes divergencias en los salarios, sin observarlas como determinantes de la fractura entre el centro y la periferia.
Esa óptica no sólo coincidió con la síntesis madurada por los participantes del debate. Confirmó que a diferencia de varios economistas heterodoxos, el teórico de la dependencia atribuía el subdesarrollo a la dinámica polarizadora del capitalismo mundial y no al retraso de los salarios latinoamericanos.
El alcance de la mundialización
En las controversias sobre el intercambio desigual se intentó esclarecer también cuál era nivel de internacionalización alcanzado por el capitalismo. Todos recordaron que Marx expuso su modelo concibiendo escenarios nacionales. Esa referencia estaba presente en los distintos niveles de abstracción de su esquema. Regía en la formación de los valores individuales y sociales de las mercancías, en las técnicas modales definitorias de la productividad sectorial, en la formación de la ganancia media y en los precios de producción, mercado o monopolio.
Estos pilares analíticos fueron radicalmente modificados por el diagrama de variables internacionalizadas que postuló Emmanuel. La referencia británica de Marx fue sustituida por un equivalente global. Esa reconsideración era lógica un siglo después de publicado El Capital. ¿Pero correspondía evaluar el intercambio desigual en un marco de economías totalmente globalizadas?
Un destacado teórico objetó ese supuesto remarcando la continuada relevancia de las variables nacionales. Observó que los precios de producción y las ganancias medias continuaban establecidos a esa escala, determinando una variedad de situaciones yuxtapuestas en el plano mundial. Destacó que la ausencia de instituciones estatales mundiales determinaba la continuidad de monedas, aranceles, tipos de cambio y precios nacionalmente diferenciados (Mandel, 1978: cap XI).
Esa visión deducía el intercambio desigual de las transacciones entre mercancías, con cantidades diferentes de horas trabajadas para su producción. Entendía que las transferencias de plusvalía se consumaban por la mayor remuneración internacional del trabajo más industrializado.
Era una tesis afín al marco keynesiano de posguerra y a los modelos de sustitución de importaciones en las semiperiferias. En ambos polos prevalecía la fabricación nacional integrada. El sello aclaratorio del lugar de producción expresaba una elaboración completa al interior de cada país.
Pero este enfoque fue objetado por otra interpretación, que subrayó la vigencia de un nuevo marco de variables internacionalizadas. Explicó la centralidad del intercambio desigual por la novedosa fractura, entre capitales circulantes por todo el planeta y fuerzas de trabajo atadas a la localización nacional.
Esta visión cuestionó la presentación de la economía mundial como un conglomerado de unidades yuxtapuestas y subrayó la preeminencia de un funcionamiento internacionalizado. Señaló que el “valor mundial” constituía un nuevo principio ordenador de todas las categorías del capitalismo (Amin, 1973: 12-87).
Otros autores profundizaron esa conceptualización, contrastando explícitamente el escenario de Marx con la nueva era de firmas multinacionales. Señalaron que las empresas, ramas y procesos de producción ya operaban en forma internacionalizada a escala intra e intersectorial (Carchedi, 1991, cap 3 y 7).
Marini no definió su preferencia por uno u otro enfoque en su obra de los años 60-70. Pero posteriormente subrayó la contundente primacía del curso globalizador (Marini, 2007: 231-252). Ese rumbo se ha profundizado y requiere otra conceptualización.
Globalización productiva
El avance cualitativo registrado en la mundialización modifica los términos del debate desarrollado hace varias décadas. Salta a la vista el carácter globalizado de muchas actividades que no tenían ese perfil en los años 70. Esa modificación consolida la tendencia de un gran segmento de la economía a desenvolverse con precios y tasas medias de ganancia internacionalizados.
La nueva división global del trabajo que despuntó en el debut del neoliberalismo se ha consolidado con la actual relocalización fabril. Se ha generalizado el desplazamiento de las empresas transnacionales, que emigran a la periferia para lucrar con la baratura, disciplina o sometimiento de los trabajadores. Ese cambio fue incluso percibido por los autores que en los años 70, objetaban la vigencia de un status avanzado de mundialización. En la década posterior reconocieron la nueva presencia de campos de valorización regidos por barómetros internacionales (Mandel, 1996).
La preeminencia actual de ese segmento global es notoria. No sólo los tradicionales límites a la movilidad del capital y las mercancías fueron quebrantados por la mundialización financiera y los tratados de libre comercio. También se debilitó la obstrucción interpuesta por la multiplicidad de tipos de cambio a los patrones internacionales de precios y ganancias. Algunas economías confluyeron en monedas comunes (Europa) y otras dolarizaron sus movimientos o instauraron formas regionales de coordinación cambiaria.
La ausencia de un sistema estatal planetario continúa imposibilitando la vigencia de variables plenamente mundializadas. Pero las empresas transnacionales operan a esa escala y los organismos que apuntalan su actividad (BM, FMI, OMC), administran modalidades tendenciales de esa gestión.
Los mecanismos de mayor internacionalización han sido particularmente introducidos en las cadenas globales de valor. Ese tipo de estructuras incluye formas muy avanzadas de localización diversificada de los procesos de fabricación. Las empresas aprovechan las diferencias de rentabilidad que genera esa variedad de formas de explotación.
Las cadenas aseguran la captura de beneficios extraordinarios por parte de las empresas ubicadas en la cúspide de la red. En la industria del vestido, por ejemplo, las plusganancias quedan en manos de los grandes compradores (marcas), en desmedro de los fabricantes textiles (plantas automatizadas) y las firmas intensivas en mano de obra (Starosta; Caligaris, 2017: 237-276). El mismo principio de redistribución de la plusvalía opera en el funcionamiento territorial de las empresas satélites. La subcontratación es el principal dispositivo de transferencia de valor. La compañía rectora obtiene ganancias superiores, fijando las condiciones de adquisición de los insumos provistos por sus abastecedores.
En las cadenas ya opera un circuito unificado de precios y ganancias medias internacionalizadas. Marini sólo observó en las maquilas los anticipos de un mecanismo que remodela toda la dinámica del intercambio desigual.
En la etapa actual la generación de plusvalía diverge significativamente de su distribución geográfica. El proceso de transformación de los valores en precios se consuma a escala internacional, acompañando el divorcio entre mercancías producidas en un país y consumidas en otro. La plusvalía gestada con bajos costos en las fábricas de Asia es plasmada en los mercados de Estados Unidos y Europa, bajo la gestión de las empresas transnacionales (Smith, 2010; 246-249). En esta nueva secuencia las transferencias internacionales de valor asumen una escala sin precedentes.
El sentido del trabajo potenciado
Los desplazamientos mundiales de plusvalía que fundamentan la dinámica del intercambio desigual han suscitado fuertes controversias. Algunos autores impugnan su vigencia, señalando que las diferencias entre economías desarrolladas y retrasadas derivan de la existencia de productividades disímiles. Afirman que las horas de trabajo en ambos lugares no son simplemente comprables. El contraste requiere considerar el nivel de complejidad laboral en el centro y el consiguiente gasto superior en formación de la fuerza de trabajo (Astarita, 2010: 140-145).
Esa desigualdad se resume en la noción de trabajo potenciado, que Marx utilizó para caracterizar las modalidades laborales avanzadas. Como la periferia carece de esas calificaciones comercia desde un status diferente, sin generar transferencias en el intercambio de mercancías (Astarita, 2011). Los capitales del centro no sustraen valor de las economías relegadas. Sólo producen mercancías más valorizadas con mejores técnicas y menor cantidad de horas de trabajo (Astarita, 2013b).
En los años 70 los debates sobre este mismo problema se plantearon en otros términos. Bettelheim señaló que era incorrecto comparar los salarios de las distintas economías omitiendo las diferencias de productividad. Pero introdujo esa observación sólo para revisar el alcance del intercambio desigual. Buscó enmendar esa tesis sin invalidarla. Conectó la gravitación de los salarios a sus diferentes productividades, pero en ningún momento cuestionó las transferencias internacionales de valor, en que se asienta el funcionamiento del capitalismo mundial.
Su señalamiento permite entender que el trabajo potenciado no desmiente los desplazamientos internacionales de plusvalía. Simplemente incorpora distintas complejidades del trabajo a una estructura de funcionamiento global, modificando las magnitudes en juego.
El trabajo potenciado es un concepto relevante, en relación al tiempo de trabajo socialmente necesario que rige en cada rama de la producción. El análisis de esa categoría se ubica en ese plano determinante del valor de las mercancías.
Pero los bienes no se intercambian por esas magnitudes, sino en función de los precios de producción que adopta cada producto, al cabo de un proceso de conformación de la ganancia media. Esa dinámica involucra transferencias de valor entre distintas ramas en una circulación intermediada por el dinero. A través de ese eslabón, las mercancías elaboradas con calificaciones diferentes y productividades diversas quedan convertidas en unidades intercambiables.
En este segundo terreno de transferencias de plusvalía se sitúa el estudio del intercambio desigual. A esa escala del mercado mundial y de la totalidad de las mercancías, no existe ninguna incompatibilidad con los parámetros del trabajo potenciado, que definen previamente el valor de las mercancías en cada sector.
Esta diferencia de niveles analíticos ha sido subrayada por los investigadores, que recuerdan por qué razón la noción de trabajo potenciado fue introducida en el primer tomo de El Capital. Allí se indaga la formación del valor de las mercancías.
En las observaciones sobre el mercado mundial añade otro concepto, para resaltar las diferencias existentes entre productos gestados con disímiles niveles de acumulación. A esa brecha alude con el concepto de remuneración internacional diferenciada del trabajo más productivo (Machado, 2011). Esta segunda categoría -situada en un plano más empírico-concreto- fue el punto de partida de los debates sobre el intercambio desigual.
En un ejemplo contemporáneo de estas distinciones, se podría señalar que el trabajo potenciado se verificó cuando Microsoft desplazó a IBM. Allí fijó un nuevo parámetro de valor en el universo informático. La dinámica de transferencias de plusvalía se observó en cambio en otro plano y a otra escala, cuando la misma empresa absorbió valor -en concepto de renta tecnológica- a múltiples firmas de distintos sectores. El despegue del índice NASDAQ en Wall Street ilustró esa captación.
En esta segunda dimensión y en la órbita internacional se ubica la problemática inicialmente estudiada por el intercambio desigual. Comenzó a conceptualizar los flujos internacionales de plusvalía provenientes de las economías retrasadas. Esos países exportan bienes elementales y participan en tareas básicas de la fabricación internacionalizada de las mercancías. El trabajo potenciado es un componente y no una refutación de ese proceso.
Monopolio y dualidad del valor
Los cuestionamientos a las transferencias internacionales de valor -postuladas por el dependentismo- se basan también en la relevancia asignada a los monopolios. Los críticos estiman que la gravitación otorgada por esa escuela, a las grandes empresas en la determinación de los precios, divorcia a esas cotizaciones de la lógica objetiva de la ley del valor (Astarita, 2014a).
Pero esa incidencia de los monopolios sólo es concebida con duraciones transitorias, a favor de las firmas que detentan un relativo dominio del mercado. Como tarde o temprano enfrentan la competencia de otras compañías del mismo peso, no pueden eternizar su control. Reconocer la capacidad de los monopolios para multiplicar beneficios en segmentos diferenciados, no entraña ningún desconocimiento de la ley del valor. Sólo se registra otra esfera de funcionamiento de ese principio.
Marini siempre estuvo más próximo a los pensadores marxistas que resaltaban esa dinámica de competencia diferenciada entre monopolios (como Mandel). Mantuvo más distancias con los teóricos que subrayaban la capacidad de las grandes firmas para manejar los precios en forma descontrolada (como Sweezy).
Quienes, por el contrario, adoptaron la acertada crítica de varios economistas a la magnificación de los monopolios (como Shaik), ahora se ubican en al extremo opuesto. Niegan la evidente existencia de gigantescas corporaciones que obtienen ganancias extraordinarias en ciertos mercados, a costa de las compañías de menor envergadura.
Los monopolios logran beneficios extraordinarios por su peso dominante. Pero a largo plazo, no pueden sustraerse de los principios que rigen la conformación de todos los precios, bajo el impacto combinado de la productividad y las necesidades sociales. El primer factor incide en esa valoración a través del tipo de empresas predominantes en la oferta de cada sector. El segundo influye mediante el perfil que asume la demanda (Rosdolsky, 1979: 101-125).
Si por ejemplo una rama está ascendiendo (calzado deportivo), habrá lugar para las firmas de menor y mayor productividad, mientras que en el caso inverso (sombreros) tenderán a subsistir sólo las más eficientes. El cruce de ambos procesos genera los premios y castigos del mercado, a las empresas que economizan o derrochan trabajo social (Katz, 2009: 31-60).
Las grandes compañías suelen obtener beneficios superiores al promedio por su primacía en la innovación (rentas tecnológicas) o por su control de la oferta de un bien escaso (renta natural). Pero sólo preservan esas plusganancias durante el lapso que limitan la competencia en el sector hegemonizado y aprovechan la vigencia de necesidades sociales amoldadas a la demanda de sus mercancías. Ambos determinantes condicionan los precios finales de todas las mercancías (Mandel, 1985: 209-216).
