Capitalismo vigilante: el capital monopólico-financiero, el complejo militar-industrial y la era digital (Primera Parte: los orígenes del keynesianismo militar)


John Bellamy Foster · Robert W. McChesney · · · · 
Sin permiso

Los EEUU salieron de la II Guerra Mundial como la potencia hegemónica en la economía mundial. La guerra había sacado de la Gran Depresión a la economía estadounidense al suministrarle la demanda efectiva necesaria a través de un sinnúmero de pedidos de armas y tropas. El producto real creció un 65% entre 1940 y 1945, y la producción industrial se disparó un 90%.1 Inmediatamente después de la guerra, y a causa de la destrucción de las economías europeas y japonesa, los EEUU representaban más del 60% del producto manufacturado mundial. 2 Al terminar la guerra, se palpaba manifiestamente en la cúspide de la vida social el miedo a un regreso a la situación de preguerra, con una demanda interna insuficiente que, incapaz de absorber el enorme –y creciente— potencial de excedente económico generado por el sistema productivo, provocara una recaída en el estancamiento y aun en la depresión económica.

El subsecretario de Estado Dan Acheson declaró en noviembre de 1944 ante el Comité Especial del Congreso para la Política y la Planificación Económica que si la economía regresaba al punto de partida prebélico, “es claro que nos enfrentaremos a una época muy mala en lo tocante a la posición económica y social del país. No podemos permitirnos otros diez años como la década de fines de los 20 y comienzos de los 30 [es decir, el crash de la bolsa y la Gran Depresión] sin arrostrar las peores y más drásticas consecuencias para nuestro sistema económico y social”. Acheson dejó claro que la economía no sufría de una falta de productividad; al contrario: era demasiado productiva. “Cuando observamos el problema, podemos decir que es un problema de mercados. No tienes un problema de producción. Los EEUU tienen una energía creativa ilimitada. Lo importante son los mercados.”3

Los planificadores de posguerra en la industria privada y en el sector público se movieron rápido para estabilizar el sistema mediante la promoción masiva de un esfuerzo de ventas que cobró la forma de una revolución granempresarial en el marketing (con cuartel general en la Avenida Madison) y mediante la creación de un estado bélico permanente orientado al control imperial de los mercados mundiales y al combate de la Guerra Fría (con cuartel general en el Pentágono). El esfuerzo de ventas y el complejo militar-industrial constituyeron los dos mecanismos principales de absorción del excedente (además del consumo y la inversión capitalistas) en la economía estadounidense durante el primer cuarto de siglo tras la conclusión de la II Guerra Mundial. Luego de la crisis de los 70, apareció un tercer mecanismo de absorción del excedente, la financiarización, revitalizando el sistema de acumulación cuando los efectos de los esfuerzos de ventas y del militarismo perdían capacidad de tracción. Por distintas vías, cada uno de estos tres mecanismos de absorción del excedente vino a impulsar la revolución de las comunicaciones ligada al desarrollo de computadores, tecnología digital e Internet.  Porque cada uno de ellos precisaba de nuevas formas de vigilancia y control. El resultado fue una universalización de la vigilancia vinculada a las tres áreas: 1) militarismo/imperialismo/seguridad; 2) marketing granempresarial y el sistema de medios de comunicación; y 3) mundo de las finanzas.

