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Daniel Bensaïd,Recreando el proyecto socialista


Martín Mosquera

Viento Sur, 13 de abril de 2014
  

Los irreductibles

Junto a Daniel Cohn-Bendit y Alain Krivine, Bensaïd fue uno de los principales referentes de mayo del 68. Sus biografías respectivas son representativas de las evoluciones posibles de aquella generación: Cohn-Bendit bien podría considerarse el ejemplo paradigmático del “rebelde arrepentido”. Luego de su famoso radicalismo juvenil, actualmente se ha reconvertido en un honorable miembro del Parlamento europeo, adaptado hace mucho tiempo al social-liberalismo y partidario de los programas de ajuste y austeridad en Europa. Por su parte, Bensaïd hasta su muerte, como Krivine actualmente (militante del Nuevo Partido Anticapitalista, NPA), continuó comprometido – con lucidez y lejos de cualquier nostalgia romántica – con la vocación sesentiochista de cambiar la vida y transformar la sociedad. Fidelidad a una tradición y a una lucha, pero lucidez y apertura desprejuiciada para sacar las conclusiones de las experiencias pasadas y para captar las claves de un periodo nuevo. Esto convirtió a Bensaïd en una personalidad fundamental de la cultura socialista de nuestro tiempo, en un puente entre dos generaciones: aquella del 68, protagonista de la lucha del siglo XX y sus derrotas, y las emergentes camadas militantes, que no se identifican necesariamente con las claves y las delimitaciones del pasado. Bensaïd fue también, desde la muerte de Mandel, el mayor referente teórico-político de la IV Internacional.[1]

Al igual que los grandes dirigentes históricos del movimiento obrero (Lenin, Trotsky, Gramsci, Luxemburgo, por caso), la vitalidad del pensamiento de Bensaïd no se expresa más en sus obras sistemáticas que en sus documentos partidarios, en sus informes para los congresos de la Internacional o en sus artículos polémicos con otras corrientes políticas. Pese a que lega una vasta obra, heterogénea en sus temas y autores (de Benjamin y Derrida, a Louis Auguste Blanqui y Juana de Arco, de la cuestión del tiempo y la filosofía de la historia, a la crítica a la aplicación de la “teoría de los juegos” al análisis social) el grueso de su pensamiento se vincula , directa o mediatamente, a los grandes temas políticos del marxismo: la redefinición programática del socialismo contemporáneo, el debate estratégico, la teoría del Estado y la política, la incorporación del “ecosocialismo” como un componente estratégico de las luchas emancipatorias, el balance de las experiencias revolucionarias pasadas y las lecciones del socialismo del siglo XX.

Una nueva época histórica

El pensamiento político de Bensaïd toma como punto de partida una constatación: la desarticulación del “campo socialista” constituyó el epílogo de una derrota de alcance histórico que sufrió la clase trabajadora en las postrimerías del siglo XX. Este episodio cerró una etapa completa de la lucha de clases, aquella correspondiente al “corto siglo XX” iniciado con la guerra mundial y la revolución de Octubre. Dice Bensaïd:

Los grandes enunciados estratégicos de los que aún somos hacedores datan en gran parte de este período de formación, anterior a la Primera Guerra Mundial: se trata del análisis del imperialismo (Hilferding, Bauer, Rosa Luxemburgo, Lenin, Parvus, Trotsky, Bujarin), de la cuestión nacional (Rosa Luxemburgo de nuevo, Lenin, Bauer, Ber Borokov, Pannekoek, Strasser), de las relaciones partidos-sindicatos y del parlamentarismo (Rosa Luxemburgo, Sorel, Jaurés, Nieuwenhuis, Lenin), de la estrategia y los caminos del poder (Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky). Estas controversias son tan constitutivas de nuestra historia como las de la dinámica conflictiva entre revolución y contrarrevolución inaugurada por la Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Más allá de las diferencias de orientación y de las opciones a menudo intensas, el movimiento obrero de esta época presentaba una unidad relativa y compartía una cultura común. Se trata, hoy en día, de saber qué queda de esta herencia, sin dueños ni manual de uso (Bensaïd, 2004).

La suerte de las experiencias revolucionarias pasadas obliga a volverse también sobre los peligros que afectan desde dentro a las aspiraciones emancipatorias. Extraer las lecciones del siglo XX, exige poner en primer plano algunas cuestiones subestimadas por los pioneros del socialismo: los “peligros profesionales del poder”, la cuestión de la democracia y la importancia del pluralismo político; la autonomía de los movimientos sociales respecto al Estado y los partidos; la combinación de la ciudadanía social y la ciudadanía política. Todos estos fueron temas que Bensaïd fue abordando a lo largo de su profusa producción teórica. En tiempos de ontologización y sobre-filosofización del pensamiento político (pensemos en Agamben, Virno, Deleuze o Badiou), el marxismo militante de Bensaïd es una bocanada de aire fresco.

