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Marxismo y cuestión nacional

Entrevista a Néstor Kohan
Rebelión, La llamarada


-¿Qué pensó Marx sobre el problema nacional? 

-La posición histórica del marxismo no ha sido unívoca ni uniforme. En sus primeros escritos Marx y Engels tenían, junto a su humanismo universalista y al internacionalismo, un punto de vista cosmopolita, sintetizado en la expresión “los trabajadores no tienen patria” del Manifiesto comunista (1848). Ese mismo año Engels escribía: “En América hemos presenciado la conquista de México la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos” (1848). Apenas un año después Engels se pregunta: “¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?" (1849). En sus artículos sobre “La dominación británica en la India” (1853) Marx justifica la penetración del colonialismo inglés en el oriente en nombre del “progreso histórico” (aún cuando se queja en el terreno ético de los métodos salvajes de los británicos). 

En ese horizonte Engels hacía suya la concepción de Hegel sobre los “Pueblos sin historia”, naciones periféricas condenadas, supuestamente, a no tener un estado propio. El triste y erróneo artículo de Marx sobre Simón Bolívar (enero de 1858) constituye probablemente la última prolongación de ese paradigma eurocéntrico, moderno, cosmopolita y progresista del Manifiesto comunista. 

A partir de allí Marx y Engels revisan su propia teoría, amplían notablemente su mirada del mundo (empiezan a hacerlo estudiando el comercio exterior de Inglaterra y sus colonias), comienzan a simpatizar con las rebeldías del mundo periférico, colonial y dependiente y reflexionan agudamente sobre el problema nacional desde un ángulo completamente distinto. Desde fines de la década de 1850 y sobre todo en las de 1860 y 1870, abandonan el cosmopolitismo, conservando el internacionalismo, pero articulado ahora con una mayor comprensión del problema nacional. En su trayectoria teórica y científica se produce una fuerte discontinuidad y un viraje donde radicalizan su crítica del capital europeo occidental y su expansión “progresista” que aplasta los pueblos y somete las naciones de la periferia colonial o dependiente. Irrumpen entonces en su producción teórica India, China, Birmania, Rusia, Persia, islas Jónicas, América Latina, África e incluso en el interior de Europa las “atrasadas” Irlanda, Polonia y España.

-¿A qué conclusión política llegan Marx y Engels a partir de ese viraje teórico?

-Estudiando en 1854 la revolución española Marx lee una frase programática y emblemática que lo deslumbra, pronunciada en 1810 por el indio americano Dionisio Inca Yupanqui en las cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre” (Yupanqui se refiere a la opresión del pueblo español sobre los pueblos indígenas y mestizos de Nuestra América). Marx la hace suya y la aplicará en 1869 cuando se ocupe de Irlanda, reformulando la expresión de Yupanqui para el caso del proletariado inglés y el pueblo de su colonia Irlanda (Lenin utilizará reiteradamente la expresión que Marx adopta del indígena Yupanqui en sus escritos sobre la cuestión nacional, lo cual demuestra que los americanos hemos contribuido también a la gestación del marxismo, incluso del marxismo clásico europeo). El proletariado inglés —supuestamente depositario de “la misión civilizadora del progreso”— no liberará las colonias; son las colonias las que se liberarán a sí mismas, posibilitando la emancipación del proletariado metropolitano. Una inversión completa del eurocentrismo colonial y del cosmopolitismo “progresista”.

Esa crítica ácida contra el eurocentrismo y el euroccidentalismo desarrollada en sus escritos sobre China de 1853 y en los Grundrisse [primeros borradores de 1857-58 de El Capital] se profundizará aún más en la carta de Marx de 1877 a la redacción del periódico ruso Anales de la patria y en los extensos borradores de su correspondencia de 1881 con Vera Zasulich, así como también en sus Apuntes etnológicos de 1880-1882. En todos esos materiales de madurez Marx ubica en el centro de sus reflexiones teóricas a la periferia del sistema mundial capitalista, al mundo colonial y dependiente, sometiendo a crítica la mirada cosmopolita, ingenuamente apologista del “progreso”. Abandona terminantemente el cosmopolitismo y defiende con entusiasmo las causas nacionales de Irlanda, Polonia y otros países sometidos que luchan por su liberación nacional. Incluso en esa época, según revela su correspondencia, simpatiza abiertamente con los métodos de lucha armada de los irlandeses y los populistas rusos que realizan atentados contra el zar. En su corpus teórico de madurez el eje se desplazó del centro europeo a las periferias coloniales y dependientes. Marx no duda en apoyar la lucha armada de estos pueblos rebeldes.

¡Cuánto desconocimiento y cuanta ignorancia sobre Marx tienen los supuestos “eruditos” académicos del marxismo que utilizan frases sueltas y descontextualizadas de este genio del pensamiento para desconocer el papel del imperialismo contemporáneo, apoyando bochornosamente con jerga “de izquierda” y poses supuestamente “internacionalistas” los bombardeos neocoloniales del Pentágono y la OTAN en Libia, las guerras de saqueo en Afganistán e Irak, las intervenciones norteamericanas en Siria y Venezuela y muchas otras hazañas “humanitarias” del imperialismo! Desde ese ángulo, pretendidamente cosmopolita y eurocéntrico, han llegado a apoyar a Margaret Thatcher y su aventura neocolonial en nuestras islas Malvinas, donde la OTAN construyó una base militar nuclear. 