El estado belicista

Casi inmediatamente después de la guerra, se formó en Washington un nuevo capitalismo del Pentágono. Un elemento crucial de la economía estadounidense de la Segunda Posguerra fue la creación de un estado belicista arraigado en un complejo militar-industrial. El 27 de abril de 1947 el general Dwight D. Eisenhower, jefe del Estado Mayor del Ejército, elaboró un “Memorándum para los directores y jefes de las divisiones y oficinas de personal general y especial del Departamento de Guerra y para los comandantes generales de los Mandos Principales”. Asunto: “Los recursos científicos y tecnológicos como activos militares”. Seymour Melman se refirió años después a ese memorándum como el documento fundacional de lo que el Presidente Eisenhower habría de llamar –en su discurso de despedida a la nación del 17 de enero de 1961— el “complejo militar-industrial”. El general Eisenhower subrayaba en su memorándum la necesidad de forjar una estrecha y continuada relación entre los militares y los científicos, tecnólogos, industriales y universitarios civiles. “El futuro de la seguridad de la nación”, escribía, “exige que todos aquellos recursos civiles que, debidamente reconvertidos o reorientados, constituyen nuestro principal sostén en tiempos de emergencia se vinculen estrechamente a las actividades del ejército en tiempos de paz”. Eso requería una enorme expansión del sistema de seguridad nacional, poniendo a la ciencia, a la industria y a los contratistas civiles bajo el poder del estado. “El empleo adecuado de este talento [civil] requiere que la entidad civil [en cuestión] se beneficie de nuestras estimaciones de futuros problemas militares y pueda trabajar en estrecho contacto con las autoridades de los Planes y Desarrollo de la Investigación. El procedimiento más efectivo es el de los contratos de ayuda en la planificación. El uso de ese procedimiento fortalecerá en gran medida la validez de nuestra planificación y asegurará programas de equipamiento estratégico más razonables”. Eisenhower insistía en que debería darse a los científicos la mayor libertad posible en el desarrollo de la investigación, aun si bajo condiciones cada vez más encuadradas en el marco de los “problemas fundamentales” de los militares.

Un aspecto crucial de ese plan, explicaba Eisenhower, era la capacidad del estado militar para absorber buena parte de la capacidad industrial y tecnológica de la nación en tiempos de emergencia nacional, de modo que se convirtiera en “parte orgánica de nuestra estructura militar… El grado de cooperación con la ciencia y con la industria logrado recientemente durante esta guerra no debería de ningún modo darse por concluido”; al contrario: debería aumentarse. “Es nuestro deber”, escribía, “sostener amplios programas de investigación en las instituciones educativas, en la industria y en cualquier campo que pudiera llegar a tener importancia para el Ejército. Una estricta integración de los recursos civiles y militares no sólo será directamente beneficiosa para el Ejército, sino que contribuirá indirectamente a la seguridad de la nación”. Por consiguiente, Eisenhower llamaba a “la mayor integración de los recursos civiles y militares… y a asegurar la dirección unificada más efectiva de nuestras actividades de investigación y desarrollo”: una integración, dijo, que ya había “sido consolidada en una sección separada al más alto nivel del Departamento de Guerra”. 4

El énfasis puesto por Eisenhower en 1946 en una integración orgánica del sector militar con la ciencia, la tecnología y la industria civiles en el marco de una reda interactiva más amplia no se presentaba en pugna con, sino como complementario de la visión de una economía de bienestar fundada en el keynesianismo militar nacido de la Administración Truman. La Ley de Empleo de 1946 creó el Consejo de Asesores Económicos, encargado de presentar un informe anual sobre la situación económica y de organizar la política de crecimiento económico de la Casa Blanca. El primer presidente del Consejo de Asesores Económicos fue Edwin Nourse, famoso por su papel en la publicación, en 1934, de un estudio de la Brookings Institution, America’s Capacity to Produce, que apuntaba al problema de la saturación de los mercados y al exceso de capacidad productiva en la economía de los EEUU. El vicepresidente era Leon Keyserling, que sería el más destacado propugnador del keynesianismo militar en los EEUU. En 1949, Nourse dimitió y le sucedió en el cargo Keyserling. Entretanto, se creó el Consejo de Seguridad Nacional mediante la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional en 1947 (la ley que también creó la CIA). Juntos, el Consejo de Asesores Económicos y el Consejo de Seguridad Nacional, pusieron los cimientos del estado belicista estadounidense. Truman formó en 1952 la más que opaca Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) como un brazo militar encargado de llevar a cabo el control electrónico de las actividades potencialmente subversivas, exteriores e interiores.5

El informe NSC-68 de 1950 y la política económica de la Guerra Fría

En 1950, se ofreció a Paul H. Nitze –director de personal del Departamento de Estado para la Planificación Política bajo Acheson— un papel destacado en la confección del Informe del Consejo de Seguridad Nacional 68 (NSC-68), que esbozaba una gran estrategia geopolítica general para librar la Guerra Fría y promover el imperialismo a escala global. Significativamente, el NSC-68 contemplaba un gran incremento del gasto público como elemento crucial en la prevención del estancamiento económico: “Hay razones para predecir que los EEUU y otras naciones libres experimentarán en unos pocos años un declive de su actividad económica de graves proporciones, a menos que se desarrollen muchos más programas positivos públicos que los que ahora son posibles”. Eso suministraba una justificación adicional, más allá de las preocupaciones geopolíticas, para un rearme masivo fundado en los principios keynesiano-militares de “cañones y mantequilla”. El análisis económico del NSC-68 era el resultado de consultas con Nitze y Keyserling, que tuvieron una gran influencia en la redacción del informe.

