Resurgimiento de la Doctrina de Seguridad Nacional y el masoquismo político Adolfo Pérez Esquivel

 Abriéndonos la cabeza 

No hay que perder la capacidad del asombro, menos las broncas y la resistencia cuando la realidad nos enfrenta con aquello que creíamos superado: la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), que tanto daño hizo al continente y a nuestro país, hoy vuelve a aparecer con otro ropaje.

Varias voces se levantaron señalando con la misma preocupación que expertos norteamericanos darían un curso a las fuerzas armadas y a civiles sobre Seguridad Nacional, las Guerras no convencionales y el control social ante las denominadas nuevas amenazas, tales como el narcotráfico, la violencia juvenil y el delito.

 Horacio Verbitsky publicó dos artículos (Welcome back, boys y Mentiras y guardaespaldas) que es necesario leer en el periódico Página 12 en los días domingo 9 y 16 de septiembre. En los mismos señala que la semana pasada el Ministerio de Defensa de la Nación organizó un curso para que el Brigadier Mayor Richard Goetze, veterano de los bombardeos durante la guerra en Vietnam que además fue agregado militar de Estados Unidos en la Argentina durante los primeros y peores años del terrorismo de Estado, diese un curso de formación estratégica a los funcionarios civiles y a militares argentinos.

 Junto a Thomas C. Bruneau, profesor de Asuntos de Seguridad Nacional en la Escuela Naval de Posgrado, y Anne McGee, Coronel de la Fuerza Aérea, quienes supieron preparar y coordinar las órdenes de despliegue puestas a la firma del Pentágono, en operaciones en Afganistán e Irak, como en acciones de defensa interior; vinieron a la Argentinas invitados por el Ministro Puricelli para insistir sobre la importancia de la intervención de las Fuerzas Armadas ante estas denominadas nuevas amenazas.

 Al permitir que las Fuerzas Armadas argentinas y funcionarios civiles se formen nuevamente en la DSN “aggiornata”, el Ministro de Defensa y el Gobierno Nacional dan visto bueno a la idea de imponer el control social identificando al enemigo interno, restringiendo las libertades ciudadanas y asumiendo acciones represivas contra los movimientos sociales. Asumen actitudes masoquistas que ponen en peligro la democracia y el derecho del pueblo.

 Esa película ya la vimos y sufrimos, somos sobrevivientes del terrorismo de Estado impuesto en el país basado en la DSN impuesta por los Estados Unidos en el continente. Verbitsky señala que quien hoy dirige el Grupo Militar en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, es el coronel Patrick D. Hall, quien estaba asignado en Caracas cuando el presidente Hugo Chávez denunció la injerencia militar estadounidense en la política de su país.

Los militares norteamericanos tratan de influir al gobierno para lograr la intervención de las Fuerzas Armadas en los problemas internos, que en nuestro país está prohibido por ley y para lo cual se ha escindido el Ministerio de Defensa del Ministerio de Seguridad, el cual pasó a ocuparse exclusivamente de los asuntos internos.

 Los Estados Unidos buscan imponer el control hemisférico y domesticar a las Fuerzas Armadas argentinas y del continente. Estos cursos son instancias preparatorias para la Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas en Punta del Este, Uruguay, a realizarse entre el 7 al 10 de octubre. Me pregunto qué dirá el Ministro Puricelli en su exposición.

 El Gobierno de Estados Unidos habla de la defensa de los derechos humanos cuando en realidad los violan sistemáticamente. No es casual que se niegue a firmar el pacto de San José de Costa Rica dado que le permite eludir a la Comisión y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos mientras al mismo tiempo es el país que más financia estos organismos para que evalúen al resto de los países americanos que sí firmamos el pacto.

 Braian Wilson, quien fuera comandante de una unidad de combate de los Estados Unidos en Vietnam, vio cara a cara como se experimentó con las bombas racimo que dejaban mujeres, niños, hombres y animales destrozados, cortados por la mitad. Reaccionó asqueado de ver la masacre orquestada por los profesores invitados contra el pueblo vietnamita, tuvo el coraje de denunciar las atrocidades cometidas por su país y decidió dejar el ejército, los discursos y mentiras sobre la libertad y la democracia de su país. Con él hemos compartido acciones por la paz en Centro América y el mundo.

 En el viaje realizado a Irak he visto el horror y la muerte pocos días después del bombardeo sobre Bagdad. Las fuerzas invasoras de Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados mataron con bombas teledirigidas a más de 600 niños y sus madres. Lo llamaron hipócritamente: “daños colaterales”. Estos son algunos de los tantos hechos que hemos denunciado internacionalmente, así como también las torturas y vejaciones a prisioneros en las cárceles de Abu-Graib en Irak y de Guantánamo, en Cuba. Entre los prisioneros hay menores de edad, violando las Convenciones internacionales referentes a la seguridad de los niños y los prisioneros.

 Las bases militares de los Estados Unidos en el continente responden a una clara estrategia de control continental. El “Plan Puebla-Panamá” para Centro América y Caribe; el Plan Colombia para la región andina; la Triple Frontera, integrada por Paraguay, Brasil y Argentina; y las bases militares móviles en el Aeropuerto de Estigarribia, Paraguay, cerca de la frontera con Bolivia; son parte de una táctica de pinzas sobre nuestros países.

 La base militar de la OTAN en las Islas Malvinas con 1.500 efectivos y la reactivación de la IV Flota de Mar de los Estados Unidos, ponen en claro que buscan defender sus intereses y no el de los pueblos.
 En este marco Estados Unidos asigna un rol a cada país de acuerdo a sus intereses para que garanticen sus conceptos de Seguridad y Defensa.
 Lo preocupante es que tanto el Gobierno Nacional como el Ministro de Defensa Puricelli, acepten realizar éstos encuentros que promueven el sometimiento de nuestras políticas a las de Estados Unidos. Todo esto se realiza a espaldas del pueblo, sin un análisis sobre el rol de las Fuerzas Armadas en la construcción democrática.
 La Argentina también ha sancionado recientemente la ley antiterrorista. Esa ley es otra imposición del GAFI que permite penalizar las protestas sociales para garantizar las inversiones y a la cual el gobierno argentino se ha sometido. La lucha en nuestro país y el continente debe ser contra el hambre, la pobreza, y por recuperar el derecho de los pueblos originarios a sus territorios, identidad y valores. También para generar junto a los jóvenes los espacios necesarios para su vida y desarrollo como personas con conciencia crítica, valores y un sentido profundo de la libertad y el amor a su pueblo. Es necesario ir a las causas y no quedarse en los efectos de la violencia que vive nuestra sociedad, que es estructural y social.
 No desconocemos que el gobierno argentino tuvo actitudes y decisiones políticas positivas en cuando a la defensa de la democracia, frente a los recientes intentos de golpe de Estado en otros países del continente. Tenemos que rescatar esos hechos, como la intervención de la UNASUR, pero se deben tener políticas coherentes. Tampoco se pueden negar los logros alcanzados y la recuperación del país después de la debacle del país en el 2001 y 2002. Pero volver a formar a nuestros militares en la DSN son gestos a la derecha que no ayudan a la estabilidad del Gobierno y le faltan el respeto a nuestro pueblo. Es nuestra obligación señalar los caminos equivocados al Gobierno para que refuerce las políticas que hacen al derecho del pueblo argentino a su auto-determinación y soberanía.

Reclamamos al Gobierno Nacional y sus ministros no caer en el olvido y la desmemoria. Costó mucho dolor y sufrimiento a nuestro pueblo llegar a dónde estamos. Nadie es dueño de la democracia y los derechos humanos, son valores integrales e indivisibles que pertenecen a los pueblos.

Los límites del desarrollo tecnológico y la transición a una nueva economía
 El director del Observatorio Internacional de la Crisis, Wim Dierckxsens, imparte una conferencia en la Academia de Socialismo 21 Los límites del desarrollo tecnológico y la transición a una nueva economía


 Por Enric Llopis - Rebelión

 El desarrollo de la tecnología ha supuesto históricamente, en el sistema económico capitalista, la eliminación de mano de obra y, por otra parte, la generación de crisis de sobreproducción. Pero sobre todo, mayores beneficios para el capital ligados a la inversión tecnológica. Sin embargo, hay un punto en que la innovación en tecnología resulta cada vez menos rentable y es, por tanto, más difícil incrementar la tasa de ganancia por parte del empresario. Es en esta coyuntura-límite en la que actualmente nos encontramos. Tarde o temprano, en este escenario, el sistema hace crisis. Y emerge una nueva racionalidad económica (postcapitalista), que puede asimismo implicar cambios en las relaciones de poder a escala global.