-¿Cuáles han sido los debates históricos en el marxismo posterior a Marx en torno a la cuestión nacional?

-Después de Marx lamentablemente la Segunda Internacional desconoce el viraje teórico del maestro, retrocede y vuelve a incurrir en el peor eurocentrismo. Para la socialdemocracia el socialismo es cuestión de gente blanca, urbana y europea. Así pensaban H. van Kol, Emilio Vandervelde y muchos otros reformistas. En el congreso de la II Internacional de 1907, en Stuttgart, las posiciones que declaraban “no repudiar ni en principio ni para siempre toda forma de colonialismo, el cual, bajo un sistema socialista, podría cumplir una misión civilizadora” ganaron la adhesión de casi la mitad de la Internacional. Patético. Sólo Lenin y Rosa Luxemburg (aún discrepando entre sí sobre Polonia) se animaron a arremeter contra semejante engendro eurocéntrico. Lenin fue el más radical planteando como programa político estratégico la doctrina de la autodeterminación de las naciones, sin vasallaje imperial o colonial de ningún tipo, ni “humanitario”, ni “civilizado” ni “socialista”. De este modo Lenin abre el comunismo e incorpora en la revolución mundial a todas las culturas y naciones del Tercer Mundo. Ho Chi Minh recuerda en sus memorias cómo se puso a llorar de emoción cuando leyó a Lenin, pues hasta ese momento la Internacional era cosa de “blancos europeos y civilizados”. Los amarillos, los negros, los indígenas, los mestizos y todo el mundo colonial, semicolonial y dependiente no entraban en “el colonialismo socialista” de la Segunda Internacional. 

Pero la apertura y el brillo de Lenin duraron poco. Tras su muerte, Stalin sacrifica el internacionalismo alcanzado subordinándolo a la razón de Estado y al interés estatal de Rusia con su doctrina del “socialismo en un solo país” que no sólo no resolvió el problema nacional sino que multiplicó una serie infinita de discordias y odios nacionales en los pueblos y culturas a los que se les negó la autodeterminación y se les impuso el idioma ruso por la fuerza.

En términos generales, en todos esos casos—desde el eurocentrismo occidentalista hasta la posición leninista de la autodeterminación de las naciones— la disyuntiva giraba en torno a naciones ya constituidas oprimidas por grandes potencias.

En Nuestra América Mariátegui aborda el problema desde un nuevo ángulo, ya que en nuestro continente las naciones no están plenamente constituidas. Las repúblicas heredadas de las primeras guerras de independencia (donde Bolívar y San Martín triunfan sobre el colonialismo europeo) son repúblicas bananeras hegemonizadas por las mezquinas y miopes clases dominantes criollas, patrias chicas y retazos fragmentados de la Patria Grande bolivariana. De la gran nación unificada a escala continental con la que soñaba Bolívar pasamos —gracias a la mano pérfida de Inglaterra y Estados Unidos— a más de 20 republiquetas, enemistadas entre sí (a tal punto que en Centro América hubo guerras hasta por el fútbol), que además oprimen a los pueblos originarios con una institucionalidad burguesa y oligárquica. Por eso Mariátegui reformula “la cuestión nacional” de los clásicos del marxismo europeo desde un ángulo muy novedoso. A partir de la revolución cubana y el auge de la insurgencia continental de los 60 y 70, comienzan a reivindicarse las primeras guerras de independencia de la Patria Grande como parte constitutiva del proyecto socialista y comunista contemporáneo.

-¿Cómo pensás que pueden articularse las luchas de liberación nacional o las reivindicaciones identitarias particulares, con la lucha anticapitalista y por el socialismo que es profundamente internacionalista? 

-La fórmula clásica según la cual la revolución socialista es “internacional por el contenido, nacional por la forma” me resulta hoy un poco esquemática. No creo que la identidad nacional latinoamericana sea simplemente un problema de “forma”, una presentación “folclórica”, externa y decorativa de algo que ya está completamente masticado y acabado. No existe un modelo universal (extraído de Europa occidental) que “se aplica” mecánicamente país por país, según las variaciones idiosincráticas del folclore local. La historia nacional está presente también en el contenido de las revoluciones de liberación nacional y social. Ejemplo: para la revolución cubana la herencia de Martí no es un adorno decorativo externo sino parte de su misma conformación y gestación histórica.