El NSC-68 apuntaba a la posibilidad de una economía estadounidense enormemente expandida fundándose en la experiencia de la II Guerra Mundial, cuando el acrecido suministro militar y el consumo interno sostenido no sólo se veían como plenamente compatibles entre sí en el contexto de una economía de pleno empleo, sino que no se veían alcanzables de otro modo. Una economía así suministraría a la vez cañones y mantequilla. “Los Estados Unidos”, proseguía el informe, “podrían lograr un substancial incremento en términos absolutos de su producto, logrando así incrementar la asignación de recursos a la acumulación de fuerzas económicas y militares para sí mismos y para sus aliados sin sufrir un declive en su nivel real de vida”. En efecto, en una emergencia, los EEUU podrían dedicar el 50% de su PIB ”a gastos militares, asistencia exterior e inversión”: “es decir, entre cinco y seis veces más que ahora”. El informa subrayaba enfáticamente que el gigantesco programa de rearme por el que abogaba no entrañaba una ardua toma de decisiones, económicamente hablando: “porque no redundará en un decrecimiento real del nivel de vida”, y aun podría inducir a todo lo contrario.

“Los efectos económicos del programa podrían ser el incremento del Producto Interior Bruto por un monto mayor que el absorbido por los gastos militares y de asistencia exterior adicionales. Una de las lecciones más significativas de la II Guerra Mundial fue que la economía norteamericana, cuando opera a un nivel cercano a la plena eficiencia [plena capacidad], puede suministrar una enorme cantidad de recursos destinables a objetivos no civiles, suministrando, al propio tiempo, un elevado nivel de vida. Descontando los cambios de precios, los gastos en consumo personal crecieron un quinto entre 1939 y 1944, a pesar de que los recursos de la economía que fueron a parar al Estado montaban entre 60 y 65 mil millones de dólares (en precios de 1939).” 6

Se pidió a Keyserling que, en calidad de presidente del Consejo de Asesores Económicos, valorara económicamente el NSC-68, aun cuando él mismo había participado directamente en la redacción del informe. En un memorándum escrito el 8 de diciembre de 1950, dejó dicho que la planeada acumulación de gasto en seguridad nacional previsto para 1952 por el NSC-68 estaba harto por debajo de la capacidad de la economía. Sólo significaría el 25% del producto nacional en 1952, mientras que el gasto en seguridad había llegado a crecer hasta un 42% en 1944. Aunque probablemente significaría un recorte en el consumo interno, “los niveles generales de consumo civil posibilitados por los programas propuestos distarían mucho de ser severos”, mientras que “el producto total y el empleo en la economía se incrementarían”. 7

El NSC-68 llamaba a, cuando menos, triplicar el gasto militar. La estrategia de rearme por la que abogaba el informe se presentaba primordialmente en términos de Guerra Fría, como un medio de promover la llamada doctrina de la “Contención” anunciada por Truman en marzo de 1947, y sólo secundariamente en términos económicos.8 Pero ambos objetivos se consideraban congruentes. En abril de 1950, dos meses antes de que los EEUU entraran en la Guerra de Corea, Business Week manifestaba que los llamamientos al incremento del gasto, particularmente del gasto militar, resultaban “de una combinación de la inquietud por las tensas relaciones con Rusia y de un creciente temor a un aumento del nivel de desempleo aquí, en la nación”.”9 Eso reflejaba el carácter general de la política económica de la Guerra Fría. Según observó irónicamente Harry Magdoff al final de su libro La era del imperialismo [Age of Imperialism, 1969]: “Así como la lucha contra el comunismo ayuda a la búsqueda de beneficios, así también ayuda la búsqueda de beneficios a la lucha contra el comunismo. ¿Qué armonía más cumplida podría imaginarse?”.10