 El director del Observatorio Internacional de la Crisis, Wim Dierckxsens sitúa la tecnología en el centro del análisis sobre la economía capitalista, su evolución, crisis y perspectivas. El investigador holandés, que lleva más de 40 años residiendo y trabajando en América Latina, ha impartido una conferencia en la Academia de Pensamiento Crítico de Socialismo 21, con el título “Crisis capitalista y alternativas”. Wim Dierckxsens es autor de trabajos como “Los límites de un capitalismo sin ciudadanía”, “Del neoliberalismo al postcapitalismo”, “El ocaso del capitalismo y la utopía reencontrada” y “Guerra global, resistencia mundial y alternativas”, entre otros.

 La salida keynesiana a la crisis del 29 se fundamentó, entre otros principios básicos, en el estímulo de la demanda interna para vitalizar las economías. En el contexto de estas “políticas del lado de la demanda” se empezó a proponer en Estados Unidos (incluso se habló de obligar) el acortamiento de la vida útil de los productos, es decir, la “obsolescencia programada”. Antes, en 1924, un cártel que agrupaba a los principales fabricantes de bombillas de Estados Unidos y Europa pactó limitar la vida útil de éstas a mil horas. Cuanto antes caducaran las cosas (incluidas tecnología, maquinaria y edificios), se pensaba, mayor sería el incremento de la demanda, la producción y la tasa de beneficios.

 Pero es realmente en la década de los 50 cuando se aplica mayormente el criterio de la “obsolescencia programada”, vinculado a economías capitalistas de consumo “en masa” en los que la publicidad y el crédito desempeñan un rol decisivo. Las economías norteamericana y europea dieron muestras de vigor hasta finales de los 60 y principios de los 70 del siglo XX. Hoy, el modelo ofrece síntomas de palmario agotamiento, según Wim Dierckxsens: “todo está obsoleto apenas lo compramos; la vida útil de las cosas es cada vez más cercana a cero”. El sociólogo holandés asimila la inversión de estas lógicas al ingreso en una nueva racionalidad económica postcapitalista.

 La “obsolescencia programada” afecta a todos los elementos del proceso productivo. De hecho, la vida útil de los equipos tecnológicos, máquinas y edificios a los que dan uso las empresas es cada vez más corta. Nada que ver con la producción “a largo plazo” que inspiraba, antes de la segunda guerra mundial o del periodo keynesiano, a los tendidos ferroviarios o la máquina de vapor. “Se hacían con el objetivo de que tuvieran ”, ironiza el sociólogo. Los procesos de renovación permanente de maquinaria, innovación tecnológica y creciente caducidad tuvieron su exponente máximo en Estados Unidos y Europa. Hasta que en la década de los 70, Japón hizo bandera de estos procedimientos y, según Dierckxsens, “entró en una crisis de la que no ha podido salir”.

 El problema, agrega el investigador neerlandés, es que cuando la duración útil de la tecnología punta se acerca a cero, el capitalista no tiene tiempo (y más aún en un contexto de competencia creciente) de amortizar su inversión. Además, le resulta imposible compensar estos costes tecnológicos aumentando el precio de los productos, pues ello implicaría una mengua de su capacidad para competir. Una de las salidas recurrentes consiste en abaratar el coste de la mano de obra o “deslocalizarse” hacia países con un abundante “ejército de reserva” laboral. Por ejemplo, China, que a juicio del investigador holandés, “corre el riesgo de vivir un proceso parecido al de Japón en los 70; a China llegan inversiones en tecnología punta de otros países, con una vida útil menor, pero que se compensa por que disponen de mano de obra más barata”.

 La “obsolescencia programada” ofrece múltiples aristas. Algunas de ellas, con notorias implicaciones ecológicas. Wim Dierckxsens apunta que el vigente sistema productivo “necesita explotar los recursos naturales a mayor velocidad”, dado que la producción y el consumo tienen un carácter efímero y la competencia es creciente. El hecho de que se haya alcanzado el “pico” del petróleo o el impacto de la “huella ecológica” abundan en esta idea. Pero no se trata sólo de la depredación de recursos naturales. Cuestión capital es que se hallan en los países del Sur. “Occidente no es sólo cada vez más dependiente del Sur en materia energética (petróleo), sino también de minerales y metales en general; y, sobre todo, de los más estratégicos. Con ello, las condiciones objetivas para establecer nuevas relaciones de poder están dadas”, afirma Dierckxsens.

 Esta concentración de metales, minerales y fuentes de energía en el Sur ha permitido (en el caso de América Latina) que en los últimos años se beneficiaran del incremento al alza de los precios de intercambio. El asunto no es baladí. Un trabajo de Jeremy Grantham apunta que de los 15 países más dotados en metales y minerales, los primeros lugares corresponden a los países BRICS (el primero, África del Sur; en segundo lugar, Rusia; el quinto, Brasil; el sexto, China; y, en la undécima posición, India); en la misma lista figuran cuatro países latinoamericanos: Brasil, Chile, Perú y México. Un estudio de la British Geological Society (septiembre de 2011), citado en el artículo “Horizontes de otra racionalidad económica” de Dierckxsens, detalla que China lidera la producción global de casi todos los “metales raros” y es responsable de la extracción de casi la mitad de estos.

 La escasez de materiales utilizados en las “tecnologías emergentes verdes” los convierte asimismo en prioritarios. Un informe de la Comisión Europea y PriceWaterhouseCoopers (citado por Wim Dierckxsens), identifica para el desarrollo de estas tecnologías 14 materias primas, cuya localización reviste gran importancia geopolítica: Antimonio (China, África del Sur, Bolivia y México); Berilio (Estados Unidos, Rusia y China); Cobalto (producido en un 90% en la República Democrática del Congo, y también en Zambia); Fluorita (China, México y Mongolia); Germanio (China y Rusia); Indio (China, Corea y Japón); Grafito (China, Corea y la India); el tántalo y el tungsteno se obtienen casi únicamente en China.

 Además, en China, subraya el sociólogo holandés, “se hallan algunos materiales muy estratégicos, como las llamadas “tierras raras”; sólo los produce China. Desde los paneles solares, pasando por los molinos de viento o los discos duros de las computadoras hasta en los misiles, se usan estos materiales de los que Europa, Japón y Estados Unidos son totalmente dependientes; en los últimos años, algunas han visto multiplicar su precio un 1.500% por su difícil acceso”. No por casualidad, añade, “los buques de guerra norteamericanos no se encuentran ya tan concentrados en el Golfo Pérsico, pues progresivamente el foco se ha desplazado al Mar de China”.

 Es en este contexto en el que pueden atisbarse elementos de una nueva racionalidad económica postcapitalista. América Latina cuenta con potencial para impulsar estos cambios a escala global, asegura Wim Dierckxsens. Por diferentes razones. Igual que China “asienta su trasero” sobre los recursos naturales de que dispone, la mayor parte de las luchas sociales en Latinoamérica se desarrollan en torno a la defensa de estos mismos recursos, frente a los intereses de los estados (en algunos casos) y las compañías transnacionales. Precisamente en este punto reside la gran oportunidad: que las luchas populares y los gobiernos progresistas consigan revertir las dinámicas extractivistas. Bolivia dispone actualmente de las mayores reservas mundiales de litio (suma el 85% junto con Argentina, y Chile), un mineral escaso y esencial para alimentar baterías de ordenadores y teléfonos móviles; y para el desarrollo de la energía eólica y el automóvil eléctrico. Señala Wim Dierckxsens que Bolivia, Argentina, Chile, Australia y China podrían constituir una Organización de Países Productores de Litio (OPPL), con capacidad para regular los precios de este material, al igual que la OPEP con el petróleo. “La unión de los países productores de metales y minerales cada vez más escasos, tarde o temprano, permitirá invertir las relaciones de poder de negociación”, añade.

 Por esta razón, según el sociólogo holandés, nos hallamos en una etapa de transición hacia una nueva racionalidad económica, que se puede romper por el eslabón aparentemente más débil, América Latina. “La escasez de recursos naturales estratégicos en Occidente obligará a reciclar los recursos escasos y a la prolongación de la vida media de los productos finales, además de un uso creciente de bienes de consumo comunales”, afirma. Esta demanda colectiva de bienes camina en dirección antagónica tanto de las lógicas keynesianas como del principio de la “obsolescencia programada.

