PARAGUAY: RESISTENCIA FRENTE A LEY DE PRIVATIZACIONES


31 de octubre 2013
Alianzabolivariana.org

 Organizaciones sociales y políticas en Paraguay se enfrentan a un proyecto de ley que avanza en la privatización de bienes, servicios y recursos públicos. Con media sanción en Senadores, la norma de Participación Pública-Privada espera obtener su sanción la semana entrante bajo la atenta presión del presidente Horaco Cartes. Los sectores populares denunciaron enajenación y discrecionalidad a favor de los capitales privados. 

Está en pie una convocatoria de movilización para el próximo lunes en el que se tratará la aprobación de la ley en Diputados y se realizará una manifestación nacional frente al Parlamento con organizaciones sociales, políticas y gremiales de todo el país. El jueves pasado, las organizaciones protestaron en las puertas del Congreso donde también se entregaron decenas de miles de firmas en repudio a la embestida.

 En todos los casos se exige el rechazo de la norma de Participación Público-Privada (PPP), eufemismo para esconder privatizaciones y extranjerizaciones de servicios, bienes y recursos públicos. El proyecto de la ley hoy impulsado por el Gobierno de Horacio Cartes prevé el otorgamiento de concesiones por plazos de 30 años que pueden ser prorrogados por diez años más.

 A su vez, las organizaciones políticas denuncian que la norma le otorga al Poder Ejecutivo una amplia discrecionalidad en el momento de otorgar los bienes públicos bajo la potestad de obviar la instancia legislativa. Es decir, el presidente podría acordar concesiones sin previa discusión en las Cámaras Representativas. En consonancia, se crearía un “fondo de garantía” con dinero público para indemnizar a las empresas en caso de “mala inversión”, de modo tal que todos los riesgos serían asumidos por el Estado.

 Según detalló el Gobierno Nacional, con la nueva norma esperan captar alrededor de 30 mil millones de dólares en los próximos cinco años. “La ley de alianza público-privada representa un paso para responder a la demanda ciudadana de aumento y creación de empleo, infraestructura y la creación de más oportunidades”, sostuvo el presidente Cartes. A continuación esgrimió la habitual cantinela neoliberal para justificar el medio –la enajenación- , a través del fin: los derechos básicos de los pobladores. “El flujo de inversiones privadas será liberado para combatir la pobreza con más inversiones en salud, vivienda y educación”, argumentó.

 La PPP contempla un amplio espectro de privatizaciones: electricidad, telecomunicaciones, agua, navegación, rutas, entre otros. En el primer borrador del proyecto de ley alcanzaba sólo a las obras de infraestructura, pero el Senado incluyó servicios y bienes bajo la presión de Cartes.

 En una Audiencia Pública llevada a cabo días atrás en la Cámara Baja, representantes gremiales y de movimientos sociales rechazaron los argumentos del Gobierno y sus aliados políticos. Bajo la denuncia de “privatización encubierta” hicieron hincapié en que una concesión de 40 años significaría enajenación y saqueo.

 Las líneas de apoyo argumentan que el capital privado es necesario para “el desarrollo del país”. En cuanto al concierto partidario, los diputados colorados adelantaron que respaldarán la ley en Diputados, tal como hicieron en Senadores para alcanzar la media sanción. Hasta el momento, cuenta con el rechazo del Frente Guasú y el Partido Demócrata Progresista.

 En cuanto a las organizaciones que se enfrentan al avance neoliberal, se encuentran la Central Unitaria de Trabajadores, el Frente Social y Sindical, la Coordinadora de Organizaciones sociales e indígenas de Paraguay y la Central Nacional de Trabajadores. 

 En ese marco de resistencia, uno de los casos más resonantes en Paraguay es la lucha de los trabajadores en contra de la privatización de la generación y distribución de la energía eléctrica, iniciativa del ex presidente de facto Federico Franco. A partir de una reforma al Marco Regulatorio del Sistema Eléctrico se pretende desmonopolizar la Administración Nacional y dar paso al protagonismo de capitales privados.

Guatemala: Impunity Watch se pronuncia ante resolución de CC en caso de Ríos Montt

IMPUNITY WATCH MANIFIESTA SU PREOCUPACIÓN POR LAS MANIOBRAS DILATORIAS DE LOS ACUSADOS DEL CASO DE GENOCIDIO IXIL


Impunity Watch expresa su preocupación por la actitud de la Corte de Constitucionalidad de Guatemala, la cual, en vez de resolver sobre la aplicación o no al General Ríos Montt de la amnistía recogida en el Decreto-Ley 8-86, teniendo en cuenta la Constitución Política de la República de Guatemala, los Tratados Internacionales en materia de protección de los Derechos Humanos, la ley del Organismo Judicial y sus propias resoluciones denegando esta amnistía en al menos dos ocasiones, ordena reenviar a la Sala Primera de Apelaciones el caso para que fundamente mejor su decisión de no aplicación de dicha amnistía. Hay que señalar que dos de los cinco magistrados que conforman la CC emitieron voto razonado disidente sobre la misma.

Nos encontramos ante otra maniobra dilatoria de la defensa de los acusados por genocidio en el área ixil durante el Gobierno de facto de Ríos Montt, que, de nuevo, ha tenido como resultado el retraso en la obtención de justicia por parte de las víctimas de graves violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el conflicto armado interno. Este tipo de decisión – calificada en el voto disidente de la magistrada Gloria Porras como incorrecta y ambigua – no hace sino evidenciar la continua violación de la independencia judicial por parte de ciertos sectores interesados en mantener la impunidad de los autores intelectuales y materiales de los crímenes cometidos contra población civil no combatiente durante el conflicto armado interno.

Exhortamos a los Magistrados de la Sala Primera de Apelaciones, a que en aras que prevalezca su independencia jurisdiccional mantengan su decisión de no aplicación de una amnistía no sólo derogada sino que incumple claramente los compromisos internacionales suscritos por Guatemala en esta materia, especialmente la Convención Internacional para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio y la Convención Interamericana de Derechos Humanos.

El Estado de Guatemala debe renovar su compromiso por investigar, juzgar y sancionar a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos, cometidas durante el Conflicto Armado Interno. Consideramos que cualquier resolución favorable a la aplicación de una amnistía, constituiría un grave retroceso en materia de justicia, y una muestra de desprecio para las víctimas del Conflicto Armado Interno.

Guatemala, 29 de octubre de 2013.

Caso Totonicapán: Pedimos indignación y respaldo para desactivar una nueva agresión en Guatemala

30 de octubre 2013


http://comunitariapress.wordpress.com

Los hechos:

 El sábado 26 de octubre fue una tarde terrible para la familia Tzul Tzul. Desde temprano corrió el rumor en la aldea Paqui, del departamento de Totonicapán, que una de las hijas de don Delfino Tzul y de doña Blanca Rosa Tzul había sido asesinada y pronto llegaría su cadáver. Llamadas anónimas a familiares y amigos de la familia sobre el hecho, quienes solidariamente fueron a preguntar a los Tzul Tzul, profundizaron la zozobra que se generalizó.

 Esta amenaza, este esfuerzo por intimidarnos es común en Guatemala. Lamentablemente. ¿Por qué amenazan a las hermanas Tzul, a Gladys y Jovita Tzul Tzul? Gladys y Jovita Tzul son dos mujeres jóvenes, comprometidas con su comunidad, profesionistas y estudiosas capaces y activas; quienes, después del 4 de octubre, como muchos otros jóvenes y mayores de los cantones y aldeas de Totonicapán se volcaron a llorar y a enterrar a los muertos de la Masacre del 4 de octubre de 2012; pero no sólo a eso: ellas han participado, colaborado y contribuido a generar, junto con muchos otros, la revitalización del tejido comunitario de Totonicapán. Ellas, como muchos otros, han convertido el dolor en indignación y desde esa fuerza se han volcado a diversas iniciativas que contribuyen a que el pueblo conserve su historia, a que se aclaren colectivamente las amenazas que atraviesan las tierras comunitarias y los derechos de todos…. Ellas no son distintas a las demás, son activas, comprometidas y capaces… Son parte activa de un proceso de lucha en marcha más allá de la Masacre de octubre de 2012. Por eso han recibido amenazas de muerte.

 Por otro lado, como parte de su actividad profesional, el día 4 de noviembre habían organizado la visita a Totonicapán de la Dra. Silvia Federici, Profesora emérita de la Universidad de Hofra, Nueva York, autora de Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria; y teórica, desde hace cuatro décadas, de la relevancia y centralidad de la lucha por producir, cuidar y defender lo común. Silvia llegaría a Guatemala y a Totonicapán el día 4 de noviembre próximo para conversar con las mujeres y varones en lucha en Guatemala. Este evento estaba concitando un amplio interés no sólo a nivel local sino en la capital y en otros departamentos. Las hermanas Tzul Tzul y sus amigas/os y compañeras/os, estaban decididos a producir un acto y una deliberación ricos y fértiles para todos. Por eso las voces de amenaza… por eso este sembrar confusión, este inducir zozobra en las personas, este atemorizar a las familias.

 Esto es lo que ha pasado, esto es lo que denunciamos y pedimos a todos que se indignen con nosotras y que nos apoyen para que superemos los efectos de los que amenazan, que casi siempre son los mismos que roban y matan. Pedimos su indignación y su apoyo.

Hacia adelante…

 En el marco de lo anterior pedimos a ustedes respaldo para lograr en común dos objetivos:

 1. Ayúdanos a que el acto del 4 de noviembre en Totonicapán a las 17:00 horas no se suspenda. En ese acto una vez más nos reunirnos entre mujeres y hombres para hablar sobre lo común: sobre su producción y su cuidado. Cuidar colectivamente nuestras creaciones es la manera de desactivar la eficacia de las amenazas de estas personas y el uso del rumor para desactivar nuestras actividades comunitarias. Acude a la Sala Comunal de los 48 Cantones de Totonicapán el día lunes 4 de noviembre próximo a las 17:00. Haremos la exhibición del video-conferencia de Silvia Federici dirigido especialmente a Guatemala y a nuestras luchas colectivas. También proponemos seguir conversando sobre las mejores maneras de apoyarnos y protegernos.

 2. Apóyanos para exigir garantías al gobierno guatemalteco en general y al gobernador de Totonicapán, en particular: ni una muerte más en Totonicapán. Basta de amenazas. Podemos entre todos cuidar a las hermanas Tzul Tzul y parar estas amenazas, liberándonos todos del miedo.

Grecia.¿Podremos avanzar hacia la constitución amplia de comités populares de resistencia?”

 Entrevista con Antonis Ntavanellos (Syriza-DEA)“

Angela Klein

Viento Sur25 de octubre de 2013
  

[Con el retraso habitual, el Instituto de Estadísticas de Grecia, el Elstat, publicó a comienzos de septiembre las cifras del paro para el mes de junio de 2013. El número de parados registrados se eleva a 1.403.698, es decir 174.709 más que en junio de 2012. En relación a la población activa, la tasa ha alcanzado el 27,9%. Se sitúa oficialmente, para los jóvenes de entre 15 y 24 años, en el 58,8% y, para los de la franja de edad de 25 a 34 años, en el 37,4%. Si los medios ponen ante todo el acento en Amanecer Dorado y las medidas tomadas por el gobierno, el paro sigue siendo un elemento social y político de los más importantes en la situación griega. Muy numerosos reportajes indican que decenas de miles de asalariados y asalariadas no reciben su paga desde hace tres o seis meses. Los ejemplos de parados cualificados a los que se proponen salarios de 490 euros netos por un trabajo semanal de 54 horas son moneda corriente, como lo son los reportajes de parados de larga duración cuya familia debe vivir de la pensión de sus padres que no supera los 500 euros al mes. Un parado de 45 años con dos hijos describe una situación semejante y la resume así: “500 euros para cinco, y solo para el pan debo gastar 1,82 euros al día”. Hay que recordar que el salario mínimo ha pasado de 780 euros a 586 en febrero de 2012. En términos de renta neta, la cantidad es de 480 a 490 euros mensuales.