El retorno de la cuestión estratégica

La reflexión estratégica concentró los esfuerzos de los últimos años de Bensaïd. Para él, recrear una estrategia socialista en las condiciones actuales debe empezar por abandonar las presunciones ingenuas en relación a la cuestión del poder que descansan en una improbable generalización espontanea de la democracia directa como forma de resolver todos los problemas del Estado y la política. Abandonar una hipótesis consejista estricta conduce a una conclusión en el plano estratégico: una futura situación de dualidad de poderes no puede concebirse en total exterioridad respecto a las instituciones pre-existentes. El Estado no es una realidad monolítica a la que podemos oponerle en bloque el contra-Estado de los organismos soviéticos, como su exterior absoluto. Las nociones de crisis revolucionaria y doble poder siguen siendo actuales, la ruptura revolucionaria necesita desembarazarse de las viejas instituciones y construir otras nuevas, pero el proceso de constitución de un nuevo poder no es completamente exterior a las instituciones de la democracia burguesa, sobre todo en los países con consolidadas tradiciones parlamentarias

Los “problemas de organización” están también ampliamente presentes en el pensamiento de Bensaïd, en una coyuntura donde la “forma-partido” está en el centro de numerosos cuestionamientos. En este aspecto, el marxista francés evitaba lúcidamente el sectarismo – característico de buena parte de la militancia proveniente del trotskismo – sin ceder al oportunismo y la adaptación propios de estos tiempos. Bensaïd pensaba que, ante la virtual desaparición del estalinismo y el retroceso de la social-democracia, comprometida con la ofensiva neoliberal, ante la emergencia de una nueva generación militante y la relativización de muchas de las delimitaciones políticas del anterior periodo histórico, se abría una posibilidad de alcance histórico: la construcción de “nuevas fuerzas” a la izquierda de la social-democracia, “partidos anticapitalistas amplios”, que articularían a un conjunto de tradiciones teóricas y sensibilidades militantes en torno a una “comprensión común de los eventos y las tareas” de la etapa. A ese objetivo dedicó Bensaïd sus últimos esfuerzos militantes, como lo atestigua la formación del NPA, fundado un año antes de su muerte.

Su obra no está exenta, naturalmente, de debilidades, limitaciones y puntos ciegos. Por caso, un tema que no llegaremos a abordar es su recuperación no lo suficientemente cuidadosa– en un gesto típico del marxismo occidental, desde Historia y conciencia de clase en adelante – del legado de Hegel y la cuestión de la dialéctica.

En el horizonte de devolverle actualidad al proyecto socialista, el esfuerzo teórico y militante de Daniel Bensaïd ocupará un lugar decisivo en la constitución del “nexo de unión entre el «ya no» y el «todavía no»” (Bensaïd, 2002); en la tarea de resguardar, con apertura y sin dogmatismos, el “hilo rojo” entre dos épocas: la experiencia agitada del siglo XX y los nuevos combates que actualmente renuevan las esperanzas y los anhelos de justicia y emancipación.

4/2014

http://www.democraciasocialista.org...

Daniel Bensaid, El extranjero, tan lejano, tan próximo

Viento Sur,  26 de febrero de 2014
  

El presidente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, declaraba recientemente, en una entrevista, que estamos “todos mutilados de lo universal”. La situación debe ser grave, porque el apoderado del capital internacional no es muy pródigo en estas profundidades filosóficas. La mundialización tan alabada como sinónimo de apertura “sin fronteras” es, en realidad, una mundialización mercantil, abstracta y desigual, que alimenta a cambio los pánicos identitarios, la neurosis de las diferencias, el enganche con lo local, la retórica de la proximidad, la angustia del enraizamiento.

Todos mutilados. El diagnóstico no es falso: mutilados de cuerpo, mutilados de corazón, mutilados de espíritu y de lengua. Pero también entre los mutilados algunos lo son más que otros, y más vale estar en el lado de los mutilados dominantes que en el de los mutilados dominados, doblemente mutilados, mutilados al cuadrado. Entre ellos, los y las sin-papeles, nuevos parias de la mundialización, se han convertidos en su emblema. Antes de entrar en el meollo del asunto, me gustaría señalar en pocas palabras lo que, en mi opinión, está detrás de esta mutilación generalizada. Lo llamaría un desarreglo de la medida del mundo. Si consideramos dos grandes manifestaciones de la actual crisis de civilización, la llamada crisis del trabajo (la fórmula me parece inexacta) y la crisis ecológica, ambas apuntan a una misma contradicción: la crisis de la medida mercantil. Conforme el trabajo se vuelve más social, colectivo, abstracto e incorpora más saberes acumulados, se hace más difícil, e incluso irracional, medir este trabajo por el tiempo abstracto de producción determinado por el intercambio mercantil. El desempleo y la exclusión masivos y duraderos son la sanción de esta irracionalidad ligada a una crisis que no es del trabajo en general, sino de una relación social específica entre el trabajo asalariado y el capital. De igual manera, la relación de las sociedades humanas con su entorno pone en juego equilibrios de larga o muy larga duración. Ya se trate de la deforestación, del efecto invernadero, del almacenamiento de los residuos, nuestras decisiones afectan a nuestra casa común para decenas de años, siglos o incluso milenios. La evaluación de estos desgastes no puede ser realizada por el arbitraje inmediato y a corto plazo de los mercados. Pero esto es sin embargo lo que ocurre. Incluso cuando hay una toma de conciencia planetaria, como es el caso de las recientes conferencias de Kyoto y de Buenos Aires sobre los peligros del recalentamiento, la respuesta de los dominantes, en este caso los Estados Unidos, consiste en reclamar la institución de un mercado de derechos de contaminación.

¿Después de los mercados, el diluvio?