El plan del NSC-68 para el rearme no tardó en ponerse por obra y guiar la política económica de los EEUU con el constante incremento del gasto militar posibilitado por la Guerra de Corea. Cuando esa guerra llegó a su fin, se tenía un sistema militar de mucha mayor envergadura. Aun cuando Eisenhower es esforzó por recortar el gasto militar luego de esa guerra, el gasto militar se mantuvo en niveles “más de tres veces más altos que antes del informe NSC-68 y del conflicto de Corea”.11 En 1957, al comienzo del segundo mandato de Eisenhower, el gasto militar representaba el 10% del PIB de los EEUU.12 Lo que reflejaba el crecimiento del estado belicista, definido por Scott Nearing en 1964 (desde las páginas de la Monthly Review) como un estado “que se sirve de la guerra y de las amenazas de guerra como instrumento decisivo de su política exterior. En un estado belicista, el cuerpo político pone en la cúspide de su lista de actividades la planificación de la guerra, la preparación para la guerra y, cuando la ocasión se presenta, la declaración de la guerra”.13

Hacia el final de la Guerra de Corea, el nuevo estado belicista había echado ya profundas raíces. Como declararía al Congreso el primer secretario de Defensa de Eisenhower, Charles Erwin Wilson (también conocido a veces como “General Motors Wilson”, en su calidad de antiguo presidente de General Motors y para distinguirlo de Charles E. Wilson [véase más abajo]), el ascenso de lo militar, una vez producido, era irreversible:

“Una de las cosas más serias en lo tocante al asunto de la defensa es la generación de una red de intereses creados que involucra a tantos norteamericanos: propiedades inmobiliarias, negocios, puestos de trabajo, empleo, votos, oportunidades para la promoción y el ascenso social, mucho mayores remuneraciones para los científicos y todas esas cosas. Es un asunto inquietante… Si tratas de cambiar las cosas rápidamente, te metes en líos… Si ahora mismo se clausurara este negocio, pondríamos al estado de California en apuros, a causa del enorme porcentaje de industria aeronáutica radicada en California”.14 En efecto, lo que había logrado ponerse por obra ya en gran medida era aquello por lo que el presidente de General Electric y vicepresidente ejecutivo del Consejo de Producción de Guerra, Charles E. Wilson (a veces conocido como “General Electric Wilson”), había venido cabildeando incesantemente en 1944: el mantenimiento de una economía de guerra permanente, en la que se vincularan al estado y a las fuerzas armadas “una capacidad industrial para la guerra y una capacidad de investigación para la guerra”.15

A todo eso, el papel del gasto militar como medio para crear demanda efectiva resultaba suficientemente obvio, tanto para los economistas como para los hombres de negocios. El economista de Harvard Sumner Slicher observó en una convención de banqueros celebrada en 1949 que, dado el nivel de gasto de la Guerra Fría, un regreso a las condiciones de grave depresión resultaba “difícil de imaginar”. El gasto militar, explicó, “incrementa la demanda de bienes, ayuda a sostener un alto nivel de empleo, acelera el progreso tecnológico y contribuye a elevar el nivel de vida del país”. La visión que el mundo de los negocios tenía del disparado presupuesto militar era literalmente de éxtasis, como se puede comprobar leyendo los medios de comunicación que reflejaban sus estados de ánimo. Celebrando el desarrollo de la bomba de hidrógeno en 1954, U.S. News and World Report, por ejemplo, escribía: “Qué significa la Bomba H para los negocios. Un largo período… de grandes pedidos. En los años venideros, los efectos de la nueva bomba se mantendrán al alza. Como dice un analista: ¡La Bomba H ha tirado por la ventana todas las ideas depresivas”. 16