Por otro lado, no pondría en el mismo plano las luchas de liberación nacional a escala continental —sobre todo en perspectiva bolivariana, a escala de la Patria Grande— y los conflictos de dominación clasista —la lucha de clases— junto con los problemas de reivindicaciones identitarias, como la cuestión de género y las múltiples opciones de diversidad sexual, la cuestión del racismo u otras análogas. Todas esas perspectivas de análisis son legítimas y validas ya que abordan distintos tipos de opresión bajo el capitalismo pero se desarrollan y despliegan en planos diferentes de la lucha, no siempre equivalentes ni simétricos. ¿Dónde estaría la diferencia específica entre estas problemáticas? En su capacidad de aglutinar, convocar y articular rebeldías diversas contra el sistema capitalista.

 La Academia norteamericana y la francesa han elaborado y difundido una cantidad abrumadora de literatura teórica y política destinada a convencer al movimiento popular de que el mejor de los mundos posibles gira en torno a las luchas de gueto, a las reformas institucionales puntuales, a los juegos de lenguajes recíprocamente ajenos, intraducibles e inconmensurables de cada movimiento social. Esas academias y el pensamiento posmoderno han insistido durante 30 años que cualquier articulación totalizante que reúna las múltiples rebeldías en un frente común contra el capitalismo y el imperialismo es... “opresiva”, “sustitucionista” y en última instancia “totalitaria”. Curiosamente para ser libertario y políticamente “radical”... hay que conformarse con reformas institucionales que den cuenta de identidades particulares (por ejemplo, leyes antirracistas que protejan al pueblo judío de la marginación, ley del matrimonio igualitario para el movimiento gay, programas de discriminación positiva para los negros y negras afrodescendientes, etc.). Reformas institucionales en defensa de “la diversidad” plenamente compatibles con el sistema capitalista. No casualmente en EEUU, la potencia imperialista más opresiva, vigilante y represora del mundo (como reconocen el más teórico Noam Chomsky o el más práctico Snowden), hay generales gays, un presidente negro, ministros de origen judío y torturadoras mujeres. Un gran respeto por “la diversidad”... siempre dentro del capitalismo y el imperialismo, por supuesto.

A contramano de posmodernos y multiculturalistas, el gran desafío del marxismo revolucionario latinoamericano consiste en poder articular todas las rebeldías multicolores en un proyecto colectivo de hegemonía socialista apuntando a construir a escala de la Patria Grande ese sueño inacabado e inconcluso de Simón Bolívar cuando dijo “Para nosotros la patria es América”, así como para Martí “Patria es humanidad”. El socialismo y el comunismo internacionalistas no son grises, tienen múltiples colores. El rojo, si quiere triunfar sobre el capitalismo y el imperialismo, tiene que ser la síntesis integradora y aglutinadora de ese arco iris multicolor donde no pueden estar ausentes la identidad cultural de nuestros pueblos y la emancipación nacional de la Patria Grande, proyecto todavía inconcluso de nuestros primeros libertadores y libertadoras.

-¿Cómo se ha pensado la cuestión nacional desde el guevarismo? ¿Cómo la abordó el PRT de Argentina? 

-El Che Guevara no es una estrella solitaria, sino uno de los máximos exponentes de la revolución cubana y latinoamericana. Esa revolución se inspira, ya desde el asalto al cuartel Moncada de 1953, en el programa de José Martí. Más tarde, habiendo triunfado sobre el enemigo imperialista y la burguesía lumpen, mafiosa y prostituída de la isla, la revolución cubana sintetiza su mirada del problema nacional en la Segunda Declaración de La Habana, combinando tareas nacionales-antimperialistas con las específicamente socialistas. Hijo de ese horizonte, el Che comunista e internacionalista, recupera al mismo tiempo a San Martín (discurso del 25 de mayo de 1962 en La Habana), a Bolívar (en sus Cuadernos de lectura de Bolivia) y a Martí (en “Notas para el estudio de la ideología de la revolución cubana”). Según Pombo, sobreviviente de la guerrilla de Bolivia, el Che compartía con sus compañeros las lecturas sobre Juana Azurduy y la guerra de guerrillas de las republiquetas del Alto Perú contra el colonialismo español. 

Aprendiendo del Che, diversos exponentes del guevarismo latinoamericano se esforzaron por sintetizar el método, la concepción del mundo y de la vida y la ideología marxista con las tradiciones nacionales indo-latino-nuestroamericanicanas. Desde Carlos Fonseca a Miguel Enríquez, desde Raúl Sendic a Roque Dalton, desde Camilo Torres a Manuel Marulanda Velez, incluyendo en esa familia continental al argentino Mario Roberto Santucho. 

No casualmente el PRT [Partido Revolucionario de los Trabajadores] elige la bandera latinoamericana (no sólo argentina) del ejército de los Andes de San Martín para identificar sus emblemas en la fundación del ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo].

Plantear que “no hay nada que reivindicar de la lucha independentista del siglo 19 porque allí no había obreros” me parece expresión de una aguda ignorancia e incomprensión del marxismo y de su metodología histórica. Ese internacionalismo abstracto, pretendidamente cosmopolita e ignorante de nuestra historia en nombre del “clasismo”, está más cerca del tímido reformista Juan B. Justo (que nunca entendió ni al colonialismo ni al imperialismo) que del Che Guevara, Lenin y sobre todo del propio Marx.

