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Lecciones de El Salvador para las FARC colombianas ¿Es posible que los "acuerdos de paz" generen justicia, paz y seguridad para el pueblo?



James Petras
Rebelión, 29 de julio 2013
Traducido para Rebelión por Silvia Arana

Introducción 

Se da por sentado que los "acuerdos de paz" entre regímenes de derecha pro-estadounidenses e insurgentes de izquierda generan paz, justicia y una mayor seguridad. Varios acuerdos de paz firmados en la década de 1990 en América Central, Sudáfrica, Filipinas y otros países proveen un amplio caudal de datos, a lo largo de más de dos décadas, tanto a favor como en contra de esa idea generalizada. 

Examinaremos el caso de El Salvador donde un poderoso movimiento guerrillero (FMLN) firmó un acuerdo de paz en 1992.

Método de evaluación del Acuerdo de Paz

En referencia al análisis del Acuerdo de Paz es importante comenzar enfocándonos en la evolución del FMLN -los cambios políticos, organizativos e ideológicos que condujeron a las negociaciones, al pacto con el régimen de derecha y los resultados políticos y socioeconómicos. 

La segunda parte del ensayo establece los parecidos y las diferencias entre los resultados políticos y socioeconómicos y las políticas posteriores al pacto, y el efecto que estas tuvieron en el pueblo. Esto nos permitirá ver quién se benefició y quién se perjudicó; qué clases socioeconómicas y estructuras políticas emergieron; qué políticas extranjeras fueron delineadas.

La tercera sección del ensayo se enfoca en extraer las lecciones que podamos aprender de la experiencia de El Salvador, que sean aplicables a las actuales negociaciones de paz entre las FARC y el régimen de Santos en Colombia.

El FMLN: De la revolución socialista al electoralismo capitalista

En 1980, cuatro grupos guerrilleros principales se unieron para formar el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). El componente fundamental, el FPL, postulaba la guerra prolongada, la unión de la guerrilla y de los movimientos de masa en la lucha revolucionaria y antiimperialista. Los aliados menores, encabezados por el Partido Comunista postulaban las dos etapas, "de la revolución democrática a la revolución social".  

Poco más de dos años después, los tres componentes minoritarios, el ERP, el Partido Comunista y el RN, transformaron la política del FMLN, eliminando la lucha por el socialismo basado en los obreros y en los campesinos a favor de la "revolución democrática", que incluía a la "burguesía progresista moderna". A medida que la lucha continuaba, los reacomodamientos internos del FMLN se inclinaron a favor de un giro al "centro". Los líderes del FMLN pusieron el énfasis en la incorporación política al sistema electoral, la legalización del FMLN, la apertura de negociaciones sin ningún acuerdo previo y una disposición a trabajar dentro del marco electoral capitalista. Cuando comenzaron las negociaciones el FMLN abandonó las demandas de desmantelar las fuerzas armadas, de expropiar las principales empresas mineras, comerciales, banqueras y financieras. Aceptaron la formación de la "comisión de la verdad" que "examinaría" los crímenes de guerra -la matanza masiva de más de 75 mil civiles.

En 1992, cuando se firmó el acuerdo de paz, los ex guerrilleros, el régimen de El Salvador y el gobierno de EE.UU. lo calificaron de "un momento de inflexión histórico que iniciaba una nueva era de paz y prosperidad para el país y el pueblo". La mayoría de los académicos y periodistas de izquierda se unieron al coro de elogios al "pragmatismo" y la "flexibilidad" de los líderes del FMLN. Los social demócratas europeos, especialmente el régimen socialista español, ofrecieron cursos de entrenamiento a los ex guerrilleros, para capacitarlos en asuntos municipales y gubernamentales.



Evaluación de las políticas del FMLN en la oposición y en el gobierno

Los líderes del FMLN se beneficiaron de manera directa con la transición de la lucha armada y la movilización de masas a la política electoralista: muchos fueron elegidos en puestos públicos, lo que les garantizó un estándar de vida de clase media. Como congresistas, asesores políticos, asistentes y alcaldes, la élite del FMLN recibió salarios sustanciales, adquirieron viviendas en barrios de clase media y nuevos automóviles y contrataron guardias privados para su protección.

La mayoría de los políticos del FMLN retuvieron una ideología social demócrata y una retórica radical en el discurso. Algunos, como el ex dirigente del ERP, Joaquín Villalobos, se alió con la derecha, denunció a los movimientos populares, recibió una beca de Oxford y se convirtió en un asesor de los escuadrones de la muerte en Colombia, Filipinas, Irlanda del Norte y otros países.

El FMLN prácticamente abandonó los movimientos de masa urbanos y rurales convirtiéndose en un partido electoral más. Durante las revueltas populares entre 1980 y 1990, los campesinos consiguieron una reforma agraria, los empleados públicos un incremento salarial, y las organizaciones populares proliferaron mientras que el gobierno y EE.UU. trataban de recortar el apoyo popular a la insurgencia. Una vez que los líderes del FMLN entraron al parlamento y priorizaron la política electoral, disminuyó la presión sobre la clase dominante, decreció la lucha popular y terminó la reforma agraria. Los gremios recibieron muy poco apoyo de los políticos del FMLN. El FMLN liderado por Shafik Handel buscó una alianza con la "burguesía moderna" para "aislar" a la oligarquía terrateniente "tradicional", estabilizar la democracia y garantizarse una postura en el Congreso como "oposición leal". En 2009, el FMLN ganó la presidencia con un candidato neoliberal, el demócrata cristiano Mauricio Funes, y obtuvo una mayoría del Congreso.



La sociedad salvadoreña después del acuerdo de paz  

El FMLN firmó el llamado acuerdo de paz sin ningún diálogo democrático previo con los militantes, sin ninguna consultación con los movimientos sociales de base; declararon obsoletas las principales reformas estructurales por las que miles de militantes habían luchado y entregado su vida. En cambio, "consultaron" con sus propios intereses para conseguir una carrera legislativa. Dictaron los acuerdos a sus cuadros intermedios, expulsaron a los críticos y manipularon a las masas para que den su apoyo ofreciéndoles promesas falsas de "continuar con la lucha". No cumplieron con las promesas de trabajo y redistribución de ingresos y tierras; nunca se materializó la promesa de "reformar" las fuerzas armadas ni entablar procesos judiciales en contra de los oficiales involucrados en violaciones masivas de derechos humanos.

De 1992 a 2013, El Salvador continúa siendo el segundo país en la lista de los más desiguales de América Latina. El desempleo, en especial de la gente joven, continúa superando el 50%. Más del 60% de la "población trabajadora" no tiene un empleo formal. Trabajan sin jubilación, seguro médico, vacaciones ni seguro social, mayoritariamente en el sector de servicios con los salarios más bajos, ya sea como vendedores ambulantes o empleadas domésticas. Más de 2,5 millones de salvadoreños se vieron forzados a dejar el país por falta de oportunidades. Los jóvenes guerrilleros fueron abandonados por sus líderes. Algunos recibieron terrenos pero sin capacitación, crédito, servicios, fracasaron y se convirtieron en pandilleros urbanos o rurales. Más de 25 mil jóvenes pertenecen a pandillas que trafican con drogas. El Salvador detenta el segundo porcentaje más alto de homicidios violentos en el continente americano. De hecho, son más los salvadoreños asesinados después del "Acuerdo de paz" (1992-2012) que los muertos durante la guerra civil (1980-1991). Desde marzo de 2012, cuando las dos pandillas principales firmaron una tregua han disminuido drásticamente los asesinatos.

El Acuerdo de paz estableció la formación de una "Comisión de la Verdad" para investigar los crímenes de guerra y las violaciones de derechos humanos. En lugar de cumplir con ese objetivo, se decretó una amnistía para los Generales y la élite militar. La Comisión carecía de apoyo financiero y político y ningún criminal de guerra, ni siquiera aquellos que cometieron los crímenes más violentos fueron enjuiciados ni mucho menos encarcelados.

Los principales beneficiarios del Acuerdo de paz fueron los "burgueses modernos" -la élite bancaria, comercial, de la agroindustria, de las maquiladoras- quienes hicieron grandes ganancias, pagaron muy pocos impuestos, recibieron subsidios estatales y explotaron la mano de obra barata de las maquiladoras. Las compañías de seguridad privada prosperaron como la clase de nuevos ricos -incluyendo la élite de "nuevos ricos" del FMLN que contrató un ejército de guardias privados armados con rifles automáticas y ametralladoras para proteger sus casas, negocios, clubes privados y balnearios de vacaciones.

El Salvador, antes y después del triunfo electoral del FMLN, puede ser caracterizado como un paraíso neoliberal: acuerdos de libre comercio, salarios bajos, trabajadores no sindicalizados, mano de obra barata de las maquiladoras, en síntesis, las zonas de libre comercio son la pieza fundamental de la política económica del FMLN.

La llamada "Revolución democrática" fue despojada de todo contenido socioeconómico. La distancia social entre los líderes del FMLN y sus contratistas de negocios aliados por un lado, y las masas por el otro, es abismal. Los líderes del FMLN habitan viviendas modernas, protegidas por muros de tres metros cubiertos con vidrio roto y alambre de púa, con calles pavimentadas y jardines con flores. La mayoría de los salvadoreños pobres vive en sitios hacinados, con calles sin asfaltar, controlados por pandillas armadas que trafican droga y policías corruptos.

El régimen del FMLN ha respaldado los acuerdos de libre comercio de EE.UU. y la Unión Europea en América Central al igual que las bases militares de EE.UU. Sus políticas de libre mercado perjudican a los pequeños y medianos productores. Sus vínculos militares con el Pentágono fortalecen la postura militar de EE.UU. contra Venezuela y Ecuador.



Consecuencias políticas del Acuerdo de paz

Durante la guerra civil, la lucha de clases incrementó la conciencia de clase, fortaleció la organización independiente de clase y forzó a la clase dominante y sus "mentores" estadounidenses a que hicieran concesiones, incluyendo una reforma agraria para los campesinos y un aumento salarial para los obreros. Posteriormente al pacto de paz, las organizaciones de base experimentaron una reducción de tamaño y actividad; los líderes fueron cooptados por la élite del FMLN. El control político centralizado de los movimientos sociales asegura el conformismo frente a las políticas neoliberales. El FMLN trata de legitimar el orden socioeconómico neoliberal escudándose en su "heroico y glorioso pasado guerrillero". Los políticos corruptos del FMLN evocan su rol del pasado como "comandantes guerrilleros" para encubrir sus conexiones corruptas del presente con la élite económica. Cada vez que un sindicato va a la huelga por mejoras salariales o laborales, como los trabajadores municipales, de la salud y o de la educación, los líderes del FMLN los acusan de tener motivaciones "políticas" o de "ayudar" al enemigo. El FMLN se convirtió en un aparato burocrático manejado por facciones de las élites que pelean por posiciones de poder y privilegio dentro de la burocracia estatal neoliberal.

Frente al abyecto fracaso del FMLN y su gestión de gobierno para responder a las necesidades más básicas de los pobres de las ciudades y del campo, cientos de ONGs financiadas por los gobiernos de EE.UU. y Europa, en las que trabajan profesionales de clase media, establecieron proyectos de autoayuda, que enriquecieron a los líderes de las ONGs, perjudicaron a los movimientos sociales locales y no fueron eficaces para reducir la pobreza.

Sin paz, seguridad ni justicia social, y ante el debilitamiento de los movimientos sociales, ¿podemos sorprendernos de que anualmente decenas de miles de salvadoreños huyan de su país? Hay más de 2,5 millones de salvadoreños en el exterior, más del 90% de los cuales vive en EE.UU.



Conclusión: Causas del fracaso del Acuerdo de paz

Haciendo un análisis objetivo, queda claro que el acuerdo de paz firmado por el FMLN ha fracasado en el cumplimiento de las mínimas demandas políticas y socioeconómicas de sus bases. A pesar de los grandes sacrificios y los incontables ejemplos de heroísmo personal, las masas populares de El Salvador fueron despojadas de todo logro positivo. Los poderosos movimientos fueron desmantelados por decreto de los comandantes guerrilleros. Los principales líderes que dictaron dichas políticas lo hicieron ya sea porque eran colaboradores de las fuerzas militares de EE.UU. (Villalobos) o aliados de la llamada burguesía "progresista".

Se pueden extraer varias lecciones:

1) El pasado combatiente no es una garantía de compromiso socioeconómico progresista después de la negociación de un acuerdo.

2) Un acuerdo de paz dictado por una élite suele implicar un sacrificio de los intereses socioeconómicos como garantía de ganar una imagen de "respetabilidad" política.

3) Aliados extranjeros "radicales", como Cuba, tienen sus propios intereses políticos para asegurar la estabilidad regional y la paz, y tal vez dichos intereses no coinciden con las necesidades socioeconómicas de un movimiento revolucionario de masas.

4) Los acuerdos de paz deben incluir de manera directa a los representantes de los movimientos populares de masas e incorporar sus demandas.

5) Los acuerdos de paz que desarman a los insurgentes y mantienen a las fuerzas armadas, que son el sostén de la élite económica y de su control sobre los sectores estratégicos de la economía, dan como resultado una continuidad de las políticas neoliberales y de las bases militares de EE.UU. y producen la integración de los ex líderes guerrilleros en un sistema político corrupto y reaccionario.

6) Un pacto de paz que no genere inversiones públicas masivas en el sector laboral, obras públicas, reforma agraria y otras actividades productivas dará como resultado el desempleo de los ex guerrilleros jóvenes que se incorporarán a pandillas de tráfico de droga y otros delitos.

7) Los ex líderes guerrilleros promoverán sus carreras electorales y trabajarán dentro del sistema adoptando políticas neoliberales -como lo han demostrado numerosos casos. En Colombia, por ejemplo, Antonio Navarro Wolff, ex integrante del M-19 se convirtió en un aliado del entonces Presidente Álvaro Uribe y su régimen de escuadrones de la muerte cuando fue gobernador de Nariño. Teodoro Petkoff, ex guerrillero venezolano, devino en uno de los ideólogos del programa de austeridad del FMI durante el gobierno de Caldera. Joaquín Villalobos, el ex guerrillero salvadoreño del ERP, se convirtió en asesor de la CIA y de varios regímenes criminales que le pagaron cuantiosas sumas por su asesoramiento.

Los movimientos populares deben establecer sus propias prioridades socioeconómicas y estar presentes en cualquier proceso de paz. 

La vasta mayoría de los obreros, campesinos y estudiantes quieren una paz que vaya acompañada de cambios en el sistema socioeconómico. Esto incluye expropiación de tierras irrigadas y fértiles; el fin de la represión sindical y el establecimiento de nuevas leyes laborales que protejan los sindicatos; la duplicación del salario y la formación de comités de trabajadores que supervisen a la administración.

Para que sea posible implementar un programa público a gran escala generador de empleo, se requiere un sistema impositivo progresivo, que use los impuestos a los ricos para financiar infraestructura y empresas productivas. Las agencias del medioambiente constituidas por ecologistas, indígenas y líderes campesinos deben tener el poder necesario para regular las actividades mineras y garantizar que exista una distribución equitativa de los ingresos impositivos y los pagos de royalty.

Por encima de todo, para que un acuerdo de paz funcione debe existir un estado democrático, en el que: se desmantelen las Fuerzas Especiales, los programas de contrainsurgencia, las bases militares y las misiones de asesoramiento extranjeras. El abyecto fracaso del FMLN para cambiar la sociedad de El Salvador y mejorar las condiciones de vida de las masas estuvo directamente relacionado con su inserción en el estado capitalista y su subordinación a la economía neoliberal.

La "teoría de las etapas" del gurú del FMLN, Shafik Handel sostenía que la "modernización capitalista y la democracia" en alianza con la burguesía moderna era el "objetivo inmediato" mientras que el socialismo era para el "futuro distante". Esta "teoría de las etapas" dejaba de lado el hecho de que la "burguesía moderna" estaba estructuralmente atada a las élites de los terratenientes tradicionales, la banca y el imperio, y no estaba, de ninguna manera comprometida con una supuesta "revolución democrática". El FMLN, descartó el socialismo, nunca logró concretar una revolución democrática y finalizó presidiendo un país empobrecido y desgarrado por delitos sangrientos en el que la élite política era socia de los mismos clubes sociales que su antiguo enemigo de clase.

Es necesario que las FARC estudien atentamente las lecciones negativas del pasado, de los desastrosos acuerdos de paz de América Central, del MR-19 que se rindió a un estado de narcos, para de esa manera proponer un acuerdo de paz en consulta con la mayoría del pueblo y en beneficio de ella, y no uno que simplemente les garantice puestos en el Congreso.



Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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Colombia:Diálogo para paz en Colombia entra en receso con avances     Prensa Latina, Cuba22 diciembre 2012


 La víspera concluyó en esta capital, sede permanente del diálogo instalado el 19 de noviembre, el segundo ciclo de las pláticas que a partir de una agenda de seis puntos buscan poner fin a décadas de conflicto armado en el país suramericano.