 En definitiva, Wim Dierckxsens propone como salida el “crecimiento negativo” o el “decrecimiento”, “aunque ello implique que te expulsen de los colegios de economistas”. La alternativa consistiría, asimismo, en incorporar las nociones del “buen vivir indígena” y el “bien común” (la cosmovisión indígena en general) frente a las lógicas de acumulación capitalista. Pero sin olvidar, remata el director del observatorio Internacional de la Crisis, que cuanto más estratégicos sean las recursos, mayor capacidad tienen los países del Sur de asfixiar la racionalidad económica vigente. Y el Norte, a su vez, para no dejarse arrebatar la hegemonía, no tendrá otra opción para acceder a las materias primas escasas que la vía militar (Estados Unidos sitúa las bases militares en torno a las zonas más ricas del planeta en recursos naturales).

 Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

Alianza Pacífico, ¿resurgimiento del ALCA?
 Hedelberto López Blanch

 Rebelión

 [ACTUALIZADO: 03.06.2013]

 Los gobiernos neoliberales del continente americano se estan agrupando alrededor de Estados Unidos para tratar por todos los medios de debilitar la unión e integración lograda por Latinoamérica en los últimos años.

 La idea es volver a resucitar el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) que había sufrido un contundente golpe durante la IV Cumbre de las Américas gracias a las posiciones asumidas por un grupo de presidentes, encabezados por Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Luiz Inacio Lula da Silva, que avizoraban el grave peligro que correrían sus pueblos si se llegaba a crear dicho engendro.

 Durante la reciente celebración en Cali, Colombia de la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico, integrada por México, Chile, Perú y Colombia (ahora se le unió Costa Rica), los participantes acordaron impulsar el intercambio de bienes y servicios y el libre comercio como metas prioritarias pero no hablaron de la satisfacción de las necesidades básicas de sus pobladores ni la disminución de la pobreza que padecen muchos de sus ciudadanos.

 Recién llegado a la presidencia colombiana, el propio Juan Manuel Santos confesó en conferencia de prensa con su homólogo estadounidense, Barack Obama que desde hacía dos décadas soñaba con la suscripción del Tratado de Libre Comercio (TLC) con el gigante norteamericano.

 Claro que los cuatro mandatarios cuyos países integran la Alianza del Pacífico, Sebastián Piñera, de Chile; Enrique Peña Nieto, de México; Ollanta Humala, de Perú y Santos, de Colombia, conocían la famosa declaración realizada por el ex secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, en 2005

 En aquella fecha Powell afirmó, “nuestro objetivo con el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) es garantizar a las empresas norteamericanas el control de un territorio que va del polo Ártico hasta la Antártica, libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio”.

 Hace solo un mes, el nuevo jefe del Departamento de Estado, John Kerry expresó a los medios de prensa que Estados Unidos veía a Latinoamérica como su traspatio.

 Todo hace indicar que la Alianza del Pacífico gestada en 2011 en Lima por iniciativa del entonces presidente peruano, Alan García, y consolidada el 16 de junio de 2012 en Chile, se encamina a disminuir, o mejor dicho, tratar de corroer la fuerza integradora latinoamericana que han alcanzado los gobiernos progresistas y nacionalistas surgidos en los últimos años.

 Recordemos que en noviembre de 2005 cuando fue derrotada el ALCA, los modelos neoliberales aplicados desde los años 80 habían agudizado los problemas económicos y sociales en la región y se hizo un hecho habitual ver a niños viviendo en las calles, ancianos mendigando y familias comiendo de los latones de basura.

 Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de 1980 a 2005, 95 millones de personas se convirtieron en pobres, 226 millones vivían con menos de dos dólares al día lo cual no les alcanzaba ni para una sola comida.

 Las privatizaciones habían hecho mella en la mayoría de los habitantes al perder muchos sus empleos con las reducciones de plantillas o la desaparición de pequeños y medianos negocios ante el empuje de las poderosas compañías transnacionales.

 Entonces ocurrió una rebelión pacífica y los pueblos comenzaron a elegir a dignatarios que anhelaban la mejoría económica y social de las grandes mayorías, así como de una integración genuina de los países del sur del hemisferio.

 Surgieron organizaciones como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), PETROCARIBE, La Unión de Naciones del Sur (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y se reforzó el Mercado del Sur (MERCOSUR).

 El ejemplo más ilustrativo de lo que ocurre cuando se imponen convenios neoliberales y de privatizaciones, es el de México.

 Según el oficial Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), después de 19 años de la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) entre Estados Unidos, Canadá y México, este último país tiene 55,1 millones de pobres.

 Para Coneval, con sede en Ciudad de México, los índices de pobreza se elevaron debido al alza internacional en los precios de los alimentos, así como a la abrupta disminución de la producción nacional de maíz, granos y carnes que ahora deben importarse, en su gran mayoría, desde Estados Unidos.

 Mediante el TLCAN, la nación azteca se ha convertido en los últimos años en una dependencia de Washington. La profusión de leyes neoliberales permite a las compañías extranjeras utilizar mano de obra barata para sus producciones, explotar sus recursos naturales, extraer petróleo a precios preferenciales y exportar los excesos de mercancías norteamericanas hacia ese país.

 Los cuatro países integrantes de la Alianza Pacífico tienen firmado acuerdos de Libre Comercio con Estados Unidos lo que las hace tener una dependencia mayor del gigante norteamericano.

 A la reunión asistió como invitado especial nada menos que el presidente de España, Manuel Rajoy, impulsor en su país de leyes neoliberales que han dado al traste con la economía y la seguridad social del país y de sus habitantes.

 En declaraciones a la agencia latinoamericana PL, el investigador peruano Carlos Alonso, señaló que la reunión de Cali se propone un resurgimiento de la fracasada ALCA, esta vez en una versión desembozadamente neoliberal. En virtud de fortalecer esa política hacia la región y disminuir la integración latinoamericana, recientemente el presidente estadounidense Barack Obama visitó México y Costa Rica.

 El pasado 26 de mayo, el vicepresidente norteamericano, Joe Biden inició una gira por Colombia, Trinidad y Tobago y Brasil. En entrevista con el diario colombiano El Tiempo, afirmó: "Durante las próximas décadas estaremos poniendo nuestro enfoque en las regiones donde vemos mayores oportunidades, y en realidad no tenemos que buscar más allá del continente americano. No existe otra región en el mundo que contribuya más a la prosperidad de Estados Unidos".

 Los comentarios huelgan. ¿Se estará creando una Quinta Columna en Latinoamérica?

Venezuela: Jaua: En el encuentro con Kerry acordamos mantener relaciones de respeto mutuo (+Video)

7 de junio 2013
Caracas, 7 de junio de 2013 (MPPRE).- El ministro del Poder Popular para Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela, Elías Jaua Milano, ofreció un balance del encuentro que sostuvo con el Secretario de Estado, John Kerry, en la ciudad de La Antigua, Guatemala a propósito de la 43º Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, OEA.

"Ambos gobiernos coincidimos en que debemos mantener unas relaciones normales, de respeto (...) que ustedes respeten la opción del modelo socialista que nosotros hemos escogido, una construcción del socialismo en las más amplias libertades para nuestro pueblo en la restitución plena de los derechos de nuestro pueblo", afirmó el canciller Jaua, durante la inspección del centro agroturístico El Naranjal, ubicado en Caracas, presidido por el Jefe de Estado venezolano, Nicolás Maduro.

Resaltó la importancia de designar embajadores lo mas pronto posible, como inicio de unas relaciones normales y de respeto entre dos países que comparten un espacio común que es América.

"Representamos la dignidad de un gran Pueblo que es el Pueblo de Bolívar, que es el Pueblo de Chávez y es el Pueblo venezolano", indicó.

"Exhibimos los logros que Venezuela ha tenido en la lucha contra el narcotráfico y rechazamos la persistencia de los gobiernos que son más consumidores de drogas en el mundo de seguir certificando y condenando de manera unilateral a los países de América latina y el Caribe", expresó Jaua.

Explicó que para combatir el problema mundial de las drogas se requieren Estados democráticos, fuertes y fortalecidos como el Estado venezolano y que desde la OEA y especialmente desde Sistema Interamericano de los Derechos Humanos lo que se hace cada día es intentar debilitarlos más.