-¿En qué sentido pensás que los sentidos atribuidos y asignados a la noción de patria, a los símbolos nacionales, forman parte de la disputa ideológica? 

-Julio Antonio Mella solía repetir que la palabra “patria” en manos de la burguesía es como un tambor, suena muy fuerte pero está vacía. En cambio cuando son los sectores populares los que apelan a la tradición patriótica y nacional, el concepto de “patria” adquiere un sentido completamente distinto. Fundamentalmente en países como los nuestros, donde la dependencia jamás desapareció (incluso se profundizó), aunque la palabra “dependencia” haya circulado menos en la academia de los últimos 30 años. Que se utilice menos la palabra no significa que haya desaparecido la realidad que ese término designa. Lejos estamos del giro lingüístico donde todo queda prisionero del lenguaje y se evapora la realidad social. Más allá de los discursos y las palabras hay un mundo. En ese mundo social existe lucha de clases. En el ámbito de la cultura y la reproducción cotidiana del orden social, nada queda al margen de esa lucha de clases. Incluyendo la historia nacional y sus símbolos patrios. El San Martín de Videla (supuestamente un general blanquito y europeo, enemigo de Bolívar) y el de Robi Santucho o Rodolfo Walsh (concebido como un patriota latinoamericano, defensor de la Patria Grande, amigo y compañero de Bolívar) no sólo son distintos sino opuestos y antagónicos. El mismo año (1970) en que el genocida y torturador ejército argentino financiaba y producía la película El Santo de la Espada sobre San Martín, el ERP adoptaba su bandera como símbolo revolucionario. Quien controle el pasado, manejará el presente escribía George Orwell. Emancipar el pasado para liberar el futuro es la tarea del momento. La disputa del año 2010 por el Bicentenario de la independencia lo ha demostrado de manera muy clara. 

-¿Qué baches encontraste en la historia oficial cuando estudiaste los procesos de revoluciones de independencia en América latina y en el Río de la Plata?

-En primer lugar, el eurocentrismo, que sigue gozando de prestigio hoy en día, bajo diversos ropajes. “Nuestra América se liberó... gracias a la invasión napoleónica de España. Napoleón es un derivado de la revolución francesa. Por lo tanto, sin revolución francesa, no existiría la independencia de Nuestra América”. Un relato sesgado, unilateral, deformado, que desconoce 500 años de resistencia continental y el ciclo que inician Tupac Amaru en 1780 y Haití una década después y que sólo concluye en 1824 con la batalla de Ayacucho. El historiador francés Pierre Chaunu —repetido en las academias hasta el cansancio— lo sintetizó diciendo que los latinoamericanos no nos independizamos, recibimos (como un regalo) la independencia. Falso, miserable, altanero y petulante.

En segundo lugar, la construcción de mitos, falsas dicotomías y panteones de la escuela del general Bartolomé Mitre, continuados por Sarmiento y Levene, a quienes se agregaron la Academia Argentina de la Historia (núcleo del gorilaje académico) y el Instituto Nacional Sanmartiniano (fundado por el ultracatólico José Pacífico Otero en el Círculo Militar). Esta corriente opone San Martín contra Bolívar, pretende desconocer el Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno y condensa un elitismo insoportable. Eso en cuanto a la historia oficial, de factura liberal-conservadora y brutalmente eurocéntrica.

Por oposición a ella, el revisionismo rosista y católico, invirtió la ecuación liberal dejando intactos los términos. San Martín se convierte en un represor, la mazorca rosista en un modelo a imitar y así de seguido.

La historiografía mitrista liberal fue luego reemplazada en la historia oficial y en la Academia por el relato posmoderno según el cual rastrear las raíces de las luchas independentistas es incurrir en un supuesto “mito del origen”, una impugnación que apunta a deslegitimar todo lo que contribuya a la fortalecer la memoria histórica y la autoestima popular, dimensiones fundamentales de cualquier resistencia y proyecto revolucionario. Para el posmodernismo todo es “mito” menos… el mercado, la republica parlamentaria y el capitalismo.

Finalmente me encontré con la producción historiográfica de gente bien intencionada, con voluntad de fidelidad a Marx (en general al Marx cosmopolita previo a su viraje sobre el problema colonial y nacional), pero que seguía presa de modelos eurocéntricos y tipos ideales extraídos de la revolución industrial inglesa y la revolución política francesa. Una metodología que les impedía, a pesar de sus buenas intenciones, ajustar cuentas y hacer un beneficio de inventario con la historia apologética y oficial de la burguesía argentina. Para esta corriente, Sarmiento es un ídolo (tanto en el caso de la historiografía del stalinismo como en la del trotskismo), Bolívar un populista bonapartista y la clave de nuestra historia está en.... “el desarrollo de las fuerzas productivas”. Por lo tanto, la mayor parte de las resistencias frente al colonialismo europeo terminan condenadas “porque no tenían un programa para desarrollar las fuerzas productivas”. En nombre de Marx, se termina coincidiendo con el aplauso apologético a los vencedores y la condena a los que resistieron. En algunos casos extremos se termina insultando a Bolívar para aplaudir a Bernardino Rivadavia (su gran enemigo argentino, paralelo a su enemigo colombiano Santander) o incluso se festeja la feroz y mugrienta guerra al Paraguay porque supuestamente.... “desarrolló las fuerzas productivas”.

