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Italia"Algo ha cambiado tras el 12 de diciembre, pero el camino es aún muy difícil”

ITALIA: ENTREVISTA A FRANCO TURIGLIATTO

ALAIN KRIVINE


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Antiguo senador, Franco Turigliatto forma parte de la dirección de Sinistra Anticapitalista. Con él analizamos la situación social y política de Italia tras la gran jornada de huelga y de movilización del 12 de diciembre.
¿Cuál ha sido la importancia de las movilizaciones de este viernes?
Tras años de una pasividad total de las grandes organizaciones sindicales frente a la política de austeridad llevada a cabo por los gobiernos de los patronos (Berlusconi, Monti, Letta), ha habido por fin una huelga general contra las medidas del actual gobierno Renzi compuesto por el Partido Demócrata (PD), un partido de centro y el autodenominado Nuevo Centro derecha. De hecho, goza también del apoyo de Forza Italia de Berlusconi, aunque formalmente este partido esté en la oposición. Es un gobierno de los patronos que se alinea con la política de la Troika europea, más allá de la propaganda demagógica de Renzi.
La huelga ha sido convocada por el principal sindicato, la CGIL, y por la UIL (los dirigentes de estos dos sindicatos están afiliados al PD) y ha sido un claro éxito, con manifestaciones masivas en 54 ciudades (40.000 en Milán y en Turín, y más de 20.000 en Roma y Nápoles). La otra gran organización sindical, la CISL ultra progubernamental, no ha participado en la huelga.
La huelga ha llegado tras cerca de dos meses de movilizaciones. Comenzó con luchas por la defensa del empleo, en particular en la metalurgia. Luego, en Roma el 25 de octubre hubo la gran manifestación nacional de la CGIL en la que participaron varios centenares de miles de trabajadores y trabajadoras. En fin, la huelga muy combativa del 14 de noviembre, convocada por los metalúrgicos de la FIOM/CGIL en el centro norte del país (en el sur y en las islas, la huelga tuvo lugar en otra fecha) con un gran cortejo muy antigubernamental en Milán.
El mismo día ha tenido lugar la "huelga social", es decir la huelga de los sindicatos de base, de los movimientos sociales, de los trabajadores en precario y de los estudiantes, con manifestaciones en decenas de ciudades. En este contexto de lucha, con un gobierno que ataca directamente los derechos de los trabajadores e incluso a los aparatos sindicales, los dirigentes de la CGIL y de la UIL se han visto obligados a convocar la huelga.
¿Cuáles son las líneas de ataque del gobierno y de los patronos?
En el centro de los ataques está la nueva ley sobre el derecho del trabajo (lo que se llama el Jobs Act), que destruye completamente los derechos de los trabajadores en las empresas. Son derechos que están garantizados por el código del trabajo de 1970, una de las conquistas de aquel gran período de luchas del movimiento obrero italiano. En la nueva ley se da a los patronos toda la libertad para despedir y vigilar a los trabajadores, y reducir sus calificaciones, a fin de garantizar una mayor explotación.
Luego está la ley de estabilidad financiera que combina dos tipos de medidas: un gran regalo a la patronal, con una fuerte reducción de los impuestos para las empresas, y nuevos recortes en los gastos sociales del estado, de las regiones y de los municipios.
Por otra parte, está en curso un proceso de privatización de la escuela pública. En fin, hay un decreto"Desbloquear Italia", que da las manos libres a la especulación inmobiliaria y a la destrucción del medio ambiente.
¿Qué consecuencias puede tener esta jornada a nivel político y en la recomposición del movimiento obrero?
La cuestión de fondo está en saber si este movimiento continuará tras la jornada del 12 para poner en cuestión la política del gobierno. Tras años de gran pasividad, algo ha cambiado, pero el camino de la recomposición de un movimiento obrero organizado y combativo es aún muy difícil. Estamos por tanto lejos de la reconstrucción de una unidad entre los diferentes movimientos y las diferentes generaciones.
Este proceso es absolutamente necesario para hacer frente no solo a la acción de los capitalistas, que quieren una sociedad vencida y fragmentada, sino también para combatir la presencia cada vez más amenazadora de la Liga del Norte de Salvini (que ha dado un giro nacionalista y que actúa ya en pleno acuerdo con el FN francés) y contra sus aliados de la extrema derecha que, en esta descomposición de la sociedad, esperan construir su proyecto racista, reaccionario y antidemocrático.
¿Cuáles han sido los papeles de los partidos, de los sindicatos y de los movimientos sociales?
Los grandes partidos oficiales que han gobernado estos últimos años son todos unos gestores de la austeridad. Las fuerzas de la izquierda son débiles y están divididas, aunque, alrededor de la “Lista Tsipras”, que en las elecciones europeas ha superado el umbral del 4%, estén en curso tentativas de unidad y de recomposición. Por el momento dominan las dificultades, en parte porque la principal formación, Sinistra Ecologia e Libertà (SEL) de Vendola, busca la unidad con el PD. Rifondazione se ha debilitado mucho estos últimos años y sufre divisiones internas. Además, una gran parte de esta izquierda está aún muy dependiente o ligada al aparato de la CGIL o al ala izquierda de la dirección de la FIOM.
La dirección burocrática de la CGIL tiene la gran responsabilidad de haber avalado durante años la política liberal. Hoy está obligada a tomar la iniciativa, pero es difícil pensar que va a construir un movimiento global a la altura de los ataques en curso. Esto se explica también porque su principal objetivo es asegurarse un lugar en la “mesa de negociaciones”, jugar un papel de mediación con el gobierno, salvaguardando a la vez su aparato y su credibilidad ante los trabajadores encontrando compromisos que limiten los daños. Esta orientación se ha expresado en la plataforma reivindicativa del 12 de diciembre que era muy general y no pedía, lisa y llanamente, la retirada de las medidas del gobierno.
La batalla para dar una continuidad a la lucha sobre la base de una plataforma clara y radical y por la convergencia entre el movimiento obrero y los movimientos sociales es la que lleva a cabo mi organización, Sinistra Anticapitalista.
¿Hay reagrupamientos de “lucha de clases” en los sindicatos o fuera de ellos?
En el último congreso de la CGIL emergió una corriente de izquierda, pequeña pero significativa y activa: “El sindicato es algo diferente”. Es una oposición en la CGIL, presente en todas las categorías pero en particular entre los metalúrgicos.
Y luego hay diferentes sindicatos de base, cuya capacidad de acción y de movilización, políticamente importante, es sin embargo limitada. Ha habido tentativas de tomar iniciativas unitarias (por ejemplo entre estas diferentes fuerzas en la jornada del 14 de noviembre) pero domina aún un espíritu sectario de autodefensa, que se caracteriza por la decisión muy errónea de no participar en la huelga del 12 de diciembre. Se han cortado de hecho de la gran masa de los trabajadores y trabajadoras que han optado por movilizarse en esa jornada crucial. Con esta orientación política, es difícil erosionar las posiciones de los aparatos sindicales mayoritarios.
¿Qué hay de Beppe Grillo y de su movimiento?
El movimiento Cinco Estrellas (M5 stelle) es la principal fuerza de oposición parlamentaria. En las instituciones lleva a cabo batallas democráticas significativas, entre ellas la de la Jobs Act. Es una fuerza que conoce hoy dificultades aunque tenga todavía un importante apoyo electoral. Más allá de una gestión “patronal” y vertical de sus dos jefes, el M5 es una fuerza que no se expresa en el plano social, en las luchas y en las movilizaciones. Sencillamente, no las comprende. Muchos de sus electores participan en los movimientos sociales y estaban ciertamente en la calle el 12, pero el partido como tal, a causa de su naturaleza política y de clase (ni de derechas ni de izquierdas…) y de su estrategia, no es capaz de ser un sujeto activo en la construcción de una movilización social, y en particular de la clase obrera. Claramente, reconstruir el movimiento obrero no es su problema. Al contrario, sus éxitos electorales vienen de una combinación de rabia y de pasividad social. La reconstrucción de un movimiento obrero y social fuerte es más que nunca la tarea de la izquierda con una orientación de lucha de clases.
20/12/2014
http://www.npa2009.org/actualite/italie-quelque-chose-change-mais-le-chemin-est-encore-tres-difficile
Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Italia: Renacen las luchas en Italia