¿Crisis de la medida? Se traduce en lo cotidiano en un trajín de los lugares y de los ritmos de la política. Ya Aristóteles sabía que la política se inscribe en condiciones muy precisas de espacio y de tiempo, de distancia y de ritmo. En su tiempo, eran los de la ciudad. Después, fueron los imperios, las ciudades del Renacimiento, las naciones. Hoy día, ni los espacios nacionales, desbordados por la mundialización de la economía, del derecho, de la información, ni los ritmos de los mandatos electorales, desbordados por la velocidad de los mensajes, de las decisiones, de la circulación, y por las consecuencias a muy largo plazo de algunas decisiones, resultan adecuados para el ejercicio de una soberanía política. El ascenso exponencial de la noción de gobernanza traiciona una forma de resignación a este abandono, que reduce la política a una gestión administrativa despolitizada. Es una confirmación del riesgo ya aunque de una manera que no había previsto.

¿Y el extranjero, en esta conmoción?

No lo hemos perdido de vista. El desajuste del mundo se traduce en un gigantesco proceso de desterritorialización/reterritorialización, en una reordenación de los espacios y de las escalas, en una redefinición del dentro y del fuera, en una superposición de los conjuntos, en una nueva disposición de las vecindades y de las intimidades. Puede conducir también a una nueva representación, e incluso a una guerra de pertenencias. El decaimiento de las pertenencias nacionales tiene su contrapartida en la reivindicación de pertenencias étnicas, comunitarias o religiosas (que tienen la ventaja, en el proceso de mundialización, de ser inmediatamente nómadas).

Historicizar la nación

Resulta que acaba de celebrarse el trescientos cincuenta aniversario del Tratado de Westfalia, considerado como el acta de nacimiento de la Europa de los Estados-naciones. Hasta qué punto es reciente y precario nuestro universo geopolítico familiar (el de los mapas escolares coloreados, metamorfosis de la Europa política). Además, estos mismos mapas suelen estar sobrecargados de punteados o de rasgos gruesos que indican el desplazamiento de las fronteras, del Tratado de Viena al de Yalta, pasando por la unidad alemana (la primera), la unidad italiana o el Tratado de Versalles.

Una comprobación llama a otra. Lejos de formar una pareja natural, la asociación entre la República y la Nación, entre la nacionalidad y la ciudadanía, tan presente en el debate francés, es muy problemática. En el vocabulario de Rousseau, la “patria” designa todavía una pertenencia política electiva, basada en la adhesión voluntaria a principios, y no un lugar de nacimiento. La primera Declaración de los Derechos del Hombre pretendió ser universal y la Constitución no fue más que el primer elemento de un congreso del universo, según la visión cosmopolita de la Ilustración. Por eso la fórmula del “extranjero patriota”, aplicada a Anacharsis Cloots o a Thomas Paine, no resultaba entonces paradójica.

La identificación de la república con la nación es por tanto el resultado de un proceso histórico que se extiende durante más de un siglo, pasando por las guerras nacionales, las guerras napoleónicas, las revoluciones de 1848, las conquistas coloniales, y no se consuma definitivamente hasta la derrota de la Comuna, bajo la III República. Sólo entonces la República toma la forma canónica en sus tres dimensiones: la nación (y la institución del código de nacionalidad), el ejército nacional y la escuela de la República. Pero incluso entonces, la República, en la medida en que conserva algo de su impulso inicial de universalidad, continúa excediendo a la nación, atrincherada en sus líneas y sus fronteras.

Aunque el Estado-nación, al realizar la correspondencia más o menos armoniosa entre un territorio, un mercado, un Estado, se ha convertido en el modelo de organización geopolítica, no ha tomado en todas partes, ni mucho menos, la forma relativamente homogénea que caracteriza al caso francés. La vieja Austria-Hungría, Yugoslavia, la Unión Soviética, o más cerca, España, la propia Gran Bretaña, han sido siempre Estados plurinacionales. ¿Y qué decir de Bélgica? ¿O del resultado de la tardía unificación italiana?

La mundialización vuelve a poner en movimiento el caleidoscopio.

Hace circular no sólo a las mercancías y los capitales, sino también a las poblaciones. Deshilacha las fronteras, establece nuevos espacios regionales, enclava zonas francas, superpone los trazados diplomáticos, jurídicos, económicos, ecológicos. En inglés hay dos términos (borders y frontiers) para marcar la diferencia entre la frontera moderna, con sus aduanas y sus oficinas de cambio, de lo que antiguamente se denominaba las “marcas”, aquellos lugares lejanos donde se difuminan los límites y se pierden. La mundialización, tal como lo indican los desarrollos del derecho internacional, hace restablecer las nociones cosmopolitas de la visión kantiana del mundo, conjugando pertenencias múltiples y cruzadas, aunque con la contrapartida de repliegues y cerramientos comunitarios.

Esta situación de transición, de “ya no” y de “todavía no”, está cargada por igual de promesas y de peligros.

El extranjero íntimo

Nuestro vocabulario sigue estando impregnado en gran medida de una semántica de los tiempos y de los espacios heredada de la Revolución francesa. Para no alargarme demasiado, me contentaré con remitir para este tema a los estudios de Reinhart Koselleck (El Futuro pasado) o de Jean-Marie Goulemot (El Reino de la historia). En este horizonte espacio-temporal se inscribe y se esboza poco a poco la silueta contemporánea del extranjero. Debo lo esencial de este punto al hermoso libro de Sophie Wahnich: El Imposible Ciudadano.

A lo largo del proceso revolucionario, el antónimo nación/extranjero se impone en detrimento del antónimo humanidad/salvajismo, característico de la cosmopolítica del siglo XVIII. El destino del “barón prusiano” diputado en la Convención, Anacharsis Cloots, es la ilustración trágica de esta evolución. Para Cloots, hombre de la Ilustración, la misma noción de extranjero seguía siendo “una expresión bárbara”. Al principio acogido y festejado en la fraternización revolucionaria como una especie de delegado de la humanidad, a medida que la guerra endureció el sentimiento nacional fue víctima de la sospecha, antes de ser acusado de “haber vivido en Francia como un nómada” y ejecutado en el cadalso en la primavera de 1794.