Frente a tantos equívocos historiográficos defendemos la pertinencia de una nueva mirada de nuestra historia, desde abajo y desde un ángulo marxista latinoamericano y descolonizador. Una nueva mirada de nuestras guerras de independencia y de nuestra lucha de clases, que reivindique con orgullo y con honor a nuestros miles y miles de masacradas y asesinados mientras resistían y luchaban heroicamente contra el colonialismo, hayan tenido o no un programa completo y explicitado hasta el más mínimo detalle para desarrollar las fuerzas productivas.

-¿Por qué y qué reivindicar de la figura de Bolívar? 

-De Bolívar reivindicamos su proyecto de liberación continental (independencia de España pero también integración regional y unidad continental), la conjugación de la lucha nacional y social (liberación de la esclavitud 50 años antes que EEUU y emancipación de la servidumbre de los pueblos originarios), su antimperialismo (identifica estratégicamente a EEUU como enemigo histórico de Nuestra América) y su doctrina político militar revolucionaria del pueblo en armas, condición de su triunfo sobre el colonialismo europeo luego de varias derrotas.

Bolívar constituye hoy un símbolo de rebeldía continental, como el Che Guevara quien, dicho sea de paso, era un convencido bolivariano (en su mochila guerrillera de Bolivia Guevara tenía reproducido el poema de Neruda en homenaje a Bolívar donde éste declara “despierto cada 100 años cuando despierta el pueblo”). Su visionario proyecto de Patria Grande, todavía inconcluso y pendiente, se ha tornado más actual que nunca en tiempos de globalización. La Patria Grande soñada por Bolívar (compartida por Miranda, San Martín, Mariano Moreno, Artigas y tantos otros y otras) nace en sus escritos en la Carta de Jamaica de 1815 y en el Congreso de Panamá de 1826 enfrentando la doctrina Monroe de 1823 cuyo lema “América para los americanos” condensa el proyecto geoestratégico del imperialismo norteamericano. No es casual que los documentos de Santa Fe IV, elaborados por los estrategas político-militares del Pentágono, identifiquen a Simón Bolívar (junto con la teología de la liberación y Antonio Gramsci) como uno de los principales enemigos actuales de Estados Unidos.

Barrio de Once, 30 de agosto de 2013

La filosofía de la praxis hoy

Entrevista de la revista
La Llamarada a Néstor Kohan
(Buenos Aires, agosto de 2012)

* ¿Cómo ves el mundo contemporáneo? ¿Existe una alternativa actual al capitalismo?

En nuestra opinión, hoy en día el mercado capitalista y el “american way of life” (modo de vida norteamericano) se han impuesto y generalizado de manera brutal a escala planetaria. A pesar de la crisis aguda (todavía peor que la de 1929) que hiere al capitalismo en sus entrañas, sus propagandistas lo presentan en los medios de comunicación como el único modo de vida posible. En ese contexto, se torna más necesario que nunca repensar una alternativa para los pueblos oprimidos, para la juventud rebelde, para la clase trabajadora que resiste, en todo el mundo, pero en particular en Nuestra América. La mejor alternativa, la más viable, la más posible, la más deseable, la más potente y además la más abarcadora de todas —porque no deja a ningún movimiento social afuera e integra todas las rebeldías en un mismo arco iris anticapitalista— es la teoría del marxismo y el proyecto político socialista-comunista. No es la única alternativa, hay otras, pero en su gran mayoría, las demás son rebeldías de corto alcance, de mirada miope, de radio restringido (porque por lo general suelen dar cuenta únicamente de un tipo específico de dominación, sin mirar ni abarcar al conjunto del sistema capitalista como una totalidad). Esas otras alternativas, aunque justas y necesarias, sin embargo suelen carecer de la capacidad teórica y del proyecto político de largo alcance, estratégico, para aglutinar al conjunto de clases, capas, segmentos y movimientos sociales de los oprimidos contra la totalidad del sistema capitalista. El marxismo, en cambio, sin desconocerlas ni darles la espalda, las integra, incorpora sus reclamos, permite articularlas dentro de un horizonte mucho más radical, más ambicioso, más profundo y con un grado de solidez teórica que las demás no tienen. Por eso, en nuestra opinión, todavía no ha nacido una teoría del mismo nivel de comprensión y de la misma capacidad crítica y política del marxismo —entendido como filosofía de la praxis— que pueda llegar, quizás, a reemplazarlo o a superarlo.

* ¿A qué nos referimos cuando hablamos de filosofía de la praxis?