Como ejemplo citó que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos no se pronuncio sobre el desconocimiento de las elecciones presidenciales y los hechos violentos del 15 de abril, teniendo como consecuencia once venezolanos fallecidos.

"Finalmente le planteamos y le entregamos a todos los cancilleres y al Secretario Kerry, un libro con un resumen de la Defensoría del Pueblo sobre los hechos violentos del 15 de abril", sostuvo. FIN/Anais González. Foto: Archivo

Guatemala: Élites anticomunistas: un auto retrato de la crueldad Por Aura Cumes - Guatemala, 6 de junio de 2013 


Lo que se obtiene con violencia, se defiende con violencia dijo M. Gandhi. Esta frase queda como anillo al dedo a las élites que, una vez más, han obstruido la justicia invocando al comunismo y al anticomunismo. Para estas élites parece que el mundo no camina. Su actitud cínica de justificar violaciones, mutilaciones, horrendos asesinatos, exterminio de comunidades mayas y rurales, como una heroica manera de acabar con el comunismo, y defender la patria, solo agrega más sentido a su extraordinaria brutalidad. Así exhiben que se nutren del autoritarismo, del anticomunismo y del racismo, condición que les impide construir una verdadera nación e imposibilita que otras y otros la construyan. Cual amos medievales siguen fincando su poder en “el derecho de matar” para arrancar obediencia. Es así como se han relacionado con el pueblo maya, xinca, garífuna y con las poblaciones ladinas empobrecidas y rurales. 
 Estas tenebrosas élites han demostrado por sí mismas que no son aptas para gobernar, pues constituyen un verdadero atentado contra la vida. Así han minado la existencia del grandioso pueblo maya y eliminado la vida de tantas revolucionarias y revolucionarios. Su permanencia en el poder es un extremo solo permitido por la lógica perversa de la política en Guatemala, y el consentimiento de quienes se han dejado seducir o han metabolizado sus premisas como única forma de “vivir en sociedad”. Cuando no conocemos más que dictaduras, es fácil conceder a los tiranos el derecho a gobernarnos. 

 Lejos de “conducir” el país, estas élites debieran ser procesadas por el alcance de sus acciones. El Ejército fabricó individuos autómatas penetrando profundamente en sus psiquis, dirigió con terror la polarización de la sociedad, sembró el miedo y el silencio. Como instrumento de degradación, fomentó una virilidad asesina en los entrenados como Kaibiles, en los reclutados forzosamente como soldados y en muchos convertidos en patrulleros civiles. Su intención fue crear seres impávidos, despiadados y sanguinarios, que reprimieran cualquier signo de compasión imitando a las fieras y a las aves de rapiña. 

 Uniendo Guerra Fría y colonialismo interno, anticomunismo y racismo, el Ejército aplicó sistemáticamente procedimientos de diferenciación y separación entre “indios buenos” e “indios malos”, estos últimos entendidos como subversivos, comunistas e insurgentes, aniquilados a partir de la sospecha. Así lo da a entender el mismo Otto Pérez Molina en entrevista dada a CNN el 10 de mayo pasado[1]. Cuando el entrevistador pregunta qué quiso decir -en 1982- al afirmarle al periodista Allan Nairn “todas las familias están con la guerrilla”, Pérez Molina vociferó que “En el ‘82, la facción de la guerrilla… EGP involucró a las familias completas, no respetó edades, desde los ancianos hasta los niños más pequeños, les pusieron pseudónimos. Tomaron el poder local…”. ¿Por eso fueron exterminados?

Cuando, extrañados, ahora dicen que no hubo intención de desaparecer a un pueblo, raza o etnia determinada, no se dan cuenta que están exteriorizando lo peor de su verdad. Lo vejatorio está precisamente en esa falta de voluntad, en la facilidad, en la normalidad con que se asesina a los indígenas. Así pues, la aversión al comunismo se consumó, aunque no solo, exterminando comunidades mayas, pasando por los más crueles mecanismos de muerte a niños, mujeres, ancianos y hombres desarmados. Si la “guerra” planificada desde el Estado contra la guerrilla arrojó estos funestos resultados hay sobradas razones para entender que el anticomunismo fue una perfecta excusa para cometer atrocidades que siempre se habían querido contra “los indios indeseables” y “peligrosos”. Desviar el castigo contra el comunismo hacia “los indios”, daba también la impresión de mayor efectividad pues se magnificaba al enemigo. Eso generaba simpatía en determinada población especialmente urbana, criolla y ladina, insensibilizada ante la existencia y la muerte de “los indios”. 

 Lo amargo es enterarse cómo ciertos individuos de izquierda que jamás se han interesado en pensar -con seriedad- qué significa ser tratado como “indio” o “india” en este país, irresponsablemente siguen obviando el problema colonial, el racismo y su conexión con las matanzas masivas de gente maya. Hoy coinciden con los simples versos del anticomunismo: “a los indios se les mató por guerrilleros y no por indios”. Con ello quieren conminarnos al silencio para “no polarizar al país” hablando de genocidio. Pero, ¿no ocultan con esto sus errores devenidos en horrores? ¿También les parece insignificante la muerte de “los indios” por “ser indios”? Ante esto, el silencio jamás será la vía, porque callar significaría profanar la memoria de nuestros muertos y convertir lo siniestro en rutina.

 Por estas razones hay quienes nos negamos a ser “dirigidos” por estas élites con vocación asesina. Así como no son aptas para gobernar, confirman que carecen de liderazgo moral e intelectual. Al expresarse evidencian que el pensamiento, el razonamiento, el sentido de la justicia y de la libertad no son lo suyo; lo son eso sí, el rumor y la propaganda para encender miedos, odios y agitar emociones violentas. Para muestra, un profesor que se dice a sí mismo liberal, se da el lujo de congratularse con Ríos Montt porque “él hizo en los años ochenta lo digno y lo apropiado” (elPeriódico 22/05/13)[2]. Sin el más mínimo razonamiento respalda hechos tan atroces. Sus palabras llenas de odio e impregnadas de las más elementales emociones, distan de ser las de un profesor digno, menos culto; sin embargo, “enseña” en un espacio que, en este país, quedó perfecto a su pensamiento retrógrado. No me extraña que se atreva a condenar la injerencia extranjera, cuando él es el fiel ejemplo de lo que detesta. 

¿Qué podemos aprender de estas élites? Nada. Hay graves males que el dinero no cura. Ellos tienen sobradas condiciones para crear pensamiento, ciencia, arte, literatura, música, innovaciones políticas y tecnológicas en un país con el extraordinario privilegio de la pluralidad. Pero no, estas élites ensimismadas solo saben de sangre, de armas y de violencia, solo conocen de represión, saqueo y depredación. Y así, pretenden “instruirnos”, “conducirnos”, “moralizarnos”, “civilizarnos”. Nunca es tarde para que reconozcan que sus métodos medievales y sanguinarios jamás levantarán al país, al contrario lo hundirán más como pasa en estos momentos. Por eso, usamos nuestras palabras para decirles que su crueldad es algo inconcebible en nuestras vidas. Su brutalidad no cabe en la existencia de quienes si queremos celebrar la vida, no como sujeción, sino como un evento autónomo, hermoso y fecundo. 

1. http://www.youtube.com/watch?v=ITjqNXgw3Sc 

2. http://www.elperiodico.com.gt/es/20130522/opinion/228612/ 

Fuente: www.avancso.org.gt

Guatemala: “No hay decisión legal que sea inconsecuente, aun si es revocada”


Pablo de Greiff, relator especial de Naciones Unidas para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, expuso sus opiniones sobre lo que los juicios por violaciones masivas a los derechos humanos, como el concluido recientemente en Guatemala, han significado alrededor del mundo.

Conversación | Por: Gerson Ortiz

¿Cómo se aprecia el juicio por genocidio en Guatemala desde la perspectiva de la justicia transicional?

– La comunidad internacional reconoce el proceso en el que está involucrada Guatemala como uno que tiene significado histórico para los ciudadanos guatemaltecos y para la comunidad internacional. Es la primera vez que un Jefe de Estado es procesado ante un tribunal nacional por este tipo de violaciones, y hemos seguido con muchísimo interés el desarrollo del caso.

¿Cuán importantes es que se judicialicen estos hechos?