ANDREA MARTINI
Lunes 24 de noviembre de 2014
Italia está sometida desde hace años a políticas que están acabando con los derechos, las condiciones de vida y las libertades democráticas de las clases populares. El gobierno de derechas de Silvio Berlusconi (2008-2011), el gobierno “técnico” de Mario Monti (2011-2013), el gobierno de centro “izquierda” de Enrico Letta (2013) y, en estos momentos, el de Matteo Renzi (los tres últimos bajo la supervisión del presidente de la República, Giorgio Napolitano, que ejerce la jefatura del Estado desde 2006), todos ellos han aplicado duras políticas de austeridad de un modo cada vez más explícito.
En el plano institucional se está desarrollando una reforma encaminada a poner en manos de unos pocos todas las palancas del poder. Se pretende transformar el Senado en un ridículo organismo de 100 personas que ya no serán elegidas libremente por los ciudadanos, sino nombradas desde arriba y por tanto privadas de toda capacidad de decisión real. Ya han corrido la misma suerte los 100 consejos provinciales, también nombrados a dedo y no elegidos, que solo sirven para colocar a los notables que no consiguen salir elegidos para otra función. La nueva ley electoral en debate prevé un sistema en el que nada más que dos partidos puedan desempeñar algún papel político y estar presentes en las instituciones; permite al partido mayoritario, aunque sea muy minoritario en el conjunto del censo electoral, gozar de mayoría absoluta en el parlamento en detrimento de la representación real del país y de la democracia. Si prospera esta propuesta de ley, la mayoría de los diputados de la Cámara también serán nombrados a dedo. Además se prevé restringir drásticamente las opciones al referendo (o sea, a la expresión popular directa, entre otras cosas a raíz de la experiencia de los referendos de 2011) y la posibilidad de impulsar iniciativas legislativas populares. Se pretende alterar el mecanismo original de la Constitución, reduciendo u obstaculizando la libre participación de las ciudadanas y ciudadanos en la vida política y social. En esta cuestión también ha sido determinante la presión, impropia y anticonstitucional con respecto a su función de garante, del presidente de la República.
En el plano económico, la reforma constitucional, que obliga a “equilibrar el presupuesto”, impide formalmente cualquier tipo de intervención pública en la economía, empujando al Estado central y a las autonomías locales a emprender procesos de privatización generalizados. Todo esto en un contexto de crisis que dura desde el año 2008 y de profunda recesión (PIB negativo desde hace dos años…), prolonga la crisis del empleo, que formalmente ya afecta a más de tres millones de personas (una tasa de paro que ya ronda el 13 %, con un pico del 42 % entre los jóvenes), a los que hay que añadir otros tres millones que han renunciado a buscar trabajo y más de 600 000 en regulación de empleo, o sea, en un estado que podría calificarse de “desempleo temporal”. Los puestos de trabajo destruidos en los años de recesión ya superan el millón y medio, con decenas de pequeñas y medianas empresas que día tras día anuncian el cierre. Los pobres superan los tres millones (el 1,8 % de las familias), y los diez millones si se incluya la “pobreza relativa” (casi el 13 % de las familias). Aunque se carece de datos estadísticos, son numerosísimos los llamados working poor (pobres con empleo).
Masacre social
Mientras tanto, en el plano social, los golpes de los sucesivos gobiernos se han abatido sobre todas las conquistas sociales de los años 60 y 70 del siglo pasado. Las pensiones se han visto mermadas tras varias “contrarreformas”, siendo la última y la peor la de noviembre de 2011, del gobierno Monti-Fornero, que aumentó drásticamente en 5 años la edad de jubilación y anuló toda posibilidad de jubilación anticipada. Los convenios colectivos nacionales, que habían asegurado desde finales de los años 60 la solidaridad de clase entre trabajadoras y trabajadores de todo el país, han quedado desvirtuados y convertidos en gran parte en instrumentos para agravar la explotación. Los salarios están congelados desde el año 2010, con un bloqueo también formal para los funcionarios públicos, y en el fondo también para el sector privado. Los horarios de trabajo se han ampliado mediante varios instrumentos, redoblando de este modo el aumento del paro y por tanto la presión social de los parados, dispuestos a aceptar un puesto de trabajo en las condiciones que sean.
Numerosos trabajadores (varios cientos de miles) que habían perdido el empleo, pero que debido a las nuevas normas en materia de pensiones de jubilación ya no tenían derecho a percibir ninguna, se han quedado sin ningún ingreso. Después se ha reducido el subsidio de paro, tanto en su cuantía como en su duración, a fin de llevar a los parados a la desesperación y a aceptar cualquier trabajo que les ofrezcan. El gasto público social se ha recortado drásticamente, tanto el que corre a cargo del gobierno central como –todavía más drásticamente– el que corresponde a las entidades autónomas locales, con la correspondiente merma de la cantidad y la calidad de los servicios públicos. La escuela y la universidad públicas han sufrido profundos recortes, en beneficio, claro está, de la enseñanza privada. Análogamente, el servicio sanitario nacional también ha visto fuertemente recortados sus ingresos a favor de las clínicas y las mutuas privadas. El recorte de los servicios ha dado pie a una disminución significativa del número de contratados de las administraciones públicas, bloqueando válvulas de escape para el empleo.
Paralelamente asistimos a una rápida y progresiva operación de privatización de todos los servicios, pese a que 26 millones de electores hubieran rechazado en 2011 la política de privatizaciones. Hace ya años que se ha anulado totalmente la financiación para las casas y las capas más pobres, forzando cada vez más la convivencia de más núcleos familiares en la misma vivienda. En los últimos meses el movimiento que con la ocupación de pisos vacíos había tratado de dar una respuesta a esta emergencia social se ha visto golpeado por un decreto que prohíbe a las compañías de gas y electricidad mantener el suministro a casas ocupadas “ilegalmente”. La actitud resignada y a veces cómplice de los grandes aparatos sindicales ha contribuido a que se consienta esta masacre social. Dos importantes organizaciones (la CISL y la UIL) han aceptado explícitamente la orientación neoliberal dominante tratando de reservarse una función servil en su seno.
Evolución de las centrales sindicales
La principal organización sindical, la CGIL, ha mantenido un perfil ambiguo, criticando, a veces incluso severamente, las decisiones de los gobiernos, pero siempre considerando inútil oponerse. Al adoptar una línea moderadamente crítica, la CGIL no ha logrado impedir, y ni siquiera limitar, las secuelas devastadoras de la política económica nacional y europea. La CGIL, el sindicato mayoritario del país (casi 6 millones de afiliados, 16 000 permanentes) que el siglo pasado estuvo vinculado al Partido Comunista, ha llegado a caer prácticamente, debido a su línea política, en la irrelevancia. De un modo cada vez más claro, de Berlusconi a Renzi, los sucesivos gobiernos la han relegado a un papel marginal, que puede comprometer incluso su continuidad en el plano organizativo. La federación metalúrgica de la CGIL, la FIOM, ha adoptado desde hace tiempo una línea política más combativa. En los primeros años de este siglo ya participó como tal organización en el movimiento antiglobalización y en las jornadas de Génova en 2001. Después se enfrentó a la patronal de la multinacional Fiat y se desvinculó abiertamente de las decisiones moderadas y colaboracionista de los metalúrgicos de la CISL y de la UIL. Alrededor de 2010 aparece como un punto de referencia alternativo a la deriva moderada de la CGIL y, en cierta medida, a la crisis de la izquierda política.