El marxismo entendido como filosofía de la praxis hace referencia a una visión política  e histórica de su filosofía, es decir, una concepción del mundo y de la vida que no se restringe a un conjunto de textos para consumo universitario o un simple recetario de índole “doctrinario” con su paquete cerrado y clausurado de preguntas y respuestas, de citas permitidas y autoridades consagradas (por lo general europeas).
La filosofía marxista de la praxis ha aspirado históricamente a descentrar la filosofía, a hacerla girar sobre sus propios pies, a sacarla de su cómodo lugar (en el cual discute consigo misma sin “contaminarse” con las luchas y conflictos sociales) invitándola a buscar un sujeto social y político colectivo que pueda realizar sus sueños, proyectos y programas de emancipación. Esa aspiración le ha valido el desprecio, la sorna o la ironía de los profesores de filosofía y de toda la Academia en general ya que el marxismo resulta siempre incómodo, políticamente incorrecto y sumamente molesto. Para decirlo con una expresión sencilla y popular: el marxismo jode. No se deja encasillar en los moldes del saber universitario, en las “carreras” y en sus parcelas. El marxismo entendido como filosofía de la praxis no es “filosofía” en sentido estricto, como tampoco es “economía”, “sociología”, “historia”, “ciencia política” ni “antropología”. No es nada de eso en particular y es todo eso al mismo tiempo, superando cada uno de esos saberes cristalizados, segmentados y parcelados, convertidos en “disciplinas” supuestamente autónomas.
Al no aceptar la parcelación universitaria del saber en “factores” inconexos y aislados, el marxismo entendido como filosofía de la praxis provoca y molesta a las distintas corporaciones académicas. Le “falta el respeto” a lo ya consagrado y se vuelve un insecto molesto para todos los que pretenden monopolizar el saber según las normas y rituales del sistema de dominación.
Al emprender esa tarea, la filosofía de la praxis realiza una terrenalización de la filosofía marxista, desanudando cualquier posible lazo con las metafísicas tradicionales que tan bien calzaban en las parcelas universitarias (el “materialismo dialéctico” como saber para la disciplina filosófica, el “materialismo histórico” como teoría sociológica, la “economía marxista” como conjunto de leyes apropiadas para la disciplina económica y así de seguido…).
En realidad, el marxismo entendido como proyecto político de hegemonía socialista, concepción materialista de la historia, filosofía de la praxis y teoría crítica de la sociedad capitalista no se adapta a los saberes parcelados ni intenta acoplarse a supuestas disciplinas autónomas, separadas entre sí, despolitizadas y deshistorizadas, falsamente universales (en realidad totalmente impregnadas de eurocentrismo por sus categorías, por su objeto de estudio, por las únicas “autoridades” que se suelen usar como referencia, etc).
En ese sentido esta concepción de la filosofía de la praxis se desmarca de una manera tradicional de comprender el marxismo como “doctrina” universalizante, sin raíces propias, sin referencias concretas a nuestra historia, a nuestra tradición y a nuestra identidad colectiva como pueblos en lucha contra el colonialismo, el imperialismo y la dominación capitalista.

* ¿Qué vínculo establecería la filosofía de la praxis entre la teoría y la práctica?

Mucho se ha debatido sobre esta pregunta. Cientos de libros se han escrito al respecto. Me animaría a trazar dos analogías para responderla de manera no trillada ni repetir lugares comunes.
 (a) ¿Qué vínculo hay entre “la gran teología” que manejaron siempre los intelectuales del Vaticano y el catecismo de un cura de un barrio de un país periférico?
(b) ¿Qué relación se podría establecer entre “la filosofía seria” que se enseña en la alta Academia y los libros populares de autoayuda que circulan en los shoppings?
En ambos casos, (a) y (b), se produce un proceso de terrenalización y mundanización de los planteos teóricos. Con el cura del barrio, en un plano, y con los manuales de autoayuda, en el otro, los grandes planteos metafísicos “bajan a la Tierra”, adoptan un lenguaje comprensible y popular, dejan de ser simples relatos teóricos para convertirse en normas de conducta práctica a seguir en la vida cotidiana. La metafísica (laica o religiosa) se transforma de este modo secular en ética y política orientando a las personas en el día a día.
Con el marxismo sucede algo similar. La filosofía de la praxis descentra la concepción materialista dialéctica tradicional (que generalmente discute sobre cosmología, dejando a un lado los problemas de la vida humana como si fueran secundarios bajo la errónea acusación de “subjetivismo” o incluso de “idealismo”) para terrenalizarla, desplazándola del ámbito de la especulación ahistórica, trayéndola al mundo de la vida  social y de la praxis histórica revolucionaria de los pueblos oprimidos y las clases explotadas en lucha. La filosofía de la praxis de algún modo integra “la gran teoría” con las normas prácticas de vida en la cotidianeidad. En esa analogía, sería la síntesis entre la teología más refinada y abstracta del Vaticano y las normas de conducta práctica que un cura de barrio promueve entre la juventud de una parroquia de un país periférico.
Siguiendo con esa analogía, aunque comparte la terrenalización del pensamiento, una de las principales diferencias entre la filosofía marxista de la praxis, por un lado, y las concepciones del catecismo que maneja un cura de un barrio y los manuales de autoayuda, por el otro, reside en que la filosofía de la praxis no sólo cuestiona la vulgarización de las grandes concepciones del mundo que realizan los catecismos y los manuales de autoayuda. Además, la filosofía marxista de la praxis apunta a romper con las jerarquías entre la filosofía para la elite y la filosofía para las masas, tan característica de la teología por un lado y el catecismo por el otro, o entre las metafísicas universitarias, por un lado, y la autoayuda popular, por el otro. La filosofía de la praxis apunta sus cañones contra las jerarquías que separan a “los que saben” de “los que no saben”. En lugar de reforzar esa asimetría (tan característica de la Iglesia oficial del Vaticano o de la Academia universitaria) tiende a disolverla, socializando el saber y terminando con el reinado elitista de los “médicos brujos”, es decir, con el repugnante monopolio del saber en pocas manos y cerebros que presupone una escisión entre la teoría y la práctica, entre el cerebro y la mano, entre el alma y el cuerpo.
Otra diferencia importante se encuentra en que, a diferencia del catecismo y la autoayuda, la filosofía marxista de la praxis aspira a cambiar de raíz el mundo con un trabajo paciente, militante y a largo plazo. De este modo elude el tramposo atajo de las soluciones mágicas que proporcionan la falsa promesa de una felicidad inmediata, tan típica de la autoayuda, y tan característica de la obediencia a las instituciones (eclesiásticas, pero no sólo ellas) en las que el catecismo popular educa a los chicos y jóvenes.