 Según el tercer comunicado conjunto emitido por las delegaciones del Gobierno y las FARC-EP desde el comienzo formal de las conversaciones en Cuba, el acercamiento ha transcurrido "en un ambiente de respeto y espíritu constructivo".

 Además señalaron avances en las discusiones sobre el tema de la tierra, el primer punto de la agenda fijada en el Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, documento rector de la mesa, suscrito por las partes en La Habana durante un encuentro exploratorio previo.

 Tanto los representantes del gabinete de Juan Manuel Santos, encabezados por el exvicepresidente Humberto de la Calle, como de la guerrilla, con el comandante Iván Márquez al frente, coinciden en la importancia de la participación de los diferentes actores de la sociedad en el proceso.

 Entre los pasos dados en ese sentido está la realización en Bogotá de un foro de tres días sobre desarrollo agrario integral, que con el apoyo de las Naciones Unidas y la Universidad Nacional de Colombia sirvió de espacio para el aporte de la ciudadanía.

 También fue activada hace 15 días una página web de la mesa, portal que ha recibido casi tres mil propuestas sobre los puntos del acuerdo, que junto a la cuestión de la tierra recoge la participación política, el problema del narcotráfico, el fin del conflicto, la atención a las víctimas y los mecanismos para verificar y refrendar lo pactado.

 Otra iniciativa ejecutada por las partes respondió a las consultas a expertos y personas vinculadas al sector rural, donde los interlocutores ubican el origen y profundización del conflicto, y por tanto una buena parte del camino para su solución.

 Hasta el momento, 21 jornadas y más de 100 horas de pláticas fueron acogidas por el habanero Palacio de Convenciones, donde cada sesión reunió a periodistas cubanos y extranjeros que cubren el nuevo intento por lograr la paz en Colombia, luego de varios fracasos en décadas pasadas.

 Día tras día el escenario resultó idéntico al llegar las delegaciones a esa instalación, el equipo del Gobierno evitó los micrófonos de los periodistas, mientras que las FARC-EP los aprovecharon para realizar anuncios, denuncias y comentarios.

 Una de las intervenciones de mayor impacto fue la realizada por el comandante Iván Márquez el día de la instalación de la mesa, el 19 de noviembre, cuando anunció un cese unilateral por la insurgencia de sus operaciones ofensivas hasta el 20 de enero próximo.

 La decisión genera polémicas y debates, ante la negativa del Gobierno a adoptar similar paso, bajo el argumento de que no está previsto en el acuerdo firmado, hasta el final del proceso.

 El presidente Santos y altos jefes militares han insistido en la continuidad de las acciones contra la guerrilla.

 Las conversaciones para la paz en Colombia tienen a Cuba y Noruega como garantes, y a Venezuela y Chile en el rol de acompañantes, países que han recibido el reconocimiento del Gobierno y de las FARC-EP por su gestión.

 tgj/wmr


Colombia: Proceso de Paz
FARC:: "El pueblo ha de participar en el proceso de paz"


 9 de noviembre de 2012, Sin Permiso
  

Reflexiones sobre la Agenda de La Habana (IV)

La delegación de las FARC en la Habana llama al gobierno colombiano a facilitar la participación del pueblo en el proceso de paz 

“No puede haber república donde el pueblo no esté seguro del ejercicio de sus propias facultades”. Simón Bolívar.

En el “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, las partes hemos convenido atender el gran clamor de la población por la paz, tomando en consideración que su construcción es asunto de la sociedad en su conjunto. Por ello, “la participación de todos, sin distinción, incluidas otras organizaciones guerrilleras, a las que invitamos a unirse a este propósito...”, ha sido colocado como aspecto central del ropaje democrático que debe tener el proceso que iniciará sesiones el 15 de noviembre en la Habana (Cuba).

Que atino este, el de no considerar que los problemas de la guerra y de la paz son asunto de manejo exclusivo del gobierno. Gran avance, ciertamente, en el camino de búsqueda de la justicia social y la reconciliación, sencillamente porque su esencia es la de irle abriendo campo a la democracia aún dentro del ambiente guerrerista que mantiene el régimen.

Fue sensato Juan Manuel Santos cuando decidió pactar através de sus voceros “la disposición total de llegar a un Acuerdo, y la invitación a toda la sociedad colombiana...”, que debe ser la verdadera protagonista de este emprendimiento. Este que empieza, entonces, deberá ser el momento en que el contacto con el sentir profundo de las gentes de nuestra patria, desde los más humildes, llene de juicios acertados el diálogo nacional de paz. Todos los sectores populares deben reclamar su participación y decisión dejando oir desde ya sus múltiples voces y propuestas.

Necesitamos al pueblo, al constituyente primario, definiendo la ruta del diálogo desde ya. Reiterándonos una enseñanza de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, cuando decía que “La propiedad colectiva debe ser la regla y la propiedad privada la excepción”, para ver cómo encontramos las claves que nos permitan poner fin a la depredación desastrosa del capitalismo.

Hoy recordamos a los fundadores de la patria, como una manera práctica y sentida de traer a la memoria, con enseñanzas y luces, a alguien que además de militar en la idea de buscar con todos nuestros esfuerzos la paz, enseñaba el ideario de Rodriguez y de Bolívar en el proceso de construcción de la Nueva Colombia: el Comandante Alfonso Cano, quien hoy completó un año de haber caído asesinado después de resistir valiente con sus combatientes, a una jauría que les cercó y luego recibó la orden de eliminarles. Así lo confesó públicamente Juan Manuel Santos, admitiendo cínicamente, la comisión de un crímen de lesa humanidad: aplicar la pena de muerte; o mejor dicho, tal como lo advirtió monseñor Monsalve, obispo de Cali, asesinar a un alzado en armas, que según las propias palabras del presidente, “estaba cercado”. El mandatario colombiano ante las cámaras del mundo, lo que ha dicho es que desde su función de Jefe de Estado decidió violar todas, absolutamente todas las reglas del derecho internacional humanitario, todas las normas que regulan la guerra y todo principio de decensia, en la medida en que previamente ha dado certeza de que en efecto era Alfonso Cano, el comandante máximo de las FARC-EP, quien adelantaba los acercamientos de paz con el gobierno. Nos preguntamos si ya sobre esto alguna autoridad judicial de orden nacional o internacional, habrá adelantado algún tipo de investigación. La situación lo amerita.

La sociedad, en movimiento y con determinación, através de diversas expresiones emerge hoy, a pesar de la guerra sucia y el terrorismo de Estado, con más fuerza reclamando sus derechos; exigiendo respeto al territorio, abnegándose por la reapropiación de su naturaleza, por la afirmación de su cultura y por la construcción de un proyecto de vida sustentable. Es hora entonces de que también en la Mesa de la Habana se le de su lugar y que Colombia toda se convierta en territorio de diálogo, justicia y reconciliación. Así las cosas, aprovechamos esta reflexión para solicitar al gobierno se sirva explicar sin más demora los procedimientos, mecanismos, metodologías, dinámicas que posibilitará que las expresiones diversas de la sociedad puedan desenvolver el proceso de dialogo por la paz en Colombia, con todos los recursos y garantías que ello requiera, lo mismo que se sirva dejar en claro y de manera pública, pues ya no estamos en momento secreto de exploración, los mismos elementos y sobre todo las garantías de amplitud, respeto, financiación y seguridad para los contingentes de la paz que han de llegar hasta la Habana a traer sus aportes en favor del proceso.

Fraternalmente, compatriotas

DELEGACIÓN DE PAZ DE LAS FARC-E

5/11/2012

ANNCOL
Colombia: Inicio del Proceso de Paz.Entrevista del Resumen latinoamericano con uno de los integrantes de las FARC en la Habana

   
 escrito por Carlos Aznárez     
29 septiembre 2012

Comandante Ricardo Téllez, del Secretariado de las FARC-EP e integrante de la delegación que participará de las negociaciones de paz. Dialogó con el director de Resumen Latinoamericano en La Habana y volvió a reiterar que las FARC están dispuestas a hablar de paz pero con justicia para todos los colombianos y colombianas. Criticó a su vez, los dichos del presidente Santos insistiendo en no declarar un cese del fuego.  

A muy pocos días de las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, el integrante de la dirección  de esa organización guerrillera, Comandante Ricardo Téllez (Rodrigo Granda), señaló que “el convencimiento del gobierno de Juan Manuel Santos de que no podían ganar la guerra en forma rápida los llevó a dialogar”. Téllez, al que también se lo conoce como el “Canciller de las FARC”, lleva en la insurgencia desde 1980, y mucho antes ya había pasado a la clandestinidad por su militancia en el partido Comunista de su país. Confesó que un momento muy difícil de las conversaciones exploratorias que comenzaron en 2010, se dio cuando primero fue asesinado el  comandante Jorge Briceño (Mono Jojoy), y luego lo mismo ocurrió cuando cayó en combate el máximo referente de las FARC, Alfonso Cano. “Allí nos vimos obligados a evaluar si tomábamos la decisión de seguir o pateábamos el tablero. Sin embargo, nos dimos cuenta que el objetivo era la paz, como siempre lo había definido nuestro Comandante Manuel Marulanda Vélez, y decidimos seguir intentándolo”.  Téllez, no tiene la menor duda, y así lo expresó en La Habana, que  si se dan avances en el diálogo, esta vez podrían abrirse definitivamente las puertas de la pacificación. 


-Fue muy difícil llegar  a este momento actual? ¿Cómo fueron las primeras conversaciones exploratorias? 


-Este camino no ha sido sencillo, porque venimos de una guerra bastante dura, de ocho años del señor Uribe y dos años de Juan Manuel Santos. Una vez que el presidente Santos asumió el mandato, envió una carta al Secretariado de las FARC, diciendo que lo que nosotros proponíamos en la agenda de la Nueva Colombia bolivariana,  podía ser discutido, pero que lo que le hacía mal al país eran las formas de lucha que nosotros utilizábamos. De todas maneras, él reconocía que en Colombia había un conflicto, que era algo que no aceptaba Uribe. 

A partir de allí comenzó un intercambio epistolar, que concluyó en una reunión que se hizo en Colombia, al que le siguieron algunos encuentros en otros territorios no colombianos,  para después terminar en Cuba, en reuniones que denominamos “discretas y secretas” durante seis meses, hasta llegar al actual momento. 

  
-Ustedes durante un largo tiempo, insistieron, a diferencia del ELN, que las conversaciones tenían que ser en Colombia. ¿Qué los hizo cambiar de opinión?  

-Fíjese que desde tiempo atrás, en el gobierno de Gaviria, dialogamos en Caracas, y luego en México. Para nosotros el sitio nunca fue una cuestión de principios, sino que lo importante es tener la fundamentación y la confianza para encarar los diálogos. 


-¿Cuánto tiempo deliberarán en Oslo? 


-Lo de Oslo es solamente la instalación de la mesa, allá deliberaremos dos o tres días a lo sumo, y luego lo importante se discutirá en La Habana. También acordamos que también se podrán realizar reuniones en otros países (N.de R.: No se descarta que una de esas sedes pueda ser Argentina o Brasil) de acuerdo a cómo se vayan dando las discusiones. 

  
-¿Cuáles son las razones que los lleva a pensar que el establishment colombiano tiene necesidad de encarar la paz precisamente en este momento? 


-Ellos llevaron adelante con todas sus fuerzas, el Plan Colombia. La idea era exterminarnos en cuatro años, en forma física. Es decir, demostrarle al mundo que la guerrilla podía ser derrotada por esa vía militar. Esos primeros cuatro años del señor Uribe no fructificaron en lo que él pretendía. Logró otros cuatro años con su reelección, y en ese período se invirtieron más de 12.000 millones de dólares en la guerra en Colombia. Está la presencia norteamericana, hay personal israelí y del Reino Unido y de otras potencias, metidas en la guerra contra el pueblo colombiano. Ellos habían hablado del post conflicto y resulta que eso que pretendían, no se ve por ningún lado.  Tenemos una guerrilla fuerte, bien equipada, que obviamente ha sufrido algunos golpes duros pero que supo adaptarse, con mucha facilidad, a las nuevas formas que asume la guerra en Colombia. 

Ese aspecto, de no poder ganar la guerra en forma rápida, llevó al convencimiento del señor Santos y a sus patrocinadores, los EEUU, de que era mejor dialogar. Nosotros somos abanderados de la paz y del diálogo. Y nos alzamos en armas precisamente porque se nos habían cerrado esos caminos. Ahora bien, el establecimiento colombiano piensa incrementar al máximo todas las políticas neoliberales, ya que tienen 52 tratados de libre comercio firmados con diferentes países del mundo, una buena cantidad de proyectos agro-industriales y mineros, más proyectos energéticos multimillonarios. No nos olvidemos que Colombia es uno de los países más ricos del continente: nosotros tenemos oro, plata, esmeraldas, a lo que hay que sumarle costas en los dos mares, y la selva amazónica. Todos estos proyectos que las trasnacionales impulsan se chocan contra una resistencia armada. A partir de allí, nuestros enemigos deducen que es mejor solucionar este conflicto por la vía dialogada. Además, en función de la crisis que vive el mundo, y especialmente Europa, temen que sus consecuencias podrían generar un caldo de cultivo, para que a partir de la experiencia que tienen las FARC, surjan otras guerrillas en el continente. 


-Sin embargo, Juan Manuel Santos insiste en que las FARC están contra las cuerdas, que los últimos golpes los han debilitado, y que precisamente por eso ustedes se sientan a dialogar. 


-De ninguna manera. Uno de los principios de la guerra, es que con los derrotados nunca se dialoga. Si yo gano la guerra y someto al enemigo, para qué me voy a poner a dialogar. Eso no tiene ningún sentido.  Esas suposiciones existen en la mente de ellos mismos, pero la realidad les demuestra día a día que están equivocados. La confrontación armada hoy, y esto lo saben los altos mandos militares y lo han dicho en reuniones de Palacio, puede durar otros 20 o 30 años más. De allí es que han tenido que reflexionar sobre la necesidad de buscar otros caminos para terminar con la guerra. En función de ello, nosotros nos hemos atrevido a insinuarle al gobierno, que lo importante sería parar la mortandad que acarrea la contienda,  nuestro interés es construir la paz, pero una paz con dignidad, con justicia social, que se encaren los problemas del pueblo colombiano. 

  
-¿Qué está pidiendo con urgencia la guerrilla? 


La guerrilla no está pidiendo nada para ella, no necesitamos nada del establecimiento. A nosotros nos han movido cuestiones altruistas y que el país y el continente puedan vivir en paz. 

Si estos 48 años de lucha armada permanente logran que se canalice una apertura democrática , que en Colombia se cambien las formas de hacer política y se respeten los derechos humanos y la integridad de las personas, y que nuestro país se inserte en la nueva realidad latinoamericana, y que aporte a la paz nacional y del mundo, creo que ha cumplido una misión muy importante. Hay que recordar que nosotros en un momento dado quisimos cambiar esta forma de lucha. Ahora bien, si ahora se abren las compuertas que nos cerraron en 1964 y se nos permite en pleno plan de igualdad con otras fuerzas ir a la plaza pública, estaríamos dispuestos a hacer eso, pero deben convencerse nuestros enemigos que no se va a dialogar con una guerrilla vencida. Ese fue el error de los sucesivos gobiernos colombianos, creer que cada vez que se abría la posibilidad de un diálogo, era porque la insurgencia estaba derrotada. Esa es una estupidez, y saben que en el momento actual es insostenible para ellos.  

-No creen que pudiera haber otra manera de ver esto. Le explico: el presidente Santos enfrenta la posibilidad de una re-elección muy pronto, y él sabe que si estas conversaciones fructifican, se puede convertir en un abanderado de la paz y de esta manera revalida su idea de seguir gobernando. 


-La paz tiene muchos amigos y es indudable que en Colombia se ha despertado un fervor extraordinario hacia ella. Se respira el fervor de un verdadero plebiscito internacional que llevará adelante estos diálogos. Tengamos en cuenta que este es el conflicto más largo del hemisferio occidental. Es indudable que quien tenga las banderas de la paz en este momento, puede aspirar no solamente a una reelección, sino a pasar a la historia como un hombre que hizo todo lo que tenía en sus manos para que su pueblo viviera mejor. Ese es un desafío que tiene el Presidente. Si él quiere hacer historia, tiene la gran oportunidad, pero el establecimiento en su conjunto tiene que estar preparado a hacer algunas de las concesiones que siempre las FARC han buscado, porque se trata de dos partes en la cual ninguna ha derrotado todavía a la otra. 

  

-¿Qué diferencia hay entre estas conversaciones que van a empezar y las anteriores que se dieron en otros momentos de la confrontación? 