Esta caracterización de la dimensión dual del valor no sólo clarifica las singularidades y límites de los monopolios. También resalta la gravitación del mercado, en el reconocimiento ex post del trabajo incorporado a las mercancías. Esta última dimensión clarifica la existencia de crisis específicas de realización del valor.
Marini estudió este tipo de problemas derivados de la doble faceta de las mercancías. Indagó la pirámide de los monopolios, los desequilibrios de la demanda y las crisis generadas por la estrechez del consumo en la periferia (Marini, 1979: 18-39).
Adscribió a una tradición de la economía marxista, que discrepa con las vertientes exclusivamente centradas en el análisis del valor en la esfera de la producción. Ese enfoque cuantifica a esa variable sólo en el ámbito inicial de generación de la plusvalía. Subraya en forma insistente la gravitación asignada por Marx a la lógica de la explotación y deduce todas las contradicciones del capitalismo de lo ocurrido en esa esfera. Con esa óptica descalifica los desequilibrios localizados en el plano de la demanda.
La crítica al dependentismo está enraizada en esta vieja interpretación “tecnológica” del valor, que algunos analistas han objetado recientemente (Solorza; Deytha, 2014). Con ese fundamento conceptual es muy difícil captar las singularidades de las economías periféricas que investigó Marini.
Incomprensión del subdesarrollo
Las transferencias de valor aportan el sustento teórico para evaluar cómo se canaliza la plusvalía entre las distintas fracciones burguesas de la periferia. Si se desconoce esta dimensión, resulta imposible entender la forma que asumen los conflictos distributivos, en países periódicamente afectados por esas pugnas. Un ejemplo de ese tipo fue la disputa con los agro-sojeros de Argentina en el 2008.
Se afirma que esa indagación oscurece la contradicción central entre el capital y el trabajo (Astarita, 2009b). Pero en los hechos ocurre lo contrario. Clarifica el escenario de ese antagonismo social, al situarlo en el marco de las tensiones que acosan a los opresores. Ninguna acción política de los asalariados es efectiva si se ignoran los conflictos por arriba.
Esa gravitación de los choques entre dominadores es desconsiderada como un desvío de la atención prioritaria en el proletariado. Se estima que esa deformación es propia del “marxismo nacional y popular”, que postula caminos de convergencia del antiimperialismo con el socialismo (Astarita, 2014a). La teoría marxista de la dependencia es visualizada como una expresión suprema de ese desacierto.
Pero esa actitud cierra todas las posibilidades de participación en las luchas populares de América Latina, promoviendo estrategias de radicalización para avanzar hacia el logro de las metas anticapitalistas.
El rechazo de esta intervención política corona las dificultades teóricas para explicar el subdesarrollo. Al objetar la existencia de transferencias de valor de la periferia al centro queda obstruida la comprensión de la estratificación global. La relativa estabilidad histórica de esa fractura se convierte en un enigma irresoluble.
La simple constatación de mayor productividad en las economías avanzadas, no explica la reproducción de esa brecha en un sistema regido por la competencia. Las tesis antidependentistas rehúyen estos dilemas.
A lo sumo evalúan el origen histórico de las asimetrías de desarrollo, señalando el lugar que ocupa cada país en la división internacional del trabajo (Astarita, 2013c). También recuerdan la herencia legada por los sistemas pre-capitalistas y el rol jugado por las distintas burguesías (Astarita, 2004: cap 8). Pero esas observaciones se limitan a describir la polarización de la acumulación a nivel mundial, sin esclarecer los mecanismos de esa fractura.
El problema no radica en lo ocurrido durante el surgimiento del capitalismo, sino en lo sucedido a posteriori. El proceso contemporáneo de subdesarrollo y su continuidad requieren alguna explicación. Frente al silencio de sus críticos, la teoría marxista de la dependencia ofrece una interpretación basada en las transferencias de plusvalía.
Ciclos de las materias primas
La escasa participación de Marini en los debates sobre el intercambio desigual probablemente obedeció a su peculiar uso de ese concepto. Lo utilizó como simple fundamento de la adversidad estructural padecida por la economía latinoamericana. Identificó esa asimetría con el deterioro de los términos de intercambio (Marini, 1973: 24-38).
Ese principio era el cimiento indiscutido de muchos enfoques de la época. La desvalorización perdurable de las exportaciones primarias era atribuida por la CEPAL, a la estructura socio-económica de la periferia. Estimaba que en las metrópolis las ganancias y los salarios crecían por encima de la productividad (manteniendo elevados los precios industriales), mientras que en su contraparte agro-exportadora prevalecía un proceso opuesto (Prebisch, 1986).
Marini compartía esa conclusión pero no la interpretación institucionalista. Explicaba la depreciación de los bienes primarios por la dinámica objetiva de la acumulación a escala internacional. Describía cómo las inversiones externas facilitaban la apropiación de los recursos de la periferia y atribuía esa exacción a la subordinación de los países retrasados. Pero este acertado diagnóstico no esclarecía los mecanismos que desvalorizaban a las materias primas.
Una influyente pista para resolver ese enigma fue aportada por los primeros estudios de transferencia de la plusvalía entre regiones avanzadas y retrasadas de Europa (Howard; King, 1992: 189-2000). Esta caracterización contrastaba con la simple identificación desarrollista de las adversidades del intercambio con la implementación de erróneas políticas económicas.
En pleno auge de estas visiones apareció el primer cuestionamiento al principio de inexorable depreciación de las exportaciones primarias. El encarecimiento del petróleo que acompañó a la irrupción de la OPEP suscitó esa crítica, en medio de un gran atesoramiento de divisas por parte de las retrasadas economías de Medio Oriente.
Este episodio involucraba a una materia prima muy peculiar y enriquecía a pocos países. Pero la objeción conceptual al deterioro de los términos de intercambio se afianzó con cuestionamientos empíricos a la tesis Prebish. Los críticos ejemplificaron con el caso de Estados Unidos, la ausencia de total automaticidad entre agro-exportación y subdesarrollo (Bairoch, 1999: 234-236).
Entre los marxistas comenzó también una reconsideración de la especificidad de los productos básicos. Dada su dependencia de la naturaleza, esos insumos difieren de sus pares fabriles por la menor flexibilidad a la innovación tecnológica y al consiguiente incremento de la productividad. Por eso tienden a encarecerse suscitando procesos reactivos de industrialización de las materias primas (Grossman, 1979: 269-290). Esas oleadas de inversión generan sustitutos, como ocurrió por ejemplo con el caucho sintético, cuando la demanda automotriz apreció a su precedente natural.
Aunque el deterioro de los precios se verifica en un gran número de productos básicos, la dinámica prevaleciente en el sector está dictada por un patrón cíclico de cotizaciones. Esa fluctuación amolda la comercialización de esos bienes al doble proceso de presiones encarecedoras y reacciones de abaratamiento.
Aplicando este criterio, algunos estudios retrataron los ciclos históricos de las materias primas. La apreciación inicial (1820-73) fue sucedida por dos picos ascendentes en la primera mitad del siglo XX y un tercero determinado por los shocks petroleros (1970-80). En todos los casos se registraron oleadas de inversión en la actividad primaria para revertir esos aumentos (Mandel, 1978: cap 3). Este esclarecimiento de la especificidad de los insumos básicos indujo a revisar otra noción clave para las economías periféricas.
La reintroducción de la renta
Las modalidades de la renta agro-minera despertaron poca atención en el dependentismo. Fueron en cambio estudiadas por el endogenismo marxista para comprender el atraso latinoamericano. El grueso de esos análisis presentaba a ese excedente como un “resabio feudal”.
Marini rechazó esa caracterización objetando la subsistencia de formas de exacción pre-capitalista. El trasfondo de la controversia era político. El pensador brasileño propiciaba un proceso socialista ininterrumpido, contrapuesto al proyecto de erradicar las “rémoras del feudalismo” con alguna variante de “capitalismo progresista”.
Estos imprescindibles debates igualmente oscurecieron la enorme gravitación de una renta totalmente capitalista. Esa categoría había perdido interés en el grueso del planeta desde principio del siglo XX por su decreciente peso en las economías avanzadas. La participación de la renta en el ingreso nacional de Inglaterra declinó del 30% (1688) al 20% (1801) y luego del 14% (1855), al 12% (1900) y 6% (1963) (Baptista, 2010: 16-20). Por esa menguada influencia se suponía que carecía de efectos significativos sobre los precios. La mecanización agrícola de posguerra consolidó esa impresión.
Pero la renta recobró interés a partir de los años 80. Ese resurgimiento confirmó que las actividades dependientes de la naturaleza nunca se transforman en sectores industriales corrientes. El detonante del giro fue el shock petrolero y la apreciación posterior de ciertos metales. El reciente “superciclo de las materias primas” reforzó la curiosidad por la renta. La demanda china valorizó en las últimas décadas todos los productos básicos y generó un récord de cotizaciones de los insumos alimenticios, energéticos y minerales.
La discusión sobre las peculiaridades de una remuneración a la propiedad de los recursos naturales ha resurgido a pleno. Los economistas clásicos habían captado en el siglo XIX los mecanismos de esa renta, sin comprender su contenido social. Marx esclareció esos cimientos en la plusvalía y señaló que el excedente no emerge espontáneamente de la naturaleza. Se nutre del trabajo no remunerado a los asalariados y es acaparado por los dueños de la tierra, cuando pueden ejercer su monopolio territorial (Marx, 1973: T 3-209-216).
Pero el sustento de la renta en la plusvalía constituye tan sólo un principio genérico, que no define su forma de sustento en la explotación de los trabajadores. Algunos enfoques identifican ese soporte con la plusvalía extraordinaria generada por los asalariados de la propia actividad primaria. Otras miradas sitúan el origen de ese lucro, en porciones de la plusvalía extraída a los trabajadores industriales, y transferida a los dueños de la tierra.
Las dos caracterizaciones coinciden en actualizar los criterios establecidos por Marx para evaluar el monto y duración de la renta. El precio de los bienes agrícolas queda fijado por su costo de producción más la ganancia media del terreno (o la inversión) de menor rendimiento. Los dueños de los predios restantes obtienen una renta creciente y acorde a la fertilidad o localización de sus propiedades. La magnitud del lucro depende de los precios de los productos primarios, puesto que su elevación acrecienta las ventajas de los poseedores de los mejores terrenos.
La renta queda definida por estas singularidades y oscila con la apetencia o desinterés que rodea a cada valor de uso. Algunas mercancías son demandadas en forma estable durante prolongados períodos por su función en la alimentación (trigo) o la energía (uranio). Otras sufren abruptas declinaciones por la aparición de sustitutos (azúcar). Ciertos productos protagonizan recurrentes vaivenes (petróleo) y otros sorpresivos despuntes (litio). Los reemplazos gestados en los laboratorios se expanden a gran velocidad, pero nunca pueden vulnerar la peculiar conexión de esos productos con la naturaleza.
Al igual que el grueso de los economistas de su época, el dependentismo no estudió esas peculiaridades de la renta. La continuidad de esa omisión es muy problemática en una etapa de capitalismo neoliberal, centrado en la devastadora explotación de los recursos naturales.
Renta imperialista
La prioridad que tiene el usufructo de la naturaleza para las grandes empresas es registrada por el nuevo concepto de extractivismo. Ese término resalta la destrucción del medio ambiente que imponen las reglas del capitalismo contemporáneo.
Esa virulencia es impactante en la actividad minera que dinamita montañas, disuelve rocas con compuestos químicos y derrocha el agua requerida para la agricultura. El efecto de esa calamidad es la desaparición de los glaciares andinos, la sabanización de la cuenca amazónica y la inundación de las costas.
La altísima rentabilidad de las materias primas ha introducido a ese ámbito en el sofisticado universo de las transacciones financieras. También se han multiplicado las intensas disputas por la captura de las ganancias en juego. Las ventajas logradas por cada competidor no dependen exclusivamente de su capacidad tecnológica o astucia comercial. El peso geopolítico de las distintas potencias se ha tornado decisivo para ejercitar el control efectivo de los territorios apetecidos.
En el mapa del petróleo, los metales, el agua y las praderas flamean las banderas de las principales economías desarrolladas. Algunos teóricos han acuñado el acertado concepto de renta imperialista, para graficar la forma que actualmente asume la apropiación de esas riquezas. Las grandes compañías operan con la estratégica protección de sus estados (Amin, 2011: 119-126).
La renta imperialista es un término que polemiza con la difundida denigración de los “estados rentistas” de la periferia. Los neoliberales utilizan esa denominación para descalificar a los países subdesarrollados. Justifican el saqueo perpetrado por las firmas transnacionales, con hipócritas críticas a la corrupción imperante en esas regiones.
El escandaloso pillaje en curso de África y América Latina presenta ciertas semejanzas con los precedentes descriptos por Lenin a principio del siglo XX. La renta es ambicionada por las clases dominantes del centro y la periferia, en un marco de luchas sociales que definen su eventual captación por los sectores populares. El análisis de ese excedente en estos términos permite superar la estrechez economicista, que suele desconocer la peculiar dependencia de esos recursos de la fuerza política de sus captores.
Marx remarcó esa especificidad en su tratamiento de la renta agraria. Luego de exponer sus variadas modalidades económicas, atribuyó el destino de ese ingreso al desenlace de conflictos políticos. Explicó en esos términos los choques de la burguesía con los terratenientes, que en Inglaterra se zanjaron con la importación de trigo. Con el mismo razonamiento analizó esa crisis en Francia. En los dos casos situó el eje de la explicación en la arena de la lucha de clases (Amin, 2011: 81-82).