– El componente de justicia penal es una dimensión importante del proceso de justicia transicional. Estos procesos incluyen un componente de justicia penal que no solo radica en que hay obligaciones internacionales y nacionales de juzgar y castigar cierto tipo de violaciones, sino la posibilidad de recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones del Estado, es darle derecho a las víctimas como derechohabientes y hacer que recuperen la confianza en las instituciones del Estado, y que se pueda confiar en quienes la conducen.

¿Qué opina de críticas que hicieron algunos sectores contra la observación que hizo la comunidad internacional durante el juicio?

– En todos estos procesos es importante para los interesados, y los observadores pedir que todos se comporten de forma compatible con la libre operación, decisión e independencia de los sistemas judiciales. El interés que este tipo de procesos genera por parte de la comunidad internacional no es cosa nueva, ha sido un fenómeno histórico. Creo que es bastante que el interés de la comunidad internacional debe interpretarse como una manifestación de apoyo al fortalecimiento de los sistemas de derechos y no como un intento de dirigirlos.

Actualmente la Corte de Constitucionalidad tiene en sus manos la anulación de la sentencia, ¿qué opina?

– No opinaré sobre el caso de Guatemala en particular, y menos de manera especulativa. Estos son procesos que en diferentes partes del mundo donde se han llevado a cabo han generado muchísimas expectativas y temores, pero vale la pena recordar que a pesar de los vaticinios de toda clase de consecuencias nefastas, estos no han llegado a ser ciertos. Hay centenares de casos judicializados en Chile y Argentina, por ejemplo, que incluyen a oficiales de muy alto rango y esas experiencias dan testimonio de que estos son problemas que no se desaparecen y que las víctimas tampoco cesan en su intento por conseguir justicia, y a pesar de que tome décadas lo han logrado.

¿Cree que pueda darse esos mismos resultados sobre la justicia en Guatemala?

– Esa es la aspiración que compartimos los que pensamos que la operación de sistemas formales de Derecho hacen un aporte a la estabilidad social, reconciliación y en general al aseguramiento de los derechos y de la confianza en las instituciones.

¿Cómo puede esa sentencia por genocidio no generar polarización?

– Las violaciones registradas no se establecen a través de un proceso judicial, en este se determina la responsabilidad penal de individuos. El proceso legal consiste en que permite hacer una distribución individualizada y contribuye a evitar que la responsabilidad se generalice. Los países en su totalidad no son responsables de genocidio, quienes son responsables son individuos particulares y eso intenta hacer el proceso legal. En muchos países la operación del sistema judicial ha permitido descargar a grupos amplios por hechos violentos y atribuírselo a individuos particulares.

¿Cree que las medidas de reparación ordenadas por el tribunal sean suficientes?

– Los reclamos de justicia no se extinguen ni solo con la verdad ni solo con la penalización de casos, ni solo con las reparación ni solo con las garantías de no repetición, la respuesta adecuada requiere de la implementación de todas las medidas. Por supuesto, ese proceso es complejo y toma mucho tiempo. Es un error pensar que los reclamos pueden ser respondidos de una manera porque los cuatro tipos son necesarias. Creo que hay medidas simbólicas de reparación que juegan un papel importante en los procesos de justicia transicional. El mundo no se cae cuando se inician procesos de este estilo, es posible aceptar responsabilidades y al hacerlo se fortalecen y no se debilitan las instituciones.

¿Cuánto tiempo más cree que pueda pasar para que la sentencia cause firmeza?

– En diferentes países del mundo estos son procesos que han tomado mucho tiempo, no hay ningún país donde el proceso haya sido fácil o no haya generado reservas y temores, pero ya hay países que han concluido con éxito los proceso de judicialización, y confirman que a través de esos casos han hecho una contribución visible al fortalecimiento de las instituciones del Estado.

¿Cómo debería asumirse el cambio de una sentencia así por parte de otros órganos judiciales?

– Cada sistema legal tiene su procedimiento para agotar instancias, y mientras haya cierto tipo de incertidumbre acerca de cuál es la última etapa del proceso, siempre cabe la posibilidad de algún cambio, pero pienso que todas las decisiones jurídicas van estableciendo cierto tipo de marcas. No hay decisión legal que sea inconsecuente, aun si es revocada, algo se gana o se pierde con las decisiones de un sistema judicial, de ahí la importancia que cada decisión sea razonada y tomada en condiciones donde los operadores puedan aplicar la ley.

Poderes populares en América Latina: pistas estratégicas y experiencias recientes 
Gaudichaud, Franck 

Revista Herramienta, junio 2013

Gaudichaud, Franck . Es profesor en Estudios latino-americanos en la Universidad Stendhal-Grenoble 3 (Francia) y copresidente de la Asociación France Amérique Latine (www.franceameriquelatine.org). Participa en el colectivo editorial del sitio www.rebelion.org y de la revista ContreTemps (http://www.contretemps.eu/). Contacto : franck.gaudichaud@u-grenoble3.fr 


“Emancipación” (del latín  emancipatio, -onis): Acción de liberarse de un vínculo, de una traba, de un estado de dependencia, de una dominación, de un prejuicio .


El laboratorio latinoamericano [1]

Desde hace más de una década, América Latina aparece como una “zona de tempestades” del sistema-mundo capitalista. La región ha conocido importantes movilizaciones colectivas y luchas sociales contra los estragos del neoliberalismo y sus representantes económicos o políticos y, también, contra el imperialismo; dinámicas de protestas que han llevado en algunos casos a la dimisión o la destitución de gobiernos considerados ilegítimos, corruptos, represivos y al servicio de intereses extraños a la soberanía popular.
El cambio de las relaciones de fuerzas regionales, en el patio trasero de los Estados Unidos, se ha traducido también en el plano político e institucional en lo que ha sido calificado por muchos observadores como “giro a la izquierda” [2] (Gaudichaud, 2012) así como, en algunos casos, en una descomposición del sistema de partidos tradicionales:

A comienzos de los años 90, la izquierda latinoamericana agonizaba. La socialdemocracia se adhería al más desenfrenado neoliberalismo. Sólo algunos embriones de guerrillas y el régimen cubano, superviviente a la caída de la URSS en un período de penuria denominado “período especial”, rechazaban el “final de la Historia” tan querido por Francis Fukuyama. Después de haber sido el laboratorio de experimentación del neoliberalismo, desde comienzos de los años 2000 América Latina se ha convertido en el laboratorio de la contestación al neoliberalismo. Han surgido oposiciones en América Latina, con formas diversas y desordenadas: revueltas como el Caracazo venezolano (1898) [3], ahogado en sangre, o el zapatismo mexicano, luchas victoriosas contra los intentos de privatizaciones como las guerras del agua y del gas en Bolivia, y también movilizaciones campesinas masivas como la de los cocaleros bolivianos y los sin-tierra brasileños. Entre 2000 y 2005, seis presidentes fueron derrocados por movimientos llegados de la calle, principalmente en su zona andina: en Perú en 2000; en Ecuador en 2000 y 2005; en Bolivia, tras la guerra del gas en 2003 y en 2005; además de una sucesión de cinco presidentes en dos semanas en Argentina, durante la crisis de diciembre de 2001. A partir de 1999 se han constituido gobiernos que se reivindican de estas resistencias. En poco más de una década, más de diez países se han inclinado hacia la izquierda, sumándose a Cuba donde los hermanos Castro siguen estando en el poder. Llevados por estos poderosos movimientos sociales, nuevos gobiernos de izquierda con trayectorias atípicas se han instalado en el poder: un militar golpista en Venezuela, un militante obrero en Brasil, un sindicalista cultivador de coca en Bolivia, un economista hostil a la dolarización en Ecuador, un cura de la Teología de la Liberación en Paraguay... (Posado, 2012).

