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Immanuel Wallerstein: Siria ambivalencia turca

La Jornada
E
n medio de la perpetua evolución de los tantos virajes en las políticas y las alianzas geopolíticas de varios países de Medio Oriente, uno solía al menos estar seguro de cuáles eran los objetivos de los actores principales, tanto en la región como en el mundo exterior.
Esto ya no es cierto en la Siria de hoy. La política siria actual está formada por una triada: quienes respaldan al régimen de Bashar Assad, los que apoyan el califato que se autodenomina Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) y los así llamados grupos islámicos moderados que reivindican luchar contra los otros dos grupos. Las luchas triádicas son notoriamente difíciles de analizar y predecir porque las triadas tienen la casi fatal suerte de reducirse, en un plazo relativamente corto, a una lucha de dos bandos más claros. Sin embargo, en este caso muchos de los actores centrales en la región y más allá presentan una gran ambivalencia acerca de qué es lo que quieren. Muchos de ellos prefieren mantener la triada si pueden, y temen ser forzados a escoger a qué lado de la diada le otorgan prioridad. Esta ambivalencia es particularmente cierta en Turquía, aunque también es así en Arabia Saudita y Estados Unidos.
Turquía comparte una larga frontera con Siria. Ha sido gobernada durante algún tiempo ya por el AKP (el Partido de la Justicia y el Desarrollo), partido islámico que busca proyectarse como entidad orientada a los valores y las prácticas islámicas, pero sin dejar de ser tolerante con otras perspectivas y compromisos. Comenzó su gobierno con una anunciada política exterior de mantener sus vínculos con el mundo occidental (como miembro de la OTAN) y ser un país deseoso de ingresar a la Unión Europea, al tiempo de intentar restaurar el papel de Turquía como potencia importante en Medio Oriente, una que pudiera mantener buenas relaciones con todos los otros países de la región.
Cuando la guerra civil llegó a Siria, Turquía ofreció sus servicios como mediador. En el proceso, en algún punto, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, pensó que el presidente de Siria, Bashar Assad, le había mentido. Profundamente afrentado, de ser un mediador se transformó en uno de los principales proponentes de un cambio en el régimen sirio.
Turquía tiene una minoría kurda muy grande, a la que sucesivos gobiernos le han negado reconocimiento, autonomía y derechos lingüísticos. Desde el establecimiento de la república turca, hace más de 90 años, los gobiernos turcos han reaccionado a las demandas kurdas con total supresión, aun negando, algunos, que exista algo así como un grupo que son los kurdos. Hace unos 30 años un movimiento kurdo, militante marxista-leninista, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (o PKK, por sus siglas en kurdo), intentó alcanzar los objetivos kurdos por la vía armada. El líder del movimiento, Abdullah Ocalan, fue capturado y sentenciado a cadena perpetua.
Hace unos cuantos años el actual régimen turco cambió su curso y sorprendió al mundo al entrar en negociaciones con el PKK buscando alcanzar un arreglo de compromiso. Por su parte, el PKK indicó que ya no era un movimiento marxista-leninista y que estaba listo para contemplar la idea de un régimen de autonomía como objetivo en lugar de la independencia para la región kurda. Estas discusiones han sido difíciles, pero siguen su curso y parecieran prometedoras.
La guerra civil siria le dio la vuelta a la situación interna en Turquía. Las fuerzas del califato (el llamado IS) se expandieron considerablemente en el norte de Siria y han estado buscando controlar el lado sirio de su frontera con Turquía. Aquí, de hecho, se encuentra una región poblada por kurdos sirios. Su movimiento principal, el PYD (Partido de la Unión Democrática) ha sido el principal blanco del ataque del IS, así como la principal fuerza en la zona que resiste el avance del IS. Al momento el IS continúa con su ataque de Kobani, la capital de facto de la región kurda en Siria.
El movimiento de los kurdos sirios guarda relación cercana con el movimiento kurdo en Turquía, el PKK. Cuando Estados Unidos anunció su política de crear una coalición de fuerzas para pelear contra las fuerzas del IS y al utilizar sus aeroplanos para impulsar el avance, Turquía se encontró de inmediato bajo considerable presión por Estados Unidos para unirse a la lucha. En particular, los kurdos a ambos lados de la frontera y Estados Unidos han llamado a la apertura de las fronteras turcas en ambos sentidos: permitir que entren a Turquía para encontrar un refugio seguro los kurdos sirios que se encuentran amenazados (en Kobani y otras partes) por las fuerzas del IS, pero también permitir que los kurdos de Turquía ayuden militarmente a los kurdos de Siria.
Turquía ha sido muy renuente a acceder a cualquiera de estas peticiones. El presidente Erdogan declaró que, desde el punto de vista de Turquía, tanto el IS como el movimiento kurdo turco, el PKK, eran movimientos terroristas por igual, y que Turquía no veía razón alguna para abrir su frontera en esta forma. Ésta es una posición extraña, dado que el gobierno turco ha estado negociando por algún tiempo con el PKK pese a etiquetarlo como movimiento terrorista. Los movimientos kurdos, el PKK y el PYD, no pueden de ninguna manera ser equiparados con el IS, el cual persigue una campaña militar muy agresiva contra todos y cada uno.
Así, ¿qué le está diciendo Turquía al mundo? El gobierno ha argumentado que luchar contra el IS fortalecerá a Bashar Assad. Esto es probablemente cierto. Pero aquí es donde yace la opción de Turquía y su ambivalencia. El gobierno turco exige a Estados Unidos la promesa de no apartarse de continuar la lucha contra el régimen de Assad y –en particular– que establezca ahora una zona de vuelos prohibidos sobre la frontera. Estados Unidos argumenta que esto es imposible de hacer sin tropas en el terreno, que no enviarán.
Y aquí está la opción: ¿cuál diada? Si uno le da prioridad a la lucha contra el IS, esto reduce el respaldo otorgado a los cada vez menos islamitas moderados de Siria. Si uno le da prioridad a combatir a Assad, esto fortalece al IS y, sin duda, conducirá a una extensa masacre de kurdos sirios a manos del IS, como ha advertido el enviado sirio en Naciones Unidas.
La otra ambivalencia turca se refiere a sus negociaciones con el PKK. Si Turquía da la espalda a los dilemas de los kurdos sirios, esto probablemente conducirá a la ruptura de las negociaciones con el PKK en Turquía. Así se lo ha advertido públicamente el PKK. Pero si el gobierno turco se vuelve más activo contra el IS, el resultado podría significar que el PKK logre tener una posición más fuerte en las negociaciones en curso.
Además, Turquía está intentando mejorar sus relaciones con Irán. Ambos países comparten fuertes intereses comunes en Afganistán y en Irak, y aun respaldan las mismas fuerzas en Palestina. Pero no pelear activamente contra el IS interferirá con su intento de aumentar lazos. Por otro lado, una activa oposición al IS interferirá con el intento de Turquía por presentarse como el campeón de los islamitas sunitas.
De un modo u otro, Turquía tendrá que llegar a una política más coherente en el futuro cercano. De otro modo, su alegato de que es un actor importante en la región caerá por los suelos. Y su lucha interna con los kurdos estallará, probablemente, de nuevo en violencia. La ambivalencia no es admirada en una zona de luchas tan candentes.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein

Immanuel Wallerstein: El ataque militar estadounidense a Siria está en suspenso


22 septiembre 2013 


Durante el último mes, por lo menos, el mundo parece haber estado discutiendo nada menos que si Estados Unidos se involucrará –y cuándo– en un ataque punitivo aéreo de algún tipo contra el régimen de Bashar al-Assad en Siria. Tres cuestiones resaltan acerca de esta discusión. Primero, está llena de sorpresas en cada uno de los aspectos del asunto, incluida (tal vez especialmente) la más reciente propuesta rusa de que las armas químicas sirias sean entregadas a alguna agencia internacional. Segundo, el grado de oposición mundial a una intervención estadunidense ha sido extremadamente alta. Tercero, casi todos los actores han hecho declaraciones públicas que no parecen reflejar sus verdaderas preocupaciones o intenciones.

Comencemos con la llamada propuesta rusa inesperada, que el ministro de Relaciones Exteriores de Siria apoya. ¿Fue ésta en realidad el resultado de un comentario sin seriedad, a botepronto, del secretario de Estado John Kerry retomado inteligentemente por los rusos el día antes de que estuviera programado el presidente Obama para expresar su petición al pueblo estadunidense de respaldo al ataque militar? Parece que no. Aparentemente Kerry y el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, estuvieron discutiendo la posibilidad por más de un año sin hacer aspavientos.