Este abordaje ilustra la gravitación de la dimensión política en cualquier reflexión sobre la renta. Por el carácter estratégico de los recursos ansiados la batalla por su apropiación incluye confrontaciones de gran porte. Por la misma razón los distintos estados pueden jugar roles protagónicos como administradores, empresarios o propietarios de ese ingreso. Esos atributos les permiten retener, drenar o absorber la renta. El arbitraje de cada estado puede definir cuáles son los sectores sociales favorecidos por su distribución.
La renta imperialista no sólo es una noción compatible con la teoría marxista de la dependencia. Remarca además la especificidad del concepto frente a la ganancia, facilitando la separación de ambas categorías. Su incorporación al pensamiento dependentista contribuye a la actualización de ese paradigma.
La renta internacional
Una interpretación particular de la economía argentina postula que ese país ha sido perceptor de una renta diferencial a escala internacional. Esa noción surgió en los años 60 destacando que los precios de los granos exportados se fijaban a nivel mundial. Señaló que el lucro embolsado por los terratenientes constituía una transferencia de plusvalía gestada en los países importadores de esos alimentos.
Esta mirada subrayó la especificidad de una renta asentada en fertilidades excepcionales y no en la explotación de la mano de obra, como ocurría en las plantaciones tropicales (Flichman, 1977: 15-80). El significado teórico de este nuevo concepto fue poco desarrollado por sus creadores y estuvo desconectado de la problemática de la dependencia. Fue sólo utilizado para esclarecer las causas del estancamiento agrario argentino e inspiró interpretaciones de la conducta conservadora de los latifundistas.
La misma tesis fue posteriormente perfeccionada para explicar los enormes ingresos receptados por Argentina desde fines del siglo XIX. Como el grueso de la producción agraria se exportaba con costos inferiores al resto del mundo, el país absorbía ganancias extraordinarias gestadas fuera de su espacio nacional. La venta de alimentos que abarataban la reproducción de la fuerza de trabajo europea generaba esa elevada renta de los terratenientes (Iñigo Carrera, 2015: 710-740).
Pero este enfoque también señaló que la captación local de ese excedente se diluyó por su recaptura a manos de las empresas extranjeras. La renta refluyó hacia los frigoríficos, bancos y ferrocarriles ingleses que controlaban y financiaban la comercialización externa del trigo y la carne (Iñigo Carrera, 2017). La plusvalía apropiada por la clase dominante argentina fue re-apropiada por sus competidores británicos. Ese mismo circuito fue posteriormente recreado por los capitalistas estadounidenses que sustituyeron al declinante imperio británico.
La misma interpretación es aplicada al contexto actual. Se destaca que los enormes cambios registrados desde los años 60, no han alterado la vieja dinámica de rentas internacionales que afluyen y se desvanecen con la misma velocidad.
Se estima que ese mecanismo sobrevivió a la enorme mutación del agro. El boom de la soja reemplazó el estancamiento de la producción cárnica y cerealera, los latifundistas se convirtieron en empresarios y los chacareros se transformaron en contratistas. Toda la actividad se capitalizó con sofisticadas modalidades de siembra directa y semillas transgénicas.
Pero los teóricos de la renta internacional resaltan que esa modernización no alteró el viejo mecanismo de neutralización del excedente. El saldo favorable de la agro-exportación queda contrarrestado por el déficit comercial de una industria más concentrada, extranjerizada y subsidiada. El endeudamiento continúa absorbiendo el grueso de las divisas, en una economía dolarizada por la inflación, la frecuencia de la crisis y la localización externa del patrimonio de los acaudalados.
Esta presentación de repetidas secuencias de ingresos y salidas de rentas internacionales ha suscitado controversias, sobre la consistencia de esta tesis con el pensamiento de Marx (Astarita, 2009a, Mercatante, 2010). Pero desde una óptica dependentista este enfoque podría ser interpretado como una variante del ciclo estudiado por Marini. Como la captación inicial de divisas por parte del agro se esfuma luego en la industria y las finanzas, Argentina afronta una estructural pérdida de recursos. Sin deterioro inicial de los términos de intercambio se verifica el status subrayado por la teoría de la dependencia.
Los mentores de la renta internacional rechazan esa eventual convergencia y contraponen explícitamente su tesis al dependentismo. Cuestionan todos los términos utilizados por esa tradición para caracterizar el retraso del país. Objetan la presencia de una “economía deformada”, la existencia de un “drenaje de recursos” y el uso de las nociones “intercambio desigual” e “imperialismo” (Iñigo Carrera, 2015: 739-740). ¿Es válido ese contrapunto?
Incompatibilidades forzadas
Los intérpretes de la renta internacional cierran los ojos ante la evidente familiaridad de sus descripciones con el enfoque descalificado. Ambas tesis resaltan la centralidad de los desplazamientos mundiales de plusvalía y describen cómo esos movimientos obstruyen el desarrollo de las fuerzas productivas. Es cierto que el dependentismo ignoró la renta en los años 70, pero ninguna teoría debutó sin lagunas. Lo importante es registrar si esa carencia desmiente a Marini o si es coincidente con su concepción.
La compatibilidad entre ambos enfoques ha sido expuesta en una reciente comparación (Lastra, 2018). Ese análisis destaca la relevancia asignada por las dos teorías a las transferencias de valor. El primer enfoque estudia los movimientos de la plusvalía y el segundo los desplazamientos de la renta. Otros estudiosos de la obra de Marini han incorporado también variantes de la renta a su concepción (Carrizalez; Sauer, 2017).
La forzada contraposición (Iñigo Carrera, 2017: xi-xviii) cuestiona en cambio a los autores (Laclau, 1973), que esbozaron miradas dependentistas de la renta internacional. Estos últimos planteos apuntalaron la síntesis marxista posterior entre el endogenismo marxista y la teoría de la dependencia.
En lugar de profundizar esa confluencia se postula una oposición, que divorcia la renta de otras obstrucciones semejantes al desenvolvimiento latinoamericano. Se ignora que las modalidades de esa sofocación son secundarias, frente al trasfondo del problema que es el subdesarrollo. La teoría de la renta internacional por sí misma aporta tan poco, como la simple descripción de un ciclo dependiente o de una corriente de pagos financieros.
El interés de esos procesos radica en su esclarecimiento del atraso regional. Si no generan en Argentina, Colombia o Bolivia un efecto diferente a Suiza, Estados Unidos o Japón deben ser observados como simples rasgos de la economía. Si por el contrario potencian la perpetuación de las distancias con los países avanzados, corresponde integrarlos a alguna teoría de la dependencia.
La negativa a registrar esa convergencia conduce a una mirada ambigua sobre el efecto final de la renta. Se remarca que obstaculiza la acumulación sostenida de capital, pero se rechaza su incidencia sobre el subdesarrollo. Se describe cómo ingresa y sale del país, pero se objeta la existencia de una sangría estructural de divisas. Este tipo de indefiniciones ha sido señalada por varios autores (Anino; Mercatante, 2009). Es una consecuencia de absolutizar la renta en desmedro de otros procesos, que tienen los mismos efectos sobre la regresión estructural de la economía argentina.
Si sólo se mira el movimiento de la renta, el árbol tapa al bosque y la excepción oscurece el resultado final. Se olvida que en la propia tesis de la renta internacional, la absorción inicial de valor por parte de los exportadores primarios queda neutralizada por la dinámica posterior del capitalismo dependiente. Marini desconoció la renta, pero sus críticos la desconectan de las contradicciones esclarecidas por el pensador brasileño. Por eso divorcian el concepto de las desigualdades entre el centro y la periferia.
La consecuencia de ese razonamiento es un posicionamiento político antidependentista. Los intérpretes de la renta internacional impugnan cualquier confluencia del antiimperialismo con el socialismo. Esta mirada propicia abordajes analíticos centrados en la “unidad mundial del capitalismo”, que son contrapuestos a todas las variantes del nacionalismo (Kornblihtt, 2017). Ese enfoque sólo reivindica afinidades con el internacionalismo proletario (Iñigo Carrera, 2008: 27). Esa actitud desconoce todos los antecedentes de confluencia de ambas tradiciones en la historia latinoamericana.
Pero en cualquier interpretación es evidente que esas controversias sólo pueden procesarse a través de la acción política. Por eso los teóricos marxistas de la dependencia conectaron desde muy temprano su concepción con la estrategia socialista de la revolución cubana. Sus críticos prefieren optar por razonamientos abstractos, reflexiones puramente económicas y evaluaciones filosóficas ancladas en el lenguaje dialéctico. Con esa lejanía de la lucha de clases resulta imposible comprender y actuar en la realidad latinoamericana.
El contraste con Venezuela
Los estudios de la renta petrolera (o minera) son actualmente muy gravitantes. Es probable que resulten más decisivos para la actualización de la teoría de la dependencia que los centrados en la esfera agrícola. Ambas indagaciones difieren en varios planos.
La renta petrolera opera con un caudal de reservas limitadas y fechas estimadas de agotamiento. Se nutre de un tipo de extracción de gran incidencia para el funcionamiento del capitalismo. Incluye, además, barreras de ingreso y costos de explotación muy superiores a los imperantes en el agro. En el universo de la energía el elemento diferencial está determinado por la calidad, la proximidad y las condiciones de explotación de cada yacimiento.
La presencia dominante del estado es también muy superior. La propiedad privada ya no obstruye la inversión como ocurría en el agro. La renta absoluta -que percibían de los latifundistas por su monopolio territorial- carece de incidencia en la extracción de combustible.
En todos los países latinoamericanos el petróleo quedó bajo la gestión integral del estado. En el relevante caso de Venezuela, la renta que a principio del siglo XX disputaban las compañías extranjeras y los terratenientes fue paulatinamente estatizada, mediante acciones impositivas. La nacionalización de 1976 reforzó esa tendencia, que incluyó la creación de una empresa estatal (PDVSA) en todos los eslabones de la actividad (Mommer, 1999).
La estimación de la renta petrolera tampoco afronta las dificultades de su par agrario. Los contratos estadounidenses -adoptados como referencia de las transacciones mundiales- discriminan ese concepto de los impuestos y los beneficios. Esa codificación facilitó el cálculo del excedente, cuando las compañías dominantes (“siete hermanas”) perdieron el control del mercado. Allí comenzó la disputa por la renta entre el cartel productor (OPEP), su adversario importador (AIEA) y las firmas intermediarias.
Al igual que sus colegas argentinos, los marxistas venezolanos disintieron en la conceptualización de ese excedente. Quienes lo caracterizaron como una renta internacional, describieron la magnitud de las divisas ingresadas y su canalización posterior hacia el pago de las importaciones. Señalaron que el intercambio favorable inicial quedó totalmente neutralizado, en un país carente de producciones propias significativas (Mommer, 1998: 305-310).
La dilapidación de divisas consolidó en Venezuela un modelo de capitalismo rentista más vulnerable que el modelo argentino. El consumismo improductivo y la ineficiencia de la gestión pública han obstruido la gestación de la endeble industria que emergió en el Cono Sur.
Pero a diferencia de Argentina, este análisis de la renta internacional no fue contrapuesto por el dependentismo. Al contrario, se concibió al capitalismo rentista como una variante del capitalismo dependiente (Trompíz, 2013). Con esos fundamentos se analizó el endeudamiento y las crisis periódicas (Mora Contrera, 1987).
Esta mirada combinada de renta internacional y dependentismo tuvo su traducción en el plano político. Permitió constituir una vertiente de confluencia con el chavismo, para apuntalar el empalme del antiimperialismo con el socialismo. Ese desemboque contrasta con lo ocurrido en Argentina y demuestra las ramificaciones factibles de una matriz dependentista.
Miradas totalizadoras
Marini postuló una interpretación integral de las causas del subdesarrollo, enriqueciendo la tradición forjada por varios pensadores anticapitalistas. Absorbió además ideas innovadoras de otras corrientes. Se distanció de las tesis convencionales que involucionaron adoptando planteos liberales y mantuvo controversias con vertientes afines, que se zanjaron en una confluencia.
Esa trayectoria indica un camino para la renovación de las tesis dependentistas. La renovación exige comprender la nueva etapa neoliberal del capitalismo mundializado, modificando conceptos insuficientes e incorporando tesis faltantes.
La teoría del valor es el principio ordenador de ese replanteo. Explica cómo la globalización productiva asentada en la explotación de los trabajadores, remodela las fracturas entre el centro y la periferia mediante transferencias de plusvalía. La omisión de este mecanismo impide a los críticos del dependentismo comprender la lógica del subdesarrollo.
Reintegrar la teoría del valor a la explicación de la dependencia es también vital, para desentrañar el esqueleto oculto del capitalismo actual. No hay una mano invisible que guía a los mercados, ni tampoco una sabia institución estatal que timonea la economía. El cimiento del sistema es una competencia por beneficios surgidos de la explotación, que multiplica el lucro de las minorías y el sufrimiento de las mayorías. La misma indignación y rebeldía que en el pasado impulsó el estudio del subdesarrollo orienta su investigación actual.
28-5-2018
Claudio Katz es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katzlaudio
Referencias
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Michael Roberts Guerra Comercial y depresión