A comienzos de octubre se ha presentado un plan de reforma de las jubilaciones. La jubilación base debería alcanzar el máximo de 360 euros por mes. Debería completarse con “un seguro de vida obligatorio” (de hecho un segundo pilar) por el que se interesa el grupo alemán de seguros Allianz. En términos de acceso a la salud, el presidente del sistema nacional de salud (EOPYY), Dimitris Kontos, miembro de Nueva Democracia, ha indicado a finales de septiembre que 3.068 millones de ciudadanos se encontrarían sin seguro. Investigaciones más profundas muestran que esa cifra es baja, pues no incluye a los pequeños comerciantes que han debido cerrar su tienda o a los trabajadores de la construcción que pierden su cobertura cuando dejan de pagar sus contribuciones como consecuencia de la pérdida de su empleo. La cifra más cercana a la realidad, sin contar evidentemente los emigrantes, supera los 4 millones. Esa cifra debe ser comparada con el número oficial de asegurados: 6.171 millones.

La expropiación de las viviendas de las personas que no han pagado sus impuestos inmobiliarios, cuyo número se ha disparado, y/o que tienen otras deudas con el estado es un tema debatido en el parlamento griego actualmente. La relación entre el montante de la deuda y el valor inmobiliario suscita numerosas preguntas cuando se trata de una trasferencia del bien inmobiliario al estado para borrar la deuda, o bien de una transferencia a una tercera persona que se encuentra con el restante de la deuda a pagar, según el valor dado a la propiedad. Además se extiende una verdadera cólera entre los muy numerosos propietarios de viviendas, una parte de los cuales no puede pagar los gastos de calefacción, especialmente con el nuevo impuesto sobre el gasóleo doméstico. Una reciente investigación indica que el 44% de las familias griegas no podrá calentar su casa este invierno. Sin embargo, ese porcentaje ha sido establecido antes de la toma en consideración del aumento del impuesto. No es difícil imaginar los efectos del frío sobre la salud de niños o de personas de edad avanzada. Uno de los temas de Samaras en 2012 era el siguiente, muy tradicional: si los comunistas llegan al poder, os quitarán vuestras casas. 

En este trasfondo social, trazado resumidamente, hay que situar el diálogo político con Antonis Ntavanellos, dirigente de Syriza y de DEA, que publicamos a continuación Redacción de A l´encontre].

Tras el anuncio por parte del gobierno Samaras de la “puesta en disponibilidad” de 25.000 funcionarios, el movimiento de huelga en la función pública desde el 17 de septiembre –que se ha repetido bajo una forma más reducida los días 24 y 25–, siguiendo a la movilización de las escuelas, de los institutos y de los hospitales, ha tenido una amplitud importante. ¿Cómo juzgas a posteriori esta movilización?

Antonis Ntavanellos: La huelga ha sido un gran éxito. Esto apareció claramente en la manifestación del 18 de septiembre, que fue una de las más importantes manifestaciones de la función pública. Reunió a 100.000 personas. Una característica de esta manifestación residió en los múltiples sectores presentes con sus banderolas y sus pancartas. Evidentemente, los enseñantes del sindicato de secundaria, que estaban en pleno movimiento de huelga, constituían el sector más significativo de la manifestación. Pero se veía también una amplia participación de los y las asalariadas de los hospitales, de empleados municipales y de las universidades. Se puede decir que numerosos pequeños ríos convergieron en esa ocasión como consecuencia de la convocatoria de la confederación sindical del sector público (ADEDY).

¿Cuál era el apoyo a esta lucha del sector público por parte de las demás sectores de los asalariados y de la población?

Todos y todas sufrimos ataques como consecuencia de la aplicación de los planes de austeridad, los Memorándum impuestos por la Troika (UE, FMI, BE). No se trata por tanto solo del sector público, de los trabajadores del sector privado, de las paradas y parados, de los jubilados, de quienes no tienen ya en la práctica casi acceso a los medicamentos y a la atención sanitaria, sino también de capas de la llamada clase media. Se deriva de ello el sentimiento creciente de que cada movilización contra la austeridad es un combate que concierne a todos y cada uno de nosotros. Por eso el trabajo de la propaganda gubernamental contra la “subversión” o contra los funcionarios privilegiados ha resultado muy debilitado. Se deriva de ello que esta movilización del sector público era vista en gran medida como parte integrante de la resistencia frente a la austeridad y de la lucha contra la política del gobierno.

Además, ese sentimiento se prolongaba así: la huelga de la función pública se considerada como un instrumento de defensa de lo que queda del “estado social”, es decir la educación pública, los hospitales, el sistema de jubilación, etc. Esto ha ampliado el apoyo a la movilización de los diversos sectores de la función pública.

Sobre esta base hemos visto que se creaban “comités populares de resistencia”, que tenían por objetivo apoyar a los huelguistas. Igualmente, la ocupación de escuelas secundarias se hacía para apoyar a los enseñantes. Estudiantes universitarios han participado también en el movimiento, tanto más cuanto que el staff de las universidades está directamente en el punto de mira. Sin embargo, hay que constatar que la dirección de ADEDY sigue esencialmente pasiva y, por tanto, la solidaridad es difícil de transformar en un movimiento de huelga de conjunto.

Al comienzo de este año, la huelga de los enseñantes de secundaria fue detenida por la decisión del gobierno Samaras de aplicar una ley de tipo militar, la de la movilización militar. Esta ley se concreta en el envío de una carta a cada enseñante, y si éste no retoma el trabajo está amenazado con ser despedido y, en cualquier caso, con ser reprimido. En septiembre de este año, Samaras no ha recurrido a esta ley. ¿Por qué razón?

No era fácil para él. La huelga precedente había sido declarada durante los exámenes nacionales, que son de una gran importancia porque sus resultados determinan en qué universidad podrán seguir los estudiantes sus estudios. En ese contexto, era más fácil para el gobierno obtener un apoyo contra la huelga. Había muchas personas que afirmaban que los enseñantes tenían razón haciendo huelga, pero que no debían hacerla en ese período. Incluso la izquierda dudaba en apoyar de forma incondicional la lucha de los enseñantes. Sin embargo, la decisión de aplicar esa ley marcial de la movilización ha sido percibida de forma negativa, incluso por sectores de la población que estaban en contra de la huelga durante los exámenes nacionales.

Esta vez, en septiembre, la situación era diferente. Era muy difícil para los mass media, en particular para las cadenas de TV que apoyan al gobierno, repetir el mismo tema de la primavera: “Si a una huelga pero no ahora”. Esos mass media no podían repetir la operación so pena de aparecer como aún más hipócritas. Pero, sobre todo, la situación de conjunto era muy diferente. Poco tiempo después de la detención autoritaria de la huelga de enseñantes, el gobierno Samaras tomó una iniciativa igualmente autoritaria: el cierre de la ERT (radio televisión pública) el 11 de junio. La reacción popular frente a esta decisión fue enorme. Se desarrolló un impresionante movimiento de solidaridad, se estableció un verdadero diálogo de masas entre los empleados y empleadas de la ERT que ocupaban el edificio y miles y miles de personas, de delegaciones de empresas, de hospitales, de escuelas, que apoyaban su movimiento. La ERT continuó funcionando difundiendo en streaming sus emisiones, se organizaron debates, se dieron conciertos por las dos importantes orquestas que forman parte del personal de la ERT, etc. La decisión de imponer el silencio a la ERT provocó una crisis en el gobierno. Dirigir con “mano de hierro” no era aceptado por amplias sectores de la población y había un gran riesgo para el gobierno Samaras. En fin, en septiembre, otras huelgas convergían con la de los enseñantes de secundaria, lo que la sacaba de la soledad. Resulta entonces comprensible que el gobierno de Samaras tuviera que pensárselo dos veces antes de tomar una medida tan impopular como la movilización militar, que habría podido fácilmente desembocar en una crisis más amplia que la de la ERT.

En este otoño parece que la disponibilidad para movilizarse es mayor que a comienzos de 2013

Efectivamente, a comienzos de este año hubo una desmoralización relativa provocada por unas esperanzas demasiado optimistas, suscitadas a finales de 2012 y que no se han materializado. En efecto, a pesar de los dos días de huelga en noviembre de 2012, el gobierno adoptó un nuevo programa de austeridad. Había habido numerosas huelgas sectoriales, pero permanecían aisladas. Su unión con sectores más amplios de los asalariados no se efectuaba. En esa situación, era más fácil para el gobierno Samaras –una coalición entre Nueva Democracia, el PASOK y la Izquierda Democrática– o bien reprimirlas, o bien utilizar la movilización militar, o bien dejar que se desgastaran. Este período acabó con lo que yo llamaría la crisis de ERT, que ha significado un nuevo ascenso del movimiento de resistencia.

Pero debe subrayarse un elemento más importante. Numerosos militantes, sindicalistas y trabajadores activos han sacado lecciones del período anterior. Esta lección no era la que se podría presentar bajo la fórmula de “no podemos ganar”. Esta lección se ha traducido en la idea siguiente: un sector no puede ganar solo; un día de huelga tradicional no basta. De ello se han derivado, desde comienzos de septiembre, esfuerzos conscientes por coordinar actividades y se ha impuesto la comprensión de que una victoria, incluso parcial, necesita una seria organización. Esto crea la posibilidad, digo bien, la posibilidad, de devolver la vida a tradiciones olvidadas de la clase obrera, tales como la elección de comités de huelga, la constitución de fondos de financiación de las huelgas, los piquetes ante los establecimientos en huelga, las sentadas, etc.

¿Hay una mejor colaboración entre las diferentes tendencias de izquierdas en relación al pasado?

El problema de la unidad de la izquierda persiste. En el plano político central, los enfrentamientos continúan. Pero durante los últimos meses ha habido numerosos ejemplos de una mejor cooperación en la acción. Cuando la ocupación de ERT, las banderas de SYRIZA, de ANTARSYA y del PAME (“frente de masas” de coloración sindical, dirigido por el PC-KKE) estaban una al lado de la otra. En el curso de la última huelga de enseñantes, las propuestas de las corriente sindicales de SYRIZA y de ANTARSYA eran comunes. En la manifestación del sector público, el PAME ha desfilado con los demás sectores, rompiendo con su táctica tradicional de organizar un cortejo separado, en otra dirección, marcando su distancia frente a la movilización de la izquierda radical y de las fuerzas sindicales. En fin, y esto es importante, con ocasión de las manifestaciones contra el asesinato del rapero antifascista Pavlos Fyssas, hubo diversas coordinadoras entre el PAME y todas las demás fuerzas de la izquierda y antifascistas. Parece que emerge una comprensión de que, en cuestiones esenciales, tenemos necesidad de una unidad en la acción. Habrá que ver si esos ejemplos positivos permanecen limitados y si vamos a tener el mismo tipo de enfrentamientos. Hoy estamos bastante alejados de lo que es una necesidad absoluta: un frente de acción unificado, consciente y permanente.