De hecho, las condiciones de acceso a la ciudadanía (que no se distinguía entonces de la nacionalidad) fluctúan con la ola revolucionaria. En la Constitución de 1791, se requieren cinco años de “domicilio continuo” en suelo francés. Partidario convencido de una ciudadanía nómada derivada de un derecho natural y claramente diferenciada de la nacionalidad, el ciudadano americano Joel Barlow critica estas condiciones. En su opinión, la comunidad soberana se define como una comunidad política abierta tanto a los extranjeros como a los nacionales. La Constitución del Año I, del 24 de junio de 1793, da la definición más abierta de la ciudadanía, marcando el apogeo del proceso revolucionario. Es entonces “admitido al ejercicio de los derechos de ciudadano francés” cualquier extranjero que resida en Francia desde hace un año, viva de su trabajo o adquiera una propiedad, se case con una francesa, o adopte a un niño, o alimente a un anciano. La ciudadanía es así función de una actividad social y la alteridad es esencialmente política (los enemigos de la revolución).

Menos de dos meses más tarde, el 1 de agosto de 1793, Garnier de Saintes presenta ante la Convención su proyecto de ley sobre los extranjeros. Ha comenzado la involución. Preconiza el establecimiento de certificados de hospitalidad, que ya no es un acto amistoso desinteresado, sino que debe ser solicitada y merecida. Se invita a la población a colaborar en la vigilancia sistemática del espacio público. El extranjero se vuelve doblemente sospechoso, subraya Sophie Wahnich: desde el punto de vista del tiempo y del espacio donde se juega el destino de la humanidad, porque representa un antes y un otro lugar. En la tribuna se empieza a protestar contra el “cosmopolitismo del momento, esta filosofía pueril”. El congreso frances no se sinscribe ya en la perspectiva de un congreso del universo. El “partido del extranjero” se convierte en la figura de todos los miedos.

De esta forma se desanuda, con el triunfo del paradigma nacional, la “paradoja del extranjero” o la “paradoja de la universalidad anunciada”: la territorialización de las identidades confirma la “clausura del proyecto revolucionario”. No obstante, hasta la cristalización definitiva del hecho nacional, este cierre se mantendrá en precario. La República de los Jules [Jules Grévy presidió la III República entre 1879 y 1887; bajo esa presidencia, Jules Ferry presidió el Consejo de Ministros entre 1880 y 1885] remata la absorción de la revolución por la república y de la república por la nación, instituyendo una gestión nacional de la fuerza de trabajo a la que está directamente ligada (como lo demuestra Gérard Noiriel) la codificación de la nacionalidad. Pero este endurecimiento nacional corresponde también a una transformación de su función política en el plano internacional. Detrás de la aspiración nacional, de carga democrática en los inicios, surge lo que Hannah Arendt denomina “el nacionalismo tribal de la época imperialista”. El extranjero va a adoptar de forma duradera el aspecto, unas veces bonachona y otras amenazante, de las máscaras exóticas de la exposición colonial.

Este juego de aperturas y de cierres sucesivos del espacio pone a prueba la noción de hospitalidad, que Kant convertía, en su paz perpetua, en el único principio de derecho cosmopolita. Puesto que la tierra es redonda, los hombres que se desplazan por ella están llamados a encontrarse y dirigirse los unos a los otros. Deben ser acogidos como amigos, quedando entendido que el derecho de visita no se confunde con el derecho de instalación. Inspirada en el derecho natural, la hospitalidad sigue siendo un recurso privado frente a los defectos de la institución política. Se entiende que, al atacar a este derecho, las leyes Debré de 1997 hayan suscitado un movimiento de protesta cívica. Abolían la tensión fértil y necesaria entre lo que Derrida llama la incondicionalidad de la Ley (no escrita) y la condicionalidad de las leyes (escritas o positivas). Lejos de tratarse de una compasión moralizante, el conflicto era crucialmente político.

Más allá, confirmaba con absoluta evidencia las cuestiones planteadas algunos meses antes por la lucha de los sin-papeles y la evacuación simbólica de Saint-Bernard. También ahí, tras el llamamiento a la generosidad humana, para la regulación de los sin-papeles, se planteada la cuestión decisiva de la sociedad que queremos ser y de su relación con una nueva imagen del extranjero. Un extranjero que no esté asignado a otro sitio lejano, oscuro y amenazante, sino un extranjero interior, íntimo y familiar, un vecino. Esta metamorfosis del extranjero, ligada al flujo de la mundialización, a la relativización de las fronteras, a una nueva topología del dentro y del fuera, es la apuesta por una redistribución de las pertenencias y de las relaciones.

En los años sesenta y setenta, el extranjero interior tenía la figura social del “trabajador inmigrante”. El discurso de un Primer Ministro socialista, calificando en 1983 las huelgas de los obreros de Citroën como huelgas islamistas, fue desastroso, en el sentido más fuerte del término. En las palabras y en el imaginario, el extranjero ya no era señalado por su rol (y su pertenencia social), sino por una referencia religiosa comunitaria. Este desplazamiento semántico baliza el terreno de la ofensiva para suplantar la división de clases por la división nacional/extranjero. Esta distribución de las pertenencias, de las líneas de fractura, del frente conflictual, no viene dado por una esencia o una sustancia natural del ser social. Se juega de forma permanente en las luchas, en las palabras, en las representaciones.