Aunque el tema del “socialismo del siglo 21” es reivindicado por líderes como Hugo Chávez, la región no ha conocido experiencias revolucionarias, en el sentido de una ruptura con las estructuras sociales del capitalismo periférico, como fue el caso de la revolución sandinista en Nicaragua, el castrismo en Cuba o, en cierta medida, el proceso de poder popular durante el gobierno de Allende en Chile. Sin embargo, en un contexto mundial difícil, caracterizado por la fragilidad relativa de las experiencias progresistas o emancipadoras, las organizaciones sociales y populares latinoamericanas han sabido encontrar los medios para pasar de la defensiva a la ofensiva, aunque no siempre de manera coordinada. Haciéndose eco de las reivindicaciones de las y los “de abajo” y/o al comienzo de la crisis de hegemonía del neoliberalismo, algunos gobiernos llevan a cabo políticas con acentos antiimperialistas y reformas de gran envergadura, sobre todo en Bolivia, en Ecuador y en Venezuela. Más que un enfrentamiento con la lógica infernal del capital, estos gobiernos se orientan hacia modelos nacionales-populares y de transición post-neoliberal, de vuelta al Estado, a su soberanía sobre algunos recursos estratégicos, en ocasiones con nacionalizaciones y políticas sociales de redistribución de la renta dirigidas hacia las clases populares, pero manteniendo los acuerdos con las multinacionales y las élites locales (ALAI, 2012). En estos tres últimos países se han desarrollado también los mayores avances democráticos de esta década en el plano constitucional, gracias a innovadoras asambleas constituyentes; un contexto que ofrece nuevos espacios políticos y un margen de maniobra creciente para la expresión y la participación de los ciudadanos. El “progresismo gubernamental” se viste a veces también con el ropaje de un social liberalismo sui generis , en particular en Brasil (y de manera diferenciada, en Argentina), combinando una política voluntarista y de transferencias de rentas condicionadas, destinadas a los más pobres, favoreciendo a las élites financieras y al agrobusiness .
Según el economista Remy Herrera:

La inteligencia política del presidente Lula se demostró al haber resuelto un dilema completamente insoluble para sus predecesores de derecha, en su búsqueda de un neoliberalismo “perfecto”: profundizar la lógica de sumisión de la economía nacional a las finanzas globalizadas, ampliando al mismo tiempo la base electoral en el seno de las fracciones desfavorecidas de las clases explotadas contra las cuales se dirige sin embargo esa estrategia. Una explicación puede ser sin duda el modo de gestionar la pobreza que ha adoptado el Estado: cambiar la vida de los más miserables, en concreto, gracias a una renta mínima, sin tocar las causas determinantes de su miseria (Herrera, 2011).

En otros países, los movimientos populares tienen que seguir haciendo frente a regímenes conservadores o abiertamente represivos, al terrorismo de Estado, a las mafias o al paramilitarismo, como ocurre en grandes países como Colombia y México, o incluso Paraguay (desde el golpe de Estado “legal” de junio de 2012) y Honduras (desde el golpe de Estado de 2009) [4]. En plena crisis internacional del capitalismo, la región logra asombrosas tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (y además durante un largo período), que suscitan la admiración del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, aunque se trata de un “crecimiento” desigual, basado esencialmente en un visión neo-desarrollista que mantiene o renueva el saqueo de los recursos naturales, la extracción de materias primas (petróleo, gas, minerales, etc.) y una fuerte dependencia respecto al mercado mundial, por medio de una estrategia de “acumulación por desposesión” (en palabras de David Harley) extremadamente costosa en el plano social y ambiental. Esta estrategia “extractivista”, compartida por el conjunto de los gobiernos de la región, es una de las principales tensiones del período (Svampa, 2011):

A nivel económico, este modelo, orientado esencialmente hacia la exportación, induce un despilfarro de riquezas naturales en gran medida no renovables. Engendra una dependencia tecnológica respecto a empresas multinacionales y una dependencia económica respecto a fluctuaciones de los precios mundiales de las materias primas. Aunque los elevados precios de estas últimas en la actual coyuntura han permitido a los países de América Latina superar la crisis después de 2008, la reprimarización de las economías, esto es, la incitación a volver a dirigirse hacia la producción de materias primas no transformadas, las hace muy vulnerables a un eventual cambio de los mercados. En un contexto de mundialización económica, este modelo refuerza una división internacional del trabajo asimétrica entre los países del Norte, que preservan localmente sus recursos naturales, y los del Sur. A nivel ambiental, las minas a cielo abierto, la sobreexplotación de yacimientos de débil concentración, el agrobusiness o incluso la extracción de hidrocarburos, implican el vertido de metales pesados en el entorno, la contaminación de los suelos y de las capas freáticas, la deforestación y la destrucción de los paisajes, de los ecosistemas y de la biodiversidad. [...] Esta situación crea –casi mecánicamente– las condiciones para una intensificación de los conflictos sociales. El margen de maniobra de los gobiernos es sin embargo estrecho: por una parte, estas economías están basadas en gran medida en la exportación de materias primas, y por otra, las izquierdas recién llegadas al poder necesitan, para poder mantenerse, resultados tangibles a corto plazo en términos de redistribución y de desarrollo social (Duval, 2011).

No obstante, si comparamos el estado actual del continente con el período de los años 70-90, saltan a la vista muchos cambios sociopolíticos. Porque habría que recordar brevemente “de dónde viene” el subcontinente. Después de los años 80, los años de la década “robada” (más que “perdida”), años de explosión de una deuda exterior por lo general ilegítima, los 90 fueron los años de las aplicaciones salvajes de los preceptos del FMI, de los ajustes estructurales, de la continuación de las políticas de consenso de Washington, de las desregulaciones y privatizaciones en nombre de una supuesta eficacia económica, que llevaron a la destrucción de sectores enteros de los servicios públicos y a una mercantilización de los ámbitos sociales de una amplitud sin igual. América Latina ha sufrido de lleno el “neoliberalismo de guerra” (para retomar la expresión del sociólogo mexicano Pablo González Casanova), su hegemonía, y después su crisis, en particular en América del sur, aunque este último persiste –e incluso se refuerza– en otros países: en México, en Colombia y en una parte de Centroamérica. Estos períodos han sucedido en muchos casos a largas dictaduras. Chile encarna todavía este capitalismo de desastre de los Chicago-boys y de la doctrina del “choque neoliberal” [5]. Producto de las derrotas de las izquierdas, de la represión del movimiento obrero y de la imposición de este nuevo modelo de acumulación, el subcontinente es el más desigual del planeta: la región de las desigualdades sociales, territoriales y raciales. A pesar de una ligera mejora en este aspecto, y también, de forma más clara, en el de la pobreza (en Colombia, un contraejemplo, las desigualdades han continuado aumentando) (Gaudichaud. 2012) [6].

Movimientos sociales, utopías concretas, poderes populares

En un reciente análisis de las “gracias y desgracias de la conflictividad social” en Francia desde los años 1970 a los 2000, Lilian Mathieu señala, a justo título, que: “la cuestión de las alternativas al orden capitalista se plantea con tanta agudeza hoy que hace treinta o cuarenta años. Tal vez incluso con más urgencia: las consecuencias desastrosas de este modo de producción para la simple supervivencia de la humanidad son ahora mucho más tangibles”; pero también que después de los desvíos autoritarios de varias experiencias post-capitalistas en el siglo 20:

No sólo se ha hundido la credibilidad de las alternativas. También los intentos de construir sobre el terreno formas de vida que se sustraen al orden dominante se han malogrado en su mayor parte y sólo son contempladas en tono de burla. El fenómeno de las comunidades, aunque numéricamente marginal, tuvo cierto eco e impresionó mucho a los contemporáneos, sobre todo por el hecho de ser obra de jóvenes diplomados, destinados como tales a asegurar la reproducción del orden capitalista. Las temáticas de la “vuelta a la naturaleza” (o al “país” regional), la exigencia de autenticidad en la producción y el consumo, la voluntad de escapar de la lógica mercantil, la reivindicación de relaciones sociales más igualitarias (en la pareja, la familia, la empresa...), en resumen, varios elementos de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello denominan “crítica artísta” [7], han sido invalidadas tras infructuosos intentos de aplicación concreta, o reprimidos, o “recuperados” y sometidos al orden capitalista. Estas dos lógicas de “descredibilización” de las alternativas al capitalismo pueden ser ilustradas con el tríptico de Albert Hirschman[8]. Al haber fracasado tanto la opción de la “voice” (acelerar la instauración del socialismo por medio de una movilización de masas) como la del “exit” (la instauración de “bolsas” de existencia que escapan al orden dominante, en el interior mismo de sociedades capitalistas, sin cuestionarlas frontalmente), sólo quedaría la opción de la lealtad al capitalismo” (Mathieu, 2012).