En la izquierda, la obra clásica de Paul A. Baran y Paul M. Sweezy El capital monopolista [Monopoly Capital, 1969] vio la motivación del imperialismo y el militarismo, por lo pronto y señaladamente, en las necesidades del imperio estadounidense, y, luego, en su papel de promotor (junto al esfuerzo de ventas, y más allá del consumo y la inversión capitalistas) de la absorción del creciente excedente económico generado por la economía. En el camino de cualquier otra opción de gasto público para estimular la economía se atravesaban insuperables obstáculos políticos levantados por poderosos intereses granempresariales. El gasto público civil como porcentaje del PIB (excluidos pagos de transferencias), sostenían Baran y Sweezy, había alcanzado su “límite máximo” a finales de los 30, cuando la inversión y el consumo civiles públicos crecieron hasta alcanzar el 14,5% en 1938-39. Una afirmación que sigue siendo verdadera: en 2013, el gasto público civil (consumo e inversión) representa el 14% del PIB. (Esto, sin embargo, exagera el papel del estado en el mantenimiento de un compromiso con el “bienestar social”, puesto que las políticas de prisiones y de interior han venido a externalizar una parte del gasto público “civil” en estas tres últimas décadas.) Por consiguiente, el gasto militar se veía como un gasto más variable que el gasto público civil, más pronto a ser flexiblemente gestionado por el sistema como un medio “impulsor y reactivador” de la economía.17

Sin embargo, el gasto militar –eso sostenían Baran y Sweezy— se enfrentaba a sus propias contradicciones, y “no era una variable perfectamente libre y manipulable a voluntad por parte de los dirigentes de la oligarquía, a fin de mantener el vapor de la máquina económica a la presión justa”. Las principales limitaciones eran, huelga decirlo, las dimanantes del carácter totalmente destructor de la guerra misma, lo que significaba que había que evitar una Tercera Guerra Mundial entre las principales potencias. La guerra abierta, por consiguiente, quedaba limitada a la periferia de la economía mundial imperialista, desempeñando los EEUU el papel de mantenedor de una “máquina militar global de control policial del imperio global”, incluidas más de mil bases militares en todo el mundo a mediados de los 60 como medio propulsor de las fuerzas estadounidenses a escala planetaria. 

Esa realidad estaba destinada a generar una creciente resistencia –como ocurrió en el caso de Vietnam—, tanto en la periferia como entre la propia población estadounidense.18 Fue, en efecto, la abierta revuelta de las tropas norteamericanas radicadas en Vietnam a comienzos de los 70 (junto con las protestas en el interior) lo que obligó a los militares a abandonar el servicio militar obligatorio como una institución inútil para el tipo de invasiones y ocupaciones del tercer Mundo que se habían hecho habituales y regresar a unas fuerzas armadas profesionales.19 Las invasiones de las pasadas dos décadas habrían encontrado una resistencia popular mucho mayor, si hubieran precisado de reclutamientos obligatorios en las fuerzas armadas. 

Inherentes a esas políticas de vigilancia policial del imperio mundial eran estos dos requisitos: Primero, una redoblada campaña propagandística tendente a hacer aparecer al imperio como benévolo, necesaria, esencialmente democrático e inherentemente “americano” (y por lo mismo, incuestionable en cualquier debate legítimo). Para un imperio, la otra cara de la propaganda es la ignorancia popular. La “mayor contribución” de la Guerra de Vietnam, de acuerdo a lo dicho por el secretario de Defensa Robert McNamara inmediatamente después de concluir ésta, habría sido la de enseñar al gobierno de los EEUU que, en el futuro, resultaba esencial “ir a la guerra sin despertar las iras públicas”. McNamara dijo que eso era “casi una necesidad en nuestra historia, porque probablemente tendremos que seguir librando ese tipo de guerras en los próximos cincuenta años”. 20 Aquí, los medios de comunicación cumplen con su trabajo legitimando el sistema imperial y obstruyendo una y otra vez la comprensión popular de lo ocurrido. En segundo lugar, está el garrote que acompaña a la zanahoria: masivas intervenciones encubiertas en la periferia y vigilancia y opresión en el interior. [Fin de la Primer Parte: continuará]



NOTAS

[1] Richard B. DuBoff, Accumulation and Power (Armonk, NY: M.E. Sharpe, 1989), 91.

[2] William H. Branson, “Trends in United States International Trade and Investment Since World War II,” en Martin Feldstein, comp., The American Economy in Transition (Chicago: University of Chicago Press, 1980), 183.

[3] Dean Acheson, citado en William Appleman Williams, The Tragedy of American Diplomacy (New York: Dell, 1962), 235–36.