July 6, 2018
Today is a threshold date for the global economy.  Trump’s US administration starts imposing trade tariffs on $34bn of imports from China.  And Beijing is set to target an equal amount in retaliation.  Add that to the pile of tariffs and counter-tariffs growing across the Atlantic and North America, and the value of trade covered by the economic wars that Trump has launched will race through the $100bn mark by today.
And that’s just the beginning.  This escalating trade war could easily surge through the trillion-dollar mark, taking 1.5% of global GDP. It would be equivalent to a quarter or more of the US’s $3.9tn total trade with the world last year and at least 6% of global merchandise trade (worth $17.5tn in 2017, according to the World Trade Organization).
The $34bn in Chinese imports being targeted by the Trump administration today are roughly equivalent in value to a month of imports from China.  In this tranche, a 25% import tax will be applied on 818 products ranging from water boilers and lathes to industrial robots and electric cars. In return, Beijing charge a similar tariff on a list that includes soya beans, seafood and crude oil. Both countries have also issued further product lists that would take the total trade covered to $50bn on each side.
Angered by China’s retaliation, Trump has ordered a further $200bn worth of imports to be targeted for a 10% tariff and threatened to go for another $200bn beyond that.  To which Beijing has vowed its own response.  US imports from China were worth $505bn last year while US exports to China reached a record $130bn.   So a £450bn rise in tariffs will sweep across much of China’s imports.
The Trump auto wars could be worth even more than $600bn. In a televised interview on Sunday the US president called his plan to impose tariffs on imported cars and parts in the name of US national security “the big one”. And that is certainly how the EU and others see it.  According to official data, the US imported $192bn in cars and light trucks in 2017 and a further $143bn in parts for a total of $335bn.
Then there’s NAFTA.  The US trades more with Canada and Mexico ($1.1tn) than it does with China, Japan, Germany and the UK combined.  Trump is seeking to renegotiate it just as a leftist and nationalist President AMLO has been elected in Mexico.  Trump seems to believe the auto tariffs will give him leverage over the EU and Japan in trade negotiations as well as over Canada and Mexico in the continuing talks over an updated North American Free Trade Agreement.  Mr Trump is dialling up the pressure to force capitulation. For that reason, the US could impose 20% tariffs on some or all of those imports.
Then there is FART.   Trump is planning a bill through Congress, called the Fair and Reciprocal Tariff Act, or FART for short. FART would allow Trump to abandon the World Trade Organization’s tariff rules, granting him new authority to unilaterally change tariff agreements with certain countries; to abandon central WTO trade rules, namely the “most favoured nation” principle that keeps countries from setting different tariff rates for different countries outside of free trade agreements and “bound tariff rates,” the tariff ceilings that each WTO member country has previously agreed to. In short, it would give Trump the authority to start a trade war without Congressional oversight, all while flouting the WTO’s rules.  It would mean the end of the WTO, in essence. Already, at least one prominent Trump backer, Trump’s short-lived communications director Anthony Scaramucci, tweeted that FART “stinks.”  But the smell is getting worse.
Any US tariffs are likely to be met with retaliation.  EU officials have been working on a plan to target upwards of €10bn in US goods for retaliation if it goes ahead with tariffs on the $61bn in cars and parts it imported from the EU in 2017.  But in the extreme scenario — of like-for-like, tit-for-tat tariffs — more than $650bn in global trade would be covered, with consequences for companies globally.
What is the likely impact on global growth from this trade war?  Well, Paul Krugman, Keynesian economist, won the Nobel prize in economics for his work on international trade and recently he did a ‘back of the envelope’ calculation. Krugman reckons that “there’s a pretty good case that an all-out trade war could mean tariffs in the 30-60% range; that this would lead to a very large reduction in trade, maybe 70%”! And the overall cost to the world economy would be about a 2-3% reduction in world GDP per year – in effect wiping out more than half of current global growth of about 3-4% a year (and the latter assumes that there is no new global recession).
Krugman reminds us that in the Great Depression of the 1930s, the trade war launched by the US with the Smoot-Hawley tariff, pushed tariffs up to 45%. “So both history and quantitative models suggest that a trade war would lead to quite high tariffs, with rates of more than 40% quite likely.”  Remember current global trade tariff rates are about 3-4% only.
Already, world trade has been staggering from the impact of the Great Recession and the subsequent Long Depression.  And world trade share (share of trade in global GDP) has stagnated at about 55% (see figure below).  Indeed, the great era of globalisation is over.  Now the trade war – another consequence of the Great Recession and the Long Depression since 2008 – could roll back the world trade share to 1950s levels, according to Krugman. ”If Trump is really taking us into a trade war, the global economy is going to get a lot less global.”