¿Qué ocurre con el apoyo que puede tener este gobierno entre la población? ¿Tiene alguna credibilidad el mensaje de Samaras y del ministro de finanzas Stournaras según el cual la economía griega sale del túnel?

El gobierno dispone de un apoyo, al margen de sectores que le están directamente ligados, bajo una forma que se podría denominar como negativa. Es decir el miedo a una quiebra, el miedo a una salida de la eurozona, el miedo a la “inestabilidad”, el miedo a lo desconocido si la izquierda (SYRIZA, coalición de diversas fuerzas) llegara al gobierno. Este miedo y su utilización son suficientes para mantener el núcleo tradicional de los votantes de derechas, pero no más que eso. El gobierno no dispone de ninguna perspectiva creíble que ofrecer para una amplia mayoría de la población. Por esta razón elige en diversas ocasiones gobernar con mano de hierro y desplegar permanentemente su amplio aparato policial. Sin embargo, al resultar evidentes los límites de este autoritarismo, Samaras se ha visto obligado a multiplicar los anuncios según los cuales la política económica estaba siendo coronada por un “success story”, es decir por una salida de la crisis.

Esta “teoría” ha sido desmentida muy rápidamente por la realidad. La recesión continúa marcando la economía, con un retroceso propio de una situación de guerra. El nivel de vida de la mayoría de las personas es atacado más allá de todo lo que era imaginable hace tres años, y nuevas medidas de austeridad son puestas en marcha. A partir de ahí, el optimismo de fachada de Samaras y de Stournaras no convence a nadie. La Troika habla de un nuevo préstamo importante, lo que no significa más que la firma de un nuevo Memorándum de austeridad. Después de tres años de un brutal “rigor”, la deuda sigue al nivel de 2010. El objetivo de “volver a los mercados” (bonos en los mercados financieros) aparece como imposible en un futuro previsible. Al mismo tiempo, los ataques continúan. Tomemos un ejemplo. Cuando el gobierno introduce una tasa de 25 euros en una hospitalización, es muy difícil convencer a la gente de que “las cosas van en la buena dirección”. A partir de ahí, no pudiendo ofrecer una perspectiva “positiva”, Samaras intenta organizar un bloque social sobre la base de reflejos conservadores: un estilo de ataques contra la izquierda propio de un clima de guerra fría, la denuncia del caos social para estimular el temor, una hostilidad exacerbada contra las huelgas y los sindicatos. A fin de imponer esta “contrarrevolución” ideológica en las filas mayoritarias de la sociedad, Samaras debe imponer una contrarrevolución concreta, material, en los lugares de trabajo, de forma prioritaria. Para hacerlo tiene necesidad de infligir derrotas de amplitud a los diversos movimientos de asalariados a fin de cambiar la correlación de fuerzas de forma aguda. Un poco como hizo Thatcher cuando la huelga de los mineros en 1984-85. Pero una victoria así no será fácil para él.

¿Qué resultados dan los sondeos a propósito de los diferentes partidos? ¿Es cierto que los partidos gubernamentales bajan y que Amanecer Dorado aumenta su audiencia?

Los sondeos, al menos los publicados, son relativamente estables en el curso de los últimos meses. Nueva Democracia (ND) y SYRIZA permanecen en cabeza con fluctuaciones. Cuando hay un ascenso de las luchas, SYRIZA se pone en cabeza; cuando se produce el declive de las movilizaciones, ND gana en influencia. El PASOK (socialdemocracia), socio menor de ND, que colabora totalmente en la aplicación del programa de Samaras, se hunde, igual que DIMAR (Izquierda Democrática de Fotis Kouvelis) que apoya al gobierno pero ya no está en él. El declive del PASOK y de DIMAR es una indicación de la bipolarización extrema entre la derecha y la izquierda. Los neonazis de Amanecer Dorado, en los sondeos publicados, están en tercera posición, con resultados que oscilan entre el 12% y el 15%. Los nacionalistas “antiausteridad” de LAOS (Alerta Popular Ortodoxa) y los Griegos Independientes están en declive. Es difícil juzgar la audiencia político-electoral de Amanecer Dorado. Parecía que había sido frenada como consecuencia del asesinato de Pavlos Fyssas y de las movilizaciones. Una parte de las personas con una intención de voto, en los sondeos, declaraba “volverse” hacia Nueva Democracia. Es demasiado pronto para tener un juicio sobre esta dinámica electoral. Lo esencial en ese terreno es continuar la movilización antineonazi, entre otros sitios, en las escuelas.

¿Qué hay de las relaciones entre Nueva Democracia y Amanecer Dorado, puesto que han salido a la luz diferentes conexiones a finales de septiembre y comienzos de octubre?

Históricamente, existían conexiones entre la derecha extrema de ND, los partidos de extrema derecha como LASO y los neonazis. Los lazos entre Amanecer Dorado y sectores del aparato del Estado eran la regla, y Amanecer Dorado, incluyendo su núcleo inicial, gozaba de apoyos y de protección. Pero durante los últimos meses, fue algo más serio. He mencionado antes la estrategia de contrarrevolución ideológica de Samaras y su voluntad de aplastar a la extrema izquierda y los sectores sindicales combativos. Se puede fácilmente comprender que Amanecer Dorado se inscribía perfectamente en este plan. Así, Amanecer Dorado gozaba de la protección de la policía. En un período reciente, hubo incluso una escalada política. Comentadores neoliberales habían argumentado públicamente que Amanecer Dorado, a condición de “ser un poco más serio”, podía convertirse en un socio gubernamental de ND. Consejeros significativos de Samaras, todos de la derecha extrema, planteaban de firmemente una perspectiva así.

Esto ha cambiado tras el asesinato de Pavlos Fyssas y el amplio rechazo contra los neonazis. Actualmente, a finales de septiembre, hay una “represión” (utilizo comillas porque sigo siendo escéptico en cuanto al resultado final) contra Amanecer Dorado. Esto no tiene nada que ve con el antifascismo. Se trata de una reorganización de la correlación de fuerzas entre ND y Amanecer Dorado, o entre el estado y Amanecer Dorado. Esto tiene que ver también con un esfuerzo por tomar la iniciativa por parte del gobierno sobre el movimiento antifascista activo en la calle y de “capturar” el sentimiento antifascista en beneficio del gobierno.

A partir de ahí, parece que se opera un cambio de estrategia, con Nueva Democracia presentándose como un guardián de la democracia, y, más importante, de la “estabilidad”. Esto ayuda a ND en el plano electoral y modifica la agenda política.

Los medios y los partidos burgueses afirman que la línea de división no es entre los favorables a la austeridad y los que están contra la austeridad, sino entre los favorables a un “frente constitucional” o un “abanico democrático” contra Amanecer Dorado y el “extremismo en general”, en la medida en que numerosos dirigentes políticos ponen un signo de igualdad entre los neonazis y los “extremistas de la izquierda radical”.

Esta táctica puede cambiar, evidentemente, en una próxima etapa. Ni el aparato de estado, ni ND quieren sinceramente aplastar a Amanecer Dorado. Los neonazis constituyen una reserva útil para la clase dominante. En lo inmediato, sus representantes piensan que es mejor contener a los neonazis, pero en el momento en que tengan necesidad de ellos, facilitarán su resurgir. Así, golpear el peligro neonazi corresponde al movimiento antifascista, al movimiento obrero, a la izquierda, y para eso es necesario hacerlo en la calle y en los barrios. Y este objetivo va parejo con el combate contra la austeridad, así como contra el gobierno Samaras. Nuestra repuesta a la llamada teoría de los “dos extremos” (los neonazis y la izquierda radical, con el gobierno afirmándose como el “centro democrático”) puede traducirse resumidamente así: un extremo está compuesto por la patronal, el gobierno y sus fuerzas y los neonazis; y el “otro” está constituido por el conjunto de los asalariados, la izquierda y el sindicalismo de resistencia.

¿Hay alguna oportunidad de derrocar al gobierno Samaras?

La ola de huelgas de septiembre indicaba que existía ese potencial si podía basarse en sectores aún más amplios. Eso no se ha materializado. Y el gobierno ha reaccionado de forma ágil frente a la situación surgida tras el asesinato de Pavlos Fyssas. Ha sabido sacar de ella un cierto beneficio. Desde entonces, la posibilidad de derrocar al gobierno, a corto plazo, no existe. Pero una tal posibilidad puede reemerger. Frente a las políticas y a las medidas salidas de la aplicación del actual Memorándum, cada huelga se convierte de hecho en una huelga política contra el gobierno si quiere hacer triunfar sus reivindicaciones. A pesar de su capacidad para sobrevivir, el hecho es que este gobierno sigue siendo débil. Hay un debate permanente sobre la necesidad de constituir un nuevo gobierno, incluso en las filas parlamentarias, llegando incluso a poner al margen a Samaras en el curso de tal proceso. Un cambio así puede no materializarse. Pero el simple hecho de que exista una tal discusión dice mucho sobre la reducida confianza en este gobierno. Y este último deberá hacer frente a duros problemas en el futuro. Debe simultáneamente aplicar leyes que concreten el último Memorándum y hacer aprobar en el parlamento un nuevo conjunto de medidas de austeridad. La clase obrera en sentido amplio, ha dado prueba en diversas ocasiones en el curso de los tres últimos años, de que puede responder. Dos gobiernos han sido derrocados: el gobierno de Georges Papandreu del PASOK y la coalición de los tres partidos dirigida por el “tecnócrata” Papademos. A partir de ahí, estoy seguro de que una nueva posibilidad va a aparecer, tanto más en la medida en que las huelgas no han parado y que diferentes sectores permanecen movilizados.

¿Cual es en tu opinión la tarea del momento para la izquierda radical?

Hoy se plantea el problema táctico y estratégico de desarrollar un movimiento sociopolítico de conjunto contra el gobierno. He indicado precedentemente que cada huelga hacía frente al desafío de un enfrentamiento con el gobierno para ganar. Pero de esta constatación no se deriva que tal movilización socio política vaya a tomar forma de manera espontánea. A partir de ahí, la cuestión central es la siguiente: cómo actuar a fin de organizar un combate masivo y militante a fin de derrocar un gobierno que no va a dejarse derrotar fácilmente. Hay tareas que la burocracia sindical es estructuralmente incapaz de cumplir, por no mencionar que ni las desea. En tal contexto, destacan dos elementos clave: las iniciativas de solidaridad con las diferentes luchas, y las iniciativas tomadas por la base y los sectores intermedios de las organizaciones sindicales, estimuladas por la intervención de las corrientes de la izquierda radical en una perspectiva de unidad de acción. Se deriva de ello que hay que encontrar las formas que van a ayudar a organizar y a ampliar formas de resistencia y de contraataque. A partir de ahí, la puesta en pie de “comités populares de resistencia”, iniciativa que acaba justamente de tomar forma, es de una gran importancia, aunque hace falta que se materialicen a una escala suficientemente amplia. Las fuerzas organizadas de la izquierda radical pueden constituir un elemento clave para desencadenar esta dinámica. Es en esta dirección en la que deberíamos concentrar nuestras fuerzas.