Saliendo de la sombra, reivindicando a plena luz su derecho a tener derechos, exigiendo su lugar en la comunidad de ciudadanos, los sin-papeles han cometido un acto decisivo. Han rechazado la imagen del clandestino, en la que se concentran los nuevos miedos y los nuevos fantasmas del extranjero. Han dejado entrever una nueva relación con la extranjería. En este sentido, no sólo han planteado reivindicaciones elementales. Han producido política, en el sentido fuerte del término, aportando su contribución a una idea de la ciudadanía en necesaria renovación.

Considero por mi parte, aunque la idea todavía choque, que el futuro está en el desacoplamiento entre nacionalidad y ciudadanía. Se ha conseguido en nuestro país (aunque nada está irreversiblemente adquirido) privatizar las pertenencias religiosas y laicizar el espacio público. Fue un duro combate. La tendencia a la circulación, al cruce de poblaciones, es irreversible. El Tratado de Maastricht (se apruebe o no) instituye una ciudadanía europea para las personas de origen comunitario, mientras los trabajadores turcos que viven y trabajan en Alemania desde hace muchos años, o los malienses en Francia, quedan privados de derechos cívicos (entre ellos, el derecho de voto). Todo esto está lleno de contradicciones y de conflictos. Por otra parte, la crisis argelina provoca una nueva emigración hacia Francia. Hace unos días me encontré en una reunión a una joven mujer cabila que está en Francia desde 1983, que tiene tres hijos franceses nacidos en Francia, pero que no puede pedir la nacionalidad francesa: durante la guerra de independencia, su abuelo y su tío cayeron en una redada en un pueblo cercano a la línea Maurice y fueron quemados vivos por el ejército francés.

Lo más sencillo sería dar una definición estrictamente cívica y social de la ciudadanía: derechos y deberes allá donde se vive y se trabaja, confirmando la vieja máxima de “los que están aquí, son de aquí”. Lo que significaría también privatizar la nacionalidad, como se ha privatizado la religión, es decir, reconocer un derecho de pertenencia y derechos colectivos, culturales, lingüísticos, eventualmente escolares, como en los estados plurinacionales, sin que el acceso a la ciudadanía esté sometido a una condición de nacionalidad. Ya conozco la objeción y el peligro: sustituir la homogeneidad del espacio republicano por un mosaico comunitario a la americana. Es un desafío. Cuya salida no es fatal. La fuerza centrípeta de la integración depende sobre todo del trabajo en común, del éxito de la escolarización, de la política de vivienda, y sobre todo de pruebas históricas o de acontecimientos fundadores vividos en común. Si la referencia comunitaria toma la delantera a la referencia de clase se debe sobre todo al paro y al apartheid escolar, que empujan a cada uno y a cada una a su comunidad como principal espacio de socialización.

Precisemos sin embargo que dicha perspectiva no abole la diferencia entre el derecho de visita y el derecho de instalación. La universalidad humana no es un decreto ni un origen otorgado, sino un devenir y una construcción, cuya dificultad se aprecia en el caso del derecho internacional. En tanto la comunidad internacional esté mediatizada por Estados (nacionales o no), la ciudadanía supone un sistema de derechos y de deberes. El derecho de instalación no escapa a esta regla: también tiene sus deberes. Pero una clarificación de la idea de ciudadanía permite plantear el debate en otros términos.

La ecuación europea

Y también está el otro extranjero, el pequeño extranjero que cada uno de nosotros lleva en el fondo de sí, el extranjero que fue y que volverá a serlo, porque “no olvides jamás que tú también fuiste extranjero en Egipto”. Nuestra extranjería se inscribe hoy en la incertidumbre de la humanidad europea y de su futuro.

El discurso público se obstina tanto más en difundir una mitología europea, en presentarnos a Europa como un destino geopolítico natural, cuanto que esta Europa truncada que se denomina Unión Europea no proviene de ninguna evidencia histórica, cultural, social. Personalmente me siento al menos tan mediterráneo como escandinavo, y más andaluz que renano. Dicho de otra manera, la Europa realmente existente, la de Maastricht y Amsterdam, la del gran mercado y el euro, es un dato funcional de la razón, no el objeto de una dedicación afectiva elegida.

Esta Europa es una buena escala funcional para resolver algunos problemas de intendencia, una buena dimensión para inversiones, para una política de energía, de transportes, de gestión del territorio. Esto no hace todavía un espacio político. Aún menos un espacio social. La apuesta de los padres fundadores, de Monnet a Delors, fue que la economía arrastrara al resto. Desde ese punto de vista eran más deterministas y economicistas que los marxistas mecánicos de los buenos tiempos estalinistas. ¿Pero quién sabe? Ha habido unificaciones políticas –nacionales– por arriba, con débil fervor popular, como la alemana y la italiana, llenas de patologías. Esperemos que esta Europa balbuceante que se pretende ya “Europa potencia”, o dicho de otra forma “Europa imperial”, no sufra iguales traumatismos infantiles.

Porque la herencia está cargada. Al salir de una terrible guerra y de una masacre sin precedentes, donde se había hecho pedazos una primera vez la ilusión progresista de una humanidad europea, Valéry emitía un juicio desencantado sobre el espíritu europeo: “Allí donde domina el espíritu europeo, aparece el máximo de necesidades, el máximo de trabajo, el máximo de capital, el máximo de rendimientos, el máximo de ambición, el máximo de potencia, el máximo de modificación de la naturaleza exterior, el máximo de relaciones y de intercambios. Este conjunto de máximos es Europa, o la imagen de Europa”. Después, la vieja Europa fue superada en este terreno por América, pero no renunció a tomarse la revancha. La gran rueda del capital también gira.