[4] General Dwight D. Eisenhower, “Memorandum for Directors and Chiefs of War Department General and Special Staff Divisions and Bureaus and the Commanding Generals of the Major Commands; Subject: Scientific and Technological Resources as Military Assets,” Abril 1946. Publicado como as Apéndice A en Seymour Melman, Pentagon Capitalism (New York: McGraw Hill, 1971), 231–34.

[5] “‘No Such Agency’ Spies on the Communications of the World,” Washington Post, June 6, 2013, http://washingtonpost.com .

[6] U.S. State Department, Foreign Relations of the United States, 1950. National Security Affairs; Foreign Economic Policy, vol. 1, http://digital.library.wisc.edu , 258–61, 284–86.

[7] S. Nelson Drew, ed., NSC-68: Forging the Strategy of Containment; With Analyses by Paul H. Nitze (Washington, DC: National Defense University, 1994), 117; “The Narcissism of NSC-68,” November 12, 2009, http://econospeak.blogspot.com .

[8] Dean Acheson, Present at the Creation (New York: W.W. Norton, 1987), 377; Thomas H. Etzold y John Lewis Gaddis, Containment: Documents on American Policy and Strategy, 1949–50 (New York: Columbia University Press, 1978), cap. 7; Institute for Economic Democracy, “NSC-68, Master Plan for the Cold War,” http://ied.info ; Fred Block, “Economic Instability and Military Strength: The Paradoxes of the Rearmament Decision,” Politics and Society 10, no. 35 (1980): 35–58.

[9] Business Week, April 15, 1950, 15, citado en Harold G. Vatter, The U.S. Economy in the 1950s (New York: W.W. Norton, 1963), 72.

[10] Harry Magdoff, The Age of Imperialism (New York: Monthly Review Press, 1969), 200–201.

[11] Lynn Turgeon, Bastard Keynesianism: The Evolution of Economic Thinking and Policymaking Since World War II (Westport, CT: Greenwood Press, 1996), 13; Noam Chomsky, Necessary Illusions (Boston: South End Press, 1989), 183.

[12] Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, Monopoly Capital (New York: Monthly Review Press, 1966), 152.

[13] Scott Nearing, “World Events,” Monthly Review 16, no. 2 (Junio 1964): 122.

[14] Citado por Fred J. Cook, The Warfare State (New York: Macmillan, 1962):165–66.

[15] “WPB Aide Urges U.S. to Keep War Set-Up,” New York Times, January 20, 1944; Charles E. Wilson, “For the Common Defense,” Army Ordnance 26, no. 143 (March–April 1944): 285–88.

[16] Slichter y U.S. News and World Report, citado en Cook, The Warfare State, 171.

[17] Bureau of Economic Analysis, “National Income and Product Accounts,” Table 1.1.5 (Gross Domestic Product), y Table 3.9.5 (Government Consumption Expenditures and Gross Investment), http://bea.gov ; Baran y Sweezy, Monopoly Capital, 161, 207–13; John Bellamy Foster y Robert W. McChesney, “A New New Deal under Obama?” Monthly Review, 60, no. 9 (Febrero 2009): 1–11; Hannah Holleman, Robert W. McChesney, John Bellamy Foster y R. Jamil Jonna, “The Penal State in an Age of Crisis,” Monthly Review 61, no. 2 (June 2009): 1–17.

[18] Baran y Sweezy, Monopoly Capital, 191, 206, 213–17.

[19] Para una excelente discusión de este asunto, véase: Andrew J. Bacevich, Breach of Trust: How Americans Failed Their Soldiers and Their Country (New York: Metropolitan Books, 2013), 48–79.

[20] Barbara W. Tuchman, The March of Folly: From Troy to Vietnam (New York: Random House, 1984), 326.



John Bellamy Foster es el editor de la Monthly Review y profesor de sociología en la Universidad de Oregón. Robert W. McChesney es el titular de la cátedra  Gutgsell en el Departamento de Comunicación de la Universidad de Illinois.  Son coautores del libro: The Endless Crisis: How Monopoly-Finance Capital Creates Stagnation and Upheaval from the USA to China (Monthly Review Press, 2012).

Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro

No hay comentarios:

Publicar un comentario