23/10/2013

http://alencontre.org/europe/grece/grece-pourras-tu-avancer-vers-la-constitution-large-de-comites-populaires-de-resistance.html

Guatemala: Comunicado del Comité de Unidad Campesina

El sistema de justicia y seguridad de Cobán ignora larga lista de agresiones en Saquimó Setaño



Viernes, 25 Octubre 2013 06:00

El campesino Crisanto Cuc Xoc y su hijo Oswaldo Cuc, de la comunidad Saquimó Setaño, Cobán, Alta Verapaz, fueron secuestrados por Benjamín Soto y unas 30 personas que lo acompañaban. El hecho ocurrió el 23 de octubre a eso de las cinco de la mañana.

De acuerdo con Aurora Cuc, hija de Crisanto Cuc, los secuestradores agarraron a la fuerza a su papá y a su hermano, quienes iban saliendo de su vivienda, llevándoselos con rumbo desconocido. Después de cinco horas aparecieron e la subestación de la Policía Nacional Civil de Cobán, Alta Verapaz acusados falsamente de disparar con un rifle en contra de Soto.

Tanto, Crisanto como Oswaldo presentan fuertes golpes en todo el cuerpo, propinados por los secuestradores. Crisanto relató a sus familiares que Soto le dijo que lo mataría, al mismo tiempo, que le metía el cañón de su pistola en la boca causándole lesiones graves.

Las familias de la comunidad Saquimó Setaño en repetidas ocasiones han denunciado acoso, intimidaciones, amenaza de muerte, intento de violaciones sexuales y una constante represión en su contra por Soto y sus trabajadores, sin embargo las autoridades locales se hacen de oídos sordos, ignorando estas denuncias.

Líderes campesinos de Saquimó han manifestado que desde hace 23 años han sido hostigados por María Elena Ical y Benjamin Soto. Pero este año ha aumentado la violencia en su contra.

Desde julio de este año, Soto ha presionado a los comunitarios para que quiten la escuela de nivel primario, porque según él se ubica dentro de su finca, por ese motivo amenazó de muerte al maestro de dicho centro educativo.

El 1 de agosto, Soto y sus trabajadores agredieron con machete al campesino Domingo Pop haciéndole una herida en la cabeza.

El 9 de agosto Soto persiguió a dos niñas de la comunidad Saquimó Setaño, las desnudó, las amarró y las lanzó al río, no sin antes intentar violarlas.

El 16 de agosto Soto destruyó el puente que la comunidad había construido para cruzar el río. Asimismo acabó con una lancha de los comunitarios.

El 30 de septiembre de 2013, el campesino Sebastián Choc fue secuestrado y golpeado durante unas cinco horas por Soto y su grupo paralelo de seguridad. Choc fue entregado a la PNC acusado falsamente de robar cardamomo, pero debido a la gravedad de los golpes fue trasladado al hospital regional de Cobán Alta Verapaz.

El 23 de octubre de este año, Benjamín Soto y sus trabajadores volvieron a cometer secuestro en contra de los campesinos que se mencionan al inicio de este comunicado de prensa, manteniendo una constante represión y violación de los derechos humanos en la comunidad Saquimó Setaño, por lo que exigimos:

A las instancias de seguridad y justicia de Cobán que pongan atención a este caso ya que en repetidas ocasiones se han presentado exhibiciones personales a favor de las campesinas y los campesinos agredidos y denuncias en contra Soto.

A la Procuraduría de los Derechos Humanos que se presenten a la comunidad Saquimó Setaño, para verificar y actuar en contra de lo que aquí se denuncia.

A las organizaciones internacionales que velan por el respeto y cumplimiento de los Derechos Humanos en nuestro país, les hacemos un llamado a acompañar a las familias de esta comunidad ya que hasta la fecha las instancias del gobierno guatemalteco no ha hecho nada al respecto.

¡Exigimos que se respete la vida de los habitantes de Saquimó Setaño!

Comité de Unidad Campesina –CUC-

¡Cabeza clara, corazón solidario y puño combativo de las y los trabajadores del campo!

Guatemala, 24 de octubre de 2013





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Alex Callinicos, Spectres of counter-revolution


Revista International Socialismo; No. 140
Publicado: 7 October 13 
www.isj.org.uk/index.php4?id=911&issue=140

Counter-revolution now haunts the Arab world. But it takes diverse and confusing shapes. In Syria, for example, it appears as the regime headed up by Bashar al-Assad and as the United States, which has been threatening military action against it. The Saudi royal family leads the Gulf states as they strive to maintain the status quo in the region—here by direct armed intervention (Bahrain), there by propping up the old regime (Egypt), elsewhere by backing sectarian Sunni jihadis (Syria). And, most importantly, in Egypt, the heart of the Arab world, counter-revolution takes the all too solid form of General Abdel Fattah el-Sisi, commander in chief of the armed forces, and master of the country since he removed the elected Muslim Brotherhood president Mohamed Mursi on 3 July.

Nearly three years after the outbreak of the Arab revolutions the Middle East seems more tangled and confused than ever. This is enough to demoralise many who were inspired by the overthrows of Ben Ali and Mubarak. But this is one of those moments to recall the old 1968 slogan: “Do not adjust your head—the fault is in reality.” The confusion is real; it arises from the contradictions that define the situation—contradictions that are expressed, for example, in the hesitations of Barack Obama’s administration.

Egypt: the intertwining of revolution and counter-revolution

One response to the resulting ambiguity that is gaining ground among left liberal and more robustly left wing opinion is to deny that there have been revolutions in the first place. One well-informed commentator, Hugh Roberts, wrote recently: “It now seems that the pedlars of hallucinations have been cowed and it is no longer fashionable to describe the events of 3 July in Cairo as a ‘second revolution’. But to describe them as a counter-revolution, while indisputably more accurate, presupposes that there was a revolution in the first place”.1

Aijaz Ahmad, probably the most prominent intellectual associated with the Communist Party of India (Marxist), is, in his own way, just as damning:

For all their spectacular demographic and performative grandeur, neither of these uprisings [25 January 2011 and 30 June 2013] can be judged “revolutionary”, even in the limited sense that the Nasserist Free Officers’ coup of 1952 could be deemed to have been. The Nasserists introduced fundamental systemic shifts very swiftly through such measures as abolishing the monarchy as well as feudal privileges, redistributing landholdings, restructuring foreign alignments in an anti-imperialist direction, building a public sector and adopting a whole host of policies that favoured the poorer and the lower middle classes. Nothing remotely resembling that has been either promised or projected in 2011 or 2013.2

In preferring the July 1952 military coup that brought Gamal Abdel Nasser to power and enabled him to carry out a state capitalist restructuring of Egypt’s political economy to what he concedes were “two massive popular risings of historically unprecedented scale” Ahmad expresses the outlook of a wide section of the left and secular nationalism, not just in India, but in the Arab world and indeed in Egypt itself. The same preference for “progressive” military regimes because of their state capitalist domestic policies and geopolitical alignments is expressed in his support for the Assad regime in Syria:

Syria is the last remaining representative of Arab nationalism as it used to be understood historically. It still calls itself socialist. Even though it has implemented a great deal of neoliberal reform, the state sector is still dominant. It bans, literally bans, religion from politics. It will not recognise the existence of religious political parties. It is a historic opponent of Israel for a variety of reasons… In the old days, it was very closely aligned with the Socialist Bloc, and some of that kind of alignment still remains.3

Ahmad is representative also in treating all the different shades of political Islam as one single reactionary mass. Nevertheless, he recognises the scale of popular mobilisation in Egypt: “Egypt has not two main political actors, the military and the Ikhwan [the Muslim Brotherhood], between whom we have to choose, but three—the third being the mass movement”.4 

For Roberts, however, the mass movement and the activists (particularly those of Tamarrod, the coalition of activists that mobilised the giant demonstrations of 30 June), are the useful idiots of more sinister and subterranean forces, the most important of which—the military—has now stepped into the limelight. He argues that Mubarak during his nigh on 30 years as head of state built up a high degree of political autonomy from the army, centred on an increasingly dynastic presidency, and from time to time using the Muslim Brotherhood (MB) to counterbalance the military. From this perspective:

What happened on 11 February 2011 was a renewal of the Free Officers’ state. Mubarak’s fall didn’t in itself amount to a revolution because the fundamental framework of the state established by the Free Officers following their coup in 1952 was still in place, as the emergence of the SCAF [the Supreme Council of the Armed Forces] as the dominant political actor should have made clear to everyone… The army had been the source of political power since 1952… It had been marginalised by Mubarak and so took little part in the day to day business of government, but it hadn’t been displaced by an alternative source of power. And so the events of January and February 2011 that brought it back to centre stage were not a revolution …there is at least a germ of coherence in the claim made by General Sisi and by Tamarrod that 3 July 2013 restored the fundamental logic of 11 February 2011. We can see this once we accept, however reluctantly, that this logic was the reassertion and reclamation by the army of its historical political primacy and not a real revolution, let alone the revolutionary advent of democracy.5

The very important element of truth in Roberts’s analysis is that the overthrow of Mubarak left the political and repressive core of the Egyptian state—the army—intact. This sharply differentiates February 2011 in Egypt from February 1979 in Iran, when an armed insurrection mounted by a coalition of the left and Islamists succeeded in smashing the Shah’s army.6 Of course, the military is the last line of defence of any capitalist state, but in Egypt it has also been a key institution of political power since 1952, as well as the lynchpin of the alliance with the United States forged by Anwar Sadat in the 1970s. Roberts may exaggerate in implying that the generals seized the opportunity offered by the 25 January revolution to reassert their primacy, but undoubtedly they have become since Mubarak’s fall the key organising force of the bourgeois political scene—first as the ruling SCAF between February 2011 and July 2012, then in a more backroom role under Mursi, and then, since they overthrew him, back in the driving seat (notwithstanding the negligible camouflage offered by a token civilian president and cabinet).

The ability of the military to play this role is a source of strength for the Egyptian bourgeoisie, but it is also a symptom of the latter’s chronic political weakness. Indeed, one of the most striking features of Egypt since the start of the revolution has been the contrast between the scale of the mass movement and its expression at the level of politics. The bourgeois parties proper remain a pathetic shambles—but so do those of the secular opposition of nationalists and leftists that developed under Mubarak. Sisi has been able to pocket the support of the National Salvation Front (NSF) that united the bulk of these forces against Mursi without this imposing any serious constraint on him. Egypt’s internationally best-known liberal, Mohamed ElBaradei, discovered a backbone and resigned in August as interim vice president because of the massacres of Brotherhood protesters, only to face threats of prosecution for “breaching national trust”. Shamefully, the Tamarrod have acted as cheerleaders of the repression of the MB.

The only exception to this pattern—the only serious bourgeois party and the most powerful organised political force in Egypt—is, paradoxically, the Muslim Brotherhood itself. During the Mubarak decades the MB leadership, thoroughly conservative economically and socially, built up a powerful popular base thanks to its welfare programmes and its prominence in opposition to the regime. After February 2011 it was the logical partner of the military in restoring bourgeois stability to Egypt, and Mursi’s assumption of the presidency presupposed an understanding between these two forces. SCAF had failed to contain popular insurgency: maybe Mursi would make a better fist of it.

What actually pushed him ahead in the second round of the presidential election was the support of the bulk of the revolutionary movement, which came to see voting for Mursi as the only way of blocking Ahmed Shafiq, the candidate of the feloul, the “remnants” of the old regime. The narrowness of Mursi’s victory in June 2011—51.73 percent to 48.27 percent—underlined the widespread suspicions of the MB, but also demonstrated the sizeable popular base for counter-revolution among the more conservative layers of Egyptian society.