Given this, Krugman looked at the hit to US economic growth.  He reckoned it could take 2% of GDP off real growth each year.  As average growth is expected to be about 2% a year over the next five years (assuming no world slump), that would mean the US economy would stagnate.  That is not as bad as the Great Recession, which knocked 6% of US real GDP growth, but it’s bad enough to sustain a further leg of the current Long Depression.
And other countries will be hit even harder. Several major economies rely on trade much more than the US and Europe for growth.  In the league of global value chain for trade, Taiwan is top with nearly 70% of value-added coming from exports; and many Eastern European countries also have high export ratios.  The US is only at 40% and indeed China is under 50%.

According to Pictet asset management, if a 10% tariff on US trade were fully passed onto the consumer, global inflation would rise by about 0.7%. This, in turn, could reduce corporate earnings by 2.5% and cut global stocks’ price-to-earnings ratios by up to 15%.   All of which means global equities could fall by some 15-20%. In effect, this would put world stock market price back by three years – indeed a crash.
Meanwhile, Asian governments, led by China, are continuing their drive to relax trading restrictions among themselves, while retaliating to Trump’s trade war.  Last week, the 16-nation Regional Comprehensive Economic Partnership, which includes China, Japan and India but not the US, met in Tokyo to try and complete a new trade pact that would include the 10 members of the Association of Southeast Asian Nations as well as South Korea, Australia and New Zealand, and cover one third of the world’s economy and almost half its population.
And of course, as I have argued previously, China is driving forward its belt and road global investment scheme across central Asia.  So, although many Asian and Eastern European economies may suffer more than the US initially from a global trade war, longer term, trade pathways may alter to make them more Euro-Asia centric, to the detriment of the US and Latin America.
Global growth has been picking up in the last 12 months after a near-recession in 2015-16.  Indeed, Gavyn Davies, FT economics blogger and former Goldman Sachs chief economist, reckoned that world growth was growing at 4.4%, about 0.6% above trend, and a full percentage point higher than a couple of months ago.