Sin embargo, en los últimos años el grupo dirigente de la FIOM ha adoptado una política bamboleante, oscilando entre proclamaciones radicales y una práctica sindical mucho más conformista. Tan solo en las últimas semanas, ante la nueva agresión gubernamental a los derechos de los trabajadores y sus condiciones laborales, la FIOM se orienta hacia un recrudecimiento de la lucha. En la CGIL existe desde siempre una izquierda sindical que en el último congreso obtuvo 42 000 votos, conquistando una presencia en la dirección nacional del sindicato. Esta corriente (que ha adoptado el polémico nombre de “El sindicato es otra cosa – Oposición CGIL”) cuenta con una implantación significativa en algunas fábricas importantes del país.
Al margen y a la izquierda de las grandes confederaciones tradicionales se formaron, en las décadas de 1980 y 1990, diversas organizaciones sindicales más radicales, como la COBAS, la USB, la CUB y numerosas siglas menores. Son organizaciones numéricamente muy pequeñas en comparación con las tradicionales, que además tienen dificultades para acceder a las prerrogativas sindicales y a la contratación. No obstante, han protagonizado algunas luchas significativas y acumulado energía y cuadros que, disgustados con la política de las grandes confederaciones, de otro modo se habrían dispersado y abandonado la militancia. En los últimos tiempos, sin embargo, y pese a que la moderación de los sindicatos confederales resulta cada vez más evidente, su capacidad de presión disminuye por momentos. Esta dificultad se agravará en los próximos meses a causa, entre otras cosas, del pésimo acuerdo sindical suscrito por la CGIL, la CISL y la UIL con la patronal privada, que limita escandalosamente las libertades sindicales de las demás organizaciones.
Nuevo ataque a los derechos laborales
En el mes de septiembre, el gobierno de Renzi sometió al parlamento una propuesta de ley sobre el trabajo, conocida por el anglicismo dominante de Jobs Act. Se trata de un proyecto que entre otras medidas (todas favorables a la patronal) prevé anular la norma que desde hace más de 40 años impide a las empresas los despidos injustificados, comúnmente denominada “artículo 18”. El gobierno de Berlusconi ya intentó en 2002 promulgar una medida similar, pero una fortísima movilización (en particular de la CGIL, que reunió en las calles de Roma a más de un millón de personas) se lo impidió. Ahora un gobierno presidido por el líder de un partido que se define de izquierda y que es miembro del Partido Socialista Europeo pretende hacer lo mismo. Pocos días después de la publicación de la Jobs Act, las plantillas de algunas empresas se declararon en huelga, bloquearon los accesos y se manifestaron en la ciudad. Se trata de movilizaciones semiespontáneas que inducen a la FIOM a dar un nuevo giro a la izquierda con la proclamación de huelgas locales.
La propia CGIL no puede permanecer de brazos cruzados. La política gubernamental es muy agresiva, no solo contra el mundo del trabajo y las clases populares, sino también contra el papel y las prerrogativas de los aparatos burocráticos. Una primera iniciativa ha consistido en organizar una gran manifestación nacional en Roma, en la que han participado 200 000 personas indignadas y combativas. Muchos jóvenes, muchos inmigrantes, muchas fábricas empeñadas en las luchas contra los despidos, los cierres de empresas, las deslocalizaciones. Se ha difundido a bombo y platillo la demanda de proclamar una huelga general. La corriente de izquierda de la CGIL, con una gran presencia en el cortejo, reclamaba en sus pancartas un salto delante de la lucha y la huelga general inmediata. Y la CGIL, al cabo de dos semanas de titubeos y tras un encuentro inútil con el gobierno, en el que se ha visto de nuevo maltratada, y después de un intento vano de reconstruir un frente unitario con la CISL y la UIL, ha decidido proclamar una jornada de huelga general con manifestaciones regionales.
Mientras, el 14 de noviembre, un frente de movimientos (organizaciones estudiantiles, asociaciones de trabajadoras y trabajadores precarios, centros sociales, movimientos ecologistas) y de pequeños sindicatos radicales (en particular la USB, COBAS y CUB) organizan una jornada de movilización y de huelgas. La FIOM participa en dicha jornada con una huelga del sector metalúrgico y una gran manifestación en Milán. Está claro que la plataforma reivindicativa de la CGIL para la huelga es ambigua, no aspira más que a modificar aspectos de la política económico-social del gobierno y no plantea la caída del gobierno de Renzi, que sigue siendo el líder del principal partido de centro-izquierda. Además sigue supeditándose abiertamente a la minoría “laborista” del PD, a la que considera el único interlocutor político disponible. Asimismo, la decisión de última hora de posponer la iniciativa del 5 al 12 de diciembre para converger en la huelga con la UIL, una organización sindical implicada en los peores acuerdos favorables a la patronal, contribuye a que los contenidos de esa jornada resulten todavía más ambiguos.
Cambio de clima político y social
En todo caso, la decisión del aparato burocrático de la CGIL de proclamar una huelga de 24 horas en todos los sectores tiene que ver con el cambio de clima que se está viviendo en Italia. La dureza del ataque y su carácter descarado; las protestas, minoritarias pero extendidas, que reciben al jefe del gobierno en todos sus viajes; las iniciativas de huelga espontánea que han protagonizado algunas fábricas más radicales; el despertar contradictorio, pero obligado, de los aparatos sindicales, todos estos son elementos que están contribuyendo a sacudir a la clase trabajadora italiana del sopor en que se había hundido últimamente, sobre todo tras el fin de los gobiernos de Berlusconi. En los últimos años, Italia se ha situado en la cola de los países en lo que respecta a la lucha contra la política de austeridad. Salvo las movilizaciones de las empresas directamente afectadas por quiebras o deslocalizaciones, aunque todas ellas aisladas, sin ni siquiera tratar de crear una red de coordinación entre luchas potencialmente convergentes, el grueso de la clase trabajadora parecía resignada a perder gran parte de las conquistas de los decenios anteriores.
El mismo mundo juvenil, salvo breves y esporádicas llamaradas de movilización, estaba sumido en la pasividad. Durante años, ningún episodio significativo de lucha generalizada del tipo de las que se vieron con las Mareas en el Estado español o de las huelgas generales repetidas en Grecia. Ahora están acumulándose los síntomas de un cambio de tendencia. Todavía es pronto para decir que la contestación a la política de austeridad está generalizándose, pero es cierto que es la primera vez en años que esta posibilidad parece concretarse. No es por casualidad que la popularidad de Renzi comience a decaer tras el éxito que obtuvo su partido en las elecciones europeas (el 40,8% de los votos, aunque con una participación electoral de tan solo el 58 %). Esto es positivo, pero se ve contrarrestado por el hecho de que la inicial radicalización política y social empuja también a la derecha a modificar su política. En efecto, como alternativa al liderazgo de Berlusconi se afirma cada vez más el de Matteo Salvini, de la Liga Norte, en alianza con grupos de extrema derecha declaradamente nazifascistas.
Queda la extrema debilidad de la izquierda “radical”. Tras las derrotas de los últimos años, todas ellas debidas a una política subordinada al Partido Democrático, y las crisis organizativas, las principales organizaciones de la izquierda radical tratan confusamente de reorientarse ante la imposibilidad cada vez más evidente de buscar una alianza con el PD. La lista “Con Tsipras por la otra Europa” (que obtuvo 3 escaños en el Parlamento Europeo) manifiesta todas las contradicciones irresueltas de la izquierda italiana: una constante disputa interna que elude la necesidad de construir un frente social y político contra la austeridad y la nunca ocultada disposición a contraer alianzas hacia la derecha, siempre en versión electoralista y moderada. Sin embargo, el clima que está cambiando impone a todos la máxima claridad. Las potencialidades de las nuevas movilizaciones y la ocasión misma de la huelga del 12 de diciembre exigen dar un salto cualitativo.
18/11/2014
Andrea Martini es miembro de Sinistra Anticapitalista.
Traducción: VIENTO SUR