  

-El Presidente tiene en este momento un respaldo muy grande a nivel nacional,  y un entorno latinoamericano diferente al que había en los diálogos del Caguán. A la vez, se ve que hay una apoyo mucho más grande por parte de los Estados Unidos para evitar que continúe la guerra en Colombia. No olvidemos que ellos han sido los promotores de esta guerra, y si ellos paran de echar leña al fuego, seguramente se podrá avanzar también. Otra de las situaciones que se puede ver, es que ya el señor Presidente involucra al alto mando militar, incluyendo en las conversaciones a algunos oficiales de alta categoría. Ahí hay también representantes de los gremios económicos, que saben que con un esfuerzo que se haga, y reconociendo  toda la cantidad de factores que han originado el conflicto y solucionando esas causas, se puede avanzar hacia un proceso de paz. De allí que nosotros consideramos que hay algunas variaciones que nos permiten que hagamos una experiencia mucho mayor que otras ocasiones. 

En ninguno de los procesos anteriores había una real voluntad de paz por parte del gobierno colombiano. Si el señor Santos va a utilizar esa bandera para la politiquería, él deberá pagar ese costo histórico frente al país. Hoy se da una oportunidad, nosotros como FARC tenemos la voluntad política de avanzar, siempre y cuando se encare esto con seriedad,  y que se pueda ir demostrando que hay ganas de solucionar el conflicto. 

En estas conversaciones de ahora, nosotros le hemos dicho al gobierno que venimos a la mesa sin arrogancia, dispuestos  a poner músculo, nervio, pensamiento, ideas, pero también somos conscientes que, tratándose de arreglar un problema tan grave, quien más tiene, más tiene que aportar. 

El gobierno, el Estado, tienen mucho para darle al pueblo de Colombia. Las FARC, por nuestro lado, tenemos ideas para arrimar a la construcción de una Colombia digna, soberana y en paz, pero aquí quien tiene la plata es el gobierno… 


-¿Cuánta influencia puede tener en este contexto el discurso que viene lanzando Alvaro Uribe, oponiéndose a estas conversaciones? 


-Este sector es minoritario, en el momento actual, tiene alrededor de un 18 % de representación. Es un discurso exageradamente retardatario, lleno de odio, venganza y retaliación. Son fanáticos de la guerra, pero eso a nosotros no nos preocupa demasiado, porque cada día que pasa , el pueblo colombiano va tomando conciencia de quiénes han sido los promotores de esta violencia. Con Uribe están reubicándose esos sectores que son peligrosísimos.  Los Estados Unidos, al apoyar los diálogos –por lo menos eso es lo que ha dicho el Departamento de Estado-, significa que se separan un poco del señor Uribe Vélez, y quien mejor que los gringos para dar esa señal. Ellos tienen todos los expedientes de cuál ha sido el prontuario de Uribe desde que se inició en la  política colombiana. Él figura en el puesto número 82 de una lista que tiene en su poder la DEA. 

  
-Volviendo al tema del cese del fuego: Si esto no se produjera, y se incrementan las acciones militares por parte del gobierno Santos, ¿no creen ustedes que  se ponen en serio peligro estas conversaciones? 

-Siempre es peligroso dialogar bajo fuego.  Intentar hablar bajo las balas y los bombardeos, es un riesgo muy grande. Nosotros no estamos pidiendo en estos momentos un cese del fuego, sólo hemos sugerido que deberíamos evitarle más muertos al país. El gobierno respondió que no, que ellos van a seguir con los bombardeos y las operaciones militares. Entonces, es obligación de la guerrilla, defenderse.  Nosotros insistimos en que quisiéramos evitar más dolor, pero parece que el gobierno considera que así vamos a tener una ventaja militar. Si no fuera por la tragedia que representa para el pueblo colombiano, esto llamaría a  risa. Pero es indudable que al establecimiento parecen no importarle mucho la vida de sus propios soldados, y de la gente del pueblo, que toda guerra causa.  Ellos consideran que el alto el fuego debe producirse al final, y nosotros pensamos que la movilización permanente del pueblo y la misma presión internacional  pudiera ayudar a que las partes cesáramos el enfrentamiento armado, sin ventajismos de carácter estratégico para ninguna de las dos partes. 

-Otro tema difícil es el de los tiempos. El Presidente Santos habla de que a más tardar, en junio o julio del 2013 el conflicto debería tener ya soluciones, mientras que Timochenko ha planteado que esto va a ser un proceso largo. 


-Timochenko lo dijo, y no habría que ponerle a esto términos fatales. Solamente para llegar ahora a conformar una agenda nos demoramos dos años. Esta guerra lleva 60 años, por eso nos parece que es muy precipitado lo dicho por el Presidente, que considera que el conflicto se puede arreglar de la noche a la mañana. La vida es mucho más rica que cualquier cuestión que se proponga en la agenda. Los mejores planes, fallan. Entonces, vamos a ir mirando cada uno de los puntos de la agenda, vamos a ir construyéndola, sin pausas pero sin prisas, como dijo un ex presidente de la República. Aquí lo importante no son las carreras de cien metros, sino que se vayan llegando a acuerdos y que el país y el mundo vean, que vale la pena seguir dialogando. Nosotros no estamos dispuestos a trabajar contra reloj, no somos parte de las Olimpiadas que acaban de terminar. 

  
-¿Qué significado le dan a la frase “dejación de armas”, que figura en el Acuerdo marco para empezar los diálogo? 


-La frase tiene muchas interpretaciones. Nosotros hemos dicho que si se abren las puertas a la paz, si se hacen un montón de cambios, si se respiran nuevos aires, las armas, al fin y al cabo, son simples hierros, que en un momento dado se pueden silenciar. Lo que no se pueden ocultar son las ideas que cada combatiente tiene en la cabeza. Las armas, mientras no haya hombres dispuestos a dispararlas, por sí sola, no cumplen ningún papel. Ellas sirven para defender al pueblo, de la tiranía, para evitar la esclavitud. Esas armas han posibilitado que ahora el país vislumbre, por fin, la anhelada paz. 

  
-Ustedes se alzaron en armas, para denunciar un orden injusto (así lo expresaban sus comunicados fundacionales). ¿Qué les hace pensar ahora que en esta mesa de negociaciones podrán obtener lo que se les negó en tantos años de insurgencia armada? 


-Nosotros hemos dicho que no vamos al diálogo para que nos hagan la Revolución por contrato. No se trata de hacer la Revolución en una mesa de negociaciones. Sostenemos que aquí hay dos partes enfrentadas, con criterios de carácter antagónico. También decimos: ustedes nos obligaron a tomar las armas, buscaron por todos los medios eliminarnos y no lo han logrado. La esencia de la guerra es someter la voluntad de lucha del contrincante, y eso tampoco lo ha podido hacer ni lo va a lograr el Estado colombiano. Entonces le decimos al presidente Santos: si usted abre las compuertas y da pie a un nuevo país, las armas pueden ser silenciadas y buscar por otras vías que se cumplan nuestras reivindicaciones. En 1964 lo dijeron nuestros fundadores, nosotros queríamos la vía pacífica para la toma del poder, pero nos respondieron violentamente. Como somos revolucionarios, que de una u otra manera tenemos que cumplir nuestro papel, nos alzamos en armas hasta que haya cambios en el país. 

Si los cambios comienzan a producirse, entonces nos insertamos en la política, porque las armas no van a cumplir allí ningún papel. Es tan estrecho este sistema colombiano, que da vergüenza, comparado con otros países del continente y del mundo. En otras partes no se asesina a una persona porque esté en contra de tal o cual posición del gobierno, o sencillamente por reclamar respeto a la dignidad humana, o defender la soberanía del país. En otros países no se asesina a la gente que hace una manifestación o una toma de tierras. En Colombia, pensar diferente al establecimiento ha causado en la primera etapa de la violencia, 300 mil muertos, y en esta parte que llevamos,  ya se pasa de 250 mil muertos. ¿Dónde se llevó una guerra más cruel y más bárbara contra un pueblo desarmado? ¿Qué no se ha empleado contra las FARC en este último tiempo? La más alta tecnología de punta, los drones, aviones super Tucano, los globos, toda la inteligencia militar del enemigo, los micro chips, bombas inteligentes, para quebrar la voluntad de gente que pelea para que en el país haya justicia social, libertad y una verdadera democracia. 



-Uno de los puntos nodales del acuerdo marco que será discutido en las conversaciones es el tema de la tierra. ¿Cuáles son los planteos de las FARC para solucionar la situación de los campesinos colombianos? 


-Nosotros hicimos un pacto de caballeros, hay unos puntos que se van a discutir en la mesa. Con el tema de la tierra y el desarrollo agrario vamos a comenzar la discusión. Por eso, por el momento no vamos a dar por micrófono lo que debe ser discutido en la mesa de diálogo. Tenemos una visión muy concreta y propuestas que hacer, además de recoger el sentir de las organizaciones agrarias, campesinas, indígenas, afro-descendientes. Igualmente tendrán que participar en las discusiones y darnos orientación, las organizaciones vinculadas a los problemas del campo, pero no solamente eso, sino que también hay que ver la cuestión de la salud, de la educación, de la vivienda, de la ecología y toda la cuestión de la tierra. 

  

-Exigirán la reforma agraria? 

-Colombia es el único país de América Latina donde no se ha producido jamás una Reforma agraria. El 87% de las mejores tierras del país están en manos del 4% de los poseedores. Las grandes haciendas de más de 500 hectáreas se han aumentado a costa de los pequeños campesinos. El problema del latifundio en Colombia dio origen a las primeras guerrillas. Ahora soportamos la embestida de las trasnacionales que quieren apoderarse de las tierras, con grandes proyectos mineros y agrario-industriales. Tengamos en cuenta que la tierra, en estos momentos y a nivel mundial, ha adquirido precios desorbitantes. 

  

-¿Cómo puede participar la sociedad colombiana actual en las conversaciones de paz? 

  

-En la mesa se acordaron algunos mecanismos. La gente que está en el país puede citar foros, asambleas, encuentros, mingas, donde puedan estar discutiendo, por ejemplo, el problema de la tierra. Igualmente se pueden hacer encuentros nacionales para que allí se aporten y se recojan todas las ideas. El problema de la tierra en Colombia ,no ha aparecido de ayer para hoy, es un problema histórico, y las organizaciones campesinas, indígenas y afro-descendientes, han venido teniendo una trayectoria de combate, lo mismo ocurre con las FARC. El 20 de julio de 1974 las FARC expidieron el programa agrario de los guerrilleros. Ahora actualizamos todo eso, y lo llevamos a la mesa  para discutirlo. 

-Pero el gobierno Santos afirma que ya está encarando el problema de la tierra. 


El gobierno está interesado en hacer algunos cambios a nivel de la tierra, porque tienen el interés de meter toda la cuestión del capitalismo en el campo. El problema es que necesitan integrar esas dos terceras partes de Colombia que representan al país olvidado. Allí, en ese territorio se encuentra la guerrilla  y no se registra presencia del Estado. Por lo cual todo ello tendremos que discutirlo cuando toquemos el punto del desarrollo agrario. 

-Además, está el tema de las áreas con plantaciones de coca, y lo que significa a nivel de monocultivo. 


-Las plantaciones de coca no sólo están en áreas de la guerrilla sino en casi todo el país. Dentro del acuerdo marco, hay un punto para discutir el tema de los monocultivos.  Fíjese que ahora, en la Cumbre de Cartagena y en la Iberoamericana que se va a hacer en España, uno de los problemas que se discute es la lucha contra el narcotráfico. En marzo de 1999, nuestro comandante Manuel Marulanda Vélez hizo un estudio sobre el Municipio de Cartagena del Chairá. Ese estudio lo presentó a la primera reunión que se hizo sobre cultivos ilícitos y defensa del medio ambiente en el Caguán. Este es un plan totalizador y tiene plena vigencia, para toda Latinoamérica,  para que se discuta en la OEA y también en la ONU. Es hora que el Departamento de Estado norteamericano vea que hay una forma diferente de atacar el tema de la producción y comercialización de narcóticos en el mundo. Para eso no se necesita solamente la cuestión represiva, ya que este es un fenómeno económico, político,  militar y social. Millonarias fortunas se mueven allí. En este momento lo que circula en el mundo por narcóticos son 670 mil millones de dólares. Todo ese torrente de billetes está irrigando la cuestión financiera de los EEUU. Para América Latina revierten 20 mil millones, y Colombia, que se dice que exporta el 80 % de la cocaína, recibe 4.500 millones de dólares. ¿Quién está haciendo el gran negocio?  Pero además de ello, la coca está ligada al tema de los precursores químicos, producidos por el primer mundo. Está ligado al tema de los armamentos. ¿Quién los fabrica? Ellos también, Occidente, el primer mundo. 

Como se ve, son temas demasiado serios, y el Estado se ha dado cuenta que esa guerra, ya la perdió. Por eso, los otros países están viendo  como atacan este fenómeno, y en ese punto también las FARC tienen propuestas para encarar soluciones. Es contradictorio, pero en ese aspecto podemos ser aliados de los Estados Unidos. Y con Europa también, ya que ellos están perjudicados en su juventud, y nosotros pagando los costos de una guerra que no es la nuestra. 

  
-Imaginemos que las conversaciones de paz funcionan, a base de cambios y algunas concesiones. ¿Qué se hace con las bases norteamericanas? 

-Ese es un problema de soberanía nacional y nosotros nos hemos opuesto por principio a que haya bases militares, con tropas extranjeras en Colombia. Allí se metieron con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, haciendo luego la guerra contrainsurgente más devastadora. Nosotros hemos recibido las bombas. Ningún narcotraficante ha muerto por culpa de ellas, cuando supuestamente eran el objetivo de estas bases. Todo lo que hay en Colombia en función de las bases es para controlar el continente sudamericano, sino que también apuntar hacia el África. Nosotros estamos firmemente convencidos que esas bases, asesores y tropas norteamericanas , le harían un gran favor a la paz, abandonando el territorio colombiano. 

  
-¿Cuánto puede influir en estas negociaciones el resultado de las elecciones norteamericanas? 


-Con eso se especula mucho, a pesar que la política exterior norteamericana es compaginada por los dos partidos. Sugieren que el candidato republicano es mucho más duro que Obama, o que éste va a cambiar de posición, pero la realidad es que en política exterior marchan como un solo hombre. Uno quisiera, pero son deseos, que el señor Obama tuviera una diferente forma de observar América Latina. Que viera que ese bloqueo sobre Cuba es obsoleto y que él como un demócrata debería ayudar a levantar esto. O esa cárcel de Guantánamo que aún mantienen, y que debería desaparecer. Lo real es que en política exterior, los EEUU han venido apretando cada vez más el cuello a América Latina, por eso se están quedando solos en el continente. 

  
-Valoran los cambios que se vienen produciendo en el continente a nivel de integración de los países? 


-Claro, ha surgido una nueva forma de hacer diplomacia, de los países latinoamericanos. El hecho de que la OEA esté tan desprestigiada, y que organismos como la CELAC y Unasur, hayan tomado impulso y no estén allí representados ni gringos ni canadienses, significa que su política exterior hacia Latinoamérica ha fracasado. Para los pueblos ellos son un peligro, un monstruo sediento de nuestros recursos naturales. 


-¿Se imaginan participando de alguna forma en las próximas elecciones colombianas? 

-Ese es muy pronto para hablarlo. No hemos instalado aún la mesa de conversaciones.  Nosotros estamos las 24 horas pensando en cómo vamos a asumir el reto de tratar de llegar a un acuerdo final y comenzar la construcción de una paz para Colombia. No somos politiqueros de oficio, hay mucha gente a la que le gusta eso, nosotros tenemos otra manera de ver y entender la política. No nos seduce el sistema electorero vulgar, y menos con esa forma que se hace en Colombia, que para llegar al Parlamento, si usted no tiene mil o dos mil millones de pesos no puede llegar. Por eso, fíjese que quienes están allá, la mayoría están investigados ( o incluso presos) porque la corruptela de ese Parlamento colombiano es asombrosa. Lo mismo pasa con las gobernaciones y las alcaldías. Es que las clases gobernantes de nuestro país son todas corruptas, y han abusado de un pueblo que es bueno, sencillo y trabajador. 

-Ustedes creen que hubiera sido mejor contar en estas mesas que se están por abrir, con la presencia del ELN? 

-Nosotros ya hicimos una experiencia con ellos en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. En Tlaxcala, estuvo el ELN, el EPL y también nosotros. Desafortunadamente, eso no prosperó. Con el ELN veníamos teniendo algunas fricciones hace un tiempo atrás, esto por lo menos ya se paró, y estamos en un proceso de unidad bastante avanzada. Nosotros comenzamos este proceso con el gobierno de forma separada, pero de todas formas siempre dijimos que las puertas están abiertas para sumarse, pero el ELN es una organización soberana, y ellos pueden hacer su propia experiencia. Si en un futuro podemos coincidir, sería muy interesante compartir una mesa con ellos. 

-¿Qué ha pasado con la idea que ustedes manifestaron, de que se incorpore a la mesa, Simón Trinidad? 
-Ese es un punto que nosotros llevamos a la mesa de diálogo. Ya hay experiencias, Mandela estaba en la cárcel 7 años, y desde allí logró incidir mucho para derrotar el Apartheid. Simón está condenado por cosas de las que lo acusan, pero todo el mundo sabe que se trata de un montaje y una venganza por el solo hecho de pertenecer a las FARC. Nosotros consideramos que él debe estar en la mesa y vamos a pelear por ello. Sugerimos que los EEUU, para remediar en parte tanto mal causado, deben facilitar las cosas, y esta sería una forma de hacerlo, permitiendo su presencia en las negociaciones. 