* ¿Cuáles son las principales polémicas con otras concepciones del marxismo, como la del DIAMAT?

La filosofía marxista de la praxis no sólo polemiza y discute al interior del marxismo. Sus principales polémicas se desarrollan contra las visiones apologéticas del capitalismo, es decir, contra la derecha. Esta corriente de pensamiento critica y cuestiona desde las versiones universitarias más refinadas del posmodernismo, posestructuralismo, posmarxismo, positivismo, etc, hasta las versiones más rudimentarias de la autoayuda o el catecismo, como anteriormente te comentaba.
En nuestra opinión, la polémica con la derecha es el principal ámbito de combate teórico de la filosofía marxista de la praxis. Pero sus discusiones también tienen efecto al interior de la teoría revolucionaria y el campo popular.
La filosofía marxista de la praxis nace, precisamente, durante el siglo 19, en polémica con el materialismo ilustrado heredero de la revolución francesa de 1789 y con el idealismo de los filósofos alemanes simpatizantes de la revolución burguesa. Esas son sus primeras polémicas históricas. También polemizó con la visión metafísica de los economistas burgueses (tanto de los economistas científicos, que buscaban la verdad aunque no la podían encontrar por sus límites de clase, como de los economistas chantas, que Marx denominaba vulgares, ajenos a la búsqueda de la verdad y de la ciencia). Y al mismo tiempo polemizó con el socialismo “autogestionario” y “cooperativo” que creía ingenuamente que se podían construir islas socialistas dentro del océano capitalista, es decir, cooperativas autónomas comunistas sin trastocar el conjunto de las relaciones sociales de producción capitalistas. Por otra parte, polemizó con la vertiente gradualista y reformista que creía llegar al socialismo con créditos del Estado y con el apoyo de los gobiernos. ¡Muchas polémicas al mismo tiempo! Así nació el socialismo y el comunismo contemporáneo, en medio de debates y polémicas. Con el correr del tiempo, ya cerca del siglo 20, el marxismo desarrolló muchas otras polémicas (con la variada familia del positivismo, con el neokantismo, con distintas variantes del irracionalismo, etc). Es recién con el advenimiento del stalinismo (alrededor de 1930) cuando la filosofía marxista de la praxis discute al interior del marxismo con la versión filosófica oficial que se intentó elaborar en la Unión Soviética durante la época de Stalin (corriente bautizada, por sus inspiradores soviéticos, con el término DIAMAT que resumía el materialismo dialéctico). Recién entonces la filosofía marxista de la praxis arremete en toda la línea contra el evolucionismo, el etapismo, el economicismo y su principal fundamento filosófico, el llamado DIAMAT. Tampoco se detuvo ahí. Creemos que hoy, en el año 2012, la principal polémica teórica de la filosofía marxista de la praxis no es contra el DIAMAT en el cual ya casi nadie cree y expresa escasa circulación entre las organizaciones de izquierda. Hoy la principal tarea, ya no frente a la derecha sino al interior del propio campo popular, consiste en discutir con los derivados políticos del posmodernismo y el posestructuralismo (ambos de origen estrictamente europeo, principalmente francés) que en Argentina suelen adoptar el nombre más simpático y el envoltorio menos chocante de “autonomismo”.

* ¿Quiénes han sido los principales exponentes de la filosofía marxista de la praxis?