Italia: Los forconi, revuelta social y pequeña burguesía



Henri Wilno
Viento Sur, 6 de febrero de 2014
  

A final de 2013, muchas ciudades italianas estuvieron afectadas por cortes de carreteras, ocupaciones de plazas públicas y manifestaciones “sorpresa”. Sus actores son capas sociales poco acostumbradas a este tipo de lucha: comerciantes, artesanos, camioneros, pequeños campesinos, junto a otras franjas populares situadas más o menos en los márgenes de la sociedad: jóvenes de barriadas, parados y también estudiantes. Se les ha denominado forconi (los que blanden horcas).

Henri Wilno

En enero de 2012 tuvo lugar en Sicilia un movimiento de empresarios camioneros. Durante varios días bloquearon los accesos portuarios y las carreteras y autopistas cercanas a Palermo. Trataban de protestar contra el precio del fuel, siendo su principal reivindicación la reducción de impuestos. Estas acciones se beneficiaron del apoyo, o de la participación, de otras categorías sociales: pescadores (también sensibles al precio del fuel), campesinos, empresarios y artesanos de la construcción, parados...

Este movimiento traducía aspiraciones más amplias que el precio del fuel e hizo aparecer a los forconi, nacidos en Sicilia en el medio agrícola durante el verano de 2011. Estos forconi sicilianos mezclaban una temática regionalista (más autonomía para Sicilia respecto al gobierno central), la afirmación del derecho a la “dignidad”, denuncias de la corrupción de los políticos y de su negativa a escuchar las reivindicaciones populares, y un rechazo del gobierno y de la Banca Central europea. Se declaraban apolíticos y contrarios a los partidos políticos, aunque algunos observadores habían señalado la presencia de elementos de extrema derecha en el movimiento, sobre todo de Forza Nuova.

Por parte de los partidos políticos nacionales, llegaron declaraciones de apoyo más o menos explícitos al movimiento de enero de 2012 de la “Italia de los valores” (centro izquierda) y de Beppe Grillo. Los grandes partidos guardaron un penoso silencio. En cuanto a los animadores de los movimientos sociales sicilianos, se dividieron: algunos denunciaron las acciones de protesta apuntando la presencia de los neofascistas, mientras que los animadores de dos centros sociales de izquierda de Palermo/11 declararon: “Estamos con los forconi, es un combate legítimo, popular y ampliamente apoyado, que necesita una buena orientación. No tenemos miedo de ensuciarnos las manos por hacerlo”.
La onda de choque del 9 de diciembre

Desde este primer asalto, se despejaron las características que siguen definiendo al movimiento: centro de gravedad pequeño-burgués, eco popular, presencia de la extrema derecha, inacción de los grandes partidos y sindicatos, interrogantes a la “izquierda de la izquierda”.

En 2012 y 2013 el movimiento forconi fue brotando en distintas regiones italianas. Se formaron coordinaciones a nivel regional y nacional sobre consignas generales contra los impuestos, contra los políticos, los parásitos (apuntando a los funcionarios), los sindicatos que sólo defienden a los trabajadores que tienen un empleo, etc. A ello se añade también el “orgullo de ser italiano”. El 9 de diciembre de 2013 y los días siguientes, tuvieron lugar importantes manifestaciones en decenas de localidades, caracterizadas por cortes de carreteras, invasiones de vías férreas y enfrentamientos con la policía delante de edificios públicos. Estas manifestaciones fueron particularmente importantes y duras en Turin, ciudad tradicionalmente obrera, aunque muy afectada por las reestructuraciones industriales (automóvil, sobre todo), habiendo perdido una cuarta parte de sus habitantes respecto a 1971. En Turin y en Génova hubo policías que se quitaron el casco en señal de simpatía con el movimiento.

Al igual que en el movimiento siciliano del año anterior, a las capas pequeño-burguesas tradicionales se les unieron parados, jóvenes de los barrios, algunos estudiantes. Los manifestantes la emprendieron con el gobierno de Enrico Letta y su política de austeridad, con los políticos corruptos (“Que se vayan todos”), con la subida de impuestos, con los bancos, el euro y la Unión Europea. Muchos llevaban banderas italianas y cantaban el himno nacional. En Turin se vio también a militantes de los centros sociales que declaraban: “No estamos de acuerdo pero estamos en el movimiento de protesta para cambiar la trayectoria”.

Después de esta erupción, durante el resto del mes de diciembre tuvieron lugar diversas acciones locales de los forconi, mientras aumentaban las divergencias entre “moderados” y “duros”, en particular sobre los medios de acción. El ala “dura” (cuyo principal dirigente Calvani, agricultor, llegó en Jaguar a una reunión) llamó a manifestarse en Roma el 18 de diciembre (en una de sus múltiples declaraciones, Calvani llegó a hablar de una salida militar a la situación). A pesar del refuerzo de los fascistas de la Casa Pound, esta acción fue un fracaso, con menos de 3.000 participantes. Uno de los animadores de los “duros”, Andrea Zumino (agricultor de la Italia del norte) se distinguió declarando que Italia estaba siendo esclavizada por los banqueros judíos...

Los “moderados”, con Marianno Ferro (también agricultor, procedente del Movimiento para la autonomía de Sicilia, tradicional aliado de la derecha), se disociaron de la iniciativa del 18 de diciembre. Algunos forconi de este ala “moderada” desplegaron simbólicamente una banderola el 23 de diciembre en el Vaticano, delante del Papa: “Los pobres no pueden esperar”. Pero parecía que la principal cita del movimiento debería ser el 10 de enero, cuando expiraba el ultimátum lanzado al presidente del Consejo, Letta, para obligarle a dimitir. Conforme se acercaba la fecha, las controversias entre Calvani y Ferro redoblaron en intensidad. Y las iniciativas de los “duros” el 10 de enero no atrajeron a mucha gente.

¿Una explosión sin futuro?

Hay materia para interrogarse sobre el futuro de los forconi. Después de la conmoción de diciembre, la prensa y los grandes partidos volvieron a los juegos políticos. Pero de hecho, el movimiento forconi es la expresión de una doble crisis: de la formación social italiana, y de un modo de gobierno donde, tras la caída de Berlusconi, derecha e izquierda se han coaligado en el gobierno para llevar a cabo una política ultraliberal. Más que otros países europeos, Italia se caracteriza por la importancia de las capas pequeño-burguesas tradicionales no asalariadas. Así, según el Insee, en el año 2006 había en Italia 120 comercios minoristas por cada 10.000 habitantes, contra algo más de 30 de Alemania y Reino Unido, y 70 en Francia. Según la Oficina Italiana de Estadísticas (Istat), en 2011 las pequeñas empresas (menos de diez asalariados) tenían en Italia un peso superior a la media europea: 81% del empleo (67% de media europea) y un tercio del valor añadido (contra un 20%).

Estas capas han podido sobrevivir gracias sobre todo a diversas reglamentaciones protectoras y al fraude fiscal. Pero la liberalización del comercio y el desarrollo de las grandes cadenas de distribución ponen en dificultades al pequeño comercio local y sobre todo a los vendedores ambulantes. Después de seis años de crisis económica, los despidos y el crecimiento del paro pesan sobre el consumo, lo que fragiliza también a estos comerciantes y artesanos. En fin, en el marco de las políticas de austeridad, se exigen permanentemente sacrificios cuya única función es restaurar los beneficios y las rentas de la patronal y la gran burguesía. Estos sacrificios recaen ante todo sobre los asalariados, pero no dispensan, a través de la fiscalidad, a estas capas pequeño-burguesas (algunas de las cuales tienen la costumbre de subestimar las rentas que declaran).

Además, entre los pequeños empresarios con dificultades, se encuentran también parados, entre ellos un gran número de jóvenes y de antiguos asalariados que habían reunido todas las reservas financieras familiares para poner en pie un pequeño negocio con el que obtener unos ingresos/22. Por otra parte, según los datos más recientes del Istat, la tasa de paro italiana ha conocido un nuevo ascenso en noviembre de 2013, alcanzando el nivel récord del 12,7%, una subida de 1,4 puntos en un año. En el tramo entre los 15 y los 24 años, la tasa de desempleo ha alcanzado el 41,6%, su nivel más alto desde 1977. Según un informe del Istat de diciembre de 2013, uno de cada tres italianos está expuesto a riesgo de pobreza y los indicadores italianos de pobreza son superiores a la media europea, en particular el hecho de sufrir importantes privaciones materiales (29,9% de las familias, contra el 14,5%).

En el diario de izquierda Il Manifesto, un cronista escribía que la manifestación de los forconi de Turin, el 9 de diciembre, estaba compuesta sobre todo de “empobrecidos” (impovereti) –miembros de las capas medias empobrecidas, trabajadores precarios condenados a seguir siendo, parados, etc.