It was Mursi’s presidency that gave these forces their opening. Roberts argues that, in effect, in seeking the government the Brotherhood walked into a trap. Certainly in office it found itself grappling with contradictions that threaten to destroy it. To keep the Egyptian bourgeoisie and the White House happy, Mursi sought to pursue orthodox neoliberal policies (though ducking and diving, for example, over the terms of a loan from the International Monetary Fund to avoid a revolt over higher fuel prices). This was probably the biggest factor in alienating the popular masses. He also maintained the peace treaty with Israel.

At the same time, to hold on to the MB’s base (under pressure from the competition of the Sunni purist Salafi parties) and out of a (as it has proved, thoroughly justified) distrust of the military, Mursi sought to concentrate power in his hands (notably in his “constitutional declaration” of November 2012) and more generally to strengthen the social and political position of Islamism. The effect was to antagonise both the revolutionaries and the broad spectrum of bourgeois opinion. The violence unleashed against protests by the police and the military and by Brotherhood supporters and the sectarian attacks on the Coptic minority fed a torrent of hatred that has destroyed his presidency and, at least in the short term, strengthened the army’s hand.

The immense popular mobilisation of 30 June was an authentic movement of the Egyptian masses. Its success in achieving Mursi’s removal—the second Egyptian president to be overthrown as a result of a popular rising in two and a half years—is undeniable. But, in the case of both Mubarak and Mursi, the executor of their dismissal was the army. And, of course, Sisi and his fellow generals were not acting as neutral “servants of the people” but as the key institution of capitalist power in Egypt.

The Egyptian Revolutionary Socialists (RS) offer a convincing analysis of the army’s motives:

When it became clear that popular anger had risen enough to overthrow Mursi, it became necessary for the most powerful and cohesive institution in the ruling class—the military—to intervene quickly to contain the anger of the masses and implement their demand. It was necessary to get out of a losing bet on the head of the regime and to rearrange and unify the ruling class around new leaders who would appear as heroes, carrying out the people’s demands and uniting with the people in “one rank”.

The army was really caught between two fires. The first was the fire of the mass movement, and the possibility of it breaking through its limits in the event of Mursi continuing in power. The second was the fire of the Brotherhood and the Islamists in the streets, and with the opening of complex fronts in Sinai to a greater extent and some areas of Upper Egypt to a lesser extent, in the event of Mursi’s overthrow… The army chose to avoid the fire of the mass movement, despite the consequences. It decided to knock out Mursi, while absorbing the masses and stopping the development of their movement, and face the fire from the Brotherhood which was less threatening than that of the masses.7

What allowed the army to play this role was the inability of the revolutionary movement to develop either sufficiently robust forms of popular self-organisation or a political party capable of effectively articulating the economic and political aspirations of the workers, peasants and urban poor. This failure is understandable—the RS, for example, has striven magnificently to overcome these limitations, but a small Marxist organisation with relatively shallow social roots cannot overcome the effects of decades of repression and the distortions imposed by the Stalinist politics that has dominated the Egyptian left and led its main sections into the NSF and behind Sisi.

None of this justifies the one-sided dismissal of 30 June expressed most strongly by Roberts. The overthrow of Mursi was the result simultaneously of a popular rising and a military coup. Anyone who fails to grasp both these determinations of the situation will be unable to understand the fundamentally revolutionary dynamic unleashed by the rising against Mubarak.

Nevertheless the ambiguity produced by this duality in the short term favours the military. This was evident during the 30 June mobilisation, when the feloul were able to jump onto the anti-Mursi bandwagon. The ambiguity is reinforced by the army’s ability to exploit the ideological legacy of Nasserism, which allows it to don a “national” and “popular” (though not democratic) garb—all this reinforced by one of the most prominent NSF leaders, Hamdeen Sabbahi, who waged an impressive left wing campaign during the first round of the 2012 presidential elections, but then threw away the opportunity this created to translate votes into organisation by relentlessly courting the military instead. Absurdly, Sisi—who preens himself in dark glasses like a Latin American general during the bloody decades of military rule—is being proclaimed the new Nasser, though there is no sign that he plans to make Egypt a centre of resistance to Western imperialism any time soon.

This doesn’t mean that the generals can expect an easier ride than their predecessors in SCAF or Mursi enjoyed. For one thing, the MB will prove a hard nut to crack. It survived all the sometimes ferocious repression it suffered from the British, Nasser, Sadat and Mubarak, and its activists are strengthened by the sense of democratic legitimacy violated coming from their elected president’s removal. Moreover, as the RS note, the MB leadership is already seeing activists peel off to join jihadi groups whose rejection of the parliamentary road to Islamism may seem to have been justified by events. As so often happens, Sisi’s campaign against the Brotherhood’s “terrorism” is likely to breed more real terrorists.

More fundamentally, Egypt is, in effect, bankrupt amid a world economy that, as Michael Roberts shows elsewhere in this issue, is still struggling with the effects of the crash and slump of 2007-9. The coup released a flood of loans from the Gulf, starting with Saudi Arabia and including most recently Qatar (hitherto a strong supporter of the Brotherhood). This will buy time for the regime, which has made strenuous efforts to end the power cuts and food and fuel shortages that (no doubt with some help from the feloul) fed popular discontent with Mursi.

But these subventions can’t abolish the fundamental contradiction between the demands from local and foreign capital for further neoliberal restructuring of the Egyptian economy and the habits of popular mobilisation that have developed since 25 January. Part of the significance of 30 January was that it represented a widening of the geographical scope of this mobilisation, drawing in many from the countryside previously untouched by the revolution but who were infuriated by Mursi’s economic policies.

The army is trying to rebuild the repressive capacities of the state—rehabilitating the police and intelligence services shattered by the rising against Mubarak and reappointing secret policemen as provincial governors. The precedent created by the repression of the MB and the exceptional powers the regime has assumed under the state of emergency renewed in September represent a potentially mortal danger to the entire revolutionary movement. But while popular hatred has left the MB isolated, the military leadership would still find it much harder to use its own forces (largely conscripted from the urban population) directly to crush mass movements in the cities.

As Napoleon said, you can do anything with a bayonet except sit on it. The resulting need to co-opt as well as coerce is reflected in the appointment as minister of labour of Kamal Abu-Eita, president of the Egyptian Federation of Independent Trade Unions. Abu-Eita’s shameful decision to join the military government reflects his own Nasserist politics, but it also arises from the astonishing rapid development of a trade union bureaucracy where hardly any independent unions existed before 25 January. Whether measures of this kind will succeed in containing the workers’ movement is doubtful. The formation of the new government was rapidly followed by a strike wave in the textile industry that largely won its demands.

None of this diminishes the setback represented by the coup. The military has, for the time being, succeeded in fracturing the revolutionary movement. But, as we have stressed ever since the original uprisings in Tunisia and Egypt, revolution is a process and not an instantaneous event. It is marked by advances and retreats, rises in mass consciousness and self-organisation and success for the counter-revolutionary forces.8 It is the fusion of these aspects on 30 June that makes the situation in Egypt so confusing, but this is not the final chapter. 

Having tried the military and the Muslim Brotherhood each once, in rejecting the latter the masses have had to return to the former. What can break this cycle is the greater development of the workers’ movement and of the political left that can begin to offer for widening layers of the exploited and oppressed a genuine alternative. The stakes are very high.
Syria: imperialism at bay?

One of the eternal questions about military coups is how far they are coordinated with Washington.9 As over Syria, there seem to be differences in emphasis between Obama, who cancelled joint US-Egyptian military exercises in response to the August massacres, and his secretary of state, John Kerry, who praised the generals for “restoring democracy”. But the US is no doubt relieved to see a degree of stability restored in the Arab world. In an interesting discussion of US policy towards Egypt, Ian Bremmer argues that, while “Washington has had virtually no influence on developments in Egypt over the past six weeks” (ie since 30 June), Obama “will cling to the status quo as long as it remains acceptable”.10

But the eyes of the White House and the Pentagon have been firmly fixed elsewhere in the Middle East. Whether or not the US eventually does launch military strikes against the Assad regime (ostensibly to punish it for the chemical attacks east of Damascus on 21 August), one thing has become crystal clear over the past few weeks: Obama is extremely reluctant to order action in Syria.11

The reason for this has nothing to do with (depending on one’s point of view) strengths or weaknesses in the president’s character—a predilection for peace or a failure to match George W Bush’s militaristic swagger. After all, Obama has, as Stephen Holmes puts it, made “remote-controlled killing” by Predator drones “the centrepiece of his counterterrorism policy”.12 He is under no illusions that the global hegemony of US capitalism has to be maintained by, in part, the use of force. Obama’s reluctance to get involved in Syria arises from strategic reasoning, positive and negative.

Positively, one of the main aims of the Obama regime has been to liquidate the wars the US lost in Iraq and Afghanistan and reorient American military capabilities and diplomatic efforts across the Pacific towards its only serious rival, China. Getting embroiled in another Middle Eastern quagmire would undermine this “pivot to Asia”.

Negatively, getting too deeply involved in Syria could have disastrous consequences of its own. Those sections of the left, represented by Ahmad, who support the Assad regime because of its geopolitical alignments fail to acknowledge the depth and scale of the popular rising against the regime that started in the spring of 2011.13 Nevertheless, Syria lies along major fractures in the regional and global interstate system.

The resulting complexity is well brought out by the journalist Patrick Cockburn, one of the most lucid critics of Western policy in the Middle East: 

Five distinct conflicts have become tangled together in Syria: a popular uprising against a dictatorship which is also a sectarian battle between Sunnis and the Alawite sect; a regional struggle between Shia and Sunni which is also a decades-old conflict between an Iranian-led grouping and Iran’s traditional enemies, notably the US and Saudi Arabia. Finally, at another level, there is a reborn Cold War confrontation: Russia and China vs the West.14

It is as much as anything else the interweaving of these conflicts that has given Obama and the Pentagon (which seems much less hawkish over Syria than the State Department) pause. For example, in its efforts to break the alliance binding together the Islamic Republican regime in Iran, the Assad regime in Syria, and the Shiite mass movement Hezbollah in the Lebanon, Qatar has promoted an influx of Sunni jihadi fighters into Syria, which has given Al Qaeda a foothold there. Their sectarian zealotry has tarnished the image of the revolution both inside the country and internationally. 

But the growing role of the jihadis among the forces fighting Assad has also made Washington very cautious in its efforts to give arms and training to these forces. Everyone knows these days about blowback—the damaging unintended consequences of US intervention around the world.15 The biggest case of blowback was of course 11 September 2001, carried out by a network that originated in the efforts by the US, Britain, Saudi Arabia and Pakistan to support the mujahideen resisting the Soviet occupation of Afghanistan during the 1980s. It would be another spectacular instance of blowback if Obama helped to revive Al Qaeda after claiming the assassination of Osama bin Laden as his greatest foreign policy triumph. 

Of course, contrary to the misrepresentations of Assad apologists, the anti-regime forces can’t be reduced to the jihadis. A wide spectrum of political currents is involved in fighting the regime, and suspicion of Western imperialism is widespread in Syria, as elsewhere in the Middle East. But this merely reinforces Washington’s worries that, if the revolutionary forces won, Syria might become a much less predictable factor than it has been under the Assads. 