But the trade war will particularly hit the manufacturing and productive sectors of the major economies.  And while global growth as a whole may have picked up recently, world manufacturing growth is looking frail.  The global manufacturing PMI measures activity in manufacturing and anything over 50 means growth.  So not looking so rosy.

Indeed, the US stock market has not bounced very much because, counteracting the one-off rise in corporate profits, has been the possibility of rising interest rates driving up the cost of borrowing and servicing existing debt and the potential hit from the coming trade war.
Hopes for a sharp rise in productive investment from the tax cuts appear dashed.  Instead of more investment, there has been a three-fold increase ($150bn) is share buybacks. In Q1 alone, US corporations collectively repatriated $217bn of their international stashes, around 10% of the $2.1trn of greenbacks estimated to be currently offshore.  But JPMorgan calculates only $2bn of the $81bn repatriated in Q1 by the top 15 companies was spent on productive investment.
World economic growth (and US growth may have peaked in Q2 2018 and now there is the prospect of an all-out trade war.

Michael Roberts Free trade or protectionism? – the Keynesian dilemma


July 11, 2018
The trade war that has broken out has confused mainstream macroeconomics.  The majority still see tariff increases as ‘protectionism’ and ‘free trade’ as the only way to operate. Trump’s measures are generally condemned.  But among the Keynesians, there is confusion and split.

Martin Wolf, the Keynesian economic journalist, who writes for the FT, reckoned that the trade war would be costly for global capital: “Global co-operation would surely be shattered”  Nevertheless, he argued for UK retaliation against Trump’s measures “more because the alternative looks weak than in the belief that it would work. Another thing the rest of the world should do is to strengthen their co-operation.”  On the other hand, he thought Trump’s wild proposal to create tariff-free area (for rich countries only) could be taken up. “Who knows? It might even work.”  He did not explain how cutting tariffs on goods from the 3-4% (that they average now for most advanced countries) to zero would make any difference.

While Wolf looks for ways to ‘save globalisation and free trade’ through retaliation, another Keynesian Dani Rodrik actually advocates protectionism as a good idea for economies with weak domestic growth: “US protectionism surely will generate some beneficiaries as well in other countries.” 
In a contrary view to Wolf, who calls for retaliation to stand up to Trump. Rodrik says Europe and China should “should refuse to be drawn into a trade war, and say to Trump: you are free to damage your own economy; we will stick by policies that work best for us.”  Indeed, he says, domestic industries may benefit from tariffs on their exports to the US – they could sell at home instead. He cites how Boeing could sell more planes in the US and Airbus could do the same in Europe. “Some European airlines favor Boeing over Airbus, while some US airlines prefer Airbus over Boeing. Trade restrictions may result in a total collapse in this large volume of two-way trade in aircraft between the US and Europe. But the overall loss in economic welfare would be small, so long as airlines view the two companies’ products as close substitutes.”  According to Rodrik, “US protectionism surely will generate some beneficiaries as well in other countries.”
The protectionist line has also been peddled by leftist economist Dean Baker.  He points out that not everyone gains from ‘free trade’. He claims that it was free trade that lost manufacturing jobs in the US, echoing the Trumpist argument.  However, there is much evidence that this was not the case.  As I said in a past post on Trump, trade and technology, “the loss of US manufacturing jobs, as it has been in other advanced capitalist economies, is not due to nasty foreigners fixing trade deals.  It is due to the inexorable attempt of American capital to reduce its labour costs through mechanisation or through finding new cheap labour areas overseas to produce.  The rising inequality in incomes is a product of ‘capital-bias’ in capitalist accumulation and ‘globalisation’ aimed at counteracting falling profitability in the advanced capitalist economies. But it is also the result of ”neo-liberal’policies designed to hold down wages and boost profit share.”
Baker claims that trade deficits lose jobs because it reduces “demand” and so reducing the US trade deficit would save jobs.  He makes this argument when the official unemployment rate in the US, the UK and Japan is at an all-time low (yes, I know many are crap jobs)!  Apparently, if everybody ran a trade surplus (impossible by the way) all would be better off.  What he really means is Trump is right to turn the US trade deficit into a surplus and get manufacturing jobs back from the developing world and Europe. It is certainly a weird and confused argument for nationalism.
The Keynesians are confused about whether they favour ‘free trade’ or protectionist/nationalist measures.  That echoes that confusion that Keynes had during the last Great Depression of the 1930s.  He changed his mind from a strong free trader in the late 1920s to a protectionist and advocate of tariffs by the mid-1930s.  This changing view was really an expression of the changing view of British capitalism.  Free trade is fine for those winning in markets; protectionism is better when a national capital loses share.  And that was Britain’s position.
In 1923, Keynes endorsed free trade in no uncertain terms: “We must hold to Free Trade, in its widest interpretation, as an inflexible dogma, to which no exception is admitted, wherever the decision rests with us. We must hold to this even where we receive no reciprocity of treatment and even in those rare cases where by infringing it we could in fact obtain a direct economic advantage. We should hold to Free Trade as a principle of international morals, and not merely as a doctrine of economic advantage.”
But his ‘moral’ position soon dissipated as British capitalism fell into a long depression in the mid-1920s and then in the 1930s.  In his seminal work, The General Theory, published in 1936, he concluded that “the one big (and smart) idea of absolute monarchy was to push exports over imports…..“A favorable balance, provided it is not too large, will prove extremely stimulating; whilst an unfavorable balance may soon produce a state of persistent depression.”
He advocated tariffs on imports into the UK as an alternative way of cutting real wages (by increased import prices) and to boost domestic production.  For Keynes, it was a way for British capital to gain a cost advantage over its rivals by reducing wage costs in real terms.  “I am frightfully afraid of protection as a long-term policy,” he testified to a UK parliamentary commission, “but we cannot afford always to take long views . . . the question, in my opinion, is how far I am prepared to risk long-period disadvantages in order to get some help to the immediate position.” Of course, once capitalism globally had recovered and, with it British capital, then ‘free trade’ could be renewed.
The current confusion in macroeconomics and particularly among modern Keynesians mirrors the changing views of Keynes as the current Long Depression lingers and ‘globalisation’ fails for all.  So now we have Keynesians like Rodrik and Baker supporting tariffs on US imports and pushing for trade surpluses, while calling on Europe and China not to retaliate!  And Wolf calls for retaliation by Europe and Asia.
What is the Marxist view?  Should we support tariffs and other protectionist measures introduced by weaker capitalist nations to ‘stand up’ to Trump’s measures (Wolf)?  Alternatively should we support Trump’s measures as a way of saving US manufacturing jobs (Baker) and perhaps helping other countries to boost their domestic industries (Rodrik)?
Free trade or protection?  I outlined my answer in a previous post.  Free trade has been no great capitalist success.  Capitalism does not tend to equilibrium in the process of accumulation.  As Adam Smith put it, in contrast to Ricardo, “When a rich man and a poor man deal with one another, both of them will increase their riches, if they deal prudently, but the rich man’s stock will increase in a greater proportion than the poor man’s. In like manner, when a rich and a poor nation engage in trade the rich nation will have the greatest advantage, and therefore the prohibition of this commerce is most hurtful to it of the two”. Capitalism does not grow globally in a smooth and balanced way, but in what Marxists have called ‘uneven and combined development’.  Those firms and countries with better technological advances will gain at the expense of those who are behind the curve and there will be no equalisation.
Free trade works for national capitalist states when the profitability of capital is rising (as it was from the 1980s to 2000) and everybody can gain from a larger cake (if in differing proportions).  Then globalisation appears very attractive.  The strongest capitalist economy (technologically and thus competitively in price per unit terms) will be the strongest advocate of ‘free trade’, as Britain was from 1850-1870; and the US was from 1945-2000.  Then globalisation was the mantra of the US and its international agencies, the World Bank, the OECD and the IMF. But if profitability starts to fall consistently, then ‘free trade’ loses its glamour, especially for the weaker capitalist economies as the profit cake stops getting large.
Marx and Engels recognised that ‘free trade’ could drive capital accumulation globally and so expand economies, as has happened in the last 170 years.  But they also saw (as is the dual nature of capitalist accumulation) the other side: rising inequality, a permanently floating ‘reserve army’ of unemployed and increased exploitation of labour in the weaker economies.  And so they recognised that rising industrial capitalist nations could probably only succeed through protecting their industries with tariffs and controls and even state support (China is an extreme example of that).
Engels re-considered the case for free trade in 1888 when writing a new preface on a pamphlet on free trade that Marx had wrote in 1847.  Engels concluded that “the question of Free Trade or Protection moves entirely within the bounds of the present system of capitalist production, and has, therefore, no direct interest for us socialists who want to do away with that system. Whether you try the Protectionist or the Free Trade will make no difference in the end.”
But it is informative to see the Keynesians split over favouring free trade for global capital (Krugman) or protection for national capitals (Rodrik and Baker for the US and Wolf for the UK and Europe).  Sign of the times.