Esta situación es propicia a los movimientos de revuelta social a pesar de la inacción de las direcciones de los grandes sindicatos, que respaldan todas ellas, en distintos grados, las políticas neoliberales. El pasado 18 de octubre, los sindicatos de base (independientes de las grandes confederaciones) habían llamado a una jornada de huelga nacional y a una manifestación en Roma, contra la política de austeridad. La huelga fue seguida sobre todo en el sector público, en particular en la educación, salud, bomberos y transportes públicos locales. Al día siguiente, sábado 19 de octubre, se organizó una nueva manifestación en Roma, con el apoyo de los sindicatos de base, en el marco de la jornada europea por el derecho a la vivienda. Esta manifestación reunió a más de 70.000 personas y se situó de hecho bajo el signo de la lucha contra la precariedad. Muchos jóvenes y emigrantes sin papeles participaron en ella. Estas jornadas exitosas, a pesar de sus límites (movilización sólo de algunos sectores el 18, reaparición entre los promotores del 19 de la vieja teoría que distingue a los llamados trabajadores “garantizados” de los “no garantizados”), muestran la existencia de un potencial para movilizaciones más importantes/33. Pero no han marcado la situación hasta el punto de constituir una señal ampliamente percibida de la existencia de una oposición social capaz de volver a dar una esperanza frente al rodillo compresor de las políticas capitalistas.
Derecha e izquierda mezcladas

Desde la caída de Berlusconi en noviembre de 2011, se han sucedido dos gobiernos. El primero, dirigido por Mario Monti (exGoldman Sachs, excomisario europeo) estaba apoyado por todos los partidos representados en el parlamento (excepto la Liga del Norte y la extrema derecha). Emprendió una política de austeridad drástica y reformas liberales, algunas de las cuales afectan a la pequeña burguesía tradicional (horarios de apertura de comercios, por ejemplo). Las elecciones de febrero de 2013 vieron el éxito de las listas del movimiento “5 estrellas” de Beppe Grillo/44.

Tras algunos sobresaltos y diversas maniobras, se estableció un gobierno de unidad nacional (berlusconistas, exberlusconistas, izquierda parlamentaria) bajo la dirección de Enrico Letta (exdemócrata-cristiano, pasado al Partido Demócrata -elPD surgió de la transformación mayoritaria del antiguo PC italiano en un partido social-demócrata de orientación muy derechista). Este gobierno ha continuado la política de Monti con algunos retoques (supresión del impuesto sobre la vivienda principal).

El PD eligió en diciembre un nuevo dirigente, Matteo Renzi, uno de cuyos primeros gestos fue avanzar una propuesta de “Job act” con la medida-estrella para sustituir los diversos tipos de contratos de trabajo existentes en Italia por un contrato único, en el que la protección del asalariado crecería con la antigüedad. Esta reforma conduciría a la plena libertad de despido para todos los nuevos empleados. A pesar de ello, las direcciones sindicales aprueban el plan de Renzi o no quieren pronunciarse claramente contra él. Incluyendo a la CGIL (el equivalente de la CGT francesa en Italia), a pesar de la contestación interna.

Nada sorprendente que en este “pasticcio” donde se mezclan derecha e izquierda hayan surgido los forconi. Además están los asuntos de corrupción: la última revelación se refiere a L’Aquila, ciudad víctima de un temblor de tierra en 2009 y cuya reconstrucción está todavía por hacerse a pesar de los miles de millones de euros invertidos. Frente a los forconi, gobierno y direcciones sindicales han condenado las violencias cometidas en las manifestaciones y esperan que pronto el movimiento no sea sino un mal recuerdo.

Por parte de los partidos parlamentarios, Beppe Grillo (así como la Liga del Norte) ha sido el más claro en su apoyo a los forconi, mientras que Berlusconi también afirmaba su solidaridad. En la “izquierda”, por el contrario, el PD se ha presentado como defensor de las instituciones republicanas. Ocurre lo mismo con SEL (Sinistra, Ecologia, Liberta), cuyo líder Nichi Vendola ha declarado que las protestas eran un peligro para la democracia. Estos partidos refuerzan el sentimiento de amplias fracciones de las capas populares, de un desinterés por su situación por parte de la izquierda oficial. Como ha escrito Roberto Biorcio en Il Manifesto: “la horca brilla en el vacío de la izquierda”.

En cuanto a la izquierda radical, se encuentra dividida. Algunos sectores (entre ellos los militantes de los centros sociales arriba citados) han participado, más o menos, en las iniciativas de los forconi, poniendo el acento en la posibilidad de influir en algunos de sus componentes. Algunos, como uno de los líderes históricos del movimiento No Tav (movimiento de protesta contra el proyecto de construcción de la nueva línea de alta velocidad Lyon-Turin), Alberto Perino, se interrogan: “Cuando un pueblo está oprimido, se rebela y debe estar claro que nosotros no podemos dejar el campo libre a otros. Recordemos la experiencia de Aurora Dorada en Grecia. Existe el riesgo de que esto pueda reproducirse en italia. No digo que tengamos que ir del brazo con el “fascio”. Todo lo contrario. Pero si hay que prestar atención a que no nos instrumentalicen, hay que hacerlo de forma que no sean otros los que instrumentalicen la revuelta popular”.

Sinistra anticapitalista, una de las organizaciones de la IV Internacional en Italia, desarrolla una posición más distante respecto a los forconi. “Sería una ilusión peligrosa, como desvarían algunos en la izquierda, considerar que estas movilizaciones son precursoras de una real lucha positiva contra las políticas de austeridad y los gobiernos que las han aplicado”, escribe Franco Turigliatto. Diego Giachetti ha resumido el problema así: “Se trata de un fenómeno que muestra el potencial de radicalización hacia la derecha de sectores de la pequeña burguesía y del ‘sub-proletariado’, lo que puede convertirse en un peligro para la clase obrera, también duramente golpeada por la crisis y la política gubernamental (...) La debilidad y la ineficacia de las acciones de las direcciones sindicales y políticas abren la vía a este tipo de protesta. La cuestión no puede ser resuelta pretendiendo que estas movilizaciones pueden ser una verdadera lucha positiva contra las políticas de austeridad y los gobiernos que las aplican. Tampoco se puede dejar de lado estas movilizaciones considerándolas sólo como el fruto de un complot (¿destructor?) montado por grupos fascistas”. Estos análisis llevan a Sinistra anticapitalista a poner el acento en la necesidad de una movilización de los trabajadores contra el gobierno y las políticas de austeridad, para ofrecer una verdadera garantía a la cólera popular.

Forconi y “gorros rojos”

La cuestión puede plantearse así: ¿Forconi y “gorros rojos” ("bonettes rouges", expresión que adquirió a finales del año pasado la masiva movilización en Bretaña contra el eco-impuesto que quería imponer el gobierno Hollande. Ndt) son la misma cosa? Algunos han subrayado una proximidad. De hecho, de manera muy esquemática, la valoración de este tipo de movimientos depende de tres consideraciones: el hecho generador, las fuerzas que actúan en el interior, y su trayectoria.

Los “gorros rojos” y más en general el movimiento bretón, han tenido un doble origen: la defensa del empleo frente a planes de despido y una protesta contra el eco-impuesto. Este segundo aspecto aproxima a los forconi y las manifestaciones bretonas, mientras que los aleja la participación real de obreros en lucha, y no sólo de elementos populares atomizados como es el caso de Italia. Aunque el sindicato agrícola (FDSEA) y la patronal han actuado para centrar el movimiento bretón contra el eco-impuesto (y a favor de sus propias demandas), no lo han conseguido del todo, a pesar de la ayuda objetiva que, con su abstención, les han aportado lo esencial de las estructuras sindicales departamentales y el Frente de Izquierda. Por otra parte, el peso de la extrema derecha ha sido muy débil en las iniciativas bretonas (al contrario de lo que ocurre en Italia), más débil en todo caso que el de los militantes anticapitalistas organizados (sobre todo, el NPA) actuando por la expresión autónoma de un “polo obrero”. Los “gorros rojos” se han quedado como un movimiento regional mientras que los forconi han pasado de Sicilia al conjunto de la península.