Then there is the dimension of inter-imperialist rivalry. This shouldn’t be overstated: there is no new “Cold War” in prospect. Russia in its diminished post-1991 form is no longer a global power, and China, which is developing the military and economic capabilities to challenge US hegemony in Asia and possibly on a larger scale, shows no interest in doing anything more than deny Washington the legitimacy of United Nations Security Council authorisation for military action against Syria. But Russia in the Vladimir Putin era has successfully asserted its dominance in its “near abroad”, notably in the 2008 war with Georgia, and has longstanding ties with the Assad regime. Having, as it sees things, been tricked into allowing Nato intervention to deliver the coup de grace to the Gaddafis in Libya, Moscow is determined to block any further American effort to extend its domination of the Middle East.16

Russia doesn’t have that many cards to play but it’s played them well. Syria has put Russia and Putin, the Financial Times concedes, “at the centre of global diplomacy”.17 But what is interesting is not Russian foreign minister Sergei Lavrov’s proposal to put Assad’s chemical weapons under international control—there were similar diplomatic initiatives before the US attacks on Iraq in 1991 and 2003—but the US response. While the Bushes father and son brushed aside earlier attempts to stave off war, Obama and Kerry almost tripped over themselves in the speed with which they agreed to discuss Lavrov’s proposal. Another sign of Obama’s reluctance to get drawn into another Middle Eastern war is his relatively friendly response to the efforts of the new Iranian president, Hassan Rouhani, to draw Washington into negotiations over Tehran’s nuclear programme.

Whatever the eventual outcome in Syria, the Russian demarche was taken by Obama as a chance to escape from the bind he had got himself into—first by making Assad’s use of chemical weapons a “red line” and then by asking Congress to approve military action.

The latter move was, of course, prompted by the historic defeat over Syria of David Cameron’s government in the House of Commons on 29 August. Nothing like this has happened in British politics since Lord Aberdeen’s ministry was brought down in 1855 by a vote criticising its conduct of the Crimean War. The Tory backbenchers’ rebellion against military action against Syria is a sign of the weakness of the government and of the decline in Cameron’s personal authority. 

But the sheer depth of the scepticism expressed in the debate about the judgement of the military and intelligence services and the fact that Obama reacted by putting the fate of his presidency in the hands of a Congress packed with hostile Republicans shows that something much more fundamental was involved. 

Above all, it shows that the US lost the war in Iraq. This may seem like a silly thing to have to say, but many on the left deny it. The most sophisticated version of the argument is offered by Naomi Klein, who documents the profits the occupation of Iraq allowed American “disaster capitalism” to make.18 This is a fairly gross piece of economic reductionism. To secure their long-term profitability, US capitals require a state that is capable of defending their interests globally. If the effectiveness and legitimacy of this state are reduced, then American capitalism more generally is weakened.

As US imperialism ponders yet another military adventure in the Middle East, we can measure the extent to which it has been weakened, above all in the perceptions of its own citizens and those of other states. Senators, members of the House of Representatives, and MPs have been responding to publics that have become hugely sceptical about the US and British national security establishment. This is a result of the experience of the wars the West has lost in Iraq and Afghanistan and of the lies told to justify them. But it is also a tribute to the efforts of the anti-war movement that developed in opposition to the younger Bush’s “war on terror”.

In some ways the defeat the US has suffered in Iraq is more serious than that in Vietnam. Though Washington struggled with the “Vietnam Syndrome” limiting its ability to intervene militarily abroad for decades after the fall of Saigon in 1975, the impact in Asia itself was limited by the alliance with China initiated by Richard Nixon and Henry Kissinger and by the expansion of strong capitalisms closely linked to the US in Japan, South Korea and Taiwan. The Middle East has always been a harder region to manage, as the messes the Reagan administration got into in Lebanon and Iran during the 1980s show.19 The US overthrow of Saddam Hussein strengthened the Iranian axis (Iraq is now ruled by a Shiite government aligned to Tehran—another case of blowback), and the Arab revolutions have now further destabilised the region.

Of course, this doesn’t mean that US imperialism is finished. The American ruling class retains enormous economic and military capabilities. And its allies in the Egyptian army may succeed in reimposing a bloody order on their country. The Arab revolutions are confronting a very dangerous moment. But they aren’t finished either.


Notes

1: Roberts, 2013, p3.

2: Ahmad, 2013.

3: Ahmad, 2011. Ahmad’s identification of state capitalism and socialism comes over very strongly in his superb critique of postcolonialism: Ahmad, 1992.

4: Ahmad, 2013.

5: Roberts, 2013, p6. Roberts draws heavily on the absorbing blow by blow account of the internal struggles within the post-1952 Egyptian state between the president, military, and security apparatus in Kandil, 2012.

6: I owe this crucial point to Phil Marfleet. His recent articles on Egypt offer indispensable background to current developments: see Marfleet, 2013a, b, and c. Thanks to him, Anne Alexander, Joseph Choonara, Charlie Kimber, Judith Orr and John Rose for their comments on this piece in draft.

7: Revolutionary Socialists, 2013.

8: Callinicos, 2011.

9: See Harmer, 2011, for a fascinating study of Allende’s Chile that, while documenting the role of the Nixon administration in the build-up to the September 1973 coup, argues that the initiative was in the hands of the Chilean military working closely with the Brazilian junta. There are parallels in the Egyptian case with the influence the Saudis seem to be exercising on Sisi. 

10: Bremmer, 2013.

11: The inconclusive evidence that Assad (as opposed to some lower echelon of his regime) ordered the attacks is weighed in Blitz, 2013a.

12: Holmes, 2013.

13: See Maunder, 2012, and Callinicos, 2012.

14: Cockburn, 2013.

15: Johnson, 2001.

16: See a good analysis of how the Syrian crisis fits into Russian strategy in Friedman, 2013. Friedman’s recent commentary is interesting more generally: hawkish after 9/11, he has repeatedly stressed that the US has no vital national interests in Syria.

17: Blitz, 2013b.

18: Klein, 2007.

19: See Freedman, 2008, part 2.


References

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Ahmad, Aijaz, 2011, “Why Syria Matters” (30 November 2011), http://williambowles.info/2011/11/30/video-why-syria-matters-interview-with-aijaz-ahmad-by-prabir-purkayastha/

Ahmad, Aijaz, 2013, “Revolution or Restoration?”, Frontline (20 September 2013), 
www.frontline.in/cover-story/revolution-or-restoration/article5085155.ece?homepage=true 

Blitz, James, 2013a, “Syria: Did Bashar al-Assad Personally Order the Chemical Weapons Attack?” (9 September 2013), http://blogs.ft.com/the-world/2013/09/syria-did-bashar-al-assad-personally-order-the-chemical-weapons-attack/ 

Blitz, James, 2013b, “A Long Week: Putin’s Diplomatic Gambit”, Financial Times 
 (14 September 2013), www.ft.com/cms/s/0/55e2f4c4-1c6c-11e3-a8a3-00144feab7de.html#axzz2et9zT0XR 

Bremmer, Ian, 2013, “Barack Obama Declines to Correct His Egypt Mistake”, Financial Times (15 August 2013), www.ft.com/cms/s/0/1a363ea0-0596-11e3-8ed5-00144feab7de.html?siteedition=uk#axzz2eknQ6IKo 

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Callinicos, Alex, 2012, “Rumours of Crisis, Revolution, and War”, International Socialism 134 (spring), www.isj.org.uk/?id=792

Cockburn, Patrick, 2013, “Is It the End of Sykes-Picot?”, London Review of Books (6 June 2013), www.lrb.co.uk/v35/n11/patrick-cockburn/is-it-the-end-of-sykes-picot 

Freedman, Lawrence, 2008, A Choice of Enemies: America Confronts the Middle East (Weidenfeld & Nicolson).

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Iñaki Gil de San Vicente : ¿Porqué hablar de la represión nos da miedo?




Por represión se entiende la totalidad de medios de control, vigilancia y violencia, o de vigilancia, información y provocación, en palabras de V. Serge
  

[Texto para el debate organizado por Boltxe Kolektiboa en Zirika de Bilbo.]
http://boltxe.info/?p=61217

1. Se me responderá a esta pregunta diciéndome que no tenemos ningún miedo al respecto, que podemos hablar, debatir y hasta teorizar sobre la represión, pero que no es el momento, que no es por ahora necesario, que cuando lo sea, cuando surja esa necesidad ya organizaremos un cursillo. También se me dirá que puede ser hasta negativo sacar ahora mismo ese problema a la reflexión pública porque puede meter miedo, atemorizar a aquellas personas que no la viven de cerca, que no la sufren directamente o en su entorno, en sus familiares y amigos, y que por tanto podemos cometer el error del cuento del lobo, que de tanto decir que viene el lobo desdramaticemos el problema, lo banalicemos de tal modo que cuando realmente aparezca y muerda entonces apenas nadie pueda, quiera o sepa enfrentársele. 

2. He escuchado estas y otras respuestas similares muchas veces y nunca me han convencido. Pienso que el verdadero problema radica en tres razones: una, la resistencia inconsciente que todos tenemos a enfrentarnos a la realidad negativa, a los problemas serios y decisivos de la vida, algo parecido a lo que Freud definía con razón como «resistencia al análisis». Otra, la resistencia política a estudiar una realidad que puede negar y ridiculizar tesis aparentemente revolucionarias pero reformistas en el fondo. Y, por último, que por las dos razones anteriores no sabemos cómo organizar los debates sobre la represión, porque tenemos miedo a caer en el cuento del lobo; y no sabemos hacerlo precisamente porque las dos razones previas nos lo impiden. Sin embargo, la represión está ahí, aquí y en nosotros mismos, en nuestra personalidad temerosa y alienada, fetichizada. ¿Entonces? 

3. La represión es tanto más dañina y efectiva cuanto menos se la conoce, cuanto más desconocida y misteriosa es. Por esto, una de las más demoledoras formas extremas de orden brutal es la represión aleatoria, imprevista, súbita, que golpea arbitrariamente en donde nadie se lo espera. La ignorancia, la incertidumbre, son propensas al temor, al miedo y hasta el pánico. La mejor forma de dominar y controlar ese imprescindible instinto de supervivencia y equilibrio que es el miedo, o sea, impedir que el miedo se convierta en pánico incontrolable, es el conocimiento lo más acertado y crítico del problema que azuza el miedo, o dicho en marxismo, del capitalismo y de su Estado. W. Reich propuso una vez como terapia contra el miedo a la represión estatal que la gente desnudase a los policías y los hiciese andar desnudos.

 4. Pero la necesidad del sistema para esconder o minimizar la represión, manteniendo la apariencia de normalidad democrática, dejando así vía libre para que la violencia estatal golpee en silencio a los colectivos y personas más luchadoras, esta necesidad salta hecha añicos conforme la crisis agudiza todas las opresiones, endurece el autoritarismo burgués, masifica y diversifica las vigilancias y controles para detectar rápidamente cualquier nueva disidencia en sus mismos brotes germinales para arrancarlos antes de que crezcan. La normalidad democrática, que es un mito en sí porque realmente malvivimos en una dictadura del capital pero encubierta, esa normalidad democrática ficticia, se disuelve como sebo en la estufa de la crisis apareciendo crudamente la dictadura del capital, y el instrumento de esa dictadura, el Estado de clase, patriarcal y nacionalmente opresor.