Esta constatación parte de una descripción crítica del “nuevo espíritu del capitalismo” y de las realidades político-sociales de los países industriales de los centros de la economía mundial y de la cuarta edad (neoliberal) del capital. ¿Pero qué ocurre en el sur y en la periferia del sistema, en las sociedades dependientes y sometidas al intercambio desigual mundializado? Para comprender tanto los intentos de transiciones post-neoliberales como los de construcciones comunitarias de emancipaciones locales, de autogestión territorial en América Latina, es indispensable tener en cuenta la temporalidad propia de la región (aunque integrada en un todo mundial) y sus formaciones sociales específicas. Así, aunque la reflexión sociológica arriba citada puede proporcionarnos elementos teóricos sobre las relaciones actuales –y pasadas– entre experiencias revolucionarias y ensayos de construcciones locales (lo que algunos denominan “utopías concretas”), debe estar supeditada a la consideración de las realidades de una América indo-afro-latina .
Primera evidencia, esta realidad ha estado atravesada por grandes momentos revolucionarios y varios proyectos nacionales, muchos derrotados, de transición antiimperialista: de la revolución mexicana de 1910 –mucho antes que la revolución rusa– hasta las actuales –aunque embrionarias– discusiones sobre el socialismo “del siglo 21”, pasando por la revolución cubana (1959) y otras más... Otra evidencia, ya mencionada, el continente latinoamericano, a diferencia de un “viejo mundo” en plena crisis de civilización, es de nuevo un terreno de ensayo para la construcción de alternativas: bajo estas latitudes se abrió, desde los años 90, el ciclo altermundialista (Pleyers, 2011) y tuvieron lugar los foros sociales mundiales, concebidos como experiencias de democracia participativa (en particular en Porto Alegre, Brasil); también ahí se pueden situar las primeras explosiones de resistencias globales al neoliberalismo (Vivas y Atentas, 2009), simbolizadas en el grito de los neozapatistas chiapanecos contra los tratados de libre comercio: “¡ Ya basta !”; y es también al sur del Río Bravo donde se viene hablando de “buen vivir” [9], de derechos de la Naturaleza y de los bienes comunes, de Estado plurinacional o incluso de autonomías indígenas. En cuanto a la noción de “poder popular”, ha recorrido todas las grandes movilizaciones sociales del siglo 20 latinoamericano, tanto en Argentina, como lo demuestra Guillaume de Gracia (2009), como en el resto de la región: designa una dinámica que se puede ver en marcha durante los períodos de crisis revolucionarias, pero también en varias experimentaciones locales o comunitarias, circunscritas a un barrio, una fábrica, un territorio; una noción que ha conocido por tanto múltiples puestas en práctica aunque todas ellas ligadas directamente al movimiento obrero y social. Este poder popular consiste en una serie de experiencias sociales y políticas, la creación de nuevas formas de apropiaciones colectivas (a veces limitadas), que se oponen –en su totalidad o en parte– a la formación social dominante y a los poderes constituidos. En otras palabras, se trata de un cuestionamiento de las formas de organización del trabajo, de las jerarquías sociales, de los mecanismos de dominación materiales, de género, de raza o simbólicos. América Latina ha estado recorrida, en varios puntos de su territorio, por estos “relámpagos autogestionarios” cuyas identidades y geografía social están inextricablemente ligadas a su arraigo en este continente (Petras y Veltmeyer, 2002).
Con esta pequeña obra colectiva, nuestra ambición es revisar estas gramáticas de una emancipación plural –parcial y atravesada por múltiples conflictos, pero “en actos”–, en el curso de la última década. Las diez utopías concretas que nos proponemos tratar aquí reflejan la diversidad de estas experimentaciones, algunas “desde abajo”, directamente surgidas del movimiento social, otras más ligadas a formas de democracia participativa y en relación con algunas instituciones. Experiencias que esbozan la cartografía, parcelada, de otros mundos posibles: Comuna de Oaxaca, mujeres y feministas mexicanas frente a la violencia y al patriarcado, ensayos difíciles de control obrero en Venezuela o empresas recuperadas en Argentina, consejos comunales en los barrios populares de Caracas, luchas de los sin techo en Uruguay o ejemplar organización colectiva de los trabajadores sin tierra en Brasil, iniciativa para una sociedad post-petróleo y del “buen vivir” en Ecuador y agroecología en una comunidad colombiana, a pesar de la guerra; finalmente los análisis del proceso constituyente boliviano que plantea la cuestión de las instituciones y la construcción de una democracia postcolonial. En contextos diversos, surgen gérmenes de poderes populares que buscan a tientas los caminos de la emancipación, casi siempre contra los poderes constituidos y la represión del Estado; aunque también, en ocasiones, en relación con políticas públicas post-neoliberales y el campo político o partidista nacional. Por supuesto, los ejemplos que hemos seleccionado no pretenden dar una imagen exhaustiva de todo el mosaico de experiencias en curso. Habríamos podido citar también los medios de comunicación comunitarios de muchos países, la lucha de los mapuches de Chile por su supervivencia y por la recuperación de sus tierras, la autoorganización campesina en Honduras, la increíble capacidad de resistencia de los “caracoles” y el asesoramiento de los buenos gobiernos Zapatistas, los comedores comunitarios autogestionados de Buenos Aires o incluso las juntas de vecinos de la ciudad de El Alto (Bolivia), el “asambleísmo” y las ocupaciones estudiantiles del último período, etcétera. Por medio de textos cortos y accesibles, escritos por autores y autoras que conocen de cerca estas experiencias, a menudo a través de observaciones de participaciones en el terreno, nuestro objetivo es desbrozar algunos temas poco o nada abordados en los medios masivos de comunicación dominantes, con la esperanza de invitar al debate sobre las cuestiones estratégicas que suscitan estas experiencias.
Lejos de nuestra intención la idea de mitificar lo que el sociólogo Franck Poupeau ha designado como “pequeños universos” cerrados en sí mismos, “una micro-sociedad formidable, por ser singular, gobernada por la ayuda mutua y el compartir, separada de los flujos de la comunicación mercantil y de los intercambios interesados que son la suerte de la masa de consumidores”: estos “senderos de la utopía” [10] en construcción que aquí explicamos no pretenden “pensar la utopía a partir de experiencias de comunidades en ruptura con el resto del mundo social”. Porque pensamos que “lo ‘común’ obtiene su eficacia de lo que es universalizable, extensible más allá de la comunidad de iniciados, en las esferas donde el antagonismo entre trabajo y capital deja entrever la posibilidad de un cambio profundo” (Poupeau, 2012), y que debe dirigirse al mayor número, comenzando por las clases populares y por aquellas y aquellos que sufren directamente la miseria del mundo. Esto es precisamente lo que dejan entrever –con un grado de éxito o de fracaso variable y a escalas diversas– las experiencias que ponemos en debate en esta obra colectiva. Todas ellas resisten a su manera al signo de los tiempos (neoliberal, racista, machista y austero) y participan, aquí y ahora, a la construcción de nuevos espacios políticos, territorios sociales en busca de “lazos que liberen”. En cierta manera, podría sugerirse que estos poderes populares responden concretamente al eco planetario y a los interrogantes de las y los indignados, al surgimiento de este “pueblo de las plazas” y a las múltiples revueltas que, desde hace meses, rasgan el consenso neoliberal en varios países. Estos 99% de ciudadanas y ciudadanos que hacen frente a la arrogancia del 1% de oligarcas de las finanzas y de una política politiquera ciega:

 El año 2011 supone un cambio histórico. La oleada revolucionaria iniciada en Túnez ruge todavía en la plaza Tahrir, en Egipto. Ha cambiado el panorama político en el mundo árabe y se ha extendido rápidamente como una mancha de aceite a las cuatro esquinas del planeta. De Santiago de Chile al municipio de Wukan en el sur de China, de la Puerta del Sol a la plaza Sintagma , de Moscú a Wall Street pasando por los motines de Londres, se ha visto alterado el curso regular de la dominación. En el ciberespacio, se ha abierto un nuevo frente con la guerrilla de los Anonymous contra las grandes corporaciones y los dispositivos del Big Brother. Estos acontecimientos están todavía demasiado cercanos para poder seguir los hilos que los unen, comprender sus raíces. La amplitud y la naturaleza de los cambios desencadenados son por ahora imposibles de conocer. Pero resulta claro que, al igual que en 1848 o 1968, la posibilidad de otro futuro se ha entreabierto en 2011”. (ContreTemps, 2012).