Es difícil decir más en este estadio. Los dos movimientos recuerdan que las políticas liberales y la crisis pueden engendrar y engendrarán revueltas de capas distintas al proletariado. Los anticapitalistas, conservando su independencia, deberán confrontarse a ellas adaptando su táctica a cada situación concreta. “La acción política no es una acera de la perspectiva Nevski” (una acera limpia, ancha y unida a la arteria principal, absolutamente rectilínea, de San Petersburgo), subrayaba Lenin en “La enfermedad infantil del comunismo”...

Revue L’anticapitaliste nº 51 - febrero 2014-

Traducción: VIENTO SUR

NOTAS

1/ Después de los movimientos de los años 1970 y del movimiento autónomo, se instalaron jóvenes en edificios, muchas veces ocupados como lugares autogestionados donde se desarrollan actividades políticas, culturales, de ayuda, conciertos, debates, etc. La mayor parte de estos centros sociales están animados por militantes anarquistas o de la esfera de extrema izquierda. Pero existen también, sobre todo en Roma, centros sociales de derecha o neofascistas, el más importante de los cuales es la Casa Pound (en recuerdo del poeta Ezra Pound). La expresión “Casa Pound” designa a un movimiento político fascista que aspira a un desarrollo nacional.

2/ Ver: “Italia en la hora de la movilización de los sectores de la pequeña burguesía golpeados por la crisis”. Franco Turigliatto, diciembre 2013, http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article30687.

3/ Ver: “Italia, ¿un relanzamiento de las movilizaciones?, Franco Turigliatto, Inprecor nº 599-600, noviembre-diciembre 2013, e “Italia: los sindicatos de base en la calle”, Thierry Flamant, Convergence révolutionnaire, noviembre-diciembre 2013.

4. Ver: “Italia: en los orígenes de la crisis política”, Ugo Palheta, revista TEAN-L’Anticapitaliste, nº 43, mayo 2013, http://npa2009.org/node/37392.

Italia: El invisible pueblo de los nuevos pobres


Marco Revelli 
Viento Sur,29 de diciembre de 2013
  

[El movimiento de los “forconi” (de las horcas, por ser éstas los instrumentos simbólicos que llevaban) nació en Sicilia en enero de 2012, protagonizado por las protestas de los transportistas y agricultores. Posteriormente se ha extendido por toda Italia y recoge a vendedores ambulantes, precarios, estudiantes, desempleados, inmigrados, incluso ultras de los clubes de fútbol y agitadores de extrema derecha. Es un conjunto social disperso y desagregado, pero unido en manifestaciones en plazas públicas, donde se pide la caída del gobierno Letta, la salida del euro o la reducción de los impuestos.

Este artículo que publicamos a continuación expresa una determinada opinión sobre este movimiento y sobre lo que significa en estos momentos de profunda e histórica crisis social. Según el autor, no nos podemos fijar en la presencia de grupos fascistas para definir al movimiento como de carácter fascista. Otros comentaristas marcan precisamente la afinidad del movimiento con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922. De cualquier modo, este fenómeno social italiano, lo podemos relacionar con otras manifestaciones distintas en otros países europeos pero similares en lo que significan de protesta difusa, desarticulada, disgregadora, al margen – y muchas veces en contra– de las clásicas organizaciones políticas y sociales (partidos y sindicatos). Si la gente no ve en las históricas plataformas de organización una respuesta a sus demandas lo que hace, sencillamente, es salir a la calle y gritar, protestar, a veces destruir… ¿les queda otra alternativa?]

Turín ha sido el epicentro de la llamada “rebelión de las horcas”, al menos hasta ayer. Turín es también mi ciudad. Así que he salido de casa y me he ido a buscarla, la rebelión, porque como decía el protagonista de una vieja película de los años 70, ambientada en el tiempo de la revolución francesa, «si uno va, uno lo ve…». Bien, tengo que decirlo sinceramente: lo que he visto, a la primera ojeada, no me ha parecido una masa de fascistas. Y ni siquiera de vándalos de un clan deportivo. Ni tampoco de mafiosos o camorristas, o de evasores sin castigo.

La primera impresión, superficial, epidérmica, fisionómica —el color y la forma de los vestidos, la expresión del rostro, el modo de moverse— ha sido la de una masa de pobres. Quizá lo digo mejor: de “empobrecidos”. Las numerosas caras de la pobreza, hoy. Sobre todo de la que es nueva. Podríamos decir de la clase media empobrecida: los endeudados, los prejubilados, los fracasados o en riesgo de fracaso, pequeños comerciantes obligados por los requerimientos a quedarse en descubierto bancario, u obligados al cierre, artesanos con los requerimientos de Equitalia (agencia tributaria) y con el crédito cortado, transportistas, “pequeños patronos” con el seguro caducado y sin dinero para pagarlo, desempleados de larga y corta duración, ex albañiles, ex peones, ex empleados, ex mozos de almacén, ex titulares del CIF que ya no pueden soportar ese impuesto, precarios sin renovación gracias a la reforma de la ex ministra Fornero, trabajadores con contrato limitado, despedidos de las obras ya paradas o de las tiendas cerradas.

Los rostros marginales de cada categoría productiva, aquellas que están “al límite” o ya se han desplomado, las hasta hace poco todavía sutiles, hoy ya en rápida y quizá vertiginosa expansión… Alrededor, la plaza en círculo, con todas las tiendas cerradas, las persianas bajadas formando un muro gris como el de la muchedumbre. Y la “gente”, encerrada en los coches bloqueados por un filtro no asfixiante pero suficiente para generar inquietud, ella también con sus propios problemas, mirándolos —al menos en un primer momento— con cierto respeto, me ha parecido. Como cuando uno se para porque pasa un entierro. Y piensa “podría tocarme a mí…”. Levantaban el dedo pulgar —no el índice, el dedo pulgar— como diciendo “aquí andamos todavía “, desde los automóviles alguien respondía con el mismo gesto, y una sonrisa triste como preguntando “¿hasta cuándo?”.

No había otra comunicación: la “plataforma”, por decir algo, el común denominador que les unía era debilísimo, reducido a los huesos. El único cartel que mostraban decía “Somos ITALIANOS”, con caracteres cubitales, “Paremos ITALIA”. Y la única frase que repetían era: “Estamos hartos”. Es decir, si transmitían algún dato sociológico era éste: que eran aquellos que no aguantan más. Heterogéneos en todo, multitud solitaria por constitución material, pero reunidos por ese único, terminal estado de emergencia. Y de una visceral, profunda, constitutiva, antropológica extrañeza/hostilidad política.

No eran una astilla del mundo político. Eran un trozo de sociedad disgregada. Y sería un error imperdonable liquidar todo esto como producto de una derecha golpista o de un populismo radical. Había entre ellos gente de Fuerza nueva, es verdad, allí estaban. Como había ultras entre las escuadras. Y los cultivadores de la violencia por vocación o por frustración personal o social. Había de todo, porque cuando un contenedor social se rompe y deja escapar su propio líquido inflamable, a los incendiarios les ha caído el gordo. Pero no es esto lo que explica el fenómeno. No se ceba así una movilización tan amplia, diversificada, multiforme como la que se ha visto en Turín. La verdadera pregunta que hay que hacerse es por qué precisamente aquí se ha materializado este “pueblo” hasta ayer invisible. Y por qué una protesta en otro momento puntual y selectiva ha tomado un carácter tan masivo…

¿Por qué Turín ha sido la “capital de las horcas”? En parte porque ya existía un núcleo cohesionado —los vendedores ambulantes de Porta Palazzo, los llamados “mercatali”, ya movilizados desde hace tiempo— que ha funcionado como principio organizativo y detonador de la protesta, capaces de ramificarla y extenderla de forma capilar. Pero sobre todo porque Turín es la ciudad más empobrecida del Norte. Donde la ruptura sobrevenida a consecuencia de la crisis ha sido más violenta. Las cifras hablan.

Con sus casi 4.000 procedimientos ejecutivos en 2012 (cerca del 30% más respecto del año anterior, uno cada 360 habitantes como certifica el ministerio) Turín ha sido definido como “la capital de los desahucios”. En su mayor parte debidos a “morosidad involuntaria”, es decir, “cuando a consecuencia de la pérdida de empleo o el cierre de la actividad, el inquilino no puede pagar el alquiler”. Y ya se han anunciado otros 1.000, tal y como ha denunciado el obispo Nosiglia, para los inquilinos de las casas populares que han recibido la advertencia de pagar al menos los 40 euros mensuales marcados por una reciente ley regional, también a quien está clasificado como “involuntario” y que no se lo puede permitir.