  

-Cuando se encaran este tipo de negociaciones, siempre aparecen  palabras claves como “reconciliación”, “reparación”, “comisión de la verdad”.  ¿Qué opinan de ello de cara al proceso que van a comenzar? 

  

-Nosotros creemos que en Colombia puede haber un gobierno de reconstrucción y reconciliación nacional. Eso puede llegar en un momento dado, sin embargo no nos dejamos llevar por la palabrería vana ni tampoco necesitamos salir a copiar de otras partes. Aquí ha habido una guerra, si el gobierno tiene la disposición política de arreglarla, y nosotros la tenemos, incluso podemos crear nuevos conceptos en muchas cosas. Cada conflicto tiene sus particularidades, y el de Colombia ha sido extremadamente específico. Todos estos temas que usted plantea se irán tratando en la mesa de diálogo en su debido momento. 

  

-En los últimos años, varios de sus compañeros del Secretariado han resultado muertos en combate,  producto de la ofensiva del Ejército. ¿Cómo han repercutido estas muertes en vuestra lucha? 

  

-Los compañeros caídos en combate están presentes en cada actividad de los hombres y mujeres de las FARC. En cada uno de nuestros campamentos se tienen sus retratos, sino que todas las noches se les evoca en las obras culturales. Fueron nuestros guías, nuestros maestros, son hombres únicos que ofrendaron todo por la paz en Colombia. Hombres indoblegables que han trascendido más allá de lo que ahora vemos, y que con el tiempo su imagen crecerá inmensamente. Son verdaderos héroes de la Patria. En algún momento habrá que darles el reconocimiento que se merecen. En muchos países del mundo ha pasado así, a la gente se le persigue, se le encarcela, se le denigra, y después, cuando las situaciones cambian, resulta que eran los hombres que portaban la verdad histórica, que ofrecieron todo su esfuerzo para cambiar la realidad de humillaciones que vivía nuestro país. 


-¿Cómo cree que recibirán las mujeres de Colombia estas conversaciones de paz, esas mujeres que son madres, que son hijas de guerrilleros como ustedes, o esas otras mujeres de la sociedad colombiana que han sufrido la violencia en todos estos años? 


-Las mujeres y todo el pueblo, han recibido esta noticia con mucho alborozo. La primera encuesta muestra que el 80% del pueblo colombiano está por la paz. Cuando en febrero nos reunimos por primera vez con el gobierno, estos prácticamente decían que el país quería una guerra , que nos detestaban, y nosotros les decíamos, no señores, la paz es la que predomina en Colombia y ustedes tienen una distorsión total de las cosas. Ahora nos han tenido que dar la razón, y si las cosas funcionan esto va a ir creciendo, y nuevos actores vendrán a integrarse, no solamente en la sociedad colombiana sino también del exterior.  Usted ve que el Papa ha apoyado los diálogos de paz, igual que Naciones Unidas o la Unión Europea, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, y la de Brasil.  Ojalá que quienes tenemos la responsabilidad de sacar este proceso adelante, podamos cumplir la misión que se nos ha dado. 

  
-¿Siguen teniendo el socialismo como meta? 

-Claro, ese es el único sistema que puede salvar al planeta Tierra. Nosotros hemos peleado por el socialismo con las armas en la mano porque no nos han dejado otra opción. Vamos, indefectiblemente, por la toma del poder para el pueblo. Eso no lo hemos escondido jamás. O se nos permitía hacer política para exponer nuestros ideales y alcanzar nuestros objetivos por la vía legal, o nos cerraban el camino violentamente como hicieron todo este tiempo. No negamos nuestras condición de socialistas. Las revoluciones las hacen los pueblos y nosotros somos parte de ese pueblo. Podemos tratar de organizar militarmente a nuestro pueblo, pero también lo podemos organizar políticamente. En el momento en que se respete la vida de esas personas que organizamos políticamente. Lo que no podemos repetir es la historia de la Unión Patriótica, el genocidio más grande de América Latina, con 5 mil muertos, cuando tratábamos de abrir un espacio político. Fue un costo extremadamente alto para un país como Colombia.


Manifiesto del movimiento indígena, artistas y sociedad civil por la paz
 Colombia: Llamado general por la paz

 Es la hora de parar la guerra
 Es la hora de la paz
7 de septiembre 2012

Después de más de 50 años de conflicto armado en el país se vislumbra  una nueva posibilidad de terminar con la violencia armada y la guerra.  El gobierno y las FARCEP han anunciado su decisión conjunta de avanzar en un proceso de diálogo y negociación que ponga punto final al 
derramamiento de sangre. El ELN ha manifestado la disposición a integrarse en este proceso. Saludamos con esperanza y alegría estas decisiones.

 ¿Cómo lograr que esta paz sea duradera y estable? Desde las  organizaciones sociales de mujeres, de afrocolombianos, de indígenas, de campesinos, de niños y niñas, de artistas, de obreros, de estudiantes, de víctimas, de intelectuales, de trabajadores, de desempleados, de campesinos, de periodistas, de empresarios, de ciudadanos y gobernantes que hemos venido trabajando por la paz durante décadas enteras, creemos que la construcción de la paz sólo es posible si se garantiza la más 
 amplia participación de todas las voces de la sociedad, para superar las distintas formas de violencia, la discriminación y la exclusión en la vida cotidiana. La paz no sólo es un acuerdo entre actores armados: es una participación entusiasta, una conquista social de un derecho  fundamental.

 Es duradera la paz construida con transformaciones que hagan realidad el  Estado Social de Derecho y le den vida a los principios de respeto a la dignidad humana, la vigencia de la solidaridad, del reconocimiento a la diversidad, del carácter pluriétnico y multicultural y el pleno  reconocimiento a la equidad e igualdad de género. La construcción de la  paz integral y sostenible sólo es posible si la sociedad se compromete a un desarrollo desde la equidad y en relación armónica y respetuosa con 
 la naturaleza. La agenda pactada y los compromisos que de ella se deriven tendrán que darle cabida a las agendas y pactos de la sociedad entera, construidos desde los movimientos y las organizaciones que  reclaman ser refrendados en los escenarios de la democracia. Permitir  que las aspiraciones de la sociedad se manifiesten en el marco de las  negociaciones, es otorgarle una verdadera legitimidad al proceso y  sienta las bases para una paz sostenible.

 Este Manifiesto por la Paz se ha gestado al unísono con el levantamiento y la resistencia civil de los pueblos indígenas del Cauca que exigen el retiro de la guerra de sus territorios, el respeto a sus derechos territoriales y culturales, de autonomía, consulta, identidad, dignidad y respeto a las normas del Derecho Internacional Humanitario; estas demandas también se escuchan desde el Pacifico, el Caribe, Arauca, el Catatumbo y Colombia entera.

 Hemos insistido y volvemos a insistir: este proceso de Paz debe tener un capítulo de diálogos regionales que nos permitan participar con autonomía y voz propia en este nuevo escenario de Paz; no sólo Noruega y Cuba, sino nuestros territorios en el Cauca y en general los territorios 
 ancestrales son escenarios para la paz; los seguimos ofreciendo con este  propósito.

 Llamamos a los gobiernos latinoamericanos, a los movimientos sociales en  todo el continente a rodear y cuidar entre todos este proceso, a exigir  que esta vez la Paz sea una realidad, pues la guerra también los afecta.

 Es hora de la movilización, de la acción colectiva en calles, plazas, caminos, tribunas, foros y puntos de encuentro. Es el momento de crear los espacios para la participación y concertación. Que se cumpla la palabra; que se llegue pronto al cese de hostilidades, que se acabe con el paramilitarismo y el narcotráfico, que se silencien las armas destructoras; que se le dé oportunidad a la verdad histórica, a las  memorias y a los derechos de las víctimas, que la democracia y la vida  florezcan en Colombia y América como lo han soñado todos los precursores  y luchadores por la independencia y la libertad.

 Llamamos a todos los colombianos y colombianas a disponerse a aportar a  esta posibilidad de paz; la llave de la paz nos pertenece, las puertas de la paz están abiertas, la responsabilidad de la paz es de todos, de todos el esfuerzo. Que nadie se quede en silencio.


Colombia: Anunciado proceso de paz

Prensa Latina, 6 de septiembre 2012

Declaración de Cuba sobre proceso de paz en Colombia

Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores 

La Revolución cubana tiene un compromiso histórico con la paz en Colombia y con los esfuerzos encaminados a poner fin al conflicto político, social y militar en ese país hermano de América Latina y el Caribe.El Gobierno de Cuba ha hecho esfuerzos discretos y constructivos para ayudar a la búsqueda de una solución negociada, respondiendo siempre a una solicitud de las partes involucradas y sin influir en lo más mínimo en sus respectivas posiciones.

En el curso de más de un año, por solicitud expresa del Gobierno de Colombia y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP), y respetando celosamente el compromiso de confidencialidad acordado, el Gobierno cubano ha brindado su colaboración y apoyo para celebrar conversaciones exploratorias conducentes a un proceso de paz, a la vez que ha participado como garante en las deliberaciones. Por solicitud de ambas partes, también ha servido de garante, junto a los Gobiernos de Noruega y de Venezuela, para el traslado a Cuba de representantes de las FARC-EP.

Como fruto de las conversaciones exploratorias celebradas en La Habana desde el 23 de febrero de 2012 y conforme han declarado las partes, se ha abierto un proceso de diálogo comprometido con la paz y con la solución del conflicto histórico en Colombia, el cual Cuba respalda, consciente de la importancia que tiene para el pueblo colombiano y de su trascendencia para América Latina y el Caribe. El Gobierno cubano continuará prestando su ayuda solidaria y sus buenos oficios a favor de este esfuerzo, en la medida en que el Gobierno de Colombia y las FARC-EP así lo soliciten.

 La Habana, 4 de septiembre de 2012


Canciller de Colombia explica en Panamá diálogo con las FARC
   

Panamá, 6 sep (PL) El presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, y el canciller, Rómulo Roux, recibieron hoy a la ministra de Relaciones Exteriores de Colombia, María Ángela Holguín, quien visitó el país para informar sobre el anunciado diálogo con las FARC.Su estadía en Panamá forma parte de la gira por los países de Centroamérica con el mismo propósito.El mandatario apreció el gesto del gobierno colombiano de compartir con las naciones de la región y reiteró que Panamá como propiciador del diálogo y de soluciones negociadas, se complace ante esta oportunidad que constituye un paso hacia la reconciliación nacional.La ministra Holguín reiteró que para la actual política exterior colombiana, Centroamérica constituye una región importante y explicó que los diálogos entre el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), se iniciarán en octubre en Oslo.Reiteró que allí participarán como países garantes Cuba y Noruega; además de Venezuela y Chile, como países acompañantes. Posteriormente, continuarán en La Habana.Martinelli le extendió sus felicitaciones al presidente Santos por iniciar este diálogo con las FARC, ya que esa decisión beneficiará tanto a Colombia, como a Panamá y al mundo.
Ratifican las FARC voluntad de buscar la paz en Colombia
   

 Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ratificaron hoy aquí la voluntad política de buscar la paz para poner fin al conflicto armado que ha vivido ese país suramericano por medio siglo.

No nos levantaremos de la mesa de negociaciones hasta que tengamos un resultado feliz para el pueblo colombiano, afirmaron sus miembros, quienes destacaron la disposición del Gobierno de hacer cambios estructurales para lograrlo.En una conferencia de prensa en el Palacio de Convenciones de La Habana, el comandante Mauricio Jaramillo, líder del grupo guerrillero a cargo del diálogo exploratorio, expresó que siempre han querido la paz.Ese objetivo, dijo, lo hemos seguido desde Marquetalia, Caldas (oriente colombiano).Para los guerrilleros es muy importante desarrollar y preservar este proceso porque responde a una necesidad de nuestro pueblo, señaló por su parte el comandante Marcos León Calarcá.Deseamos que se pueda vivir en una Colombia en paz, que acordemos de verdad impulsar la construcción de la paz, apuntó.Pese a los intentos de muchos que se oponen a que en esa nación suramericana reine la estabilidad, calificados por ellos como "francotiradores de la paz", los insurgentes se mostraron dispuestos a alcanzarla.Los miembros de las FARC dijeron estar totalmente unidos y con una posición muy clara en el proceso de negociaciones.Esperan que tanto ellos como el gobierno del presidente Juan Manuel Santos lleguen a buscar una salida, y convocaron a todos, desde dentro y fuera de ese país, a hacer un esfuerzo porque el acercamiento funcione.

 Al referirse a los recién nombrados delegados que representarán al gobierno colombiano en la mesa de conversaciones, que comenzará el próximo 8 de octubre en Oslo, Noruega, el comandante Andrés París expresó que se nota el esfuerzo integral entre los distintos sectores de poder por alcanzar la paz.
Estamos en permanente contacto con el gobierno, es un proceso que entra ahora en otra etapa y en esos contactos permaneceremos, detallaron los guerrilleros, quienes consideraron que no se puede poner un tiempo para buscar la anhelada paz. La víspera, el mandatario colombiano reveló los nombres de los 10 negociadores del Gobierno en el proceso, encabezados por el abogado y político Humberto de la Calle.

 En una reciente intervención para anunciar el inicio de las conversaciones, Santos manifestó la disposición de su gobierno "para llegar a un acuerdo final que termine, de una vez por todas, esta violencia entre hijos de una misma nación".Este martes, el jefe de Estado y el máximo líder de las FARC, Timoleón Jiménez, anunciaron por separado el comienzo del diálogo, que tendrá como garantes a los gobiernos de Cuba y Noruega, y como acompañantes a Chile y Venezuela.

 ls/may/wmr



Colombia: Ante el anuncio de diálogos de paz
La paz como rehén y la necesidad de un cambio urgente para lograrla

Colombianas y Colombianos por la Paz
Rebelión,1 de septiembre 2012


I. Consideraciones previas 

 La noche del 27 de agosto de 2012, el Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, confirmó públicamente acercamientos con la guerrilla de las FARC y la continuidad de un proceso exploratorio de conversaciones de paz con este grupo, en una perspectiva de diálogos para la superación definitiva del conflicto armado, diálogos que podrían extenderse también al ELN, dado su anuncio de mantener una voluntad de negociación para dicha salida política. 

 Colombianas y Colombianos por la Paz  (CCP) saluda con esperanza este paso trascendental y anima a las partes y al país entero a no desistir en la búsqueda de una solución política que nos permita construir un país con paz, con justicia, con futuro de bienestar y dignidad colectiva. 

 Del mismo modo, CCP estima es de gran importancia lo anunciado por el Presidente, de orientar los diálogos bajo el principio rector de aprender de los errores del pasado. Para ello, no sólo deben avaluarse las fallas de anteriores intentos de negociación, sino, precisamente, destacando el origen de algunas de esas costosas equivocaciones del pasado, con el propósito de no volver a incurrir en ellas, debe mirarse la realidad del país sin omisiones y sin falsedades. 

 Con ese objetivo se ha elaborado este documento que ponemos a consideración de Colombia y del mundo, como modesto aporte a ese proceso que creemos debe mantenerse y fortalecerse con todos los que desean que Colombia construya y alcance la paz con justicia. 

 Para ello proponemos reconocer que el país vive una evidente encrucijada, que cuestiona el modo y el fondo de la política, y que pone ampliamente en duda la construcción de una verdadera democracia. Lo confirma una cadena de hechos en los últimos dos meses, entre los cuales está el hundimiento de la “reforma a la justicia”, la manifiesta persistencia del conflicto armado, la reingeniería paramilitar, el mantenimiento de estructuras parapolíticas y paraeconómicas, la crisis de la llamada desmovilización paramilitar, el reconocimiento a medias de verdades por parte de ex mandos paramilitares, policiales y militares, sobre violaciones y alianzas denunciadas años atrás, la debilidad o nula actuación judicial que se devela por acuerdos con la justicia de los Estados Unidos, las preocupantes perspectivas en materia económica y social en derechos como la salud y de reparación a víctimas, entre otras realidades del país. 

 Todo ello ha tenido un esperanzador signo de contrapeso con la movilización de sectores de la sociedad indignada respecto a la llamada “reforma a la justicia”, las protestas ciudadanas por el derecho a la salud y la educación, el respeto al medio ambiente y ecosistemas, el cese de operaciones extractivistas y de acuerdos comerciales injustos, las expresiones por la paz en el Cauca, Putumayo, Antioquia, Chocó y otros departamentos. 