 5. Mucha gente, cada vez más, se lleva un terrible golpe económico cuando recibe una carta en la que se le comunica que tiene una multa de 400 o 1.000 euros por haber estado presente en tal o cual acto público y pacífico de protesta, de denuncia. Mucha más gente se entera que familiares y amigos suyos han recibido estas multas. Otras muchas se enteran por la prensa del sistema que se ha detenido de tal cantidad de manifestantes, de asistentes a un debate, de participantes en la defensa de una casa ocupada, u oponentes a un desahucio, de una manifestación obrera y popular contra un cierre de empresa, o en una huelga o por un convenio menos injusto. O a un acto de masas en exigencia de los inalienables derechos nacionales prohibidos por el Estado.

 6. La perversa táctica de las multas económicas como castigo aparentemente no-político al ejercicio de derechos democráticos elementales, como el de reunión, manifestación, expresión, organización, autodefensa, etc., esta táctica es terriblemente efectiva porque diluye la esencia y el contenido político consciente de la lucha por la democracia elemental, criminalizándola en el peor sentido burgués. Disuelve la esencia política de la acción libre y colectiva, negándola como base de la identidad humana emancipada socialmente, y degenerándola en mero castigo económico en el esquema del individualismo burgués más aislado e indefenso, insolidario. Miles de familias trabajadoras, empobrecidas por la represión socioeconómica, y organizaciones que luchan por las libertades, deben asumir mayores sacrificios diarios en medio del silencio y el desconocimiento público para aguantar esa represión que el Estado dice que no es política, que es «sólo económica». 

7. A pesar de las crecientes restricciones de prensa, de la manipulación mediática, de la censura invisible, etc., mucha gente se va enterando que las diversas policías del Estado español, descentralizadas o no, golpean, infligen malos tratos y torturas a las personas durante las manifestaciones, traslados a las comisarías y estancia en ellas. Se sabía que las personas migrantes son victimas indefensas de estas prácticas, pero se va sabiendo que ya se aplican a las «del país», autóctonas, o como queramos definirlas. Crece en sectores la certidumbre de la violencia estatal, sobre todo en mucha parte de los movimientos ciudadanistas, 15 M y demás en el Estado, inicialmente caracterizados en buena medida por una visión irreal y falsa de las fuerzas represivas, una visión suicida que tiene su origen en la ideología burguesa reforzada por el reformismo socialdemócrata y en especial por el eurocomunista cuando sostuvo la tesis contrarrevolucionaria de los «trabajadores del orden».

 8. Simultáneamente, las noticias, comentarios de prensa y hasta documentales sobre el insoportable nivel de espionaje global, de escuchas, grabaciones, vigilancias de todas clases con la más sofisticada tecnología, que no atañen sólo a eso que llaman «mundo político» sino también a empresas, bancos, organizaciones civiles, culturales, etc., y a la propia vida cotidiana, «privada y personal», buscando escándalos y sensacionalismos soeces, este contexto de control y vigilancia es cada vez más conocido y sufrido, de modo que determinada gente va comprendiendo que si el sistema capitalista invierte sumas crecientes de dinero en la industria de la represión es porque además de beneficios económicos concretos, sobre todo obtiene poder político. 

9. En la escala represiva global, los niveles que hemos visto nos llevan a otro superior, o más cercano a ese epicentro terrorista en el que aparece en su esplendor la civilización del capital. Hablamos del conjunto de métodos de disciplinarización, intimidación, coerción sorda o muy audible, represión selecta, listas negras, etc., que la burguesía aplica contra las clases trabajadoras, en especial contra las mujeres migrantes explotadas en el trabajo doméstico y de cuidados afectivo-sanitarios, así como la brutal explotación en la economía sumergida y en las formas de trabajo «liberalizadas» de todo control legal, lugares y áreas económicas en las que aumenta la esclavización moderna, capitalista. 

10. Cascada de represiones que buscan introducir el pánico a la lucha resistente, para debilitar las asambleas obreras hasta tal punto que no se celebren y anular cualquier posibilidad de huelga. Represiones que cada vez más se realizan con la ayuda de policías privadas y de agencias de detectives privados que hurgan en la vida de las y los dirigentes sindicales de izquierdas para sobornarlos, comprarlos, chantajearlos o aterrorizarlos para que abandonen toda lucha, y a poder ser la empresa. Apenas se comenta la represión de los sindicalistas de izquierdas, los primeros en ser echados de su puesto de trabajo, o sobrecargados con expedientes laborales para que lo abandonen «voluntariamente», en medio del silencio cómplice del sindicalismo reformista o con su apoyo descarado. Y en modo alguno se habla de las sindicalistas de izquierdas, reprimidas y perseguidas antes y más que sus compañeros de lucha.

 11. Pero estas represiones son los indicios de otras peores. Nos referimos a las que sufren específicamente las mujeres a manos del patriarcado en cualquiera de sus formas, desde las domésticas e «íntimas» hasta las públicas y callejeras, pasando por las laborales, para materializarse en los asesinatos del terrorismo patriarcal. Nos referimos a las represiones contra las fuerzas revolucionarias, especialmente contra la que lucha por la independencia socialista de sus naciones oprimidas. Y como síntesis, nos referimos a la represión de las revolucionarias independentistas, antipatriarcales y socialistas que se enfrentan consecuentemente a la triple opresión nacional de clase y patriarcal. Son objeto de una violencia especial que se ceba en la identidad de sexo-género, atacando con saña e inquina su unidad psicosomática mediante violencias represivas en las que el sexismo masculino se ceba obsesivamente. 

12. Hasta ahora sólo nos hemos referido a los círculos represivos extrínsecos de su núcleo definitivo, el terrorismo del capital contra el trabajo materializado en golpes de Estado, militares o fascistas, incluso «civiles»; o, antes de esto, las derivas autoritarias hacia la «democracia dura», hacia «Estados fuertes» que respetan niveles muy reducidos de la propia democracia-burguesa mitificada por el reformismo. Según nos acercamos al epicentro del poder del capital, el que guarda la esencia de la explotación asalariada, de la propiedad privada y del monopolio de la violencia estatal, en esta aproximación al alma de la civilización de la mercancía, vamos sintiendo el gélido aliento del monstruo. 

13. Pues bien, dicho a grandes rasgos las gentes son reacias a hablar de estas cuestiones porque hacerlo les enfrentan a sus propios medios profundos, a la personalidad débil y necesitada de una autoridad externa y a una seguridad interna que les protejan. Solamente cuando los golpes de la realidad cruda zarandean y destrozan las vanas ilusiones que velan nuestra conciencia, sólo entonces, y no siempre, ésta empieza a abrirse a los hechos pero con desgarros y quiebras. Y solamente cuando las gentes menos concienciadas llevan años inmersas en una lucha sistemática a la que no pueden cerrar los ojos por su objetividad innegable, sólo entonces aceptan más fácilmente estas reflexiones.

 14. Aquí juega un papel decisivo la memoria popular antirrepresiva formada durante décadas de lucha y persecución, de resistencia y de clandestinidad, experiencia que va penetrando en la cultura popular. Si esta no existe o es débil todavía, entonces serán mayores las cadenas psicológicas que frenan la concienciación antirrepresiva, y viceversa. La lucha enseña que únicamente ella puede romper esas cadenas inconscientes. La formación teórica sobre la represión es efectiva cuando previamente existe esa memoria y cultura aunque sea en un sector reducido pero cualitativamente decisivo, y cuando la lucha exige aprender la teoría de la represión. Por esto es decisiva la existencia de organizaciones revolucionarias que sostengan esa pedagogía popular antirrepresiva, sin caer en el cuento del lobo, pero enseñando que siempre acecha la fiera aunque de momento no muerda. 

15. Llegamos en este momento a dos lecciones históricas extremadamente inquietantes: una, el reformismo duro o blando se ha posicionado abiertamente por la defensa del capitalismo, de la «normalidad democrática», defendiéndola directa o indirectamente de las «provocaciones ultraizquierdistas». Desde esta postura es imposible desarrollar la teoría de la represión, sino a lo sumo la ideología del consenso, de la hegemonía de la sociedad civil y demás tópicos que legitiman el orden burgués en su versión tolerante, por no hablar del apoyo directo del reformismo a la represión de la izquierda revolucionaria, sobre todo en las luchas de liberación nacional de clase. No nos extendemos en esta lección. 

16. La otra concierne a las izquierdas que diciéndose revolucionarias no tienen, sin embargo, como objetivo permanente ni la conquista del poder del Estado, del poder político en su quintaesencia, ni tampoco la creación de contrapoderes locales, de taller y de fábrica, sindicales, de barrios y pueblos, de movimientos populares y sociales, educativos y universitarios, municipales e institucionales en la medida de lo posible; situaciones de contrapoder dirigidas hacia situaciones de doble poder en luchas y conflictos. Y la gran mayoría de las izquierdas por revolucionarias que digan ser han relegado a la posterioridad la decisiva construcción de poder emancipador. Y en donde no aparece la lucha por el poder, en cualquiera de sus formas, ahí, en ese vacío político, no tiene sentido alguno la teoría de la represión por el simple hecho de que apenas existe represión ahí donde el poder burgués no está en peligro. 

17. Hablando en marxismo, existe una izquierda despolitizada: la que no lucha por crear poder revolucionario, sino sólo por llegar al poder burgués para transformarlo desde la legalidad a la espera de que, por arte de birlibirloque, el proceso revolucionario avance vigorosamente sin apenas lucha, sin riesgo de represiones, o con muy poco peligro. No seamos ingenuos. Esta izquierda despolitizada existe y es más numerosa de lo que sospechamos. Esta izquierda despolitizada está minada, podrida por el cáncer del determinismo economicista que sostiene que la conciencia de clase, la conciencia nacional, etc., es un efecto casi automático de las condiciones objetivas, de manera que sólo hay que esperar a que las contradicciones sociales generen la conciencia social, sin mayores preocupaciones. 

18. Si la conciencia tarda en llegar o llega sólo a pocos sectores, la responsabilidad hay que achacarla no a sus errores propios en el sentido de que no se ha hecho una buena pedagogía revolucionaria basada en la conquista práctica de libertades y derechos, en la superación de opresiones e injusticias, en la conquista de espacio de poder, etc., sino en lo contrario, en que se ha sido demasiado radical, se ha hecho «aventurerismo ultraizquierdista» que ha distanciado a la izquierda de las masas. La solución no es otra que rebajar la radicalidad para no asustar a las franjas de votantes con menor conciencia. Y una forma de atraerles es «normalizando» la situación, suavizando las reivindicaciones en general y también contra los abusos de las fuerzas represivas, incluso renegando de la exigencia de su depuración política y de la creación de otras fuerzas de seguridad basadas en otra filosofía sociopolítica radicalmente democrática. 

19. En un contexto de crisis estructural, la política de la «normalización» desmoraliza a las bases militantes de las izquierdas, a la vez que azuza las ganas de la casta intelectual por elucubrar al margen de la realidad en crisis. Las lecciones de los años sesenta-ochenta en la Europa capitalista son aplastantes: las políticas de «coexistencia pacífica», «tránsito pacífico al socialismo», «reconciliación nacional», «cultura del consenso», «acuerdos interclasistas», «grandes mayorías democráticas», etc., fueron mazazos de plomo hirviendo en las bases de los partidos comunistas y de otras organizaciones y partidos de izquierda, precisamente cuando el capitalismo se agitaba en una de las peores crisis de su historia, resuelta en buena medida por el giro al reformismo de tales izquierdas. Mientras las policías europeas reprimían con dureza no conocida desde la ocupación nazi-fascista, la izquierda abandonó la teoría de la represión. 