Las actividades comerciales también están de luto: en los dos primeros meses del año han cerrado 306 tiendas, es decir, el 2% de las existentes, lo que equivale a 15 al día, y 626 en toda la provincia, de los que 344 son bares y restaurantes. Es la última estadística disponible, pero podemos suponer que en los meses sucesivos el ritmo no se ha parado. Otros casi 1.500 habían “muerto” el año anterior […]

Si echamos un vistazo al mapa de los grandes ciclos socio-productivos ocurridos en el tránsito hacia el siglo XX, está en crisis toda la composición social que la vieja metrópolis de producción fordista había generado en su pasaje hacia el post-fordismo, con la retroversión de la gran factoría centralizada y mecanizada en un territorio, la diseminación de las subcontratas, la multiplicación de empresas individuales que se emplean en aquello que quedaba del ciclo productivo automovilístico, las consultas externalizadas, el pequeño comercio como sucedáneo del welfare, junto con las prejubilaciones, los contratos por programa, los empleos interinos de bajo nivel (no los cognitarios de la creative class sino el peonaje de bajo costo)[1]. Era una composición frágil, que sobrevivía en suspensión dentro de la burbuja del crédito fácil, de las tarjetas revolving, del crédito bancario blando, del consumo compulsivo. Y así ha ido hasta que la presión financiera ha puesto sus manos en el cuello de los marginales, y cada vez más fuerte y cada vez más hacia arriba.

No da gusto ver esta segunda sociedad salida a la superficie con el símbolo tremendamente obsoleto, premoderno, de feudalismo rural y de jacquerie (levantamientos campesinos) como es la horca, pero a la vez portadora de una hipermodernidad explosiva. De una tentativa de transición fracasada. Pero es verdadera, más verdadera que los vacuos ritos que se vuelven a proponer desde arriba, en los tenderetes de las primarias que, precisamente decían también, con otra forma y con buen tono, que “no se puede aguantar más”, o en los programas de debate de la televisión. Es sucia, fea, mala. Esclavitud, también. Está llena de rencor, de rabia y a veces de odio. Porque la pobreza no es nunca serena.

Nada que ver con la “hermosa sociedad” (y la “hermosa subjetividad”) del periodo industrial, con el lenguaje del conflicto áspero pero aseado. Aquí la política es coto del orden del discurso. Ha sido demasiado profundo el abismo excavado en estos años entre representantes y representados, entre el lenguaje que se habla en voz alta y el dialecto con el que se comunica la gente de abajo. Demasiado vulgar ha sido el éxodo de la izquierda, toda la izquierda, de los lugares donde está la vida. Y quizás, como en la Alemania de los años treinta, serán sólo los lenguajes guturales de los nuevos bárbaros los que vayan al encuentro de esta nueva plebe. Pero sería una desgracia —peor, un delito— regalar a los centuriones de la derecha social el monopolio de la comunicación con este mundo y la posibilidad de que esos (malos) sentimientos coticen en su propia bolsa. Un enésimo error. Quizás el último.

13/12/2013

http://encampoabierto.wordpress.com/2013/12/20/el-invisible-pueblo-de-los-nuevos-pobres/

Marco Revelli es catedrático de Ciencia Política de la Universidad del Piamonte Oriental. El artículo apareció publicado en il Manifesto, el 13 de diciembre. la traducción la hizo J. Aristu.

[1] Es un término de Franco Berardi: el cognitariado es el conjunto de los que elaboran, crean y hacen circular los interfaces tecnolingüisticos, tecnosociales, tecnomédicos, etc., que articulan cada vez más profundamente la sociedad contemporánea. Según este autor constituirían parte del nuevo proletariado.

Italia: Un comunista, un anarquista, mas una página en la historia de la infamia


Pepe Gutiérrez-Álavrez
 Viento Sur,10 de octubre de 2013


En Italia, el fascismo fue derrotado, Mussolini no murió en la cama, pero el fascismo sigue vivo, es considerado más respetable que el “comunismo”. En Italia, murió el cine, y también parecen muertos los valores de la izquierda. Baste decir: Lampedusa.

En un lejano acto sobre la memoria histórica, situado en el marco del Foro Social celebrado en la Universidad de Barcelona, a José Mª Pedreño, uno de los portavoces de la “memoria histórica”, le sorprendió la existencia de “Altra Italia”, representante de un cierto “exilio italiano” actual. Uno de los ponentes se preguntó, cómo era posible que el país donde los partisanos habían derrocados a Mussolini, donde estos ajustaron las cuentas con el dictador y con al menos unos quince mil de sus sicarios, donde se habían producido monumentos a la memoria popular como Novecento, resultaba que muchos se exiliaban -¡aquí¡-, porque querían respirar un aire más libre.

Sí ahora pudiéramos escuchar la ponencia del amigo italiano, seguramente podríamos comprender la infamia racista y social que pone en evidencia la tragedia de Lampedusa, y con ello, preguntarnos sobre cómo el fascismo había regresado como parte de la “normalidad democrática” y de la mano de Berlusconi, y cómo toda la izquierda institucional, lo que antaño había sido el PCI, se muestra podrida hasta la médula.

Quiera que no, todo esto nos viene a la mente al registrar estos días, la muerte de dos nombres claves del cine italiano de los tiempos de Visconti, Fellini, Pasolini, etc., pero también de otros autores, sin duda más llanos e irregulares como Luigi Comencini, Dino Risi, Mario Monicelli, quien por cierto, se suicidó tirándose por un balcón, como finalmente lo ha hecho, Carlo Lizzani. La muerte de éste ha coincidido con la de otro personaje no menos importante, aunque mucho menos conocido por el gran público, el guionista Luciano Vicenzoni. Lizzani era comunista, Vicenzoni, anarquista. Dos filiaciones que, por supuesto, apenas se mencionan en los pocos medios que han comentado la noticia. Una noticia que ha coincidido igualmente con la atrocidad de Lampedusa, una momento que pone luz sobre las miserias de nuestro tiempo, sobre una historia a la que el nuevo cine italiano ha dedicado, al menos una película, Terraferma, digna continuadora del legado abierto por Roma, città aperta.

Carlo Lizzani fue, sin lugar a dudas, el más activo militante del PCI en la cinematografía italiana hasta el final de este partido. Antes de ser guionista, actor, director, crítico e historiador, fue un partisano.

Había nacido en Roma en 1922, el año de la “marcha a Roma” del Fascio, que se impuso a un socialismo enfermo de prudencia, y a un PCI que todavía no había dejado la cuna. Interesado desde temprana edad por el cine, ingresó muy joven en el PCI en la clandestinidad, combatió en la liberación de Roma, una historia relatada para la posteridad por su amigo y cómplice, Roberto Rossellini, quizás el primer “cristiano por el socialismo”. Lizzani trabajó como guionista suyo en la desesperada Alemania año cero (1948). También escribió el guión de Arroz amargo, interpretado por Silvana Mangano y que le valió la candidatura al Oscar en 1951. Aunque en la España franquista, la silueta sinuosa de Silvana Mangano se impuso sobre cualquier otra consideración, ésta era una película notable, reivindicativa, proletaria. La dirigió un camarada tan combativo como Carlo, Giuseppe di Santis, autor de una olvidada película revolucionaria, Caccia tragica (1947).

Aunque Lizzani no se cuenta entre las “grandes”, no es menos cierto que sus películas estaban bien escritas, ya que nunca dejó de ejercer como guionista, y que mantuvo un digno nivel general. Sus inicios fueron más que notables, su opera prima, un vibrante canto a la Resistencia: Achtung! Banditi! (1951), fue rodada en sistema cooperativo, siendo Gina Lollobrigida la que pagó la mayor parte, debutando en un papel que muy diferente a los que hizo después. Con Al margíni delle metrópoli (1953) y sobre todo un episodio (L’amore che si paga, sobre la prostitución) de la célebre película colectiva L’amore in citta (1953), junto con Antonioni, Federico Fellini, Alberto Lattuada, Carlo Lizzani, Francesco Maselli, Dino Risi, situándose entre los cineastas que intentan mantener viva la línea de Cesare Zavattini, del neorrealismo auténtico y con todas sus potencialidades.