Hay que subrayar sin embargo que las emancipaciones latinoamericanas en proceso que aquí presentamos se diferencian también ampliamente de la constelación de las indignaciones mundiales. En primer lugar porque han podido pasar, incluso desde hace varios años, de la ofensiva a la construcción, de la indignación a la creación alternativa. Pero también por el hecho de vínculos específicos y directos con las clases populares de la región, lejos de un “sujeto revolucionario” incorpóreo o de una reivindicación de ciudadanía abstracta, como se pueden encontrar entre algunas y algunos indignados. Pero, sobre todo, estas experiencias tienen su propio repertorio y en ningún caso pretenden significar modelos “llave en mano”, ni tampoco “prêt-à-porter” de praxis militantes que deban ser aplicadas mecánicamente bajo otros cielos. Por el contrario, deseamos mostrar cómo estos procesos nacen de las entrañas mismas de las condiciones materiales y subjetivas del capitalismo latinoamericano, de su violencia, de su exclusión en las cuales están inmersos. Son el fruto de un ciclo de movilizaciones que comenzó globalmente a mediados de la década de los 90, hace más de quince años, y revelan la lucha de muchos actores. Una multiplicidad producto en parte de los efectos de la fragmentación social neoliberal y de su implantación brutal en América Latina:

Estos movimientos tienen historias, bases sociales y reivindicativas y arraigo en los territorios rurales o urbanos, muy diferentes. Son sin embargo capaces de movilizarse colectivamente en torno a objetivos comunes, sobre todo cuando un proyecto político gubernamental, supranacional o económico (la estrategia de una multinacional, por ejemplo) amenaza las estructuras que representan. Es posible identificar a algunas familias que estructuran en esta nebulosa de organizaciones locales, regionales o nacionales cuya historia común se ha forjado en las resistencias a las oligarquías y a las políticas neoliberales desde hace una treintena de años: los movimientos indígenas (muy activos en particular en los países andinos), los movimientos y sindicatos campesinos (presentes en el conjunto del sub-continente, siendo el más emblemático y poderoso el Movimiento de trabajadores rurales sin tierra del Brasil. MST); los movimientos de mujeres; los sindicatos obreros y de la función pública; los movimientos de jóvenes y de estudiantes, las asociaciones medioambientales (Ventura, 2012).

Estamos por tanto ante un sujeto emancipador plural y complejo, caracterizado por la multidimensionalidad. ¿Quiero esto decir que la componente de clase, el sindicalismo o incluso los trabajadores estarían ausentes o “diluidos” en una nebulosa post-moderna, definida sólo por la novedad de estos movimientos? En ningún caso. La dimensión de clase de estos conflictos sigue siendo central y los asalariados han jugado un papel esencial en este ciclo ascendente de protestas, y lo siguen haciendo por medio de experiencias como las que describimos en este libro (ver los textos sobre Uruguay, Argentina o Venezuela). Sin embargo, se constituye una praxis propia a las movilizaciones del último período, en particular la del movimiento indígena y su cuestionamiento de la “colonialidad del poder”[11], que

ha renovado y enriquecido los programas y los horizontes, con una profundidad estratégica todavía lejos de ser asumida en toda su dimensión para ser coherente con la máxima de Mariátegui, que decía que el socialismo indo-americano no puede surgir del calco ni de la copia. [...] Desposeídas o amenazadas de expropiación, temiendo por sus tierras, su trabajo y sus condiciones de vida, muchas de estas organizaciones han encontrado una identificación política en su desposesión (los sin tierra, los sin trabajo, los sin techo), en las condiciones sociopolíticas de vida comunitaria amenazada (los movimientos de habitantes, las asambleas ciudadanas (Algranati, Taddei, Seoane, 2011).

Estas nuevas movilizaciones se caracterizan sobre todo por la horizontalidad de las formas de organización, la importancia de la discusión en asambleas y la reivindicación de un territorio de luchas.
Durante la última década, hemos asistido a una relocalización de los movimientos sociales y a un ascenso potencial del espacio local como base territorial de sociabilidad, pero también como centro de reivindicaciones y de la acción de protesta: luchas contra las expropiaciones de tierras, luchas por el medio ambiente, luchas por la vivienda, luchas contra el cierre de fábricas, etc... Se trata de construir territorios alternativos o incluso “espacios de experiencia en los cuales los participantes intenten traducir a la práctica los valores de participación, de igualdad y de autogestión”. Sin embargo, “el arraigo local de actores y de movilizaciones no es en absoluto incompatible ni con el vínculo político nacional, ni con una proyección de la ciudadanía más allá de las fronteras del Estado-nación” (Merklen, Pleyers, 2011). Desde luego, estas prácticas situadas y circunscritas a un espacio específico, pese a todo su potencial, plantean también la cuestión de los límites de movilizaciones que se esfuerzan en obtener resultados a nivel nacional, en ausencia de proyecto político a una escala más amplia. El conjunto de estos procesos plantea por tanto importantes cuestiones estratégicas sobre el “arriba” y el “abajo”, los instrumentos y las tácticas de una estrategia emancipadora para el siglo 21...

Bibliografía
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Primera parte de la introducción al libro colectivo: Amériques latines. Emancipations en construction, Paris, Syllepse, 2013, publicado en asociación con Francia América Latina. La introducción fue publicada como artículo independiente  por las revistas Viento Sur/ContreTemps  y enviado por el autor para Herramienta. 


[1] Nuestro agradecimiento a Emmanuel Delgado Hoch, de las ediciones Syllepse, por sus comentarios críticos a este texto. El resultado final, como tiene que ser, es de mi entera responsabilidad.
[2] Se trata en realidad de una gran variedad de gobiernos: de centro-izquierda, progresistas, social-liberales o nacional-populares, siguiendo las configuraciones socio-históricas nacionales, y sus relaciones con los movimientos sociales, con el imperialismo y con las clases dominantes.
[3]  Caracazo : insurrección popular ocurrida el 27 de febrero de 1989 en Caracas contra la política neoliberal y las subidas de tarifas, impuestas por el presidente social-demócrata Carlos Andrés Pérez. La represión policial causó, según las estimaciones, entre 1.000 y 3.000 muertes.
[4]  Sobre esta nueva generación de Golpes de Estado, a veces denominados “legales”, ver: “Coup d’Etat au Paraguay”, 23/06/2012, y “Honduras, un an après le coup d’Etat” (por Renard Lambert), La valise diplomatique, 28/06/2010, www.monde-diplomatique.fr.
[5]  N. Klein, La Stratégie du choc , Actes Sud, París 2008.
[6]  Ver también el dossier: “Menos desigualdades, ¿más justicia social?”, Nueva Sociedad, nº 239, junio 2012, www.nuso.org.
[7]  En su libro, Boltanski y Chiapello distinguen la crítica “artista” que denuncia la alienación, la sociedad de consumo y la inautenticidad del capitalismo (asumida muchas veces por estudiantes, artistas e intelectuales), de la crítica “social”, centrada en la explotación y llevada a cabo por el movimiento obrero; recuperada la una por el sistema de gestión y muy desconectada de la otra, desde sus comienzos, en 1968 (Le nouvel esprit du capitalisme , Paris, Gallimard, 1999).
[8]  Albert O. Hirschman, Défection et prise de parole, Paris, Fayard, 1995.
[9]  Sobre la noción mestiza del “ buen vivir” e indígena de Sumak Kawsay, ver el artículo de Matthieu Le Quang sobre Ecuador en este volumen.
[10]  Ver el rico reportaje sobre varias utopías comunitarias europeas de Isabelle Fremeaux y John Hordan: Les sentiers de l’utopie , Zones – La Découverte, Paris, 2011, y el informe crítico de F. Poupeau: “Peut-on changer le monde? Des gens formidables...”, Le Monde Diplomatique, Paris, noviembre 2011.
[11]  El concepto de “colonialidad del poder” fue presentado por primera vez por el intelectual peruano Anibal Quijano. Según este último, la matriz colonial se basa en cuatro pilares: la explotación de la fuerza de trabajo, la dominación etno-racial, el patriarcado y el control de las formas de subjetividad (o imposición de una orientación cultural etno-centrista). Dos siglos después de las independencias latinoamericanas, esta matriz seguiría siendo central en las relaciones sociales: “esta colonialidad del poder se ha mostrado más duradera y más arraigada que el colonialismo en cuyo seno se engendró, y que ayudó a imponerla mundialmente”, inscribiéndose por tanto en una dominación de tipo post-colonial (Quijano, 2007).