 CCP estima es su responsabilidad pronunciarse y proponer elementos a la sociedad para esa posible ruta de salida a dicha encrucijada de exacerbación, frente a algunos de los impactos de la crisis nacional, y para respaldar los reconocidos acercamientos existentes para diálogos de paz con la guerrilla. Lo hace como ha venido siendo su trayectoria desde septiembre de 2008: aportando con amplitud y claridad sus puntos de vista, además de formular actuaciones concretas de carácter humanitario y político, para hallar soluciones no sólo puntuales sino sostenibles en una estrategia coherente de carácter democrático. Nos impulsa en ella el ánimo de una crítica respetuosa y constructiva, comprometida desde la propia dureza de las realidades que queremos transformar convocando la acción solidaria, civilista y pacífica, compatible con una actitud enérgica que exige se salvaguarden tanto los derechos de la población civil en medio de la confrontación, como los derechos humanos irrenunciables, entre ellos el de expresar libremente el pensamiento en conciencia y las opiniones, que no pueden ser criminalizadas en un orden de Estado de Derec 

 Desde esa posición crítica, siendo la búsqueda de la paz el más valioso objetivo, CCP ha considerado importante no dejar pasar por alto al menos cuatro hechos: 

 - La “reforma a la justicia”, con su hundimiento debido a la presión social, queriendo algunos ocultar lo acontecido, obviando intenciones e imputaciones de suma gravedad, respecto a pactos de impunidad y prebendas de algunos sectores enquistados en la criminalidad. 

 - La alarmante embestida protagonizada por un bloque político que con la consigna de un frente contra el terrorismo propone un marco político para la guerra, con el que pretende ponerse en el centro del debate y distraer sobre sus responsabilidades penales en casos de paramilitarismo, narcotráfico, corrupción y violaciones a los derechos humanos. 

 - El cambio legislativo y constitucional que implica el denominado “Marco Jurídico para la Paz” (MJP), compatible con la prolongación del conflicto, tomando la paz como rehén; y la renovada operación de privilegios para distorsionar el carácter de un Fuero Penal Militar. 

 -  La continuidad de la amenaza y la criminalización  dirigida contra protestas ciudadanas, movilizaciones sociales amplias y populares, así como contra opiniones de dirigentes sociales y políticos. 

 A partir de las contradicciones y problemas que develan esos cuatro hechos, nos referimos a dos necesidades estratégicas, irrefutables y urgentes: regenerar la política y construir espacios y medios para un proceso de paz sólido. Este es un gran propósito, una formidable aspiración, que CPP comparte con muchos sectores, ya que está en nuestra base de acción y que hemos venido impulsando al invocar la necesidad tanto de humanizar el conflicto como de superarlo estructuralmente. 



 II. Nuestro carácter y lectura política del momento 

 Si bien el camino de CCP se relaciona casi que exclusivamente con numerosos hechos y gestiones en el campo humanitario, la naturaleza y el mayor objetivo de nuestro colectivo ha sido el de encauzarse participando con diversas organizaciones, plataformas y personas, en esferas nacionales e internacionales, en los esfuerzos de cambio del lenguaje, reconocimiento del conflicto, aproximación, diálogo directo, apertura, plena participación social, acuerdos y promoción de un proceso de paz con garantías con toda la insurgencia. 

 En ese orden, opinamos que no es cuestión superficial el potencial significado de la revisión, todavía declarativa y frágil, de una política frente al conflicto, dando por supuesto valor a la importante declaración del 27 de agosto de 2012, de reconocimiento de exploraciones para el diálogo con la guerrilla. Es decir, interpretamos que el Presidente Juan Manuel Santos emprendió un cambio desde cuando asumió el cargo hace dos años y que esa positiva enmienda puede constituir un avance irrecusable. Es un hecho notable ante un reciente pasado de cierres, con una dinámica exclusivamente bélica, negacionista, engañosa y con altísimos niveles de corrupción, que asentó el anterior Gobierno. 

 Manteniendo incólume la política de “seguridad” del anterior Gobierno, en estos más de dos años se comprueba un cambio del lenguaje de quien ocupó entonces el Ministerio de Defensa. Se ha producido cierta corrección introducida por una lectura de realismo político y de escenarios futuros, en los que no es posible concebir una derrota militar de las guerrillas, las cuales han reacomodado parte de sus estrategias de lucha, proyectando que se hace además inviable en determinadas regiones la inversión extranjera, o donde ésta sería a costa de muchas vidas humanas y en condiciones muy onerosas que no son sostenibles con nuevas décadas de confrontación. En ese cambio juega también la visión respecto de los procesos de integración regional en el Latinoamérica y el Caribe y sus fortalezas, donde Colombia debería entroncarse en condiciones de paz. 

 Este uso del lenguaje en relación con el conflicto es una variación mínima, unida al relativo reconocimiento con efectos políticos y jurídicos que se ha hecho de la confrontación bélica y de los actores de la oposición armada, siendo rectificado hasta un cierto punto el discurso y una parte de los medios o mecanismos del tratamiento de la guerra interna, que antes, sin replanteamiento alguno, conducían eminentemente a la cegadora fórmula militar y su sin salida. 

 En Colombia sólo es posible construir la paz, la reconciliación, la justicia y la convivencia, incorporando el país a la integración y la seguridad en la región, si es transitado ese camino de un cambio de lenguaje. 

 Si es real el cambio, implica la alteridad, la declaración de la otredad, como se ha hecho en dicha declaración presidencial del 27 de agosto de 2012, es decir desde ahora y no para más tarde. Ese enfoque es vital, siendo la afirmación de la existencia política del adversario la propia confirmación de una dialéctica, en la que hacemos parte todas y todos, como portadores de visiones diferentes, de unos intereses diversos y de unos proyectos de país, a debatir sin la acción violenta, sin la amenaza de las armas de ningún lado, para consensos y reformas, en la medida que podamos pactar los mínimos de la democracia. 

 Con esta convicción ética de tender puentes entre reconocidas posiciones antagónicas sí es factible acercarse con garantías y dialogar dando pasos seguros hacia la salida política negociada. Hemos contrastado esa perspectiva de nuevas y esperanzadoras expresiones de voluntad, algunas de las cuales han provenido de la guerrilla. Las respuestas de público conocimiento de las comandancias de las guerrillas de las FARC y del ELN en el diálogo epistolar con CPP, no nos dejan duda. Lo confirmará el proceso que se está abriendo con el Gobierno Santos. 

 Somos conscientes, sin embargo, que no ha existido posibilidad de un cese al fuego bilateral. Lo cual lamentamos, pues se iniciarán conversaciones en un ambiente de hostilidades militares, en un escenario de confrontaciones armadas y violaciones al derecho humanitario. Por ello, valorando las declaraciones de voluntad de las guerrillas, nos preocupa que se continúen presentando graves infracciones a ese derecho, que deben ser asumidas y clarificadas por aquellas, teniendo las víctimas los derechos a la verdad, a la justicia, a la reparación y a la no repetición, pues se trata de transgresiones de los límites de las reglas aplicables a los conflictos armados y también de los valores humanistas del derecho a la rebelión. Por esa razón, persistimos para que las FARC y el ELN sigan escuchando las demandas de acciones que pongan de presente una consideración no sólo humanitaria cristalizada en hechos, sino la coherencia con una inclaudicable decisión de diálogo político sobre las causas y las consecuencias del conflicto. 

 También seguimos creyendo que es posible esperar más gestos preliminares explícitos, públicos y claros del Gobierno, adicionales al cambio de lenguaje y de reconocimiento del carácter político de las organizaciones guerrilleras. Manifestaciones que deberían traducirse por el Estado, como es su obligación, en inmediatas respuestas humanitarias a los civiles que habitan en zonas de conflicto armado, así como de respeto y atención a las personas privadas de la libertad en razón de su pertenencia a los grupos alzados en armas. Por el contrario, se ha verificado que personas bajo custodia del Gobierno no han tenido asistencia adecuada y han muerto en prisión, o hemos visto acciones degradantes contra combatientes capturados o caídos en combate. También hemos escuchado achacar a los periodistas la responsabilidad de los cambios de percepción social sobre la patente realidad de la violencia política, que no terrorista, acusándolos de desfigurar la realidad, para el apaciguamiento de las críticas. 

 En parte por esas razones, la línea de encuentro para comenzar a construir una paz madura y sostenible la vemos todavía algo lejana. Básicamente por la ambigüedad y el discurso oficial que da públicamente “una de cal y otra de arena”, pues al tiempo que promete abrir la puerta de la paz con una llave presidencial, como lo está haciendo, asegura en la práctica que ésta es por ahora exclusiva y excluyente. Deseamos por eso que se superen los diarios y cortantes hechos jactanciosos del belicismo más pasmoso y las alocuciones que incentivan el escalamiento de la guerra, en medio de deplorables condiciones sociales derivadas del modelo económico que sufre la mayoría de la población colombiana en una cotidianidad de corrupción, agresión, impunidad y decadencia moral y política. 

  

 III. La vergonzosa “reforma a la justicia” 

 El juego de palabras y el doble sentido, las maniobras que restan seriedad y credibilidad, las relaciones de connivencia y complicidad institucional con poderes retorcidos, lo que posterga sine die los pactos para la paz y la auténtica justicia, todo ello se ha puesto en escena y ha quedado al descubierto con el impulso y tramitación de la archivada “reforma a la justicia”: un fallido pero aún latente ensayo de cambio constitucional que quedará para la historia como un intento de fraude al pueblo y a la sociedad colombiana. 

 Así como reconocemos un cierto desmarque en el Gobierno Santos respecto de enfoques totalitarios, miramos con tristeza también la falta de mayor lucidez y de más coraje, así como la actitud política de otros actores institucionales y sociales, para afrontar las sombras que pesan en ese panorama, asociadas y saturadas de intereses privados y corruptos que impulsaron la toma mafiosa de gran parte de los poderes públicos y su defensa paramilitar como estrategia corporativa y de Estado. Esos intereses ligados a la protección de la lógica criminal del paramilitarismo y sus dividendos, vuelven una y otra vez a fijar su agenda, sus metas de poder, de reparto o mercado de beneficios, con propuestas espurias que se anticipan para hurtar ideas que estarían en el trayecto de un proceso de paz, como la de una Asamblea Constituyente, pero dictados sus términos por esos sectores poderosos para ser conformada por ellos y obedecer a su necesidad de impunidad. 

 Compartiendo que el destino final de esa “reforma a la justicia” no podía ni puede ser otro que su desplome, CCP saludó y sigue estimulando la respuesta de indignación ciudadana que esperamos perviva, generada por aquel exabrupto. Nos parece encomiable la reacción de múltiples organizaciones civiles, populares, políticas, de plataformas de juristas y activistas, de intelectuales, periodistas y de otras expresiones y movimientos sociales que han comprendido a qué propósitos se encaminaba esa reforma constitucional que lesionaría gravemente algunas de las conquistas formales de la Constitución Política de 1991, de por sí ya debilitada. Por eso anunciaron no sólo su rechazo a esa intentona, impugnando esa “reforma a la injusticia”, sino que han emprendido el trabajo de posicionar fuerzas para desarrollar un referéndum y otros modos de desagravio que la entierren definitivamente. Han propuesto también algunos una revocatoria del mandato del actual Congreso e incluso del mandato del Presidente Santos o la oportunidad y necesidad de un replanteamiento radical mediante una Asamblea Constituyente, o un nuevo Pacto Nacional, no al servicio de la vuelta a un régimen perverso, sino al servicio de la paz, la democracia y la justicia. 

  

 IV. La paz como rehén 

 Si la paz la entendemos como propósito nacional, como bien y condición para la mayor suma de felicidad posible y el buen vivir y existir colectivo; si ya está clara y es rotunda la disposición de diálogos para comprometer una salida política al conflicto ¿quiénes la mantienen detenida y embargada? 

 La paz con justicia por la que tanta gente honesta trabaja y construye a diario en Colombia ha sido materialmente imposible, porque debe enfrentar tanto la causalidad del conflicto como la institucionalización de la guerra. Es decir, las causas objetivas y orígenes anclados en la injusticia social y económica, en la exclusión política y cultural, en la falta de soberanía, en mecanismos electorales viciados, en la destrucción ambiental y los acuerdos comerciales asimétricos e injustos, en la ausencia de participación, en la falta de acceso colectivo y mayoritario a la propiedad y a la divulgación democrática en medios de información. Pero al mismo tiempo, enfrentando los conceptos e inercia derivada de la dinámica degradante de un tipo de guerra funcional a ese statu quo, la institucionalización del conflicto mediante una planificada economía de la guerra, que beneficia a grupos específicos nacionales e internacionales, y las mentalidades en las que se ha concebido a los otros como “enemigos internos”. 

 CCP concibe por supuesto no sólo formas sino contenidos de fondo para pactar en los diálogos hacia una salida política, y entiende que la puesta en marcha de un proceso de negociación debe consultar los términos de superación racional basada en la ética y el derecho, con un consenso que aborde la realidad de las necesidades de las mayorías de la sociedad. Por ello, en CCP entendemos la paz no sólo como la ausencia de conflicto armado sino como el reconocimiento y transformación de esas injusticias sociales, económicas, ambientales, y de la impunidad judicial, de ningún modo defendibles, como lo son en Colombia la pobreza extrema, la miseria e indigencia a las que se han condenado a millones de compatriotas, en un país de los más desiguales del planeta; un país de riquezas y recursos que darían base a una sociedad sin hambre y otras violencias; igualitaria e incluyente, es decir democrática y generosa en todas las dimensiones de la vida. 

 De otro lado, el fin de la confrontación militar entre la insurgencia y el Estado, y el despegue hacia una convivencia con justicia, debe asegurar el abandono de las estrategias y prácticas contrarias al legado común de la humanidad, en cuanto valores y principios de respeto a la dignidad, es decir, desembrozar el camino de concepciones políticas antidemocráticas y de sus medios militares y paramilitares incubados por décadas. Si un principio rector de los diálogos es aprender de los errores del pasado, como lo anunció el Presidente Santos el 27 de agosto de 2012, debe desembrozarse ese camino de conceptos y estrategias que riñen con las más básicas ideas y obligaciones de un Estado de Derecho. Esto debe cumplirse acudiendo a los faros representados tanto en el derecho internacional como en las necesidades de construcción de una paz que afirme las posibilidades de progreso y el potencial del país en el concierto de los pueblos. 

 Cuando se ha propuesto la materialización de eslabones de la paz o su construcción mediante pactos entre las partes contendientes, la paz ha sido asaltada y tomada como rehén. A veces agazapados o encubiertos, otras veces con la estampa desafiante ya conocida, los enemigos de la paz buscan hacerla estallar en mil pedazos. Temen a la paz con justicia y han vivido siempre de hacer la guerra para despojar a los pobres o mantener un orden de privilegios. Es su negocio y razón de ser: liquidar las posibilidades de construcción concertada de la paz como democracia real. 

 De este modo, hay un triunfo parcial del bloqueo de la paz, bloqueo que no es exclusivo del Gobierno, pues el Presidente mismo lo está tratando de superar, sino que se alimenta por dos visiones en aparente contradicción, compatibles en la práctica: la liderada por una posición extrema que propone un marco político-jurídico de guerra, y la que trata de reducir al Gobierno para que imponga una lógica preceptiva, que promulga las normas de un marco para la paz con las que se le secuestra o mantiene cautiva a la paz en medio de una ascendente y diversa militarización de la sociedad. Una paz que sería liberada por el Estado como mera pacificación, a condición de la rendición de la otra parte contendiente y de la no participación de la sociedad con sus heterogéneas expresiones. Tal modelo de consecución de “la paz” no es compartido por CCP. 



 V. El Marco Jurídico para la Paz 

 a.  Su apariencia como herramienta de ruptura con el pasado y para un futuro de salida política 

 La reforma constitucional concebida en el Acto Legislativo Nº 1 de 2012, promulgado el 31 de julio, da vida al Marco Jurídico para la Paz (MJP), por medio del cual “se establecen instrumentos jurídicos de justicia transicional en el marco del artículo 22 de la Constitución Política y se dictan otras disposiciones”. Esta nueva reforma constitucional corresponde a una propuesta impulsada por el Gobierno del Presidente Santos, tramitada desde septiembre de 2011 con el respaldo de la coalición de grupos políticos con representación parlamentaria que comparten los derroteros sobre la “seguridad democrática” y el modelo económico, heredados del pasado gobierno. Durante su debate el país vivió hechos muy importantes como fue la liberación de miembros de la fuerza pública retenidos desde hace varios años por la guerrilla; el pronunciamiento de la comandancia de las FARC sobre su renuncia definitiva a la práctica de las privaciones a la libertad por razones financieras o “secuestros por motivos económicos”, ratificando esta organización, así como el ELN, la necesidad de acordar una salida política al conflicto armado. 

 En esos meses se expresaron además millones de voces con el sentir cada vez más extendido de querer vivir en un país en paz y con justicia, que chocan de frente con la obtusa visión guerrerista que no dejaba espacio a la palabra y al diálogo para avanzar en la solución política del conflicto armado. Tal visión se ha exteriorizado en movilizaciones sociales, como la ocurrida en el Cauca, o en encuestas en las que se acredita que más del 75% de la opinión estaría de acuerdo con los diálogos de paz entre el Gobierno y las guerrillas. 