Valéry ponía el mundo al revés. No era el espíritu europeo el que se desencadenaba en esta búsqueda mortífera del siempre más, sino el espíritu de un mundo sin espíritu, el espíritu del capital que asedia a la modernidad.

La Europa que se hace es un buen escalón, un eslabón útil en la nueva escala de los espacios. Sería ilusorio imaginar su futuro como el engrandecimiento fotográfico de unas naciones ya demasiado estrechas. Sería ilusorio y peligroso imaginar una Europa-nación que simplemente toma el relevo de los viejos Estados-nación que se han vuelto obsoletos. Existe un espacio económico europeo, aunque superpuesto a los espacios de la mundialización. Existe un espacio judicial que no coincide con el espacio jurídico. Existen además varios espacios jurídicos europeos, el de Bruselas y el de Estrasburgo, empotrados en el espacio de los tribunales penales internacionales. Existe un boceto de espacio militar europeo aunque enclavado en un espacio atlántico que sigue siendo dominante. Todo esto apenas anuncia la reconstitución de una correspondencia unívoca y armoniosa entre un territorio, un mercado y un Estado europeos, sino más bien encajes y superposiciones, con una distribución nueva de las competencias y de los atributos de la soberanía.

Y con una nueva estructuración interna de los espacios. La prensa ha saludado recientemente la tregua definitiva anunciada por ETA en Euskadi y los acuerdos de Lizarra entre todas las componentes del nacionalismo vasco. Por lo menos, ha quedado claro el sentido. Hoy día, la burguesía vasca, simbolizada por la potente banca de Bilbao, realiza el 40% de sus intercambios directamente con la comunidad europea sin pasar por el Estado español, y el 20% directamente con América Latina. Quiere renegociar el pacto de la transición post-franquista para tentar directamente su suerte en la nueva situación europea e internacional. La burguesía catalana está en esa misma longitud de onda. ¿Mañana Escocia? Pero estas tentativas plantean con fuerza la cuestión de la ciudadanía.

Por el momento, inspirándose en los textos fundacionales de ETA, los nacionalistas vascos definen la ciudadanía vasca reivindicada no desde un punto de vista étnico sino en un sentido político y cívico que radicaliza el derecho del suelo: vivir y trabajar en Euskadi. Evitan también plantear la cuestión en términos de fronteras (con el litigio territorial sobre la cuestión de Navarra), sino de proceso constituyente voluntario. La nueva tragedia balcánica ha mostrado los peligros de un nacionalismo tardío en busca de una legitimidad original.

Todas estas metamorfosis obligan por tanto a pensar de otra manera en el extranjero. Queda por saber en qué horizonte y en qué perspectiva. Por mi parte, me sumaré a la Europa que cita Derrida, no una Europa-cierre, sino una Europa-rumbo, hendida y abierta a intercambios, a mestizajes, a combinaciones de pertenencias. Esta no es, como fácilmente podría creerse, una elección del corazón, sino también una elección de la razón política.

Abril 1999

Publicado en Revue semestrielle Villa Gillet, cahier n° 8, avril 1999

Traducción: VIENTO SUR

Entrevista a Daniel Bensaid:El retorno del problema político



Actuel Marx,entrevista realizada en 2009

Sábado 23 de noviembre de 2013
  

[Entrevista realizada en septiembre de 2009 y publicada en Actuel Marx, n° 46, Partis/Mouvements]

Actuel Marx: Mientras la izquierda europea parecía sólidamente anclada a una división del trabajo entre partidos y sindicatos, en los últimos veinte años hemos asistido al desarrollo de movimientos sociales que buscaban deliberadamente afirmar la propia autonomía y radicalidad en respuesta al debilitamiento de la izquierda tradicional ante el ascenso del neoliberalismo. A veinte años de distancia, ¿qué diagnóstico puede hacerse de estas formas de lucha colectiva? ¿Deben ser consideradas como elementos de fragmentación, como fuerzas de presión sobre los partidos o sindicatos, o como factores de recomposición?

Daniel Bensaid: El surgimiento de agrupamientos diversos probablemente corresponda a la vez a una tendencia de fondo y a un fenómeno más coyuntural. La tendencia de fondo es la de la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas y la de la pluralidad de los ámbitos sociales: múltiples contradicciones y modos de subjetivación se revelan así irreductibles a las grandes síntesis a priori y a la absorción en un gran sujeto histórico unificante. El fenómeno más coyuntural depende de la pérdida de legitimidad por parte de los partidos y sindicatos moldeados en la horma del estado de bienestar. Éstos no han sido capaces de responder a la reorganización de las formas de resistencia a la contra-reforma liberal. Los sindicatos habían restringido su función a la negociación de la relación capital-trabajo al interior de la empresa o del sector productivo, mientras que el agotamiento del compromiso fordista y la desconcentración industrial obligaron a reinvestir las prácticas territoriales.

Probablemente ciertas formas de organización autónoma serán componentes duraderos de un movimiento social proteiforme que trascienda ampliamente la función sindical de negociación de la fuerza de trabajo, a menos que los sindicatos recuperen las prácticas iniciales del sindicalismo de las bourses du travail /1. Está comprobado, en efecto, que las grandes centrales sindicales tienden a jerarquizar objetivos y a relativizar ciertas reivindicaciones que son mejor tomadas en cuenta por organizaciones específicas como los comités de desocupados, los colectivos de inmigrantes indocumentados, o las asociaciones por el derecho a la vivienda. Es el caso, en particular, de Francia, donde menos del 10% de la fuerza de trabajo (¡5% en el sector privado!) está sindicalizada. Sería imprudente, por lo tanto, extraer conclusiones demasiado generales. También porque la pregunta que ustedes me hacen tiende a mezclar cosas bastante diversas.