Declaración Final Foro de Sao Paolo

TEXTO COMPLETO DE LA DECLARACIÓN FINAL
1- América Latina y el Caribe viven hoy, 28 años después de haberse fundado el Foro de Sao Paulo, los efectos de una multifacética ofensiva reaccionaria, conservadora y restauradora neoliberal, fruto de intereses convergentes y de esfuerzos combinados entre las élites mundiales del capitalismo transnacional, del gobierno de los EE.UU. como su núcleo hegemónico, y de las clases dominantes aliadas de nuestra región.
2. Esta multifacética ofensiva, ha logrado hacer retroceder a las fuerzas de izquierda y progresistas, mediante el derrocamiento de gobiernos, los golpes parlamentarios y judiciales. La derecha imperial y las oligarquías subordinadas han amplificado para ello los errores y las limitaciones de las fuerzas transformadoras, que sufren reveses y a la vez poseen inmensas potencialidades de lucha. Ello explica en un grado fundamental el cambio adverso en la correlación coyuntural de fuerzas imperante.
Examinar el carácter y la profundidad de los errores e insuficiencias, corresponderá de forma soberana a los partidos políticos y a los movimientos sociales de cada país.
3. El golpe militar y parlamentario contra Zelaya, en Honduras (2009); el golpe parlamentario dado a Lugo, en Paraguay (2012); la derrota electoral de Cristina Kirchner, en Argentina (2015); el Impeachment contra Dilma Rousseff en Brasil (2016), mediante un “golpe parlamentario, judicial y mediático; la victoria de figuras de derecha conservadoras o ultraconservadoras en Chile, Paraguay y Colombia; la condena sin pruebas y prisión de Lula para impedir su candidatura a la presidencia de la Republica del Brasil; las divisiones ostensibles en el campo popular a la hora de encarar las agendas neoliberales restauradas; la descalificación de la política que en importantes países de la región favorecen los planes de la derecha, y el fortalecimiento público de figuras y proyectos de raíz fascista en varios países, constituyen, entre otros muchos, indicadores de la ofensiva neoliberal, que las fuerzas de izquierda están desafiada a revertir a favor de los pueblos.
4. La actuación de la derecha guarda relación directa, con la naturaleza expansionista y depredadora del capitalismo, y con los intereses del capital financiero que lo dominan.
5. Los hechos hablan: entre el último Encuentro del Foro de Sao Paulo (Managua/2017) y este de La Habana (2018), a nivel global se ahondaron los efectos negativos de la concentración de la propiedad, el poder y la riqueza en manos de una élite mundial decidida a imponer, a cualquier precio, mejores condiciones para elevar sus tasas de ganancia
6. Así lo confirman la destrucción de la naturaleza, con efectos negativos crecientes sobre el clima; las tentativas de privatización de los bienes públicos como el agua, la tierra y el petróleo y su uso predatorio por las trasnacionales; las tentativas de privatización de los fondos públicos; el ataque a los derechos laborales y sociales; el incremento insultante de la inequidad y la desigualdad; la destrucción de fuerzas productivas mediante la guerra para animar las economías llamadas centrales; la multiplicación de los flujos migratorios y del sufrimiento que millones de seres humanos padecen al verse obligados a emigrar, y la ofensiva que desarrollan los intereses transnacionales contra la soberanía nacional de nuestras naciones, a fin de facilitar el libre movimiento de los capitales.
7. Estas realidades, agravadas por el peligroso desempeño de la Administración Trump, que busca revertir la tendencia declinante de la hegemonía norteamericana, multiplican los riesgos para la paz mundial y el estatus de América Latina y el Caribe como Zona de Paz. América Latina y el Caribe seguirán siendo prioridad para la política exterior estadounidense, cuyo dominio es de vital importancia en su afán por mantener un insostenible orden mundial unipolar.
8. Los Estados Unidos y sus aliados necesitan consolidar la percepción de que la historia continental entró en una fase regresiva imparable a favor del capitalismo. Aunque la reacción contra los gobiernos progresistas y de izquierda fue inmediato, debido al descredito y el debilitamiento extremo de los partidos políticos de derecha utilizados para imponer la reestructuración neoliberal, los inhabilito como instrumentos capaces de descarrilar las transformaciones sociales impulsadas, según el caso, por los movimientos políticos del Foro de Sao Paulo. De ahí la necesidad de recurrir a la estrategia desestabilizadora que combina la guerra mediática, jurídica y económica, la injerencia externa y la criminalización del movimiento y la protesta social, entre otros, que sirven a los golpes de nuevo tipo (judicial o parlamentario) o la derrota electoral.
Ante esta reacción del imperialismo y las oligarquías locales contra las fuerzas progresistas, rechazamos la idea del “fin de ciclo” con la misma firmeza y convicción con que en su momento lo hicimos con la del “fin de la historia”. Las fuerzas progresistas de América Latina seguiremos luchando por horizontes de un mundo basado en la justicia social.
La Casa Blanca y sus aliados buscan lograr exactamente lo contrario: dividir, cooptar, desmovilizar y generar desánimo. Es razón suficiente para que impongamos con hechos e ideas los verbos de la unidad de la izquierda y el campo popular para organizarse y luchar.
9. Preservar las experiencias de soberanía, de ampliación de la democracia, de gobierno de carácter popular y con proyecciones antiimperialistas, impulsadas por partidos de izquierda y progresistas; ofrecer apoyo decidido y estimular los esfuerzos emancipatorios y los ideales anticapitalistas de los movimientos sociales y populares que así actúan; trabajar con denuedo por consolidar una paz duradera con justicia social e impulsar esfuerzos que permitan avanzar en la integración soberana de la que Martí llamó Nuestra América, se transforman en imperativos políticos y en pruebas de honor para la izquierda continental.
10. Como en 1990, cuando emerge como espacio de concertación y construcción colectiva de la plural izquierda latinoamericana y caribeña, frente a una coyuntura internacional marcada por la incertidumbre y la desorientación que generó la desaparición de la URSS y el llamado campo socialista, el Foro de Sao Paulo siguiendo su tradición de reflexión critica y formulación política se ve de nuevo ante el desafío de examinar con mirada crítica el camino andado, reunificar fuerzas y hacer renovados esfuerzos para seguir construyendo los consensos que exige la ofensiva de la derecha en curso.
11. Los partidos políticos miembros del Foro de Sao Paulo llegan a este XXIV Encuentro con un acumulado político superior, que a su vez se ve multiplicado por la acción articuladora del Foro y, con plena conciencia de la imposibilidad del capitalismo depredador para ofrecer alternativas a la humanidad, lo que genera la rebeldía popular y potencialidades para la acción transformadora del progresismo y la izquierda, si esta se reorganiza, actúa al lado de los movimientos sociales, prepara cuadros y mejora sus proyectos de cambio, algunos de clara orientación socialista. Existen suficientes ejemplos en la historia latinoamericana y caribeña que prueban que cuando hay unidad, dirección política decidida y capaz, objetivos claros de lucha y moral de combate, y arraigo en las clases populares, se multiplican las opciones para contener cualquier ofensiva contra revolucionaria, conservadora y restauradora neoliberal, incluso más, para vencerla.
12. Ceder al derrotismo; auspiciar o tolerar los personalismos y sectarismos que emergen y proliferan en épocas de reveses; aceptar o promover la pérdida de confianza en la capacidad política de nuestros pueblos explotados, no solo sería hoy una afrenta a los héroes y mártires de las luchas por la emancipación del continente, sino una concesión gratuita e innecesaria a los EE.UU. y sus aliados internacionales y locales.
13. Frente al plan del imperialismo por socavar la soberanía de nuestras naciones y tomar control de sus recursos naturales, opongamos con auténtico espíritu internacionalista latinoamericano y caribeño, con firmeza e innegociable sentido de dignidad, el plan emancipador de nuestros nobles pueblos.
14. Trabajemos por fortalecer las luchas por la justicia y emancipación social, por plena soberanía política e independencia económica, por la soberanía de los pueblos y la paz mundial. ¡Reivindicar las mejores experiencias emancipatorias de los movimientos sociales y populares de la región!
En este contexto, los delegados y delgadas e invitados e invitadas al XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo, desde La Habana, Cuba, en representación de América Latina y el Caribe, de Asia y África, de Europa y América del Norte:
1. Convocamos a fortalecer el movimiento mundial en defensa de la Paz. La realidad impone sumar fuerzas para presionar, por todos los medios posibles.
2. Advertimos que los representantes del gran capital transnacional – gubernamentales y privados, militares y económicos, mediáticos e ideológicos – están operando con niveles de concertación superiores a los que conocemos. Concluimos, por tanto, que se impone un ejercicio práctico del internacionalismo mutuo entre todas las fuerzas de izquierda de América Latina y el Caribe, Asia, África, Europa y América del Norte.
3. Observamos con preocupación cómo la derecha imperial opera de forma concertada en el Consejo de Seguridad de la ONU; a favor del sionismo en Medio Oriente; para cercar militarmente a Rusia en Eurasia; para impedir que la República Popular China, en Asia, continúe su avance como potencia económica mundial con propuestas de paz y cooperación; para destruir, en América Latina, los proyecto de justicia social, democráticos y de internacionalismo latinoamericano y caribeño que impulsan nuestras fuerzas políticas; y para fragmentar el Caribe mediante distintas fórmulas, incluidas las coloniales como Puerto Rico.
4. Ratificamos la vigencia de las siguientes causas y líneas de actuación reivindicadas por el XXIII Encuentro del Foro de Sao Paulo, efectuado en Managua el pasado año:
– Convertir la defensa de la CELAC, mayor acontecimiento unitario de los últimos 200 años, en objetivo político prioritario a promover por todos nuestros partidos, movimientos sociales y populares, desde cada escuela, universidad o espacio de creación intelectual. Sembrar la idea integracionista en la conciencia de nuestros pueblos, ya de por sí será un avance frente a la política divisionista impulsada por los Estados Unidos y sus aliados. Confiamos en el valor de las ideas justas: aseguremos que ellas sean escuchadas por cada uno de los gobiernos de Nuestra América.
– Transformar en objetivo de toda la izquierda y de los sectores patriotas y demócratas de América Latina y el Caribe, la defensa intransigente de los presupuestos de la Proclama de América Latina como Zona de Paz.
– Repudiar el militarismo nacido de las entrañas del Imperialismo, que carece de límites y de escrúpulos, es una necesidad política, ligada a la sobrevivencia de nuestros pueblos. Dar forma concreta a este repudio, en cada acción política cotidiana, es una cuestión de principios que ratificamos.
– Rechazar de forma enérgica, la idea absurda e inadmisible de que esta región del mundo pertenece a las élites de poder de los Estados Unidos o de cualquier país del mundo. Que cada día sea para la Casa Blanca un recuerdo concreto de lo afirmado por la II Declaración de La Habana: “… esta gran humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia…”.
– Concertar en cada espacio internacional que lo permita, por encima de diferencias subalternas de tipo nacional o sectorial, toda acción que debilite los niveles de dominación y hegemonía de los Estados Unidos en nuestros países, es esencial y posible. El Imperio ha optado por priorizar los componentes de la guerra cultural y de símbolos. Rescatemos, como respuesta ofensiva, las tradiciones de libertad de cada uno de nuestros países. Honremos a los que las forjaron. Impidamos que la banalidad cultural del Norte que nos desprecia, se imponga sobre la rica historia de los países que representamos.
– Conocer con rigor cómo está desarrollando la derecha internacional sus planes de desestabilización, contra las experiencias de gobierno y populares de carácter emancipatorio en América Latina y el Caribe, constituye una necesidad de primer orden. Ello será más eficaz si creamos un sólido sistema de intercambio de informaciones y experiencias colectivas. El Foro de Sao Paulo puede jugar en este campo un papel central, en particular haciendo esfuerzos en la formación política.
– Al igual que los delegados al XXIII Encuentro de Managua, por entender que se trata de causas vigentes:
– Reafirmamos la importancia del acercamiento y la acción concertada entre la izquierda de Europa y la de América Latina y el Caribe. Nos comprometemos en esta nueva etapa a tornar más sistemático y eficaz la acción antiimperialista unitaria entre ambas regiones. El PIE y el Foro de Sao Paulo están en condiciones de posibilitar este objetivo.
– Denunciamos, esta vez con razones adicionales, el papel injerencista de la OEA, que sigue siendo utilizada por el gobierno de los Estados Unidos como su Ministerio de Colonias. La actuación de su secretaría general, marcada por una despreciable supeditación a los intereses de la Casa Blanca, así lo prueba todos los días. La OEA, junto al Grupo de Lima, constituyen los Caballos de Troya actuales contra la unidad latinoamericana y caribeña. Hagamos todo lo posible para impedir que continúen su avance destructor.
– Condenamos la guerra no convencional y de amplio espectro, aplicada por el imperialismo yanqui y sus aliados europeos, latinoamericanos y caribeños contra la Revolución Bolivariana. Esta se ha convertido para la Casa Blanca en el objetivo estratégico inmediato a derrotar. Sea para nosotros, por tanto, el objetivo mayor de solidaridad en estas circunstancias. Como hace un año atrás, en Managua, el Foro de Sao Paulo se mantiene en estado de alerta y en sesión permanente de solidaridad internacionalista contra la intervención internacional hacia Venezuela.
– Mantenemos intacta la solidaridad con lo(as) argentinas(os) y brasileñas(os), hondureñas(os) y paraguayas(os) que se resisten a aceptar el retroceso al neoliberalismo en sus respectivos países, luego de experiencias de gobierno que, por caminos propios, buscaron el crecimiento económico, la mejor redistribución de la riqueza, la garantía de derechos sociales, la ampliación de la participación popular y la democracia, asegurar la soberanía nacional y fortalecer la integración regional en el ámbito de los BRICS, todo para combatir las desigualdades sociales, regionales y de genero, el racismo, o que, simplemente, retaron por su política exterior la lógica hegemonista de la política exterior de los Estados Unidos.
– Reafirmamos nuestra absoluta convicción de apostar por la paz, en concordancia con la Declaración de la CELAC, que en enero de 2014 declaró América Latina como zona de paz. Por eso, respaldamos el pedido de las fuerzas políticas y sociales de Colombia para que el gobierno colombiano cumpla con la implementacion de los Acuerdos de la Habana, mantenga abierto el proceso de dialogo con el ELN y de pasos certeros para acabar con el asesinato de ex combatientes y lideres sociales, políticos, ambientales y defensores de DDHH. Denunciamos las acciones de la ultraderecha nacional e internacional para boicotear la Paz. Es evidente que la Casa Blanca, el sionismo internacional y las fuerzas más retrógradas del continente, persisten en lograr que los grupos oligárquicos de Colombia sigan siendo tropa de choque a favor de los intereses transnacionales en América del Sur. Es vital la lucha contra esta estrategia, que ya colocó a uno de los países de la CELAC como miembro de la agresiva OTAN.
– Rechazamos de forma enérgica la política intervencionista de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Nicaragua sandinista, país en el que se está implementando la fórmula que viene siendo aplicada por el imperialismo norteamericano a los países que no responden a sus intereses hegemónicos, causando violencia, destrucción y muerte mediante la manipulación y la acción desestabilizadora de los grupos terroristas de la derecha golpista, que boicotean la búsqueda del diálogo, el cual constituye el mejor camino para superar la actual crisis y alcanzar la paz, lo que es indispensable para la continuación del proceso de transformaciones sociales impulsado por el FSLN desde el gobierno presidido por el Comandante Daniel Ortega y que ha reducido de manera notable la pobreza y la desigualdad social en ese hermano país.
– Nos solidarizamos con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y con el gobierno del compañero presidente Salvador Sánchez Cerén, que enfrentan con energía la guerra mediática, la guerra jurídica, el boicot económico y otras formas de desestabilización, y nos comprometemos a acompañarlos como observadores internacionales en la elección presidencial del 3 de febrero de 2018.
– El XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo convoca y alienta a Bolivia y Chile a encontrar, cuidando las sensibilidades de ambos países, una salida al enclaustramiento marítimo boliviano en base al diálogo y el derecho internacional, y que contribuya a una verdadera integración de nuestros pueblos.
– Renovamos el rechazo del Foro de Sao Paulo a la política de la Casa Blanca, que criminaliza a los emigrantes latinoamericanos y caribeños y, de manera particular, a los hermanos centroamericanos. Un mundo sin fronteras y con ciudadanía universal es el norte de nuestra lucha emancipatoria.
– Rechazamos cualquier forma de racismo, intolerancia y discriminación. Impulsamos el ejercicio pleno de los derechos económicos, culturales, sociales y políticos de las mujeres, y la eliminación de la cultura patriarcal.
– Demandamos la retirada de las fuerzas de la MINUSTAHque, siguiendo un mandato del antidemocrático Consejo de Seguridad de la ONU, mantienen ocupado Haití desde hace más de una década.
– Condenamos el narcotráfico, el tráfico de personas y el terrorismo, y denunciamos la doble moral de un sistema que dice combatir al crimen organizado, mientras protege a sus grandes promotores y principales responsables. Defendemos el cultivo legal y el uso tradicional benéfico de la hoja de coca.
– Proclamamos el acceso al agua como derecho humano y los demás bienes comunes (tierra, aire puro, energía etc.,) luchamos contra la depredación del medio ambiente, la amenaza a la biodiversidad y al ecosistema en general.
– Apoyamos las exigencias de los pequeños Estados insulares del Caribe a ser resarcidos por los daños humanos de la esclavitud y a acceder a recursos que permitan su resiliencia frente al cambio climático.
– Demandamos el levantamiento incondicional, total y definitivo del bloqueo económico, financiero y comercial del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, y la indemnización al pueblo cubano por los daños y perjuicios causados por más de medio siglo de agresiones de todo tipo.
– Exigimos la devolución al pueblo de Cuba del territorio ocupado por la ilegal base naval estadounidense en Guantánamo.
– Apoyamos el reclamo histórico de Argentina sobre la soberanía de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.
– Exigimos la eliminación de todas las bases militares estadounidenses que existen en la región (77en total, que junto a la IV Flota, cubren todo el espacio regional), y de todas las bases militares extranjeras de cualquier país, dondequiera que se encuentren.
– Defendemos los derechos y las culturas de los pueblos originarios y afrodescendientes, y asumimos sus luchas para la restitución y ejercicio pleno de sus derechos históricos.
– Demandamos la descolonización total del Caribe y apoyamos de manera particular la independencia de Puerto Rico, al conmemorarse el 25 de julio de 2017, ciento veinte años de la invasión militar estadounidense contra esta nación caribeña. Asimismo, nos pronunciamos por la eliminación de toda forma de coloniaje y neocoloniaje.
– Respaldamos, en apego a la autodeterminación de los pueblos, la postulación del presidente Evo Morales habilitado constitucionalmente y respaldado por la Convención Americana para las elecciones de 2019, y rechazamos los planes desestabilizadores impulsados por la derecha de ese país, la OEA y la embajada de Estados Unidos.
– Exigimos la libertad inmediata de Lula, después de una condena y prisión sin pruebas y el derecho a ser candidato presidencial en las elecciones de octubre en Brasil, respetándose la voluntad de la mayoría del pueblo brasilero.
Lula Live! Lula Inocente! Lula Presidente!
5. Como hace un año atrás, ratificamos que América Latina y el Caribe siguen en pie de lucha!. Y mantienen la decisión de actuar con optimismo, decisión y mayor sentido unitario.
¡Hasta la Victoria Siempre”