 Por lo tanto, en esa pendiente, era importante generar un nivel de ruptura con dicha estrategia guerrerista, que esconde miles de crímenes contra la humanidad todavía impunes. Por ese sólo enunciado, era un positivo avance tramitar una reforma constitucional con ese manifiesto objetivo de la paz, ya que supondría actuar con esas sinergias sociales y políticas en ascenso, para permitir obrar con mecanismos temporales y parciales que, junto con otros de mayor entidad, profundidad y duración, podrían coadyuvar a una solución definitiva. 

 Formalmente, el MJP se basa en una proyección y articulación de instrumentos de la denominada justicia “transicional”, con la declarada finalidad prevalente de facilitar que se acabe el conflicto armado interno y lograr la paz estable y duradera, garantizando la no repetición de hechos punibles y la seguridad de todos los colombianos. Propone con carácter excepcional la posibilidad de seleccionar y priorizar distintos delitos para que las autoridades judiciales se concentren en la investigación y sanción de quienes tuvieron la mayor responsabilidad en la ocurrencia de los hechos más graves. Anuncia que se podrán diseñar instrumentos de justicia transicional de carácter no judicial que permitan garantizar los deberes estatales de investigación y sanción de quienes tuvieron menor responsabilidad en la comisión de esos delitos. También se prevé la posible renuncia a la persecución penal de ciertos casos con la aplicación de mecanismos colectivos y no judiciales de investigación y sanción, y la eventualidad de que “miembros de grupos armados al margen de la ley” que se desmovilicen puedan participar en política. 



 b.  Una interpretación crítica de su génesis y de su estrategia 

 El proyecto de MJP fue medianamente debatido en espacios convencionales durante nueve meses, con los consabidos formatos y voces de algunos sectores de poder, reproducidas sin contraste por los medios de información, por políticos, por algunos académicos, por algunos expertos en resolución de conflictos y analistas de derechos humanos, sin que en su discusión haya sido convocada la opinión de otros sectores importantes de la sociedad, como lo son vitalmente las organizaciones, comunidades y líderes locales, y todos aquellos que sufren el conflicto armado en su verdadera magnitud. El ruido polémico generado por tensiones de un sector de poder ocultó de hecho que dicha reforma constitucional se hizo sin intervención del movimiento social y popular. El derecho fundamental a construir la paz, a ser parte de sus propuestas, fue negado. 

 Conocido el nivel de corrupción y la lógica de componendas que plasmó la hundida “reforma a la justicia”, mal puede pensarse que la representación de la sociedad y el pueblo colombiano la tienen en materia tan fundamental como un proceso de paz, quienes se han erigido en el Congreso como defensores de sus propios intereses o de intereses privados de poder, es decir, la inmensa mayoría de parlamentarios, con pocas y honrosas excepciones. Es suficientemente conocida la repulsa ciudadana que no cesa de manifestar la urgencia de cambios, como podría suponerlo no sólo una revocatoria del actual mandato parlamentario, sino una combinación de ejercicios de emplazamiento de la sociedad que asiente la indignación y proyecte alternativas de superación de esta espiral de descomposición. De ahí que una herramienta estratégica tan primordial como el MJP no debía haberse reducido a un foro signado por su descrédito. Debía haber sido el papel de una pluralidad de escenarios. 

 Tampoco se consultó de ningún modo el punto de vista de las guerrillas sobre una normatividad que apunta a eventuales diálogos con ellas y a su sometimiento. Lo expresamos frente al hecho imborrable y no comparable de que hace unos años sí tuvieron lugar destacado y vergonzoso las voces de jefes paramilitares en pleno Congreso, participando en el diseño de la normatividad de “Justicia y Paz” que se les aplicaría. Por eso, esta iniciativa de cambio constitucional adolece exactamente de eso: de una capacidad vinculante de la guerrilla. Es decir, fue la expresión unilateral del Estado, que, en la más generosa de las interpretaciones, viene a significar una orientación de su arbitrio conforme a la cual las instituciones buscaron acondicionar, en medio del conflicto armado, parte de su juridicidad para una etapa posterior de diálogos de paz. El MJP no nace de una distensión militar o de algún tipo de tregua. Se impone, por el contrario, como un complemento jurídico para objetivos militares. 

 La génesis del MJP sigue a la estrategia política y militar de la “seguridad democrática” y sus pronósticos de animación triunfalista de una salida militar ya implementada por años, fundada en presiones autoritarias y en comprobadas violaciones de derechos humanos ayer expresadas en los llamados “falsos positivos” y hoy en la fase del llamado plan de consolidación y control social territorial. Tiene la misma matriz o molde, como antesala de una etapa más de profundización del conflicto, en la que se combina ahora una retórica de eventuales diálogos y una mayor insistencia bélica, ante una guerrilla que mantiene incluso capacidad ofensiva y presencia en diversas regiones.

 Es decir, el MJP, que se basa además en la idea de las desmovilizaciones individuales como práctica y aplicación de la llamada “seguridad democrática”, contraria a la justicia transicional que propugna por acuerdos con la oposición armada, no está concebido como producto de algún tipo de concertación o negociación entre las dos partes que deben mirar hipotéticamente los instrumentos más adecuados para la realización de un proceso de paz. Es limitado y exclusivo desde los enfoques de una parte, sin correspondencia con la realidad de una confrontación en la que son dos los contendientes, que pueden acordar su des-intensificación y determinar causes y herramientas de regulación y solución. 

 Es cierto que no era obligatoria para el Estado esa consulta o habilitar mecanismos de escucha de las opiniones de la guerrilla, por más irracionales que pudieran parecer para muchos. Pero sí es lo deseable y hubiera sido más eficaz inquirir a las organizaciones insurgentes para avanzar en la puesta en marcha de una acción dialógica y de resolución pactada, superior al argumento esgrimido con el que se concluye tendenciosamente que las condiciones de aproximación entre las partes no están dadas y que se trataba sólo de facultar al Presidente para una etapa muy posterior. Cuando, por variables concernientes a la derrota militar, a la desmoralización y a la desbandada, la guerrilla se avenga al modelo de sometimiento a la justicia, en los términos decididos previamente de modo exclusivo y excluyente por el Estado. 

 Es preocupante ese modelo basado en que las reglas se aplicarán dependiendo de la capitulación guerrillera en el campo militar o político, pues sigue entendiendo la paz como vencimiento de una parte o un simple corolario de una normativa cerrada que se le aplicará por la voluntad ya irreversible del Estado. Para ello se sigue descalificando a la guerrilla como “terrorista” o simplemente se niega su índole política, en una visión vertical, como formulación solipsista y parcial, según la cual sólo una parte tiene la llave de la paz y decide por encima de todos; sólo una parte puede conversar con evidente exclusión de la sociedad y exponer e imponer en solitario las condiciones para la paz. 

 Así ha sido, sin concertación o consulta real y cierta a la sociedad, desarrollando una política aparentemente reparadora o dirigida hacia “las causas objetivas del conflicto”. Se patenta de modo unilateral con leyes como las de víctimas y de tierras, seriamente cuestionadas por ser maquilladoras de una realidad enmarañada, dado su alcance exiguo y por la desprotección de quienes serían sujetos de esas disposiciones, frente al crecimiento del poder que detentan los que han despojado tradicionalmente a los más empobrecidos y que hoy continúan recreando nuevas formas de usurpación y terror. 

 Hacia “las causas subjetivas”, es decir frente a la existencia y justificación política y social de la guerrilla, la fórmula paralela es la del garrote en una mano y en la otra la zanahoria: una reducida favorabilidad judicial y política, que se aplicaría en una fase muy posterior a través del MJP, cuando se definan criterios y opere según la lectura de la victoria militar. Es lo que explica que ahora mismo se continúe con los vastos, costosos y complejos operativos militares, con un millonario y sangrante presupuesto diario para la guerra, año tras año, en ese propósito de aniquilar uno a uno los diferentes frentes guerrilleros, además de los recursos para el control social territorial y el establecimiento de unidades militares con personal extranjero y de seguridad de empresas. 

 Todo ello se engrana en el aparataje institucional de la llamada “justicia transicional”, que se viene usando como un salvavidas ante discusiones políticas y jurídicas de fondo, frente a violaciones sistemáticas de derechos humanos, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Se usó para intentar salvar del limbo jurídico a más de 28 mil reales o presuntos paramilitares desmovilizados y para legitimar desde el anterior Gobierno un modelo de transacción con algunas de esas estructuras criminales, burlando la verdad, la justicia, la reparación y la exigencia de no repetición. Hubo entonces priorización y selección en el proceso con los paramilitares por parte del Gobierno, que decidía quién sí o quién no era beneficiario de la ley 975 de 2005. En ninguna de estas experiencias ha existido verdad plena ni alternatividad penal merecida, y tampoco, evidentemente, existe proceso alguno de profundización democrática. Por el contrario, hay revictimización, reingeniería paramilitar, nuevos blindajes de impunidad, y una ausencia notable de garantías a algunos ex mandos paramilitares que quieren confesar la verdad y señalar a otros autores. Todos éstos son síntomas de la banalización de lo que se conoce como justicia de transición. 

 La banalización del concepto y el sentido de la “transición”, está llevando a concebir los asuntos penales como si fuesen en sí mismos la resolución de los problemas de fondo del conflicto y de construcción de la democracia. Si bien los asuntos penales para un proceso de paz son muy importantes, más cuando existen miles de combatientes o rebeldes recluidos en las cárceles, su conjunto no es la única ni la principal pieza. 

 Una eficaz construcción transicional, desde nuestro punto de vista, en un proyecto sostenido de resolución del conflicto armado, no depende solamente de decisiones jurídicas o de planos jurídicos resueltos y modificados, sino de acuerdos políticos y societales referidos a las garantías de inclusión y participación democráticas, como de ejercicio efectivo de los derechos personales y colectivos, en los que deberán contar los miembros de los grupos alzados en armas que obtengan su libertad. 

 Ante el uso desmedido y trivial de la expresión “transicional”, una de las preguntas más importantes a formular es si Colombia está viviendo una fase de genuina transición. Si es así, ¿hacia qué modelo de país nos estamos dirigiendo? ¿A la nación que supera las quiebras de democracia política y económica que arrastramos desde décadas atrás? ¿Al país que asegura mayor participación y toma de decisiones comunitarias y locales para el ejercicio de sus derechos económicos y sociales? ¿A una Colombia con reflejo de las mayorías sociales y sus necesidades en el despliegue y acceso a los medios de información? ¿A modelos electorales ampliamente participativos, transparentes y deliberativos, que rompan el abstencionismo y las prácticas corruptas y clientelares? ¿Puede hablarse de transición con cada vez menos bienes y servicios públicos? ¿Con una mayor exclusión en la educación, la salud y la vivienda? ¿Con umbrales de hambre e indigencia de millones de personas? ¿Con reiteradas e impunes violaciones de derechos civiles y políticos? 

Las divergencias nacen entonces frente a los alcances de la llamada “justicia transicional”, en el esquema del uso oficial simplificada a unos cuantos procesos penales, sin pactos, acuerdos o cambios de eficacia social y política que comprometan redistribuciones o transferencias de poder para las mayorías sociales. Es decir, anticipan las visiones discordantes que se tienen de la paz y su profundidad. Lo transicional pasa a ser una cuestión de limitada alternatividad penal para algunos de los que se alzaron en armas, una serie de puntuales beneficios legales y eventualmente políticos, sin que el conjunto de la sociedad cuente con mejores y mayores mecanismos e instituciones democráticas. 



 c.  El MJP distorsiona, es insuficiente y contradictorio 

 El objetivo trazado de asegurar senderos de paz negociada no sobrevendrá probablemente con las actuales medidas del MJP, pues además de obedecer a los factores y a las variables militares y políticas de la pretendida derrota insurgente, se ofrece como un ensamble entre el ultimátum, la negación del delito político propiamente dicho y la utilidad de impunidad para autores de hechos que no corresponden a la categoría de la rebelión o en general a la categoría de los delitos políticos y conexos. 

 El MJP distorsiona la naturaleza de medidas de gracia que sólo tendrían justificación si se refieren al conjunto de infracciones políticas de los rebeldes, por las características éticas y políticas que les asigna el derecho penal progresista, las cuales se expresan tanto en el despliegue objetivo del delito político como en la profundidad subjetiva del mismo, es decir los rasgos que lo definen a la luz de los más avanzados conceptos humanistas (ser objeto de amnistía o indulto, por su propia naturaleza de oposición el Estado, que es el que en aras de una negociación establece esas medidas, extendibles por supuesto a los hechos conexos al delito político [artículo 3º del MJP; 67 transitorio de la Constitución]). 

 En tal sentido, nos basamos en la alteridad de un adversario político alzado en armas a quien se le reconoce como tal y, no obstante, se le persigue legal y racionalmente, pues las instituciones colisionan frontalmente con él al no comulgarse la forma de su ruptura, al tener el rebelde como objetivo subvertir violentamente el orden instituido, atacando estructuras normativas, políticas y económicas, mediando un alegado motivo altruista, a contrastar precisamente en el debate político-jurídico de la infracción penal. En consecuencia, es necesario re-emprender una clara conceptualización política, mediática, cultural, e indudablemente penal, cuyo derrotero es el de los valores y la dialéctica con la que un orden que se alega democrático debe responder a los delitos políticos. 

 El Estado colombiano, en el marco de corrientes jurídicas, mediáticas, políticas, y obviamente militares del pensamiento contrainsurgente más autoritario del mundo, reemplazó el concepto angular del delito político y dio paso acelerado a los nominativos basados en el terrorismo, afianzando así un derecho penal del enemigo. Su propósito era claro: restar alguna credibilidad o legitimación de la guerrilla, señalándola sin ideales o móviles políticos, como delincuencia organizada contra la sociedad, no por valores sociales sino por razones anti-sociales. Complementaria y paralelamente revistió de actor político al mercenarismo o paramilitarismo, generando una inclinación puesta en práctica como derecho penal de amigo, no sólo a través de leyes sino de otros medios de reproducción ideológica. Tal proceso doble se acrecentó en las últimas décadas, enseñando también sus límites e intenciones perversas. 

 El MJP es insuficiente por no asumir de modo directo y tajante dicha conceptualización del delito político para medidas de gracia y acuerdo no apócrifo sino real, rehuyendo hablar de los adversarios rebeldes como autores de delitos políticos y optando por denominarlos miembros de grupos armados al margen de la ley (como aparece insistentemente en el texto del MJP). Esto no es sólo para evadir banal y vanamente la naturaleza del enemigo político, sino para habilitar o permitir que aliados o miembros de las estructuras armadas del Estado puedan a futuro quedar cobijados con medidas que en la práctica se asemejan a amnistías o indultos en algún grado, las cuales, en la línea de coherencia política y penal de un derecho que busque recobrar principios democráticos para un proceso de paz auténtico, es decir con los insurgentes, debe aplicarlos única y exclusivamente para éstos, aunque otros sujetos y grupos delincuenciales puedan recibir otros beneficios, los cuales serían desde un referente jurídico y político distinto, no homologable éticamente al que debe aplicarse para los rebeldes. 

 Por esa razón es contradictorio, al integrar a quienes han violado sistemáticamente la ley para defender el orden de cosas al que esa ley corresponde. Con esta llave se abren las puertas a la impunidad, cubriendo grupos distintos a las organizaciones de oposición armada o real parte contendiente. Postula mecanismos de auto – exculpación para hechos distintos a los delitos políticos y conexos. Se tergiversa así la propuesta de una justicia transicional progresista que apunte a la paz, a la verdad, a la justicia y a la reconciliación, así como a la no repetición, pues se usan las disposiciones penales bajo la bandera de la paz para exonerarse el propio Estado y desde su política recompensar aliados, o a sus cuerpos armados, al caber la posibilidad de que el día de mañana el MJP se aplique a responsables de paramilitarismo, que es por definición una estrategia radicalmente opuesta a los principios del derecho humanitario, basada en el mercenarismo y en la función de ocultar y enriquecer a los responsables máximos de crímenes contra la humanidad. 

 Ese MJP puede convertirse en un medio para asegurar la impunidad de los agentes estatales responsables de hechos execrables. Es evidente que en las instancias judiciales incluyendo la propia justicia penal militar, hay una cierta priorización y selección, que se deben en parte a la persistencia de las víctimas que han recabado pruebas y a la presión internacional. Hoy, con muy pocos avances en materia de justicia, como en los casos de algunas desapariciones de las cometidas en los hechos del Palacio de Justicia, en la masacre de Mapiripán, en la operación “Génesis” y otros crímenes, es generalizada la lógica de estructuras represivas ligadas a los perpetradores que pretenden de diferentes formas socavar la búsqueda de justicia, acudiendo a medios como las amenazas a testigos y allegados de las víctimas, el exilio de operadores judiciales, la negativa de entrega de cuerpos y el encubrimiento mediático de actores políticos y económicos detrás de la comisión de millares de crímenes. 