Droit au logemente, Act-Up o AC son asociaciones que luchan por una cuestión específica, y las coordinaciones o comités de huelga son organismos de movilización tanto más necesarios cuanto en Francia la representación sindical es débil. Pero son también formas muy fluctuantes. En las recientes luchas, el fenómeno de las coordinaciones ha sido menos frecuente y menos espectacular que hacia los inicios de los años ’90 en las huelgas de los enfermeros y de los ferroviarios, como si, frente a la brutalidad de la crisis, las centrales sindicales hubieran recobrado las fuerzas.

Actuel Marx: Mientras que la cuestión de la forma-partido suscitó escasas discusiones en las últimas décadas, parece volver a cobrar actualidad ¿Cómo explicarlo? ¿Es el efecto de una crisis de los partidos existentes: crisis de la representación política en general, acabamiento del principio de las divisiones partidarias de la izquierda del siglo XX? ¿Es el síntoma de una crisis de la articulación sindicatos-partidos o de los atolladeros de la alternativa movimentista? ¿Es, más en general, la consecuencia de una carencia estratégica de la izquierda frente al neoliberalismo y su crisis?

Daniel Bensaid: No me gusta el cliché de la crisis “de la forma-partido”, que encubre demasiado fácilmente distintas cuestiones. Si hay crisis, la hay en primer lugar de la política misma o, si se prefiere, de la representación democrática, de la cual el retroceso partidario puede ser una consecuencia. Hay crisis, después, del contenido (de los programas, de los proyectos), más que de la forma, y esta crisis manifiesta la incapcidad de partidos que habían sido los leales administradores del estado de bienestar para afrontar la contra-reforma liberal inaugurada hacia los inicios de los años ’80. Hay crisis, finalmente, en la redefinición de las prácticas militantes, animadas por una nueva exigencia democrática y cultural en relación a las transformaciones sociales, con la emergencia de nuevas cuestiones de fondo como la crisis ecológica, y con el empleo de nuevos instrumentos de comunicación que quebrantan el monopolio de la información del cual se nutrían los principales aparatos burocráticos.

Dicho esto, sería simplista contraponer una cultura descentrada, reticular, a las formas sindicales o partidarias centralizadas, calcadas sobre una cierta imagen del Estado. Se puede notar que el discurso sobre las redes y la fluidez es también él calcado sobre la sociedad líquida de un capitalismo liberal que, en no menor medida, conjuga eficazmente centralización y descentralización, como ilustra maravillosamente la organización de Wal-Mart (ver, a propósito de esto, el breve libro editado por Prairies ordinaires) /2.

La caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética han marcado el fin de un largo ciclo histórico y el comienzo de uno nuevo, obligando a todos los actores, políticos y sociales, a redefinirse. De ahí la moda del “re-” (renovación, refundación, reconstrucción, etc.).

En un primer tiempo, como sucede después de las grandes derrotas (como ha ocurrido en la década de 1830 bajo la Restauración), se produce lo que yo llamo un momento utópico, un momento de fermentación, de experimentación, un momento de tanteos. Es lo que ha ocurrido a fines de los años ’90, especialmente en el movimiento altermundista: una efervecencia utópica necesaria, pero acompañada de un discurso simplificador que contrapone el “buen” movimiento social a la “sucia” política. Esto ha comenzado a cambiar después de esos años: se ha producido un click, y el cambio se acelera con la crisis. La pretensión de autosuficiencia de los movimientos sociales (que les ha sido prestada por ciertos ideólogos, mucho más de lo que ellos mismos la han teorizado) muestra sus límites. El problema político regresa con fuerza y con él un cierto gusto por la recuperación del compromiso contenido en las formas partidarias.

Actuel Marx: ¿Cómo deberían articularse hoy las distintas fuerzas políticas de izquierda, las fuerzas sindicales y los movimientos? ¿Cómo redefinir el tipo de intervención específica de estas diferentes fuerzas, por ejemplo, en los campos de intervención conjunta, como el trabajo asalariado, los servicios públicos, la discriminación? ¿Cómo pensar esta articulación en una perspectiva de convergencia y complementariedad?

Daniel Bensaid: La artificialidad de una forma de división del trabajo entre lo que concerniría a lo social y lo que concerniría a la política se manifiesta cada vez más claramente.

Los movimientos sociales, evidentemente, producen política, en el sentido bueno del término. El movimiento de indocumentados, cuando obliga a repensar la ciudadanía y las relaciones entre lo nacional y lo extranjero; los movimientos de desocupados, cuando obligan a repensar la relación salarial; las asociaciones de pacientes o de investigadores, cuando vuelven a poner en discusión el estatuto de la ciencia y de la especialización; evidentemente, el movimiento de las mujeres, cuando responde a la división del trabajo y de los roles sociales, etc. Recíprocamente, los partidos, si no se conforman con ser máquinas electorales, se nutren de estas experiencias, las inscriben en una perspectiva de largo plazo y, complementariamente, irrigan las luchas sociales de tentativas de síntesis programáticas.