Michael Roberts Debates sobre la economía China


June 7, 2018
The recent workshop on China organised by the China Workshop (poster and programme_05062018) in London asked all the questions, even if it did not resolve them.  What are the reasons for China’s phenomenal growth in the last 40 years and can it last?  What is the nature of the Chinese economy: is it capitalist or not?  What explains under Xi the new emphasis on studying Marxism in China’s universities?  Is China’s export and investment expansion abroad imperialist or not?  How will the trade war between the US and China pan out?
In the opening session, Dr Dic Lo, Reader in Economics at SOAS, London University and Zhu Andong, Vice Dean at the School of Marxism at Tsinghua University, Beijing (representing a delegation from various Chinese universities) were at pains to argue that China is misrepresented in the so-called West and not just through mainstream capitalist views but also from the left.
All the talk from the left, said Lo, was about political repression, labour exploitation, inequality or Chinese ‘imperialism’. But then how to explain China’s phenomenal growth and success in taking over 850m people out of poverty (as defined by the World Bank) and reaching national output second only to the US.  China doubles real living standards every 13 years. It now takes the US and Europe 50 years and Japan even longer.  Is this just fake or illusory and if not, how can this ‘capitalist’ and ‘imperialist’ economy have bucked the trend, when the record of all other capitalist economies (advanced or ‘emerging’) can show no such success? “How can it be possible, in our times, for a late-developing nation to move up the world political-economic hierarchy to become imperialist? Can anyone on the left answer this question?”

Dic Lo criticised the majority view of left political economists that China could be characterised as “neoliberal capitalist”, the so-called “Foxconn Model” of labour exploitation. This view was pioneered by Martin Hart-Landsberg and Paul Burkett, made most influential by David Harvey, most systematic by Minqi Li; and politically correct by Pun Ngai.  But were they right?
Zhu Andong also critiqued what he considered was this Western view.  In contrast, far from a Marxist critique disappearing in China, there was growing official support for the study of Marxism in Chinese universities, both in special departments and even increasingly in economics departments, which up to recently had been dominated by mainstream neoclassical economics influenced by Western universities.
In my contribution, I also referred to the dominance of mainstream economic analyses on the nature of China – and such theories also still appeared in China’s own financial institutions like the People’s Bank of China.  A recent striking example is Wang Zhenying, director-general of the research and statistics department at the PBoC’s Shanghai head office and vice chairman of the Shanghai Financial Studies Association. For Wang, Marx has had his day in the theoretical limelight (ie 19th century) and for that matter so had Keynes (20th century).  The recent global financial crisis needs a new theory for the 21st century.  And this apparently was the behavourial economics of ‘uncertainty’, not Marx.
I argued that there are really three models of development that could explain China’s growth miracle and whether it would last.  I deal these in detail in my paper on China for the Leeds IIPPE conference in 2015.  So please consult that for a fuller account than this post can provide.  https://thenextrecession.files.wordpress.com/2015/09/china-paper-july-2015.pdf
There is the mainstream neoclassical view that: China went through a primitive industrial expansion using its ‘comparative advantage’ of cheap and plentiful labour and investment in heavy industry.  But now China had reached the ‘Lewis point’ (named after the left economist of the 1950s, Arthur Lewis). Put simply, this is the point at which a developing country stops being able to achieve rapid growth relatively easily, by simply taking rural workers doing unproductive farm labour and putting them to work in factories and cities instead. But once this ‘reserve army of labour’ is exhausted, urban wages rise, incomes reach a certain level and a middle-class emerges.  China is now in a ‘middle-income’ trap like many other emerging economies, from which it cannot escape and become an advanced economy, unless it gets rid of state enterprises and heavy industry and orients towards the consumer and services.
This view is nonsense for several reasons – not least because comparative advantage theory is bogus and unrealistic – after all, China has grown exponentially not just because of cheap labour but also because of massive productive investment promoted and controlled by the state sector.  Actually, as a result of that investment expansion, consumption spending is also growing very fast. Would a switch to capitalist companies serving a middle-class consumer be better?

The second model is the Keynesian.  This recognises that China’s success has been due to massive investment in productive capital, not just the use of cheap labour.  Infrastructure investment directed and controlled by the state was behind the ability of the Chinese economy to avoid the worst effects of global financial crash and the Great Recession where every other economy suffered.  But what the Keynesian model fails to recognise is that China cannot escape the law of value and imbalances and inequalities that value creation through trade and the growing market economy generates.
The Marxist analysis starts from the basic premise that human social organisation aims to raise the productivity of labour to the point that sufficient abundance will make it possible for toil and poverty to be eliminated.  But the drive for higher productivity in capitalism comes into conflict with capital’s requirement for profitability.  Increasingly, the issue for China is whether the capitalist sector of the economy will eventually override the planned public sector, so that profitability will dominate over productivity and crises will appear, leading to stagnation not expansion.
In my view, that point has not yet been reached in China.  The state sector and public investment through one-party dictatorship still control investment, employment and production decisions in China – the private capitalist sector, although growing, is still subject to that control.  See my post here.

Now this is a minority view among Marxian economists, let alone mainstream economics.  Most consider that China is capitalist just like any other capitalist economy, if with a bit more state intervention.  Indeed, it is even imperialist in the Marxist sense.  But, as I have shown in previous posts, 102 big conglomerates contributed 60 per cent of China’s outbound investments by the end of 2016.  State-owned enterprises including China General Nuclear Power Corp and China National Nuclear Corp have assimilated Western technologies—sometimes with cooperation and sometimes not—and are now engaged in projects in Argentina, Kenya, Pakistan and the UK.  And the great ‘one belt, one road’ project for central Asia is not aimed to make profit.  It is all to expand China’s economic influence globally and extract natural and other technological resources for the domestic economy.
This also lends the lie to the common idea among some Marxist economists that China’s export of capital to invest in projects abroad is the product of the need to absorb ‘surplus capital’ at home, similar to the export of capital by the capitalist economies before 1914 that Lenin presented as key feature of imperialism.  China is not investing abroad through its state companies because of ‘excess capital’ or even because the rate of profit in state and capitalist enterprises has been falling.
Indeed, the real issue ahead is the battle for trade and investment globally between China and the US.  The US is out to curb and control China’s ability to expand domestically and globally as an economic power. At the workshop, Jude Woodward, author of The US vs China: Asia’s new cold war?, outlined the desperate measures that the US is taking to try to isolate China, block its economic progress and surround it militarily. But this policy is failing.  Trump may have launched his tariff hikes, but what really worries the Americans is China’s progress in technology. China, under Xi, aims not just to be the manufacturing centre of the global economy but also to take a lead in innovation and technology that will rival that of the US and other advanced capitalist economies within a generation.

There was a theoretical debate at the workshop about whether China was heading towards capitalism (if not already there) or towards socialism (in a gradual way).  Marx’s view of socialism and communism was cited (from Marx’s famous Critique of Gotha Programme) with different interpretations.  For me, I reckon Marx’s view of socialism and/or communism starts from two realistic premises; 1) that communism as a society of super-abundance where toil, exploitation and class struggle have been eliminated to free the individual, is technically possible now – especially with the 21st technology of AI, robots, internet etc; and 2) socialism and/or any transition to communism cannot even start until the capitalist mode of production is no longer dominant globally and instead workers’ power and planned democratically-run (not dictatorships) economies dominate. That means China on its own cannot move (even gradually) to socialism (even as the first stage towards communism) unless the dominant power of imperialism is ended in the so-called West. Remember China may be the second-largest economy in the world in dollar terms but its labour productivity is less than one-third of the US.
China has succeeded in transforming its economy and society since the revolution of 1949 by the removal of capitalist and imperialist power and through state control of the commanding heights of industry and agriculture.  And it is now succeeding in applying new technology to take it forward as a modern urbanised society in this century.  But at the same time, the law of value and capitalism operates within the country.  Indeed, the capitalist sector in the economy is growing; there are many more Chinese billionaires and inequality of income and wealth has risen; while Chinese labour struggles against exploitation in the workplaces.  And the law of value exerts its destructive influence also through international, trade, multi-national companies and capital flows – it was no accident that when China last year relaxed its capital controls on the advice of neoliberal elements in the monetary institutions that the economy suffered serious capital flight.

There is a (permanent) struggle going on within the political elite in China over which way to go – towards the Western capitalist model; or to sustain “socialism with Chinese characteristics”.  After the experience of the Great Recession and the ensuing Long Depression in the West, the pro-capitalist factions have been partially discredited for now.  President for Life Xi now looks to promote ‘Marxism’ and says state control (through party control) is here to stay.  But the only real way to guarantee China’s progress, to reduce the growing inequalities and to avoid the risk of a swing to capitalism in the future will be to establish working class control over Chinese political and economic institutions and adopt an internationalist policy a la Marx.  That is something that Xi and the current political elite will not do.