 Dada la protuberante impunidad que existe respecto a violaciones cometidas por parte de agentes estatales, la cual cubre a instigadores, creadores, inspiradores y financiadores, puede ser que un propósito ignominioso y hasta ahora inconfesable del Gobierno y del Congreso sea usar el MJP para resolver sentencias judiciales contra militares comprometidos en graves violaciones de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, así como de sus auxiliares. Si fuera así, si con el argumento de la paz se pretende buscar una fórmula de inclusión de los militares, deberían decirlo con claridad y abiertamente, pese a la gravedad y al reto que esto significa en el deber de la memoria de toda la sociedad, y frente a los derechos a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. 

 Si el Gobierno así lo piensa, debe generar un espacio abierto y con garantías para la verdad real y plena, promoviendo una política para que quienes actuaron en cualquier momento como agentes estatales develen toda la verdad. Lo que es inadmisible de manera radical es que con el MJP se refuerce una mayor ocultación de la cadena de mando y responsabilidad en crímenes contra la humanidad y que se margine a las víctimas. En cualquier caso, debe siempre garantizarse la participación sin cortapisas de las víctimas de crímenes de Estado y que el conjunto de la sociedad sepa completamente todo lo ocurrido: los responsables en cualquier grado, sus móviles, los intereses, sus beneficios y todas las circunstancias de los hechos y de su impunidad. 

 Aunque el MJP señale que en ningún caso se podrán aplicar instrumentos de justicia transicional a grupos armados al margen de la ley que no hayan sido parte en el conflicto armado interno, nada garantiza que tanto militares acusados de paramilitarismo no sean entendidos como beneficiarios de esas medidas de justicia transicional o que se adjudiquen características de parte en el conflicto armado interno a quienes en realidad no han sido más que brazos clandestinos de la guerra sucia estatal o unidades paraestatales al servicio de intereses políticos y económicos privados, legales o ilegales. 

 Además, el MJP también es contradictorio con la juridicidad estatal por otra razón: no atribuye en la práctica lo que en el discurso ha quedado asumido recientemente por el Gobierno del Presidente Santos en cuanto a la existencia del conflicto armado y la perspectiva de posibles diálogos de paz, como es su obligación constitucional y legal, interna e internacional, conforme a la legislación y cánones que las naciones han adoptado como derecho de los conflictos armados, tanto el derecho de la guerra como el humanitario y otras vertientes. 

 De ese conjunto de reglas, de las que Colombia es signataria hace más de medio siglo, se deriva una clara conceptualización y un mandato vinculante, sobre los combatientes, en este caso las y los alzados en armas, sobre su estatuto, que si bien puede suponer intersecciones o concordancias posibles con la categoría del delito político, riñe de frente, no armoniza por definición, con endilgarles la condición de delincuentes miembros de grupos armados al margen de la ley (como lo patenta el MJP). Desconoce entonces las características esenciales de tales hechos de naturaleza política y militar cometidos por la guerrilla, delitos políticos o acciones de guerra, como si fuesen delitos comunes, y como si debiera la delincuencia común organizada quedar abarcada forzosa y homologadamente en la aplicación futura y concluyente de un instrumento de “justicia transicional” cuya “finalidad prevalente” es “facilitar la terminación del conflicto armado interno”. 



VI. Propuestas 

 Hemos pasado ya la mitad del período del actual Gobierno del Presidente Santos, que efectivamente desde su comienzo proclamó tener la llave de la paz, y que sólo ahora anuncia posibles avances para un proceso de solución política al conflicto armado, como se desprende de su declaración del 27 de agosto de 2012. 

 Restan todavía dos años en condiciones más complicadas para una gestión de Gobierno no hipotecada, con un Congreso dominado por la coalición llamada Unidad Nacional, en la que sobresale la representación de círculos políticos implicados en corrupción, que amparan intereses privados y dan la espalda a intereses sociales o públicos. Por esas razones, saludando lo manifestado públicamente por el Presidente Santos, CCP ha considerado necesario referirse a los problemas acá tratados y presentar algunas propuestas para hacer causa común hacia un pacto incluyente que pueda neutralizar el marco político para la guerra y las intenciones que se patentaron con el intento de la “reforma a la justicia” y su ocultamiento. Para ello, hemos realizado esta crítica al MJP y hacemos un llamado a comprometerse y detener las amenazas y la criminalización contra las protestas sociales y movilizaciones populares, garantizando la participación ciudadana y el derecho a la opinión política. 

 Contraria de la acción turbia que puede ser tenebrosa, es la acción transparente que asume responsabilidades. El Presidente Santos como cabeza del Estado, tal y como lo anunció la noche del 27 de agosto de 2012, debe y puede dar pasos hacia la paz. En ese sentido proponemos: 

  

 a.  Afianzar el proceso exploratorio de diálogos de paz 

 Dar continuidad y garantías al proceso exploratorio de conversaciones de paz con las FARC, en una perspectiva de diálogos para la superación definitiva del conflicto armado que incorpore al ELN, en tanto insurgencia, como al conjunto de la sociedad colombiana. 

 En las condiciones de degradación ética y política en Colombia, ante una opinión que en parte está mentalizada para la prolongación y descomposición del conflicto, en medio de la poderosa maquinación que efectúan los medios de comunicación empresarial y otros poderes reales, la aspiración del Presidente Santos de ser reelegido hasta el 2018 puede ser compatible con el mantenimiento del actual discurso de ambigüedad resultante, en la que se arenga por unos para hacer la guerra y se dice al tiempo tener la llave de la paz. Ciertamente el Presidente Santos tiene también sus posibilidades de reelección decidiendo no hablar más de paz y orientarse radicalmente a la confrontación sin asomo de moderación. Deseamos que esas no sean sus tendencias y que su discurso no sea social por apariencia, ante el descalabro social y económico y el descontento popular, disfrazando sus programas políticos, manipulando y reconduciendo electoralmente. Dicho predicamento sería de los que desde posiciones extremas apuestan por la salida militar. 

 El Presidente Santos, con su anuncio del 27 de agosto de 2012, tiene la oportunidad histórica de impulsar la gran obra de un proceso eficaz de conversaciones para la superación definitiva de la guerra. Debe mantener para ello firmeza y coraje, resistiendo ante la dinámica de exacerbación que inducen una y otra vez los declarados enemigos de la paz. 

 No sólo debe continuar las conversaciones con las FARC sino atender esta posibilidad con la otra organización rebelde, el ELN, en tanto es parte sustancial de la insurgencia en la trayectoria del conflicto colombiano y sus soluciones integrales. 



 b.  Deshacer la confusión 

 Desde ese compromiso que la inmensa mayoría del país podría comprender, el Presidente Santos puede y debe deshacer la confusión encaminando actuaciones políticas y jurídicas en diferentes planos: acciones de invalidación práctica de todo aquello que se opone al tratamiento político de la insurgencia y potenciación política y jurídica de lo que le habilita a ambas partes en un escenario de diálogos. Podría avanzar en dos campos: en los acuerdos de regulación o la aplicación irrestricta del derecho humanitario para proteger a la población civil de los efectos de la guerra y actuar también acorde con los combatientes insurgentes o irregulares (para lo cual los instrumentos básicos ya están dados y son obligatorios), aclimatando para lo más definitivo y trascendental que son el reforzamiento y garantías de esos acercamientos o encuentros para desarrollar una agenda de conversaciones de paz. 

 Ante los elementos discordantes del MJP con otras áreas de la legislación, como la del derecho humanitario, el Presidente Santos puede desandar ese camino y corregir esa doble invectiva: la que desconoce el delito político y la que abre la puerta de una homologación, analogía o equiparación a quienes no son rebeldes. Puede corregir el rumbo el Presidente Santos, tanto por fuera del MJP como incluso por dentro, acudiendo a líneas rezagadas del MJP que pueden ser usadas hasta cierto punto para diferenciar de raíz a las organizaciones rebeldes, reconociéndolas como tales, al ELN y a las FARC. Lo puede hacer desde ya cambiando el lenguaje, que acerque hacia contactos y acuerdos preliminares con la insurgencia. 

 Aunque es muy poco probable que el actual Congreso le acompañe en una eventual iniciativa de paz con esa visión histórica y voluntad política, dada precisamente la corrupción y la posición reinante allí, que está imbuida de triunfalismo y defensa de los resultados de la estrategia militar y paramilitar aplicada durante años, no hay que dejar de señalar el resquicio jurídico que se contempla como hipótesis del MJP: “una Ley estatutaria podrá autorizar que, en el marco de un acuerdo de paz, se dé un tratamiento diferenciado para los distintos grupos armados al margen de la ley que hayan sido parte en el conflicto armado interno y también para los agentes del Estado, en relación con su participación en el mismo”. En la misma proposición se refleja la contradicción. No obstante, la enmienda política, consistente en dar un tratamiento diferenciado para las dos organizaciones rebeldes o grupos armados de oposición puede y debe darse de inmediato, acudiendo el Presidente, con los resortes jurídicos ya existentes y con la capacidad de discrecionalidad con la que está facultado, a las disposiciones del derecho internacional de los conflictos armados, no sólo asumible sino absolutamente vinculante en tanto es parte de la legislación nacional y tiene rango constitucional. Su sola invocación despeja cualquier duda. Del mismo modo puede acudir a otros medios dispersos en el dispositivo jurídico-político cuyo principio angular y máxima obligación es el derecho a la paz. 

 Respecto a la legislación penal de impunidad para los agentes del Estado, dependerá de si lo que se pretende por el Estado es exonerarse por delitos comunes cometidos por sus agentes, infracciones típicas del ámbito militar ya reglado, o verdaderos crímenes contra la humanidad como ejecuciones, desapariciones forzadas, torturas o masacres, cometidas por paramilitares o cuerpos de seguridad oficial, lo cual constituye sin duda una aberración ética, política y jurídica, no sólo por responsabilidades del pasado sino por la realidad actual verificada en diferentes regiones en las que dichas estructuras y crímenes escoltan la “seguridad inversionista” de proyectos de saqueo, usurpación y destrucción de las comunidades y sus territorios, blindando y legitimando a los beneficiarios de ese despojo sistemático. Resulta repudiable y debe corregirse por lo tanto que en la misma idea que da cabida eventual al delito político se establezca la mencionada posibilidad de auto-perdón por el Estado al consagrarla engañosamente para sí o para aliados económicos, militares y políticos. 

 Insistimos que antes de una ley estatutaria (artículo 152 de la Constitución), que debe tramitarse de modo especial, con aprobación por mayoría absoluta, con exclusiva expedición por el Congreso, durante una misma legislatura, y con revisión previa por la Corte Constitucional, puede el Presidente Santos, ya mismo, mantener un proceso de paz sin la sujeción o limitación que representa el MJP, activando los mecanismos disponibles no sólo para concretar diálogos de paz, sino para sostenerlos a mediano y largo plazo, removiendo o neutralizando en el camino realidades opuestas u obstáculos evidentes sembrados en este MJP y en otros instrumentos de carácter penal. 



 c.  Humanizar la guerra vuelve a ser imperativo y útil 

 Sin vincular el carácter del derecho humanitario a diálogos de paz, es absolutamente cierto que un esfuerzo conjunto tendiente a la aplicación de las reglas para la guerra, encaminadas a ahorrar grandes e injustificados sufrimientos humanos, no sólo responde a una obligación ética y jurídica de ambas partes contendientes sino que envuelve y proyecta posibilidades de acuerdos que las acerquen y que las emplacen hacia puentes de entendimiento para un proceso de paz. Es en ese noble sentido un propósito útil. 

 Independientemente de esa contingencia y perspectiva de convenios ad hoc, CCP recuerda una vez más la necesidad de obedecer los principios del derecho humanitario, de regular todas y cada una de las acciones de guerra, de salvaguardar y no exponer a la población civil no combatiente, de respetar sus derechos, así como de los combatientes heridos o retenidos de cualquiera de las dos partes. Comprende ello restricciones en el uso de armas, medios y métodos en la conducción y despliegue de las hostilidades. Tal exigencia objeta cálculos de índole militar, no siendo de recibo alguno la tesis de que en la medida que el conflicto sobrepone a una parte como vencedora, ya nada queda por regular o humanizar. Esa tesis, perversa en sí misma, de supuestos falsos como la realidad lo rebate, desconoce la obligación internacional conforme a la cual es absolutamente ineluctable o imperativo humanizar o limitar el accionar bélico. Esa tensión debe orientar la conducción de las hostilidades, con completa autonomía del grado de intensidad del conflicto y de las previsiones de cuánto todavía se prolongará. Mientras éste exista, como consta ostensiblemente, deben las partes unilateralmente tomar medidas, instruyendo a la totalidad de las fuerzas, sean regulares o irregulares, sujetándose a su respectiva juridicidad y a los reglamentos internacionales. 

 Pese al terrible escenario de una guerra cruenta, puede afirmarse que algunos pasos han sido dados recientemente para aminorar consecuencias o desistir de acciones que entrañan importantes sufrimientos. Por eso recordamos la declaración de las FARC el 26 de febrero de 2012 anunciando la renuncia de retenciones con fines financieros derogando su ley 002 del año 2000. Además, el hecho de que a la fecha no tengan las FARC ningún prisionero miembro de las fuerzas armadas estatales, que haya procedido este grupo insurgente a la liberación de los últimos cautivos en abril de 2012, y que del mismo modo el ELN exprese su respeto por el derecho humanitario, como pública y constantemente lo ha expresado a través de propuestas, son signos que pueden alentar esa perspectiva, la cual no significa que el conflicto haya terminado o esté llegando a su fin. 



 d.  La situación de las presas y presos políticos 

 El Estado colombiano debe acometer una labor de reconstrucción de su juridicidad, dando prueba del respeto a las obligaciones jurídicas en materia humanitaria, tanto de los derechos de la población civil como de los insurgentes neutralizados, ya sean detenidos o heridos. Congruente con la petición del reconocimiento del delito político en la línea de la crítica al MJP, es insoslayable también el deber de reconocimiento de las y los presos políticos en Colombia, o sea de las y los combatientes del ELN y de las FARC, sentenciados o procesados, algunos de los cuales han sido sometidos a trato cruel, inhumano y degradante, al punto que numerosas/os combatientes han perdido la vida o han tenido lesiones y enfermedades irreversibles, por ejemplo a causa de torturas infringidas, sumergidos en las condiciones infrahumanas que tienen las cárceles en Colombia, tanto para la mayoría de los presos comunes que provienen de los sectores populares como en especial para los presos políticos. 

 Tal situación es del todo vejatoria, no sólo por descocer normas básicas del derecho interno e internacional, sino por representar una ofensa a la propia genealogía ética y humanista de la institucionalidad liberal, cuya base teórica o declarativa se predica del Estado colombiano y sus valores. Salvaguardar o proteger y hacer respetar los derechos de las personas presas o prisioneras por razones políticas, sean insurgentes o no; sean presos de conciencia o no; sean formalmente acusados de rebelión o no; sean imputados o no como colaboradores de las organizaciones guerrilleras, es no sólo una obligación emanada del derecho penal nacional sino también del derecho internacional, tanto del general como del humanitario aplicable a Colombia por la comprobada y reconocida existencia del conflicto armado, tal cual lo ha validado ex profeso el Gobierno del Presidente Santos. Aunque tal reconocimiento, como lo explicó el Gobierno, fue motivado con una trocada finalidad, para blindarse jurídicamente en función de operaciones militares, le obliga en todo caso a examinar la condición en la que se encuentran las personas detenidas por rebelión o delitos conexos, que tienen los rasgos materiales de combatientes / prisioneros de guerra. 



 e.  Medidas paralelas de orden penal nacional e internacional 

 Es necesario así mismo que se establezcan mecanismos paralelos de orden excepcional, de revisión de los procesos que han cursado, hállense en la etapa en que se hallen, contra miembros de las organizaciones guerrilleras, dada la conceptualización emprendida con base en la noción de terrorismo y otras categorías que alteran y adulteran los hechos concernientes a los delitos políticos y conexos. Máxime si de ello dependerá no sólo el tratamiento político en los diálogos sino la eventualidad de que, tras acuerdos de paz, puedan participar en la vida política legal. Si esa revisión no se realiza, quedan reducidos a su más mínima y falsa expresión los casos de rebelión, validados excepcionalmente como tales, en detrimento no sólo simbólico sino real del volumen y la entidad de la inmensa mayoría de la casuística que implica el alzamiento en armas, es decir el conjunto de los delitos políticos y conexos. 

 Esta ruta no es en absoluto caprichosa. Muchos procesos de paz o al menos intentos de distensión, tanto en Colombia como en experiencias de otros países, han abordado esta temática de la calificación penal para introducir reformas positivas para ese objetivo de la negociación. Es urgente comenzar a explorar los cambios que en este plano se requieren, siendo la base de legitimidad con la que puede el Gobierno justificar que dialoga y trata políticamente con sus oponentes. 