Entre movimientos sociales y partidos hay, por tanto, una diferencia, no de naturaleza sino de función. Su relación puede basarse en la percepción clara de esta diferencia y en el respeto recíproco de su independencia. Esto se evalúa prácticamente según la capacidad de los militantes de los partidos (que no son zombis extraños ni exteriores a los movimientos sociales, sino a su vez asalariados, mujeres, inquilinos, pacientes, agremiados…) de articular propuestas, respetando la autonomía y las reglas democráticas de los movimientos en los que participan.

En cuanto a la articulación entre partidos y sindicatos, depende en gran medida de la historia de los paises en cuestión. La Carta de Amiens /3, por ejemplo, es ante todo una singularidad francesa, que la cultura anglosajona comprende poco. Recientemente, la experiencia del LKP de Guadalupe, o del movimiento del 5 de febrero en Martinica, han demostrado que la convergencia en un mismo espacio unitario entre sindicatos, movimientos y partidos puede constituir un arma temiblemente eficaz.

Actuel Marx: ¿Cuáles son, según Ud., los obstáculos principales para una articulación semejante al interior de un proyecto de transformación social radical? ¿Y de que formas podrían ser superados?

Daniel Bensaid: Los obstáculos son de naturalezas diversas. El primero es sin duda la división sustentada por la lógica competitiva del capital, que contrapone a los trabajadores entre sí, individualiza los status, los ingresos, los tiempos de trabajo; que atomiza a los colectivos, contrapone a lo público lo privado, los usuarios a los huelguistas, los franceses a los inmigrantes, etc.

El otro obstáculo, que no es menor, es el que su pregunta supone resuelto, vale decir, que exista un proyecto “compartido de transformación social radical”. Estamos lejos. Y no por las inconsecuencias o la mala voluntad de tal o cual aparato, sino a causa de los efectos de la alienación del trabajo, del fetichismo de la mercancía, del círculo vicioso de la dominación. A veces pasa que el círculo puede ser quebrado, como a veces pasa que se interrumpe la rutina de los trabajos y los días, pero ello se produce en situaciones particulares, situaciones de crisis social y política. El tiempo político, en efecto, no es el tiempo lineal, “homogéneo y vacío” de las penélopes electorales; es un tiempo quebrado, discontinuo, lleno de espasmos.

Se trata de prepararse para tales situaciones de múltiples maneras, o en varios planos simultáneamente. A nivel partidario, recuperando y sintetizando las experiencias más fecundas, trabajando día tras día para que las ideas recabadas por estas experiencias se hagan camino. En los sindicatos y en los movimientos, disputando todo el tiempo el terreno a la inercia y a los intereses de aparato, modificando las relaciones de fuerza a su interior. En las luchas, fomentando, cuanto sea posible, la emergencia de formas unitarias y democráticas de auto-organización y autogestión.

Actuel Marx: Para desafiar la centralidad del capitalismo, esta articulación, ¿debería basarse exclusivamente sobre la igual dignidad de todas las luchas contra la dominación y la explotación? ¿Podría igualmente admitir principios de una jerarquízación práctica?

Daniel Bensaid: Admitir una jerarquía de las prácticas equivaldría a retornar a la idea de una “contradicción principal” (las relaciones de clase), a la cual estarían subordinados problemas presuntamente secundarios (el problema ecológico o el feminista, la discriminación racial…). Se puede -se debe-, inversamente, partir de lo que ustedes llaman “la igual dignidad de las luchas”, sin con ello resignarse al hecho de que su pluralidad se traduzca en su dispersión. Su gran unificador es la dominación sistémica del capital mismo. Es esto lo que explica cómo movimientos tan diversos como sindicatos de la industria, movimientos feministas, asociaciones culturales, movimientos ecologistas, movimientos indígenas, sindicatos campesinos, y tantos otros, han logrado tan fácilmente converger en los foros sociales.

Sin que sea necesario hablar de jerarquías, se puede sin embargo constatar que los diversos campos sociales no cumplen el mismo rol. El mismo Bourdieu admitía que el campo económico no tiene el mismo peso que el mediático o que el académico. Se puede también constatar que ciertos movimientos (por ejemplo, el movimiento anti-guerra) son más intermitentes que otros (el movimiento sindical). Estas diferencias son reveladoras de una articulación “sobredeterminada” por la dominación impersonal y sistémica del capital, de suerte que las relaciones de clase y de género son sin duda las dos principales diagonales entorno a las cuáles pueden rencontrarse de manera no jerárquica las diversas resistencias.

Notas

1/ La bourse du travail, literalmente “bolsa de trabajo”, fue un tipo de organización de trabajadores de distintos oficios extendida en Francia hacia fines del siglo XIX. Precursora de las centrales sindicales, tenía un eje de organización regional-local, y funciones múltiples que excedían la relación corporativa con el capital, e iban desde el fomento de la ayuda mutua hasta la educación de sus miembros, incluyendo la asignación de puestos laborales para trabajadores calificados y no calificados, la formación de centros culturales, librerías, teatros, etc.

2/ Bensaid se refiere a Wal-Mart, l’entreprise monde, publicado en 2009 por Lichtestein Nelson y Susan Strasser, que describe el funcionamiento de la gigante multinacional estadounidense, principal vendedora minorista del mundo.

3/ La Charte d’Amiens es una declaración del congreso de 1906 de la Confederación General del Trabajo francesa, que disponía la independencia de los sindicatos respecto de todo partido político, jerarquizando la lucha económica por sobre la política y postulándola como la vía genuina para la liberación de los trabajadores.

Tradución: Tomás Callegari para Democracia Socialista

23/5/2013

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