20. La casta intelectual, por el contrario, encuentra en la vía pacífica normalizada la situación idónea para dar rienda suelta a sus delirios abstractos. Desde la tesis de «la muerte del proletariado» y la «sociedad post industrial» hasta las recientes modas post, pasando por todas las elucubraciones sobre la nueva economía de lo inmaterial, etc., recorridas por diversos estructuralismos y neokantismos, este extenso y prolijo mercado de modas ideológicas de consumo fútil empezó a crearse en los alos sesenta. Surgió una significativa contradicción: por un lado, el movimiento obrero y popular era machacado en toda Europa capitalista desde finales de los sesenta, endureciéndose cada vez más, y, por otro lado, el «marxismo académico» y otras corrientes intelectuales florecían en la industria del libro, en los salones de debate y en las aulas académicas. 

21. Ya había ocurrido lo mismo en esencia entre el auge del «marxismo legal» ruso, brillante en su escritura, y la dura represión del marxismo militante que sería la base del bolchevismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, por poner un ejemplo entre varios otros que confirman la importancia decisiva de un partido revolucionario como gozne creativo entre la memoria antirrepresiva de la cultura popular y el aumento de la conciencia de lucha. El bolchevismo fue ese partido del mismo modo que lo fue la izquierda abertzale cuando el famoso «desencanto» con la traición de un sector de EIA-EE y la proliferación de pompas intelectuales, incluidas películas, que buscaban demostrar el «fin de ciclo revolucionario» en Euskal Herria precisamente cuando la estrategia contrainsurgente daba saltos cualitativos. 

22. Si ahora mismo observamos los medios de prensa digital y escrita de la izquierda con alguna atención sostenida durante un plazo de tiempo medio, veremos que el problema de la represión está prácticamente ausente, o muy poco presente, sobre todo en el área político-teórica del imperialismo occidental, aunque bastante presente en el área latinoamericana, por razones sencillas de comprender. En el marco estatal español, teniendo en cuenta cómo se están intensificando y diversificando las represiones, empieza a activarse en las naciones oprimidas y en los sectores más luchadores del Estado la reflexión práctica y teórica sobre las represiones y sus efectos, sobre cómo combatirlas, etc., pero generalmente en medio de la desidia de la izquierda tradicional, la estatalista y despolitizada. En Euskal Herria, donde la lucha antirrepresiva es una seña de identidad irrenunciable, empieza a detectarse una ligera tendencia parcial a encasillarla dentro de los márgenes muy estrechos e inoperantes en lo decisivo de la «normalidad democrática», aunque muy de vez en cuando se logren conquistas gigantescas como la reciente resolución del Tribunal de Estrasburgo contra la llamada «doctrina Parot», resolución que responde más a las disputas interburguesas del euroimperialismo en su momento actual que a una supuesta identidad democrática de la Unión Europea. 

23. Una organización que se dice de vanguardia revolucionaria debe prestar siempre la atención necesaria a la teoría de la represión, por dos razones: una, porque no puede entenderse la evolución del capitalismo sin la teoría de la represión en su conjunto, como parte constituyente del Estado y como elemento inserto en la explotación asalariada; y, otra, porque la ideología burguesa en cuanto tal y sobre todo en su faceta reformista tiende a fortalecerse en la medida en que la teoría de la represión tiende a debilitarse, ya que son como vasos comunicantes en sentido inverso.

 24. ¿Pero qué sostiene la teoría de la represión? Primero: por represión se entiende la totalidad de medios de control, vigilancia y violencia, o de vigilancia, información y provocación, en palabras de V. Serge, insertos en un paradigma, una doctrina, una estrategia y múltiples tácticas diversas, destinadas a mantener o ampliar el poder de la clase propietaria de las fuerzas productivas y del Estado nacionalmente opresor. O dicho en términos del diccionario: «contener, detener o castigar con violencia actuaciones políticas y sociales; refrenar, templar o moderar». La primera parte de la frase corresponde a las represiones que de algún modo recurren a la violencia directa, y la segunda a las que no recurren a ella, o al menos no desde el principio, volcándose más en la acción ideológica, cultural, política, de consenso, de cooptación, soborno y corrupción, etc., para dividir y desintegrar a la oposición, integrando sus restos pacificados en el sistema opresor al que se enfrentaba. V. Serge denomina a esta segunda modalidad «provocación», es decir, utilización de los medios para provocar en el reprimido una reacción contraria a sus intereses pero beneficiosa para el represor.

 25. Segundo, las represiones necesitan del Estado como su centralizador estratégico, como el poder especializado en la adecuación periódica de las represiones a las necesidades siempre expansivas del orden capitalista. Aunque éste pueda reducir las represiones violentas más duras y públicas, optando por otras menos visibles, más blandas, sin embargo la lógica interna del sistema capitalista camina indefectiblemente hacia su diversificación en respuesta a la agudización de las contradicciones internas que obstaculizan el aumento de la tasa media de ganancia, forzándola a decrecer tendencialmente. El Estado es el centralizador estratégico de las represiones porque debe orientarlas hacia el pleno funcionamiento de las contratendencias que anulan parcialmente la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficios. 

26. Tercero, el sistema represivo no busca únicamente el encarcelamiento de grupos militantes, que también, sino ante todo el conocimiento interno de las fuerzas revolucionarias para debilitarlas o aplastarlas en el momento preciso, cuando más daño haga y durante más tiempo. Lograrlo requiere un método científico, frío y calculador, y una perspectiva política. Generalmente la izquierda cree que la burguesía, y menos sus fuerzas represivas, no son capaces de lograrlo, pero se equivocan precisamente porque su pensamiento está corroído por el economicismo mecanicista y determinista. La izquierda auto complacida en su soberbia intelectual desprecia la capacidad planificadora de la burocracia del Estado al que combate. 

27. Cuarto, la centralización estratégica de las represiones que realiza el Estado burgués no implica sino que exige la autonomía operativa de muchas represiones menores, importantes en sí mismas pero menores comparadas con las decisiones estratégicas de largo impacto diseñadas en los presupuestos generales del Estado, en las inversiones a largo plazo, en la política socioeconómica, demográfica, cultural, militar, etc. La tesis foucaultiana del panóptico, cierta en sus grandes limitaciones, ha servido para despolitizar a la izquierda en la cuestión decisiva: el poder centralizador del Estado y en el carácter científico del sistema represivo en su conjunto. 

28. Quinto, aunque hablemos de Estado en singular, la represión es internacional y las fuerzas represivas imperialistas actúan local y mundialmente, ya que la lucha entre el capital y el trabajo es una lucha mundial y local al mismo tiempo. La izquierda, sobre todo la despolitizada, vuelve a cometer aquí otro error mortal al creer que la represión, de haberla, se limita al entorno estatal o en todo caso continental, cuando en realidad nos enfrentamos a un pensamiento político-militar ideado desde poderes incontrolables por las instituciones burguesas aisladas. En base a este error, la izquierda despolitizada plantea su acción en defensa de los derechos abstractamente definidos sólo en los marcos estatales, lo que da una ventaja absoluta al imperialismo. 

29. Sexto, a partir de éstos y otros errores la izquierda no puede simultanear una triple práctica: de un lado, formar teóricamente a su militancia contra el enemigo al que se enfrenta; de otro lado, no puede establecer políticas unitarias e integradoras, de masas, con otras izquierdas y fuerzas obreras, populares, sociales, etc., para impulsar amplios y abarcadores movimientos antirrepresivos basados en lo que une esencialmente a las personas y colectivos perseguidos, en vez de en quisquillosas disputas tácticas; y, por último, no puede propagar la lección históricamente irrefutable de que tarde o temprano, de una forma u otra, con diferencias puntuales pero con una coherencia sociohistórica de fondo innegable, siempre que aumentan las luchas terminan aumentando las represiones contra ellas, o peor, que muchas de éstas se adelantan incluso al avance de esas luchas: hablamos de la represión preventiva. 

30. Séptimo, ¿qué se pude hacer, entonces? Antes que nada saber que todas las personas aplicamos ciertas medidas de seguridad personal mínima en nuestras relaciones cotidianas, pues, aunque no lo hayamos pensado, la ferocidad de la sociedad burguesa nos obliga a practicar determinadas medidas de seguridad personal en nuestra vida cotidiana: de algún modo medimos lo que hacemos y decimos ante extraños, no damos determinadas informaciones personales a cualquiera, contrastamos con otras personas conocidas y de confianza informaciones que hemos recibido sobre terceras personas, intentamos no cometer errores de ingenuidad en cuestiones importantes, advertimos a las personas queridas de cosas malas que hemos oído sobre ellas, etc. Sin saberlo, tomamos medidas diarias de seguridad que son una de las bases de la lucha contra la represión a una escala mayor. 

31. Octavo, por tanto se trata de añadir una determinante conciencia política a nuestra vida personal cotidiana, una conciencia política que nos enseñe a guiar conscientemente nuestros actos diarios dentro de las medidas objetivas básicas de seguridad y de prevención antirrepresiva. Esa conciencia política nos enseña que actos tan nimios y comunes como las formas de vestir, de gastar, de andar, de hablar, de mirar, de reunirnos y de divertirnos, etc., muestran prácticamente toda nuestra forma de ser y de pensar, nuestras amistades, relaciones con segundas y terceras amistades, nuestras debilidades íntimas y nuestros puntos flacos, los que pueden ser las brechas por las que la represión entre en nuestra personalidad y la destroce. 

32. Noveno, la conciencia política nos enseña a la vez que no debemos caer en el secretismo fantasmal, en las poses conspirativas, en la obsesión histérica que nos hace ver espías y agentes por todas partes. La conciencia política exige una militancia organizada acorde con las tareas que deseemos realizar. Sin militancia colectiva en una organización no desarrollaremos la imprescindible conciencia política que nos previene de los errores arriba expuestos. Además, esta militancia organizada nos dará la formación teórica y práctica sobre la represión que necesitemos para las tareas que realicemos. Nos enseñará a no preguntar sobre lo que no necesitamos saber, a no responder sobre lo que no es necesario responder, a no estar pegados al teléfono ni a internet, a saber cómo hay que organizar las reuniones, las citas, los encuentros, nos indicará sobre cómo andar por la calle, sobre el valor inestimable de la puntualidad, sobre cómo guardar la información justa desechando la superflua.

33. Y décimo, la organización nos enseñará cómo actuar en determinados momentos críticos, a mantener la sangre fría, a preparar nuestra vida personal en cuanto a inevitables multas económicas y posibles detenciones, a prepararnos mental y físicamente para sobrellevar lo menos mal posible situaciones que pueden llegar a ser angustiosas y hasta terribles y que nos exigirán lo mejor de nosotros, si es que llegan a producirse. La conciencia política organizada nos preparará para dominar el necesario instinto del miedo y para comprender que la libertad, además de tener un precio alto, consiste en la superación consciente de la necesidad, es decir, en la superación histórica del capitalismo. Comprendido esto, no tendremos miedo a teorizar sobre la represión, porque hacerlo será y es ya pensar sobre nuestras propias vidas libres. 

Iñaki Gil de San Vicente 
 Euskal Herria, 21 de octubre de 2013