La oposición mundial a un ataque estadunidense, incluida la oposición al interior de Estados Unidos, ha sido notable de dos formas. Esta es la primera vez desde 1945 que el gobierno estadunidense se enfrenta con ese grado de oposición interna a tal acción propuesta, especialmente en el Congreso, que hasta ahora siempre había seguido la corriente casi por rutina.

Es más, la oposición proviene de diferentes sectores y por diferentes razones, lo que la hace tan poderosa. El presidente Obama intentó desalentar la oposición prometiendo realizar únicamente un ataque “limitado”. Esto, de hecho, incrementó la oposición, añadiendo a las fuerzas contrarias a todas esas personas que en Estados Unidos, Medio Oriente y otras partes afirman que es insostenible un ataque “limitado”, que con toda seguridad sería ineficaz e inaceptable debido a que sería “limitado”.

¿Fue entonces Obama incompetente, o engañoso, o quedó meramente constreñido por la relativa decadencia del poderío estadunidense en el mundo? Probablemente las tres cosas. En su mensaje al Congreso y en sus declaraciones a su personal clave, la fuerza motivadora tras sus acciones puede verse con claridad. El asesor adjunto de seguridad nacional de Obama, Benjamin J. Rhodes, lo hizo explícito: “Durante décadas Estados Unidos ha jugado el papel de ceñir la arquitectura de seguridad global y de hacer cumplir las normas internacionales. Y no queremos enviar el mensaje de que Estados Unidos se está bajando de ese negocio, de ningún modo”.

Ése es precisamente el problema. Estados Unidos ya no tiene el poder para hacer cumplir sus decisiones. Pero Obama es renuente a reconocer esa realidad. Es precisamente este hecho lo que enfatizan muchos oponentes. Tomemos tan sólo dos: el superior de los jesuitas, el padre Adolfo Nicolás, y el presidente ruso, Vladimir Putin. El padre Nicolás dijo: “Pienso que una intervención militar es, en sí misma, un abuso de poder. Estados Unidos debe dejar de actuar y reaccionar como peleonero en el barrio del mundo”. Y Putin dijo en un artículo en The New York Times que disentía de la declaración de Obama acerca del “excepcionalismo” estadunidense. Es extremadamente peligroso alentar a la gente a verse a sí misma como excepcional”. Intenten imaginar a Joseph Stalin haciendo tal afirmación acerca de Estados Unidos y a The New York Times publicándolo. Los tiempos han cambiado.

Finalmente, es ésta la razón por la que no podemos dar por hecho las declaraciones públicas de ninguno de los actores. Por ejemplo, abastecimiento de armas a los rebeldes. No tengo duda de que la CIA, Arabia Saudita y Qatar han estado enviando algunas armas. Pero, ¿cuántas? Los tres países están asustados por la perspectiva de que estas armas fortalezcan, a final de cuentas, a sus reales enemigos. Para casi todo mundo en la región Assad no es un problema. Es mejor para ellos que Al Qaeda. Esto es cierto aun, o especialmente, para los israelíes. Pero todos ellos tienen preocupaciones que no implican a Siria. Israel quiere que Estados Unidos se comprometa con una acción militar como preludio de una acción contra Irán. Arabia Saudita quiere asegurar su liderazgo en el mundo árabe mediante una juiciosa y limitada acción en Siria. Qatar quiere contener a Arabia Saudita. Y el ejército egipcio por supuesto prefiere a Assad que a ningún otro.

¿Adónde entonces nos dirigimos? La guerra civil siria continuará por largo tiempo. Siria puede terminar como una serie de feudos bajo el control de diferentes fuerzas armadas. La comunidad cristiana puede desaparecer casi por completo tras casi dos milenios de existencia ahí. Los halcones que pretenden una guerra más amplia continuarán pujando por ella en todas partes. Las posibilidades de esta expansión son pequeñas, pero están muy lejos del cero. Debemos mantener con gran energía la oposición a una intervención militar injustificada en Siria por parte de Estados Unidos.