La lista es demasiado larga… En primer lugar, obviamente, los fundadores de esta tradición: Marx y Engels. Luego de ellos el italiano Antonio Labriola, Lenin, Trotsky, Rubin y Lunacharsky en Rusia, la judía polaca Rosa Luxemburg, Mehring en Alemania, Lukács en Hungría, Gramsci en Italia, Mariátegui en Perú, el Che Guevara en toda América Latina, Sánchez Vázquez en México, Henri Lefebvre en Francia, Karel Kosik y Jindřich Zelený en Checoslovaquia, Löwy, Konder y Coutinho en Brasil, entre muchísimas otras y otros pensadores (imposible nombrarlos a todos y recorrer todos los países). Pero si partimos de la hipótesis de que esta concepción no es sólo teórica, sino también práctica, me animaría a incluir en esa enumeración de ningún modo exhaustiva a todos y todas las militantes del marxismo revolucionario de Nuestra América y del mundo, hayan escrito o no grandes obras marxistas. ¿O nuestro Mario Roberto Santucho —sin una obra escrita comparable a Historia y conciencia de clase de Lukács o a los Cuadernos de la cárcel de Gramsci—, por su concepción política y por como la llevó a cabo, no perteneció acaso a esta tradición del marxismo revolucionario?

* ¿Cómo se desarrolló esta concepción en América Latina?

De manera desigual, accidentada y siempre sometida a un continente explosivo, marcado a fuego por los genocidios, las dictaduras militares y numerosas revoluciones, desde la mexicana y la boliviana hasta la cubana y la nicaragüense, ente muchas otras, triunfantes o fallidas. De todos nuestros pensadores marxistas sin duda el peruano Mariátegui fue el más original, acompañado por el combativo joven Julio Antonio Mella en Cuba, el salvadoreño Farabundo Martí y el erudito argentino Aníbal Ponce o el gran dirigente cordobés de la Reforma Universitaria Deodoro Roca. Años más tarde, esta concepción creadora del marxismo alcanzó su cenit con la obra, el pensamiento y la práctica política del Che Guevara y toda la corriente que en él se inspira. Corriente que no quedó sepultada en los años ’60. La insurgencia continúa hoy, en pleno siglo 21, batallando en Colombia con las FARC-EP y en varios otros países, desafiando dogmas  y modas universitarias, grandes “analistas” mediáticos e inclusive pretendidos marxólogos que de manera triste, gris y mediocre citan palabritas sueltas de Marx… para oponerse a las rebeliones populares y a las insurgencias contemporáneas. Creo que esta concepción del marxismo ha sido tan rica y productiva que generó diversas creaciones originales de Nuestra América, desde la teoría marxista de la dependencia con Ruy Mauro Marini hasta la teología de la liberación, pasando por la pedagogía del oprimido de Paulo Freire entre muchos otros y otras.

* ¿Qué lecturas sugerís para iniciarse en el estudio de esta concepción?

En primer lugar leer al Che: “¿Qué debe ser un joven comunista?”, texto formidable… “El socialismo y el hombre en Cuba” y el “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, también del Che. Los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui; Humanismo burgués y humanismo proletario de Ponce, Poder burgués y poder revolucionario de Santucho, el Cuaderno Nº 11 de los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, las Tesis sobre Feuerbach de Marx, el ¿Qué hacer? de Lenin; “La cosificación y la conciencia el proletariado” de Lukács… Pero también sugeriría leer a Mariano Moreno y a Simón Bolívar, conocer la historia de San Martín, Artigas y Toussaint-Louverture, conseguir la novela El recurso del método de Alejo Carpentier, mirar y discutir películas como Queimada, Los traidores, entre muchas otras…

* ¿Cuáles son las tareas que desde la izquierda deberíamos encarar para reactualizar y darle vida a esta tradición?

No tengo la bola de cristal ni me siento un profeta. Sólo tengo opiniones y ni siquiera sé si son válidas. Hay que acabar con la ingenuidad de creer que la gente que escribió o leyó libros “tiene la precisa”, aferró la verdad con sus dedos y tuvo acceso al futuro. No es así. Basta de “médicos brujos”. Simplemente pienso y siento que debemos darles la espalda a quienes nos quieren convencer que el guevarismo es algo “viejo” y “pasado de moda”, que la estrategia para la toma del poder es “autoritaria” y “vanguardista”, que para defender las luchas sociales y los movimientos de la base hay que abandonar la construcción de organizaciones que vayan más allá de las reivindicaciones del día a día. No tenemos la receta infalible (el que dice que la tiene sencillamente miente) pero sabemos que debemos  mirar más a América Latina, como nos enseñó Mariátegui. Pero no sólo a las experiencias institucionales (Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia) o a los movimientos sociales (Sin Tierra de Brasil, comunidades indígenas de Chiapas, etc.). Hay que mirar Nuestra América, sí, pero en forma completa…, sin olvidarnos tampoco de la insurgencia comunista que en Colombia hoy obliga a los yanquis a desplegar 7 nuevas bases militares para aplastar el sueño de la Patria Grande de Simón Bolívar y San Martín.