 La probidad del Gobierno se prueba también en estos momentos históricos con una paradoja, ejerciendo con responsabilidad el deber de deshacer y rehacer internacionalmente, al menos frente a tres mecanismos que siguen atentando contra las posibilidades de un proceso de paz: la extradición de rebeldes a otros países, algunos de los cuales enfrentan cargos impropios y penas que les condenan injustamente; el pedido realizado por el Gobierno colombiano de que le sean entregados insurgentes presos en otros países, tensando así las relaciones diplomáticas y violando derechos que reconoce la ley internacional a detenidos por razones políticas; y la sinrazón de la inclusión de las organizaciones alzadas en armas FARC y ELN en las listas de grupos terroristas. Si bien esos tres mecanismos conciernen a la soberanía y jurisdicción de otros países, en contraposición de tratados internacionales de cuño y espíritu humanista y progresista, el propio Gobierno colombiano puede avanzar en la desactivación del problema y el menoscabo que supone ese reciente instrumental represivo para un proceso de paz. 

 Puede emular coherentemente lo que ya han hecho otros gobiernos en otras situaciones, por ejemplo pidiendo se retiren de esas absurdas listas a grupos con los que se propone negociar. Mucho más en la medida que se trata por lo general de decisiones volubles y al arbitrio de gobiernos. Una labor diplomática, de búsqueda de respaldos a un proceso de paz, de aproximación equilibrada, equidistante y no obstante eficaz en cuanto a las condiciones y facilidades de interlocución, requiere del Gobierno colombiano deshacer este prejuicio y error, que lo es también de otros gobiernos, que deben estar habilitados no sólo moral y políticamente, sino jurídicamente anulando esas órdenes administrativas de persecución de los insurgentes. Al contrario, como bien lo sabe el Gobierno colombiano, pues lo ha intentado tramitar, se deben extender salvoconductos y otorgar algún grado de protección diplomática a los voceros de los alzados en armas como se ha hecho en el pasado respecto de Colombia en países latinoamericanos como Venezuela o México, o en España, Suiza y otros países europeos. 

 También es injusto e inadmisible que se mantengan órdenes de espionaje o inteligencia, así como ofensivas mediáticas en pos del desprestigio político y la estigmatización, con las que se busca criminalizar y castigar el diálogo de la sociedad civil con las organizaciones insurgentes. Dicha persecución se realiza acudiendo a medios de apariencia legal o bien abiertamente de manera criminal, para realizar amenazas o preparar atentados contra defensores de la paz y los derechos humanos. Conforme a la experiencia de CCP, siendo quizá la más sobresaliente y consistente en los últimos años, por el diálogo epistolar con la insurgencia y por su decidida actuación humanitaria sirviendo en los procesos de liberación de personas cautivas en manos de la guerrilla, éste es uno de los más acuciantes problemas, pues la falta de garantías a facilitadores o promotores de los acercamientos y conversaciones de paz, impide frontalmente avances que pueden ser sustanciales. 

 Ningún camino hacia la paz puede transitarse sin conocer la verdad, alcanzar justicia y reparar a las víctimas de los crímenes contra la humanidad sufridos por el pueblo colombiano. La impunidad de los responsables de esas graves ofensas contra la humanidad es incompatible con la resolución del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Nos referimos a aquellos crímenes respecto a los cuales, según los principios del derecho internacional, no cabe amnistía, ni indulto, ni les alcanza la prescripción, por tratarse de crímenes que ofenden la dignidad y entidad humana en su conjunto, más allá de las víctimas individualizadas que los hayan padecido, o el lugar y contexto en que se hayan perpetrado: la tortura, las desapariciones forzosas, las ejecuciones extrajudiciales, las persecuciones políticas -integrantes todas las anteriores acciones del tipo penal de crimen de lesa humanidad-, los crímenes de guerra, el genocidio. 

 Ninguna situación ni justificación permite contemplar estos crímenes como normal consecuencia de actuaciones políticas, razón de Estado o efectos de errores o falta de vigilancia en la cadena de mando durante un conflicto armado. El principio de responsabilidad del comandante, así como la no aplicación de la eximente de obediencia debida, son garantías de que existirá ningún resquicio para la impunidad de estos crímenes. La justicia colombiana deberá conocer de estos hechos en forma exhaustiva y con la debida independencia, sin presiones políticas. Solo así se impedirá que sea necesaria la intervención de jurisdicciones internacionales, como pudiera ser la de la Corte Penal Internacional, que en aplicación de los principios de complementariedad y subsidiariedad, debería extender su jurisdicción sobre los crímenes de guerra y de lesa humanidad ocurridos en Colombia en el marco del conflicto armado interno, para el caso de que continuaran quedando en la práctica en situación de impunidad. 



 f.  La justicia transicional y la resignificación de las luchas políticas 

 La paz con la justicia constituyen la fuerza ideal y material que integra los principios y medios de la convivencia en democracia. La paz como silenciamiento de las armas no puede ni debe significar nunca el enmudecimiento de las voces que exigen verdad, justicia, reparación y no repetición de los hechos criminales cometidos desde posiciones de poder, contra la dignidad humana y el derecho de los pueblos a sus procesos de transformación. Ni todo podrá ser materialmente castigado, ni todo podrá ser idealmente perdonado, tanto del conjunto de los crímenes como de lo cometido por cada una de las partes contendientes. Entendemos que una salida política negociada por éstas, y no pactos apócrifos entre aliados o cómplices, puede suponer flexibilizar o modificar cánones de derecho, ya sea nacional o internacional, respecto de hechos sobre los cuales en aras de esos acuerdos, pueda disponerse desde las juridicidades concurrentes, y con amplio consenso, con base en al menos cuatro presupuestos. 

 Estos cuatro postulados son: la consulta a todas las víctimas (CCP encuentra que el MJP en absoluto tuvo en cuenta los derechos de la inmensa mayoría de las víctimas de crímenes de lesa humanidad en Colombia); la separación y no equivalencia entre acciones perpetradas por la guerrilla contra los poderes y medios del Estado, y las que sus instituciones o fuerzas con su aquiescencia hayan cometido valiéndose de esa condición; la relación entre cadenas criminales y el despojo de derechos económicos y sociales de la población; y la eficacia de esas medidas de flexibilización en el orden de una transición verificada y garantizada, es decir de cumplimiento de lo firmado. O sea, sin contravenir los valores de defensa de la justicia y los derechos de las personas y organizaciones victimizadas que han sufrido la impunidad regularizada o metódica. 

 Esto supone sujeción al derecho internacional y también una mirada crítica y soberana sobre la transparencia y congruencia de sus formulaciones teóricas y prácticas para no colonizar el ejercicio del derecho, y las mismas posibilidades de la paz nacional, de pretensiones impropias o foráneas guiadas no precisamente por un recto deber de la justicia. La necesidad de adoptar un marco de articulación transicional entre las necesidades de la paz y las necesidades nacidas de la aspiración de justicia, teje en nosotras y nosotros la convicción de construir una tensión humanista, sin decaer en ella, en la que, frente al realismo de la impunidad que pueda instaurarse, se fragüen permanentes ofensivas sociales y populares con métodos y medios plurales, en torno a la verdad, a la justicia, a la reparación efectiva, y en torno a las garantías estructurales de no repetición, en la perspectiva de procesos culturales de construcción de poder democrático. Es nuestra propuesta a la sociedad de lucha contra la impunidad. Esto puede parecer una mera ilusión, dado el actual momento, aparentemente sin condiciones para construir espacios importantes o decisorios no sólo de un proceso de paz sino de un proceso de paz digna, por la resultante política de una correlación de fuerzas en la que las organizaciones victimizadas por el Estado se presentan como debilitadas, sin poder, sin medios, muchas veces tachadas como responsables del conflicto y su descomposición, por el hecho de haber elevado sus reivindicaciones de cambio social. 

 El debate sobre la justicia transicional es un debate político antes que jurídico. Debe por lo tanto trabajarse la voluntad política y la capacidad de compromiso del Estado y de la insurgencia de respetar lo que firmen. Debe recobrarse no sólo el horizonte histórico de las luchas victimizadas, para su resignificación social, política y ética, sino garantías de que esa resignificación no será otra vez atacada. 



 VII. Conclusión: hacia un nuevo marco político y jurídico de consenso social y transformación  

 a.  Abandonar el modelo autoritario 

 Es necesario enfrentar y aislar democráticamente una estrategia de polarización y prolongación de la guerra que busca al menos dos objetivos: desviar la vista sobre responsabilidades penales por paramilitarismo, violaciones a los derechos humanos y narcotráfico, esgrimiendo y protagonizando un marco político para la guerra, que sería compatible con un marco jurídico que mantiene hasta ahora la paz como rehén, y truncar precisamente conversaciones para un exitoso proceso de paz entre el Estado y las organizaciones guerrilleras. El eje de ese bloque es la idea de reposicionar como centro a quienes han defendido a toda costa una salida militar. Ese modelo de belicismo e impunidad, que no nos emancipó ni nos emancipará de la guerra, inspiró tanto la hundida “reforma a la justicia” como en gran medida el MJP, rechazando con un enfoque autoritario el camino de la concertación y dictando la exclusión de la sociedad civil, perdiéndose así la posibilidad de tener un sólido y adecuado instrumento para crear inequívocamente condiciones jurídicas que dieran impulso eficaz a un proceso de paz. Ese modelo autoritario debe ser abandonado. Su limitación es evidente. Aunque predique la salida política, distorsiona la realidad y reproduce en parte la fascinación triunfalista, caracterizada por la convicción de la solución militar y la falta de consulta a sectores mayoritarios de la población. Esa visión, predominante en algunos de los que conforman la coalición de la Unidad Nacional, está aprisionando al país e incluso paradójicamente puede terminar por cercar al propio Presidente Santos. 

 En esa tendencia, el MJP proclamó la idea de exigencias de capitulación de la guerrilla para un tipo de favorabilidad política y jurídica, cuando ya las organizaciones rebeldes habían anunciado claramente otros fundamentos de diálogo y negociación, en estos dos años del Gobierno Santos, como a través de sus respectivas comandancias lo han hecho saber en comunicaciones públicas dirigidas al país y a la comunidad internacional, especialmente en la secuencia de cartas a Piedad Córdoba Ruiz y al conjunto de CCP entre otros interlocutores. 

 Como hemos analizado, el MJP se contradice, tergiversa y es insuficiente, aplazando y difuminando medios para la paz, pues la retiene en medio de un lenguaje que no facilita el trato apropiado y propicio, desvaneciendo conceptos como los de la rebelión y otros delitos políticos, que corresponden histórica y éticamente a la cultura jurídica de la ilustración liberal. Bajo esas condiciones, el MJP no facilita sino que obstaculiza el despegue de una política de paz y anticipa un nuevo fracaso. Existen hoy dos riesgos concatenados que llevarían a tal frustración. El primero es el ya anotado de resguardarse el Gobierno de Juan Manuel Santos sólo o preponderantemente en esta herramienta del MJP, como si fuera su máxima definición jurídico-política, como oferta cumbre, superlativa, inflexible e inmodificable. El segundo, que esté articulada a una estrategia u ofensiva militar que no deja de enaltecer la noción de una paz aciaga o pacificación contrainsurgente: un mal final y un mal comienzo; un quiebre hacia nuevas fases de violencia en los mapas regionales y en la geografía toda de un país deshecho, enclavado como problema regional o subcontinental

 b.  La paz: de bifronte a construcción conjunta 

 La paz parece una palabra bifronte: permite un sentido leída de izquierda a derecha y otro distinto leída de derecha a izquierda. Sin embargo, es posible construirla como itinerario y realidad política amplia, negociada, diversa y representativa de intereses que se intervienen en pos de acuerdos, producto de diálogos y consensos en esencia sobre los derechos y los límites, tanto de un modelo económico como del modelo político. Hacen falta por lo tanto medidas urgentes para asegurar de cara al país los diálogos como escenario con probabilidades. Pensamos que debe acudir el Presidente Santos a otros referentes en la geometría discrecional o de sus exclusivas facultades y capacidades legales, para usar la juridicidad ya vigente, cuyo potencial, sólo dependiente de su voluntad política, le permitiría un superior esfuerzo y mejores resultados, una evolución del conjunto frente al eslabón o instrumental del MJP. Por ejemplo, cumpliendo y haciendo cumplir las obligaciones del derecho internacional humanitario, particularmente hacia comunidades victimizadas y ante la situación de los presos políticos. Es su obligación. Se precisa en consecuencia transformar el MJP a partir de las observaciones críticas y propuestas de las organizaciones sociales, del movimiento popular, de los sectores de víctimas, de las comunidades, de las plataformas y fuerzas políticas que trabajan por la paz, de la academia y otras expresiones del país; a partir también del derecho internacional progresista. 

 El Presidente Santos puede emplear los escasos conceptos útiles del MJP, bloqueando los contradictorios; puede pensar en pactos que trasciendan el espacio legislativo, que ha dado muestras de estar viciado; puede abrir las puertas a la participación de las personas y organizaciones que en Colombia llevan luchando por la paz desde un pensamiento humanista. Debe comprender que ha llegado el momento de los diálogos de paz o estará perdido el propósito de construirla. No puede prometerla y negarla con los hechos. Es como firmar y no cumplir. Por eso, la regeneración de la política en general y de su política en particular pasa por asumir y desarrollar un proceso de paz. Un proceso de paz sin regeneración de la política y sin la cultura de honrar la palabra, está condenado al fracaso. 

 Sin que existan las condiciones óptimas, el hecho de sentarse a dialogar ya o en las próximas semanas, como se ha declarado públicamente por el Presidente Santos el 27 de agosto de 2012, bajo el formato que sea, puede ser un signo trascendental en la historia del país. Anunciar esa aproximación tiene un gran significado. El esfuerzo del Presidente Santos, emprendiendo o avivando ya mismo los contactos y extendiéndolos al ELN, cuando goza el Gobierno aún de un respaldo adecuado fuera y dentro de Colombia, y la propia voluntad indudable de las guerrillas, para dar pasos estables en la dirección de crear mejor ambiente y fondo para los diálogos de paz, deben acompañarse. 

 Un nuevo marco político y jurídico de consenso social para la paz debe suponer también revisiones o reformas del sistema electoral, basado hoy día en la exclusión, en el clientelismo, en la corrupción y en el poder del dinero; debe generar espacios efectivos de participación social y política en las diferentes esferas de lo público; posibilidades de acceso y rendición de cuentas del ejercicio de la política; control abierto de los recursos de la nación; neutralización judicial de quienes se han opuesto a cualquier amago de restitución de un mínimo de las tierras despojadas o que se repare en algo a las víctimas de crímenes espantosos. 

 En resumen, el Gobierno de Juan Manuel Santos está justo en la alternativa que su responsabilidad convierte en una histórica encrucijada para todo el país. O va ahora mismo de la mano de la corrupción y del extremismo ya conocido hacia la guerra, o camina hacia la paz con el coraje, la firmeza y la lucidez que representa abrir con su llave las puertas de los diálogos de paz, como lo acaba de anunciar. Debe entonces deshacer la confusión; comprometerse en humanizar la guerra; hacer respetar los derechos de las presas y presos políticos; aplicar medidas paralelas de orden penal nacional e internacional, para abrir espacio a una justicia transicional eficaz que admita y salvaguarde la resignificación de las luchas políticas; debe buscar alianzas para la paz frente a la poderosa diatriba de sus enemigos, e impulsar un nuevo marco político y jurídico de consenso social y transformación que cuente con múltiples voces. 

 El país entero debe convocarse para discutir ideas de paz y deben en ese torrente movilizarse los sectores populares para concretar sus idearios de democracia: las organizaciones campesinas, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes, las mujeres, los estudiantes, los desempleados, los ambientalistas, los intelectuales, los desplazados; las formaciones que expresan y proponen desarrollo humano, cultura, progreso, respeto a los bienes comunes y públicos; también los gremios, las fuerzas políticas, las fuerzas armadas, los medios de comunicación. Si la sociedad no debate sus demandas de profundización de la Constitución, incluso de su eventual reforma o la convocatoria del Constituyente primario para una Asamblea a pactar con participación de la insurgencia, definiendo los espacios de un nuevo país, para asegurar no sólo mayor inclusión sino garantías de cumplimiento de acuerdos de paz y de justicia, Colombia se estancará en la guerra. 

 Por último, como los recientes hechos de los departamentos del Cauca, Putumayo, Chocó y de otras regiones de Colombia lo demuestran, es evidente la necesidad y posible de considerar la factibilidad de un cese bilateral del fuego. Es un mensaje de distensión que se hace urgente para enfrentar no sólo situaciones de crisis humanitaria sino para cambiar las condiciones de militarización de territorios por condiciones de presencia social que no sólo propicie reglas de regulación y de probable entendimiento de límites y acuerdos por las partes contendientes, sino que aísle y reduzca a cero los planes de paramilitarización y despojo que se vinculan con inicuos intereses económicos. 
 A las redes ciudadanas y movimientos populares hacemos un llamado para que quienes se indignan por la situación del país y actúan para superar estructuras de injusticia, confluyan hacia articulaciones o espacios unitarios, donde quepa la totalidad de quienes luchan por un país en paz y con justicia, donde se expresen quienes son un acumulado ético y político signado no por la corrupción sino por la honradez y el deseo de resistir y transformar la opresión en democracia plena. 


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