Pero la consagración internacional le vino con Cronache di poveri amanti (1954) que le valió un premio en Cannes: adaptación de la novela de Vasco Pratolini, el más cinematográfico de todos los grandes novelistas italianos de la “dopoguerra”, y que evocaba con fuerza la resistencia obrera ante la atmósfera de violencia y de terror de la Italia fascista en la Florencia de los años treinta. Se mantuvo fiel al recuerdo de esta trágica época en El jorobado de Roma (II gobbo, 1960), o cómo un resistente se convertía en un gángster de tipo anarquista y se convertía en una pesadilla para las autoridades. En la misma línea se sitúa Il processo di Roma (1961) que informa sobre la deportación de judíos de Roma con un tono documental que se vive como un policíaco. Lizzani persiste en la fórmula con otra entrega histórica, El proceso de Verona (II processo di Verona, 1963), sobre la ejecución de Ciano por "traidor" por los mussolinianos irreductibles; otra cosa es ya Mussolini, último acto (Mussolini, ultimo atto, 1974), una producción internacional (con Rod Steiger como un Mussolini desmadrado), que marca su decadencia.

Desde hacía tiempo que tuvo que optar por un cine más comercial, con títulos como Bandidos en Milán (Banditi a Milano, 1968), Turín negro (Torino nero, 1972). Después trató el tema del terrorismo político de derechas con San Babila ore 20: un delitto inutile (1976). Volvió a la inspiración de sus comienzos con un serial televisivo Fontamara (1979), adaptación de la impresionante novela de Ignazio Silone sobre los primeros años del fascismo a través del retrato de un campesino que su toma de conciencia conduce a una ejemplar y vana tentativa de resistencia. La serie se emitió aquí a principios de los años ochenta, pero actualmente, la única versión asequible es la italiana. Lizzani fue uno de los autores de L’addio a Enrico Berlinguer (1984), un documental que ya es una pieza de museo. Berlinguer fue el último líder del PCI que creyó –honestamente según contaba Livio Maitan que era vecino y amigo suyo-, en aquello de que luchar y gobernar que hablaba Miguel Romero en un artículo reciente en VIENTO SUR. Vista la tragedia de Lampedusa, resulta más que evidente que el gobernar se ha comido el luchar y no ha dejado ni los huesos.

De 1979 a 1982, fue el director de la Mostra de Venecia, un capítulo aparte. Pero lo que es menos sabido es que fue el primer autor de // cinema italiano (1953), un estudio pionero citado por todos los demás historiadores, por ejemplo, Pierre Leprohom, lo cita constantemente en su obra El cine italiano (ERA, México, 1971).

Al contrario que Lizzani, el guionista Luciano Vincenzoni, no aparece en las enciclopedias, incluso el Wikipedia apenas si dice cuatro cosas banales, en tanto que la prensa se ha limitado a señalar sus aportes al eurowestern, en particular su colaboración en la “trilogía del dólar” con Sergio Leone. A diferencia de Lizzani, Vicenzoni era anarquista, hijo de anarquistas y “culpable” en no poca medida, de la notable presencia de personajes y temas anarquistas en el cine italiano.

Sin embargo, su contribución al cine italiano está a la altura de los guionistas más grandes de su país, de autores como Suso Cecchi D´Amico.

Vincenzoni dio los primeros pasos en el cine de la mano del genio de Aldo Fabrizi (un tipo reaccionario que fue el capellán antifascista de Roma, città aperta), que supo reconocer su escritura aguda, popular e inteligente en Hanno rubato un tram (Robaron un tranvía, 1954). Pero sus mayores logros los obtuvo con el maestro Monicelli, con el que además, le unía una complicidad crítica propia de una izquierda de otros tiempos, de antes, de antes, como repite Héctor Alterio en Caballos salvajes. Para Monicelli, Vincenzoni escribió La gran guerra (1959), aguda y demoledora denuncia antibelicista y antimilitarista con Alberto Sordi y Vittorio Gassman (y el gran Folco Lulli) en estado de gracia, sobre todo el segundo, un auténtico pícaro, cobarde y taimado que, sin embargo, alberga un alma de anarquista, admirador y lector de Malatesta.

Escritor inagotable, el nombre de Vincenzoni aparece en toda clase de películas italianas y coproducciones de los sesenta-setenta, al lado de los mejores títulos de Pietro Germi, como Divorcio a la italiana y Seducida y abandonada, o en Señoras y señores (1966), un ejemplo más sobre la posibilidad de un cine que aborde la realidad más cotidiana, eso sí, para ponerla patas arriba.

Aunque su fama internacional le llegó, con el “remake” inconfeso del Yojimbo de Kurosawa, La muerte tenía un precio (1965), un guión escrito en apenas nueve días, Vincenzoni mostró su predilección por el drama social en la estela de Vasco Pratolini, trabajando al lado del irregular Mauro Bolognini. En esta colaboración sobresale Libera, amore mio (1973), deficiente pero no por ello menos apasionante alegato anarquista y feminista, con una Claudia Cardinale en su mejor registro. La película comprende importantes ribetes autobiográficos del propio Luciano. Libera es hija y compañera de un “anarquico”, ella misma lo es. Libera Valente pasa momentos terribles: la resistencia está llena de episodios delictivos. Cuando acaba la guerra, Testa aún sigue obstinado con sus ideas y no deja en paz a Libera. Las protestas de Libera no sirven de nada. Al final, Libera muere por el disparo de un asesino fascista, una historia que denuncia la componenda con la que Togliatti se atuvo al guión estaliniana de las dos etapas, la segunda se perdió por el camino. Con el gobierno de “unión nacional”, los fascistas siguieron gozando de impunidad e infiltrados en los aparatos del Estado.

Estas historias no dejan en Lampedusa, cuya huella se puede apreciar en una de esas escasas películas italianas que todavía nos llegan: Terraferma (2011), obra de Emanuele Crialese.

Es una historia propia del neorrealismo: en una pequeña isla próxima a Sicilia, cuya principal actividad había sido siempre la pesca, vive el joven Filippo con su abuelo y su madre viuda. Pero ya nadie puede sobrevivir gracias a la pesca; tampoco ellos, de manera que no tendrán más remedio que resignarse y comenzar una nueva vida. Deciden, pues, alquilar su casa a los turistas durante el verano, y terminada la estación venden la barca. Un día Filippo y su abuelo salen a pescar y se encuentran con una patera llena de inmigrantes que está a punto de naufragara…El abuelo, viejo marinero, se irá al agua a ayudar, siguiendo su ancestral código ético, una ley del mar que obliga a rescatar a cualquiera que esté en apuros.

Crialese opta por un nudo más complejo e incorpora el drama de la inmigración ilegal, planteando con tono humanista y alejado de juicios la difícil conciliación que ello supone; rescatar o no a náufragos dependiendo de su condición, procurar ayudarlos o desentenderse y delegarlo todo a un sistema deshumanizado y sabidamente injusto, renunciar a según qué principios en pos del propio beneficio…Crialese describe con vigor y acierto una situación tremenda, y nos regala una de esas buenas películas que debían de obligar al debate, a ser pasada por escuelas y toda clase de entidades.

Terraferma describe un contexto como el que ha permitido que los centenares de muertos (por abandono de auxilio), puedan acabar siendo “nacionalizados” para así “darle cristiana sepultura”, mientras que los desdichados supervivientes resultan “privatizados”, o sea objetos de multas increíbles y, por supuesto, de expulsión. Todo ello gracias a la llamada ley Bossi-Fini (dos neofascistas notorios), con la bendición de Berlusconi y la complicidad de una clase política mafiosa.

Lampedusa nos indica que no estamos tan lejos de Auschwitz. La memoria y el buen cine, deben de ayudar para que algo así no pueda ser posible nunca más.

Pepe Gutiérrez-Álvarez es miembro del Consejo de VIENTO SUR